Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama
Capítulo I - Palabras
Las palabras se alzan en lo alto. Sobre todo. Sobre todos. Nadie puede negarlas. Nadie puede ignorarlas.
"El trabajo libera" Repite como un mantra, en un intento desesperado de convertir en algo corpóreo aquel inútil pensamiento.
Quiere creer que es verdad. Quiere creer que aquellos hombres, que trabajan de sol a sol, algún día despertaran sin miedo y sin muerte.
Quiere creer, realmente quiere creer.
Pero esa presión incesante en su brazo izquierdo logra cortar las alas que su esperanza infantil ha creado, devolviéndola sin pena ni gloria a la triste realidad. Su realidad.
Un vistazo a su alrededor basta para leer su destino. Los cuerpos moribundos que se desploman segundo a segundo le dicen todo lo que necesita saber. Trabajo o muerte, no hay libertad. La libertad es solo una palabra, tan inútil y etérea como todas las demás.
-¿No dirás nada?- Pregunta Ymir despertándola de su ensoñación. Han pasado tan solo minutos, pero el recuerdo de un viejo camión de carga empapado con la sangre de un anciano judío resulta tan borroso como una alucinación.
Gira su rostro torpemente, paseando su temerosa mirada azul a través de la grava, el lodo y la piedra; a través de la sobria arboleda que flanquea su camino; a través de la docena de edificios grandes y ruinosos que saturan su olfato con el cruel aroma del humo y la carne quemada.
No desea pensar. Baja la mirada, contando las monstruosas grietas sobre el suelo de concreto con la esperanza de hacer amena su marcha o, cuanto menos, de impedirle observar directamente los ojos marrones que la observan cada cierto tiempo.
No habla, no puede hacerlo. No recuerda el sonido de su propia voz. No recuerda palabra alguna. Abre la boca, pero de sus labios solo escapan sollozos secos y jadeos torpes. Hace tanto esfuerzo que su garganta comienza a arder. Sabe perfectamente que esos sonidos, angustiosos y miserables, hacen a su captor sonreír con picardía.
-¿Qué ocurre?- Pregunta su acompañante de pronto, con un marcado y desvergonzado tono burlón -¿Te comieron la lengua, conejita?
Camina deprisa, tanto que le es imposible seguir su paso; su agarre es fuerte, tanto que cualquier clase de resistencia resultará inútil; es inmisericorde, tanto que las marcas de sus dedos quedarán grabadas en su piel. La diosa tropieza, pero la marcha no da señales de disminuir, creando un espectáculo de ridículo sadismo en donde ella, Christa, es la estrella principal.
-No te preocupes, chica- Susurra Ymir halando su brazo, haciéndola recuperar el desconsiderado ritmo de la marcha - No es necesario que hables, al menos hasta que diga lo contrario.
Su voz es más poderosa de lo que recuerda, tanto que su susurro resulta perfectamente audible entre los cientos de murmullos, oraciones y gritos que llenan su alrededor. Pese a todo, pese a que esa misteriosa voz la atrae como si fuese un imán, su mirada no abandona el suelo. Las grandes grietas, con las que los presos tropiezan a menudo, desaparecen gradualmente, dando lugar a un sendero firme, limpio y uniforme. Caminar se ha vuelto increíblemente fácil, tanto que se pregunta si aquel maltrecho suelo estaba reservado a los judíos, como un método de tortura elegante y sutil.
-Deberás comportarte a partir de ahora- Sus brazos se entrelazan, y el punzante dolor de un movimiento repentino recorre el cuerpo de Christa de principio a fin –Ningún preso puede acercarse a este lugar.
¿Ninguno? Impulsada por la curiosidad que despierta una puerta abierta, la diosa alza la vista, con cuidado de no toparse con la maliciosa mirada de quien ahora parece más un guía que un captor.
Sus ojos, acostumbrados al negro y al gris, se deslumbran ante el brillo de un edificio blanco, diferente, repleto de grandes ventanales relucientes que lo hacen inconfundible en un predio rodeado de espacios miserables; una amplia plaza lo precede, donde soldados de bajo rango marchan elegantemente de un lado a otro, precedidos por hombres de uniformes marrones, negros y grises que avanzan hasta el umbral.
-¡Heil!- Gritan los soldados a su alrededor, flanqueando su paso, alzando su brazo solemne al ritmo de su voz.
-¡Heil Hitler!- Responde su guía, acercándola a su cuerpo, guiándola a través de multitudes que le abren paso velozmente y sin dudar. Renz baja la mirada mientras los saludos llegan uno tras otro, algunos con respeto y otros con temor; ¿Que tanta influencia poseerá aquel hombre (Si es que hombre es) a quien juzgó erróneamente como un cabo presuntuoso? Es importante, quizá más importante de lo que puede imaginar.
