Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XV - Dolor

La sangre fresca empapa el suelo apenas segundos después de que el pequeño objeto metálico cortara el aire a gran velocidad; entre la endemoniada respiración de su atacante, sumado a los latidos nerviosos de cada espectador, el soldado cae de rodillas al suelo.

-¡Ymir!- Grita en cuanto logra esclarecer una idea que difícilmente comprende, mira el liquido carmesí empapar su uniforme, sintiendo un grupo de gemidos angustiosos en su propia piel.

"Esto no está sucediendo" Se dice en el momento en que se arrodilla al lado del ser inerte "¡Esto no puede estar sucediendo!"

Pega oído a su pecho ansiosa, tratando de encontrar la suficiente concentración para amortiguar los ruidos de su entorno, buscando desesperadamente el más mínimo latido en su interior.

No. Lo único que logra escuchar en medio del caos es el latido frenético de su propio corazón.

-¡¿Qué?! ¡¿Porque?!- Escucha el maniaco grito en la inmediata distancia, acompañado del desesperado chirrido que produce el mecanismo de un arma completamente vacía -¡¿Por qué no funciona?!

Ansioso. Demencial. Eren Jaeger, uno de los chicos con los que compartió los años más felices de su vida, lucha encarecidamente contra el caprichoso revolver que se niega a imponer una sentencia de muerte contra su propio dueño.

Golpea. Gruñe. Grita. Cada uno de sus intentos es inútil.

Tan inútiles como los de ella.

-¡Ymir! ¡Ymir! ¡Por favor!- Llama desesperadamente a la persona inmóvil que sostiene contra su pecho en un hilo de voz -¡No es divertido! ¡No es nada divertido!

Christa Renz siempre ha estado familiarizada con el miedo, lo ha sentido en tantas ocasiones a lo largo de su miserable existencia que le cuesta recordarlas todas con exactitud: sintió miedo cuando murió su madre; sintió miedo cuando su padre la abandonó a su suerte; sintió miedo cuando pisó Dachau por primera vez.

Pero esto… El miedo que siente en estos momentos supera por mucho todo lo que ha sentido con anterioridad.

-Por favor- Suplica con la mirada vidriosa –Di algo…

Acaricia su rostro delicadamente, sintiendo el frio implacable de una piel que siempre la atrapó en su calidez.

Esta frio, tan frio como la muerte.

-¡¿Que mierda has hecho?! ¡Maldito loco!- Reconoce a duras penas la molesta voz de Jean a la distancia-¡Pudiste habernos matado a todos!

-¡¿Loco?!- Devuelve Eren indignado -¡Ha traído un soldado! ¡Un maldito SS!

-¡¿Y por eso vas a dispararnos a todos?! ¡Imbécil!

-¡Cállate!

Eren, sin pensarlo dos veces entre su respiración entrecortada, apunta el cañón del arma directo al pecho de su propio compañero, quien solo le dirige una mirada de incredulidad; la pequeña diosa, aun sumida en el horror, puede ver como el caprichoso revolver tiembla en sus manos.

-Eren- Lo llama Armin, tan tranquilo como su intachable autocontrol le permite estar, caminando lentamente hacia su amigo -Tomémoslo con calma.

-¡Tu lo guiaste hasta aquí!- Su mirada muestra un inconfundible brillo homicida -¡Hacia nosotros!

Por unos instantes, debido al dolor que la sombra de la muerte provoca en su alma, no puede evitar mirar aquellos ojos sedientos de sangre con gran rencor.

-Eren- La diosa nunca hubiese imaginado que llegaría a pronunciar el nombre de uno de sus más queridos amigos con rabia; Eren le devuelve una mirada similar.

-¡Traidora!

-¡Cállate de una maldita vez!

Siente, de pronto, como una lagrima solitaria borra toda oscuridad naciente en su bondadoso corazón en cuanto aquella voz ronca emerge de su regazo; hace descender su mirada lentamente. Rogando. Rogando.

-Christa- Su hermosa mirada azul cielo, humedecida por antiguos rastros de dolor, se encuentra de llano con los ojos marrones de un soldado herido -¿Estás bien?

