† Principium et finis †

Faith Debru sabía que la llamada del Dr. Wayne, no podía ser nada bueno. Había estado temblando como posesa desde que había escuchado el mensaje en la contestadora, donde le decía que la esperaba en su oficina. La noche anterior, no había podido dormir. Si bien sabía que sus padres habían muerto de leucemia, ella había deseado con todas sus fuerzas no correr la misma suerte. Había pasado sus últimos 4 años en casas de acogida. Al menos agradecía que sus tutores legales, la habían tratado bien todo el tiempo. Acababa de cumplir la mayoría de edad. Vivía en un pequeño cuarto que Carmen, su última tutora le había permitido estar, mientras encontraba trabajo.

Pero se le estaba haciendo difícil.

Su salud no estaba bien.

Desde que su padre murió y su madre cayó enferma, el Dr. Wayne había estado monitoreando su salud cada 6 meses.

Era como si esperaba que ella enfermara de un momento a otro.

Y al parecer, ese momento había llegado.

Se levantó en la mañana y se dió una ducha. Se tardó más de lo habitual, tallando su cuerpo minuciosamente.

Como si la enfermedad pudiera sacarse con jabón y agua.

Enredó su cabello en una toalla y salió sin secarse a su habitación. Fue directo al armario, evitando mirarse en el espejo.

Sabía lo que vería.

Una niña flacucha, pálida. Con la boca como parte frontal de un camión.

Odiaba sus frenillos.

No solo se veían horribles, sino que también destrozaban su boca.

Se puso unos jeans y una camisa azul. Se calzó sus Converse y con un suspiro, se enfrentó al espejo.

Nadie creería que tenía 18 años. Seguía pareciendo una chiquilla. Sus pómulos lucían demasiado elevados. Sus ojos azules, serían bonitos, sino fuesen tan grandes.

¿Y sus pecas?

No... Mejor no ir por ese camino.

Soltó la toalla de su cabello y este cayó sobre sus hombros. Negro, sin vida ni forma. Nisiquiera su cabello tenía cuerpo.

Como si con no tener pechos, no fuese suficiente.

Se peinó en una coleta. Tomó su bolso y salió de allí.

El chofer del Eternal, esperaba afuera.

De camino al hospital, ninguno de los dos dijo nada. El chofer siempre había sido un hombre callado. Ella por su parte, no tenía ganas de buscarle conversación.

Rezó todo el camino, porque se descompusiera el coche, se le explotara una llanta, hubiera mucho tráfico o viniera el apocalipsis zombie.

Como siempre, no tuvo suerte.

Llegaron mas rápido, de lo que ella hubiera deseado.

Se bajó del coche, susurrando un gracias y entró al monstruo de concreto donde era esperada.

El ambiente no estaba como siempre. Habían guardias armados, la seguridad había sido reforzada.

- Quizás hay algún famoso recluido.

Murmuró mirando a un lado de la entrada. Una horrible criatura de piedra, parecía mirarla desde una esquina del recibidor.

Raro. Ella no la había visto nunca.

Al parecer estaban adelantando la noche de brujas.

Ignoró su estremecimiento, cuando le dieron la entrada. Fue escoltada al elevador y de allí al piso 25. Intentó saludar a los empleados que ya conocía. Pero el nudo en su estómago, le impedía hablar.

Quería salir corriendo. Quedarse en la ignorancia.

Casi lo hace, pero el Dr. salió a su encuentro.

-Buenos días, Faith. Pasa a mi oficina, por favor.

Ella lo miró y no pudo evitar suspirar.

El Dr. Wayne era el hombre más apuesto que ella jamás hubiera visto. Tenía el cabello de un extraño tono entre castaño y rubio. Era blanco, ojos azules con tonalidades celeste. Y aunque jamás lo había visto sin la bata de médico, era obvio que se cuidaba.

Parecía actor o modelo.

Se parecía al vampiro protagonista de una película.

Y ella lo hubiera dejado morderla.

Negó dejando encerrados sus sueños de la inmortalidad y él le sonrió como si hubiera sabido lo que ella pensaba.

Se sonrojó hasta la médula mientras entraba a su oficina.

Él la pesó, midió, preguntó como se estaba sintiendo. Ella solo respondía lo necesario. Luego fueron a su escritorio y ella se sentó.

Mientras él rodeaba el escritorio, con su expediente en la mano, ella divagó mirando la decoración. Como todo en el mundo de aquel glorioso hombre, todo era de excelente gusto. Sobre el escritorio había una foto de su familia.

Faith les había conocido en el pasadía anual que el Eternal le ofrecía a todos sus pacientes. La Dra. Molyneux estaba a la altura de su esposo. Era tan hermosa que Faith se le había quedado mirando cerca de 15 minutos, sin pestañear. Pero lo mas hermoso en ella, era la luz que irradiaba. Era realmente un ángel. Al igual que sus hijos. Todos habían sido buenos con ella.

- Faith yo... ¡Mierda! No se como decirte esto.

Faith no lo miró. Se quedó fija en la foto. Una familia feliz. Algo que ella jamás había tenido.

Y a juzgar por la maldición del Dr, tampoco tendría.

- ¿Me dará quimioterapia?

Su voz no parecía suya. Sonó rasposa. Sin vida.

- Podemos intentarlo, Faith. Te pondremos también en una lista de espera para un donante de médula. Haré todo lo que esté en mi, Faith. Te lo juro.

Prometió el doctor. Faith negó.

- Vi lo que vivió mi madre. No quiero eso. Ya no me queda nada. Ellos se han ido. No tengo familia. Solo quiero morir tranquila. Por favor.

Levantó sus ojos al doctor y fue él, quién bajó la mirada.

- Si es tu decisión, la voy a respetar. Tenemos en Estados Unidos una casa de reposo. Allí hay jóvenes en tu misma situación. No tendrás que preocuparte por el costo. El Eternal pagará todo. De todas formas, ya te he puesto en la lista, Faith. Tu nombre significa fe. No la pierdas.

Ella asintió y se levantó, saliendo de su oficina. Mientras esperaba a que la secretaria del doctor reservara su pasaje de avión en línea, meditó en el fracaso que había sido su vida.

Jamás fue besada.

Jamás se enamoró.

Jamás nadie la amó.

Y se iba a morir.

¿No era la vida una total mierda?

Quizás hubiera sido mas fácil, simplemente no haber nacido.

Salió rumbo a su casa, si podía llamarse así. Total, jamás había pertenecido a ningún lugar...

† † † † †

Jatziri estaba en medio del campo de batalla, resaltando entre el manto blanco. Nadie se podía acercar lo suficiente a ella como para ser una amenaza. Humanos y no-vivos peleando por y en contra de la hija del Diablo. El viento hacía flamear su cabello y la nieve alrededor de su figura.

Las puertas del infierno se habían abierto y un demonio estaba abriéndose paso por las filas de los Venatores.

Su ejército iba ganando. La nieve se llenaba de sangre Venator, en su mayoría humana. Sangre inocente. Y también se llenaba de alguna sangre no-viva de los suyos. Sus seres amados sufrían por ella. Y ella lo sentía. El vínculo con su línea de sangre ardía. Sus hijos, nietos, sus creaciones, sus amigos, sus cibum, todo.

Ella lo sentía todo.

Sebastien se aseguró de que Ayelet no estuviera. Revisó por varios minutos. Sintió alivio desde el inicio. Se alegraba que ella hubiera sido centrada. Sabía que no vendría, tenía la esperanza. Eso le daba mas fuerzas para pelear como se debía. Pero no podía gastar más tiempo. Debía centrarse en el aquí y ahora.

Camille corrió a su lado agitando su cabello rojo a cada paso. Sus ojos verdes con motas de púrpura lo enfocaron un momento. Eso le hizo concentrarse por completo. Asintió rápido y la Venator no tardó nada en volver a correr. Él entonces miró alrededor. Una bestia se colaba y él ordeno a su gárgola a ir por eso.

Los demonios peleaban.

¿Sería aquella la hija de Jatziri?

Volver a lastimarla era una idea tentadora. Eso sería luego. Debía ayudar sus tropas.

Se lanzó a pelea, arrasando a velocidad impresionante con todo no-vivo que encontrara...

† † † † †

- ¿Como te haz sentido, linda?

La voz de la Dra. Molyneux sacó a Brenda de sus pensamientos. Pasaba horas mirando por la ventana de su habitación. Ellos estaban allí afuera. Los podía sentir, oler.

Casi los podía tocar.

-La noche está demasiado silenciosa.

Contestó divagante. Sintió a Brigitte sonreír.

-Veremos películas. ¡Habrán palomitas! Mi hija Sophia, está esperándote. Quiere verte, Brenda. ¿Por que no te nos unes?

Preguntó Brigitte, esperanzada. Desde la conversación que tuvo Brenda con Jatziri, antes que la hija del Diablo partiera al Polo Norte, no había tenido alucinaciones. Si bien sabía que Brenda no estaba enferma, sino poseída; el que el "mensajero" no hubiera hecho acto de presencia, era una buena señal.

Sin embargo, la psiquiatra no se engañaba. Hacía años, había aprendido por experiencia propia, que el mundo no era de los humanos, como ellos pensaban.

Ella misma, cada vez que se alimentaba de su esposo, sentía cómo su humanidad moría un poco.

Pero realmente esperaba que lo que fuese que tuviera Brenda adentro, la hubiera dejado en paz. Se sentía identificada con su paciente. Ninguna de las dos, había escogido su suerte.

Afortunadamente, Brigitte había encontrado un hombre que la amaba, y que la había salvado.

Adham era su salvador, en todos los sentidos.

Suspiró cruzando la habitación hasta llegar a la rubia que parecía haberse perdido en sus pensamientos, al igual que ella.

- ¿Brenda? ¿Nos acompañarás a ver películas?

Al tocar su brazo, retiró la mano con rapidez. Su paciente ardía.

- No hay tiempo Brigitte. Corre.

Dijo con voz trémula. Brigitte negó.

- Brenda, necesitas ver a Adham. Estás ardiendo en fiebre.

Intentó tomar su mano, buscar sus ojos.

La rubia la miró. Sus ojos ya no eran grisáceos.

Estaban verdes.

El mensajero estaba allí.

- ¡CORRE!

Gritó el mensajero con todas sus fuerzas. Ambas voces parecían desgarrar la garganta de la "Mensajera del Diablo".

Brigitte por instinto, comenzó a caminar hacia atrás.

Los cimientos del monstruo de concreto, comenzaron a temblar.

Se escuchó la alarma, seguida de los gritos de las gárgolas.

Había algo allí afuera.

El Eternal estaba siendo atacado.

Brigitte tomó la mano de Brenda y ambas salieron corriendo de allí...

† † † † †

El caos se veía en aquel polo. Habían por todos lados, cuerpos sin vida de los Venatores que no habían sido lo suficientemente buenos para darle batalla a un no-vivo. El ejército de la Hija del Diablo se hacía respetar ante el enemigo. Algunos no-vivos se encontraban en parejas, algunos solitarios.

