(Antes que todo, quiero agradecer a la comunidad de Facebook 'Virtus Et Sanguine' por su colaboración en la construcción de este y todos los capítulos. Sin ellos, este trabajo no sería posible.

Cuando los mejores trabajan unidos, el producto es de excelencia.

Los amo!

Jatziri Burkhalter.)

† Virtus Et Sanguine †

Selene Magnaught estaba por demás satisfecha con el trabajo que los guerreros Burkhalter estaban haciendo. Aún cuando ella acostumbraba trabajar sola, no se podía negar que dividirlos por todo el globo le había ahorrado mucho tiempo. Por esto, quedarse en Moscú solo con un ayudante, era la decisión más acertada.

Habían capturado al final, casi 50 neófitos con la marca Turner en su sangre. 50 neófitos que estaban destruyendo todo a su paso. Si de Selene se tratara, los habría matado a todos. Pero, tenía que esperar para eso.

Un miércoles en la noche para algunos pareciera un error a la hora de la cacería. Sin embargo, Selene se encontraba animada. Sentía la adrenalina fluir por sus venas. Algo pasaría. Ella lo sentía.

Alexander Rusell manejaba la camioneta por toda la ciudad, dejándose llevar por las indicaciones de Selene. Si hacía un buen trabajo, probablemente le permitirían entrar de lleno al juego. El damnati estaba tenso. Quería acción. Manejaron hasta la salida de un cinema y Selene dió la orden de detenerse. Un olor familiar, llegó a ella.

Bajaron de la camioneta y Selene, usando sus mañas de rastreadora, se movió cuan pantera alrededor del estacionamiento. Detuvo sus pasos junto a un Mercedes negro del año. En sus labios se dibujó la sonrisa más demoníaca que Rusell jamás hubiera visto. Luego Selene regresó a la camioneta.

-¿Crees en Papá Noel?

Le preguntó a Alexander, quién la miró confundido.

-No.

Contestó sin tener idea de a qué venía su pregunta. Selene rió y Alexander se estremeció. ¿Por que reía?

-Yo tampoco creía. Pero estoy por recibir un regalo tan grande, que el tipo tiene que existir.

El damnati no dijo nada al respecto y en la camioneta todo se hizo silencio. Selene miraba a todas partes, pero más se concentraba en aquel Mercedes y en la puerta del cinema.

Hasta que los vió salir.

Preparó su arma, con los dardos tranquilizantes que Calypso había enviado esa semana. Era el momento perfecto para probarlos. Ajustó la mira, esperando el momento perfecto para disparar.

Sebastien León se sentía tonto. Feliz, pero tonto. Sacar en una salida oficial a Ayelet le había parecido en su momento una buena idea. Ahora, luego de pasar dos horas encerrado en un cinema, debía reconocer que no estaba de tan mal humor como pensó cuando a su Cibum se le ocurrió.

Verla sonreír, callaba a Lancelot en su cabeza.

Ayelet Roth parecía caminar entre nubes. Quizás su Sire no cambiaría totalmente. Ella no quería que cambiara. Pero el estaba intentando complacerla. Quizás estaba rompiendo su caparazón. Sabía que era la primera vez en 5 siglos que Sebastien había dejado de lado su venganza. Se había dedicado a ella. Habían hecho el amor todo el día y, al anochecer, el la había llevado a ver una película.

Nisiquiera se había alimentado de ella.

Eran casi una pareja normal.

Ayelet rió por algo que Sebastien dijo. Lo abrazó por la cintura y besó sus labios. El la abrazó de igual forma, mordiendo su labio inferior. El sonido de su risa, era más fuerte que los gritos de Lancelot.

Por eso no lo vió venir.

Solo escuchó el gatillo de la M24 a distancia. Su reflejo fue proteger a Ayelet, poniéndole a su espalda. Recibió un dardo, en el mismo medio del pecho.

-¿¡Pero que carajos!?

El grito de Ayelet y sus brazos sosteniendo su caída lo hicieron reaccionar. Se sentía débil.

Como cuando era humano.

Ayelet miraba a todas partes, buscando de donde había salido el disparo. También lo miraba a el, tratando de entender lo que le pasaba.

Selene bajó de la camioneta, escoltada por Alexander. Aquel hombre era un mito. El famoso Venator le debía una.

Había llegado el momento de cobrar viejas deudas.

-Pero, ¿que tenemos aquí? Los años te han ablandado, Lancelot.

Selene saludó a su manera. Ellos llevaban siglos enfrentándose.

-Ella es solo una Cibum. Déjala ir.

Gruñó León. Si Selene estaba en Moscú, solo podía haber un nombre en todo esto.

BURKHALTER

-¿Sabes? Podría matarte ahora mismo. ¡Mírate! Sin poderes para defenderte.

Ayelet los miraba a todos, abrazada a su señor como intentando defenderlo. Quería causar una tormenta eléctrica y pulverizarlos. Pero los nervios le traicionaban.

-¡Deja que ella se vaya, maldita sea!

Gritó Sebastien una vez más, ignorando el agarre de su Cibum. Solo intentaba moverse. Mostró sus colmillos a la guerrera cuando ésta sonrió.

-Siento desilusionarte Lancelot. No eres tan importante como piensas. No vengo por ti, sino por ella.

Hizo un ademán con su cabeza y las sombras de Alexander se extendieron de sus manos como grandes catapultas; arrancando a Ayelet de su señor, mientras ella luchaba y lanzaba golpes al vacío.

La sola idea de ser tocada por alguien que no fuera Sebastien, le llenó de asco.

Así mismo, las sombras del cazador abrieron la cajuela de la camioneta. Lancelot alcanzó a ver que era parecida a una jaula. Las sombras de Rusell lanzaron a su Cibum de mala manera a la jaula improvisada y cerraron la puerta de la cajuela.

Sebastien aún así, podía escuchar los gritos de Ayelet.

Alexander Rusell regresó junto a Selene y sacó su arma.

Un arma muy parecida a la que Lancelot usaba para sacarle los ojos a sus víctimas.

-¿Te parece familiar? Tu me inspiraste. Cuando mataste a mi hermano.

Comentó Rusell con una sonrisa amarga y se fue sobre el Venator.

Selene lo detuvo.

-Ya tenemos lo que vinimos a buscar. Jatziri quiere matar a este, ella misma. No lo tocarás.

Lancelot ya estaba preparado para recibir su final. Pero no se lo haría tan fácil.

Su cuerpo ya comenzaba a mostrar movimiento.

-Además, éste hombre es un guerrero digno. No lo mataremos así.

Sentenció Selene y, despidiéndose al estilo militar, dió la vuelta y se subió a la camioneta.

Alexander esperó unos segundos. Segundos que se hacían eternos, mirando a los ojos al asesino de su hermano.

-Tócala y te arrancaré los miembros antes de sacarte los ojos.

Amenazó Sebastien y Alexander levantó una ceja.

-Te juro que me divertiré con tu mascota, antes de dársela a mi señora. Debe saber qué es un verdadero macho antes de morir.

Y con eso se fue. Se subió a la camioneta y sus sombras bloquearon la vista de la matrícula de la camioneta al alejarse.

Sebastien necesitó unos minutos para que su cuerpo respondiera. Cuando pudo mover los brazos, sacó su móvil y encendió el dispositivo GPS del mismo. Pronto sus Venatores vendrían por el.

Luego el iría a buscar lo suyo.

Ya Jatziri Burkhalter le había quitado todo una vez.

No sucedería de nuevo.

Cuando sus Venatores llegaron, le ayudaron a levantarse y lo subieron a su camioneta. De la nada comenzó a llover. Una lluvia fuerte, torrencial.

Así Sebastien supo, que Ayelet lloraba...

