† Sanguinem et mortem †
-La luna está en su punto.
Dijo Alma de Luna manifestándose de entre las sombras frente a la hija del diablo. Lo primero en notar Jatziri, fue su ojo lila.
La marca de Anabell.
No tenía pupila. Era completamente lila y uno muy pálido. Desvió su mirada del ojo, pues notó que la bruja se sentía incómoda.
-Perfecto.
Dijo Jatziri mientras emprendía camino hacia las catacumbas, topándose con Anabell a medio pasillo, quién también vestía de azul; tal cual lo solicitó la bruja.
-¿Por que Diablos de Azul?
Susurró Anabell a Jatziri.
-Porque lo digo yo.
Soltó Alma con arrogancia, haciendo que la hija del diablo sonriera.
¿Quién diría que 3 mujeres, cada una más arrogante que la otra; algún día se pondrían de acuerdo?
Anabell le lanzó una mirada asesina pero no protestó. Únicamente las 3, más los neófitos que aceptaron ser domesticados por las Stulti, quedaban ya. Los demás, pasaron a mejor vida.
Y de una manera tan brutal, que Anabell sintió envidia de la mano que hizo aquella masacre.
Las velas negras alrededor, crispaban en verde, un fuego único. La sangre Damnati que se derramó horas antes, reposaba sobre un caldero. No era mucha. Sólo la necesaria para canalizar la pureza de sangre Stulti. No era el objetivo, enloquecer a nadie. Dos dagas, una para cada una, fueron ofrecidas por la bruja, con aquel porte muy propio de ella. Se hacía respetar entre ambas mujeres. Ambas tomaron sus respectivas dagas, ya estando en posición.
Anabell analizó la daga con evidente curiosidad. Los grabados de ésta, tenían una serpiente. Un basilisco para ser exactos. Ésta tenía un peculiar tono celeste en su interior. ¿O eran los reflejos de la luz de las velas? No estaba segura.
"Sahir "
Creyó escuchar a la daga susurrar.
Jatziri en cambio, pasaba sus dedos por el grabado de un dragón. La daga era completamente negra, a diferencia de la de Anabell; que era de plata. Y por su lado escucho susurrar a aquella daga
"Wyrm"
Ambas se miraron sorprendidas.
-La hora nona.
Dijo Alma, regresándolas a la realidad. Los ojos de la bruja se tornaron verdes, igual que las llamas que ardían a su alrededor. Hasta la marca de Anabell se vio oculta ante aquello. La bruja recitaba en voz baja el rito en perfecto francés. Jatziri se extrañó, pues todo solía hacerse en latín. Miró a Anabell confundida, pero comprendió porque había elegido a aquella bruja para tal tarea.
Su magia era distinta, poco convencional. Era la razón por la cual el hechizo, sería casi imposible de revertir. Nadie más sabría de aquello, sólo ellas tres.
Ambas dagas empezaron a brillar, la de Anabell ya no era de plata sino de hielo, fría, con una luz casi cegadora brillando en su interior. La de Jatziri era como el carbón ardiendo, hasta volverse completamente roja con matices naranjas.
Era tiempo de dar su sangre.
Ambas abrieron sus muñecas con perfecta sincronía, dejando que el líquido corriera y se uniera con la sangre Damnati en el caldero frente a ellas. La voz de Alma se elevó aún más, repitiendo una y otra vez las palabras. Arrastraba su lengua, y cada uno de los neófitos empezaba a hacer lo mismo.
Un tornado las abrazó sin lograr moverlas de donde sus pies estaban anclados. El cabello de la rubia se alborotaba y volvía más claro, casi a punto de llegar a blanco. A su alrededor predominaba la frialdad de la muerte. Sin embargo, el cabello de Jatziri parecía arder; cada vez más rojo. De ella sólo emanaba el calor del mismísimo infierno.
Era un espectáculo nunca antes visto.
Cuando las dos fuerzas chocaron, Alma de Luna parpadeó al fin. La sangre de las muñecas de las mujeres dejó de caer. La herida había cicatrizado rápido, a pesar de las dagas especiales.
La bruja tomó una copa y sirvió el elixir a cada uno de los Damnatis presentes. Cuando la última gota de sangre tocó los labios del último no-vivo, el remolino de energía que envolvía a las mujeres se rompió, apagando las velas y lanzándolos a todos al suelo, hasta la bruja cayó a un lado del caldero vacío.
Jatziri y Anabell, que eran las últimas en pie, se desplomaron al final sumiéndose en la oscuridad.
Oscuridad que se llevaba poco a poco la voluntad de los nuevos siervos del infierno.
El ritual había sido un éxito...
† † † † †
Svetlana Sénnikov se movía frenéticamente revolviendo cada rincón de su hogar. Volaban trastos, papeles, entre otras cosas. Todo con tal de encontrar lo que se le había sido arrebatado.
-Diablos, ¿dónde te has metido?