Las hermanas Elyrion luchaban juntas protegiéndose la una a las otra. Las gárgolas se encontraban en otro lugar luchando. Eran más fuertes, con mayor facilidad vencían al enemigo. La Hija del Diablo en medio de todo a unos de sus lados se encontraba Paul su guardaespaldas, los demás estaban esparcidos por aquel lugar.

La Japonesa estaba al lado de su prometido, Adrik. Sakura se encontraba un poco agotada de energía. Había lanzado tantos anillos energéticos para comprimir a sus víctimas que no estaba a su cien por ciento. Al parecer los Venatores tenían un as bajo la manga para lastimar a los no-vivos y que no se les hiciera tan fácil sanar sus heridas.

Habían tres Venatores rodeando a la pareja, se acercaban de tal manera, que dejaban sin escapatoria a Sakura y Adrik. De pronto uno de ellos, Gustav Baillet, golpeó tan fuerte al ruso en su estómago, que causó que se agachara, perdiendo el control de todo.

Los nervios de Sakura incrementaron al máximo cuando vió a su pareja lastimada en el suelo. Recibió un golpe, la vista se le nubló por completo. No sabía que había pasado.

"Adrik y Sakura regresaban a casa horas antes de la guerra. Sakura se había disculpado con Jatziri, ante la petición de Adrik de pasar la noche solos. Adrik estaba agotado luego de terminar en su trabajo. Pero ambos solo podían pensar en el otro. Su amor era el mas hermoso.

El preparó una cena llena de detalles para ella. El regalo mas importante de la noche había sido su anillo con la inscripción en japonés "いつまでも十分ではない" (Por siempre no es suficiente). Con el le pidió matrimonio en medio de una cena llena de lujos. Los nervios les habían invadido pero nada arruino la perfecta noche."

Recuperó la cordura cuando sintió que de su rostro ardía.

La herida no sanaba como debía ser; al instante.

Sakura llegó a su límite. Les daría muerte a esos desgraciados. Les daría la muerte más asquerosa y cruel que cualquiera hubiera dado.

Sakura sacó las fuerzas de su interior para derrotar al enemigo.

Miró con odio a los Venatores.

Se colocó al frente de su prometido, que estaba recuperando las fuerzas. Colocó sus manos a ambos lados un poco levantadas con una sonrisa perversa.

- No debieron hacer eso muy mal chicos muy mal. No se metan con alguien que no está a su altura. Pagaran muy caro esto. ¿Saben lo mucho que cuesta cuidar lo hermoso que es este rostro? Les enseñare a que no se le toca la cara a sus mayores. Es de muy mala educación.

La japonesa hizo que se levantaran en el aire. Los enemigos se encontraban haciendo un círculo perfecto alrededor de ellos. Cortó sus rostros hasta quedar irreconocibles. El veneno ardía en sus rostros de igual forma.

Luego con la misma daga, las colocó en cada uno de sus ojos. Los gritos de los Venatores llenaron aquel lugar, pero aun no pararía su sufrimiento.

Ahora venía lo mejor. Colocó anillos energéticos en sus cuerpos haciéndolos explotar simultáneamente. Luego con cara de satisfacción, levantó a su amado.

La chica utilizó sus dones para sanarlo. Se tomaron de la mano. Adrik estaba como loco al ver a su prometida herida gravemente.

- No es nada querido sanara en unos momentos, ahora procuremos por salir vivos de aquí.

- Si amada mía, saldremos de esta y nos iremos a casa te lo prometo.

La victoria de los no-vivos era inminente.

La Hija del Diablo vería a León, derrotado a sus pies...

† † † † †

El frío entumía sus músculos, tener el abrigo encima, no aliviaba las cosas. La batalla comenzó, con solo tocar el terreno helado. Los Venatores amedrentaban con todo su poder sobre los no-vivos.

Algunos, apenas lograron tocarlos.

No había piedad.

No muy lejos, estaba la hija del diablo, protegida por un no-vivo que estaba tan pegado a ella que parecía una segunda piel. Sus ojos rojos delataban su naturaleza damnati.

Su objetivo era fijo: Dejarla sin defensa. Debía distraer al damnati, o en su defecto matarle. No sería fácil, pero no tenía opción.

Los recuerdos la invadían como bólido, haciéndola dudar de la realidad en la que estaba.

"No era la intensión de Camille, regresar a Florencia. Pero la nostalgia, el sentimiento de volver a verlo, la invadió por completo. Pidió permiso para partir a casa por unas horas, le fue concedido.

El aroma de flores frescas, el viento helado y sus hermosos campos, la hicieron sentir en casa, por primera vez en mucho tiempo, sonreía, era… La sua casa, la sua vera casa.

Pasaron más de 2 años sin cruzar esas calles, ese camino estrecho que la llevaba al lugar donde creció. Los detalles seguían intactos: El picaporte, con florecillas grabadas, la aldaba, un león con incrustaciones de rubí en los ojos, brillante como de costumbre.

Suspiró, recordando como solía vivir allí, a pesar de su enfermedad, todo era perfecto… ahora podía valorar eso.

Parecía que jamás se hubiera ido. Quería disfrutar estas horas, como la Camille dulce e inocente que era antes de cumplir 18 años.

Tomó asiento frente al gran espejo, tomando el cepillo, con el que su padre peinaba sus risos enmarañados cada mañana.

-Yo solía hacer eso por ti, pequeña.

Dijo su padre, observándola desde la puerta de su cuarto. Camille, sin dudarlo se levantó de su asiento, lanzándose entre sus brazos."

Se alejó de Sebastien, observándolo. Él apenas prestaba atención. Sus ojos buscaban a Ayelet. Por un segundo observo a Camille, asintiendo. Sabía que era la hora.

Corrió entre sus adversarios, pero una intellexit, Adrienne, la atacó. Un golpe fuerte en su vientre le hizo perder el equilibrio, dejándola sin aire. Por un momento pensó que caería, pero otro golpe que se dirigía a su hombro, la despertó esquivándolo apenas.

-No debiste hacer eso.

Mencionó concentrando su poder en el hielo bajo ella. Rápidamente, sus pies fueron atrapados por una jaula de hielo, dejándole inmovilizada.

La no-vivo trató de liberarse, pero con cada paso, el hielo subía.

Ahora no solo eran sus pies.

Estaba por llegar a sus rodillas.

Camille se detuvo, observando a Adrienne. La rabia invadía sus ojos.

- Creo que yo no me llevare el crédito por terminar su existencia, usted misma lo hará.

Culminó concentrándose ahora en la sangre de su contrincante. Ella, luchaba por controlarse, pero Camille fue más fuerte. Logró controlar el movimiento de una de sus manos. Ahora ella era una marioneta. Logró tener el control de ambas manos.

Camille se sentía agotada, pero no podía parar ahora. Movió sus propias manos, mientras las extremidades de Adrienne la imitaban. Las acercó hasta sus ojos. Ahora ella lloraba y miraba a Camille.

-No me matara una enferma.

Gruñó tratando deliberarse. Luchó aún más, por soltar sus pies. Consiguió liberar una de sus piernas. Esto tomó por sorpresa a Camille. Estando tan cerca, logró asestar una patada entre sus piernas, haciéndola caer. Por poco pierde el vínculo, pero lo mantuvo el tiempo suficiente, como para que ella misma, arrancara uno de sus ojos.

Fue rápido: Sus uñas arañaron la cavidad ocular, sacando de su órbita el órgano. La no-viva gruñó, mientras de su ojo brotaba sangre. Camille se levantó, tumbándola, mientras se ubicaba sobre su pecho.

- Adiós.

Con su daga, extirpó su otro ojo. Rápidamente, se abalanzó hacía el damnati que estaba a unos metros de ella. Adrik y Sakura, estaban cerca, trataron de detenerla, pero estaban rodeados por varios Venatores.

Antes de siquiera acercarse a su objetivo, sintió una molestia en su brazo, algo la quemaba. Se detuvo, con un grito ahogado. Se quitó la chaqueta, en ese momento.

Sentía que su brazo se quemaba.

El dolor se incrementó y se esparció por todo su torso.

"- Lo siento padre, perdóname. No quise irme, no quise odiarte, ni dejarte. No quise culparte de todo, ni abandonar la casa, no quise desaparecer.

Sollozó. Ahora se veía como una pequeña de 10 años.

- Mi perdoni padre, perché ho peccato.

El, solo la abrazó, dejando que sus lágrimas empaparan su camisa blanca. Levantó el rostro de Camille hacía él, limpiando con el dorso de su mano las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

- No te vayas de nuevo, mi pequeña.

Ella vió el dolor en sus ojos. No podía prometerle eso, pero si podía estar con él las horas que faltaban.

Ella, por dentro estaba rota. Con cada palabra que el mencionaba sobre compartir las tardes, ir de vacaciones. El quería cada detalle de su recuperación. Quería saber quien la había ayudado a recuperarse.

- Padre, tengo… Cosas importantes que contarle, y creo que usted pensara que estoy loca, pero no deseo irme de aquí, sin que sepa la verdad, por más dolorosa que pueda ser.

Camille le soltó a su padre, cada cosa ocurrida. Le relató lo que aquel hombre de cabello rojo, su padre biológico, le había relatado ese día fatídico en Roma. Lo que ella era, no-vivos, demonios… Venatores. Le relató cada cosa, con detalle. La sangre que recorría su cuerpo, por qué sus ojos tenían un atisbo de púrpura en ellos.

Su padre, en silencio escuchó cada palabra, derramó algunas lágrimas, cuando Camille terminó. Se sintió liberada. Ahora él lo sabía todo. Podía elegir creerle, o podía simplemente enviarla a un manicomio."

¿Qué pasa? Indagó en su mente, cerca de ella, ningún no-vivo la había atacado, estaban rodeados, los venatore luchaban, cabeza a cabeza. Pero la sangre se derramaba, dejando un color rosa pálido sobre la nieve.

Camille cayó al suelo de rodillas. Sus manos, estaban cambiando. No sabía si eran alucinaciones, pero veía que sus manos ahora eran garras felinas. Sus uñas eran remplazadas por zarpas filosas y en punta, sus brazos, ahora estaban cubiertos de pelo, no podía dar crédito a sus ojos. En un momento recordó algo, que Sebastien les dijo en sus entrenamientos.

"Los más fuertes, serán marcados. Su don será único, pero solo se desatará, cuando la sangre de un no-vivo sea derramada por sus manos"

¡Eso era! Ahora tenía rasgos animales. No había mejor momento que ese para que la marca despertara, y ella estaba gustosa de usarla. En su espalda, sintió como la piel se desgarraba. Gritó, atrayendo la atención de algunos no-vivos y Venatores a su alrededor.

Mala jugada. Los no-vivos aprovecharon la distracción, para arrancar la cabeza de éstos. El ejército de no-vivos tenían la delantera. Pero si ella lograba desarmar a la hija del Diablo, tal vez tendrían oportunidad. La oportunidad de acabar con los no-vivos.

"Él, sin palabras se levantó de su asiento y la abrazo, tan fuerte que la dejo sin aliento.

- Mía nina, mía nina.

Canturreó, con un atisbo de tristeza en su voz.

-No te vayas de nuevo.

