Advertencias: Presencia de Lime.
Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.
Capítulo XVII - Realidad
¿Cómo describir el alivio que inunda aquel súbito despertar? ¿Existe forma alguna de poner en palabras la calidez que invade su cuerpo al ser atravesado violentamente por aquella fragancia de dulzura eterna?
No. Ni aun en sus más remotas fantasías podría describirlo.
La voz angelical la llama desde la penumbra del sueño, pronunciando su nombre con más fuerza en cada ocasión.
Ymir. Ymir. Ymir.
¡Qué orgullosa se siente de poseer aquel nombre! Incluso con las sombras de su pasado y la sangre de su presente revoloteando a su alrededor como un ave de rapiña, nunca se ha sentido tan feliz por el simple hecho de ser. Por el simple hecho de alguna vez haber sido.
Un ser miserable que logra ascender a los cielos de una religión detestable solo para arrebatar al más hermoso de sus ángeles para sí mismo; el demonio que arrebata la pureza en lo divino, eso es lo que es.
Mas ahora está ahí, durmiendo en los brazos de aquel ángel corrompido, ¿Acaso esa hermosa ironía no es suficiente para hacerla feliz? Discordia. Una discordia tan profunda que es capaz de arrebatarle una sonrisa.
-¿Qué es tan gracioso?- Cuestiona la voz a su lado con pereza enternecedora, haciéndole reír con autentica jovialidad.
-¿Qué clase de pregunta es esa?- La atrae a su cuerpo en medio de palabras bruscas, con el único propósito de sentir su calor –Solo deseo reír, ¿Debo tener alguna razón para hacerlo?
"Despierta" Grita su mente de pronto con cierta agitación misteriosa "Despierta"
-Todos la tienen- Responde la diosa de cabellos rubios mientras se aferra a los pliegues de su camisa como lo haría una niña pequeña –Todos deben tenerla.
La ironía brota de su alargado semblante en el momento que una de sus manos desciende a través de la espalda desnuda de su compañera, sintiendo como sus rugosos dedos se hunden en la suavidad de su blanca piel.
-¿Deben?- Cuestiona con una enorme sonrisa -¿Tienes una, princesa?
El pequeño cuerpo se coloca sobre ella lentamente, dedicándole una sonrisa con la pureza necesaria para provocarle un involuntario rubor.
-La tengo- Siente sus pequeños labios sobre los suyos, reemplazando inmediatamente su necesidad de encontrar una respuesta perspicaz por la de palpar su cuerpo descubierto con mano firme.
¡Qué forma de mandar al demonio la seriedad propia del momento! Ríe juguetonamente en cuanto los labios de la pequeña descienden a su cuello; le es difícil rememorar algún momento en que hubiese sentido tanta felicidad.
Pero nada de esto está bien. Lo sabe perfectamente.
En esos precisos momentos, mientras se hunde en el mullido colchón de plumas para disfrutar del tacto pasional de su ángel, sabe que todo a su alrededor es demasiado difuso para ser real.
¿Qué acaso no puede notar como todo a su alrededor, salvo su amante, carece totalmente de color? Se llama idiota innumerables veces por no haberse percatado de algo tan evidente.
No es real. Nada de eso es real.
Pero si esta escena tan hermosa no es real, ¿Qué es entonces? ¿Una simple fantasmagoría? ¿Un sueño tan vivido que siente la calidez de aquella chica cuando sus dedos penetran en su interior?
No. Ni aun el sueño más perfecto puede permitirle semejantes sensaciones.
"Es un recuerdo" Se dice al observar las formas vagas de los objetos a los que difícilmente presta atención "Esto sucedió hace tiempo"
¿Hace cuanto? ¿Meses? Quizá.
-Ymir- Murmura la rubia entre suspiros mientras ella se dedica a besar sus pechos descubiertos.
En ocasiones, nuestra mente disfruta jugándonos bromas crueles: esta vez, como si se tratase de un método de tortura innovador, su mente revive el más hermoso de sus inviernos. No puede moverse, eso es obvio; es un recuerdo, no puede alterarlo, solo puede dejarse llevar por él.