-¡Sargento!
Tiembla. No puede controlar los temblores repentinos que invaden su humanidad. Sargento. Es el sargento del campo de concentración. Los murmullos de los soldados que resguardaban el viejo camión de carga que vio su llegada regresan a su memoria de golpe.
-El sargento te hará pedazos si te le acercas, sabes que siempre se guarda las mejores para él.
Ymir es ese sargento, y ahora está a su merced.
-Entra.
¿Cuándo fue que se detuvieron? Mira a su alrededor, pero solo encuentra paredes de concreto que comienzan a despintarse; el solitario pasillo se extiende a sus espaldas mientras el murmullo de los soldados llegan como ecos y vibraciones sofocadas. La puerta de roble le espera, la luz titilante sobre su cabeza da un aspecto tétrico a un edificio lleno de sangre y luz. El giro del pomo le pone la piel de gallina, el crujir de la madera la motiva a intentar huir.
-¿Me estas escuchando?
¿Es ella la misma persona que planificó una fuga masiva minutos atrás? ¿Acaso está siendo egoísta?
Apenas cruza el umbral, y antes de secar los restos de sudor que humedecen su frente, sucede lo que tanto ha temido: la puerta se cierra con fuerza y su cuerpo es atrapado entre la espada y la pared; entre la puerta y el cuerpo de Ymir.
-Eres realmente hermosa, ¿Lo sabes?
Siente un par de manos en sus costados, recorriendo desde sus hombros hasta los pliegues de su falda. La analiza. La prueba. En su mente aparecen los rostros de aquellos hombres en las calles de Alemania, recuerda el tacto torpe de sus manos, recuerda el dolor en su labio, en su rostro…
Algo en el ambiente detona un recuerdo, una de las tantas tardes en las que la familia Braus volvía de su cacería habitual. Christa solía esperar a su amiga Sasha en la calle principal, con una sonrisa en el rostro y una patata en su mano. Pero esa tarde fue distinta al resto. En esa ocasión, los Braus atraparon algunos conejos, sucios y maltrechos, los cuales padre e hija cargaban sin cuidado sobre los hombros.
Apenas los vio, Christa se echó a llorar.
Uno de los conejos, el más pequeño según recuerda, se debatía de lado a lado, sangrando y luchando, hasta que sus fuerzas no le permitieron seguir con vida. Sasha necesitó tiempo para consolarla, y a Christa le tomó tiempo ver a su amiga a los ojos nuevamente.
Comienza a temblar preguntándose, conforme lucha por tomar aire, si así se sintió ese pequeño conejo moribundo en manos de Sasha, el solo pensarlo detiene su respiración y hiela su sangre.
-Mírame…- Susurra Ymir. Ella tiembla, sus piernas se debilitan y comienzan a ceder.
–Mírame- Repite con firmeza. Christa lo intenta, realmente lo intenta, pero un nudo en la garganta le ahoga y sus músculos no logran reaccionar.
-¡Mírame!- Su rostro es tomado con fuerza, sus orbes azules, húmedos y brillantes, se encuentran con los marrones que tanto teme, los cuales la observan molestos y airados. Siente su aliento, siente su cuerpo.
Como lo hicieran anteriormente, las manos de Ymir recorren su rostro, sus ojos, sus labios.
Cierra los ojos con fuerza, sumergiéndose en la seguridad que sus parpados le proporcionan. Se cierra y, por primera vez en mucho tiempo, logra vagar libremente en sus años felices. Recuerda a Sasha, recuerda a sus amigos y recuerda su hogar.
Grave error.
De pronto, sin advertencia alguna, un dolor en su labio inferior la trae, nuevamente y con más fuerza, a su realidad.
"No" Un grito se ahoga en su garganta "Por favor, no"
Ymir ha atrapado su labio inferior entre sus dientes. Con fuerza. Con furia. Causando que la herida en su labio se abra y que el crudo sabor del metal llene su paladar; siente nauseas cuando un extraño líquido desciende por su barbilla, pasando por su cuello hasta perderse en el interior de su blusa y sostén. Desconoce si se trata de saliva, sangre o de la insípida mezcla de ambas sustancias.
En su inocencia, en la humanidad que aún posee, se percata de que aquel es, de hecho, su primer beso.
