Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XIX - Silencio I

-¡Espera!

La voz, aunque moderada, hace eco en las paredes silenciosas del antiguo condominio que ahora, entregado al abandono, sirve como gueto personal a la inexistente Legión de Reconocimiento, el inútil juego de su niñez.

-¡Mikasa!- La llama el muchacho sin aliento, haciendo lo imposible para seguir sus grandes zancadas furiosas que embriagan la noche con desesperación y terror -¡Espera! ¿Podríamos meditarlo un momento?

-No- Eso es todo. No piensa ni necesita decir nada más. ¿Acaso se ha vuelto loco? ¿Acaso cree que el tiempo se detendrá, pacientemente, a esperarlos? ¿No han perdido suficiente tiempo hasta ahora?

-¡Por el amor de Dios!- Exclama el chico en un grito silencioso, temiendo despertar a sus compañeros que duermen plácidamente en habitaciones contiguas -¡Es lo mas impulsivo que harás en tu vida!

Por pocos segundos, sus pozos oscuros se encuentran con la suplicante mirada color mar de su querido amigo, lo suficiente para pronunciar su declaración final.

-Funcionará.

-¿Te estás escuchando?- Pregunta el chico retóricamente -¡¿Realmente escuchas lo que acabas de decir?! ¡Ni siquiera sabes si está realmente ahí!

No lo escucha. No hace el intento por escucharlo. Estaba preparada para recibir aquella reprimenda en el momento en que decidió contarle su plan al astuto Armin Arlert. ¿Qué clase de apoyo esperaba recibir de la propia voz de la prudencia? Ni ella misma lo sabe.

-Lo sé- Armin enarca una ceja ante su seguridad.

-¿Qué te hace pensarlo?- Sus miradas se encuentran nuevamente, con mucha más fuerza que en la ocasión anterior.

-Que ella tampoco ha regresado.

Se coloca cuidadosamente una de las gastadas capas verdes dedicadas a resguardarles del vigilante inoportuno; sabe que una empresa como la que se propone requerirá mas discreción de la que, incluso ella, puede atribuirse.

Sabe que es una locura, una locura tan grande e imposible que, con toda seguridad, va a costarle la vida.

-Mikasa- La voz de Armin, tenue a causa del asombro que su moribunda frase desató, la llama temeroso, acariciando el límite del horror absoluto –No querías decir eso ¿Verdad?

Pero ella, envuelta en la terrible desesperación producida por una perdida inminente, solo le dirige una última mirada despectiva.

-¿M-Mikasa?

-Si ella tiene algo que ver- Las palabras, impregnadas de ponzoña, abandonan sus labios como serpientes seseantes en busca de una indefensa presa a la cual devorar –La matare.

Entonces, sin decir nada, Mikasa Ackerman abandona la habitación, hundiéndose en el silencio de un gueto dormido, interrumpido por sus propios pasos y su pesada respiración.

-Resiste, Eren.

Dos días. Han pasado dos angustiantes días desde la desaparición de su hermanastro Eren Jaeger; dos días desde que el impulsivo chico abandonó por su propio pie el edificio al que no volvería nunca más.

"No debió ir" Piensa en un gruñido seco mientras su andar sigiloso se escabulle entre las múltiples habitaciones que utilizan para dormir "Nunca debió haberse ido sin mi"

El primer día, cuando habían pasado un par de horas desde que notaron la ausencia de dos rostros conocidos, todos lo tomaron como algo natural, un inconveniente inoportuno que entorpeció la marcha, solo eso; pero cuando el primer día pasó, y ninguno de los mercaderes recordó haberlos visto, se desató el caos.

Buscaron en sus sitios recurrentes, en plazas públicas e, incluso, en el peligroso perímetro que marcaba los límites de sus hogares convertidos en cenizas pero, sin importar cuánto se esforzaron, no encontraron más rastro que el difuso juego de huellas que adornaba lo que alguna vez fue el pórtico de Sasha Braus.