Maldecía exasperándose por no encontrar el libro. Sacudió la cabeza para deshacerse de la sensación que usualmente producía el pensar demasiado y apuró el paso. Debía encontrar su libro de Grimorios. Se culpaba a sí misma pensando en que podría pasar, si aquel libro tan poderoso caía en las manos equivocadas.
Pensar en eso, causaba repulsión e ira en la joven bruja. Calló por unos minutos, con la diestra en su sien; moviéndola frenéticamente para tratar de pensar donde lo había dejado; donde o había perdido. Había ido a la universidad, a comer, a comprar unos libros...
-El maldito callejón es mi última opción. ¡Debe de estar ahí!
El callejón era frío, el aire gélido se estancaba entre las tres enormes paredes de distintos edificios. Aunque agradecía la falta de viento. La nieve se cernía sobre las tupidas copas de los árboles. El invierno tintaba en la fría ciudad un aire tétrico, despojado de cualquier bonanza que se pudiera acercar.
Se encogió sobre sí misma, recogiendo las solapas del abrigo que llevaba, el cual junto con el pantalón era lo único que se había puesto para combatir el gélido clima. El cabello enmarañado era tema aparte y estaba segura de tener tiempo para aquello luego.
Le tomó un momento notar el sobresalto que llevaba consigo. Era de suma importancia mantener la tranquilidad (mínimamente exterior), ante todo ese asunto. Estaba decidido, mataría a quien se hubiera llevado su Grimorio.
Y no sería una muerte nada digna.
Un leve sonido agudizó cada uno de sus sentidos. Cierta sombra irregular se asomaba. Sintió el miedo recorrer su columna. Pero no iba a dejar que este individuo lo notara.
—Calmaos brujita no os lastimaré.
Dijo la sombra. Aún no lograba definir si le conocía o no.
—Nadie me dice que hacer ¿Quién eres?
—Tu príncipe ¿Qué no es obvio?
Svetlana rodó los ojos.
— ¡Idiota! Déjate de juegos y dime ¿Tienes mi libro?
El tipo rió.
—Um…se podría decir que sí, pero quiero algo a cambio para devolverlo.
Los problemas se avecinaban. Se podía percibir en el aire. Esa sensación de inquietud ante lo inevitable y la imperiosa necesidad que tenía la naturaleza de demostrarlo. Prueba de ello era esa reunión imprevista que aquel individuo había provocado. No tenía la menor idea de quien era (o qué era). Pero de algo estaba segura:
No era nada bueno.
— ¿Qué quieres a cambio?
Preguntó dudosa.
— A ti.
Svetlana no pudo evitar, levantar una ceja.
— Veamos... Eso es ligeramente imposible porque en la vida dejaría que me lleves.
— Pues veremos.
La voz gruesa y tenebrosa resonó como un eco siniestro en el callejón desolado. Un golpe de improviso fue a parar entre las costillas de la bruja, causándole un intenso y punzante dolor.
Casi dejándole sin aliento.
Retomó sus fuerzas, guiada por su instinto de supervivencia y le lanzó un hechizo paralizante: "Ecto Sentra".
El individuo cayó y quedó petrificado sobre el pavimento sucio de la zona, maldiciendo en un idioma desconocido para la bruja. Su libro se hizo visible por una de sus mangas. Sin pensarlo dos veces lo tomó y huyó de la escena con un hechizo de teletransportación.
Apareció en su habitación jadeando, temblando como una chiquilla y eso la hizo llenarse de rabia. Odiaba la debilidad. Odiaba que la sacaran de su zona de confort.
Se dejó caer en la cama, con el dolor en su vientre como recordatorio de lo ocurrido. Abrazaba su libro con todas sus fuerzas.
Ella era una simple humana. Una con algunas habilidades, sí; pero nada comparado a otros seres que conocía, como su Arya. Pensar en ella le hizo sonreír llena de temor.
Prefería morir mil veces, antes de que a su pareja le pasara algo.
Pero, si Arya, si la bebé que esperaba estuviesen en peligro;
¿Podría ella, solo como una bruja, defenderlas?
La respuesta era obvia.
Aún luchando por recuperar el aire perdido, tomó su teléfono y marcó un número.
-Ya está decidido. Lo haré cuánto antes...
† † † † †
Como la mayoría de las noches, la reciente neófita Madeleine había salido de cacería acompañada por su gemela Arya. Ambas saciaron su sed y luego de eso, se dirigieron al bosquecito que frecuentaban. Ambas como siempre, se acercaron al pequeño riachuelo que cruzaba el bosque de un lado al otro.
Maddie se detuvo a un lado y quiso mostrarle a su gemela lo que sabía hacer. La menor respiró hondo y concentrándose, hizo que el agua levitara hasta sus manos, y así le dió forma de esfera.
-¿Qué te parece para una puritana?
Dijo la neófita con sarcasmo, usando el término que su hermana había usado para referirse a ella.
-Nada mal para una niña como tú. Mantenlo ahí Maddie. Quiero probar algo.
