Advertencias: Presencia de Lemon.
Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.
-Sabía que volverías- Escucha con atención aquella voz tan conocida para ella, para luego enfocar su atención en la pequeña chica rubia que le abraza con cariño.
Sonriendo ampliamente, devuelve el gesto.
-He vuelto.
Capítulo XII - Celos
Camina cuidadosamente entre los catastróficos restos carbonizados de lo que, hasta hace relativamente poco, solía ser una casa.
No es necesario echar un vistazo detallado a su alrededor para percatarse del triste contexto que envuelve a una nación abatida por la sombra de una guerra inminente: todo, absolutamente todo huele a muerte.
Es triste. Es triste que Alemania, aun sufriendo los remanentes de la Gran Guerra, se condene a otra por seguir ciegamente el pensamiento de un solo hombre; es triste que el obsequio que otorga el nacionalsocialismo al pueblo ignorante sea solo un montón de cenizas.
Pero así son las cosas ahora.
Nace por el Reich. Vive por el Reich. Muere por el Reich.
Entrega tu honor al Reich para darle gloria.
"Es una lástima, Mein Fuhrer" Piensa Ymir con una enorme sonrisa satírica adornando su rostro, mientras patea distraídamente los montículos de escombros que obstaculizan su paso "No tengo mucho honor que entregarle"
Honor. Su honor solo pertenece a ella.
Se acuclilla lentamente para inspeccionar de cerca las notorias pisadas que los restos de hollín han plasmado en la acera; producidas por tres pares de botas distintas, una de las cuales parece pertenecer a la misma clase que utilizan sus propios soldados.
"Te encontré"
Han sido esta clase de torpes rastros los que la han traído hasta aquí. Hace varias horas, mientras daba por concluida su exhaustiva búsqueda sin resultado alguno, el estridente rugir del motor de un automóvil delató la presencia de un intruso desconocido en su propiedad; dos pares de huellas recorrían su pórtico para abrirse paso a su patio trasero.
"Reiner" Pensó en aquellos momentos "Te mataría si no estuvieses pudriéndote en tu celda"
Sea quien sea aquel mentecato insolente que secuestro a su diosa (Probablemente alguno de sus propios hombres), había sido lo suficientemente estúpido para conducir un vehículo pesado sobre un terreno de tierra blanda, dejando tras de sí un sendero de fango mezclado con aceite el cual le fue sencillo seguir en su motocicleta.
Y ahora, luego de conducir una distancia relativamente larga, ha terminado frente a lo que queda del hogar de los cazadores Braus.
¿Quién ha sido capaz de traer tal desgracia sobre una familia completamente agnóstica cuya única tradición ancestral era el tiro con arco? ¿El pueblo enardecido? ¿Las SA? ¿Sus propios hombres?
No. Existe una respuesta más apropiada para todo aquello.
"Me has sorprendido Reiss" Piensa con una genuina mueca de desprecio "Conoces las amistades de la bastarda que tanto odias casi tan bien como yo"
Por un momento se pregunta si el hogar de los Jaeger ha sufrido el mismo destino.
Pese a todo debe admitir: el hecho de que su hermosa diosa no se encuentre en las garras de su monstruoso padre le trae un alivio tan potente que acaricia los límites de lo absurdo.
Reiss, el magnate religioso de inmenso libido, no lo pensaría dos veces antes de incrustar una bala de oro solido en el cráneo de una inocente niña de quince años.
"Lo matare" Camina sigilosamente hasta los restos inútiles de lo que parece ser una puerta "Matare a todo el que le ponga un dedo encima"
Lo hará. Lo ha hecho antes.
Ahora, con aquella cuchilla deslizándose entre sus dedos, se dispone a hacerlo de nuevo.
Se acuclilla ante la puerta entreabierta para escuchar, cierra los ojos para concentrarse de lleno en cada pequeño sonido que el viento trae consigo: sollozos, escucha una cadena ininterrumpida de sollozos de un volumen tan moderado que cuesta identificarlos con propiedad; bien pueden pasar por maullidos distantes para oídos inexpertos.
