Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama
Capítulo IV – Historia
Hace muchos años, en una infancia casi olvidada, la pequeña Historia preguntó a un espejo:
¿Qué es la muerte?
El espejo, como es obvio, no respondió, condenando aquella interrogante a un lugar oculto en la mente de esa pobre niña: el olvido. Pero en el olvido nada muere, sino que espera nuestro regreso con la paciencia de una madre.
Por eso, muchos años después, conforme el incesante rio de prisioneros cruza el gran portón de Dachau, Christa Renz recuerda una pregunta que creía haber olvidado.
"¿Qué es la muerte?"
Tiembla, tal vez por el frio, tal vez por sus propios temores, tal vez por los estremecedores llantos que invaden cada rincón del campo de concentración. Gritos de hombres. Ladridos de perros. Esa macabra melodía perfora sus tímpanos conforme se abre paso entre la multitud que observa la selección.
Cuando se hace una selección, todos los presos, sean quienes sean, sean como sean, son obligados a observar el proceso como una prueba, una prueba de que el III Reich no hace más que prosperar. Todos deben verlo. Todos. Todos excepto Christa.
-No te atrevas a espiar- Le advierte Ymir siempre que se anuncia la llegada de un nuevo cargamento judío -No podrás hacer nada al respecto.
Obediente a sus órdenes, Christa suele esperar en la soledad de los dormitorios, abrazando sus rodillas, cubriendo sus oídos, esperando que todo termine; pero esta noche es diferente, esta noche ha decidido que las cosas no pueden seguir así.
"Siempre se puede hacer algo al respecto"
Con un manto ocultando su rostro, solo tres metros la dividen de esos recién llegados que se retuercen de dolor e ira. Se recuerda a si misma hace ya un tiempo, recuerda el viejo camión de carga y el cañón de un arma rozando su sien.
"¿Lo saben?" Se pregunta con manos temblorosas "¿Saben que les espera?"
-¡Caminen, perros!- A base de golpes, un grupo de soldados de la Sturmabteilung se encarga de organizar a los presos en líneas perfectas según su género. Los perros mordisquean los cadáveres que embellecen el suelo incluso antes de que comience la selección; tal vez intentaron resistirse. Solo tal vez.
Mientras la Sturmabteilung se encarga del trabajo sucio, los soldados de elite, la Schutzstaffel, espera en perfecta formación frente a ellos. Quietos, vigilantes, listos para lo que pueda ocurrir. Busca los rostros que conoce, todos están ahí.
Reiner.
Annie.
Bertholdt.
"Ymir" El sargento espera paciente frente a sus hombres; impecable en su uniforme negro, las medallas que adornan su pecho y la larga gabardina negra que reposa sobre sus hombros reafirman el poderoso porte que posee. Parece un titán al lado del resto de sus soldados.
-¡Sieg Heil!- Su voz arrasa las demás como un huracán. Solo sus hombres son capaces de seguirle ferozmente.
-¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil!
El sudor recorre su frente conforme la invade el delirio. Su corazón late con fuerza. Aquella voz trae a su mente el tacto de sus guantes de cuero, el dolor de sus mordidas juguetonas. Por un instante, aquella parte oscura de su ser desea que aquel imponente soldado la desnude y la posea en ese mismo lugar, frente a toda su corte.
Agita su cabeza con vehemencia mientras su rostro inocente es cubierto por un sonrojo atroz, su cordura vuelve lentamente.
¿En que está pensando? Lo que para ella es una imagen de inexplicable maravilla, para aquellos pobres hombres famélicos debe representar el rostro de un monstruo.
"No" Se dice inocente mientras regula los frenéticos latidos de su corazón "Ymir no es así"
Quiere creerlo. Realmente quiere creer.
Sin decir palabra, los doctores de la SS comienzan la selección. El proceso, a pesar de no haberlo presenciado nunca, no le es desconocido ni difícil de entender. Separar lo útil de lo inútil.
Si se considera sano, el preso es enviado a trabajos forzados; si se le considera incompetente, se le envía inmediatamente a desinfección. Pero mientras no se asigne al prisionero un número, no existe desinfección alguna en Dachau.
El olor a carne quemada, los crematorios iluminando la noche, ella sabe la verdad. Todos la saben.
"Incluso ellos"
Un vacío llena, irónicamente, la totalidad de su vientre. Los presos gritan conforme son divididos; niños llamas a sus madres, las madres lloran el nombre de los hijos que le son arrancados del pecho, pero ella solo puede enfocarse en los orbes marrones de un sargento que permanece tranquilo ante el horror a su alrededor.
"Si no te fuera útil" Medita con un nudo en la garganta "¿Me habrías hecho lo mismo?"
Recuerdos de esa mañana la invaden como una tormenta. Se recuerda recostada en el cómodo catre improvisado de aquella oficina alejada del resto, donde su sargento suele dormir. Cálidos labios recorrían su piel mientras un par de dedos enguantados penetraban en su interior con gran fuerza.
-No te contengas, mi diosa- Le susurraba la voz de Ymir, brindándole seguridad.
El grupo de condenados crece al ritmo de sus propios latidos: ancianos, enfermos. Todos incompetentes. Todos torpes.
Mira disimuladamente su dedo pulgar, el mismo que ha sido perforado por la misma aguja más de mil veces en un solo día. Recuerda a Ymir notando sus diminutas heridas, tomando su pulgar para besarlo con suavidad.
-Eres tan torpe- Susurraba entre risas burlonas, preparándose para tomarla una vez más.