-Christa- Murmura en el oído de la chica recibiendo en respuesta un solo suspiro, sintiéndola aferrarse a su cuello con ambas manos conforme el incansable vaivén de sus largos dedos aumentan en su interior. Calor. Gemidos. Vida.
-¡Ymir!- Una suave mordida se apodera de su cuello en cuanto el cuerpo de la más pequeña se tensa; desde el fondo de su corazón, el sargento lamenta que su estorbosa ropa de dormir intervenga en el contacto de sus pieles desnudas.
Silencio. El silencio solo es interrumpido por su rasposa voz.
-¿A que vino todo esto?- Pregunta con una sonrisa.
-R-Realmente- Murmura Christa con un creciente rubor que intenta esconder hundiéndose contra su pecho -Casi nunca estas en casa… Por eso…
"Despierta" Reclama su mente nuevamente, con mas desesperación de la que tuviera hacia algunos momentos "Despierta de una buena vez"
Pero, pese a que su sentido común le ruega una acción rápida, ella se niega a obedecer; ¿Cómo podría esto no estar bien? ¿No es lo que ella deseaba? Regresar. Simplemente regresar a los buenos tiempos.
"La abandone" Se recuerda mientras siente la pequeña mano de Christa acariciar suavemente los mechones rebeldes de su descuidado cabello castaño "Fue lo que hice"
Pero ahora, a pesar de no controlar sus acciones como le gustaría, la tiene en sus brazos; solo a ella en un mundo de color gris. No desea que esto termine. No desea que esto termine nunca.
-¿No te gusta estar sola, pequeña?
Pero, si permanece en este engaño, ¿No estaría condenada a abandonarla nuevamente? ¿Qué pasara cuando el ciclo de eterna felicidad termine para dejarla sola en su mundo color gris?
¿Qué será de ella? ¿Qué será de Christa?
¿Acaso debería despertar?
-No- Responde su amante acomodándose entre sus brazos para dormir una vez mas –No me gusta.
"Despierta" Repite con vehemencia, luchando contra su propio corazón para escapar. No puede seguir con esto, debe protegerla en el otro lado de la consciencia; debe terminar con sus recuerdos de una vez por todas "¡Despierta, maldita sea!"
-Christa...
Cuando vuelve a la realidad, lo primero que encuentra es la inexpresiva mirada azul cielo de otro demonio observándola incesantemente. No es su diosa; no importa el pequeño parecido en sus semblantes, ella nunca lo será.
-Despertaste.
Su cuerpo entumecido duele como nunca antes lo ha hecho. El suelo de esa celda vacía, carente de toda protección, ha logrado hacerle más daño de lo que hubiese imaginado; su nuca, debió golpearse en la nuca en el momento en que Annie la derribó.
-Demonios- Murmura poniéndose en pie lentamente, frotando con cuidado la zona herida en busca de lesiones severas -¿Te han dicho que eres una especie de monstruo?- La rubia desvía la mirada con desinterés.
-A veces.
Ymir sacude el polvo que impregna su uniforme; hace tiempo que acostumbra entrenar con Annie cada madrugada de cada día, procurando que el dolor que le ocasionan sus brutales golpes sea tan cruel e insoportable que le impida pensar en algo más durante el resto del día.
Procurando que el dolor le impida pensar en Christa. Su Christa.
"Esas son tonterías" Se reprende de inmediato con el orgullo corriendo libremente por su piel "Hago esto porque lo deseo. Nada más"
Nada más. Realmente, nada más.
-Continuemos- En cuanto aquella palabra abandona sus labios, la pequeña figura se pone en guardia.
-Como desees- Ymir sonríe.
De entre todas las personas a su mando en Dachau, solo Annie Leonhardt ha conseguido ganarse plenamente su respeto; el resto de sus hombres atacarían con gran fuerza y poca razón, pero Annie… Annie es como un huracán, un huracán que posee esa prodigiosa inteligencia que solo se puede encontrar en las bestias que ocupan el pináculo de la cadena alimenticia.
Eso le agrada, le agrada más de lo que puede admitir.