† † † † †

Había dormido entre cadáveres sin tener en cuenta los días. El olor comenzaba a intensificarse y la sangre secaba en los pisos de mármol. Gustav Baillet no tenía ganas de levantarse. La aparición de Simone, su humana muerta, y el asesinato de toda la servidumbre a mano de su espada lo tenían fatigado.

No tenía ganas siquiera de salir a alimentarse. Optaba por dormir la mayor parte del día y de la noche y sólo beber un poco de sangre para calmar su sed. Era una especie de expiación. No era de la orden de un buen cristiano asesinar sin sentido y aunque él era en parte carne del mismo demonio, esas muertes le pesaban. Le atormentaba no morir y sólo tener vida para arrebatar la de otros.

Despertó por el olor del desinfectante y algo de sangre fresca. Se oían varias pisadas yendo y viviendo de un lado a otro. Los pisos resonaban al ser fregados. Despertó en su cama y no a mitad del jardín, donde se había quedado dormido con una botella de whiskey vacía. No llevaba la bata echa jirones sino una pijama de satén. Su cuerpo había sido lavado. ¿Cómo es que no se había dado cuenta? Su cabeza dolía pero estaba seguro que no era resaca, sino los efectos posteriores a una droga. Talló sus ojos y salió de la habitación.

—Pareces muerto.

La voz de un hombre se dejó oír desde uno de los sillones antiguos y quitados de polvo. Volteó para observarle. Era él, Claude Le Blanc. Su mejor amigo, mecenas en algunas ocasiones y ahora, su salvador.

Gustav caminó despacio hacia él y se sentó en el sofá enfrente de su invitado. Cerró los ojos un instante mientras trataba de recordar algo. Una de las chicas que iban y venían se acercó a él y con una reverencia, se dispuso a poner a su alcance una copa vacía en la mesa de centro. Él la miró a ella y luego a su amigo sin comprender del todo.

Fue entonces que la muchacha sacó una pequeña daga y el dueño de aquella mansión escondida en el forêt des Landes, se sobresaltó unos segundos. Claude le hizo tranquilizarse con un gesto y él volvió a tomar asiento cuando se dió cuenta que la chica sólo abría despacio su muñeca para llenar la copa y ofrecérsela con la mirada

fija en el piso. El corte no había sido profundo pero había llenado el recipiente en segundos y era lo más fresco que podría ofrecerle, después de una mordida directa. La acción había dejado a Gustav algo atónito pero recibió el gesto entre sus manos. La sangre aún estaba caliente.

—Bebe.

Ordenó Le Blanc y el otro obedeció llevando el líquido a sus labios, dejando que se deslizara despacio por su garganta. Era exquisito. Parecía revivirle a cada trago. Bebió despacio cuidando de no dejar restos es sus labios y puso la copa en su lugar. Bendita sangre. Mal necesario, pero una vez dentro, la más dulce de todas las vidas. Abrió los ojos y miró a su mejor amigo.

—¿Qué mierda haces aquí?

—De nada.

Su compañero sonrió despacio mientras una Cibum distinta hacía el mismo ritual con él y se abría la muñeca en presencia de ambos para llenar aquella copa. El otro bebió, no sin sin antes levantar su trago a salud de su anfitrión mientras Gustav se irritaba cada vez más. El contrario apenas dió el primer sorbo y él seguía insistiendo en una explicación.

—Responde.

—La sangre al menos te devolvió algo de energía.

Bromeó Claude terminando su bebida en un trago largo.

—La necesitarás.

Para ese momento la nueva servidumbre había terminado sus tareas y se formaban en fila a un costado de los señores, esperando alguna instrucción. Gustav tardó en entender que aquél gesto de consmiseración no era gratuito y que seguramente lo pagaría caro.

Por ello le habían drogado antes de que pudiera negarse.

—¿Qué es lo que debo hacer?

Dijo por fin. La pregunta era simple y directa. No estaba para juegos y lo único que deseaba era volver a dormir. Le Blanc llamó a otras dos sirvientas y señalando las copas en una orden muda, pidió más sangre para ambos. El acto volvió a repetirse y ninguna humana parecía quejarse. Las que esperaban en la fila tampoco se inmutaron.

—Qué dirías...

Comentó el hombre después de un pequeño sorbo a su copa.

—Si te digo que puedes quedarte con estas deliciosas señoritas, especialmente elegidas para ti de mi cosecha.

—Me negaría, por supuesto.

Contestó Baillet.

—¿Piensas que es una trampa?

—No.

Declaró Gustav también bebiendo a su vez mientras miraba de nuevo la fila de carne y reparaba en el hecho de que era exactamente como él elegía a sus chicas. Todas con el cabello castaño rizado y piel algo tostada.

Justo como ella. Su Simone.

Quería pensarlo de nuevo pero sabía que nada que proviniera de Claude, sería algo bueno.

—Bien, porque no lo es. Y tampoco está a negociación. Se quedarán contigo para cuidarte.

—¿Acaso crees que soy un niño pequeño?

—No, pero sí eres un anciano bastante estúpido.

Respondió Le Blanc con sorna y ambos rieron. Gustav terminó de beber primero y soltó un suspiro.

—Es ella. La volví a ver.

—Algo así me imaginé cuando llegué y vi el primer cadáver, querido.

—Los ataques están empeorando.

—¿Pero no piensas hacer nada, cierto?

—La extraño.

Esta vez Claude perdió la paciencia y el buen trato con el que se dirigía a su amigo. Lo miró molesto.

—Era humana y la mataron. No volverá. Alucinar con ella no la traerá de regreso.

Y esa era verdad cruel y fría puesta sobre la mesa. La sal que necesitaban las heridas de Gustav. Prefirió cambiar de tema sin responder a las declaraciones de su amigo y arrojó la copa al piso en un ataque de furia. Enseguida dos doncellas se apresuraron a limpiar y a recoger todo. Le Blanc soltó una risotada y murmuró para si mismo un "así me gusta" mientras mandaba traer un par de documentos en fólderes con sellos clasificados de la policía internacional. Bastó un vistazo a las insignias antes de mirar los expedientes completos para que Baillet se diera cuenta que aquello iba en serio.

—¿Y esto?

—Tu próxima misión. Sé que dijiste que ya no lo harías, pero esta vez es importante. Eres el único que puede acercarse a ellos.

Gustav miró el primer nombre y lo pronunció lentamente con su fuerte acento francés.

—¿Sebastien Leon?

—Lancelot

Asintió Le Blanc mientras bebía otro poco.

—Los otros nombres son Jatziri Burkhalter, su "hermana" Anabell Balmonth, el doctor Adham Wayne y su esposa, sus hijos. Ahí hay muchos nombres interesantes. Humanos y no humanos.

—¿Qué debo hacer?

Preguntó Baillet mientras hojeaba nombres y echaba un vistazo a las fotografías.

—Mirar.

—¿Es una broma?

Gustav dejó caer los expedientes en la mesa. "Mirar" no era parte de su vocabulario en "hacer algo" y eso le había hecho perder por completo la curiosidad.

—Hey, hey. Déjame terminar.

Dijo Claude acercándole de nuevo los expedientes.

—Moscú hasta ahora ha sido para todos un lugar neutro ¿entiendes? Burkhalter y su Consejo habían mantenido todo a raya. Incluso el homicida de Lancelot aportó lo suyo matando al sobrante de los no-vivos. No a todos, pero sí a los necesarios. El equilibrio estaba guardado. No obstante, hace poco la señorita Jatziri fue secuestrada y nos enteramos de la traición de dos miembros de su consejo. Por otro lado, parece que monsieur Leon tiene asuntos pendientes con ella y alguien, desde las sombras, ha estado creando vampiros a diestra y siniestra.

—El orden ha sido alterado.