"Mujer" Se descubre a si misma pasando con dificultad una cantidad considerable de saliva "Es una mujer"
Retiene su propia respiración para apreciar fielmente su entorno. El timbre de voz en aquel lastimero murmullo toma claridad con cada segundo que pasa.
Christa. Es la voz de Christa.
"¡Maldición!"
Se desliza a través de la pequeña abertura procurando no producir ni una miserable sombra, usa la protección de la oscuridad de la misma forma en que lo hacía durante sus años de vida turbia.
Su cabello esta desordenado, su bronceada piel se ha impregnado de sudor, su camisa posee manchas de polvo de procedencia misteriosa; si no fuera por su inseparable esvástica, su apariencia sería la de un ladrón cualquiera.
"Lo fui" Se recuerda a sí misma "Lo fui hace mucho tiempo"
Acostumbra lentamente su mirada marrón a la escasa luz de luna que logra filtrarse entre los restos de una precaria sala de estar, las cabezas de venado disecadas que sobrevivieron al incendio parecen ser las únicas capaces de percatarse de su presencia.
Con cada paso que da, el sonido lastimero se hace más fuerte, tanto que no necesita esforzarse mucho para distinguir el dulce timbre de aquella persona a la que desesperadamente ha buscado durante horas.
Esfuerza su vista un poco más, ignorando las miradas indiscretas de los trofeos animales; puede distinguir dos sombras humanas en el centro de la habitación, reteniéndose mutuamente en un contacto tan intimo que solo puede ser un abrazo.
Aun sumergida en la más profunda oscuridad, la escasa luz le permite reconocer fácilmente la exquisita figura del ser bondadoso que tantas veces ha corrompido; no existen más dudas, todo confirma lo que más teme.
Se trata de Christa. Su Christa. Su Christa abrazando a alguien más.
"Maldición"
Nunca le ha molestado encontrar a alguna de sus tantas amantes voluptuosas en brazos de otro hombre (De hecho, disfruta bromear vulgarmente acerca de ello); esas perras de grandes influencias no eran más que peones en su infinito tablero, peones dedicados a elevar su estatus o a mantener su cama tibia por las noches. Simples e inútiles peones. Nada más.
Pero en esta ocasión, lo que la atormenta es algo más que un peón. En esta ocasión el sentimiento de negación e indignación formándose en su pecho es tan abrumador que le roba el aliento.
"¡Christa!" Grita su mente con vehemencia, escuchando sus propios dientes rechinar "¡¿Qué demonios pretendes?!"
El alivio que impregna las risas que interpretó erróneamente como sollozos, además de aquellos leves suspiros llenos de bondad, hacen brotar lo peor de rincones irracionales cuya existencia desconocía hasta ese preciso momento.
¿Quién es ese miserable bastardo que está robando lo que le pertenece? ¿Qué clase de persona es para que su diosa dedique a él todo el amor que solía dedicarle a ella?
¿Amor? ¿En serio? Maldita sea. Esta tan molesta que su mente empieza a formular estupideces.
-Te extrañaba mucho- Escucha murmurar al desconocido de voz ambigua mientras estrecha su abrazo –Diosa.
Su voz. La solo idea de su aliento indigno tocando la tersa piel de su ángel terrenal le produce una inmensa sensación de repugnancia; un sentimiento tan poderosamente real que no puede contener por más tiempo. Debe actuar. Ahora.
Meine Ehre Heist Treue
Sonríe discretamente al leer el lema inscrito en la hoja de la hermosa daga que reposa entre sus manos; apela al poco honor que le queda, defender aquello que le pertenece también forma parte de su moribundo honor.
"No tengo mucho honor que entregarle"
El mango del arma se desliza entre sus dedos como lo haría un trozo de papel, la punta de sus botas apenas produce ruido alguno al moverse discretamente sobre el escombro disperso en la oscuridad.
Un paso. Dos. Tres.
-Christa- La voz del desconocido amortigua perfectamente el crujir de su último paso. Ahora, su posición es perfecta.