Tal como espera, Annie ataca fríamente, dirigiendo cada uno de sus golpes al punto donde acertó el anterior; arma mortal, tanto que en ocasiones la hace temer por su integridad física.
-¿Sin piedad?- Annie no responde.
El sonido de la lucha invade la celda que utilizan para su entrenamiento privado; nunca conversan, pero los golpes secos parecen expresar algo oculto en su interior. En el interior de ambas. ¿Ira? ¿Impotencia? Ninguna de las dos lo admitirá jamás.
-Lento- Murmura Annie monótonamente en el momento en que una de sus veloces patadas acierta con fuerza arrolladora en el vientre del Titán Danzante. Ymir gruñe de dolor –Lento.
Tiene razón. Incluso ella puede ver como sus movimientos se vuelven cada vez más torpes, cada vez más lentos.
-Lento- Un golpe más en el mismo lugar, con la misma facilidad que el anterior.
-¡Silencio!- De mil intentos, uno acierta directo al hombro de la chica, haciéndola retroceder -¿Existe alguna razón para estar tan comunicativa?
Mira a Annie con aquella ira que paraliza al más poderoso de sus hombres, pero ella, la Titán Hembra, logra sostener esa mirada sin inconveniente alguno.
-Debiste decírselo- Suelta Annie sin previo aviso –Lo que eres en realidad.
Ymir, quien al principio la observa con asombro plasmado en su ser, sonríe con actitud socarrona, asegurándose en todo momento de sostener la feroz mirada de su contrincante. Lo entiende. Entiende perfectamente a que se refieren aquellas palabras.
-Lo has sabido desde siempre- Murmura con voz agitada, poniéndose en guardia nuevamente -¿No es así?
El silencio es la respuesta que Annie decide otorgarle. No le sorprende que la cruel supervisora conozca a detalle su secreto, después de todo, Annie conoce cada secreto que alberga la sombra de Dachau.
-Siempre- Responde Ymir al comprender que no obtendrá respuesta –Has podido delatarme todo este tiempo...
-No es mi asunto- Responde la rubia con frialdad –Los secretos no son algo que me importe.
Ymir sonríe ampliamente.
-¿Enserio? Conozco algunas cosas acerca de ti- Baja la guardia con seguridad -¿Por qué nunca dijiste lo que sentías a aquella niña? ¿Cómo se llamaba? ¿Mina?
Tal como esperaba, el semblante fiero de Leonhardt permanece tan estoico como al comienzo, salvo por el brillo, discreto e inusual, que aparece en su mirada azul.
"Somos iguales" Piensa sin atreverse a decirlo en voz alta "¿No es así?"
Permanecen en silencio, observando su imagen en la mirada de su adversario. Ymir mira cuidadosamente la pequeña figura de Annie, asegurándose de no ser descubierta.
"Se parece a Christa"
Ese es el último pensamiento que desea evocar. No quiere atacarla, aun si cada uno de sus golpes mutila su humanidad; nunca lastimaría a su Christa.
-Ellas hubiesen sobrevivido sin nosotras, ¿No crees?- Dice a su rival mientras la rodea lentamente -Christa- Sonríe con malicia -Mina.
"Es Annie" Se reprende mentalmente sin descanso "Es solo Annie, maldita sea"
-Fuimos nosotras quienes escogimos el camino de la muerte- Responde la rubia con creciente monotonía –Sabíamos lo que pasaría mucho antes de comenzar.
-¿Por eso nunca tuviste valor para comenzar?
Un error. Un simple error.
Antes de darse cuenta, mucho antes de que pasara por su mente el subir la guardia, otra poderosa barrida le hace perder el equilibrio cruelmente (Otorgándole una caída mucho mas grácil que en la última ocasión), permitiendo que Annie se posicione sobre ella. La frialdad de la pequeña mano sobre su cuello solo sirve para helarle la sangre completamente.
-¿Por eso no tienes el valor de continuar?
Siente el sobresalto surgir desde lo profundo de su pecho mientras intenta por todos los medios liberarse del potente agarre. Nada funciona. Nada funcionará.
