Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.
Capítulo XIII - Refugio
Cuando Christa Renz despierta, se encuentra sola en un vertedero de cenizas y oscuridad.
"¿Dónde?" Se pregunta comprensiblemente angustiada.
Mira a su alrededor, comprendiendo poco o nada de lo que hace en un lugar tan deplorable; revisa cada detalle en las paredes cubiertas de restos carbonizados de papel tapiz que en otro tiempo albergaron alegres colores, intentando encontrar en ellos una mínima idea de su paradero o, de ser posible, de su destino inmediato.
Busca. Busca. Vuelve a buscar. Busca incansablemente hasta que la escalofriante cabeza tiznada de un ciervo la saluda con su mirada mortuoria. Esta disecado. Es el trofeo de un cazador.
-¿Sasha?- Pregunta varias veces, esperando en vano escuchar la alegre voz de la Chica Patata rogando por un trozo de pan.
Nada. Silencio.
-¿Ymir?- Prueba llamar esta vez.
Ymir. Ymir. Ymir. Su eco repite aquel nombre innumerables ocasiones como si fuese una súplica, como si se tratase del rezo a una poderosa deidad que supera los límites de la cordura humana.
Pero nada responde, ni aun aquella deidad.
Estaba soñando. Todos los recuerdos de la noche anterior debieron haber sido simples sueños.
-¿Ymir?- Repite nuevamente.
Ymir. Responde su propia voz una vez más.
No le sorprende. Realmente no le sorprende que todo lo ocurrido en aquella casa abandonada fuera un anatema utilizado en su contra.
Lo único que realmente logra sorprenderle es lo mucho que eso duele.
Aun sentada en el helado suelo mira hacia abajo, hacia sí misma, comprobando que cada una de sus prendas se encuentra en el lugar que le corresponde; lo único que puede imaginar es que el sueño debió vencerla poco después de la partida de Reiner.
¿Sasha? ¿Ymir? Fueron una carta de amor a su subconsciente. Nada más.
-Nada más- Su mirada se nubla por un torrente cristalino que se desborda al encontrarse cara a cara con la cruel realidad: pese a sus buenos deseos, lo más probable es que su querida amiga este muerta, en cuanto a Ymir… Posiblemente Reiner hubiese tenido razón.
La utilizó. La utilizó como si se tratase de una reemplazable prostituta.
Como su padre utilizó a su madre hace mucho tiempo.
Como la prisionera que realmente es.
"Realmente nunca lograste escapar de Dachau" Se burla cruelmente su propio lado oscuro "¿Qué esperabas obtener de todo esto? ¿Un beso de buenos días de los labios de un nazi?"
Christa, enfrascada en un cruel sentimiento de soledad, abraza sus rodillas intentando mantener la calma. Sonríe para sí misma.
-Así es- Dice en voz alta, en un simple susurro que las paredes no pueden devolver –Precisamente eso esperaba.
Es estúpido ¿No?
Esperar un cariñoso gesto de buena voluntad de parte de uno de aquellos soldados al servicio de un régimen fundado en cimientos de muerte; antes de juzgarla recuerden: si mantener la esperanza es una señal de estupidez, entonces Christa Renz felizmente se considera una estúpida.
Relaja su cuerpo de la misma manera en que lo haría un condenado a muerte al darse cuenta que todo ha terminado; mira al techo como si en él se guardaran las únicas respuestas existentes a su situación.
¿Qué puede hacer?
¿A dónde puede ir?
¿Dónde puede refugiarse?
Está claro que Reiner no va a regresar; el soldado gentil que le suplicó un poco de su confianza se ha esfumado con la misma facilidad con la que apareció en el pórtico al que nunca regresará.
Se ha ido. Su última esperanza se ha ido.
Pero, pese a que el poderoso soldado rubio representaba su pase garantizado a un futuro mejor, nunca se arrepentirá de haber rechazado cualquiera de sus ofertas.
Después de todo, una vida al lado de Reiner Braun nunca podría ser un refugio.
Sería una mentira.