Masculló Arya mientras se acercaba a la esfera que habia formado su hermana, e introdujo su mano en ella. Luego de varios intentos inútiles para tratar de transferir la electricidad de su cuerpo a la masa de agua, se dio por vencida y se alejó para que su hermana pudiera romper la esfera y dejar el agua correr.
-¿Eso es todo?
Se burló Maddie, logrando que Arya comenzara con una de sus poco habituales rabietas. La mayor de las gemelas dejó de refunfuñar cuando ambas oyeron un disparo a lo lejos.
Segundos después ambas salieron corriendo.
Al llegar al lugar de donde provenía el disparo, se encontraron con un joven.
Un drogadicto, a juzgar por el aroma de su sangre.
Un hombre mayor, despotricaba contra el ya muerto, mientras revisaba los bolsillos del joven. Las gemelas no necesitaron mas que sonreírse y se acercaron al asesino con los colmillos expuestos y los ojos totalmente rojos.
Luego de dejarlo inconsciente del puro susto, lo arrastraron hasta el lago y se dedicaron a devolverle los sentidos y averiguar los efectos que causaban en el humano los dones que les habían sido otorgados con su conversión.
Una Damnati curiosa, era bastante peligrosa.
Dos, eran letales.
Dos Damnati, exactamente iguales, garantizaban darle un nuevo sentido a la palabra diversión...
† † † † †
-Si es niño, ¿cómo vas a llamarlo?
-No lo sé. Todo esto me toma por sorpresa.
-¡Vamos, amante! ¡Debes tener alguna idea!
Ella sonrió. Su lord siempre tan impaciente. Pero, ¿cómo podía esperar tanto de ella? Su cuerpo estaba cambiando pero, mentalmente seguía teniendo 14 años.
-Si es niña, quisiera llamarla Allison.
Contestó ella con timidez. Sentía sus mejillas sonrojarse levemente. Luego sintió su caricia.
-Me encantan tus sonrojos, amante. Me recuerdan que sois mía. Solo mía. Y así será siempre. Yo os he marcado. Os he escogido. Siempre habrás de pertenecerme.
La niña llevó su mirada azul hacia él con curiosidad.
-Si soy vuestra, ¿por que siempre me tratáis tan mal?
Preguntó mostrando su inocencia a flor de piel.
-Porque lo que uno ama, uno lo castiga, amante. Jamás lo olvides...
Jatziri abrió los ojos de golpe y cayó sentada en su cama. Otra vez había soñado con el. ¡Odiaba a ese maldito y llevaba semanas con él, siguiéndola en sus sueños! Se pasó las manos por su cabeza, intentando separar el sueño de la realidad.
Aquel hombre la había separado de su familia, la había convertido, ¡le había quitado a su hija!
Todos los hombres eran una porquería.
Se había revolcado con miles, solo para borrar las huellas de aquel maldito bastardo arrogante.
Pero sus huellas no se borraban.
Él había despertado su instinto de mujer. Le había hecho la fiera que era.
Deseada por todos.
Una cortesana por la que hasta el mismo Dios pagaría con su edén.
Solo para poseerla.
Pero sin alma.
Se levantó y se dió una ducha. Quería aclarar sus ideas. Estaba perdida en sí misma y aún temblaba.
Temblaba de odio y de deseo.
Hombres así no debían existir.
Tampoco mujeres sumisas que dieran todo por ellos.
Entonces la recordó.
Se arregló salió de su habitación, sin hablarle a nadie.
La hija del diablo se abrió paso entre las catacumbas, ahora de su mansión. Prefería tener a los nuevos cerca, muy cerca de ella. Luego del lavado, los que habían sobrevivido tenían en su mayoría una habitación en la mansión.
Pero había una, que seguía presa, cautiva.
Y Jatziri Burkhalter la quería así.
Ayelet Roth se encontraba en una esquina, abrazando sus piernas. Tenía toda la piel quemada, gracias a los baños de sol a los que era sometida. Estaba vestida con una ropa de adolescente escolar.
El último capricho de Alexander Rusell.
Humillada, se había sometido y había sido obediente en todo. No quería ser violada por aquel enfermo.
No quería ser tocada. No quería ser manchada.
Desde que fue arrancada de los brazos de Sebastien, no había dejado de llover afuera. Pero estaba tan débil, que no podía hacer más.
Sus brazos rodeaban su vientre. Había escuchado de su embarazo. El miedo de perder a su bebé, le hacía pedazos el alma.
El bebé de Sebastien.
Aún herida y hambrienta, la damnati sonrió.
-Pienso que Lancelot no os encontraría tan atractiva, si os viera ahora.
La voz de la hija del diablo, hizo a Ayelet levantar la vista. Allí estaba ella. Hermosa, vestida de rojo.
Su belleza la humillaba aún más que sus castigos y torturas.
Jatziri la miraba con una sonrisa ladeada. Al verla así, por un segundo; solo por un segundo, sintió lástima de aquella niña. Ya la había reconocido. Aquella chiquilla fue el éxito hacía unos años como bailarina de ballet. Turner le había deshecho la vida. Lancelot la había marcado.