-Ella ha muerto- Susurra con una pizca de cólera en las mentiras que intenta convertir en realidad –¿Qué podría continuar si Christa ha muerto?
El silencio reina donde reinó la lucha alguna vez; solo un susurro, un susurro lastimero de una voz que no fue hecha para los sentimientos, logra deshacer en el corazón del Titán Danzante todo el deseo de luchar.
-Mina ha muerto.
¿Qué decir? ¿Qué hacer?
Por escasos segundos, que pasarían desapercibidos para alguien sin su preparación, aquel azul la observa profundamente, lo suficiente para abrumarla con todo lo que esconde en su interior con mil cerraduras; por un instante, Annie Leonhardt se convierte en un libro abierto, un libro cuya familiar realidad se lee sobre paginas marchitas.
"Somos iguales ¿No es así?"
En el tiempo que toma un parpadeo veloz, la chica recupera completamente su compostura. Mortífera. Fuerte. La Titán Hembra aprisiona su cuello sin delicadeza.
-Mina ha muerto- Repite amenazante –Pero ella aun no lo hace.
Ymir traga hondo, su boca está seca y su garganta se cierra al momento de hablar.
¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué precisamente hoy?
-He fallado en mi intento de convertirme en guerrero- Dice la chica atravesándola con su fría mirada -Pero tú no tienes porque fallar- En cuanto se pone en pie, Annie le da la espalda, haciéndole imposible establecer nuevamente contacto visual -Si vas a seguir lamentándote sobre cosas sin sentido, no entrenaremos mas... Te has vuelto más débil.
La castaña se incorpora lentamente, sentándose en el suelo mientras frota su ahora adolorida garganta buscando algo de alivio; su corazón late rápidamente, movido por emociones que difícilmente se pueden ligar a la emoción de un combate estremecedor.
-Esa chica- Habla con fuerza en un intento de llamar la atención de la rubia –Significaba mucho para ti.
No es una pregunta. Annie apenas parece inmutarse; la observa unos momentos mientras recarga su espalda en uno de los muros cercanos a la puerta entreabierta.
-Llamaste a Christa entre sueños.
Es todo. Es lo único que piensa decir. El sargento frunce el ceño, inconforme al verse expuesto en tan comprometedor momento; ¿Por qué Annie? ¿Por qué precisamente Annie?
-Los errores suceden- Murmura entre gruñidos.
-¿Tantos errores?- Annie resopla como si fuese una burla –Un error nunca tendría tantas palabras ridículas.
-¿Palabras?- Ymir la mira con curiosidad, buscando respuestas en esa mirada feroz. No encuentra nada -¿A qué te refieres?
-¿Qué más da?- Responde Annie cruzando los brazos sobre su pecho, observando discretamente el pasillo a través de la puerta de hierro entreabierta -Mira la hora.
-¿La hora?- Mira con pereza su reloj de bolsillo entre la luz parpadeante que envuelve la celda. La hora que marca el inicio de su jornada ha comenzado; está atrasada por varios minutos más de los permitidos -Debiste haberlo dicho antes.
-No tengo porque.
-Te recuerdo que estas a mis órdenes- Dice Ymir poniéndose en pie rápidamente, arreglando con cuidado cada detalle de su ostentoso uniforme negro envuelto en una delgada capa de polvo. Annie, quien la espera pacientemente, sonríe casi con burla -¿Qué es tan gracioso?
-Aquí, sargento, todos tienen su propia lealtad.
-Si, a veces desearía saber dónde demonios tienes la tuya- Coloca cuidadosamente la gorra con la insignia de calavera sobre su cabeza, valiéndose de un trozo de espejo empotrado en la pared –Espero que muera en el camino, ese viejo del demonio cree que todo el mundo debe besarle los pies.
-Debes hacerlo- Le murmura Annie como un jugueteo sarcástico inusual –No es como si tuvieras otra opción.
-¡La tengo!- Señala Ymir al desenfundar la daga en su cintura –Podría tomar su escaso cabello, halar su cabeza hacia atrás y abrirle el cuello de lado a lado para largarme inmediatamente de aquí, ¿No sería eso lindo?