Completó Gustav mientras se detenía en la ficha de Jatziri Burkhalter y miraba sus ojos unos minutos.

—No sólo ella está en peligro.

Suspiró Le Blanc recargándose en el respaldo de su sillón.

—Los humanos, los no-vivos, cualquier ser vivo y no vivo están en peligro. Rusia está a nada de convertirse en una zona de guerra y como siempre, nuestra madre Francia no puede quedarse lejos de ese conflicto.

—¿Intervendremos?

—Algo mucho mejor...

El narrador hizo una pausa unos segundos y esbozó una sonrisa que dejó ver sus colmillos

—Nos venderemos al mejor postor.

Una mirada de extrañeza fue la respuesta a aquellas palabras y Claude no pudo evitar reír.

—No me mires así. Eres un cazador de vampiros, lo sé. Pero también eres uno de ellos. Uno de los más sangrientos. Damnati por excelencia. Conjuntas ambas ramas y cabe mencionar que no conoces a nadie porque te la pasas aquí encerrado desde hace más de un siglo.

Bromeó el contrario mirando a Gustav como si le diera

lástima.

—Eres perfecto para el trabajo. Sólo tienes que ir a mirar un poco y, quién sabe. Con tus habilidades diplomáticas seguramente nos encontrarás un buen trato con los no-vivos o con los venatore.

Gustav rascó su cabeza unos segundos mientras procesaba todo aquello. No se dió cuenta que la fila de doncellas se había roto para volver a hacer movimientos en la casa. Esta vez, traían consigo más cosas. Armas, maletas, una valija con dinero de más de tres países y todo lo necesario para aquella "misión". Cuando Baillet se dió cuenta de ello, no supo qué decir.

—¿Ahora?

—Mi querido Gustav...

Respondió Le Blanc con una sonrisa y se levantó de su asiento rebuscando en su costosa chaqueta de piel.

—Como te dije, no te estaba preguntando. Debes hacerlo o tendrás aquí a todos los venatore que pueda conseguir y juro por el mismo Satán que haré que te maten. No me interesa si eres dos siglos mayor que yo. Tu situación política y de relaciones públicas desde que mataste a Genevieve sin razón alguna, no son muy buenas. Te hemos dejado tranquilo, ya sabes, por el luto de tu querida Simone. Pero creo que si aún existes en este mundo, debes atenerte a sus reglas. El día que decidas ir por tu propia cuenta y tengas... "el poder" más allá de la fuerza para hacerlo, seré el primero en quitarme de en medio y unirme a ti.

Aquél discurso no era más que la perorata de un maldito cerdo burocrático, pero Gustav sabía que Claude tenía razón. La vida hasta ahora había sido menos difícil del lado del sistema. Habían en él ganas de rebelarse pero siempre lo dejaba para después. Su amigo dejó unos minutos de silencio, después de lo que le había dicho y puso en sus manos un boleto de avión y un pasaporte.

—Llámame cuando llegues a Moscú.

Y se marchó antes de que Baillet pudiera enunciar una réplica...

† † † † †

Gabrielle Tate temblaba después de salir de aquel club. Se pegó contra el callejón y miró sus manos con temor. Llenas de sangre.

Sangre que ella misma había sacado de aquel asqueroso hombre.

Sus manos temblaban conforme las iba subiendo, algo en ella hizo que deseara relamer sus dedos, y cuando lo hizo; cerró sus ojos y disfrutó su sabor. Por alguna razón podía degustar el alcohol en la sangre, más no le importaba. Al menos no en aquel momento que su sed se había calmado.

Negó con la cabeza y supo que tenía que salir de ahí. Gracias al cielo ya estaba oscuro, camino pegada a la pared, escuchando el latir de corazones de otras personas.

Era una tortura.

Llegó al pequeño remolque y observó que su padre estaba dormido en el sillón con el televisor prendido, cervezas tiradas por todas partes, seguro estaba ebrio. Aprovechó para ir por sus cosas. No planeaba permanecer cerca de su padre sin saber que le estaba ocurriendo.

Con una gran velocidad colocó toda su ropa, la cual no era mucha, en una mochila para después tomar algo de dinero que tenía escondido en un zapato de ella. No era demasiado tampoco, unos 200 dolares máximo. Mínimo podría pagar un motel barato por unos días.

Antes de salir miró a su padre y quiso acercarse a besar su frente. Pero cuando se acercó, comenzó de nuevo a escuchar el corazón de su padre, se detuvo, respiro hondo y se dió la media vuelta comenzando a correr del lugar. ¡Era impresionante la velocidad con la que corría! Llegó hasta las afueras de la cuidad corriendo y ella misma se negaba a creerlo. Con su mochila en la mano, miró la carretera vacía y suspiró hondo, ya que la comezón en su garganta comenzaba de nuevo. No sabía que hacer.

Fue justo entonces cuando vio un auto acercarse, uno muy lujoso.

Supuso por instinto que sería un hombre, acomodó sus pequeña blusa buscando restos de sangre pero no había nada. Le hizo señales para que se detuviera y en cuanto bajó el vidrio del auto, se inclinó sensualmente y le sonrió con ternura y seductividad a la vez.

-Buenas noches... ¿Va fuera de la ciudad?

Murmuró con una sonrisa en su rostro, quería mantener la compostura, pero su garganta la estaba matando, solo esperaba a que el individuo contestara para poder atacar. Con la respuesta afirmativa de aquel hombre que le miraba mas los pechos que los ojos, Gabrielle se subió al auto.

Ya la conciencia no le molestaba.

Después de terminar aquella presa continuó su camino. Dejó el auto ya que comenzaba a estar consciente de todas las ventajas que tenía ahora. Así pasó una larga noche en la carretera, hasta que tuvo que ocultarse en el baño exterior de una gasolinera para que no le diera el sol durante el día.

Sed, demasiada sed. No había palabras para explicar lo doloroso que era esa picazón en la garganta de Gabrielle. Necesitaba alimentarse. Su desesperación la consumía poco a poco; más su miedo a que se repitiera lo de la noche anterior, era lo que le preocupaba.

Cuando cayó la noche, comenzó a vagar por las carreteras esperando encontrar algo que comer, lo que fuera. Sabía que estaba lejos de la cuidad. Dudaba mucho que a esas horas de la madrugada alguien pasara por la carretera. Tal vez algún turista en camino hacia otra cuidad. Eso era lo que necesitaba.

Cada vez se hacía más tarde y ella simplemente se sentía

debilitada, sin fuerzas, su garganta la quemaba.

No pasó mucho tiempo, cuando desde muy lejos alcanzó a escuchar algo que honestamente la sorprendió al estar en medio de la nada. Latidos. Latidos de un corazón. Poco a poco fue escuchando más y mas cerca de ella.

Salió de su escondite y siguió el sonido hasta llegar a su fuente. Una sana familia de americanos vacacionando. El cálido corazón de una pequeña que latía tranquilamente ya que dormía al igual que el de su madre.

El del padre, a diferencia, latía más rápido.

Fue entonces cuando el hombre decidió cometer el que sería su peor error: estacionarse en una gasolinera en plena madrugada. Gabrielle se escabulló y buscó justo el momento indicado para salir de la nada, tal como si fuese de día.

Se dejó ver por el hombre, mostrando su sonrisa campante y su cuerpo reluciente. Sabía que no podía atacar así por que si. Si no se escaparían y ahora eran sus presas.

Se acercó cuidadosamente a él como si fuese una empleada, lo cual no tenía sentido ya que la tienda de la gasolinera estaba cerrada.

-¿Necesitas ayuda?

Preguntó angelicalmente. El hombre reaccionó y al verla, le sonrió de manera nerviosa negando con la cabeza.

-Pareces nervioso... Podría jurar que escucho tu corazón salirse de ti...

