Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama
Capítulo VII – Sueños
Una sensación extraña interrumpe cada uno de sus movimientos; el dedo índice de su mano izquierda, tan delicado como ella, ha sido atravesado por una herida que, pese a parecer superficial, sangra abundantemente con cada segundo.
"Justo lo que me faltaba"
Con una sonrisa sobre el rostro, Christa echa un vistazo rencoroso a los trozos de pan torpemente cortados que acompañarán la cena de aquella noche; más de uno ha sido impregnado por su incesante rocío carmesí tomando, irónicamente, la forma de un condimento.
¿Tan distraída estaba para no notar el cuchillo afilado rozando su piel? Si, posiblemente, pues no sintió dolor hasta que observó la sangre deslizarse por su piel.
"Seguro le gustará" Toma uno de aquellos trozos sanguinolentos para morderlo con delicadeza; el sabor tan dulce que inunda su paladar le produce escalofríos "Siempre le ha gustado mi sangre"
Siempre. Siempre busca excusas para morderla hasta hacerla sangrar. Recuerda el sonido mordaz de su voz susurrando en una habitación desconocida; violenta, feroz, sanguinaria como una bala incrustándose en su piel.
"Todo fue un sueño"
Pese a tratarse de un pensamiento fugaz, el recuerdo de aquella voz vuelve su sudor tan denso que humedece los mechones rubios que caen por su frente; palpa titubeante la extensión de su tobillo, encontrando un segmento de piel perfecto en donde debería estar una caótica cicatriz.
-Lo creo- Se dice mientras limpia las lágrimas rebeldes que escapan de su control, buscando seguridad en sus propias convicciones -Le creo.
Nadie podía escucharla, pero su propia voz le ayuda a sentirse un poco mejor. Escandalosos canticos alemanes, provenientes de la radio encendida, amenizan su incipiente marcha al rustico comedor central; aborrece aquellas melodías petulantes más que nada en el mundo pero, en lo profundo de su corazón, sabe que el silencio absoluto es mucho peor. Después de todo, el silencio le recuerda a la oscuridad.
"Fue un sueño" Se dice nuevamente, tratando de mantener su débil compostura "Solamente un sueño"
-No- Se burla su conciencia con aquella voz que tanto conoce –Sabes que no lo fue.
Con cuidado, deposita los trozos de pan en la pequeña canasta artesanal al centro de una mesa impecable; la exquisitez que evoca el olor de los manjares preparados es tal que le cuesta imaginar qué clase de manos inmortales fueron sus creadoras… Tanto que, por un momento, cree que se trata de una diosa.
Nada dentro de aquella casa es totalmente ostentoso, pero sin duda es mucho más de lo que Christa alguna vez ha soñado poseer: dos plantas conectadas por una gran escalera de tablones chirriantes, cada una con varias habitaciones que, por separado, son más grandes que el cobertizo que ocupaba en Múnich, pero muy poco de aquella casa le gusta en realidad.
Le gusta la habitación principal, pues posee una cómoda cama matrimonial en la que no le cuesta conciliar el sueño; otra era la sala de estar, también la sala de estar, donde esta ese estante repleto de libros interesantes que lee cada que sobra tiempo. Pero, sin duda alguna, la habitación que más odia es el comedor.
¿Cómo puede ser aquello un comedor? La mesa central es tan estrecha y tan sobria que se asemeja a aquellas que abarrotan las tabernas de mala muerte y, al no estar diseñada para un uso sofisticado como ese, los platos y condimentos solo permiten que dos personas ocupen lugares a su alrededor.
¿Cómo puede existir algo así? ¿Qué lugar deja a los invitados un sitio como este?
Hace cierto tiempo, cuando aún habitaba esa humilde casita a las afueras de Múnich, uno de sus más grandes logros fue improvisar una mesa central de tamaño considerable, fabricada con piezas de barriles, cajas viejas y madera proveniente de algunos negocios judíos abandonados por la presión; casi a diario, en cualquier momento del día, los chicos con los que pasó los mejores años de su vida eran libres de ocupar sus respectivos lugares alrededor de ella. Comían, discutían, reían. Disfrutaban la presencia de los demás.
Pero ahora todo ha cambiado.
-Nos casaremos cuando esto termine- Comentó el sargento con una mueca de disgusto cuando la pequeña diosa decidió contarle esos buenos recuerdos -Solo nosotros ¿Por qué necesitaríamos a alguien más?