-Lo seria- Asiente Annie –Pero tu chica moriría.
Ymir la mira directamente a los ojos mientras guarda el arma, tensándose ante aquellas palabras que parecen mas una advertencia que una amenaza real.
-Pareces conocerlo muy bien...
Annie sonríe ampliamente, convirtiendo su rostro estoico en una mueca ironica.
-Mi deber es conocer.
-Si… Lo se.
Annie se adelanta a la puerta, abriéndola mientras hace un leve ademan para indicarle que salga primero.
-Secreto por secreto, sargento- Murmura de forma detestable -Ni tu ni yo pertenecemos aquí.
-¿A dónde perteneces entonces?- Se detiene junto a ella en silencio, observando desde arriba su pequeña estatura y su diminuta complexión -¿A dónde pertenece Annie Leonhardt?
La rubia desvía nuevamente la mirada con desinterés, como si aquella conversación hubiese sobrepasado los límites para escaparse sin remedio de sus manos.
"¿He hablado demasiado?" Se pregunta el sargento al ver a la chica suspirar.
-Mi padre está muerto… Mina también lo está- Responde con voz ronca después de instantes silenciosos –No pertenezco a ningún lugar.
Ymir sonríe antes de comenzar a caminar con la silenciosa supervisora siguiendo sus pasos; esa es la realidad, por eso escogió a Annie de entre todos sus hombres, por esa simple razón.
-Somos iguales ¿No es así?
Sus hombres la observan con creciente intriga mientras atraviesa los solitarios pasillos del Bunker para atravesar otros más concurridos con Leonhardt pisándole los talones; ¿Qué pensaran? ¿Qué Annie es solo el demoniaco reemplazo de su angelical Christa?
Miradas. Susurros. Sonrisas detestables. Es precisamente lo que piensan; eso la hace enfurecer. Esa es su realidad ahora, de ninguna otra forma podría llegar a ser: inhumana, detestable, como todo lo que encierra Dachau; este día, por sobre cualquier otro hecho terrible en el campo, se llevará a cabo la reunión que mas altera su endemoniado ser. El Pastor Nick fue solo la marioneta, ahora debe enfrentar al titiritero en persona.
"Es su maldita culpa" Piensa frunciendo el ceño con la mirada al frente "Todo es culpa del viejo Reiss"
Reiss. El solo nombre le produce escalofríos.
¿Cómo de la semilla de un hombre tan detestable nació un ser tan perfecto? Es un misterio que probablemente ella no esté destinada a descubrir.
En su tablero, Reiss es una pieza trascendental; mucho antes de que su bastarda formara parte del juego, las influencias del magnate religioso se materializaban en una pieza de gran valor: una reina, quizá un arfil.
"La reina" Piensa inmediatamente mientras la luz de la mañana ilumina los predios sangrientos "Esa perra puede hacer lo que le plazca"
Siempre. Desde siempre.
En cuanto Adolf Hitler tomó la cancillería en 1933, los bienes de muchos hombres adinerados que se mantuvieron al margen durante las elecciones comenzaron a correr un grave peligro ante la amenaza de ser embargadas por el nuevo orden; Reiss, temeroso de perder la gran fortuna que formó a partir de la fe de feligreses ingenuos, comprendió que para mantenerse a salvo necesitaría un contacto, alguien que lo mantuviera al tanto de cada movimiento que pudiese resultarle perjudicial.
Un peón. Un espía.
"Yo" Una simple huérfana de inteligencia prodigiosa. Una chica con el potencial de escalar hasta el cielo. Reiss siempre fue bueno para encontrar talento en lo más absurdo.
Ella solo se encargó de las cosas simples: mostrar sus capacidades, mostrar su estrategia, incluso se encargó de lucir imponente envuelta en aquel uniforme masculino; Reiss se encargó de silenciar por siempre a todo aquel que pudiera delatarla, se aseguró de que nadie a su alrededor hiciese preguntas innecesarias.
No preguntan, no preguntas. Le dijo una vez y, antes de darse cuenta, le entregó Dachau en bandeja de plata.