Dijo la damnati con una sonrisa, acercándose aun mas a el. Al hombre no le dió gracia, ya que no era normal que una chica vestida así se encontrara en medio de la nada a esas horas de la noche.

Sin más el sujeto se despidió y en cuanto se subió al auto, cerró la puerta con seguro. Cuando iba arrancar, no encontraba las llaves del auto.

-¿Buscabas esto?

Antes de que el hombre dijera una palabra, si quiera lo dejara respirar, abrió la puerta con sus llaves, lo tomó del cuello y le tapó la boca con su mano libre para poder comenzar a consumirlo. Su esposa ingenuamente se despertó y al ver la escena no dudó en gritar.

Apenas había terminado con su marido, cuando se fue contra ella.

Poco a poco las ventanas del auto se empañaron de aquella atrocidad que estaba cometiendo.

Cuando terminó de alimentarse supiró pesadamente. Toda su boca y su ropa de nuevo estaban manchados. Volteó a ver hacia atrás de la camioneta. Aquella niña podía tener apenas uno años.

La miró y quiso conmoverse. ¡Realmente quería! Más su cuerpo deseaba más, a pesar de que estaba satisfecha. Tal vez porque probablemente no comería en días.

Miró a la niña con una sonrisa macabra.

-Vuelvete a dormir...

Acabada su cena tardía, se sentía completamente mejor. Aún faltaban algunas horas para que amaneciera. Al menos le alcanzaría el tiempo para llegar a un nuevo poblado. Dejando allí los cuerpos, se echó a correr sin rumbo.

Luego de lo que parecieron segundos, por la velocidad a la que corría, llegó a un parque. Al parecer se encontraba al sur de la ciudad. Solo le faltaba buscar un lugar para refugiarse del sol hasta que pudiera salir de nuevo para alimentarse. Aún no se hacía de la idea de lo que le estaba pasando, en lo que se había convertido. Otra vez, sentía sed. Tenía que cuidarse. No era tan sencillo matar y seguir como si nada.

Al menos no sin que notaran la ausencia de algunas personas.

Lo mejor era llenarse hasta no poder para poder sobrevivir mientras pensaba en como se alimentaría apartir de ahora.

Podía oler, oler muy bien la presencia de un humano. Al parecer era un vagabundo caminando por el parque. No estaba lejos. Llegó hacia él por detrás y atacó sin clemencia.

Su sangre corría por el piso mientras Gabrielle lo devoraba. Su sangre no era nada placentera como la de aquella niña sana, pero de todos modos le servía.

Lo dejó a mitad ya que no le cabía nada más en ella, y comenzó a correr. No era seguro que se mantuviera en el lugar donde cometió un crimen.

Justo cuando iba hacia la salida del parque, se detuvo de un frenon.

Una sombra frente a ella, una mujer, la observaba fijamente. Le aventó el cuerpo del vagabundo a sus pies y Gabrielle tragó saliva por lo que le había hecho. Era obvio que aquella desconocida la había visto. Pero aquellos colmillos, aquella rapidez y fuerza...

Solo había una explicación.

Se quedó quieta y trató de mantenerse firme para poder hablar.

-¿Quien demonios eres?

Dijo con la voz ronca. No se había molestado en limpiar sus labios, los cuales aún tenían sangre.

La mujer sonrió dejando ver una sonrisa macabra.

Gabrielle tembló de cabeza a pies...

† † † † †

Edna Lancaster recorría los pasillos de piso 12 del edificio donde Voskhod parecía ser una corporación normal, que se dedicaba a la importación y exportación de antigüedades. En sus manos llevaba sus descubrimientos hechos el día de la luna de sangre. No podía negar, que al principio le había sorprendido ver cómo sus cámaras habían registrado mas de 30 muertes, solo en Nueva York.

Estaba segura de que habían sido muchas mas.

Pero, estaba complacida de que por fin, podía demostrar que los vampiros existían.

Llegó frente a la oficina presidencial, donde una amable secretaria, le dijo que su jefa la esperaba. Edna le sonrió antes de dirigirse a la puerta y tocar varias veces. Escuchó un suave "pase" y abriendo la puerta, entró a la lujosa oficina.

Miriam Davis le sonrió a su empleada al verla. Ella estimaba a Edna. Desde que la conoció y supo su historia, dió por sentado que aquella mujer rara y descuidada, sería una gran adquisición.

No se había equivocado.

Edna se sentó frente al escritorio, luego de un cariñoso saludo y puso frente a ella las pruebas. Davis miró el material escrito e hizo a un lado los DVD's para verlos luego.

-Entonces lo lograste.

Comentó Miriam con una sonrisa de aprobación. Edna arregló sus lentes, mientras asentía.

-Sabía que no estaba loca.

Murmuró Lancaster, mas para sí misma. Miriam apretó las manos temblorosas de Edna, que descansaban sobre el escritorio.

-Jamás lo pensé.

Contestó su jefa. Edna levantó la vista a ella y suspiró.

-¿Esto será suficiente para llevarlo a los medios?

Preguntó dudosa. Davis negó.

-Hay que atrapar aunque sea a uno de ellos, Edna. Pero te tengo una confidencia. Dicen que en Rusia, Moscú, para ser exacta; están pasando cosas raras, movimientos extraños. Tal vez debas ir allá con George.

Edna asintió algo desepcionada. Ella quería destapar aquella olla de grillos. Que el mundo entero, sobretodo quiénes la habían tildado de loca, todos aquellos años, supieran que los vampiros eran reales y que estaban entre los humanos.

Pero no dijo nada. Su timidez era mas que su odio. Solo le sonrió antes de levantarse.

-Saldré mañana mismo a Moscú. Te mantendré informada.

Miriam le sonrió en despedida y la vió hasta que salió de su oficina.

Entonces tomó su teléfono privado y marcó la memoria número 2 de este.

Al tercer timbrado, le contestaron.

-¿Que tienes?

Preguntó la voz en el teléfono. Miriam sonrió mirando los papeles en sus manos.

-Tengo lo que ha estado esperando, señor. Le enviaré todo por correo expreso. Envié a la chica a Moscú, para asegurarnos que los rumores son ciertos.

Se vió interrumpida por la voz de su jefe. Al parecer su salud había empeorado desde la última vez que hablaron. Cuando se calmó, le volvió a hablar.

-Espero cuanto antes esos informes. Tengo al gobierno respirando en mi cuello, Davis. Muchas personas dependen de esto.

Y sin decir mas, colgó la llamada. Miriam suspiró, metiendo uno de los DVD's a la computadora.

Por supuesto que le enviaría la información a su jefe.

Pero luego de copiarla.

Aquel era, su seguro de vida...

† † † †

Anochecía cuando Jatziri llegó junto a Anabell a la Logia de Dormán, el Gran Maestre y Adrienne Boudreaux. Allí sería donde se llevaría a cabo el "entrenamiento" a los neófitos que Selene había encontrado. Cuando Anabell le recordó las palabras de Aizele, Jatziri quiso golpearse mentalmente. El fuego había que combatirlo con fuego.

Los neófitos de Edward Turner, o como se llamase ahora, serían sus propios verdugos.

Al entrar, Adrienne las esperaba. El Gran Maestre había salido de Moscú a un congreso, pero la había dejado a cargo. Si su amigo confiaba en aquella damnati, la hija del diablo también lo haría.

-Por aquí.

Señaló Adrienne, guiándolas a traves de un largo pasillo. Luego de unas puertas reforzadas, bajaron unas escaleras estilo acordeón, hasta llegar a lo que parecían celdas.

-Catacumbas.

Susurró Anabell estremeciéndose por el lugar tan cerrado. Le recordaba su propia tumba. Jatziri apretó levemente el hombro de la rubia, preocupada por su bienestar. Anabell cerró los ojos unos segundos y al abrirlos, Jatziri supo que estaba de vuelta.