Le dijo, pero Camille ya estaba soltándose de su abrazo. Lo miró, con algunas lágrimas amenazando por salir. Aclaró su garganta. Ahora debía ser fuerte. Era tiempo de partir.

-Padre, prometo volver, y si no lo hago, debe prometer usted, que no me buscará y será feliz. Debe serlo. Yo debo proteger a quien me ayudó. Soy fiel a Sebastien, y no puedo romper mi promesa. Si regreso con vida, estaré aquí hasta que sus días terminen. Estaré a su lado.

Sin palabras, su padre solo pudo asentir. Su pequeña ahora tenía que partir. Fue fuerte, porque sus ojos demostraban un dolor profundo. Acompañó a Camille hasta la puerta de salida, y allí partió, llevándose consigo, un relicario.

El que su madre alguna vez tuvo.

-Presto, Padre. Prometto di tornare, sarò forte. Tornare. (Hasta pronto, padre. Prometo volver, seré fuerte. Regresare)

Susurró Camille, antes de partir de vuelta al aeropuerto. Al tomar el vuelo, dejó que las lágrimas cayeran, ahora tenía una razón para regresar, además de encontrar a su progenitor y destruirlo. Esta guerra apenas comenzaba, al menos para ella. El aroma a fresas y manzanas que despedía de ella, logró hacerla dormir, con una sonrisa en su rostro. El polo la esperaba ahora."

Se abalanzó hacia el damnati, usando sus garras. Logró rasguñar su rostro, apenas. El muchacho reaccionó sin temor. El golpe iba dirigido a su rostro. Camille, lo esquivó quedando tras él.

Era hora de la pelea, y no sería fácil.

El peso del no-vivo, fue dirigido rápidamente hacia ella, dejándola derribada en el suelo.

Paul estaba a la espalda de su señora. Los pocos humanos y no-vivos que se acercaban no duraban mucho. Su técnica de pelea era impecable. Pero pudo ver una Indulgeo acercarse. De su espalda alas batían. Sus manos eran garras felinas afiladas y grandes.

Paul la miró sin comprender pero cuando se lanzó sobre él, no dudo. Dejó caer su peso. Ambos rodaban por la nieve levantando humo de nieve. Ella abría surcos en su piel y esto le enfadaba más.

Con su fuerza superior, la tumbó al suelo. Sostuvo aquellas garras y con sus ojos rojos llenos de furia y sus colmillos alargados bajó el rostro al cuello de ella para morderla y convertirla.

Ese era el peor castigo para seguidores tan fieles como aquella pobre humana enferma. No era rival para él.

A centímetros de la piel de ella sintió algo tumbarlo. ¡Maldita fuera ese fenómeno! Acabaría con ella. Lanzó un golpe a ciegas a su cuerpo ya que la nieve era un polvo blanco que no le permitía ver.

Le arrancaría la cabeza a esa pelirroja.

Camille logró darle duro en la cabeza con una de sus alas mientras se retorcía. No iba a permitir que la mordieran. Ser convertida en lo que tanto odiaba estaba fuera de cuestión. En un segundo ella estaba sobre Paul rasguñandolo con sus garras. Gritaba y gruñía ante los golpes. Sus brazos aun le eran difíciles de manejar. Le dolían y mas aún, los puños de Paul. Estaba segura que uno de sus brazos estaba gravemente herido. Lo comprobó cuando sangre bajo por su ahora pelaje.

Una gárgola venía hacia ella y Camille emprendió vuelo sin dudarlo, dejando todo atrás. Al ser mas pequeña que ese monstruo de piedra pudo esquivarlo.

Al controlar sus movimientos, decidió bajar de nuevo al campo de batalla. Debía ayudar a su líder...

† † † † †

Addu estaba ansioso. Siempre era así antes de un ataque. No tenía idea de quién había sido el soplón que le había enviado un email diciéndole que los no-vivos del Consejo no estaban en Moscú.

Tampoco era que le interesara.

Pero había sido la ocasión perfecta para dejar un aviso.

Los lobos habían descendido de las montañas.

Y venían por lo suyo.

Le tomó 24 horas, reunir un pequeño grupo de los suyos.

¿No era la tecnología, una bendición?

Estaban frente a aquel hospital, que habían investigado a fondo en unas horas. Habían bastantes no-vivos adentro.

También sus viejos amigos, los Lapis malediceret.

¡Sería una hermosa reunión!

A su lado, sus fieles colegas: Díamedd, Kortnos y Farnok, se movían de un lado al otro, dando órdenes a la veintena de Malum Corio que habían contestado su llamado.

Pero aquel era su momento.

Levantando las manos al cielo, nubes de tormenta cubrieron la luna y hasta la última de las estrellas. Truenos, relámpagos adornando una lluvia torrencial, eran su sello de bienvenida. A su señal, los Malum Corio fueron dejando de lado su apariencia humana. Fuertes licántropos, sedientos de poder, comenzaron a dejarse ver mientras entraban al edificio, matando cuanto civil se les metía en medio. Sus amigos siguieron el primer grupo.

Él esperó.

Sabía que adentro habían gárgolas, dispuestas a matar o morir, por defender su posesión.

Addu no era tonto.

Pronto sonaron las alarmas del hospital. A través de los ventanales de cristal, veía civiles correr como hormigas, una vez alguien pisa un hormiguero. Sintió náuseas.

Aquellos engendros habían tenido la suerte que a los suyos les fue negada.

Mientras ellos tenían que sobrevivir, siendo demonios puros; en este planeta de mierda, aquellos seres inmundos e indignos tenían al ángel de la muerte, agarrado por la verga.

No envejecían.

No morían.

Y los suyos estaban expuestos a todas las enfermedades humanas, solo por estar presos en estuches de piel y sangre.

Los odiaba.

Por eso había cambiado de idea.

Inicialmente, había pensado en aliarse a alguno de los bandos de no-vivos y quizás mezclar las razas. Ver si lograban con su sangre o con esa unión, fortalecerse aún mas.

Pero ver a los suyos morir, para reencarnar como un maldito círculo vicioso, había sido demasiado.

Quería muertos, REALMENTE MUERTOS, a aquellos adefecios.

Con la rabia fluyendo por todo su ser, su cuerpo tomó su verdadera forma.

Un imponente lobo blanco de 3 metros, dió un paso dentro del edificio.

Entonces a sus espaldas, todo se volvió negro.

La bestia sonrió, sacando su larga lengua para lamer su hocico.

- Caeci...

Su voz fue un gruñido al ver al responsable de aquella ilusión en la que había sido encerrado.

La Lapis malediceret de Dhestiny Wayne, se acercaba a paso imponente.

Era obvio que esconderían el edificio de los humanos con alguna ilusión estúpida. Aunque aquel hospital, quedaba bastante apartado de la civilización.

La enorme gárgola tomó forma de batalla, asintiendo con su cabeza a forma de saludo.

Dos hermanos frente a frente.

Dos demonios, uno quizás superior al otro.

Pero aunque Addu era de un rango superior, había pasado siglos en una cárcel de piel.

Caeci, sin embargo; siempre había sido el mismo.

El estruendo de ambos cuerpos chocando, pareció el choque de dos meteoros...

† † † † †

JJ Baudelaire no estaba acostumbrado a esto. ¡El era un joven DJ! Nunca hubiera pensado terminar en una batalla. Pero una noche saliendo del Damnati había visto esos Venatores matando.

Por poco se salvó.

Pero aquello era atemorizante.

Además había también conocido a Jatziri. Había sido amable, educada. Hasta le mandó felicitaciones por la música el día que fue.

De modo que había hecho la decisión correcta. Y había entrenado. No pudo creer cuando mató al primer Venator. Con una arma. Disparando a la cabeza. Luke Murray peleaba a su lado. Se echaba de ver como el no-vivo estaba hecho para aquello. Desgarraba los contrincantes rápidamente. Con él y Calypso, tenían una barrera en su lado en que nadie pasaba.

Calypso Krueger había puesto varias minas que se activaban por voz. Ella tenía un micrófono en la mejilla y explotaba las minas cuando un Venator pasaba por ellas. También se había encargado de equiparlos a todos con las mejores armas y la mejor seguridad.

Ella estaba tranquila acostada con la vista en la mira infrarroja de su Springfield. Mataba 18 objetivos en movimiento por minuto. Tras ella, JJ ayudaba a cubrir su espalda. Y Luke estaba de frente. Atacaba con sus manos desnudas.

Nadie hablaba pero su conversación corporal era fluida. Se movían al unísono enfrentando los objetivos. Le había intentado disparar a la gárgola de ese bastardo de Lancelot. Pero esas criaturas eran rápidas y mortíferas. No pudo impedir que matara.

Toda guerra tenía bajas. No podían ponerse de luto por cada muerte o entonces ellos serían los próximos.

Luke se encontraba terminando con otro oponente.

Alimentándose de sus victimas humanas. Dejando solo restos de cuerpos a su alrededor. Su espalda cubierta. Y estaba por terminar con uno. Estaba seco ya y cuando tiró el cuerpo al suelo miró un Venator. Corría apuntándolo con una arma. Luke se movió para esquivar el cuerpo que se lanzaba por los aires. Y en su media vuelta para protegerse solo escucho disparos.

Cuando se giró, ya era demasiado tarde.

Calypso levantó la cabeza de su arma, al ver ese Venator que a los tres se les había pasado por alto. Su mirada roja atravesó el espacio entre ella y Luke. Era obvio que Luke no tenía idea.

Estaba extasiado por la sangre.

Luke fue su amigo. Uno de los pocos que había entrado en su vida y le había llegado de alguna manera. No podía permitir que fuera dañado. Él no podía ser una baja. Calypso como pudo se lanzó desde el suelo y se fue frente a él. El Venator tenía puntería increíble. Era un no-vivo.

Un damnati, como ella.

Cayó por los balazos directos a su cabeza. Luke se lanzó y le arrancó las manos donde el Venator recargaba su arma. Pero era muy tarde. Demasiado.

Calypso ya yacía en el suelo...

† † † † †

Ayelet Roth estaba acostada mirando la tv. Hacía zapping con el remoto en la mano de forma automática, sin detenerse en ningún canal en particular. Su mente estaba en otra parte.

Pensaba en Sebastien. Rezaba por él.

También por Jatziri.

Él último encuentro con Sebastien, hacía ya 2 días, no había salido como ella, como una total estúpida, había pensado. Si bien no esperaba una fiesta y aunque jamás lo dijera en voz alta; realmente había esperado que Sebastien la siguiera, una vez ella salió del estacionamiento del centro comercial a donde él la había seguido.

Aunque ella le había dicho cosas horribles y a pesar de su traición; ella esperaba que él se quedara a su lado.

Para colmo, había comenzado una tormenta.

Aunque a lo mejor, solo llovía, por lo triste que ella se sentía.

Y ella detestaba los truenos. Siempre Sebastien la abrazaba cuando llovía así. Él conocía hasta el último de sus miedos.

¡JODER! Lo seguía amando como idiota.

¿Y el? Él solo había enviado una carta para ella, junto con pintas y pintas de su propia sangre.

¡Su machismo no conocía límites!

¡Se había ido, pero decía que la amaba!

Gruñó molesta, acariciando su enorme vientre. Su bebé estaba inquieto.