"Te tengo"
Rápida como una tormenta (Cualidad que le gano el sobrenombre de Titán Danzante durante sus primeros días dentro del régimen), toma a la desprevenida figura desconocida por el cuello de lo que aparenta ser una capucha, haciéndole caer de espaldas mediante brutales puntapiés.
-¡Ymir!- Le llama la sorprendida voz de Christa en el momento en que se posiciona sobre la presa con el filo de su arma haciendo presión sobre el único tramo descubierto de su garganta.
-¡Cállate!- Le grita con voz iracunda, apartándola mediante un empujón. Retira la capucha que cubre el rostro del desconocido con una sonrisa; desea con todas sus fuerzas ver al bastardo pidiendo clemencia antes de morir.
Pero en su lugar, lo único que obtiene es un par de ojos color ámbar mirándola temerosamente.
-¡Me rindo!- Grita compulsivamente. De no provenir de una garganta femenina e indefensa, aquellas palabras le hubiesen hecho mostrar una genuina expresión de éxtasis -¡Me rindo! ¡Me rindo! ¡Me rindo!
Su severa mirada marrón observa confundida a la presa que tanto deseaba destruir; no es el infeliz criminal que hubiese deseado, de hecho se trata de una chica ordinaria, una chica que derrama interminables lágrimas al observar la afilada cuchilla rozar despiadadamente su cuello.
-¡Por favor! ¡Lamento lo que sea que haya hecho!
La conoce, incluso cree relacionar aquella voz con recuerdos vagos. Solía observarla acompañando a su diosa durante sus constantes vigilancias furtivas. Es ella quien, de hecho, estableció el sobrenombre de Diosa en primer lugar.
Sasha Braus.
"¿Viva?" Medita en completo silencio "Ningún plan sale como esperas, Reiss"
-¡Ymir!- La llama la rubia nuevamente, intentando apartar su cuerpo del de Braus, utilizando todas sus fuerzas en vano –Es mi amiga ¡No ha hecho nada malo!
De la nada, ganando de paso ciertas expresiones temerosas, comienza a reír. Ríe como nunca al pensar en la situación tan absurda en la que se encuentra.
Curioso problema para un importante soldado, ¿No?
-¿Nada malo?- Pregunta retóricamente con una sonrisa impregnada de locura, mirando directamente a los ojos color ámbar nublados por el pánico -Ella te apartó de mi ¿No es eso suficiente?
No. Sabe que no es verdad. Reconoce las botas de la cazadora entre el grupo de pisadas que descubrió hace unos momentos; ella es inocente.
"Interrumpí un reencuentro ¿Eh?"
Christa, resignada ante sus esfuerzos sin sentido, descansa su delicada barbilla sobre uno de sus hombros; le es difícil definir cuál de aquellas sensaciones repentinas es la que le detiene su demente risotada: si el suave roce de su sedoso cabello rubio sobre su cuello o sus delgados brazos deslizándose sutilmente a través de su pecho.
Gruñe. Gruñe ante su propia debilidad por permitirse reaccionar ante su tacto con facilidad.
-Vine por mi propia cuenta.
Un silencio repentino inunda su alrededor; tanto su corazón como su cabeza están en silencio.
Se aparta de su presa con la misma velocidad con la que la sometió; no puede concentrarse en cualquier cosa que no esté relacionada con las caricias, ahora temerosas, que remarcan tímidamente cada uno de los músculos de su abdomen en un vaivén tranquilizador. Un beso discreto toca su cuello, haciéndole suspirar.
-Diosa- La voz de Sasha Braus, quien había retrocedido una considerable cantidad de espacio en un corto periodo de tiempo, ahora es lo suficientemente clara para hacerse escuchar sobre el abrumador silencio -¿Qué está pasando?
"Si supieras" Chasquea su lengua en frustración.
A pesar de estarle dando la espalda, puede sentir el pequeño cuerpo de su amante tensarse contra ella, mientras un cálido aliento titubeante golpea la piel cercana a su nuca haciéndole estremecer.