Y ella, terminaría su sufrimiento.
-Mi señor vendrá por mí.
Sentenció Ayelet y sintió rabia de que su voz no sonara tan firme como hubiera querido. Jatziri comenzó a reír con burla.
-¿En serio creéis que le importáis? ¿Cuantos días lleváis aquí? Yo creé a Lancelot. ¿Realmente pensáis que no ha venido porque no puede? No, querida Gabrielle.
Sonrió al llamarla por su nombre artístico y se acercó a ella, pasando sus dedos por el cabello de Ayelet. Abrió el canal mental entre ella y Lancelot.
Quería seguir con su castigo.
-Solo fuistéis usada y despachada. A Lancelot no le importáis, mi niña. Y odio ser yo quien os diga esto pero, Lancelot fue visto cazando nuevamente, con una nueva Cibum. Se llama Romina, o eso he escuchado. Os he traído fotos, linda.
Extendió las fotos más recientes que habían tomado sus investigadores, de Lancelot. Obviamente, aquello era una pesquisa de Lancelot para encontrarla. Pero ella conocía a los Venatores de aquel maldito y sabía que aquella Venator era nueva. En las fotos, se veían demasiado cerca. Demasiado juntitos.
Y sabía que Ayelet vería lo mismo.
La chiquilla tomó las fotos con manos temblorosas, pasándolas una a una. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lágrimas de sangre.
Sebastien la había olvidado.
Las dejó caer al suelo, ahogado un sollozo. El corazón se le rompía en pedazos. Podía aguantar todo, menos la traición y olvido del hombre que amaba. Cerró sus ojos con fuerza. No quería llorar delante de su captora.
-Le dije que viniera a rescatarte. Que se enfrentara a mi. Pero dijo que tu jamás fuistéis importante. Que podía mataros y a el le daba igual. Ni siquiera le importa su hijo.
Jatziri hablaba, ignorando los gritos y maldiciones de Lancelot en su cabeza. Ella solo le permitía escuchar lo que a ella le convenía. Pero aún así, sus gritos eran música para la hija del diablo.
Todos debían pagar.
-Jamás me quiso, ¿verdad?
Susurró Ayelet, más para sí misma. Jatziri suspiró.
-Los hombres son cerdos, mi niña. Todos.
Dijo Jatziri con amargura. Ayelet levantó la vista a la madre de los no-vivos. Estaba cansada, hecha trizas.
-Por favor, solo máteme. No soy nada sin él. No me importa nada.
Bajó la vista a las fotos en el suelo. Su Sebastien tenía en brazos a aquella chica. Parecía iban a besarse. Negó con la cabeza.
-Lo odio. Odio a Sebastien con todas mis fuerzas.
Dijo esta vez, con voz más firme. Jatziri sonrió en las sombras. Sus uñas se extendieron.
-Tranquila, niña. Yo os quitaré el sufrimiento. Ya no dolerá mas...
† † † † †
-Estoy bien, doctor. Tan bien como estaba hace 15 minutos, cuando me llamaste.
Rió Brigitte Molyneux al teléfono. Su esposo últimamente estaba más paranoico de lo usual.
-Nunca habías viajado sin mi, vida. ¿Qué harás si te da sed? ¡Dios! Debí dejar con alguien a los niños e irme contigo.
La joven podía sentir la frustración de Adham al otro lado de la línea. Sonrió con nostalgia. No llevaban 24 horas separados y ella lo extrañaba como enferma.
No solo por su sangre.
Brigitte Molyneux estaba perdidamente enamorada de su esposo.
Y por eso sabía, que algo iba mal.
-Solo voy a evaluar una paciente, vida. A mas tardar en dos días, estaré de vuelta. Tengo mi dosis conmigo y si algo va mal, serás el primero en saberlo. ¿Otra vez las pesadillas?
Preguntó utilizando todas sus mañas de psiquiatra. Adham llevaba noches que apenas dormía.
Desde la luna de sangre, tenía pesadillas.
Se levantaba de madrugada sudando frío. La acariciaba como si temiera que no fuera real. Y al despertarla, le hacía el amor con una fuerza inhumana.
No es que ella se quejara de lo último.
-Te necesito aquí, conmigo. Con tu familia.
Aquello era una súplica. Un grito de auxilio. Brigitte se detuvo a un lado del elevador, luego de marcar el botón de llamada. Odiaba no poder ayudar a su esposo con sus miedos. Dejó sus dedos tomar el tabique de su nariz.
-El Eternal Phoenix depende de ti, vida. ¿Cómo están los niños? ¿Y Andrew?
Preguntó queriendo cambiar el tema. Adham, en Rusia, sonrió con el pequeño Andrew en sus brazos. Aquel bebé que había nacido en la sala de urgencias del Eternal, y había perdido a su madre el mismo día. Desde entonces, estaban haciendo los arreglos para adoptarlo.
-También te extrañan. Te extrañamos todos, Bri.