Y ella, aún mas.

Se había levantado por un vaso de agua, cuando se encendieron las luces de emergencia, y las alarmas comenzaron a sonar.

Salió al pasillo, donde todos corrían histéricos. Abrazó su vientre y cerró los ojos, esperando la estampida, pero una mano la empujó contra la pared.

- No se mueva, milady.

Era Karoline, con Scarlett en los brazos. La pequeña tenía cara de terror. Esperaron a que varios pacientes pasaran para salir de allí rumbo al sótano.

Al entrar al Eternal, les habían dado una excursión/simulacro de qué debían hacer en caso de algún ataque.

Debían llegar al sótano y de allí, seguir un túnel bajo tierra que les llevaría a un bunker.

Ayelet recordó haberse reído y pensar que aquello era exagerado.

Ya no pensaba así.

Vió a Katherine, con quién al parecer era su prometido, pasar por su lado. Katherine gritaba como si estuviera pasando por la peor de las agonías y sostenía su cabeza con su mano buena. Su prometido la llevaba en brazos a toda prisa. Pero también le hablaba, intentaba calmarla.

Ayelet sintió envidia. Quería a Sebastien allí.

- ¡Debemos movernos!

Gritó a quién Ayelet reconoció como como Anika Valek, una Cibum muy amable con la que había coincidido varias veces. Le tomó la mano, abriéndose camino entre el resto de los pacientes que gritaban asustados.

Vió a Krystal, llevando a Daphne, la hija de Katherine.

Raro. ¿Donde estaba su padre?

No tuvo tiempo de reflexionar. Un golpe fuerte se escuchó, haciendo las paredes temblar.

El edificio parecía, que se iba a caer.

Anika estaba aterrada mientras arrastraba a Ayelet por entremedio de la gente. Quería sacarla de allí.

De haber sido fuerte, la habría llevado en brazos.

Había corrido desde el piso 5 hasta el 20, por las escaleras. Cuando se dispararon las alarmas, no se había detenido a pensar. La enfermera Mika, le había enseñado qué hacer, en caso de que el loco enfermo de Lancelot, atacara el hospital con sus Venatores.

Pero, Lancelot no estaba en Moscú y ella lo sabía.

Y definitivamente aquella cosa horrible de la que había escapado, no era un Venator.

Pero tampoco iba a detenerse, a pedirle sus credenciales ni a hacerle una prueba de ADN, a ver qué era.

Su primer instinto, había sido sacar a los niños. Sire Sophia, le había ayudado.

Pero luego de dejarlos en el bunker, había preferido regresar por los demás.

Necesitaba ayudar.

Los gritos de las mujeres la hicieron reaccionar. Un horroroso ser, las amenazaba.

Fuego salía de sus garras.

En un golpe de adrenalina, soltó la mano de Ayelet y la cubrió con su cuerpo.

Ayelet gritó, queriendo safarse del agarre de la Cibum. Aunque estaba nerviosa, ya varios ventanales se habían roto y ella podía usar aquellos mismos rayos, para darle una buena cena de electricidad a aquel hombre lobo.

Pero no tuvo tiempo.

Los gritos de Anika, fueron desgarradores.

Y cuando la inercia, soltó su agarre y la Damnati pudo voltearse, vió a la pobre Cibum, hecha una antorcha humana.

Todo para Ayelet, pareció volverse en cámara lenta. La gente corriendo, el lobo preparando su ataque, la Cibum retorciéndose hasta caer al suelo.

Y el rayo que entró por la ventana, impactando al lobo en el mismo centro del pecho.

Fue tan fuerte el choque, que el cuerpo del ser se elevó varios metros hasta impactarse contra la pared del pasillo, mientras gruñía y se retorcía hasta expirar.

Luego vino el dolor.

Un profundo dolor en su bajo vientre.

Y el líquido, bajando por sus piernas.

Había roto fuente, por el esfuerzo.

Todo retomó el tiempo normal, cuando una contracción amenazó con partirla en dos.

- ¡TENEMOS QUE SALIR DE AQUÍ!

Karoline, quién cubría la cabeza de Scarlett para que no fuera testigo de aquel horror, empujó a Ayelet con todas sus fuerzas, usando el peso de su cuerpo. Había visto lo ocurrido y, a juzgar por las expresiones y maldiciones de Lady Ayelet, el bebé había escogido el peor de los momentos para decidir nacer.

Ayelet pareció reaccionar y asintió moviéndose lo mas rápido que podía, mirando al alejarse, el cuerpo de la Cibum. Ya diferentes enfermeras habían corrido a su auxilio, con extintores de fuego en sus manos. Negó permitiéndose llorar mientras elevaba una plegaria al cielo, por la valiente heroína que había dado su vida, por la de ella y su hijo.

Esperaba que se salvara.

Ahora tenía que llegar al bunker. Su hijo quería nacer. Ella no moriría allí. Su hijo nacería a salvo.

Se lo debía a Sebastien, a pesar de todo...

† † † † †

Camille había logrado distraer lo suficiente a ese chillo que protegía la hija del diablo, como para que Lancelot derribara las defensas externas. Alguien saltó a su espalda esperando tumbarlo, pero solo se sacudió el peso muerto. Gruñó a centímetros de Jatziri y entonces sin verlo venir, unas garras pasaron por su garganta.

Se ahogó por un momento en su sangre. Tuvo suerte porque no necesitaba respirar y curaba rápido. Ella apenas se había movido de su sitio y había perforado su piel. Sus ojos púrpura hicieron contacto. Él mostraba sus colmillos y gruñía. La rabia que había guardado todo este tiempo. La furia, la impotencia. Todas haciendo estallidos en su interior. Cubrió el sitio con sombras hasta que la luz de la luna era imperceptible.

"- Olvidemos todo y vámonos lejos de Moscú, Sebastien. Tengamos una familia. Olvida a Jatziri. Olvida ese odio. Quédate conmigo.

Quédate conmigo.

Y dentro de él todo luchaba. Ambas partes suyas tiraban de las cadenas de donde estaban atados. Quería cosas diferentes y a la vez una sola. A ella. A su futuro hijo.

Pero ninguno podía confiar en el otro ahora. Ella no creía ni entendía lo que él sentía por ella. Ni ella entendía porque ahora no se quedaba."

El lugar empezó a oler como el infierno. Los suelos temblaban y el se movía con sus sombras pudiendo ver en ellas como su fuera medio día. Se dió cuenta como para Burkhalter no fue problema enfocarlo. El brillo púrpura de sus ojos lo encontraron.

La sensación dentro de su cuerpo era indescriptible. Sabía que era ella ejerciendo su poder. Ella poseyendo y dominando su alma como lo hacía con todo. Pero él no era débil ni era cualquiera de las creaciones de ella, para sucumbir ante ese poder. Cada movimiento le costaba el doble. Pero pudo acercarse, concentrándose en su odio; para dejar de sentir el poder de ella ejercido sobre su alma, sobre su sangre.

No iba a permitir ser controlado.

Menos por la hija del diablo.

"Ella siempre había dudado pero él creyó en ella. Que confiaría en lo que le dijo y hizo porque jamás había sido así con nadie mas. Eso le mataba, se lo comía lentamente.

- ¡Tu odio siempre pudo más que tu razón! ¿Ahora me amas? ¿Ahora lo haces? ¿Y que de los meses que me arrastré en tu cama suplicando una caricia?

Y le dolía como ella había cambiado como ahora lo odiaba. Podía con todo menos eso. Había sonado fría y firme cuando hablaba de su odio.

-Mañana estaré allí y seré yo quien atraviese tu corazón ¡Mañana seré yo! ¡No ella! ¡Lancelot! Si mi amor no fue suficiente, amor mío, que entonces nos una el odio.

Estaba perdido sin ella. Durante los últimos años sin que lo supiera fue su polo a tierra. Lo que lo mantuvo de empezar esta guerra.

Pero le importaba y no se iba a ir sin que ella lo supiera porque no era estúpido y sabía que había una probabilidad de que no volviera."

Una daga en su mano derecha andaba de un lado a otro, amenazando con ir en dirección a ella o su propia dirección.

-Estaba dispuesta a perdonar vuestra vida, por esa familia que tenéis en camino. Pero matastéis a mi hermana, mis amigos. ¡Casi matas a mi hija! Vuestra vida no merece mi perdón, Lancelot.

La voz de ella sonaba en todo el lugar como si estuviera conectada a parlantes alrededor de las montañas. Hacía eco y era autoritaria. Ella convocaba otra criatura del infierno y se acercaba a él a paso firme.

Caminando con majestuosidad.

Jatziri tenía sus sentidos dispersos. Sentía lo que pasaba en el hospital, aunque no entendía contra quiénes peleaban allá. Sentía a sus hijas de sangre. Eso la estaba partiendo en dos. Sus gritos, su dolor, su desesperación. El miedo. Sentía a Ayelet. El miedo por la criatura y la preocupación de tener que dar a luz en esa situación.

Deseaba terminar con todo aquello de una buena vez. Matar al atormentado, arrancar sus ojos y que todo ese dolor causado, todas esas muertes innecesarias, pararan de una vez. Poder ir a ayudar a los suyos. Nadie de los allí presentes, debía terminar herido.

Pero la muerte estaba por todos lados. Desde el aire hasta el sonido, el olor y la vista. Lo inundaba todo.

Sabía que solo tenía que matarlo a él. Sin su jefe, los Venatores no tenían oportunidad.

Su bestia estaba a su lado listo para tomar el alma, una vez ella lo matara. Pero eso lo haría ella. Nadie más iba a matarlo. No iba a subestimarlo. Sabía que era un contendiente digno y que el poder de controlarlo por ser su creación, no sería suficiente con él.

Pero lo volvía lento. Lo suficiente para matarlo.

La bestia gruñía y bufaba tras ella, arañando la nieve y haciendo la tierra temblar.

La hija del Diablo se movió entre las sombras, como si fuera una de ellas. Puso toda su energía en eso. En su mente tenía la estrategia de la muerte. Lancelot luchaba contra su poder. Pero como era de esperar tenía la daga lista cuando vió que ella empezaba a acercarse. Alargó sus uñas. Esta vez su golpe no iría a la garganta. Sería uno y mortal.

La daga le pasó enfrente del rostro, a centímetros de distancia.

La esquivó sin problemas.

Con una mano esquivaba los golpes de los puños de Lancelot y la otra estaba lista. Levantó su brazo, haciendo garras de sus manos y bajo sus uñas directo a los ojos de él.

Necesitaba terminar con esto...

† † † † †

Katherine iba a volverse loca. Iba a enloquecer, incluso antes de que todo en el hospital, se volviera un caos.

¡Todo era una mierda!

Había estado ansiosa todo el día. Noa había ido en la madrugada a verla. Luego de sus malditas bromas, burlandose de su condición y comparándola con la "cucaracha que ya no puede caminar" e incluso después de atreverse a cantarle la maldita canción, usando su guitarra, le había dado de su sangre y le había llevado a Daphne, por unas horas, hasta que la pequeña se había rendido del cansancio.

¡Su hija estaba tan hermosa!