-Hagamos esto de una vez.

Ordenó Jatziri y con la orden muda de Adrienne, todas las celdas se abrieron de golpe. Los neófitos estaban esposados y encadenados dentro de éstas. Gruñían, peleaban, maldecían y gritaban. La hija del diablo rodó los ojos.

-Soy Jatziri Burkhalter, líder del Consejo de no-vivos. Sé que no entienden qué hacen aquí. Tampoco entienden lo que os ha ocurrido. No pidieron ser lo que son. Fueron víctimas de un desgraciado egoísta que no midió las consecuencias de sus actos. Yo también quiero detener esto. Prometan ser fieles al Consejo, y los adiestraremos. Les daremos hogar, sangre y entrenamiento. Cuando estéis listos, iréis a cobrar venganza.

La voz de Burkhalter era clara, haciendo callar la multitud de gritos.

-Eres igual que el. ¡Igual que nosotros! ¿Por que debemos creerte?

La voz de una chica interrumpió el discurso de la hija del diablo. Anabell fue a la celda de la chica. Caminó hasta ella y le aguantó la barbilla, obligándole a mirarla.

-Tienes agallas, pequeña. ¿Como te llamas?

Preguntó la blonda a la castaña. Gabrielle Tate movió su cabeza con evidente desagrado y escupió los zapatos de Anabell. Quería escupirle la cara, pero los ojos púrpura de la rubia, la intimidaron por un segundo.

-¡Púdrete, puta!

Fue su respuesta. Cerró los ojos de golpe cuando Anabell levantó su mano. Supo que le pegaría. Sin embargo los volvió a abrir, cuando escuchó aplausos. Anabell aplaudía como si estuviese viendo la mejor obra de teatro existente. Gabrielle levantó una ceja, mirándola incrédula. Aquella mujer estaba loca.

-Tienes un nombre interesante. ¿Te llamo púdrete? ¿O prefieres que te llame por tu apellido?

Gabrielle gruñó por la broma de Anabell quien la miraba con fingida inocencia. Le pasó la mano por su cabello, enredó sus largos dedos en éste y lo haló hacia atrás, haciendo a Gabrielle gritar de dolor. Acarició su mejilla y le palmeó luego en una bofetada "cariñosa".

-Cuando esto termine, tú vendrás conmigo.

Entonces se alejó, regresando al lado de su hermana.

-Procedan con lo estipulado. Quiero sangre Stulti en cada uno de ellos.

Ordenó Jatziri y Adrienne asintió. Odiaba manchar sangre damnati con otra raza. Pero quien había convertido aquella gente tenía la culpa.

-Jatziri, te tengo un regalo.

La voz de Selene desde el final del pasillo, distrajo a la matriarca Stulti de la conversación que mantenía con Adrienne y Anabell. Curiosa, la hija del diablo fue hacia ella con una sonrisa. Iba a felicitarla por su excelente labor cuando sintió el olor del segundo hombre que más daño le había hecho.

Lancelot

Sus colmillos salieron, sus uñas se alargaron y se puso en alerta. Selene tomó su mano y le sonrió. Eso le dió confianza. También Anabell a su espalda.

Dió unos pasos más hasta llegar a la última catacumba. Allí estaba la poseedora del olor de su captor. A su lado, un damnati; quien Jatziri identificó como uno de sus matones. La chiquilla lucía asustada, débil, poca cosa. ¿Por que tenía el olor de Lancelot?

-¿Quien es?

Preguntó con repulsión. Ayelet levantó la vista al escuchar su voz. La hija del diablo la miraba como si ella fuese una cucaracha. Aquella mujer que había matado a su señor. Que lo había hecho lo que el era. Levantó la barbilla altiva. A ella no le mostraría temor.

-Estaba con él. Pero lo dejé vivo.

Contestó Selene. Jatziri odiaba aquella niña con la misma intensidad que lo odiaba a el. ¿Le había dado su sangre? ¿Sería su pareja? Gruñó de pensarlo. Quería matarla. Para aquella tonta no habría redención posible. La quería muerta.

Quería que Lancelot sufriera.

Miró al damnati que seguía mirando a aquella mosca muerta con ojos de lujuria. Entonces Jatziri sonrió.

-¿Os gusta?

Preguntó a Alexander, quién asintió aparentando indiferencia. Como si Jatziri fuera fácil de engañar. Miró a los allí presentes, preparada para dar órdenes.

-Denle baños de sol, cada mediodía, cuando el sol esté mas fuerte. Amarren un collar de su cuello, con una cadena de la pared. Tu, damnati, dormirás a su lado, la tocaréis, y estaréis pegado a ella como una segunda piel, incluso cuando haga sus necesidades. Vestidla y arregladla como mas os guste. En las noches vendré personalmente, a darle el resto del tratamiento.

Dió dos pasos mas hacia Ayelet, quién hacía hasta lo imposible por no llorar. No le daría a aquel demonio el placer de verla sufrir. Jatziri tomó uno de los rizos de la castaña entre sus dedos. Sintió su textura, y lo dejó caer, limpiándose en su abrigo.

-No le den una gota de sangre hasta que yo indique lo contrario. Quiero que Lancelot sienta absolutamente todo lo que le pase. Y si se resiste; damnati, golpeadla hasta se someta. O violadla. Debe estar acostumbrada al sexo vulgar y primitivo. Servirá como ejemplo para los demás.

Y con paso de diosa salió de allí. Las mujeres le siguieron. Alexander se paró frente a Ayelet y tomó la cadena que la mantenía cautiva. Con una sonrisa oscura apretó el agarre de la cadena en sus manos y la sacó de allí, arrastrada...

† † † † †

Sakura Mika se encontraba atendiendo un paciente con heridas bastante profundas por su cuerpo a causa de una gran hazaña con un Venatore. No salió muy bien de ello. La chica usaba sus dones para curar sus heridas. Pequeños toques de corrientes pasaban por la piel de aquel no-vivo haciendo desaparecer sus heridas. Terminando ya con sus heridas, le dedico una sonrisa mientras el no-vivo se ponía de pie y le daba una sonrisa de agradecimiento saliendo de aquella sala de emergencias. La noche había caído. Eran pasadas las 12 de la media noche.

Su turno había terminado hacía unos minutos atrás. Se desinfectó la sangre que dejó aquel no-vivo en sus manos. Cuando terminó todo en aquella sala, fue a cambiar su atuendo de enfermera por su ropa de civil en el vestidor del personal del hospital. Mientras caminaba por los pasillos ya vestida para ir a su casa, se encontró con la joven Krystal. Era una chica alegre, siempre se preocupaba por los demás. Le dedicó una sonrisa y se despidió de ella, diciéndole que mañana esperaba encontrarla para conversar. Le hacía bien de vez en cuando hablar con alguien.

Salió por las puertas del hospital mirando para todos lados. Siempre era muy precavida. No confiaba mucho en la noche. Solía ser traicionera. Mientras caminaba por las solitarias calles para llegar a su apartamento se acordó que debía pasar por el supermercado. De vez en cuando no le venía mal comer un poco de comida humana.

La echaba de menos.

Entró a la tienda más cercana para comprar los ingredientes para preparar una sopa de almuerzo cuando despertara, junto con unos dulces para calmar los antojos. Luego de pagar fue a su apartamento. Subió al ascensor mientras buscaba las llaves en su bolsa. Cuando se detuvo en su piso, caminó hacia el departamento. Justo cuando iba a introducir las llaves en la cerradura notó que estaba abierta. Le estuvo sumamente extraño.

Siempre cerraba su departamento.

Entró en el, dejando la bolsa del súper y su bolsa en la mesa de la cocina. Buscó por todas partes un indicio de algo que estuviera mal. No lo encontró. Todo parecía muy tranquilo.