-Tenemos ciertas cosas que arreglar- Sus manos se aferran a su pecho delicadamente, como si las capas de tela no estorbasen el contacto directo –Podrías… ¿Dejarnos a solas?
-¿Es enserio?- Pregunta Sasha.
-Por favor- Responde la angelical voz de Renz.
Escucha el titubeo en la voz de la cazadora al momento de buscar las palabras adecuadas para responder. Siente su temerosa mirada sobre ella, similar a la que le dedica cualquier ser humano a un perro desconocido que camina a su alrededor; por más que lo intenta, no puede evitar sentir cierta simpatía por la asustadiza chica que tiembla al otro extremo de la habitación.
"¿Eso es un cazador?" Piensa con ironía.
-¿E-Estas segura?- Logra preguntar por fin, sin despegar la vista del cuerpo del sargento. Ymir, quien mira directamente hacia la pared contraria, puede sentir la sonrisa nerviosa de su diosa formarse en su hombro.
-Lo estoy- Una de las diminutas manos de Christa se cuela hasta alcanzar aquella en la que aun reposa la daga, entrelazando sus dedos tiernamente; por unos momentos necesita de toda su fuerza de voluntad para retener la orgullosa sonrisa que lucha por reemplazar su complicada expresión molesta -Él nunca me haría daño.
Braus arquea una ceja con curiosidad.
-¿Es un chico?
Gira la mirada bruscamente, causándole un respingo inesperado a la chica que se aferra a su cuerpo. Un poderoso escalofrió recorre su columna vertebral en cuanto siente la mirada de Braus buscando en su pecho algo que se supone debería estar ahí.
-Es un soldado- Responde Christa confundida mientras acaricia su mano –¿Qué más podría ser?
Una discreta gota de sudor frio recorre su sien lentamente, mezclándose con los restos de sudor seco derramado con anterioridad ¿Sera posible? ¿Realmente los instintos de un cazador eran tan potentes como para ver detrás de una máscara que podría engañar al mismísimo demonio?
"No puede ser"
-¡C-Cierto!- Responde Sasha con temor, sintiendo la mirada del sargento clavarse en su garganta como si fuese la de un depredador cazando -¡Es una tontería!
Christa suspira confundida.
-Está bien- Interrumpe la castaña antes de permitirle tomar palabra –Pero prométeme que iras al lugar de que te hable… Todos te estaremos esperando.
Puede ver la sonrisa triste en el rostro de Christa.
-No… No todos estarán ahí.
Silencio. El silencio tenso arropa el ambiente como lo haría la amorosa madre de un recién nacido. Una vez que la cazadora se ha despedido, al menos por ahora, de su querida amiga, todo parece inundarse en silencio.
"Solo fue una interrupción" Piensa para sí misma.
No tienen ningún deseo de comenzar una conversación, no cuando aun siente los remanentes de aquella adrenalina que recorre cada una de sus venas.
Desliza entre sus manos la cuchilla que aun no se molesta en guardar.
Mi honor es lealtad. Esa frase está comenzando a cansarle.
-Estas aquí- Murmura inesperadamente la pequeña diosa para romper el silencio –Sabía que vendrías.
Frunce el ceño con molestia. Esa expresión de gloriosa felicidad ahora le parece tan molesta que por unos momentos desea romperla con todas sus fuerzas, destrozarla de ser necesario con tal de liberarse del abrumador sentimiento de soledad.
-¿Aquí? ¡¿Aquí?!- Pregunta irritada, tomándola inesperadamente del cuello de su camisa para tumbarla de espaldas al suelo cubierto de escombros, posicionándose sobre ella de la misma forma en la que lo hizo con la Chica Patata hace algunos momentos -¿Ahora te alegra verme? ¿No intentabas huir de mí?
La cuchilla roza escalofriantemente su cuello. Está furiosa: con ella, consigo misma, con todo el mundo.
-Podría matarte justo ahora ¿Sabes?- Casi puede saborear el orgullo herido en sus propias palabras –Sabes que ese es el precio por desertar.