Aunque era obvio, que la idea de un nuevo hermano, había activado sus celos de primogénita.

Aún así, Katherine estaba feliz de haber pasado un rato con ellos.

Entrada la tarde, había llegado Gael. Y luego de que Fortis casi lo matara, y con su manopla en el cuello de su hombre, sin mucho amor; su Lapis malediceret, le había permitido a su pareja explicar el porqué había desaparecido.

La pelirroja odió mil veces más a Lancelot.

Mierda. Quería que el Wyrm le chamuscara el culo, por cabrón.

Y hablando de su bestia interna, ése había sido el problema. El Wyrm estaba directamente conectado a su madre. Y gracias a eso, Katherine estaba siendo llevada completamente en contra de su voluntad, al bunker del Eternal. Su visión estaba dividida.

Por un lado, veía y escuchaba todo lo que pasaba a su alrededor. Su lado consciente estaba preocupado por Fortis, por su padre y madre adoptivos, por sus hermanos y amigos que estaban allí.

En su inconsciencia, el Wyrm le pasaba una imagen en vivo, del enfrentamiento en el Polo norte. Estaba histérico en su prisión mental, deseoso por salir y matar.

Pero su padre la había medicado como si ella fuera un caballo. Por más que el Wyrm luchaba, su cerebro no reaccionaba lo suficiente, para liberarlo.

Y por eso, estaba enloqueciendo.

Gael Kinderknecht corría por el túnel subterráneo a una velocidad que solo sus runas podrían permitir. Su prioridad era Katherine y su hijo. Joder, ¡su hijo!

Cuando llegó a la mansión Burkhalter al medio día, y vió el enorme lazo negro en señal de luto que cubría el portón de la entrada, se llenó de terror. Volvió a revivir la noche en que su esposa y su hijo fueron asesinados por aquel bastardo. Pero el líder de seguridad, le había dado el paradero de su mujer.

Al llegar, no estaba preparado para 3 cosas:

1- No estaba preparado para ver a Katherine tan mal. Si Lancelot salía vivo del infierno Burkhalter, él, personalmente, le regalaría al cabrón un viaje directo y sin escalas a la isla de "Jodete, por abusador".

2- No estaba ni en mil años preparado para ver a su mujer, con una barriga como de 3 meses de embarazo. La clase de "Embaracé a una no-vivo, ¿que mierda hago ahora?", no estaba en ninguno de los currículum de "Matemos a un no-vivo 101".

3- Definitivamente NO estaba preparado para ser el saco de boxeo de una gárgola paternal enfurecida, dentro del cuerpo de un tanque de guerra de 2 metros.

Pero, ¿qué con Katherine era normal?

Por lo pronto, dejarla segura, era lo mas importante para el ex Venator. No tenía idea de que pasaba. Pero había pelea. Su cuerpo se lo gritaba.

Casi tan fuerte, como gritaba su mujer, por su demonio exigiendo salir.

Gael lo entendía. Él sentía lo mismo.

Al llegar al bunker, una mujer rubia, vestida de doctora, corrió en su dirección. El jamás la había visto, pero estaba seguro de que si no hubiera una amenaza mayor, a quién él había identificado como una Indulgeo bajo tratamiento, le hubiera pateado el culo de Moscú a Brasil.

- ¡Katherine! Debemos acostarte. ¡Intenta calmarte!

La gente seguía pasando por su lado a toda prisa. Un centenar de gente vestida de blanco, iban dispersando la multitud que corría incluso con sus sueros en la mano. Aquel era otro hospital, prácticamente. El lugar era enorme.

- ¡Mamá! ¡Haz...que...se...calle!

Suplicaba Katherine entre lágrimas de sangre. Gael estaba desesperado. Verla sufrir y no poder hacer nada, lo volvía loco. La madre adoptiva de Katherine los guió hasta una habitación, donde él dejó su cuerpo acostado. Cuando se alejaba, Katherine agarró su mano y la apretó tanto, que el hombre hizo una mueca.

- ¿Donde vas?

Su voz tiritaba, como si tuviera frío. Gael besó su frente.

- Soy un guerrero, preciosa. Voy a ayudar.

No la dejó contestar. Sabía lo que ella diría. Solo se echó a correr hacia la salida del bunker.

- ¡Kinderknecht! Necesitarás esto.

El escuchar su apellido lo hizo detenerse. Miró sobre su hombro y vió a la madre adoptiva de Katherine con un bolso en sus pies. El guerrero sonrió sombrío al reconocer el paquete.

Sus armas. Él las había dejado en la recepción, cuando fue a ver a Katherine. Evidentemente, ese tipo de "equipaje", era guardado en el bunker, para evitar ataques sorpresa desde adentro.

Con paso felino se acercó al petate y se inclinó abriendo el cierre de éste. Allí lo esperaban sus armas.

Las armas con las que eliminó a cientos de no-vivos.

Ahora servirían, para defenderlos.

¿No era jodidamente irónica la vida?

Abrió y se encontró la navidad de un Venator dentro. El metal brillaba bajo el resplandor blanco del hospital.

No demoró. Tomó dos brettas de calibre 45 con mira infrarroja y se las acomodó en las caderas. A los lados puso tantos cartuchos como cabían en su cinturón de cuero negro. Se puso una pechera y ahí instaló dos sai. En su espalda, deslizó kama. En sus bolsillos metió tantos cuchillos arrojadizos y shiurikens como le cambian. Terminó por tomar en sus manos Remington SR8 y Ak - 47. Dejó los cartuchos sobre sus hombros al ser una larga ristra como cadenas.

Armado hasta los dientes, asintió en agradecimiento a la mujer que evidentemente, pensaba en todo.

- Mi esposo está allá afuera. Tráelo con vida, por favor.

Pidió Brigitte Molyneux, echa un manojo de nervios. Adham era el no-vivo más fuerte que ella conocía. Pero era un hombre de paz.

La idea de perderlo era mas, de lo que podía soportar.

Gael volvió a asentir, antes de echar carrera, en dirección contraria a la multitud.

- Tiempo de jugar.

Pensó, adentrándose a lo desconocido...

† † † † †

Vindex volaba sobre el campo de batalla. Batiendo sus alas y planeando. Ignis estaba frente a ella. Ignis era mucho más rápida. Pero la debilidad de Ignis era el agua. Solo necesitaba tirarla. Que cayera en la nieve y esa sería su perdición. Pasaban cerca de algunos cuerpos mientras hacían su danza en el aire. Ambas gárgolas pensaban en la mejor manera de atacar.

Finalmente Ignis se abalanzó sobre Vindex, poniendo sus patas por delante de su cuerpo. Cuando colisionaron, el eco se escuchó como un trueno en todas las montañas. Las garras de Ignis se clavaron en el pecho de Vindex, haciendo que soltara su alarido. Ignis se alejaba rápido para volver a atacar. Vindex era fuerte y eso no sería suficiente.

Mientras Vindex caía como peso muerto en el aire Ignis aprovecho a lanzarse y terminar de matarla. Parecía una bala en el aire e hizo contacto. Sus garras tomaron los hombros de Vindex y estaban a punto de abrir su pecho cuando Vindex reaccionó. En un movimiento quedó sobre Ignis y sonreía de una manera espeluznante.

Vindex mantenía fijo el cuerpo de Ignis, era mas fuerte y estaban a segundos de la tierra. Ignis luchaba por soltarse y volar. Era demasiado tarde. Cayeron al suelo. Un grito anunció que el ala de Ignis estaba herida. Vindex empredió lucha satisfecha. Miró el cuerpo de Ignis retorcerse. Pronto tenía forma de humana. Caminaba sosteniendo su hombro por la nieve en medio de la pelea.

Vindex no la dejaría viva.

Salió tras ella pero la humana era ágil. Se agachaba y evadía los golpes. Y vindex por querer tomarla, acabó con la vida de un chico.

Yusuke Hida no pudo ver venir ese ataque de espaldas tan rápido. Fue levantado por unas garras y cayó muerto sin ojos, segundos después.

Ignis tenía rabia y alistaba en su mano armas que habían por todos lados entre los cuerpos muertos. Disparaba a Vindex.

En su vuelo y por la bruma Vindex era capaz de evadir las balas.

Por lo mismo también perdió de vista su contrincante.

Pero sabía que estaba débil. Y en forma humana no era una amenaza igual. Todo estaba oscuro. Pero Vindex podía ver.

Pudo ver una mujer, Varvara Dulánszky, correr hacia su protegido. Y no dudó. Emprendió el vuelo y chocó contra su objetivo.

El cuerpo de la mujer voló por los aires hacia atrás y cayó en el lugar donde los Venatores dominaban la batalla. Su muerte fue rápida. No había tiempo para muertes mas elaboradas.

Vindex volvió a centrarse y bajaba a proteger. Nadie tocaría a Lancelot bajo su guardia. Menos la Stulti pelirroja con que él había dado órdenes de enfrentarse solo. Vindex no preguntaba, solo actuaba y su objetivo era proteger sus espaldas.

Pero desobedecería la orden de Lancelot, si su vida estaba en riesgo...

† † † † †

Llevaba más de una hora luchando. ¿O eran ya tres? Había perdido la noción del tiempo, y también la capacidad de perdonar al enemigo.

En un intento por hacerlo más "divertido", Maddie y Arya contaban los Venatores que eliminaban. Pero ya no sabía cuántos iban, ya no los contaba, solo quería que todo acabara.

Las heridas en su cuerpo se iban acumulando. Ya eran tantas que no alcanzaban a regenerarse todas. Y como si fuera poco, tenía un profundo corte en su muslo derecho que no cicatrizaba.

Tenía la atención dividida en dos, controlaba cada movimiento de su gemela y de Jacob, para cerciorarse de que todo fuera bien.

El nuevo oponente de Arya, una pelirroja con pecas, reclamó su atención acertando un potente golpe en el centro del pecho de la no viva. Esbozó una sonrisa. De no ser inmortal, ese golpe le habría costado la vida. Por alguna alocada razón soltó una risotada y le sacó la lengua. Aprovechando la confusión que esto le causo, dió un ágil paso hacia adelante, y en lo que dura un suspiro tenía el corazón de la Venatore en su diestra.

Veloz como una serpiente. Su entrenador estaría orgulloso de haberla visto.

Se había quedado sin oponentes por el momento, tenía un pequeño descanso. Podía tomarse un respiro. Ahí fue cuando lo sintió, justo como si una prensa estuviera oprimiéndole el pecho.

Maddie.

Encontró a su hermana media muerta en la nieve. Su pequeña hermana estaba hecha un ovillo jadeante, retorciéndose de dolor.

- Ma...gia.

Fue lo único que logró escuchar decir de la boca de su hermana, mientras podía notar fácilmente lo que le costaba hacerlo, no podía soportar ver a su igual así.

Svetlana, ella podía ayudar a Maddie.

Buscó frenéticamente con la mirada el causante del dolor de su hermana menor, pero no se le veían heridas, al menos, no superficiales.

Tres Venatores fueron a por las gemelas, pero Arya, ciega en su propio mundo, fue mucho más rápida que ellos. Los que corrían hacia ellas, eran humanos, por lo que una daga en el pecho de cada uno de los hombres, los sacó de juego.