Porque así debe ser. Deseó responderle en aquel entonces. Porque así deseo que sean las cosas.
Recuerda que hace mucho tiempo, cuando habitaba en aquella enorme mansión en el centro de Berlín, solía colocar un anillo improvisado alrededor de su dedo.
-Acepto- Murmuraba al espejo con una sonrisa; un trozo de tela era su velo mientras que un vasto camisón blanco era su hermoso vestido nupcial.
En la flor de la infancia, el pasatiempo favorito de la pequeña Historia Reiss era imaginar, durante horas y horas, cada detalle de la que algún día seria su boda; en ella no estaba su padre, ni su madre, ni su familia, ni nada relacionado a su cruel realidad, solo ella en brazos de su flamante esposo, felices como en un cuento de hadas.
Estúpido ¿No?
"Historia no existe más"
Su hermosa mirada azul busca con paciencia el antiguo reloj pendular que espera inerte en la esquina opuesta de la habitación.
8:52 pm. Debe darse prisa.
Después de todo, su flamante esposo, la versión retorcida de las inocentes fantasías de Historia, está por llegar a casa luego de un agotador día de trabajo y ella, como la buena esposa que desea ser, debe recibirle apropiadamente.
-Fue solo un sueño, mi diosa- Fueron las palabras que Ymir susurró a su oído durante su primera noche en aquel lugar -Solo una pesadilla.
Se detiene, deja de actuar y pensar; apoya sus manos temblorosas en la superficie de la mesa para buscar la estabilidad que sus piernas necesitan. Sabe que, de cerrar sus ojos, se desmayará
¿Por qué le cuesta creerle?
¿Por qué le cuesta creer que nunca asistió a la selección? Sino que permaneció en su barracón, obediente, esperando el regreso de su amante.
¿Por qué le cuesta creer que ninguna bala atravesó su piel? Sino que sus compañeras arias, celosas por el trato desigual, decidieron darle un castigo apropiado.
¿Por qué le cuesta creer que nunca existió la oscuridad? Sino que fue una abominable alucinación a la que su mente febril dio el nombre de bunker.
¿No es esa la verdad que Ymir suele contarle? ¿Por qué le habría de mentir?
Ha escapado ¿Necesita otra prueba?
A pesar del olor a carne quemada que la asfixia día y noche. Finalmente ha escapado de Dachau.
-Nadie escapa de Dachau- Se burla su conciencia con aquella voz mordaz que no le pertenece -Está más cerca de lo que crees.
-Lo he hecho…
No puede quedarse así, no si desea que todos esos pensamientos se desvanezcan. En medio de suspiros decide dispersar aquellos pensamientos deprimentes dando un breve recorrido a través de esa casa campestre que, desde hace algunas semanas, se ha convertido en su hogar. Sale de la cocina para dirigirse a la sala de estar, desde donde la prohibida puerta principal es visible: la observa de soslayo, dándole la espalda y caminando por el amplio pasillo que conecta con el prohibido patio trasero.
Como legitima ciudadana del Imperio Alemán, Christa sabe perfectamente que el régimen otorga a sus altos mandos cómodas viviendas en las cercanías de sus áreas de trabajo (Literalmente, Dachau está más cerca de lo que cree), pero nunca imaginó que la generosidad del Reich llegara a un punto tan acogedor. Porque, por más que le cueste admitirlo, aquella casa de dos plantas con habitaciones prohibidas ha resultado ser el lugar más acogedor en que ha estado en mucho tiempo.
-Ymir- Suspira con anhelo, maldiciendo las largas jornadas que un miembro de las SS está obligado a cumplir. Se siente sola; con cada paso que da, su recorrido se convierte en una experiencia terriblemente monótona.
¿Cómo no iba a serlo cuando ha recorrido cada palmo de ese lugar más de mil veces?
No se dio cuenta de estar bajando las escaleras, aunque tampoco se percató de cuando las subió en primer lugar. Todo es una rutina pues las pequeñas caminatas a través del pasillo son su única diversión durante los largos lapsos de soledad que debe soportar: siempre imaginó que el hogar de un militar de alto rango debía ser invadido a diario por decenas de otros soldados, pero ningún ser vivo, salvo el propio sargento, parece tener permitido atravesar su umbral; en ocasiones, abrumada por la soledad, observaba por la ventana como grupos de soldados marchaban arduamente frente a la propiedad, pero nunca alguno de ellos fue capaz de dirigirle si quiera una mirada furtiva.