Prefirió callarse su último descubrimiento hasta que su esposa estuviera de regreso. En las pruebas de ADN requeridas para la adopción, salía que había una malformación genética en el niño.
Había más, que simple sangre Indulgeo.
Pero jamás había visto sangre igual.
-Dales un beso de mi parte. Que Sophie haga su tarea y no dejes que Louis vea demasiados dibujos animados. Estaré allá antes de que se den cuenta. Los amo. Te amo Adham. ¡Llegó el elevador! Debo irme. ¡Hasta pronto amor!
Dijo la psiquiatra al cortar la llamada. Adham Wayne suspiró mirando el teléfono.
-También te amo, Brigitte. También te amo...
† † † † †
Ethain Ivanov se movía nervioso de un lado al otro en la habitación del hotel en Alemania donde se hospedaba. Todo había salido tal cual lo había planeado. ¡Ni siquiera necesitaba a Turner y sus arrogancias! El cabrón lo había dejado solo después de que había arriesgado el culo por él.
Y él había perdido su puesto en el Consejo por ayudarle.
¡Maldita fuera él y más aún Jatziri Burkhalter!
Pero no todo estaba perdido. Él había ideado un plan, a prueba de fallas. Buscar unos cuantos Yinnûn para que le sirvieran en sus planes, había sido sencillo.
Pronto, gracias a los humanos que habían abierto el portal al inframundo, los "Principales" encontrarían el camino a casa.
De todos, solo uno le interesaba.
Y si lograba su objetivo, terminaría el reinado de la hija del diablo.
También acabaría el problema de la raza humana y su orgullo absurdo.
Ya el primer sello se había roto. ¿Quién hubiera pensado lo útil que había sido, sacarle copias a aquel antiguo libro en la biblioteca Burkhalter?
Ethain suspiró, llevando a sus labios la copa de sangre que sostenía.
Sobre su cama, aún yacía el cuerpo muerto de la prostituta que había buscado.
Rubia, como ella.
¿Sería cierto que había regresado?
Ya lo averiguaría. Y si era cierto, ella sería la primera en morir.
Y justo después, su hermana...
† † † † †
Sebastien no había dormido ni se había alimentado desde esa noche cuando vió la camioneta sin placa llevarse a Ayelet. Desde entonces, en la zona no había dejado de llover.
Y su casa estaba repleta de venatores.
Mandó a traer hasta el último que había conocido en todos estos siglos.
Muchos hasta se habían convertido para ayudarle más.
Las constantes conexiones temporales con Jatziri sólo lo dejaban peor.
Ya tenía suficiente con sentir cada pequeño dolor, tristeza o miedo que pasaba Ayelet. Se sentía como león enjaulado porque por mas que buscara, no daba con su paradero. Se odiaba por haberla incluido en todo esto. En su vida, donde solo había muerte.
Tenía hasta la inútil policía humana de Moscú buscando por ella. Y esa noche, antes de salir a buscarla con su venator de confianza, Jatziri decidió establecer otra de sus charlas. Él estaba frente a una gran mesa de granito viendo las zonas que aún no habían recorrido.
Y escuchó como ella retorcía la verdad diciendo que él la había olvidado y como tenía otra Cibum. La odiaba con todas sus fuerzas y quería sus entrañas en sus manos. No descansaría hasta lograrlo luego de recuperar a Ayelet.
Pero al final de esa charla, donde gritó todo lo que pudo; entendió que las palabras de su enemiga, sólo podían indicar que la iba a matar.
Incluso escucho a Ayelet rogar porque la matara.
Nada le dolió más que ese momento. Saber que le creía a ella sobre él a pesar de todo lo que había dicho y hecho por ella.
Y al inició pensó que solo era Jatziri intentando quebrarlo, pero dejó de sentirla de repente.
No sintió más su presencia o sus sentimientos.
Solo vacío. Como si ya no existiera más.
Entonces Leon esperó. La casa se quedó en completo silencio mientras él esperaba. El reloj de pared marcaba los segundos de una manera muy molesta. Y cuando perdió la cuenta, su cuerpo pasó de curvado sobre la mesa, a completamente derecho.
Fue como si conectaran dos cables pelados de corriente a sus hombros. Tomó la mesa como si no pesara nada y la despegó de sus soportes en el concreto. La mesa voló como un avión de papel por el aire en la habitación de estrategias. Hasta que finalmente impactó contra la pared, llevándose de por medio al reloj y el plasma que estaba empotrado en la esquina superior.
La lluvia siguió con sillas, botellas del bar, un sillón entero y todo lo que había en el lugar. Hasta pedazos de piso. Los pocos Venatores que habían estado ahí esquivaron las cosas y idearon un plan para contenerlo y evitar que saliera de la habitación.
Para cuando Lancelot terminó, el lugar parecía víctima de un huracán.
Estaba por amanecer y sus Venatores seguían ahí en silencio, fuera de la habitación. Todos comprendían lo que era sufrir la pérdida de la única persona que importa en su mundo. Y sabían que él jamás había tenido a nadie cercano.