No puede responder (De hacerlo, probablemente rompería en un mar de llanto), limitándose únicamente a asentir antes de hundir su rostro en el pecho de aquella despiadada persona, aspirando su aroma como si fuese la última vez.

-Ya veo- Sus fuertes manos juegan con delicadeza con cada mechón de su hermoso cabello rubio, provocándole una incontenible necesidad de reír. Acaricia sus pecas con sus pequeñas manos, uniéndolas, rodeándolas, memorizándolas como lo haría un pequeño niño.

Es feliz, es tan feliz que apenas podría describirlo.

Pero, como la sombra etérea que realmente es, la felicidad debe romperse por un nuevo lapso de dolor. Así es la vida, siempre ha sido así.

-¡Eren!

Porque ni el preocupado grito de Mikasa puede intervenir con la crueldad del destino, así como tampoco puede detener las pisadas furiosas que se acercan a ella cada vez mas.

-¡No te atrevas a tocarla!- Una mano se aferra a su brazo izquierdo con la fuerza de una garra animal, la levanta del suelo bruscamente para apartarla del lado de Ymir. De su Ymir.

-¡Christa!- Escucha la preocupada voz de Armin a su lado; el tirón de Eren ha sido tan fuerte que, quizá involuntariamente, la ha lanzado de costado contra el suelo frio -¿Estás bien?

Desorientada por la apresurada situación, logra asentir.

-¡¿Quién demonios te crees?!- Esta vez es Connie, de pie en una distancia prudente, quien protesta ante el comportamiento del titán -¡¿Crees que puedes ir por ahí lastimando a todos y a todo?!

Sin embargo, como siempre, es Jean quien decide intervenir de una manera más física.

-¡Christa no merece ser tratada así, animal!- Toma la camisa de Eren con fuerza, acabando con los pocos centímetros de diferencia que sus estaturas poseen; Christa solo observa al lado de Armin en silencio -¡Discúlpate ahora mismo!

Le duele enormemente ver a sus amigos pelear entre sí; le duele ver el mar de odio en el que Eren Jaeger se ha convertido; pero, sobre todo, le duele ver el rencor de la humanidad plasmado en su mirada esmeralda.

Por primera vez en su vida se siente como una traidora.

-Basta- Exclama la chica asiática con sorprendente tranquilidad, mientras sostiene a una Sasha que aun se debate entre la consciencia y el pánico –No vas a lograr nada.

Ante las palabras de su hermana, el chico, como si acabara de escuchar la más divertida de las bromas existentes sobre la faz de este mundo, comienza a reír; ríe maniacamente; ríe insensatamente; ríe para arrancar más de un escalofrío a sus compañeros que, pese al pasar de los años, nunca han escuchado nada igual.

-¿Nada?- Le pregunta su hermano en medio de un grito molesto -¡¿Nada?! ¡¿No lo entiendes?! ¡Es nuestra oportunidad! ¡Nuestra primera victoria! ¡Podríamos...!

Pero, por supuesto, las reglas del universo son indiferentes a cada persona, por ello, incluso el pequeño triunfo personal de Eren Jaeger puede ceder ante el dolor.

Sin darle tiempo para reaccionar o, incluso, para percibir parte de lo que se avecina, la sombra arremete contra él a gran velocidad, golpeando su rostro con fuerza; la sangre fresca que escapa de los labios de Eren se mezcla con el rastro sanguinolento que escapa de la extremidad de aquella sombra.

-¡¿Cómo te atreves?!- Grita Ymir con tono furioso en el momento en que derriba a Eren para continuar golpeándolo -¡¿Cómo te atreves a lastimar a mi Christa?!

"Ymir" En esos momentos, sin darse tiempo para considerar lo inoportuno de su situación, el corazón de Renz da un vuelco antes de regresar agitadamente a su lugar.

-¡¿Tuya?!- Grita Eren tomando la corbata de Ymir violentamente -¡No la trates como un maldito objeto!

-¡Tu no me dices lo que debo hacer!