"Cosa de Ymir" recuerda haber pensado en aquel entonces, encogiéndose de hombros "Seguramente les ha prohibido acercarse"
Fue una única vez, cuando apenas se acostumbraba a las reglas de lo que sería su nuevo hogar, cuando alguien decidió tocar, como si de una urgencia se tratase, la puerta principal.
Había dudado al principio, pues Ymir no le había advertido que hacer en casos como ese. Recuerda haber respirado hondo mientras su mano se aferraba al picaporte, quitando el cerrojo y abriendo la puerta con cautela. Y así, como si de la sombra de la muerte se tratase, su inocente mirada azul se encontró con el feroz semblante de Annie Leonhardt.
-Debes firmar esto- Alcanzó a decir la supervisora aquella vez, sin prestar atención a quien tenía en frente –No me importa lo que hayas hecho, pero ese 'incidente' ha hecho que…
-A-Annie…
Un murmullo perdido en el viento. Leonhardt, la temible supervisora en jefe de las SS femeninas apostadas en Dachau, quedó sin habla al encontrarse de lleno con su mirada azul. Era extraño. Era como si hubiese visto un fantasma o alguna aparición.
-Ymir salió al pueblo hace un par de hora- Ríeió nerviosamente, intentando mantener algo de seriedad frente a esa presencia que podría hacerla añicos en un parpadear –Si deseas puedes esperarla hasta que…
-Cadáver.
-¿Eh?
El murmullo de Leonhardt paseó por sus tímpanos sin descanso. La supervisora, con esa genuina expresión de asombro, dejó caer la papelería de sus manos como si estas fuesen soportes inútiles.
-¿Estás bien?- Rápidamente, en menos de lo que abarca un santiamén, Annie recuperó cada documento antes de salir, a paso presuroso, por el pórtico del lugar.
Eso, sumado a ese extraño murmullo, dejó en el corazón de Christa mucho en que pensar.
Fue esa misma noche, mientras se debatía mentalmente para encontrar una explicación a aquella situación irreverente, cuando Ymir llegó a casa tambaleándose, escupiendo sangre, con una sonrisa de absoluto triunfo en sus labios rotos.
-Esa perra de Reiner creyó que podría meterse conmigo y salir impune- Comentaba entre carcajadas burlonas mientras las delicadas manos de Renz se encargaban de curar cada una de sus heridas con temor -Pero no te preocupes, princesa, le di una lección que difícilmente va a olvidar…
Esa fue la última vez que alguien se acercó a su puerta y, por supuesto, la última en que el nombre de Reiner Braun fue pronunciado en aquel lugar.
"Espero que este bien"
Camina un poco más, contando los tablones de madera que rechinan a su paso; en el poco tiempo que lleva ahí se las ha arreglado para sacarles algo de brillo. Ymir nunca se encontraba en casa y, de hecho, solía dormir en su oficina dentro del campo de concentración, donde había instalado un burdo catre que resultaba incómodo para cualquiera que la visitase. Especialmente a ella.
"Pero debe ser duro" Por primera vez levantó la mirada, alzando uno de sus brazos a su costado para acariciar la pared con la punta de sus dedos "Una casa tan grande, sin compañía"
Por eso la llevó ahí; si, seguro era eso.
Medita sobre aquello cuando sus ojos se enfocan lo suficiente para darse cuenta del destino al que la guía su marcha, dirigiéndola como una de esas coincidencias destinadas a guiarnos hacia un destino atroz: Christa, como la señora de aquella casa, tiene permitido utilizar las habitaciones de la manera que cree conveniente; sin embargo, existen ciertos lugares en los que aquella libertad queda anulada del todo.
El exterior, el cual no tiene permitido visitar bajo ninguna circunstancia. Y, por sobre todo lo demás, el estudio personal en el que su amante se encerraba durante horas y horas.
Es frente a este último, frente a la puerta rojiza con una discreta esvástica tallada en la madera y la perilla de cristal, donde Christa Renz se detiene abruptamente.
Ninguna puerta es como aquella, ni aun aquella pieza rustica que conduce al patio frontal, y que le ha sido prohibida rotundamente. Con movimientos casi automáticos, pasa su mano lentamente a lo largo de la brillante perilla que rompe los rayos de luz; la cubre poco a poco con su palma, descubriendo que calzan perfectamente; acostumbra sus dedos a ella, logrando un tacto completamente natural; la gira tentativamente… Un poco… Otro poco… Un poco más…
¿Cómo se sentirá estar ahí dentro? ¿Estaría lleno de mapas marcados con tachuelas de diferentes colores? Su dedo pulgar pasea por el cristal, dubitativo.