La puntería de la Damnati era letal, nunca fallaba.

Llamó a un grupo de neófitos a gritos y les pidió que cuidaran de Maddie.

Comenzó a buscar a su ex pareja y la encontró, para su sorpresa, acabando con un Damnati neófito.

Uno de los suyos.

¿Qué debía hacer en un momento así? Tal vez su mente le había jugado una mala pasada.

Fue al encuentro de la rubia y en medio de su carrera, una bola de fuego impacto contra el costado de Arya, alejándola de la Stulti y haciéndola gritar de dolor.

Se incorporó en el momento justo para ver como el Venator que la había atacado, besaba a Lana y ésta se dejaba hacer, gustosa.

No, no se había equivocado. Había una traidora en su bando.

Otra vez, habían jugado con su confianza.

Le estaba dando la espalda a su familia, quien la había recibido y la había convertido en lo que ahora era. Una poderosa Stulti.

Podría perdonar cualquier cosa, una infidelidad, una mentira. Pero no una traición, menos para con su familia.

- ¡Svetlana!

No podía creerlo, su ex pareja, las estaba traicionando, a ella, a su madre, a su familia.

Los ojos de Arya se llenaron de lágrimas de rabia, iba a tomarse la libertad de darle la sentencia a Svetlana, una sentencia de la que no había vuelta atrás. La había sentenciado a muerte.

Sonrió con una extraña chispa de diversión en los ojos y corrió hacia ella una vez que el Venator se alejó de la traicionera.

Logro conectar varios golpes, pero recibió muchos.

"El fuego se combate con fuego."

Recordó lo que su madre, Jatziri le había dicho una vez.

"Serás como yo, más rápida, más sangrienta."

Lo había comprobado cuando arrasó con más de una docena de Venatores en menos de lo que se había enojado. Y todo había sido porque la habían herido.

Enviaba pequeñas descargas eléctricas cada vez que sus cuerpos entraban en contacto, pero no eran potentes. No eran suficiente para inmovilizar a su oponente y poder controlar como estaba su hermana.

Svetlana era poderosa, por más que estuviera en medio de la lucha, un hechizo así no dejaría de hacer efecto. Tenía una concentración perfecta.

- Lo tengo.

Susurró desorientando a Svetlana, no lo suficiente como para evitar que ésta la golpeara sin fallar. Pero su idea estaba clara en su cabeza. No podía fallar, era imposible.

Al lograr conectar un puño en la mandíbula de la rubia, envió una potente descarga eléctrica directa a la cabeza de Lana, haciendo que esta quedara inmóvil por completo.

Al oír un jadeo y un débil "gracias" de parte de su hermana, Arya comprendió que así podría acabar con la magia de la rubia.

Tenía que funcionar...

† † † † †

El camino hacia el túnel subterráneo, para Ayelet fue como en una nebulosa. Entre las contracciones, (cada vez mas frecuentes) los gritos, los golpes y la guerra que dejaban atrás, solo podía agradecer que la Cibum de Jatziri, estuviera a su lado. A cada paso dado, parecía que el enemigo se acercaba.

Se sentía débil.

Lámparas caían del techo a su alrededor. Ya no sentía al resto de los pacientes corriendo cerca de ella. Habían tenido que detenerse más de 8 veces, porque sus contracciones le impedían caminar.

Solo su instinto de madre, le impedía rendirse.

¡Pero estaba tan cansada!

Había pasado casi una semana desde la última vez que se había alimentado. Con el sepelio de la hermana de la hija del Diablo y luego su partida, Ayelet no había ingerido una gota de sangre.

Y su orgullo le había hecho rechazar la sangre de Sebastien.

Si algo le pasaba a su hijo, era solo culpa de ella.

El pánico la atravesó. ¡No quería morir! ¡Quería salvar a su hijo! ¡Quería ver a Sebastien, aunque fuera una vez más! Intentó dar un paso mas y sintió un fuerte mareo, consecuencia del dolor. Un mareo a tal punto, que todo se fue oscureciendo.

Su cuerpo se negó a cooperar.

Lo último que escuchó, fueron los gritos de Karoline.

Lo último que vió, fue una bestia acercándose...

† † † † †

Arya extrajo una de sus dagas del cinturón y realizó una incisión de unos 3 centímetros en el níveo cuello de Svetlana y le sonrió con malicia.

- No mereces llevar la sangre Burkhalter.

Sentenció la pelinegra antes de morderla y extraer solo la sangre pura de su señora.

Solo la retuvo así unos minutos, encargándose de quitarle cada gota de la sangre de su madre.

"La sangre llama a la sangre."

Y la sangre de su señora sí que la llamaba desde el día en que Jatziri mezcló su sangre con la joven Damnati.

Se apartó de Lana, dejándola débil y sin poder alguno.

- No te hagas ilusiones, no será tan rápido.

Siseó entre dientes mientras mantenía sujeta a la rubia por los hombros. De un certero pisotón quebró la rodilla de la traidora y su sádica sonrisa se ensanchó al oír el grito de dolor de la rubia.

Si, iba a jugar con ella. Justo como ella jugo con su corazón y confianza.

Stevlana sabía que aquello había sido una mala idea.

Había conocido aquel Venator y las chispas habían aparecido al instante.

Envidia. Había sentido tanta envidia de la loca de Katherine, que tenía a sus pies un Venator, que creyó que ella merecía lo mismo.

Quiso contarle a Jatziri desde el primer momento. Pero entonces se había encontrado con dos exiliados de Burkhalter y ellos le habían envenenado.

El hombre sin corazón y su mujer deforme, le dijeron que si hablaba de su romance, Jatziri la mataría.

La convencieron de traicionarla.

Y ahora sentía que todo el poder de Jatziri la iba abandonando.

- ¿Engañarme con un Venator? Nena... No pensé que caerías tan bajo.

Tomándola por las solapas de la chaqueta, Arya la acercó a sí misma para besarle los labios sin delicadeza alguna. Cuando se apartó, Svetlana ya no tenía labio inferior. Éste yacía en la nieve, en el espacio que separaba el cuerpo de ambas mujeres.

- Ya no eres tan bonita.

La pérdida de sangre la ponía cada vez más pálida, para el agrado de Arya.

Sujetó el rubio cabello de la contraria y tomándola por el cuello haló con fuerza, quedándose con gran parte del cabello de Lana en su mano.

"Perra."

Las uñas de Arya se clavaron en el cuello de Svetlana cuando la Damnati comenzó a hacer presión.

"Dijo que me amaba."

Las lágrimas de Arya bajaron por su rostro, tiñéndole las mejillas. Estaba llorando sangre.

"Íbamos a casarnos."

Las manos de Arya comenzaron a temblar por la rabia contenida. Las llevo a las sienes de la rubia y colocó sus pulgares sobre los parpados de su contrincante.

"Pensar que me sentí mal por ti, por escoger a mi familia."

- ¡ZORRA!

El grito de la pelinegra, atrajo la mirada de todos los allí presentes.

No supo cuanta fuerza tuvo que hacer, no supo cuánto tardó.

Solo cerró los ojos y presionó. Sus dedos hicieron trizas el cráneo de Svetlana, a quien había amado tanto.

Cuando abrió los ojos y vió el cuerpo irreconocible de ella, se quedó de piedra, en shock. Su mente la llevó a un recuerdo feliz. Algo que la sostuviera de romperse.

"Estaba en el coche, llegando al aeropuerto con su demonio. Su agarre cuando entraron al aparcamiento del aeropuerto se tornó de hierro. Era casi doloroso. Tuvo que insistir para que le soltara y dejara que se bajara. Bajó su maleta y tomó en brazos a su hija. No lo miró. En ese momento no podía.

Cuando comenzó a caminar hacia el edificio, un rugido hizo temblar sus huesos y reír a su hija. Si, ese era su padre enfadado.

Aceleró el paso antes de que él le cogiera en el aparcamiento y no la dejara partir. En lo que dura un suspiro lo tuvo frente a ella. Sus ojos ya no estaban rojos, estaban negros, parecían pozos de infinita profundidad.

Haló su cabello hacia atrás y la besó como lo había hecho en la ducha, en la cama y en la cocina, la noche anterior. Se tragó más de un gruñido y podía seguir así. Escuchó una suave risa y cuando se apartó de Gareth, vio a Maddie entrando al edificio.

Miró a su demonio y entró detrás de su hermana, a quien saludó y le paso a Constanza, su hija.

Volteó a verlo una vez mas y memorizó cada uno de sus gestos, su forma de moverse. Otra vez estaba dejándolo. Se obligó a sonreírle y alcanzó a articular un "Te extrañare" antes de que su hermana le arrastrara hacia el control de los pasajes."

Ella no sabía cuánto tiempo habría estado así, mas algo la sobresaltó, logrando que saliera de su trance. Maddie su hermana le había tocado el hombro a su vez llamándola.

- ¡Arya!

Por lo que se pudo observar, aun nada había terminado. Svetlana estaba muerta, más Alexander; el Venator que había estado con ella minutos previos a su muerte, se encontraba corriendo hacia las gemelas.

El odio y rencor se podía notar en su mirada. Él quería vengar a Svetlana. Arya ya no tenía más ideas.

- Maddie ¿Tienes alguna idea esta vez?

Madeleine solo se limitó a asentir con la cabeza sonriendo. Tenía una idea fija, mas era un tanto sencilla. Ellas juntas con sus poderes sincronizados, podían hacer muchas cosas, solo se necesitaba saber cómo hacerlo.

Ella dió unos pasos alejándose de su hermana. Solo le tomó unos segundos concentrarse. Maddie fácilmente podía obtener agua de la nieve. Solo debía hacerle cambiar de estado. Y lo hizo, obteniendo una buena cantidad de agua.

Pensó rápidamente. Un poco de niebla nublaría la vista del Venator. Eso le daría unos segundos más para poder atacar junto con Arya.

Haciendo esto logro producir una pequeña niebla que solo se encontraba alrededor de los tres.

- Arya hagamos lo mismo que en el entrenamiento, yo lo detengo y tú lo atacas.

Ambas se distanciaron tomando distintas posiciones. El Venator casi estaba sobre Arya, pero ella utilizando su daga comenzó a atacarlo evitando que el lo hiciera. En cuanto lo vió, Maddie actuó rápidamente, utilizando el agua a su favor.

Comgeló parte de esta a los pies de Alexander, dejándolo casi inmóvil para luego envolverlo en una especie de burbuja de agua.

- Arya, ¡Ahora!

Sin dudarlo, la mayor de las Elyrion hizo contacto tanto con el agua como con el Venator, comenzando a electrocutarlo, potenciándose más con el líquido. Aunque eso no sería suficiente.

Ella debía atacar directo a sus ojos.

Su oponente no podía moverse. La electricidad que recorría su cuerpo no se lo permitía más este seguía tratando de luchar.

- ¡Maddie, es hora de acabar con el!

Gritó Arya, finalizando el contacto con el Venator. Maddie asintió con la cabeza y lo liberó de la prisión de agua. Ella ya estaba lista. Sin pensarlo dos veces, Madeleine no dejó tiempo a que su oponente atacara, y manipulando su elemento, hizo que este se congelara usándolo así para formar largos picos desde el suelo clavándolos en la espalda de él.