Ignoró sus ideas. Fue directo a la habitación y allí lo vio justo sentado en su cama, esperándola con esa sonrisa perversa y a la misma vez sensual.

Después de tantos años, ¿como se atrevía a venir y menos a su casa? Eso la sacó de sus casillas. No lo soportaba. Lo miró con desprecio.

-¿Qué demonios haces aquí? ¡No tienes derecho a estar aquí! ¿Acaso no tienes respeto? Primero me quitas mi virginidad, luego me muerdes ¡y me conviertes en esto! Condenada a vivir en la eternidad, después desapareces…. Dime que esto no es una broma de mal gusto. Te gusta joder la vida de los demás ¿cierto?

Su creador soltó una carcajada mientras le miraba estudiándola. Ella cruzó sus brazos, sin esconder su enojo.

-Querida Sakura, no fue mi intención joderte la vida. No podía dejar que una belleza como tu se perdiera así por que si. La quería para mí a toda costa. Perdona por haberme tardado tanto en aparecer, tenía unos asuntos pendientes necesitaban de mi presencia. Además ya me tienes aquí, hermosa.

Se burlo de ella como de costumbre.

¿Que pretendía? ¿Que ella correría a sus brazos? ¡Por favor! Pensaba Sakura mientras lo observaba. Lo odiaba con todas sus fuerzas. ¿Como podría estar con una persona así?

-Fuera de mi casa. No quiero tu asquerosa presencia en ella. Tengo trabajo mañana y no tengo tiempo para lidiar con antigüedades como tu así que ¡largo!

La japonesa alzó su voz, mientras con su mano derecha, alzaba la mesa de noche junto a la cama para que se saliera de ella.

-Sal de mi cama me arruinaras las sabanas.

Gruñó cuando la mesa que se estrelló, junto a su escultural cuerpo. Su creador se levantó de la cama mientras caminaba hacia ella, tomándole de los brazos y alzándola del suelo. La enfermera se quedó inmóvil, mirándolo a los ojos; perdida en ellos.

La dejó indefensa mientras la pegaba a su cuerpo.

-No quería hacer esto por las malas hermosa. Esperé 93 malditos años por este momento de tenerte así, en mis brazos. No dejaré que te me escapes. Te quiero solo para mí. ¡Solo mía! Me enamoraste mujer. Llevo como loco buscándote, haciendo todo lo posible por encontrarte. ¡Pero eres tan escurridiza! Te he seguido por todo el mundo con tal de encontrarte. Perdóname por esto, pero sé que no vendrás a las buenas conmigo. Me odias demasiado para eso.

Sakura sintió como se le nublaba la vista quedando inconsciente, sin saber lo que había pasado. Solo se repetían en su cabeza sus palabras. Que idiotez era esa. No podía ser cierto. Fue un maldito egoísta siempre con ella y ahora aparecía no tenía sentido.

La chica se levantó con un dolor de cabeza horrible. Llevó su mano hacia su frente cuando abrió sus ojos. Se encontraba abrazada al pecho del hombre que tanto odiaba.

¿Que era lo que había pasado con ella?

Se levantó asustada, quedando sentada en la cama. Él estaba allí con ella. ¡Se veía tan sumiso! ¿Por que ahora? ¿Por que había pasado todo eso? ¿Por que demonios el estaba allí? Tantas preguntas sin respuesta. La había buscado. La había llevado con el. No tenía ningún sentido. Sakura no entendía absolutamente nada.

En ese instante solo lo miró a los ojos, quedándose perdida de nuevo en su mirada. Negó molesta y se levantó de la cama.

Necesitaba analizar todo lo que ocurría.

Necesitaba aire fresco.

Y sobretodo, necesitaba salir de allí.

De donde fuera que él, la hubiera llevado...

† † † † †

Paul Schwab no lograba entender nada. Los meses que estuvo fuera parecían siglos. Habían cataclismos, su señora había sido secuestrada, había liberado a la otra creación de quien la convirtió, había tenido una niña hermosa. El lugar era totalmente distinto a como recordaba. Ahí ya no había tranquilidad. Había sed de venganza por parte de todos. Especialmente él quería el corazón y ojos del maldito que había osado lastimarla. Se encargó de ordenar, actualizar y reforzar la seguridad de la casa. Mas damnatis al servicio, mas entrenamiento. Estaba volviéndose mas paranoico de lo usual. No debió haberse ido, no volvería a faltar un día. No debió fallarle.

Había investigado hasta cuantos cabellos tenían todos. Cada uno de ellos y les tenía vigilados de cerca. No confiaba en ningún invitado, amigo, enemigo, aliado, todos eran sospechosos. Pero nadie le importaba más que ese Venatore. A diario hacía investigaciones exhaustivas de su paradero. Así había llegado espiarlo fuera del damnati. Los cazadores habían sido muchos y eficientes. Mataron mas no-vivos de los que pudo contar. Aquello no le alegraba. Los quería más muertos ahora, pero no mató a nadie por órdenes de su señora.

Cuando volvió a su casa escuchó que se estaban reuniendo para algo grande. Una cazadora que Paul no conocía mas que por su reputación había llegado con un sin número de damnatis con el mismo creador en común. Aquel que el Consejo quería muerto. Que había sido lo suficientemente imbécil para convertir sin medida como para ganarse su muerte.

-Ocupo que mates un par, Paul. Están demasiado unidos para ser salvados.

Había dicho ella y no dudo. Salió a donde estaba el grupo y cerró la puerta detrás de él. Se clonó para acorralarlos. Soltó las cadenas y empezó la función. Hablar sería gastar energía. Ellos sabían que él traía a la muerte. Desplegó dos clones y empezó a jugar con ellos. Cuando venían a él les hacía perder los sentidos hasta que se alejaban. Y cuando estaban lejos les hacía sentir mas rabia de la que podían contener. Eso inhabilitaba que pudieran usar contra su ser sus poderes.

Rió a gusto con los gritos de ellos. Uno de los clones comenzó a matar a uno. Eran alrededor de cinco. No eran problema alguno para Paul. Una cayó de rodillas cuando le hizo sentir su frustración a niveles que ella no comprendía. Sacó una cuchilla de su pantalón y corto en un movimiento sus ojos. Dejaba de verse joven de repente. Su cabello se secó al igual que su piel en segundos. Dos más gritaron mientras sus clones los mataban.

Caminó hacia el que faltaba quien era un hombre delgado. Podía sentir que luchaba contra su poder. Pero aquello no era posible. Lo hizo quebrarse hasta que puso sus manos en su cabeza y gritaba con su frente pegada al suelo. La sed le estaba matando por el olor de la sangre derramada aún cuando estaba podrida. Las ordenes no era alimentarse. No había tiempo para ser creativos. Anuló los sentidos y sacó sus ojos con sus manos y uñas. Arrojó los iris rojos al horno que estaba en la pared contraria a la puerta. Sus clones tiraron ahí los cuerpos restantes, algunos enteros otros mas dispersos. Los replegó a su cuerpo de nuevo y salio del lugar.

Limpió la sangre de sus manos y navaja con un pañuelo que guardo en la chaqueta. Dirigió sus pasos al despacho de su señora para informar que había terminado con la tarea asignada. También debía informar de lo que había visto en aquel callejón. Ella estaría orgullosa de Katherine por su papel. Podía escuchar las quejas de los otros a los que les hacían el lavado. O quizá ya habían terminado, no lo sabía muy bien. Pero deseaba tener buenas noticias acerca del paradero de Edward o como se llamase ahora. Parecía que se lo tragó la tierra.

Esperaba disfrutara su tiempo porque él no tardaría mucho en encontrarlo.