Pero, pese al veneno letal que parece impregnar cada una de sus oraciones, Christa se limita a acariciar su rostro dulcemente, sonriendo como lo haría el más inocente de los ángeles; descubre su cuello para darle un perfecto acceso a sus intenciones asesinas.
-Estas aquí...– Un rubor imperceptible recorre su rostro de lado a lado.
-¿Tanto deseas que te mate?- No responde, en su lugar desliza sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndola a su piel.
¿Qué debería hacer? El titán en su interior, el monstruo que tortura cada uno de sus pensamientos, desea un sacrificio de sangre; desea tomarla con tanta furia descontrolada que le cueste ponerse en pie sin trastabillar.
Así que, por una vez, Ymir decide escucharlo.
Coloca a un lado su cuchilla para tomar el rostro de su diosa con ambas manos, guiándolo hasta sus labios sin pronunciar nada más; esa tensa unión recibe, para su sorpresa, una respuesta repleta de entusiasmo.
Una pequeña guerra ocurre en aquellos momentos dentro de sus bocas: tanto sus manos como sus labios pelean dramáticamente por demostrar quien ha extrañado más a quien.
-Espera- La escucha murmurar levemente entre el beso ininterrumpido. Ymir, quien no tiene la menor intención de cederle la palabra, muerde su labio inferior con moderada fuerza.
-¿Esperar?- Pregunta con ademan molesto, recorriendo la extensión de las largas piernas de la diosa de principio a fin -Ya me has hecho esperar demasiado- La diosa la mira confundida.
-Solo han sido algunas horas- No está segura de cómo reaccionar. Permite a sus labios recorrer aquel cuello tan pálido como la nieve misma, encontrando el olor de la piel de un varón desconocido.
Debe admitirlo. Esta celosa. Esta completamente celosa.
-¿Unas horas?- Muerde su cuello con más fuerza, sintiendo nuevamente aquel sabor metálico que tanto extrañaba probar –Me has tratado como un monstruo durante semanas.
Renz libera un grito ahogado que se debate entre dolor o placer; para Ymir, quien se dedica ahora mismo a dejar un sendero de marcas carmesí a través de su piel, aquel sonido resulta ser el más hermoso sobre la faz de este mundo.
-Y-Yo no...
-¿No tenias esto planeado?- Une su frente con la de ella mientras sus bruscas manos desabotonan pacientemente su camisa -¿Planeabas abandonarme? ¿No?
Libera sus pechos de cualquier barrera para acariciarlos incansablemente; muestra una sonrisa sarcástica en cuanto escucha el primero de los tantos jadeos que la noche traerá sobre ellas.
-Fue alguien ¿No es así?- Susurra a su oído –No llegaste hasta aquí tu sola.
-Mentira...
-¿Realmente quieres salvar a ese bastardo?
La reacción de la pequeña es instantánea: se tensa completamente, intentando reprimir los ligeros gemidos fugaces provocados por los ligeros roces de la rodilla de Ymir contra su intimidad.
"Bingo"
-Yo… Yo nunca…
-Entonces se trata de ti- No puede contenerse más –La hija ilegitima de una amante siendo expulsada de casa– Pese a la impresión reflejada en aquella mirada color azul cielo, sus palabras no despiertan ninguna clase de culpa; debía decirlo, debe desahogarse de la única forma que conoce.
Traza una línea invisible de besos a partir de su clavícula, recorriendo ininterrumpidamente el sendero que lleva desde su lóbulo hasta los dos firmes montículos que acaricia ferozmente; utiliza su lengua tortuosamente para recorrer su contorno.
-Porque…- Por primera vez en mucho tiempo, puede ver el autentico miedo en el rostro de su diosa –Como… Tu…- Detiene sus palabras ante la cada vez más poderosa presión que ejerce su rodilla sobre su sexo.
¿Ha elegido un mal momento para tratar aquel asunto? Si. Obviamente lo ha hecho.
Pero no se arrepiente de nada; enfrentar su realidad parece ser un castigo perfecto.