Cuando Lancelot salió gruñendo y dejando atrás el desastre; dijo solo una frase:
-Se ha declarado la guerra.
Hubieron palabras de aprobación mientras él se encaminaba a limpiarse y alistarse a salir a la caza sin importar que fuera de día.
† † † † †
Las manos de Jatziri aún temblaban cuando llegó a su habitación. Cuando cerró la puerta, solo pudo dar un par de pasos, antes de caer al suelo y abrazarse a sí misma. Un grito, que hizo temblar los cimientos de la mansión, salió de sus labios.
Anabell y Varvara, entraron sin siquiera tocar. Varvara fue presurosa a abrazar a Jatziri. Anabell por el contrario, la rodeaba cuan serpiente.
Como la serpiente que era.
-Te odias a ti misma.
Fueron sus primeras palabras. Todos en la mansión Burkhalter, sabían lo que la hija del diablo había hecho, cuando cruzó la estancia con sus ropas llenas de sangre.
Jatziri recostó su cabeza del hombro de Varvara. No dejaba de llorar.
-¡La has matado, Jatziri Burkhalter! ¡Mataste a una niña que su único error fue amar a un cabrón!
Gritó encarándola. Jatziri negó poniéndose en pie. Entrecerró sus ojos y se fue sobre su hermana de forma agresiva. Anabell no dudó en hacerle frente. Total, no podían matarse.
Jatziri la azotó contra una de las paredes, y agarró su cuello queriendo ahorcarla.
Más bien, quería romperle el cuello.
Pero Anabell reía.
-Los celos te han cegado.
Sentenció la rubia. Varvara intentaba halar a Jatziri y alejarla de la Viuda negra, pero la hija del diablo, estaba fuera de si.
-No la he matado. ¡La he salvado!
Cerró su puño y golpeó justo al lado de la cabeza de Anabell, antes de soltarla y comenzar a caminar alrededor de toda la habitación. Anabell miró con indiferencia el hueco en la pared, dejado por su hermana.
-Lancelot le hizo lo mismo que él me hizo a mi. ¿Os imagináis su vida al lado de un enfermo que solo piensa en otra? No. ¡No! Ella no pasaría por eso. No pasará lo que yo pasé. Lancelot jamás amará a nadie. Su odio le supera. No la he matado. La he salvado.
Repitió y Anabell bajó sus defensas. El creador de ambas, jamás la tocó. Solo la convirtió y desapareció.
Al menos la mayor parte de estos siglos.
Pero Jatziri tuvo otra suerte.
Ella había sido violada por él. Había salido embarazada y él la había separado de su hija, por mas de 5 siglos. Jatziri lo amaba y lo odiaba a la vez.
No lo reconocería, pero Anabell lo sabía.
La lógica de Jatziri quizás era errónea, pero era justificada. Era normal que Jatziri comparara a su creador con Lancelot.
Ambos la habían secuestrado y habían puesto en riesgo su vida, y la de sus hijas.
La hija del diablo haló su cabello antes de dejarse caer nuevamente al suelo. ¡Había visto tanto dolor en aquella niña! Sus celos y su odio desaparecieron al instante. Se odiaba por el daño que había hecho, pero solo había librado a la Cibum, de un dolor mayor.
-Solo la he salvado...
Susurró sin voz. Varvara y Anabell la abrazaron con fuerza. La hija del diablo lloraba con una intensidad que pocas personas habían visto.
El torbellino de emociones que era Jatziri, desequilibraban a Anabell. Odiaba no tener el control. Odiaba no saber definir lo que pasaba. Era como caminar en un laberinto a ciegas, y Anabell odiaba no saber a lo que se enfrentaba. Jatziri no estaba bien. Sus emociones estaban a la deriva. Y eso llevaba a la Viuda Negra a su propio límite. Pero en medio de los gritos desgarradores de la madre de los no-vivos, Anabell tuvo solo una certeza:
Una parte de la hija del diablo, también había muerto en aquellas catacumbas...
† † † † †
-Alisson...
-Alisson...
Katherine sentía que la llamaban desde sus sueños. Abrió los ojos de forma pesada. Sentía al Wyrm, su bestia; moviéndose de un lado al otro de su subconsciente.
Ya no estaba en su cama.
No estaba en la seguridad de los brazos de su Venator.
Aquello era otro sitio.
Rascó sus ojos con las palmas de sus manos, pensando que era uno de sus tantos sueños incoherentes, donde había regresado al limbo; lugar donde había estado cuando fue enterrada viva.
Pero al abrirlos nuevamente, estaba en el mismo lugar.
Era como caminar entre nubes. Había humo por todas partes. El ambiente estaba vestido de rojo. Era raro, volver a estar allí.
El miedo de que Gael la hubiera matado mientras dormía, la hizo encoger su estómago.
Pero a la distancia, habían unas figuras. Solo alcanzaba a ver siluetas. La curiosidad le ganó y, levantándose del suelo acolchonado donde dormía, comenzó a caminar en su dirección.