-Nadie ha venido aquí en mucho tiempo- Les había dicho la Chica Patata cuando recorrían lo que solía ser su hogar –Esas huellas pertenecen a Christa… Y también a Ymir.

Ymir. Ese nombre infernal fue lo que la llevó a tramar la imponente hazaña que ahora tiene entre manos.

"Fue su estúpido soldado" Retira con brutal facilidad el sólido armario que esconde la única entrada a su escondite sin producir ruido alguno "Todo es su maldita culpa"

Ella tiene el valor de ver la verdad. Todos a su alrededor parecen idiotas, confiando en sus ridículas esperanzas de un regreso inesperado; ninguno, salvo ella, parece poseer la suficiente sangre fría para tomar en cuenta la posibilidad de que ese nazi, posiblemente resentido por la acalorada disputa que sostuvo con Eren hace varias semanas, podría haber vuelto por lo que le pertenece.

¿Qué tal si Eren había intervenido? ¿Qué tal si, como la última vez, había intentado retarlo por la integridad de Christa? Por eso está emprendiendo esta marcha hacia el silencio. Por eso aprieta su puño en torno al mango de la katana que oculta hábilmente tras su capa, el único recuerdo de su verdadera madre y de su verdadero clan.

Por eso, en un ataque de locura silenciosa que amenaza con estallar en demencia, Mikasa Ackerman decide infiltrarse, de cualquier manera posible, al infame Campo de Concentración de Dachau.

¿Cómo alguien, en especial una fugitiva declarada como ella, podría infiltrarse en un lugar tan peligroso? No lo sabe, pero por nada del mundo se sentará a pensarlo; cada segundo es valioso, cada segundo es un riesgo inminente, cada segundo acerca a Eren al límite de la muerte.

-No morirá- Susurra para sí misma, quizá buscando infundirse seguridad -No mientras yo esté con vida.

Siempre ha sido así. Incluso después de comprender que, cualquiera que fuese su sentir hacia él, nunca seria correspondida; siempre ha estado ahí para protegerlo.

Excepto esta vez.

-Maldición- Otro murmullo, tan desesperado como los otros, mientras sus veloces pasos se convierten en una carrera a través de la penumbra que invade los pasillos desiertos. No debe hacer ruido, cualquier sonido inoportuno en el momento inoportuno atraería una persecución que terminaría en la captura de todos sus compañeros pero, sintiendo su corazón caerse en pedazos, no puede preocuparse por nada más.

"Eren" Es todo lo que puede pensar "Eren. Eren. Eren"

¿Por qué todo parece caer sobre ellos? ¿Por qué esas desgracias parecen provenir de una nada cósmica imposible de predecir? Todas sus casas, desde la primera hasta la última, fueron invadidas la noche de la masacre, incineradas con tal saña que le es imposible explicar.

¿Por qué? ¿Sera a caso que, por el crimen de alguno de sus amigos, el gobierno había decidido dar caza a todos los demás? ¿Qué clase de daño podría ameritarlo?

Marco era judío; ¿Acaso la persecución se había originado por tomarlos a todos como sus cómplices?

Era bien sabido, por todos ellos, que Christa hospedaba a un trió de huérfanos judíos en su hogar. ¿Habría sido ese el detonante? ¿Los habían castigado por saber demasiado?

Mikasa se detiene en seco.

¿Tres niños judíos que aparecen casualmente en la puerta de la persona correcta a pocos días de un pandemónium que, bien sabido por todos, fue planeado por el gobierno? ¿No es aquello una gran coincidencia que, más bien, parece una mala suerte atroz?

Continúa su marcha, en silencio, mediante un paso lento invadido por la meditación.

¿Por qué ir tan lejos? ¿Por qué el régimen montaría un número tan convincente cuando bien podría haber derrumbado la puerta para arrestarla de un modo u otro? ¿Había algo que esconder? ¿Una simple niña escondía algo de tal magnitud?

Algo en su interior le dice que el judaísmo de Marco poco tiene que ver con su muerte.

-Es una locura- Acaricia sus sienes, culpando al cansancio y su falta de sueño por usar su energía en aquella idea bizarra e inútil.