Un golpe se estrella repentinamente contra el estomago de Eren, provocando un sonido tan estruendoso que, si se escuchara en una habitación silenciosa, parecería una fuerte ruptura.

-¡Eren!- Grita Mikasa dando un paso al frente.

-¡Espera!- Grita la Chica Patata quien esta vez se encarga de sostener la cintura de Mikasa con fuerza, impidiéndole auxiliar a su hermano en la contienda que el mismo comenzó-¡Las cosas solo empeoraran si interfieres!

Mikasa mira sorprendida la repentina seriedad de aquella enorme mirada color ámbar que, hasta hace algunos momentos, estaba llena de terror; ¿Es esta la misma chica que estaba al borde de la inconsciencia minutos antes? Ni aun la propia Christa, la espectadora más cercana, puede descifrarlo.

Pese a todo, Mikasa detiene inmediatamente cualquier ansiedad por luchar, apartando a la cazadora con delicadeza.

Los instintos de Sasha siempre tienen la razón, todo el mundo lo sabe.

Christa observa impotente como ambos hombres, con sus fuerzas menguadas por el dolor que evidentemente sienten, comienzan a rodar sobre el suelo. Golpeando, pateando, de un lado a otro como lo harían un par de lobos luchando encarecidamente por la carne de una presa; gotas de sangre de ambos rocían el suelo con cada golpe que logran acertar.

-¡¿Te han dicho que pareces una chica?!- Grita Eren envuelto en el bullicio de su propio enfrentamiento.

-¡¿Qué se siente estar perdiendo contra una, mocoso?!

Un golpe. Otro. Otro. Logra apenas ahogar un grito en cuanto ve como los puños se dedican a lacerar la piel.

-¡Christa!- Gira la mirada para encontrarse con la mirada oscura de una más tranquila Mikasa, quien se encuentra de pie a su lado.

No necesita nada más, tampoco necesita momento alguno para armarse de valor antes de realizar aquella empresa, simplemente asiente con su corazón latiendo como nunca antes, poniéndose inmediatamente en pie.

-¡M-Mikasa! ¡¿Qué diantres estás haciendo?!- Ha terminado tan rápido como comenzó. Basta con que Mikasa, quien siempre ha sido mucho más fuerte que el hombre promedio, cargue a Eren sobre su hombro para que la feroz contienda llegue a su fin; el titán más joven, derrotado, se retuerce en medio de un agarre que nadie ha roto jamás -¡Bájame! ¡Bájame maldita sea!

Christa, por otro lado, rodea a Ymir con sus brazos, acariciando su pecho de ese modo tan especial que hace desaparecer toda clase de resistencia; hunde su rostro en su espalda con la esperanza de menguar su ira.

-Suéltame ahora- Murmura Ymir dócilmente. Ella, temblando, le abraza con más fuerza.

-¡Es tu culpa!- Le grita Eren al soldado -¡Todo es tu puta culpa!

Ymir gruñe, provocando un sonido tan irracional que, para las mentes fantasiosas, podría provenir de un verdadero titán.

-¡¿Eso te da derecho a ponerle un dedo encima a mi Christa?!- Lo abraza con fuerza en cuanto siente la primera señal de resistencia hacerse presente; le preocupa de sobremanera la cantidad de sangre que derrama su brazo -¡Te arrancare la mano completa!

-¡¿Cuantos dedos le pusiste encima tú?! ¡Maldita sea! ¡Si te atreviste a tocarla…!- Christa puede observar como la chica asiática, haciendo gala de su imponente fuerza bruta, levanta a Eren en alto como si fuese una pluma, con tanta facilidad que hace al chico ruborizarse - ¡Mikasa! ¡Detén eso de una maldita vez!

Mientras ocurre aquel bizarro espectáculo fraternal, tanto Christa, movida por una curiosidad morbosa, se sumerge de lleno en la mirada marrón de su sargento, arrepintiéndose en cuanto logra asimilar lo que encuentra ahí.