Era el turno de su hermana mayor y ella lo sabía. Usando sus uñas, que ahora eran similares a garras por su tamaño; hirió más al Venator y sin remordimientos, ni pensárselo dos veces; le quito ambos ojos a sangre fría, terminando con él en segundos.

Su madre estaría orgullosa...

† † † † †

Adham Wayne escuchó la alarma del hospital. Vidrios se quebraban. Una gárgola pasó volando a su lado en la ventana. El corrió rápidamente. Ayudaba a los que podía a encaminarse en el plan de evacuación hacia el bunker mientras bajaba para salir del hospital.

A medida corría se quitó la gabacha. Pudo preguntar por Brigitte a una enfermera. Y cuando escuchó que ella ya estaba en el bunker con sus hijos, fue todo lo que necesitó saber.

En el tercer piso se encontró con el primer lobo. ¿Que clase de bestia era aquella? Ahí era un piso quirúrgico, habían pacientes. No iba a permitir que nada les pasara. Se lanzó al animal y ambos se estamparon contra una pared. Los huesos del lobo se rompieron y soltó un alarido. Con un movimiento sujeto la mandíbula del lobo y su cuello. Lo movió 180 grados hasta que el hueso de la columna sonó y el lobo cayó muerto.

Le enfermaba usar su conocimiento de la medicina para matar.

Pero nada lastimaría los suyos.

- ¿Adham?

La voz le hizo pararse y dejar el cuerpo atrás.

Gael armado lo vió. Venia del bunker.

- ¡Vamos. Los lobos están por allá!

Ante la señal del humano los dos trotaron al lugar. Ahí llovían disparos desde el balcón del cuarto piso. Pero le apuntaban a los lobos. Era una manada completa. Lobos mutantes tenían algunos cuerpos sin vida a sus pies. Los miraron con odio y Gael no dudó.

Una lluvia de balas llenó sus oídos e hizo retroceder a los lobos. Dos quedaron muertos con balazos en la cabeza. Un charco de sangre estaba a sus pies. Los lobos se dirigían al bunker. Los balazos pararon y ellos corrieron.

Adham miró hacia arriba mientras corría. El que les disparaba antes era Noa. Tenía una 9 milímetros negra que temblaba en sus manos llenas de sangre. Aquel muchacho jamás había matado hasta donde él sabía.

Pero había contenido a la manada de entrar a la sala de recuperación todo ese tiempo. Se lo debía de por vida.

Gael gritó algo y Adham volvió a concentrase. Era la puerta del bunker y esos lobos intentaban tirarla. Estos eran más grandes. Había uno blanco.

Addu gruñía la orden. Tenían que encontrarla. La podían sentir. Estaba detrás de esa puerta. Sus tres lobos estaban delante de él intentando con sus garras y poderes tumbar la puerta. Pero aquella pieza de metal era impenetrable. Nada parecía surtir efecto. ¿Acaso estaba hecha de platino o algo así?

Las balas eran molestas. Pero a un lobo poderoso como él y sus principales aliados no les haría mas que sangrar. Mandó un lobo a atacar al de las armas mientras el arremetió contra la puerta. Podía sentirla tan claramente tras esa puerta que ya se relamía de éxito.

Cuando Gael fue atacado por un lobo gris pegó contra una pared con él. El lobo buscaba morderlo, mientras el sostenía la gran cabeza en sus manos y apartaba su horrible hocico de su cuerpo. Iba a proteger a Katherine. No iban a pasar por esa puerta. Ya había pasado un buen rato desde que la alarma se inició.

Malditos fueran esos perros y la razón por la que habían aparecido allí justamente hoy. Gael lanzó puños y logró clavar un cuchillo en el costado del lobo que lo hizo tambalearse. Entonces giró en un segundo. Lo tuvo contra la pared y con odio, estrelló tan fuerte su cuerpo que rompió la pared de vidrio. El lobo cayó al vacío y Gael se tambaleó en el borde del edificio, con la mitad de sus zapatos en el aire.

Sus brazos se movieron en círculos y su peso cambió a sus talones. Se balanceó y cuando pudo dió un paso atrás. Soltó el aire cuando estuvo seguro. Pasó una mano por su cabello, limpiando de paso el sudor frio que lo cubrió. No iba a dejar a su familia.

Adham vió con horror como Gael casi cae. Pero no pudo ayudarle al tener un lobo blanco gigante encima. Luchaba bajo de él y cuando vio a Gael recuperarse se concentró en el lobo. Se aferró al cuello de este y lo apretó mientras movía bajo su cuerpo hasta liberar sus piernas.

- ¿Qué demonios buscan? ¡Este es un hospital!

El lobo soltó lo que parecía una risa y una garra suya pasó por su pecho. Adham gruñó y pateó la mandíbula del lobo haciendo que este retrocediera. Se paró y los ojos negros del lobo se encontraron con los suyos celestes. Adham corrió al lobo y ambos pesos volaron por los aires a la salida del hospital. Rodaron por las gradas hasta terminar un piso mas abajo. La fuerza de aquel lobo hacía menguar hasta la voluntad de Adham. Peleaba con todas sus fuerzas, pero aquella cosa era tan fuerte como nada a lo que Adham se hubiera enfrentado jamás.

Entonces los cimientos temblaron, pareciendo que el edificio se había partido por la mitad. Adham, a pesar de sus heridas; sonrió. Sabía quién era la persona responsable de aquel movimiento.

Miró hacia arriba de su cabeza y allí estaba.

Con una rodilla en el suelo, y su puño a pocos centímetros de éste, Dhestiny Wayne había hecho solo una advertencia. Sus ojos celestes apuntaban directamente al lobo blanco. Adham habría jurado, que ella podía verlo. Su ceño estaba totalmente fruncido. Su hermana estaba molesta.

Se puso en pie y levantó los brazos. Los pedazos de concreto se elevaron, rodeandola. Su cabello castaño volaba haciéndola ver como un genuino demonio.

Las balas de concreto obligaron a Addu a soltar al no-vivo para protegerse.

Caeci y Fortis aparecieron. Fortis tomó con sus garras por el lomo al lobo, lanzándole por una ventana y Caeci fue a pelear con Gael. Al parecer el blanco era su líder, porque ante su falta, los demás se desplegaron. Caeci traía otro en sus garras y Fortis traía dos. Gael corría con él a la salida del edificio.

Las gárgolas soltaron sus lobos y se plantaron en frente. Un gruñido que hizo temblar el hospital fue soltado por estas y los lobos retrocedieron mostrando sus dientes. El Eternal jamás había recibido un ataque. Y estos lo pagarían. Gael disparaba y Adham le pegaba a un lobo con furia. Los demás se retiraban. Ambos intentaron sacar algo de aquellos seres. Pero estos murieron antes de soltar palabra.

Gael respiraba con dificultad por el esfuerzo de pelear con esos sacos de músculos. Solo esperaba que la pelea en el polo estuviera corriendo con la misma suerte. Sabía que Katherine no soportaría perder su madre, la destruiría. Pero, ¿cuánto había pasado ya y aun nada de noticias?

La incertidumbre era peor que la ignorancia...

† † † † †

No se dió cuenta de quién la llevó a un cuarto preparado, ni de quién cambió su ropa. Tampoco de quién la revisaba. Estaba demasiado concentrada en respirar, intentando dejar fuera de su mente, cualquier otra cosa que no fuera su hijo.

Concentrada en vivir, desde la inconsciencia.

Sintió líquido en sus labios. Quería abrir los ojos, pero no podía. Sus párpados pesaban toneladas. Pero aquello en su boca, sabía taaan bueno.

-Está regresando, doctora.

Escuchó una voz a la distancia, pero no importaba. Solo importaba que aquel líquido, no parara de fluir en su garganta. Regresaba a la vida.

Ella conocía aquel sabor. Era único. Salado y dulce a la vez. Con una pizca de azufre, que le volvía adictivo. Era sangre, sí. Eso ella lo sabía.

La sangre de Sebastien.

Abrió los ojos de golpe, esperando verlo. Pero en su boca no estaba la vena del hombre que amaba. Era una bolsa de sangre, sostenida por una enfermera. El recuerdo de los pasados días, cayó de golpe sobre ella. Desde el sepelio, Sebastien, el ataque, su hijo.

Por instinto, llevó sus manos a su vientre. Se llenó de terror, al sentirlo plano.

A la altura de su pelvis, había un vendaje. ¿Que había pasado?

El terror cayó como balde de agua fría sobre su piel.

Quiso sentarse, gritar, exigir explicaciones. Pero una punzada de dolor le atravesó el vientre, dejándola en su lugar. Sus ojos se llenaron de lágrimas, temiendo lo peor. Cuando pudo enfocarse, alcanzó a reconocer a Brigitte.

- Mi... bebé.

Carraspeó intentando encontrar su propia voz. El semblante de Brigitte era de preocupación total. Revisó sus signos vitales sin hablar, luego sus pupilas. Al saberla estable, suspiró como si llevara años sin respirar.

- Pensé que te había perdido a ti también.

Ayelet sabía lo que aquello significaba. Su hijo había muerto. Ella no lo había sabido proteger. Se aferró a las sábanas, queriendo levantarse. Comenzó a gritar de forma desgarradora.

Su hijo. Había perdido al hijo de Sebastien. Lo único que quedaba de él. Sabía que era demasiado pronto cuando rompió aguas. Todo era su culpa.

Brigitte la sostuvo por los hombros, obligándola a mirarla.

- Todo está bien, Ayelet. ¡Calmate! ¡No me hagas sedarte, por Dios! ¡Tus hijos te necesitan!

Aquellas palabras fueron más efectivas que una inyección directa de morfina, al cuerpo de la Damnati. Se quedó tan quieta, que parecía muerta. Pero con miles de preguntas en sus ojos semi púrpuras. Brigitte intentó sonreír, aunque había visto tanta muerte en las pasadas horas, que no pudo.

Aún no sabía nada de Adham.

- Clínicamente, estuviste muerta por 45 minutos, Ayelet. Cuando Frigus te trajo en brazos, acababas de sufrir un ataque cardiaco. Intentamos revivirte con CPR, porque el electroshock exponía al bebé, pero no reaccionaste. Tuve que hacerte una cesárea.

¿Había... muerto? Las palabras de la doctora se perdían en la cabeza de Ayelet, mientras ella intentaba entenderla. Solo quería ver a su bebé.

Momento.

¿Bebés?

Peinó la habitación con la mirada. No había nada. Pero sus hijos estaban bien.

Y ella tan jodidamente cansada.

- ¿Mis... hijos?

Logró tartamudear. Brigitte le sonrió esta vez.

- Están en una incubadora. Una niña y un niño. Por lo visto la hembrita estaba escondida tras su hermano. Están bien, Ayelet. Solo nacieron algo prematuros pero es normal con las circunstancias. En todo caso, le hicimos una transfusión con la sangre que Lancelot nos envió, tan pronto nacieron. Ahora descansa. Fue un largo camino desde el paraíso hasta aquí, ida y vuelta. Pronto los conocerás.