¿Y si era cierto? ¿Y si las mismas personas que asesinaron a su madre, la señora Jaeger, los han encontrado? ¿Y si Christa Renz, en realidad, sabe más de lo que aparenta?

Armin se había horrorizado con la sola insinuación que había hecho respecto a la idea, pero ella, que comprende los sacrificios que trae la vida, lo haría sin titubear: si necesita asesinarla para recuperar a su única familia, lo hará.

Y donde comenzará su suicida búsqueda será, por supuesto, en Dachau.

En completo silencio, tanto en su voz como en su pensamiento, atraviesa a paso lento el camino más corto a la puerta de hierro que conduce a la única salida real del edificio; da un paso tras otro sin pensar, hasta que la sombra oscura se hace presente.

-¿Mikasa?

No lo tenía planeado. No lo había pensado siquiera. Nunca se molestó en recordar al centinela que siempre resguarda la puerta por las noches y, mucho menos, en la persona que ostenta semejante responsabilidad esta noche.

-Sasha.

La cazadora abandona una pieza medio devorada de pan en una repisa cercana, guardando el arco con el que apuntaba a la oscuridad. Sasha. ¿Cómo pudo olvidar la guardia de Sasha? ¿Cómo esperaba infiltrarse en un campamento nazi si no ha logrado burlar a la Chica Patata? Esos pensamientos solo la hacen rabiar.

-Buenas noches- Es lo único que dirá, no necesita nada más.

Sasha la observa fijamente mientras se encamina con indiferencia palpable a la gran puerta de hierro, vigilándola como si temiese a cada movimiento que pudiera ser capaz de realizar.

"¿Qué estará pensando?" Se pregunta Mikasa en silencio, en el abrumador silencio de la noche.

-¿A dónde vas?- Le pregunta la castaña en un titubeo nervioso; ella, con curiosidad, decide observarla brevemente por el rabillo del ojo: el brillo de la preocupación en la mirada decadente adornada con grandes ojeras le advierte que debe darse prisa.

No responde. Apresura el paso hasta la puerta a paso firme; teme por la integridad de su plan en el momento en que la figura de Sasha, quien casi la iguala en altura, se interpone en su camino, extendiendo sus brazos para prohibirle el paso, moviéndose como una sombra para impedirle avanzar.

-En mi guardia- Dice la cazadora con voz temblorosa -Nadie sale y nadie entra.

Frunce el ceño, el calor de su bufanda le recuerda la situación en la que esta.

-Sasha- Amenazante. Peligrosa. Puede ver el ligero temblor en el cuerpo de la chica mientras esta continua bloqueando su paso –Hazte a un lado.

-Es por Eren.

Ve un brillo de valentía en sus ojos color ámbar en cuanto sus miradas se encuentran; Sasha, a diferencia de ella, es capaz de expresar su temor sin tapujo alguno, forzando una sonrisa tranquilizadora sobre sus pensamientos atroces.

-Volverán- Dice fingiendo entusiasmo –Al principio estaba muy preocupada por Christa pero luego comprendí que…

-Eren me necesita.

Hace un último intento por librarse de la carga que la sola presencia de la chica impone. Da un ligero empujón contra su hombro intentando, de la manera más directa que puede, despejar su camino para una rápida huida; un brillo metálico, proveniente de su cintura al descubierto, llama inmediatamente la atención de la Chica Patata.

-¿A dónde llevas eso?

-No es tu asunto.

Piensa, inevitablemente, en los días felices, piensa en todos esos momentos en que Eren la animó a seguir viviendo, en las contadas ocasiones que sonrió para ella, en el momento en que su vida ordinaria fue destruida y en las múltiples ocasiones que casi lo ve morir.

No lo abandonará.

Con un poco más de esfuerzo lo consigue, consigue apartar rudamente a la cazadora del camino pero, apenas segundos de haberlo hecho, un par de brazos se ciñen en su cintura mientras el rostro envuelto en pánico de Sasha se hunde en su espalda.

Debió pensarlo mejor, debió elegir otra hora para emprender su misión, esto nunca debió suceder.