"No me ama" Respira profundamente sumergida en sus reflexiones "Tampoco lo amo a él"
¿Desde cuándo algo tan efímero como el amor se convirtió en algo tan relevante en su vida?
Si, ama a todos y cada uno de sus amigos por igual, pero el sentimiento al que se refiere en esta ocasión es mucho más intenso que eso.
Limpia delicadamente el sudor de su frente, asegurándose se no ensuciar su rostro con los restos negruzcos de hollín que han impregnado sus manos. Debe irse de inmediato.
"Debo ir a casa"
Traga el último nudo fortuito en su garganta antes de tomar el impulso necesario para ponerse en pie; intenta levantarse…
Y cae al suelo.
-¡Dios!- Murmura lastimeramente, retorciéndose ante la extraña sensación que invade el centro de su cuerpo impidiéndole moverse con propiedad.
Duele. Duele mucho.
Traga saliva. Se arma con todo el valor que es capaz de reunir para intentarlo de nueva cuenta; toma el impulso necesario y, envuelta en un manto de sufrimiento, logra ponerse en pie.
¿Que fue eso?
Con temor reflejado en sus movimientos, comienza a palpar su cuerpo en busca del origen de aquellas oleadas mortales: sus pequeñas manos recorren sus pechos, su vientre y sus muslos sin obtener algún resultado útil.
Durante algunos segundos, un pensamiento fugaz parece sembrar intriga en su conciencia.
"Podría ser…"
Una de sus manos, impulsada mas por curiosidad que por el deseo de una respuesta, se escabulle bajo la tela de su falda a través de su piel; recorre temerosamente su intimidad hasta que ahí, en el centro exacto de su prohibida cavidad femenina, encuentra el doloroso remolino que mengua sus capacidades.
Sus dedos, una vez retirados de aquel sitio, se encuentran cubiertos de una capa sutil de sus propios fluidos acompañados de una cantidad tan mínima de sangre que no puede ser natural. Recuerdos extraños se aglutinan en su cabeza como una lo haría una avalancha en el Everest: un hombre, un arma, dolor, placer.
-¿Ymir?- Prueba llamarle nuevamente con esperanza renacida en su voz, recorriendo a pasos pequeños el camino que lleva a lo que queda de la entrada principal.
Una gota de sudor recorre su frente con cada paso que da; recuerda haber recorrido cientos de veces aquella habitación en compañía de Sasha, pero nunca antes lo había hecho siendo víctima de un dolor similar al que provocarían cientos de alfileres albergados entre sus piernas.
"Un poco más" Se dice a si misma haciendo un último esfuerzo para abalanzarse sobre la puerta, siendo inmediatamente cegada por los faroles y el preámbulo de la luz del Sol.
-¿Qué ocurre, Diosa?- Le habla aquella voz burlesca que tanto conoce en cuanto pone un pie en el exterior -¿Demasiado intenso para ti?
Siente un escalofrío recorrer su cuerpo al reconocer completamente la silueta que espera de pie en el pórtico de la casa Braus; no puede evitar notar lo apuesto que se ve con aquel porte descuidado que lo haría pasar por una persona normal si tan solo esa esvástica no se aferrara a su brazo.
-Creí que nunca despertarías- Comenta el soldado de cabello largo mientras da la última gran calada a su cigarrillo antes de apagarlo contra el muro –Dormías como si no hubiese un mañana.
-Ymir…
Desciende por los escalones del pórtico, asegurándose que el punzante dolor no la haga caer; Ymir, sin previo aviso, la atrae cuidadosamente a sus brazos.
-Tu andar es peculiar- Se burla el hombre mientras une sus frentes con delicadeza –Supongo que debí ser mas gentil contigo, ¡Casi te parto es dos!
Puede ver el sol a espaldas del soldado que olfatea su cuello, escucha el cantico de las coloridas aves silvestres que la hacen olvidar su temporada interminable entre los graznidos de cuervos con la barriga llena.
Todo es tan hermoso. Tan irreal. Tan colorido en comparación con la prisión monocromática en la que creía haber pasado una vida.
No sabe si reír o llorar.
Así que decide hacer ambas cosas.
-¿Christa?- La llama la rasposa voz de Ymir -¿Qué demonios te pasa?