"No" Corrige Christa "Algo tan doloroso no puede ser llamado beso"
La lengua del soldado recorre su herida, cerrando con broche de oro esa inverosímil acción. No le mira, no se atreve a mirarle, solo siente como sus fuertes manos recorren sus caderas antes de apartarla con brusquedad. A penas sus cuerpos toman distancia la diosa cae, temblorosa y débil, al suelo.
-No te atrevas a bajar la mirada frente a un superior- No hay culpa en su voz, no cuando enciende con indiferencia un cigarrillo, dando una calada larga que convierte cada una de sus palabras en su susurro ronco –No importa quien seas, para mi eres una prisionera como todas las demás.
Un hilo de su sangre recorre la barbilla de Ymir; Christa toca sus propios labios con preocupación: el líquido sale a borbotones, su cuello, regazo y falda quedan a merced de ese rocío carmesí. Duele. Duele mucho.
-¿Entiendes o tendré que disciplinarte de nuevo?- Sus ojos se encuentran. La expresión de ese rostro, su mirada severa, el ceño fruncido. Es más de lo que puede soportar.
Y, como si viese de nuevo a aquellos conejos muertos de su niñez, Christa se echa a llorar.
Se estremece con fuerza, gime y solloza; se hace ovillo sobre ese suelo de superficie barata tratando de recuperar la débil compostura que mantenía hasta hace pocos segundos.
-No es para tanto- Gruñe Ymir, pero ella no puede escuchar –Basta con eso.
Duele. Arde. Quema. En su cuerpo y en su corazón. ¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho mal? ¿Por qué le sucede a ella? Quiere regresar a su pequeña casa, abrazar con fuerza a Sasha y llorar a sus pies. Quiere volver a la niñez y disculparse con esos conejos.
No sabe si es su desesperación, su insufrible llanto o su herida sangrante lo que lleva a Ymir acuclillarse a su lado, titubeando palabras con olor a tabaco que apenas puede discernir.
-Llorando te ves repugnante- El soldado de cabellera castaña estira su mano hasta ella ofreciéndole un pequeño pañuelo blanco. La diosa duda, con toda razón –Tómalo. Antes de que tu rostro se arruine.
A partir de ese momento los frágiles ojos de Renz le siguen con la mirada, temerosa de la reacción que sus acciones puedan provocar. Se cruza con los ojos de Ymir y nota que hay algo diferente, un brillo que no estaba ahí.
"Se siente culpable" Se atreve a pensar "Esta es su forma de disculparse"
Asiente sin pronunciar palabra. La pequeña diosa permanece así, echa ovillo, con el pañuelo deteniendo la pequeña hemorragia que la aflige; bastan unos segundos para que la tela se tiña de carmesí.
Piensa en los prisioneros que la necesitan. Trata de controlarse, trata de no sentir miedo, trata de no ser egoísta. Ella debe estar ahí para ellos. Ella debe salvarlos.
-¿Tanto desprecias tu vida?- Murmura el soldado molesto. Toma el cuello de su camisa con cierta gentileza paradójica que, por un momento, le recuerda a Reiner, el soldado gentil.
Solo observa. No puede hablar, no quiere hablar.
-¿Crees que habrá diferencia?- Escupe cada palabra. Acerca su rostro, impidiéndole a la frágil diosa desviar su mirada, no puede escapar -¿Creías que los salvarías a todos?
Balbucea, pero no responde. Ymir ríe, ríe con sarcasmo, ríe de mala gana. Se burla de ella. Se burla de su dolor. Se burla de sus esperanzas.
O eso es lo que Christa cree.
-El trabajo no libera, robarle el arma a un soldado estúpido tampoco lo hará.
Cada palabra duele, duele tanto como la herida que palpita en su labio inferior.
-No te preocupes- Ymir se aleja, pero su mirada severa permanece ahí, en ella, atravesando su alma como si fuera un cazador –Yo me encargare de contar la historia del trágico suicidio de una diosa.
Entonces, solo entonces, entiende porque tiene tanto miedo.
Ymir ve a través de ella; sus emociones, sus secretos, cuando esos orbes marrones la observan, no hay lugar donde se pueda ocultar. No puede mentirle. Las mentiras son palabras, palabras inútiles y etéreas como todas las demás.
-Dime tu nombre
-Christa- Responde sin dudar. Su nombre, emitido en un murmullo ronco y desganado, es la primera palabra que abandona sus labios en mucho tiempo. Aquel débil sonido le da seguridad, siente que su voz ha regresado, y que las palabras se vuelven fáciles de recordar.
Pero, por supuesto, las palabras no salvan a nadie. Son inútiles y etéreas, como su nombre lo es.
-Mentirosa.