-Suéltame.

-Volverán- Susurra Sasha contra su espalda, arrebatando sus intenciones de escapar –Solo es cuestión de tiempo, espera un poco…

-Si Christa ha sido la culpable- Interrumpe en una advertencia silenciosa –La…

-¿Matarás?

El cuerpo de la Chica Patata se tensa, sin embargo, no hace ademan alguno que indique que la soltará pronto; permanece tras ella, silente, nerviosa, impidiéndole andar.

Mira un momento su katana y, luego de una fracción de segundo, desvía la mirada. No quiere lastimarla, nunca se atrevería a lastimar a Sasha Braus.

El agarre se hace más fuerte, causando en la chica asiática un extraño temblor que la hace cubrir parte de su rostro con la bufanda, ocultando su rostro que es presa de un pequeño rubor.

-¿No lo entiendes?- Habla en susurros, susurros apenas audibles con una considerable cantidad de esfuerzo. Tristes. Anhelantes. Susurros melancólicos que nunca expresan una buena situación –Christa solo desea ver a Ymir- Refuerza su agarre –Tanto como tu deseas ver a Eren…

Extraños temblores recorren su columna, tan intensos que la obligan a cubrir parte de su rostro con su bufanda para ocultar tanto su nerviosismo como su rubor.

-O como yo quiero verte a...

-Debo ir- Interrumpe. Interrumpe sus palabras antes de que no tengan marcha atrás, antes de que todos sus intentos se vean frustrados por sentimientos inexplicables –Debo…

-Como yo quiero verte a ti.

Siente sus intentos caer a pedazos mientras Sasha, lentamente, va soltando el agarre que tan firmemente mantenía; ¿Cómo olvidar que la Chica Patata estuvo a su lado cuando comprendió que Eren nunca correspondería sus sentimientos?

No quiere herir a Sasha, es lo último que desea.

-Es mi familia- Dice con voz quebrada, sorprendida ante las tristes conclusiones a las que su mente ha podido llegar en tan poco tiempo, tiempo en que logró acallar la demencia que dominaba su ser -Es lo único que me queda.

Una mano de Sasha, cálida como todo en ella lo es, se posa sobre una de las suyas para tratar de transmitirle toda su tranquilidad, aun cuando la propia cazadora tiembla descontroladamente.

-Iré- Contiene la respiración. Inmediatamente se gira para encararla: está asustada, esta mas asustada de lo que ha estado jamás –Iré contigo.

-De ninguna manera- Dice la asiática del modo más firme que le es posible –No te concierne.

-Tu iras- Sus manos recorren su bufanda lentamente, cortándole la respiración, ascendiendo hasta tener contacto con su rostro estoico –Eso es suficiente para mí.

A veces, desde lo profundo de su alma, Mikasa Ackerman quisiera saber cómo su relación había llegado a este punto; ¿Desde cuándo la cercanía de esa distraída glotona se había vuelto indispensable en su breve existir?

No lo sabe, pero no se molesta en saberlo. Entonces, cuando siente su rostro a extrema cercanía del suyo, cuando está a punto de sentir su calor abrirse paso a sus labios, la puerta de hierro es golpeada suavemente.

-Eso- Es todo lo que le permite decir a la chica antes de cubrir su boca con su palma. Un toque. Dos toques. Tres toques. Se aproxima sigilosamente a la puerta con la antigua katana fuera de su funda ancestral.

No son ellos. Conoce a su hermano; aquellos golpes, dados con pasmosa tranquilidad, nunca provendrían de él. ¿Christa? No, ella no volvería sola.

"¿Entonces quien?" Escucha el arco de Sasha tensarse y, sin más remedio, abre la puerta de par en par. En cuanto lo hace, puede observar el cañón de un arma y una fría mirada color azul.

-Baja el arma- Le pide la desconocida chica rubia envuelta en un pulcro uniforme militar –Y hablemos con tranquilidad.

Esa es la primera vez que Mikasa se encuentra, frente a frente, con Annie Leonhardt.