"No debo" Se dice a si misma intentando controlar la curiosidad influenciada por la soledad "Ni siquiera debería…"
-¿Pensarlo?- Por un momento, su consciencia parece reír -¿Ni siquiera deberías pensarlo?
"Exacto" Responde a regañadientes "No debería pensarlo. No debo pensarlo"
-¿Acaso no quieres saber lo que escondo ahí?- Le habla su mente una vez más; por un momento le parece como si el propio sargento hablase en su oído -¿No quieres saberlo? ¿No quieres saber si realmente fue un sueño?
Su mano tiembla. Tiembla con la ansiedad de una niña mientras sus largos dedos giran un poco, luego otro poco, luego un poco más. El chirrido de la cerradura es como una victoria a sus tímpanos, como un placer final que ha luchado eternidades por encontrar.
Como algo que no debería estar pasando.
"No debería" Ella lo sabe "No debería estar aquí"
Para su infinita culpa, la puerta sin protección se abre de par en par, dejando entrever la seguridad de su amante al pensar que alguien tan sumisa como ella jamás desobedecería una orden directa. Jamás. De pronto, observando pequeñas partículas de polvo volando a la deriva, Christa se siente como una mala persona.
Pero ya está dentro, ¿Qué más da husmear?
-Huele bien- Se sonroja violentamente ante su propio comentario inesperado, después de todo, aquella fragancia tan embriagante no es más que el olor natural de la piel de su Ymir.
"Mi Ymir..."
No va a negarlo, lo que esperaba encontrar tras la puerta prohibida era, como el cliché de una historia barata, algo que destruyese completamente su estabilidad mental: cadáveres, almas en pena, cosas por el estilo; en cambio, el hecho de encontrar un estudio de lectura ordinario, resulta en una sensación de alivio que le cuesta trabajo explicar.
-Gracias a Dios- Murmura inconscientemente, recorriendo las estanterías con creciente interés. Pese a lo que se puede esperar, ningún libro referente a la guerra se encuentra en ellas, ni siquiera ejemplar alguno de Mein Kampf. Tan solo clásicos literarios que incluso ella recuerda haber leído alguna vez en la biblioteca de su padre.
Relatos muy cortos; novelas muy extensas; poemas hermosos; poemas oscuros; incluso cree poder ver un olvidado cuento infantil. Ríe por lo bajo al confirmar esa última idea. ¿Cuánto hace que habrá leído ese libro?
"Es como cualquier otra persona" Camina un poco hasta poder examinar con interés el bien cuidado tablero artesanal de ajedrez que descansa en un escritorio al fondo de la fila de estanterías, le recuerda al que le regalo su madre poco antes de morir "Solo está cumpliendo órdenes"
Tal vez los horrores que ha vivido la han hecho enloquecer, tal vez la locura germinaba en ella mucho antes de ser apresada, pero una cosa es segura: sería una mentira decir que no disfruta el sádico tacto de Ymir tocando su piel.
La gusta sentir como sus dedos enguantados acarician su cabello, le gusta probar sus besos sabor a metal, le gusta disfrutar sus mordidas sobre su cuerpo mientras la posee y, en especial, le gusta despertar cada mañana recostada sobre su pecho.
Tal vez, para el resto de las personas en el mundo, ser apresadas para tales fines no sea más que una terrible humillación (Porque, después de todo, sigue siendo una clase de prisionera). Pero para Christa Renz, una diosa infeliz, es el mejor futuro al que puede aspirar.
"Todo será mejor ahora" Se dice tomando entre sus dedos la pieza del rey con una genuina sonrisa en su rostro "Después de todo, fue un sueño"
Pero, como suele suceder, esos momentos en que creemos que nuestras vidas llevan el rumbo correcto es cuando las peores tragedias suelen ocurrir; el hecho de tropezar torpemente con una de las sillas fue el inicio de la suya.
La hermosa pieza del rey de marfil, quizá la más bella dentro del tablero personal de Ymir, escapa de sus dedos como si fuese una barra de mantequilla, comenzando a rodar sin control sobre el suelo hasta que un bulto desordenado de papeles, que caen del cesto de basura desbordante, detiene su incesante andar.