-¡Oh! Di en el blanco- Baja un poco más, recorriendo con besos su plano abdomen perfecto. Mira su rostro brevemente impulsada por la curiosidad: está confundida, el resultado de aquellas sensaciones unidas es un cuadro erótico que le hace pensar seriamente que sus acciones superan por mucho a sus palabras –Escuche accidentalmente cierta conversación en cierta iglesia de Berlín.
Entrecortados. Jadeantes. Los murmullos extasiados de su diosa le hacen cada vez más difícil mantener aquella expresión indiferente que necesita; traga saliva duramente, debe continuar.
-La heredera de cierta casa importante nacida fuera del matrimonio, lo que la hace inaceptable para ellos- Retira lentamente aquella molesta falda tan larga, desgarrando parte en el proceso –El tipo de conversación que ningún desconocido debería escuchar.
Recorre sus piernas lentamente, usando la daga que se ha negado a envainar. Roza con su filo sus perfectos muslos, haciendo presión de vez en cuando para liberar un delgado hilo del líquido carmesí que tanto la hace enloquecer.
-Ellos creían que todo sería más sencillo si fuese asesinada de algún modo- Presiona el mango del arma contra la húmeda ropa interior de su diosa, como si tratase de introducirlo de algún modo en su interior –Por lo menos si renunciase a su nombre para vivir una vida normal… Y la chica de la que ellos hablaban lo hizo.
La siente estremecerse fuertemente a su merced, desconociendo si es por el miedo de verse descubierta en medio de una situación tan comprometedora o, simplemente, como una reacción física ante los estímulos que, incluso al propio sargento, causan ciertas sensaciones en un lugar prohibido.
-No te preocupes- Besa suavemente la cara interna de su muslo, concentrado en recorrer con su lengua las pequeñas heridas que ella misma ha trazado -No tengo intención de decírselo a nadie.
-Entonces…- Su voz la motiva a observarla detenidamente: cubre su rostro con timidez, en un intento desesperado por ocultar el sonrojo que amenaza por declarar su derrota -¿Me arrestaste solo para encontrarme?- No se resiste, nunca ha opuesto resistencia -¿Por qué ir tan lejos?
-No lo sé- Responde Ymir en un gruñido ronco, retirando lentamente la ropa interior que le impide tener a la chica completamente a su merced; recorre con la mirada su cuerpo desnudo de principio a fin. Es hermosa. Simplemente hermosa –Tal vez porque somos similares.
-¿Lo somos?- Pregunta Christa.
-No- Sonríe sarcásticamente –No lo somos.
Acaricia su humedad detenidamente, disfrutando el contacto de las yemas de sus dedos con aquella suave y cálida piel; ahora no le interesa mucho la fluidez de la conversación, tan solo quiere escuchar sus exóticos gemidos.
-Yo, Ymir, jamás he renunciado a mi nombre ¡Eso es tan bueno como perder!- Toma entre sus dedos la funda del arma entre sus manos, disfrutando en cada momento el poema de curiosidad, miedo y éxtasis en el que se ha convertido el rostro de su amante; en este punto, ambas han olvidado completamente cómo empezó todo aquello, no recuerdan más que sus propios cuerpos y su calor -¿Y qué hiciste tu?
La siente temblar al sentir como la punta de aquella funda roza su entrada, colándose entre su piel para buscar la calidez de su interior; una lagrima pequeña pero expectante recorre su rostro lentamente.
"Es hora"
-¡Te rendiste!- Hace oídos sordos ante su grito ahogado al introducir la mitad de aquella funda de golpe en su interior -¿Quieres que esos bastardos se alegren? ¡¿Eh?!
No le responde, limitándose a cerrar sus ojos con fuerza. Ymir, con un extraño sentimiento de excitación culposa, desciende para lamer el punto del placer de la rubia, sintiendo como sus delgados dedos se enredan torpemente en su cabello castaño.
¿Desea que siga? ¿Desea que pare?
-Si lo deseas, puedes cambiar tu destino- Introduce completamente el objeto sin darle tiempo alguno para acostumbrarse a él.
Mentiras. ¿Como se atreve a hablarle de mentiras cuando la mitad de su vida depende de ellas?