Ha pasado casi un año desde el evento que Alemania ahora conoce como La Noche de los Cristales Rotos, casi un año desde que los prisioneros de dicho acontecimiento llegaron a Dachau; casi un año desde que conoció al sargento. Si, ha visto el semblante molesto de Ymir en más de una ocasión (Especialmente cuando Reiner Braun, el hombre que la había besado la tarde anterior, estaba cerca), pero la locura que encuentra en estos momentos es diferente a otras ocasiones.

Esta vez, la mirada asesina de su sargento la hace temblar.

-Escúchame bien, grandísimo hijo de perra- El rostro de Eren de inmediato se congestiona ante las fuertes palabras de Ymir -No planeaba venir a tu estúpida guarida...

-¡Entonces lárgate de una maldita vez!

-No planeaba regresar- Continua tranquilamente sin prestarle atención- ¡¿Pero como sabré que Christa estará a salvo si la dejo en tus manos?!

-¿Eh?- Es lo único que Christa logra murmurar, examinando el rostro del soldado.

-¡Estará mucho mejor con nosotros!- Continua Eren sin notar la expresión de asombro en la pequeña chica rubia- ¡Solo mírala! ¡Es incluso más pequeña de lo que recuerdo!

-¡La pudiste haber matado!- Le recuerda Ymir -¡¿Cómo demonios voy a confiar en ti?!

-¡¿Realmente crees que estará a salvo contigo?!- Pregunta Eren furioso, escupiendo cada palabra como si fuese veneno mortal -¡¿Crees que será feliz con alguien como tú?!

"No" Suplica Christa en silencio "Ni siquiera lo pienses"

Ymir la mira sin previo aviso, como si buscase en lo profundo de su alma la solución a un enigma que le sería imposible resolver de cualquier otra manera; sonríe pesarosamente, como si aquella solución, una vez encontrada, le provocase dolor.

-No- Responde el nazi desviando la mirada –No lo será.

Christa permanece mirándole, buscando una respuesta a la avalancha interminable de preguntas que inundan despiadadamente su corazón; no desea que todo termine así, espera que lo que tanto teme no se haga realidad.

-Eren- La voz de Mikasa rompe bruscamente su letargo, llamando la atención de cada persona presente en aquel vestíbulo; la observa alejarse distraídamente, llevando a su hermano en su hombro como si fuese un simple saco de patatas vacio-Debo curar eso.

-¡¿Qué?!- Reclama el chico de ojos verdes -¡Bájame! ¿Mikasa? ¡¿Mikasa?!

-Tu deberías hacer lo mismo- Esta vez, las tranquilas palabras de Ackerman van dirigidas únicamente a ella, mientras marcha hacia una de las habitaciones del fondo.

-¡Mikasa! ¡Bájame ahora mismo!

Una habitación pobremente iluminada es lo último que todos ven antes de perder de vista al excéntrico dúo; en cuanto la puerta de esa habitación se cierra, el gran vestíbulo es invadido por un silencio mortal.

-Christa- La llama Armin en un nervioso titubeo, aparentemente temiendo acercarse más de lo normal -¿Vamos?

Siente las miradas airadas de sus compañeros clavadas en su espalda en el momento en que asiente, tomando el brazo de Ymir para comenzar a seguir al rubio estratega que le espera pacientemente en un extremo de la habitación; solo Sasha, que aun es víctima de ligeros temblores, le dirige una mirada comprensiva.

-Creo que le agrado a la Chica Patata- Dice Ymir a su oído, dirigiéndole una mirada divertida nublada de dolor -También creo que se desmayará pronto.

Tres. Dos. Uno.

-¡Oh! ¡¿No pudo escoger un peor momento?!- Grita Connie exasperado al notar como su amiga, la Chica Patata, cae al suelo como lo haría una víctima de inanición al carecer de alimentos por tres dias - ¡Hey! ¡Sasha! ¡Maldición! ¡Jean, ayúdame con esto!

-Te lo dije- Ymir ríe en su oído.

-Es por ahí- Le indica Armin mostrándole uno de los tantos cuartos vacios a los que conduce el extraño laberinto de puertas abiertas –Encontrarás todo lo que necesitas en aquel estante.