"Debería limpiar de vez en cuando" Piensa Christa, observando sus manos sucias luego de haberse visto obligada a gatear todo el camino polvoriento hasta que la pieza este a su alcance otra vez.
Es entonces cuando la tragedia hace acto de presencia, tomando la forma de un inocente recorte de periódico arrugado con una palabra singular en su borroso encabezado: Reiss.
-¿Qué es esto?
En un impulso inconsciente (Un tanto agresivo), toma entre sus manos el maltrecho trozo desechado de periódico para desdoblarlo con cuidado; le resulta aterradoramente sencillo, pese al paso de los años, reconocer a su padre en aquella fotografía reciente.
Le resulta aterradoramente sencillo, sobre todo, verlo estrechando la mano del mismísimo Adolf Hitler con una desbordante sonrisa altanera.
-¿Eh?
Vuelca el cesto de basura completamente, sin importarle que los papeles o, mejor dicho, los trozos de papel se dispersen por todo el suelo de la habitación. Hay más, muchos más: pequeños artículos sociales referentes a algún miembro de la familia, notas acerca de las contribuciones monetarias al gobierno del Reich, reuniones de los principales dirigentes del partido Nazi. Siempre lo mismo. Siempre se habla de la familia Reiss.
¿Por qué su sargento tendría algo así?
Un escalofrío recorre su espina dorsal en cuanto escucha los rugidos de la conocida motocicleta a la distancia, acercándose cada vez más.
-No…- Palidece, reúne cada papel con desesperación tratando de regresarlos todos a su posición original en el cesto desbordante.
Puede oler el humo del vehículo conforme este se acerca. Rápido. Más rápido.
Cuando se cree a punto de terminar, justo cuando escucha la motocicleta detenerse frente a la puerta frontal de la casa, un trozo de papel escurridizo captura su atención completamente.
-¿Eh…?
Esta vez, por las causas más inesperadas, el pequeño mundo que recién creo se cae a pedazos.
-¡Ah! ¡Qué día!- Bosteza Ymir mientras se estira con inconfundible pereza, escuchando con satisfacción el crujir de sus propios huesos cansados luego de un día prometedor –Cielos, como desearía unas malditas vacaciones.
Con toda la paciencia que sus hábiles manos le permiten tener, retira cada uno de los componentes innecesarios de su impecable uniforme negro: su arma, su cinturón y, por último, el saco negro que compone gran parte de su identidad; ¿Cómo se verá sin todo eso puesto? La pequeña diosa nunca ha visto tramos extensos de su piel.
-¡Oh! Con que ahí estas ¿Me extrañaste pequeña?- Dentro de aquella trivial tarea, Ymir apenas se toma un tiempo para mirarle y sonreír –Estas algo pálida. ¿Pasó algo malo?
Christa solo le observa en silencio desde el otro lado del pasillo. Sus manos tiemblan, su rostro se mantiene en una confusa expresión neutra que, aunada a su palidez repentina, le concede un semblante miserable; acomoda un mechón desordenado de su cabello rubio antes de atreverse a hablar.
-Estoy bien…- Murmura, utilizando toda su fuerza de voluntad para no dejar escapar un sollozo. El soldado ladea la cabeza levemente.
-¿Lo estás?- Los ojos marrones la observan, temibles, inquisidores, esperando cualquier movimiento fuera de lo habitual.
"Te descubrirá" Se grita a sí misma, obligándose a forzar una sonrisa de oreja a oreja.
-Estoy bien- Esta vez, su tono de voz es un tanto más fuerte, acompañado por una sonrisa falsa que por poco logra aparentar la sensación de genuino bienestar –La cena me ha dejado algo cansada…
-¡Oh! ¡Justo como esperaba de mi Christa!- Coloca debidamente sus accesorios sobre el perchero antes de cruzar el pasillo a grandes zancadas; abraza su cintura con firmeza, obsequiándole una de aquellas sonrisas orgullosas a las que, poco a poco, se ha ido habituando
-Pareces más feliz de lo usual- Intenta parecer tranquila. Intenta no titubear -¿Paso algo bueno?
-He decidido que mañana me tomare el día libre- Acaricia su cabello, juega con su larga coleta rubia como suele hacerlo en todas aquellas ocasiones donde su apretada agenda les permite pasar tiempo a solas.
-¿Te han autorizado otro día libre?- Ymir sonríe.
