Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capitulo II - Rutinas I

4:00 am

El chirriante sonido de los silbatos abate sus ya adoloridos tímpanos, terminando con ese preciado lapso de inconsciencia que conocemos comúnmente como sueño.

-No- Murmura cansada, dando vueltas con torpeza a través del burdo conjunto de tablones al que los soldados llaman jocosamente cama. Cierra sus ojos, pero la orquesta interminable de pasos veloces sobre madera podrida le arrebata toda esperanza de volver a dormir. Logra incorporarse luego de un rato, dedicándose a limpiar los pequeños rastros que el sueño ha dejado sobre su piel.

-¡Dense prisa!- Escucha a su alrededor -¡Ella está por venir!

Se pone en pie apenas reúne las fuerzas necesarias para hacerlo. Toma la sabana (Más parecida a un trozo de papel) y la tiende sobre su cama con más cuidado del que debería: la guardiana se acerca y todo pequeño detalle debe resolverse a la perfección.

Por costumbre, palpa su rostro repleto de sudor nocturno; es increíble que solo un par de ojeras profundas, y una pequeña cicatriz en su labio inferior, ofrezcan al mundo una pista de lo que han sido sus primeros meses en un campo de concentración.

"Y los que están por venir…"

Había escuchado, en aquellas tardes de ocio por las abarrotadas calles de Múnich, historias horribles acerca de lugares como este, donde la desesperación y las ansias por libertad carcomían carne, huesos y alma; pero todo es diferente… Todo es… Mejor…

En Dachau, el orgulloso primer campo de concentración establecido por el gobierno del Fuhrer, los prisioneros habitan en edificios grandes y precarios, construidos de gastado ladrillo que se hace polvo a la mínima presión, diseñados para hacer de su existencia algo más miserable de lo que ya, por defecto, debe serlo. Todos los prisioneros que llegaron al campo en noviembre de 1938, en su mayoría judíos, fueron enviados ahí.

Todos excepto Christa, por supuesto.

-¡Escucho sus pasos! ¡Ya está aquí!

Su barracón es pequeño, de modo que las voces de sus compañeras, sorprendidas por el tiempo, viajan a través de las paredes de madera con increíble velocidad; con ella habitan solo treinta mujeres de clase alta, arias y hermosas, mujeres que, de alguna forma, se atrevieron a desafiar el orden supremo del Reich. Inocentes. Prisioneras. Mujeres cuya cordura y corazón va más allá de un privilegio racial.

O eso es lo que quiere creer.

-¡Heil!

La puerta del dormitorio se abre en el preciso momento en que todas las presas parecen haber terminado sus respectivos deberes, dando paso a la más temible supervisora que Dachau haya visto.

-¡Heil Hitler!- Responden todas a una voz, extendiendo su brazo derecho mientras la exhaustiva mirada de una rubia las examina de principio a fin. La coordinación es perfecta, la formación es perfecta, tienen suerte el día de hoy.

Una gota de sudor recorre su sien, descendiendo a través de su cuello hasta alcanzar los blancos pliegues de su camisa. Annie Leonhardt, supervisora en jefe de la rama femenina de las SS, forma parte del pequeño grupo de mujeres que administran el orden de las prisioneras en Dachau; es conocida, pese a su género y estatura, por ser fuerte y brutal. Se dice que en una ocasión rompió el brazo de una de sus subordinadas por titubear en su presencia.

"Mírala a los ojos" Se recuerda con temor "A los ojos"

La inspección transcurre lentamente, tanto que la angustia se aglutina en su garganta produciendo un fuerte dolor: las prisioneras deben permaneces de pie, con el brazo extendido, mientras una desinteresada Annie revisa su formación, la limpieza de sus espacios, el arreglo de sus camas, y otras cuestiones sin importancia que ahora parecen la epitome de una vida; nadie debe moverse en el transcurso de la operación. Los castigos varían dependiendo de la falta que cometan las prisioneras.

"No, no un castigo" Más sudor recorre su rostro, su mirada se nubla y sus piernas pierden fuerzas con extrema lentitud "Un castigo no, por favor"

Es su turno, ahora es su turno. En el fondo se arrepiente de haber ocupado un catre tan cercano a la puerta. Pese a que el temor amenaza con destruir su máscara impasible, Christa mantiene la mirada en alto; a Leonhardt le gusta ser vista a los ojos.