La pequeña rubia se limita a limpiar con el dorso de su mano las pequeñas lágrimas que han logrado escapar de su control, ofreciéndole una gran sonrisa antes de volver a refugiarse alegremente entre sus brazos.
-Creí que nunca más te volvería a ver- Ymir le sonríe ampliamente.
Con cuidado, sus manos enguantadas sostienen su barbilla, apoderándose ferozmente de sus labios ansiosos.
Aquel beso, pese a impregnarse del inquietante sabor del tabaco, despierta en la diosa una alegría infantil que creía haber olvidado hace mucho tiempo; sus brazos desesperados se ciñen alrededor del cuello del hombre mientras que este sostiene su figura firmemente; un pequeño jadeo escapa de su garganta al sentir como el aire entra nuevamente a sus pulmones.
Por un momento, aquel contacto tan íntimo deja en carne viva el nublado corazón de Renz; además del irremediable ardor en su invadido sexo, una presión peculiar ha decidido quemar de lleno su pecho.
Le quema por dentro. Desea ahogarla por fuera.
Entonces, en el momento que siente como Ymir atrapa su labio inferior entre sus dientes, aquello que tanto lucha por retener decide apoderarse de su voz, despertando en su mente la imagen de una horca en espera de sellar su final.
-Te amo.
Abre los ojos de par en par, descubriendo que ha desencadenado una reacción similar en aquel rostro que la observa con sorpresa; sus miradas, repletas de arrepentimiento, se encuentran por un lapso indeterminablemente largo hasta tensarse por completo.
Christa, más nerviosa de lo que ha estado nunca, traga hondo antes de atreverse a pronunciar algo más.
-Y-Ymir- Dice entrecortadamente- ¿He dicho algo malo?
No es su culpa, aquellas palabras escaparon solas de su control con la misma velocidad en que lo harían un par de culebras nadando en la corriente. Ymir, antes de permitirle decir algo más, la aparta de sí para darle la espalda.
-Debemos irnos- Dice en medio de carraspeos al atravesar los escombros que obstaculizan su camino a la acera –Mas te vale que estés lista pronto.
Nunca le dirige la mirada, mucho menos le sonríe amablemente.
La pequeña rubia juega con sus dedos un momento, concentrándose en las grietas o los trozos de carbón dispersados bajo sus pies; aquellas palabras, aunque ordinarias en alguien indiferente, han caído sobre su corazón como un balde de agua fría, destinado a devolverla a la realidad.
Con sus dedos jugando entre sí, asiente.
"¿Qué esperabas?" Escucha decir nuevamente a su lado oscuro "¿Un 'También yo'?"
Christa siente que volverá a llorar.
"Precisamente eso esperaba"
No le hace falta mucho tiempo, tan solo se toma unos minutos para arreglar su cabello antes de estar lista otra vez; Ymir le espera sobre su motocicleta en completo silencio, terminándose su tercer cigarrillo en lo que va del día.
-Eso te hará mal- Le regaña intentando parecer severa, él parece no escucharla.
-Sube- Le ordena sin mirarla, firmemente, mientras pisa los restos de la inocente droga.
Sin reír o llorar, sino con una irremediable expresión de resignación y disgusto, Christa camina hacia el vehículo encendido, montándose en la parte trasera de una forma que garantice mantener segura aquella zona tan sensible entre sus piernas.
-Sostente- Asiente en silencio, buscando a sus costados zonas de agarre en la estructura de la maquina que le den buen soporte a su peso; Ymir gruñe con molestia, tomando bruscamente sus dos manos -¡Maldita sea! ¡Sostente!
Sin advertencia previa, envuelve su propia cintura con los frágiles brazos de la diosa antes de arrancar a toda velocidad.
El viento choca violentamente contra su rostro; el rugir de la maquinaria, tan fuerte que apenas le permite escuchar sus pensamientos, es tan sobrecogedor que la hacen preguntarse seriamente como es que Ymir puede considerarla un vehículo perfecto.