-De verdad, muchas gracias- Murmura con una dulce sonrisa, ocasionándole al chico rubio un ligero rubor antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

-No es nada.

Sin duda, Armin siempre ha sido un chico muy amable.

Libros. Botiquines. Medicina. La habitación, que huele endemoniadamente a desinfectante, parece haber sido la enfermería de aquel condominio, carcomida por el tiempo y la guerra.

-La bala salió sola- Dice Ymir recostándose pesadamente sobre una de las gastadas camillas de sabanas grises mientras ella, con movimientos apresurados, busca todo lo necesario para la curación -Me he recuperado de heridas mucho peores.

-No me importa- Responde al momento de sentarse al lado del brazo herido, con todos los instrumentos listos para usarse -Quítate eso.

Señala distraídamente la camisa del soldado. Ymir alza una ceja antes de echarse a reír, como si algo dentro de sus palabras severas le hubiese parecido sumamente divertido, como si el miedo fuera ajeno a él. Christa frunce el entrecejo levemente.

-Una propuesta atrevida ¿Eh?

Molesta. Preocupada. Aturdida por todas esas cosas que sucedieron rápidamente. Se dispone a deshacer con sus propias manos los botones de su camisa maltrecha.

-De otra forma no podre...

-¡He dicho que no!

Aparta sus manos bruscamente, tanto que resulta más doloroso para su alma que para su piel; el soldado, con un movimiento rápido, dobla su propia manga hasta descubrir toda la extensión de su brazo, especialmente los retazos carbonizados de piel que la bala ha dejado a su paso.

-¡Dios!

Puede verlo fácilmente, puede ver el camino por el cual la bala se abrió paso a través de la bronceada piel de Ymir, notando entonces lo cerca que estuvo aquel disparo de acertar a su corazón. Muerta de miedo, toma un poco de algodón para empaparlo de alcohol.

-¡No es nada! Solo fue el brazo.

-Debemos desinfectarlo de inmediato.

-No es tan grave...

-¡Por supuesto que lo es!- Grita Christa horrorizada -¡Logró perforar la piel!

-Hazlo rápido entonces- Ordena Ymir suspirando. Las manos de la diosa tiemblan conforme prepara los artículos necesarios, las lagrimas que caen sobre su rostro bloquean su vista, haciéndola más torpe de lo que realmente es.

-Lo siento- Un poco del liquido se derrama sobre sus manos temblorosas.

-¡Maldita sea!

Los objetos en sus manos se balancean violentamente, debatiéndose contra sus pobres intentos de impedir que caigan al suelo.

-¡Lo siento!

-¡Dame eso!- El soldado le arrebata bruscamente el pequeño frasco transparente para vaciarlo, sin ninguna consideración, sobre su herida abierta; con el líquido trasparente corriendo rebosante a través de una zona sanguinolenta, el grito que arranca de la garganta de Ymir hace a Christa derramar las lágrimas que, hasta ahora, creía haber contenido.

-¡¿Qué es lo que haces?!- Reclama en un hilo de voz, acariciando compulsivamente la espalda del sargento para apaciguar su dolor al límite de sus capacidades.

-¡Las gasas! ¡Maldita sea! ¡Las gasas!

En esos momentos de desesperación e impotencia, sintiendo la mano de Ymir estrangular la suya a causa del ardor, la diosa deshace los primeros dos botones de su propia camisa, dejando al descubierto la blanca piel de su cuello repleto de cicatrices, ofreciéndolo como si fuese un manjar.

-¡Ymir!

Como si fuese algo acordado con anterioridad, su amado sargento muerde brutalmente su cuello mientras ella, derramando lágrimas dedicadas al dolor ajeno, limpia torpemente la herida abierta, suplicando en silencio que el dolor de su amante desaparezca pronto.

Porque así es Christa Renz.

Su propio dolor no le importa en lo absoluto; la noción del mundo, la noción de su propio ser, todo se pierde a través del dolor inminente.