Pasó los corredores hasta las dobles puertas de su oficina. Se paró frente a esta y toco suave un par de veces. Ante la orden de voz que procedió tras las tablas gruesas de madera movió la puerta sin sonido.

-Todos los damnatis han encontrado la muerte verdadera, señora.

Hizo una inclinación al dar el corto informe.

Jatziri sonrió satisfecha al escucharlo. Ella no quería esto. Ella hubiese querido que todos cooperaran, mas era imposible. Adrienne le había alistado una oficina semejante a la suya. Ella se había mudado prácticamente allí con el Consejo y su gente de confianza, así como Paul.

Se levantó para felicitarlo cuando alguien más tocó la puerta. Dió la orden de que pasaran y vió a Selene al otro lado. La castaña la miraba con cautela. Como si no supiera cómo las noticias que traía, pudiesen hacer reaccionar a la hija del diablo. Respiró hondo y se acercó a su oído, susurrando su último descubrimiento.

Las manos de Jatziri se hicieron puños al escucharla. Selene buscó su mirada, esperando instrucciones.

-Iré a verla, mas tarde. Ábrele las venas y tráeme una copa de su sangre. Quiero probarla.

Ordenó y Selene, con una sonrisa, se retiró. Jatziri cerró los ojos unos segundos. La rabia la consumía de formas inexplicables. Paul la miraba sin decir nada. La conocía demasiado bien.

Poco después se escucharon gritos tan desgarradores que a Paul se le erizaron los vellos de la nuca. Con una sonrisa triunfal, Selene entró al despacho, acompañada de Anabell, quien ya sabía todo.

Selene puso en las manos de la hija del diablo, la copa llena. Así mismo, salió de la oficina. Paul la siguió. Tendría que esperar, para terminar su informe.

Jatziri, copa en mano, ignoró la sonrisa diabólica de su hermana y regresó a su silla. Se sentó cómodamente, y dió un sobro de la copa de sangre. Era como probar un pequeño triunfo. La víctima, se volvía victimaria.

Siempre le había gustado mas, la idea de ser la mala del cuento.

-Estás celosa, Jatziri.

Las palabras de Anabell no hicieron siquiera pestañear a la madre de los no-vivos. Incluso, apenas la escuchó. Ella estaba demasiado ocupada, usando su conexión mental, para enviar un mensaje corto, pero contundente. La suerte estaba de su lado. Tenía las cartas ganadoras.

-Felicidades, Lancelot.

Pensó, sabiendo que él la escuchaba.

-Seréis padre, muy pronto...

† † † † †

Sebastien estaba parado en su casa. Muchos venatores entrando y saliendo del lugar ante las ordenes que el daba. Le ofrecían sangre, él mismo sabia que así el efecto de lo que le había sido inyectado pasaría mas rápido. Pero no, el no quería beber algo que cortara su conexión con Ayelet.

Aún cuando lo estuviera volviendo loco.

Podía sentir su miedo, su odio, su asco, su dolor... su dolor le revolvía las entrañas al punto que quería arrancárselas. ¿Por que su Sequi no funcionaba? La intentaba rastraer con todas sus fuerzas pero justo cuando se acercaba a un lugar, el rastro de ella rebotaba como una bola de goma contra una pared dejándolo en la nada de nuevo. Le echó la culpa en parte al dardo y en parte a la hija del diablo. Estaba seguro que ella estaba bloqueando su entrada. Gruñó con los puños tensos. Quería arrancar con sus manos su cabeza y luego sus ojos.

Pero en eso sintió la barrera quitarse, solo en parte. Dejando sentir algo concreto. Entonces escuchó su voz, aquella que el conocía de toda la vida. Diciendo unas palabras que calaban tan profundo en él.

-¡Te odio maldita bruja! ¡Arderás en el infierno por esto! ¡Yo juro encontrarte y comerme tus ojos!

Supo claramente que ella lo escuchó. Incluso recibió una risa en respuesta, antes que ese canal fuera cerrado de nuevo.

Sebastien se sentía enjaulado.

Sus sombras hicieron temblar la casa entera haciendo las cosas chocar contra la pared y los suelos. Con sus manos tomó un escritorio que estaba delante de el y lo estrelló contra la puerta de la habitación haciendo un estallido de astillas.

Ahora podía sentir la tristeza de Ayelet. La lluvia que había empezado desde que ella fue secuestrada se hizo mas fuerte, ahora truenos rugían contra las ventanas.

La impotencia lo destrozaba. Él tenía la culpa de lo que le estaba pasando a su Cibum; a su mujer.

El demonio de su venganza, se había volteado en su contra.

Ayelet era la víctima de aquella guerra sin cuartel.

Ayelet, y su hijo.

Sebastien no sabía como sentirse al respecto. Jamás se planteó la idea de ser padre, o de hacer una familia. Todo había cambiado, cuando Ayelet llegó a su vida.

Y ahora podía perderlo todo, por su culpa.

Y aunque odiaba a Jatziri Burkhalter con todas sus fuerzas, sabía que merecía ese golpe de su parte.

Total, él le había hecho lo mismo.

La gran diferencia de aquella situación era que en su caso, él amaba a Jatziri y a la criatura que crecía en su vientre.

Un amor enfermo pero a fin de cuentas amor.

Pero aquella bruja no quería a nadie y sería capaz de asesinar a su hijo sin piedad todo con el fin de una venganza absurda que ella misma inicio. No podía dejar de repetir en una voz queda "mi hijo". Lanzaba a diestra y siniestra todo objeto que se cruzara en su camino, mientras el intento de una lágrima nacía en el borde de su ojo derecho.

-Resiste, resiste. Yo voy a ir por ti.

Dijo sin saber siquiera, si Ayelet podría escucharlo.

Lancelot supo lo que era verdadero dolor aquella noche de tormenta...

† † † † †

-Te quedarás aquí, Brenda. ¡Sabes que no me gusta que me sigas como un maldito perro!

Gruñó Marcus Sodelberg a su hermana. El la amaba, pero su delirio por seguirlo a todas partes, era un problema. Quizás había sido muy duro con ella. Y ver su gesto de tristeza, le hizo besar la frente de su hermana y suspirar.

-Tienes tu inhalador a la mano, ¿verdad?

Preguntó y Brenda asintió. Entonces el le sonrió y salió.

Era una noche especial.

Fuera de su casa, ya lo esperaban sus amigos. Se conocían hacía un tiempo. Todos amantes a los tatuajes, a lo gótico.

Amantes al ocultismo.

Ethan Evannetti, Clare Desire, Luna Gray, Steve Kith, Mathew Fork y Mirtha Saunders parecían haber sido cortados con la misma tijera. Se habían conocido en el lugar de tatuajes donde Luna trabajaba. Los unió el amor por el arte, y por las artes oscuras.

Al salir de su casa, ya todos estaban esperando. Marcus vivía cerca de un cementerio, así que irían a pie. Luego de los saludos, Luna los miró a todos.

-¿Trajeron todo lo necesario?

Preguntó y Mirtha levantó la mochila que llevaba.

-¡Todo!

Asintieron en grupo y entre bromas, se pusieron en marcha.

Saltaron la barda del cementerio sin dificultad. Recorrieron las tumbas, bromeando acerca de como habría muerto cada persona que allí descansaba. Al llegar a una de las tumbas, donde un ángel de mármol, velaba sobre ésta, se sentaron.

Ethan gruñó al ángel y todos rieron.

Las horas pasaron, y ellos preparaban todo. Había eclipse lunar esa noche. Sacaron las velas negras, el Ouija, la biblia satánica, sal y el libro de las oraciones.

Hicieron el pentagrama en sal en el suelo. Una estrella quizás algo distorsionada por el viento, pero serviría.

Ethan, Clare y Luna observaban sin tocar nada. Parecía raro, pero Marcus no dijo nada y siguió trabajando junto con los demás chicos. Cuando la luna empezó a oscurecerse, Luna los interrumpió.