Ayelet suspiró, cerrando los ojos. Había muerto. Irónico que una Damnati que apenas hacía unos meses, había vuelto a sentir su corazón latir, hubiera tenido un ataque cardiaco. Obviamente, la ausencia de sangre, le había dado un revés a su cuerpo.

Y una vez mas, indirectamente; Sebastien la había salvado.

Se dejó ir por el cansancio, soñando con el rostro de sus hijos...

† † † † †

Lancelot estaba débil. La hija del Diablo no le daba tregua. Milagrosamente había logrado mover la cabeza, haciendo que Burkhalter enterrara sus garras en la nieve. La distracción le dió el tiempo justo para golpearla en el estómago, y safarse de su agarre.

Pero se estaba cansando.

"Había mandado un Venator, por algo en específico. Y una vez estuvo todo, abrió su vena y llenó varias pintas, con anticoagulante especial para sangre de no-vivos, de su sangre. Sabía que Jatziri ya estaba en el polo y aún tenía la esperanza de que ella se quedara.

Junto con el cheque, la ropa que compró para su hijo o hija. No sabía nada de bebés. Pero por eso esperaba los diferentes tamaños le sirvieran para unos meses. Eran de todos los colores sin dibujos, eso no le gustaba. No lo quería en su hijo.

Y no podía evitar la sensación de un ataque de pánico cuando miraba que uno de esos conjuntos cambia en su mano. Sentía que ahí le arrancaban en corazón. Pero empacó todo, dinero suficiente para ella y su hijo por varías décadas, o siglos.

Y una nota:

Me importas. Me importa mi hijo. Son parte de mi y sin importar lo que me pase, lo que creas o lo que sientas, yo los amaré así sea desde el infierno. Quiero que veas por ti misma que mi sangre pudo haber servido igual. Que no hubiera sido tan inútil de estar cerca. Al menos así nuestro hijo tendrá algo de ambos en él. ¿Quieres saber que era lo de las fotos? Aquella Venator se pasó pegada a mi aquel día. Se me hizo bastante extraño pero no le di un beso. Ni siquiera he bebido desde que te fuiste. Espero uses los regalos. Y que eso ayude a que ambos esten bien. Es lo único que me importa por sobre esta guerra. Te amo. Sebastien Leon.

Mandó todo al hospital con su Venator y alistó sus propias cosas. Cuando su Venator volvió, era hora de partir.

Los aviones salieron y pasaron encima del hospital. Solo esperaba que estuviera bien su familia. Que se quedara y viviera feliz."

Luchaba como un titán. El peso de su odio y el deseo de conocer a su hijo, eran las mejores inyecciones de adrenalina que él podía necesitar.

No importaba que estuviera débil.

No importaba la sangre que había perdido.

No importaba que llevaba demasiado sin alimentarse.

Él no moriría. No allí.

Jatziri no le daba respiro a su enemigo. Tenía tanta prisa por terminar con aquella pesadilla, que lo atacaba sin descanso.

Su demonio seguía devorando todo Venator vivo o no-vivo que intentaba llegar a su protegida.

Cada vez concentrarse era mas duro.

Los gritos de los no-vivos en el hospital; sus hijos, estallaban en su cabeza.

Katherine tenía un ataque de histeria.

Scarlett lloraba sin control. Moría de miedo y gritaba por ella.

Fortis luchaba como un titán.

Ayelet caía al suelo. No la sentía.

Ya no la sentía.

El alma de la madre de los no-vivos, se estremeció.

Sus hijas no podían morir. Ellas no. ¡Ellas no!

"- Mamá, por favor. No hagas esto.

Katherine la miraba desde su cama, donde se veía aun mas frágil. Jatziri suspiró, mirando a su hija. La contemplaba, bebía su imagen.

La memorizaba.

Hubiera dado todo por verla feliz, saltando y llenando a todos de esa alegría y vida que siempre demostraba. Sin embargo; tenía que verla así; postrada.

-Hay que terminar esto de una vez, mi niña. Necesito saber que mas nadie se arriesgará, por el odio de Lancelot.

Su voz se ahogaba y tuvo que respirar hondo. Sus manos temblaban. Su corazón se rompía.

- Si te pierdo a ti también...

Susurró Katherine con la voz quebrada. Bajó la cabeza a su regazo y negó con fuerza, como si quisiera ahuyentar los demonios en su cabeza. Jatziri fue a ella y la abrazó con cuidado. Ella, en su fuero interno; tenía el mismo temor.

- Seguiréis siendo la misma mujer fuerte que sois. Cuidaréis a vuestros hijos. Seréis feliz. Eso quiero si algo me pasa.

Las lágrimas corrían libres por las mejillas de su hija y por un segundo, solo uno; la hija del diablo quiso dejarlo todo atrás.

Pero sabía que si no se debatía a duelo con Lancelot, quizás en unas semanas; estaría enterrando mas muertos. No. No podía permitirlo.

- Te amo mamá. Por favor, no me dejes. No me dejes.

Susurró su hija entre lágrimas. Ambas lloraron hasta cansarse. Hasta que Katherine se quedó dormida.

Jatziri la acomodó en su cama. Volvió a memorizar su imagen, ahora en descanso.

Recordó su nacimiento, recordó cuánto sufrió por siglos, creyéndola muerta. Y como desde su encuentro, jamás se separaron.

Hasta ahora.

- Os amo, carne de mi carne.

Dijo besando su frente y salió de su habitación en silencio. En unas horas, Fortis la llevaría al Eternal, junto a los demás.

Recorrió hasta el último rincón de su mansión. Reflexionaba sobre su vida. Seiscientos años. Millones de victorias. Millones de historias, observadas por aquellas paredes. Cientos de aliados, de enemigos, de hermanos, de amantes.

Llegó a la habitación de Scarlett, ahora vacía. Ella ya había partido al Eternal. Se despidió poco tiempo de su niña. No quería afectarla. Pero su corazón lloraba por la idea de dejarla sola. Sin padre. Irónicamente, Lancelot también lo había asesinado. Pero aquella muerte no le dolía. El padre de su hija había sido un traidor bastardo y merecía morir.

Quizás ella también lo merecía.

La hija del diablo se había ganado a pulso, ese sobrenombre. Y por tonto pareciera, estaba cansada.

Muy cansada."

El aire le faltó en sus pulmones. Había fallado. Le había fallado a Katherine. Le había fallado a Ayelet.

Muerta. Ayelet tenía que estar muerta.

El Polo dejó de ser blanco. A su vista, todo era negro.

"Mamá, no me dejes."

"Olvida esta venganza, Jatziri. Nada te devolverá a Anabell."

"Te debo la vida. Si pudiera escoger, habría nacido de ti, Jatziri. "

"¡Katherine está embarazada! ¿Vas a dejarla?"

"¿Por que peleas, mami? ¡No quiero que te vayas!"

"Cásate conmigo, amada. Te amo."

"Te amo, mamá"

"Te amo, mami."

"Te amo, Jatziri."

"Te amo"

"Te amo"

"Te amo"

"Te amo"

Sus voces. Las voces de sus seres amados se repetían una y otra vez. Podía casi verlos, tocarlos. Negaba con sus manos firmes en su estómago. Sus hijas, sus amigos. ¿Que les había pasado?

Sentía el peso del cuerpo de su demonio intentando cubrirla como un escudo.

También escuchó los gritos de Paul y de Arya.

Pero no reaccionaba.

Ayelet. Ayelet había muerto. Probablemente su cría también.

Algo cambio en un segundo. La vista de Jatziri era distante. Como si no estuviera. Lancelot sin creerlo posible, redobló su ataque. Ella seguía esquivando. La hizo retroceder apenas un poco. No reaccionaba suficientemente rápido y sintió que ella le soltaba de su poder.

Lanzaba todo su peso, sus sombras sobre ella. Intentando abrumarla a fuerza. Las gárgolas cada vez volaban más cerca de ellos. Agitadas. Preocupados por sus protegidos. Ella no lograría doblegarlo. Lancelot haría lo imposible por ganar.

El esfuerzo le hacía gruñir. Su resistencia cada vez iba en descenso. Mostraba los colmillos y intentaba encontrar que pasaba en los ojos purpura frente a él. Algo que le ayudara a ganar. Ya ella solo se defendía. No lanzaba golpes.

Sin embargo nada los haría desistir. Gritó con furia y se lanzó a ella.

A sus ojos, con su mano desnuda.

Sabía que se le terminaba el tiempo.

Su resistencia estaba por terminar. Y en un movimiento ella se enfocó en él. Había tanto dolor en esa mirada, tanto cansancio, tanta pérdida.

Ella tomo su puño, lo dobló y estaba a punto de lanzar su otra mano a cara del Venator.

Él fue más rápido. Esquivó el golpe que ahora era más lento y se situó a su espalda. Sostuvo sus brazos con el suyo formando una jaula. Y con su otra mano dió el golpe final.

Extirpó los ojos con sus manos.

Fue una centésima de segundo.

Tan rápido que no estaba seguro de haberlo hecho.

La bestia se lanzó contra él pero desapareció antes. Ignis voló hasta pegar contra su cuerpo lanzándolo metros atrás. Cubrió el cuerpo de su señora.

Su propia gárgola voló y se plantó frente a él. El silencio reino en las montañas.

- Murieron…

Fue apenas audible de los labios de Jatziri Burkhalter y entonces se dejó ir en los brazos de su gárgola. La sangre que terminaba fluir de sus parpados parecían lágrimas. Su cuerpo se mantenía intacto mientras la gárgola sin creerlo y con una ala herida la depositaba en la nieve.

El suelo se tiño de rojo por su cabello.

Los gritos que se escucharon fueron desgarradores. Un sufrimiento peor al de la muerte.

Lancelot estaba quieto aún sin moverse. Algo lo sujetó mientras la gárgola emprendía vuelo y entonces lo sintió. Entendió.

Sintió tres vidas. Dos con sentimientos difusos y una luchando por la vida, las tres presencias con miedo. Pudo identificar la de Ayelet. Su familia. Los gritos de guerra se reanudaban debajo de ellos y el gritó.

- ¡Al Eternal Phoenix!

Estaban en peligro y él aquí ya no tenía más que hacer. Había cumplido con su misión.

Los Venatores fueron desapareciendo una vez su líder salió corriendo, como si se le fuera la vida. Los no-vivos sobrevivientes, corrieron al cuerpo de la matriarca de la raza.

Ignis miraba a su protegida como si con eso pudiera devolverle la vida. Sus alas rodearon el cuerpo de Jatziri, mientras dejaba salir un gemido/gruñido de dolor.

Paul le siguió. Tomando el cuerpo de Jatziri en sus brazos. El cuerpo no se pudría, pero a el no le importaba. Su señora parecía una virgen. Una estatua.

Muerta. No lo podía creer.

Y así fueron llegando todos. Los gritos y el llanto no se hicieron esperar. Sobretodo, la incredulidad y el miedo.

Con la muerte de Jatziri Burkhalter, los no-vivos quedaban a la deriva.

A merced del caos y el desorden.

Jamás se recuperarían, de lo ocurrido aquella mañana de junio...

† † F I N † †