Christa, aun afectada por la conversación anterior, hace lo imposible para no palpar los marcados músculos del soldado a través de la delgada capa de tela de su camisa, pero aquello resulta imposible cuando la creciente velocidad amenaza por derribarla de espaldas contra el concreto.
Le es difícil deducir que es más doloroso: si las punzadas de dolor que recorren su cuerpo cada que la motocicleta da un salto inesperado o la perturbadoramente repentina indiferencia de Ymir; cuando el ruidoso vehículo salta, el dolor la hace aferrarse con fuerza al cuerpo de su amante lo que, por consiguiente, lo hace tensarse, produciéndole más dolor.
¿Cómo explicar los sentimientos que la abruman en estos momentos?
Pese a las contradictorias condiciones de su nacimiento, el hecho de provenir de una familia de ortodoxas creencias religiosas logró inculcar a la pequeña Historia Reiss de algo que la sociedad suele llamar virtud.
Virtud. Ese lado de la consciencia humana para el que cualquier actividad que represente la más mínima satisfacción carnal es motivo de deshonra.
Si, pese a las nauseabundas acciones de su padre, el sexo siempre fue un tema prohibido para la familia Reiss.
Sexo. La sola palabra le sigue incomodando hasta la actualidad.
Por supuesto que su prolongada virginidad no la ha convertido en una campesina ignorante, conocía su verdadero significado mucho antes de practicarlo por sí misma, por ello, la cara del sexo que Ymir le muestra día a día resulta ser diferente a la que ella conocía y esperaba.
Después de todo, ellos nunca se han convertido en un solo ser.
Si, la posee de formas tan diversas que siempre espera algo nuevo (Lo ha hecho durante innumerables noches enteras), pero la deliciosa sensación invasora de sus dedos no se compara al dolor que le ha provocado la funda de la daga al lacerar su interior. Según tiene entendido, el volverse uno implica una invasión más profunda.
Pero eso, hacer el amor, solo ocurre cuando los amantes cuentan con un vinculo fortalecido por el amor y la confianza mutua.
¿Cómo mas podría ser un acto destinado al nacimiento de un nuevo ser?
Por supuesto que está completamente dispuesta a permitirle a su sargento penetrar en su interior (Constantemente ha fantaseado en secreto con el nacimiento de una niña de cabello castaño, ojos azules y pecas), pero en lo que a Ymir respecta… Una de las condiciones no se han cumplido del todo.
¿La confianza? ¿El amor? ¿Ambas? No desea saberlo.
Esconde su rostro tímidamente en la espalda del hombre, siente como su aroma impregna su piel y, en el fondo, desea que permanezca para siempre.
No tiene la menor idea de adonde se dirigen en esos precisos momentos, mucho menos conoce el porqué, pero el hecho de ver nuevamente las calles de la cuidad le producen cierta nostalgia.
En el fondo quisiera desear que la indiferente República de Weimar nunca hubiese dado paso a las podridas ideologías que el nacionalsocialismo sembró en Alemania; de haber sido así, miles de personas nunca habrían muerto.
Marco. El simple hecho de recordar a su amigo la hace sentir más egoísta de lo que desearía.
Porque, pese a que aquello hubiese evitado tantas de las tragedias que tuvo el infortunio de presenciar, nunca le hubiese permitido conocer a Ymir.
Ymir. Su Ymir.
Lo sostiene con fuerza, convirtiendo un tenso agarre en un abrazo gentil, el cual logra relajar los músculos del soldado como lo haría una flauta al encantar a la más peligrosa de las bestias.
Christa (También Historia antes que ella) siempre ha sido un alma repleta de sinceridad, por ello le cuesta poco o, prácticamente, nada aceptar que sus sentimientos hacia aquella persona de sádicos instintos han superado por mucho el límite de lo físico.
Siente como su calor se convierte en el refugio perfecto para sus emociones; si, como si su corazón se hubiese vuelto completamente loco, aquello que tanto temía sucedió por fin.
Se ha enamorado perdidamente de Ymir.
Realmente no le sorprende en lo más mínimo, no es la primera vez que considera la idea, pero si la primera en que la acepta como una realidad.