-Renz.

-Señora.

Intenta no parecer nerviosa mientras los dedos de la supervisora recorren sus pertenencias en busca de cualquier rastro de suciedad, controla su respiración conforme sus ojos fríos la observan de arriba a abajo, le cuesta mantener su brazo en alto. El tiempo pasa lento. Muy lento. Y esos ojos, tan despiadados como un rio helado, penetran su corazón.

-Bien…

Eso es todo. Una vez que Annie asiente, todo puede terminar: ha aprobado. Pero no responde el gesto, sabe que su supervisora lo tomaría como un desafío.

"En un desafío, no quedaría mucho de mí" Historia se limita a sonreír.

Su brazo comienza a acalambrarse conforme transcurre la revisión; una por una, las mujeres van ganando la aprobación de su guardiana, permaneciendo en silencio mientras su suerte muestra misericordia: ninguna desea ser castigada, no por Annie Leonhardt.

-¡Señora!

La voz de la última prisionera, joven esposa de un miembro importante de un partido comunista local, resuena más alto que un grito, produciendo en Christa un respingo inesperado. Annie se detiene frente a ella, algo anda mal.

-Sin desayuno- Son sus únicas palabras.

La mujer, una dama orgullosa según recuerda, la observa con la boca abierta, indignada, exigiendo a su captora una explicación como solo una mujer de la alta sociedad puede hacerlo.

"¡No lo hagas!" Grita Christa mentalmente "¡Eso solo lo empeorará!"

-Sin cena.

Annie responde al desafío. La diosa, preocupada, se toma la libertad de observar la escena con cuidado, discretamente, procurando no ser vista por nadie a su alrededor. De pronto, cautivada por un detalle que solo ojos observadores y pacientes podrían detectar, sus manos se empapan de sudor.

Hay un doblez innecesario en la esquina de la cama de la prisionera, uno muy similar al que se encuentra en la suya, y que había hecho lo imposible para disimular. Ese inocente doblez pasó desapercibido ante la mirada feroz de Leonhardt, pero no ante la de aquella mujer cuyo orgullo yace pisoteado hasta los añicos sobre el suelo.

-¡Ella!- Grita la mujer señalando con vehemencia. Señalándola a ella. No le interesa romper su formación, mucho menos deshacer el saludo -¡La cama de esa pequeña perra es igual a la mía! ¡Su error es el mismo que el mío!

Perra. Resuena en su cabeza, siente que las lágrimas brotarán dentro de poco, su brazo tiembla levemente.

-¡¿Por qué esa perra es especial?! ¡Castíguela! ¡Castíguela como nos castiga a nosotras…!

Error. Grave error. Nunca se debe retar a Annie Leonhardt.

Dos movimientos. Ni una sola gota de sudor desciende por el rostro de Leonhardt cuando dos de sus más simples movimientos bastan para que la mujer, mucho más alta que ella, caiga de al suelo de espaldas en una pose dolorosa y humillante; eso parece ser un juego para alguien que puede derribar con facilidad al más robusto de los soldados varones.

La tensión se manifiesta en el aire, tomando forma en los jadeos lentos de la mujer que espera su sentencia. Silencio, por varios segundos solo hubo silencio.

-Letrinas- Murmura Annie al fin. La tensión se rompe en alivio, la mujer vivirá un día más.

Christa sabe que, en el fondo, Annie es muy amable.

4:30 am

La hora de la ducha llega. A diferencia de los judíos, a los cuales rara vez se les da oportunidad de lavarse, a las mujeres arias se les concede el privilegio de una ducha al día.

"¿De qué sirve?" Se pregunta la diosa con sequedad "¿De qué sirve todo esto?"

Forman una sola fila, tan cerrada y estrecha que a la pequeña rubia no le queda más opción que tomar sitio hasta el final. Christa se siente pequeña al lado de aquellas mujeres que, en otros tiempos, fueron las reinas de su sociedad. Es solo una niña junto a ellas, una niña que no debería estar ahí.

-A un lado- Murmura una mujer al golpearla intencionalmente con su hombro, la misma a la que Annie había castigado minutos atrás. Christa no hace más que bajar la mirada.