Cuando la venda se agota en sus manos, ninguno hace el mínimo intento de moverse. Permanecen como los encontró el momento: uno contra el otro, unidos como si las emociones solo se pudiesen vivir plenamente al ser compartidas.

-Ymir- Murmura Christa al sentir como aquella presión dolorosa abandona su piel, moviendose directamente hacia sus labios.

Es curioso. Muchas veces ha probado su propia sangre a través de aquellos labios, pero esta ocasión se siente como la primera vez; se siente como si la venda hubiese sido removida de sus ojos, permitiéndole disfrutar plenamente de los sentimientos que despierta aquella lengua rozando su piel.

Pero no puede evitar percibirlo: aquello se siente como una despedida.

-¿Te irás?

Ymir permanece silente, lamiendo los pequeños hilos de sangre que sus mordidas provocaron en su cuello, como si se encontrase sumergido en un letargo tan profundo que no necesitase nada más.

-Deberías saberlo.

No. Repentinamente molesta, se debate contra su propia consciencia para analizar lo que está a punto de hacer; atrae sus labios de nueva cuenta, saboreándolos ansiosamente mientras se sienta a horcajadas en su regazo, moviendose lentamente sobre él.

-Llévame- Susurra en medio del beso mientras acaricia toda la extensión de su pecho, buscando la mas mínima perturbación en la mirada decidida del soldado, quien espera recostado en silencio a que su atrevida demostración de afecto llegue a su fin.

Se posiciona sobre su entrepierna para comenzar a frotar su cuerpo lentamente, sintiendo una pequeña onda eléctrica recorrer sus nervios por el dolor que aun invade su sexo; quizá lo disfrutaría si la situación fuese distinta.

-Por favor- Susurra lentamente, uniendo sus cuerpos un poco más, comenzando a deshacer los primeros botones de su camisa manchada en sangre.

-¡Basta!- Frunce el ceño antes de apartarla con brusquedad antes de levantarse completamente de la cama, dejando a una muy confundida Christa mirándole.

-¿Por qué?- Ymir solo sonríe vacilante.

-¿Qué creías?- Pregunta sarcásticamente -¿Que me iba a enamorar de ti como en un maldito cuento de hadas? ¿Qué iba a abandonar todo lo que he logrado para escapar contigo?

-¡No tienes porque hacerlo!- Responde con un rio de lagrimas infinitas recorriendo sus hermosas facciones de principio a fin –¡Yo lo hare por ti! ¡Yo abandonare todo!

-No sabes lo que dices.

-¿Qué no lo sé?- Pregunta con una mueca irónica, como si desease reír gratamente desde lo profundo de su alma -¡Por supuesto que lo sé!

-¡¿Cómo puedes saberlo?!

-¡Porque te amo!

El soldado la mira directamente a los ojos con esa fría mirada que tanto le cuesta descifrar; frente a aquella mirada marrón, Christa se siente desnuda e indefensa, como si todos sus secretos fueran simple polvo a sus ojos.

-Nunca he dicho que sintiera lo mismo por ti...

Una sonrisa triste invade el semblante de Christa, convirtiéndose quizá en la expresión más melancólica que una joven diosa pueda albergar.

"Lo sabía" Se dice a sí misma "Siempre lo supe"

- Te lo he dicho ¿No?- Responde tranquilamente, poniéndose en pie para rodear con sus brazos el cuello de su, cada vez mas confundido, amante –Sin importar que, siempre estaré de tu lado.

Ymir sonríe con resignación, atrayéndola a su cuerpo con fuerza, comenzando a palpar descaradamente sus costados.

-¿Sin importas qué?

Posiblemente, si hubiese tenido un poco de sentido común, Christa se habría sentido indignada ante la sugerencia lujuriosa que empapa aquellas acciones, posiblemente se habría sentido asqueada ante el simple pensamiento de ser usada y dejarse usar.

-Así es…

Pero, en su lugar, busca nuevamente sus labios, para permitirle dar rienda suelta a sus deseos una vez más.

Cuando despierta, un par de horas más tarde, Ymir se había ido.