Tres figuras en piedra, estaban frente a ella. Las reconoció al instante. Habían mas de 20 como esas, empotradas en las partes mas altas de la mansión Burkhalter. Ni siquiera sabía porque su madre las había mandado a poner. ¡Eran horribles! Pero a su manera, también hermosas.
Se acercó y acarició una de ellas. Sus ojos estaban abiertos al igual que su boca. Parecía iban a morder.
Las criaturas comenzaron a moverse. Katherine dio unos pasos atrás, esperando que el Wyrm saliera en defensa.
Nada ocurrió.
-¿Que son ustedes?
Preguntó la pelirroja una vez aquellas 3 bestias tomaron vida. Una de ellas, la más grande y tenebrosa, hizo una reverencia hacia Katherine antes de hablar.
-Somos gárgolas, lady Alisson. Demonios enviados a proteger a los suyos de lo que está por venir.
Contestó el ser en latín. Katherine frunció el ceño.
-¿Enviados? ¿Demonios?
La bestia frente a ella, asintió.
Estamos entre ustedes. Guerra se avecina. Nosotros somos los guardianes del balance. Así como cuidamos las tumbas de sus ancestros. Ya no seremos parte de un mundo paralelo, lady Alisson. Cuando encontremos un cuerpo, nos volveremos a ver.
Katherine quiso decir algo mas, pero sintió como fue arrancada de su visión. Al volver a abrir los ojos, estaba en su cama.
Un presuroso Gael, recorría la habitación vistiéndose a toda prisa.
-¡Al fin despertaste! Intenté hacerlo yo, pero parecías de piedra, mujer.
Katherine ignoró la ironía en las palabras de su amante.
-¿A dónde vas?
Preguntó en cambio, mirando confundida como él acomodaba sus armas. Se estremeció al pensar la respuesta.
-Lancelot me ha llamado. Hay una emergencia.
Se acercó a la cama y besó sus labios.
-Ha enloquecido, Katherine. Hagas lo que hagas, no te acerques a la mansión de tu madre. Por favor.
Y dicho esto, se fue.
Katherine se puso en pie, justo cuando su hombre desapareció por la puerta.
Ella no iba con las advertencias.
Se vistió y salió a la terraza por un cigarrillo.
Entonces vió, a un lado del balcón, una figura conocida.
La gárgola con la que había hablado, estaba hecha piedra a un lado.
Parecía irreal.
Pero no lo era.
Y Katherine lo sabía...
† † † † †
Lancelot estaba armado hasta los dientes cuando se paró en una calle frente a decenas de sus venatores. Los que no habían estado de turno durante la noche fueron llamados cuando el salió de la habitación. Sus ojos brillaban en purpura y sus colmillos estaban extendidos. Todos estaban vestidos como las fuerzas especiales humanas. De negro, con cascos, humanos con chalecos antibalas y todos cargando armas suficientes para acabar con toda la población de Manhattan.
- Lancelot. –Romina Cortes hablo atrás de él y sintió un toque en su hombro.
Con un gruñido se giro a ella haciéndole frente. La miro con odio porque aquel atrevimiento de ella en el callejón hacia unas noches había servido para que Ayelet creyera que él la engañaba y le tenía ya un repuesto.
Había algo extraño con esa venatore desde que apareció. Había pensado que era fiel a él pero ahora no estaba tan seguro de ello. Aquella era demasiada coincidencia para ser verdad. ¿Ese supuesto beso que estaban dando? Fue ella tropezando en el callejón y encontrando conveniente apoyarse en él. En ese tiempo Lancelot había estado tan sumido en su tarea de encontrar su Cibum que no le importo aquello y solo la ayudó a pararse de nuevo.
-¿Estás seguro que este es el mejor plan a seguir? La chica ya está muerta, y seguirá muerta al anochecer.
-No te atrevas a decirme que hacer.
Se inclinó sobre ella dispuesto a terminar con su presencia de una vez pero sabía que eso no ayudaría a nadie. Se giró de nuevo y siguió el camino. Los Venatores que no podían salir al sol irían al solo anochecer. A él lo debilitaba el sol pero en aquel momento no le importaba en absoluto. Estaban recorriendo cada kilómetro de la ciudad que aún no habían revisado.
Tenía cerca de veinte grupos separados por todo el lugar comunicándose cada tantos minutos.
Peinando las zonas como nunca antes lo habían hecho.
La policía humana creía que ellos eran una fuerza extranjera encargada de algún operativo especial contra el terrorismo. Su grupo se dirigía hacía hacia la última locación donde Jatziri había sido vista. El dueño era un tal Dorman, Norman o algo así. Se suponía que luego del secuestro, ella se había quedado ahí.
Miró sobre su hombro el grupo de más de cincuenta Venatores antes de tirar la puerta. Entraron moviéndose al unísono apuntando con sus rifles pero al menos en el recibidor no había nadie. En minutos recorrieron cada ladrillo del lugar y cuando un Venatores llegó con algo en su mano él se tensó. Ese olor, era de Ayelet.