-¿Están seguros de querer esto? Si es así, ya es hora

-Los chicos comenzaron a reír y Luna se encogió de hombros, mirando a Ethan y a Clare con complicidad. Estos dos últimos, le sonrieron.

Las velas fueron encendidas, el Ouija en medio del pentagrama, con Marcus guiando el oráculo. Steve, Mathew y Mirtha también entraron al pentagrama y miraron a los chicos, quienes apenas se movían de su sitio.

-¿No entrarán ustedes?

Preguntó Steve, mirando a Luna directamente. Ella le sonrió y negó con su cabeza, sacando su navaja del interior de una de sus botas.

-No es nuestro momento. Es su iniciación, chicos. Si son escogidos, serán casi como nosotros.

Contestó Ethan, que apenas había hablado en toda la noche. Los chicos dentro del pentagrama, parecieron satisfechos.

Mathew aclaró su garganta y, tratando de iluminarse con las velas, comenzó a leer la invocación requerida.

-De tenebras autem sum puer parvulus, qui habet quidquam. Quomodo corpus meum pro suis meritis. Satis habere si me tibi et anima mea. Exaudi deprecationem hanc, praesentiam esse clamat. Statim ostendit mihi sub me vultus nice sine tumultu aut damno meo, et respondit quod iussisti. Tu Domine, qui mortuus est, sed manet semper, et seniores: Audi servo tuo qui vocat vos. Oro secundos convertere magna appellationis minister. Magna promissi, viginti annorum cunctorumque quæ dederis mihi, praemium. In cujus rei testimonium, et signum Marcus, Martha, Steve. Verbum Omnipotens Domine conjuratio daemones. Soter Heloym Emmanuel variet maleficia Sabaoth Agia Tetragrammaton ad expellenda. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Adjuro te per Deum vivum, Deus, Ehome, Etrha, Ejel Ejech Aser, eundo ad alteram, Dominus Süla Tetragramaton Sadai Hágios ischiros Atanatos!

Amén

El viento comenzó a soplar tan fuerte que las velas parecían querer apagarse, como si la flama se asustara de la fuerza del viento. Marcus jadeó al sentir como el oráculo comenzaba a moverse dentro del Ouija.

-¿Que dice?

Preguntó Clare impaciente. Marcus intentaba descifrar y memorizar las letras que el oráculo iba marcando.

-¡Va muy rápido! ¡No lo se!

Gritó Marcus. Y odiaba aceptar, que estaba asustado. Soltó el oráculo, mas éste se siguió moviendo.

Se movía con violencia, señalando las letras.

-¿Co...Como te llamas?

Tartamudeó Steve, odiando verse débil. El oráculo comenzó a dar tumbes, deteniéndose en las letras que le daban la respuesta:

L

E

G

I

Ó

N

Mirtha ahogó un grito con sus manos al entender lo que el espíritu del Ouija había revelado.

-¡Legión! ¡Se llama Legión!

Gritó y los 3 fuera del pentagrama, sonrieron. Luna lanzó la navaja con la que jugaba, dentro del pentagrama.

-Si lo aceptan, si desean liberarle, deben darle sangre.

Dijo mirando sus uñas. Sabía que el demonio que hablaba a través del Ouija, simplemente no había querido dar su nombre.

Los jóvenes dentro del pentagrama se miraron entre sí. Todos querían salir corriendo.

Pero jamás aceptarían su cobardía.

Marcus fue el primero en cortar su muñeca, en un arranque de valentía falsa, entremezclada con adrenalina. Los otros dos lo siguieron. La sangre comenzó a fluir, cayendo en el pentagrama y en el Ouija.

El viento sopló mas fuerte.

Las velas se apagaron.

Mirtha fue la primera, en comenzar a hablar en latín, sin poder callarse y sin saber lo que decía.

Steve fue el segundo en seguirla.

Marcus el tercero.

Todas las luces del pueblo de Lancaster, Filadelfia, se apagaron por unos minutos.

Luego comenzaron los gritos.

Los Yinn fuera del pentagrama, miraron a sus "amigos" con una sonrisa diabólica.

-Fueron liberados.

Dijo Luna, poniéndose en pie.

-Como tenía que ser.

Contestó Clare, siguiendo a su amiga.

-Vámonos. Estos pensarán que todo fue un mal sueño.

Ethan estaba fastidiado. Odiaba aparentar ser un chiquillo, pero seguía las órdenes de su padre.

Luna movió su mano sobre los cuerpos humanos, que estaban desmayados en el suelo y estos desaparecieron.

Despertarían en sus camas, como si esa noche jamás hubiera ocurrido. Total, solo habían sido instrumentos.

Al menos por ahora.

Luego abrieron un portal, dirigiéndose a su mundo.

Tan perdidos en su egoísmo, que no se dieron cuenta de la chiquilla asustada que había visto todo, escondida tras una tumba cercana.

Al quedarse sola, tomó el inhalador que no había soltado, desde que salió tras su hermano.

Se dió dos inhalaciones, con la mirada perdida en el lugar donde habían estado su hermano, sus amigos y aquellos demonios.

Porque eran demonios, ¿verdad?

Comenzó a balancearse adelante y atrás de forma nerviosa.

Su siquis se quebraba.

Su razón y cordura se perdían.

Algo en ella, había cambiado.

-¿Brenda? ¿Donde está mi paciente favorita?

Preguntó una de las enfermeras al entrar a su habitación. Sonrió al ver aquella chiquilla tan joven y bonita. Esperaba que su condición mental, fuera transitoria.

Había llegado al pabellón de psiquiatría del Hospital General, dos días después del eclipse lunar del que todos hablaban. La anciana ni se había preocupado en verlo. Se había ido a dormir temprano aquella noche. Pero aquella niña, según sus padres y su hermano mayor, había perdido la razón aquella noche.

Gritaba y lloraba diciendo que unos demonios habían poseído a su hermano. ¡Pero qué locura! ¡Ella misma había visto al chico y él estaba en perfecto estado!

Los primeros días, pensaron sería algún berrinche de chiquillos pero, luego de que intentara matar a su hermano en plena cena familiar, sus padres decidieron internarla.

La pobrecita decía que aquella noche se habían liberado demonios en todo el mundo. Era como si su mente estuviera en algún plano paralelo. La enfermera le había tomado afecto de inmediato.

Se acercó a la esquina donde Brenda se escondía. En sus manos llevaba todo un coctail de medicamentos recetados por su psiquiatra.

Eran medicamentos demasiado fuertes, para una niña de su edad.

Pero aquella enfermera no era quién para decir nada.

Le abrió la boca, echó las pastillas y le hizo beber agua. Luego volvió a abrírsela, para asegurarse que las había tragado. Al ver que lo hizo, le acarició el cabello con afecto maternal.

Brenda tenía la mirada perdida. Como siempre, justo antes de alguno de sus ataques de pánico. La enfermera se preguntó, qué vería, cuando se quedaba así.

-El infierno ha sido abierto. Los guardianes han hecho su trabajo. Pronto habrá guerra. Vivos y demonios. Lucharán por poder.

Levantó el rostro a la enfermera y, por un momento; solo un segundo, pareció estar consciente. Pero luego volvió a perderse.

-Será una guerra por sangre y poder.

Susurró abrazando la cintura de la anciana quien suspiró con pesar. Aquella niña podría ser su nieta. Brenda cerró los ojos, aterrada por todo aquello que veía.

-Virtus Et Sanguine... Virtus Et Sanguine...

Susurró nuevamente antes de cerrar los ojos. Los medicamentos hacían efecto.

Pero ni el medicamento mas fuerte, podía liberarla de ver, lo que nadie mas veía...

† † † † †