Pero, con el paso del tiempo, lo que no nos pertenece resulta ser lo más tentador: cuando su posición estuvo bien establecida dentro del régimen, Reiss le encomendó la tarea más importante de todas: neutralizar a la única de sus piezas capaz de volverse contra él, la única persona que podría poner su verdadero rostro al descubierto, su único error.
-Lo que se da, también se puede quitar- Un escalofrío recorre la espina dorsal del sargento al escuchar el susurro de Annie a sus espaldas, como si la supervisora contase con libre acceso a sus pensamientos profundos -No puedes hacerlo esperar.
-¿Tu que sabes?- Annie hace ademan de sonreír.
-Muchas cosas.
La conversación termina tan abruptamente como empezó. Para entonces se encuentran en el patio de formaciones, donde cada prisionero se dispersa para atender sus tareas cotidianas.
Christa. Los primeros días solía observar a Christa desde la pequeña ventana de su oficina, observaba su pequeña figura perdiéndose en dirección a su área de trabajo, relamiéndose los labios en espera del encuentro furtivo que la noche traería sobre ambas.
Christa. Su Christa. La Christa que abandonó.
Te has vuelto más débil. Las palabras de Annie se infiltran en su mente, revoloteando sin control hasta hacerla rabiar.
¿Débil? ¿Acaso cree que ella tiene permitido verse débil? ¡Podría llevarse a la cama a cada prisionera o supervisora existente en el campo si lo deseara! ¿No le basta con eso? ¿No le basta con saber que estará a salvo?
-¡Maldita sea!- Sin previo aviso, llamando la atención de todos los presentes, patea brutalmente el rostro de una escuálida mujer que limpia sin descanso el suelo de la plaza principal; pareciese como si aquella pobre alma, que luce una estrella de David bordada en sus ropas, no hubiese descansado en semanas -¡Lo estás haciendo mal, perra!
Aquella mujer, que comienza a escupir sangre a borbotones interminables, solo asiente entre un mar de lagrimas antes de reanudar su tarea abrumada por temblores incontrolables. Ymir frunce el ceño antes de herir su costado con un punta pie.
-¡No derrames tu sangre, maldición! ¡Más vale que no quede ninguna gota!
Camina en dirección al cuartel sin prestarle atención a los crecientes sollozos ahogados; el gris a su alrededor la abruma hasta los límites de la locura, haciéndole extrañar el aire fresco que se respira en la hermosa casa campestre que no ha tenido el valor de pisar.
¿Qué conseguiría durmiendo en un colchón frio que no le trae más que sentimientos desagradables? ¿Más ira? Su pequeño catre improvisado en es más que suficiente.
-Te molestaría- Dice a la silenciosa chica rubia –¿Si una de esas presas desaparece?
-Lo que hagas no es asunto mío- Murmura ella fríamente. Ymir se encoje de hombros.
-Entonces- Responde al momento de desenfundar su arma con velocidad cegadora dirigiéndola, sin error alguno, hacia la mujer en el suelo -Terminemos con esto.
El disparo que resuena en Dachau aquella mañana particularmente fría solo le sirve para recordarle su realidad; la sangre que empapa el suelo solo sirve para recordarle la clase de persona en la que se ha convertido. Observa a sus detestables soldados sonriendo con aprobación envuelta en sonrisas cínicas, Annie solo permanece en silencio.
Esa es su realidad, desde el momento en que Reiss le otorgó ese uniforme su destino fue sellado con sangre y fuego.
Nosotras escogimos este camino. Le dijo Annie hace un momento, y ahora, mientras recuerda el aterrorizado semblante de su hermosa Christa el día en que fue traída a este lugar, encuentra razón en aquellas palabras.
"Si me vieras ahora, Christa" Se dice mentalmente con una pequeña sonrisa temblorosa en su rostro "¿Qué pensarías de mi?"
Recuerda haber preguntado lo mismo hace mucho tiempo, cuando su realidad no era más que una sombra de esperanzas, cuando el negro uniforme comenzaba a formar parte de su ser. En ese entonces no conocía su nombre, ni aun aquel que es falso, mucho menos quien era su padre. Solo la conocía a ella, no necesitaba nada más.