-Lo encontré en las catacumbas.
Lancelot tomó el trozo de tela en su mano. Tenía motas de sangre, él sabía que era parte de la falda del vestido que ella había usado cuando se la llevaron. Cerró su puño alrededor de la tela. No sabía cómo rayos iba a seguir así. Gael se retiró dándole espacio luego de entregarle aquello. Había venido tan pronto se le llamó. Sabía que su vida colgaba de un hilo. Algo le decía que ese humano sabía más de lo que decía.
Cuando la tropa se retiraba del lugar Lancelot sintió que lo seguían. Había sentido eso desde ese día cazando en el bar. Pero esta vez no lo ignoro. Se paró fuera de la casa viendo cada ventana. Sus ojos captaron un leve movimiento de una cortina moviéndose en el tercer piso. Y no dudó en actuar. Saltó sin problema alguno a la cornisa del primer piso agarrando el borde con sus manos y trepo el resto del camino hacía la ventana.
Rompió el vidrio y entró en la habitación que estaba completamente vacía. Una sombra se movio y el lanzó sus poderes en esa dirección. Caminó hacia el pasillo fuera del lugar y vio al no-vivo. Sus ojos eran purpura y su cabello rizado. Traía un traje elegante y tensaba el mentón. Estaba completamente aprisionado por sus sombras.
-Ella te envió a seguirme.
Escupió la frase mientras se colocaba frente a el. Lo soltó con sus sombras pero antes que pudiera dar un paso, lo tenía tumbado en el suelo.
-¿Dónde esta?
Sacó su daga y apuntó a los ojos del maldito Stulti.
-Nunca podrías llegar ahí. Es una fortaleza.
Lancelot lo sujetó por la barbilla al punto de que casi quiebra su cuello. Acercó más la daga.
-¿Donde esta?
-Tu chica, murió en un calabozo. Jatziri hizo que la sacaran al sol y en todo este tiempo no bebió ni una gota de sangre. Dicen que quién la cuida, se divertía cumpliendo sus fantasías con ella.
El Stulti parecía satisfecho de poder quebrar aún más, el cerebro de Lancelot.
Lancelot tiró de su cabeza hasta que la separó de su cuello. Sacó sus ojos en segundos derramando sangre por todos lados. No podía hacer un trabajo limpio. La odiaba, y odiaba todos sus súbditos. Cuando el maldito murió Lancelot tuvo la conciencia de sacarle el móvil. Ahí podría extraer direcciones y llegar a Jatziri.
No descansaría hasta cobrárselas una a una...
† † † † †
Brigitte se sentó en el consultorio que le habían dado para que atendiera a la paciente. Mientras, tomó el expediente de la joven, leyéndolo con interés. En el hospital General de Filadelfia habían excelentes psiquiatras. Aún se sorprendía, de que la hubieran llamado para atender aquel caso exclusivamente.
Aunque Brenda Sodelberg era una jovencita bastante traumada, por motivos desconocidos. Un caso fascinante.
La enfermera abrió la puerta, dejando pasar a la chica.
Realmente estaba en otro mundo.
La sentó frente al escritorio y salió en silencio.
Brigitte la miró unos segundos antes de ponerse en pie y rodear el escritorio para intentar establecer algún contacto con ella.
-Hola Brenda. Soy la doctora Molyneux y...
La chica la miró y le sonrió. Brigitte olvidó lo que iba a decir.
-Y es una de ellos. La he visto venir. Nadie está a salvo, Brigitte. Dile a la hija del diablo, que venga.
Y así como habló, volvió a desconectarse. Brigitte se sorprendió, ya que no había dicho su nombre. Acarició el cabello de la chica mientras tomaba su móvil.
Adham tenía que saber aquello.
Jatziri Burkhalter también.
Aunque ella no entendiera nada.
Cuando Adham contestó, Brigitte comenzó a explicarle lo ocurrido.
Mientras en la distancia escuchaba a Brenda cantar.
Un cántico raro, hecho en voz muy baja.
"Y las leyendas antiguas hablan,
de fuerzas superiores, fuerzas oscuras.
Su prisión será abierta, la paz derrotada.
Serán al fin, levantadas de sus tumbas.
Estarán en búsqueda de una justicia retorcida.
Aliados serán divididos. Enemigos lucharán hombro a hombro.
Infierno y Tierra uno serán, trayendo millones de agonías.
Escapar no es opción. Escapar sería de tontos.
Y un profeta inocente, será quién muestre lo que ha de ocurrir. Será llamado loco y tratado como tal.
Excluido por gritar cosas, que nadie quiere oír.
Pero de sus labios, solo saldrá verdad.
Los sellos irán abriendo, la suerte habrá de ser echada.
Uno a uno vendrán a la tierra, dejando sabor a muerte.
Hasta que el Apocalipsis real, culmine la encrucijada
Entre la bestia, el mártir, la víbora, el demonio, el maldito y el inocente."
Brigitte Molyneux comenzó a temblar, de pies a cabeza...
† † † † †