Comienza a mover el objeto en un rápido vaivén, como si desease recuperar todo el tiempo perdido.
-Y-Ymir- Escucha entre gemidos vacilantes; ese sensual sonido, sumado a los intentos de su diosa para atraer sus labios a su sexo, le motiva a mover velozmente la funda, rozando con sus dientes el clítoris de la sumisa mujer.
Lame todo lo que queda a su alcance mientras aumenta la potencia de las embestidas; la mirada azul de Christa se encuentra nublada por la visión de deseos prohibidos.
-Mi nombre es Ymir, ¡Ese es mi castigo contra el mundo!- Su aliento hace estragos en la resistencia de Renz quien, usando sus ultimas fuerzas, la atrae a sus labios nuevamente, besandola con furia; Ymir toma la oportunidad, sintiendo a la rubia tensarse mas y mas, aumentando las embestidas al limite de lo posible.
-¡Ymir!- Grita su nombre en medio del beso, aferrándose a su cuello con tanta fuerza que hace estragos la pulcritud de su camisa.
Siente la tension entre sus piernas, acompanada del delicado líquido que emana como una evidencia inminente; ha terminado.
Sus dedos reemplazan a la funda luego de alcanzado el éxtasis, moviéndose lentamente de un lado a otro como si explorasen un área que conocen muy bien.
Christa respira agitadamente bajo ella, aferrándose a aquella zona entre su hombro y su cuello; el sargento no se molesta en moverse más de lo necesario, sabe que no le agrada ser vista a los ojos luego de alcanzar la intensa plenitud.
-Tu ordenaste mi captura- Pronuncia debilmente mientras se aferra a su cuerpo -¿Querías que fuéramos amigos?
Detiene su respiracion, intentado asimilar lo que su diosa acaba de decir.
Ve en retrospectiva cosas que nunca se hubiese molestado en analizar por si misma, desde el inicio de sus tratos con la familia Reiss hasta su alistamiento en las fuerzas de la Schutzstaffel; una sonrisa nerviosa cruza su semblante en el momento que sienta a la diosa en su regazo.
-No... Por supuesto que no- Christa asiente, tomándose un tiempo para besar sus labios tranquilamente.
-E-Es raro pero... Eso me alegra- Siente sus temblorosas manos sobre el nudo de su corbata, deshaciendolo con maestría.
-¿Tanto te repugno?- Christa niega con un discreto rubor en su rostro.
-No quiero ser solo una amiga- Sus delgados dedos recorren el sendero marcado por sus botones, deshaciendo los primeros dos.
Ymir, quien puede sentir perfectamente las intenciones tras su mirada, aparta sus manos con algo de brusquedad.
-No...
-¿Porque?- Murmura Renz con la mirada vidriosa, el sargento toma su barbilla delicadamente para mirarla a los ojos.
-Porque el día que decida revelarte mi secreto- Besa su frente mientras muestra una de sus celebres sonrisas maliciosas -Tu reclamarás tu verdadero nombre y vivirás bajo el.
¿Debería Christa estar molesta con ella? Definitivamente. Debería odiarla por tomarla de un modo tan rudo; en su lugar, con un semblante serio, se limita a asentir, antes de unirse en un ansiado abrazo.
Ymir olfatea el dulce olor de su diosa, con la esperanza de no olvidarlo nunca más.
-¿Sabes?- Le dice Christa mientras acaricia su cabello con dulzura -No me gustó verte tan cerca de Sasha.
Ymir ríe escandalosamente, uniendo sus frentes.
-¿Celosa?
-Puedo estarlo si quiero.
-Entonces yo también.
Permanecen así, en silencio, hasta que el sueño comienza a afectar la conciencia de ambas; limitándose a abrazarla estrechamente contra su pecho.
Sonríe sarcasticamente al observar la funda de su daga empapada de la esencia de Renz, sintiendo su respiración acompasada en su regazo.
La protegerá. Debe protegerla esta noche.
Quien sabe cuando volverían a reunirse de aquella forma; después de todo, no regresarán juntas a casa.