¿Qué pensarías de mí? Preguntaba constantemente a su reflejo con esa sonrisa que nació el día que conoció a su diosa, eran niñas entonces, pero en su mente el recuerdo permanece tan vivo como aquella vez. La verdadera razón por la que aceptó aquel trato con Reiss. La protegería siempre. Hasta siempre.
Pero nunca nada es para siempre.
¿La descripción no concordaba a la perfección? ¿No era el semblante de la fotografía el mismo que ella había conocido cuando no era más que una niña? ¿No había sido clara la orden de Reiss?
Mátala.
Creía haberlo evitado cuando ordenó su captura; creía haberlo evitado cuando fingió su muerte; creía haberla protegido.
Verano, invierno, verano otra vez. Si Reiss lo desea, Reiss lo hará, sin importar a quien tenga que sacrificar para conseguirlo.
"Mi lealtad esta con ella" Piensa contra su voluntad "Solo con ella"
Mira de soslayo la pequeña figura de Annie caminando tras ella, preguntándose cuáles son los pensamientos de alguien que en momentos parece no tener corazón; pero ella lo sabe, conoce la realidad.
Si Mina estuviera con vida, Annie se habría marchado hace mucho tiempo.
Maldición. Frota sus, cada vez mas adoloridas, sienes; no le gusta pensar, no en cosas como esta, ¿No es por eso que entrena a diario? ¿Acaso el golpe más duro no puede cambiar su realidad?
-No ganaras nada así- Le dice Annie a su lado.
-Lo sé- Responde entre suspiros -Todo parece ir mal últimamente- Annie asiente.
-Para ti. Para todos.
No desea llegar, pero el camino a su oficina parece más corto de lo que recuerda. En cuanto llegan a aquella habitación apartada del resto, puede ver la enorme sombra del Titán Colosal guardando la puerta que conduce a su despacho; está nervioso, demasiado nervioso.
-¿Lo dejaste entrar Berth?- Le pregunta a su segundo mejor soldado, él solo asiente alternando su mirada entre la de ella y la de Annie.
"Me pregunto" Medita Ymir de pronto "Si él creerá los rumores sobre Annie y yo"
-No me dio otra opción... Lo siento.
Ymir suspira con pesar, no sin antes dar una palmada comprensiva en la espalda de aquel chico tan alto, calmando un tanto su nerviosismo; todo se está saliendo de control incluso para ellos, sea cual sea su verdadera lealtad.
-Buen trabajo, Bertholdt.
-¿Necesitas ayuda?- Le pregunta él mirando la puerta cerrada. Ymir sonríe de mala gana.
-Toda la que sea posible.
Aun así, con Fubar y Leonhardt protegiendo sus costados, Ymir no puede evitar observar la puerta de su oficina fijamente, intentando recuperar la dignidad que aquella peligrosa reunión debe tener. No puede evitar pensar en el beso de Christa en aquel sueño repentino, ni en las palabras ridículas que Annie le recriminó.
"La amas " Le grita el titán en su interior con una sonrisa burlona que no puede debatir "¿A quién quieres engañar? ¿A la realidad? ¿A ti misma?"
-Cállate- Murmura en voz alta.
-¿Dijiste algo?- Pregunta Berth.
-No- Responde de inmediato al percatarse de su error -Nada.
Cuando abre la puerta, encuentra al astuto Reiss donde creía que lo encontraría: sentado en la gran silla que ella debería ocupar; pero no estaba solo. A su lado, de rodillas, había alguien amordazado, con una gran variedad de heridas diversas surcando todo Angulo existente en su piel.
"¿Qué…?"
Siente como el color escapa tortuosamente de su rostro, así como siente su cuerpo debatirse entre el pánico y el terror absoluto al reconocer el rostro que la observa suplicante.
Esto no puede ser. Esto no estar pasando.
-¿Con un retraso me recibes después de tan largo tiempo, Ymir?
La voz rasposa de Reiss y la aterrorizada mirada de Eren le dice todo lo que debe saber.
Nada de esto es un sueño, es solo la cruel realidad.