Con cada prisionero que es juzgado, una parte de ella también lo es. Pierde la noción de su lugar, pierde la noción del llanto a su alrededor, pierde la noción del olor a muerte. Quiere marcharse, quiere dejar atrás ese ridículo debate y correr, de una vez por todas, al cálido abrazo de su amante.
"Amante" La palabra la hiere como una saeta en llamas; conoce su significado, la pequeña Historia lo conocía muy bien.
La confusión penetra en lo profundo de su ser. ¿En que ha caído? ¿En qué clase de atracción fatal e inexplicable ha sido atrapada?
¿Qué es ella para Ymir?
Ya ha tenido suficiente. Mientras se abre camino entre los presos para marcharse a su dormitorio de una vez por todas, una voz rugosa, claramente de alguno de los doctores, llama su atención.
-¡Mire esto, señor!- Un pequeño bulto es lanzado, como un saco de patatas, a los pies del sargento, se retuerce y gime apenas toca el suelo.
El corazón de Christa, ya abatido por dolorosas reflexiones, sube a su garganta y regresa estruendosamente a su lugar. Los murmullos casuales recorren la formación de soldados mientras los prisioneros que observan la escena bajan la mirada en silencio total.
No es un preso común. Es una niña. La primera que ve en mucho tiempo.
-¿Qué hacemos, señor?- Aquella frase, impregnada de lúgubre excitación, llega a sus oídos como una sentencia de muerte. Soldados y presos, todos callan. El titán se acerca a la pequeña con paso firme, acuclillándose frente a ella como si la fuese a devorar.
-Mírame- Levanta su barbilla lentamente. La niña permanece inmóvil, temblando como un perro pequeño, aislándose en la seguridad de sus años felices –Mírame.
Pero aquella palabra, tan hipnótica, tan suya, no ha fallado jamás. Los infantiles orbes azules se abren y entonces, solo entonces, algo dentro de Christa logra reaccionar. Un sentimiento vivo de horror recorre su columna en cuanto el rostro de la pequeña se hace totalmente visible.
Se reconoce a sí misma. Reconoce a Historia.
"Haz algo" Piensa con desesperación "Sálvala como me salvaste a mi"
Con gesto indiferente, Ymir regresa en silencio a su posición inicial. Christa se lleva las manos al pecho, su respiración es más pesada por cada instante.
"¡Demuéstrame que no eres un monstruo!"
Pero Ymir solo asiente.
-Hazlo rápido, tengo cosas que hacer.
El ruido de un arma al cargar rompe el corazón de la diosa en pequeños trozos incontables. Un brillante e inoportuno pensamiento lúcido la lleva a percatarse de la realidad, una realidad que jamás había visto hasta ahora.
No hay niños en Dachau.
El manto cae al suelo conforme sus pasos toman velocidad. Su instinto de supervivencia (o tal vez su profunda decepción) llena sus ojos llorosos de un brillo audaz e inusual, el mismo que la llevó a robar el arma de Reiner hace ya mucho tiempo.
Poco le importan las miradas sorprendidas de Reiner, Berth y Annie, poco le importan las maldiciones del soldado al que derriba, poco le importa el terror de la niña cuando la obliga a ponerse en pie.
Pero el rostro de Ymir… No, no tiene el suficiente valor para mirarle a los ojos.
-¡Corre!
El primer disparo roza su abdomen en el momento que ambas comienzan a correr.
-¡Ordene sargento! ¡Sargento!- Mas disparos llueven a su alrededor. De todas direcciones. Uno de ellos pasa a su derecha, llevándose consigo un par de largos hilos rubios. Corre tras ella, sin detenerse, sin asustarse, cubriéndola de los disparos constantes con su propio cuerpo.
"Siempre se puede hacer algo al respecto"
¿Por qué no han soltado a los perros? ¿Por qué los vigías en los torreones dudan en disparar? De entre el torrente que pasa sobre sus cabezas, una bala oportuna da en uno de sus blancos, provocando un dolor punzante y mortífero sobre el tobillo de Renz. Un grito ahogado sale de sus labios mientras el ritmo de su andar pierde fluidez.
-No me mires, ¡Corre!- La niña, llorando en silencio, asiente.
Christa llora, llora y sonríe porque, aunque cada vez le cueste más trabajo moverse, aquella niña, aquella que tanto le recuerda a sí misma, que tanto le recuerda a Historia, podrá ser libre. Sin cadenas. Sin muros.
No le importa morir. A ese recuerdo llamado Historia tampoco le importaba. Después de todo ¿Qué es la muerte?
Amante. Resuena una y otra vez conforme su andar entorpece. Recuerda sus labios sobre los suyos, sobre su cuello, sobre sus pechos. Recuerda la sonrisa maliciosa que nunca más volverá a ver.
No es su perra, ni su juguete. Es simplemente su amante y nada más.
Nada más...
Su vista se nubla; desconoce si los disparos se han detenido o si es ella quien no puede escucharlos más. Cuando el brazo desconocido se ciñe sobre su cintura no le quedan fuerzas para seguir andando. El tacto frio de las medallas toca su cuello mientras el cuero roza su piel.
Un segundo brazo se alza a su costado. Ve la esvástica. Ve el arma. Escucha el disparo.
"No…"
El pequeño cuerpo cae al suelo envuelto en un rocío carmesí; por un momento, aquel rocío toma la forma de un par de alas de sangre. Débiles, gastadas, destinadas a llevarle a la única escapatoria que todo preso posee. Porque nadie huye vivo de un campo de muerte. Nadie.
Lo último que Christa escucha antes de desvanecerse es, precisamente, lo que más teme.
El susurro frío y cortante de Ymir en su oído.
-Te lo advertí...
Una última lágrima corre por sus mejillas antes de que todo se vuelva negro.