-Lo lamento…

No recibe respuesta. Se encierra en sus pensamientos. Lo que aprendió a hacer hace ya algún tiempo; cierra sus ojos, cierra su corazón y sueña. Sueña con su acogedora casita en Múnich, sueña con los amigos que no volverá a ver, sueña con sus sonrisas. Ha pasado tanto desde que alguien le dedicó una sonrisa amable.

Perra. Resuena en ella nuevamente. Baja la mirada mientras, sin dirigirse a nadie, toma su lugar en la línea; usa la fuerza de la rutina para no tropezar y la fuerza de voluntad para no llorar.

¡Como quisiera que alguien volviera a sonreírle amablemente!

6:00 am

Luego del desayuno, llega la hora de tomar lista. La plaza principal es abarrotada por presos, de toda clase e índole, en perfecta formación. El feroz ladrido de los perros perturba el corazón de los hombres que no tienen permitido moverse; están hambrientos. Un par de cadáveres decoran el suelo, tal vez bostezaron en mal momento.

Tal vez.

Un miembro de la SS se encarga de cada barracón, tacha en una sobria lista el nombre de cada prisionero conforme este responde, prepara castigos adecuados conforme tardan en responder: la lista es importante, muy importante.

-¡B 4567!

-¡Si, señor!

-¡B 4568!

-¡Si, señor!

-¡Christa Renz!

-Sí, señor…

7:00 am

"Es la rutina" Se dice en un intento de amenizar el largo camino hasta su área de trabajo. Siente las miradas clavarse en su espalda. Les molesta su cabello, les molesta su compostura. La acosan. La odian.

Existe un protocolo en Dachau; nunca nadie va a hablar de él, eso es innecesario. Si estas en Dachau, por consiguiente, lo conoces, conoces perfectamente esas dos acciones que te introducen a la brutalidad de un campo de concentración.

Primero, al momento de su llegada, los presos desnudos son conducidos a baños rudimentarios, sucios y sofocantes, donde les esperan peluqueros especiales de la SS sonriendo altaneramente. Sin nada que pueda evitarlo, tras el paso de un par de navajas oxidadas, su cabello cae al suelo al igual que su dignidad.

-Una diosa calva- Les había dicho Ymir a sus soldados un par de meses antes, mientras entraba de improvisto a la estrecha habitación donde intentaban despojarla de sus ropas por la fuerza; lo recuerda claramente, recuerda como descansó contra el marco de la puerta, con un cigarrillo entre los labios y una expresión de pocos amigos cruzando su semblante sombrío -¿No les parece absurdo?

Los hombres le quitaron las manos de encima, mientras Ymir la arrastraba fuera de la habitación.

En la vida de un prisionero ordinario, cuando aquella fase de humillación inicial hubo terminado, le prosigue una ingeniosa tortura psicológica: en una sala estrecha, conforme les es asignado un nuevo hogar, también les es asignado un número, número que es tatuado en su antebrazo izquierdo con una tinta azulada imposible de borrar. A partir de ese día, el preso se convierte en el número que carga. No tienen nombre, el número se convierte en su nombre y en su identidad.

-Nos casaremos cuando esto termine- Le aclaró Ymir momentos antes de recibir su marca, tomando su barbilla delicadamente mientras su penetrante mirada marrón la devoraba con discreción -¿Sabes lo difícil que sería recordar tantos números frente al altar?

Y luego de esas palabras, sin la necesidad de poseer un número, Ymir la arrastró a su dormitorio por primera vez.

La primera de muchas…

No hay protocolo. Ymir no sigue protocolos.

No sigue protocolos cuando la besa sin razón. No sigue protocolos cuando se infiltra en su habitación por las noches. No sigue protocolos cuando destruye todas sus esperanzas de salir de ahí.

Por eso su cabello está intacto; por eso su nombre está intacto; por eso su humanidad está intacta. Por eso su soledad también lo está.

Perra. Le grita su mente una y otra vez. Sabe lo que dicen de ella; conoce todos sus rumores.

La perra del sargento. La llaman los presos.

La perra de Ymir. La llaman los soldados.

Pero Christa sabe que no es verdad, sabe que, para Ymir, ella no es su perra.

Es su juguete.