Posiblemente Reiner tenga razón, posiblemente ella solo sea un juguete destinado a romperse tarde o temprano pero, pese a aquella dolorosa sensación de vacío ante su indiferencia, la solo idea no le molesta del todo.
Ella haría lo que fuera por él, moriría de ser necesario.
-¿En qué piensas?- Pregunta Ymir de pronto con notoria curiosidad.
-En ti- Responde con una sonrisa tímida, descubriendo que resulta mucho más fácil aceptarlo en voz alta luego de hacerlo para sí misma -En que te amo.
Ymir chasquea la lengua.
-No sabes lo que dices.
Lo sabe perfectamente. Lo que no sabe es si son los primeros rayos del amanecer o su propia esperanza los que la hacen percibir un ligero rubor cubriendo cada una de aquellas pecas.
El camino que recorren no parece ser demasiado extenso, pero si confuso e insatisfactorio. Con el ligero dolor entre sus piernas aun torturándola, intenta identificar cada uno de los callejones estrechos que atraviesan incansablemente, calculando el tiempo mediante la luz solar.
No se necesita ser un genio para saberlo: están andando en círculos.
-¿A dónde vamos?- Pregunta para romper el silencio, obteniendo en respuesta una simple oración.
-Deberías saberlo.
-¿A casa?- Ymir guarda silencio. Algo anda mal.
Luego de varios minutos de calles estrechas, su camino desemboca en un amplio terreno baldío que custodia los alrededores de un condominio en condiciones precarias. El sol, en ese entonces, se encuentra en el centro exacto del cielo.
-Mediodía- Murmura Christa al sentir la motocicleta detenerse; comienza a preguntarse si todos los acontecimientos importantes en su vida están destinados a suceder en aquella hora.
Hay solo una puerta de hierro en aquel edificio obviamente abandonado, una que parece no haber sido forzada jamás; el sargento, sin mucho entusiasmo, desciende del vehículo para acercarse lentamente.
-¿Qué hacemos aquí?- Pregunta Christa.
-Te lo he dicho- Responde Ymir después de un rato en silencio -Deberías saberlo.
Busca en su memoria. Intenta encontrar algún indicio referente a ese lugar en vano; siempre fue cosa de Eren o de Jean el buscar problemas en sitios como este, no de ella.
Observa atentamente como Ymir toca cuidadosamente a la puerta de hierro, no sin antes asegurarse que nadie estuviese espiando a la distancia. Golpea la puerta con su puño. Una vez. Otra vez. Otra más. En total, Christa cree escuchar siete golpes.
-Llama a la puerta siete veces- Recuerda haberle escuchado decir a Sasha la noche anterior –Así sabremos que eres tu quien quiere entrar.
Ahora lo recuerda. Recuerda todo perfectamente.
-Sasha- Murmura como una gran revelación -¿Cómo es que tu…?
-La idiota de tu amiga volvió en la madrugada muerta de preocupación- Responde Ymir golpeando suavemente el suelo con su talón en un gesto de impaciencia –Tuve que... Persuadirla… Para que soltara información sobre su escondite.
-¿Persuadir?
-Persuadir. Amenazar. ¿Cuál es la diferencia? ¡Maldita sea! ¡¿Por qué tardan tanto?!
-Ymir- Le llama con voz temblorosa, buscando la mirada marrón del sargento -No habrá consecuencias para ellos ¿Verdad?
Ymir, por primera vez en todo el recorrido, la mira a los ojos.
-Tienes mi palabra.
Había muchas cosas que deseaba decirle y muchas más que debía escuchar, pero el simple hecho de mirarlo a los ojos termina con cada una de ellas, hundiéndola en un lugar de su pecho al que le cuesta trabajo acceder.
Camina hacia él con cuidado, previendo cualquier acción defensiva que pueda realizar; una de sus manos, delicadamente se posa en su rostro, acariciándolo, recorriendo sus pecas como lo hacía cuando estaban en casa,
Ahora todo es tan diferente. Ahora lo ama.
Él es su refugio, y hará todo lo posible para llegar a ser el de él.
Antes de que pudieran decir nada, Armin Arlert apareció al otro lado de la puerta.