-¿Autorizar? ¿Olvidas con quien hablas? Pasaremos todo el día juntos- Siente sus labios cerca de su oído, susurrando, rozando su piel –Juntos. En nuestra habitación…
Christa, pese a lo aterrada que en realidad esta, es incapaz de contener un rubor sobre su piel.
-Me gusta la idea.
Sus manos, automáticamente, se aferran al cuello del soldado en cuanto siente como sus labios son tomados con esa ferocidad que tanto conoce; a pesar del tiempo transcurrido, aun le es difícil mantener el ritmo de aquella experimentada lengua que danza con la suya en un acto frenético e irracional.
Su abrazo es tan cálido.
Sus labios son tan cálidos.
Su lengua es cálida.
¿Cómo puede ser la misma persona de aquella fotografía?
¿Cómo pudieron aquellas manos tan afectivas contribuir a un acto tan satánicamente macabro como aquel?
Una mordida juguetona toma su labio inferior con suavidad, provocándole descargas misteriosas en esos lugares que comúnmente prefiere omitir; manos enguantadas se ciernen sobre sus pechos y las zonas descubiertas de su piel; las recorre lenta, muy lentamente.
Cadáver. Ahora entiende el murmullo temeroso de Annie aquella tarde; ahora entiende la furia irracional que obligó a Reiner a atacar a su propio superior; ahora entiende por qué el exterior le esta rotundamente prohibido.
Ahora entiende. Ahora entiende todo.
Al principio, cuando despertó envuelta en los brazos de su sargento, le gustaba comparar su nuevo hogar con muros gigantes. Los muros rodeaban su existencia aislándola, protegiéndola de todo el peligro que se pudiese ocultar en el exterior; pero con todo esto, con el recuerdo de esa fotografía en su memoria, es como si aquellos gruesos muros hubiesen sido derrumbados, y el más temible de aquellos titanes estuviese devorándola en ese mismo instante.
Como si conociera sus pensamientos, su labio inferior es tomado con un poco más de fuerza por los dientes del titán, quien la envuelve con sus brazos como si temiese que fuera a escapar en cualquier momento.
-Necesito dormir, pequeña- Apoya su frente en ese perfecto espacio que existe entre su cuello y su hombro -¿Podemos cenar ya?
Christa lo aparta un poco de sí, dedicándole la más hermosa de sus sonrisas falsas.
-Prepare algo que te va a encantar.
Es duro ¿No?
Es duro ver como la realidad se derrumba frente a tus ojos.
Caminan a la cocina, abrazados, como un matrimonio real; esas situaciones que solían parecer la cúspide de la felicidad, sumergen el corazón de la rubia en un mar de incertidumbre y tristeza.
Sus pensamientos se desvían a la mujer de la fotografía… Pobre chica; que destino tan cruel le aguardó por el simple hecho de mantener un ligero parecido con alguien que nunca llegó a conocer.
¿Dónde la encontró Ymir? ¿Cuánto tiempo busco hasta encontrar a alguien de esa perturbadora similitud? ¿Por qué?
Había tres personas en aquella imagen bastante reciente: una viva, las otras no; una caminando, las otras balanceándose gentilmente con una gruesa soga alrededor de su cuello.
Una de aquellas figuras, la más infame quizá, era Ymir: fumando un cigarrillo, mirando a otra dirección como si el hecho de que apareciese en la fotografía fuese tan solo un burdo error.
La siguiente figura, la más pequeña de las tres, tenía una estrella de David tallada sangrientamente en su torso desnudo; la conocía, en vida era la viva imagen de Historia Reiss, la niña de las alas de sangre que ayudaba en sus sueños.
Y la última… La última tenía el rostro desfigurado, a tal punto que solo sus rasgos más básicos se podían reconocer: su largo cabello rubio, su tersa piel aria. Era hermosa, de eso no hay duda, tan hermosa que en vida llego a tener cierta similitud con la más hermosa de las diosas.
Excelente impostora, debe decir.
Pero lo que realmente heló su sangre fue, sin duda, el mensaje que colgaba de su cuello, una cruel advertencia escrita con la intachable caligrafía de su sádico amante.
Freiheit ist mit blut bezahlt.
No fue un sueño ¿No lo decían aquellas palabras?
La libertad con sangre se paga.
¿Qué paso con el rey? Se preguntaran.
La pieza del rey aún permanece en el suelo del estudio, junto al desbordante cesto de basura, de cara a la siniestra fotografía que, en la crisis ocasionada por el pánico, olvido por completo ocultar.
