Advertencias: Presencia de Lime.

Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XX - Silencio II

Hace mucho tiempo, mucho más del que realmente desea recordar, la inocente Historia poseía, como muchos niños de su edad, tres grandes temores: el temor a lo que oculta la noche, el temor a lo que surge de la oscuridad y, por último, el profundo y sobrecogedor temor a la soledad del silencio.

El miedo era, para ella, algo constante, inevitable e irracional. Era en ese terrible momento, cuando se apagaban las luces de su pequeña estancia apartada de todo lo existente en la solitaria mansión Reiss, cuando esa dulce niña comenzaba a llorar; se hacía ovillo en su inútil catre, sollozando descontroladamente hasta que el cansancio se hacía presente con toda su fuerza, atormentada por el terror de una trinidad maldita: la noche, la oscuridad y el silencio.

Pero, conforme fue creciendo, aquellos miedos que asolaban sus noches comenzaron a esfumarse igual que su inocencia. No teme a la noche, no desde que el Holocausto la sorprendió en el transcurso de esta; no teme a la oscuridad, no desde que esta la encontró en una pesadilla conocida como Bunker.

Pero el silencio. El silencio ha sido tan evasivo como una bestia, hambrienta, miserable, esperando el momento para cazar.

-Que lo intente- Murmura al aire sin imaginar que pronto, quizá demasiado pronto, estaría arrepintiéndose de sus propias palabras.

Aquella amenaza se pierde, al igual que la orquesta de la ciudad dormida, en el rugir ensordecedor del vehículo en movimiento que taladra sus oídos hasta límites demenciales que no se cree capaz de describir.

Es cierto que ella aborrece el silencio más que cualquier otra cosa pero, ¿Quién, con su cordura intacta, podría soportar ese escándalo durante horas? El demonio, solo el propio demonio podría soportarlo.

"Cierto" Se dice en medio de una sonrisa silenciosa "Solo el demonio"

Mira al frente, mira al cielo, mira al frente una vez más. ¿Qué es más hermoso? ¿La luz plateada que la luna derrama sobre sus cabezas, o la mujer de facciones duras a la que ilumina tan perfecta luz? No puede imaginar la respuesta.

"Mentirosa" Se corrige irritada ante su propio pudor "Nunca habrías notado la luna"

Historia Reiss oculta su ruborizado rostro en la poderosa espalda de lo que, hasta hace relativamente poco, creía que era un hombre. Fuerte. Dominante. Un cuerpo que parece hecho más para destruir que para crear. Aspira su aroma, el cual se mezcla con la brisa nocturna otorgándole una fragancia que espera nunca olvidar.

Dos horas. Llevan dos horas recorriendo a gran velocidad una carretera que, al menos para ella, parece conducirlas a un destino desconocido. ¿Por qué se han puesto en marcha tan deprisa? ¿Por qué, a penas segundos después de haber revelado su verdadero nombre, el sargento la cubrió con su saco negro para alzarla, como si de una niña se tratase, hacia su motocicleta envuelta en un silencio inusual?

Quisiera saberlo, al igual que quisiera haber tenido tiempo para disfrutar ese momento encantador.

Mas ahora el silencio la ha encontrado: en medio del ruido ensordecedor, ella solo percibe el silencio.

-Ymir- La llama en un grito sordo, haciendo lo posible para que su moribunda voz no sea devorada por el rugido de la maquinaria.

Cállate y disfruta el paseo. Es lo que podría esperar de alguien como ella; pero el silencio, ese demencial silencio es más de lo que desea soportar. Frustrante. Irónico. Es el silencio al que tanto teme.

-Ymir- Murmura otra vez, más para sí misma que para la persona frente a ella, encargándose de acariciar cada músculo del abdomen al que se sostiene en un desesperado intento por calmar sus propios nervios; es fuerte, podría ser quizá tan fuerte como lo es Mikasa.

"Eren no tenia oportunidad" Una risita juguetona escapa de sus labios.

Es en ese momento, en que sus manos ascienden lentamente a través de su torso, sintiendo la venda que oculta sus pechos de miradas indiscretas por primera vez, en que se permite imaginar su apariencia al natural. Sin rastro de aquella ropa tan holgada, posada sobre su cuerpo con esa sonrisa hambrienta que amenaza con devorarla una vez más.

Su sudor. Su calor. Su cuerpo.

"Hermosa"

Sacude la cabeza con vehemencia, haciendo lo posible para borrar de ella todas las tentadoras ideas que crean entre sus piernas una humedad inusual, deteniéndose a tiempo para notar la mirada marrón que la observa discretamente, envuelta en innegable deseo silencioso.

-Nos detendremos un momento- Le informa Ymir en un murmullo el cual, para su infinita sorpresa, escucha sin inconveniente alguno –Quiero mostrarte algo antes de llevarte a casa.

Sabe perfectamente a lo que se refiere y, de hecho, lo espera con ansias.

-Está bien.

Se aferra a su pecho con un enorme rubor sobre su semblante angelical; volver a casa, lo que ha deseado desde hace tanto tiempo, lo que necesita para enmendar un error que ella misma ha cometido. Nunca debió huir. Nunca debió seguir a Reiner.

Reiner. ¿Qué habrá sido de Reiner?

¿Y Eren? ¿Habrá vuelto al refugio? ¿La estará buscando?

¿Por qué los hombres de su padre parecían tan empeñados en atraparla? ¿Cómo la había reconocido el Pastor Nick?

¿Qué sucedió con Ymir? ¿Dónde estuvo todo este tiempo? ¿Cómo consiguió seguir su rastro hasta aquel lugar? ¿Sasha habrá recurrido a ella? ¿Mikasa?

"No" Se corrige de inmediato "Ymir me encontró por sí misma"

Lo sabe, pero no le importa en lo absoluto. Nada le importa mientras sea capaz de disfrutar la calidez que la hace sentir como una autentica diosa: una diosa sacrílega que ha profanado su santidad para entregarse en cuerpo y alma a un demonio.

Demonio o no, la sola presencia de Ymir aparta sus miedos: su mirada, su aroma y, lo más tranquilizador, su áspera voz sobre el cruel silencio que tanto aborrece.

"Es perfecta"

No tiene consciencia del tiempo que transcurre desde el momento en que decide cerrar los ojos para disfrutar su delicioso aroma a ceniza, hasta ese preciso instante, donde la velocidad de la maquina va menguándose hasta alcanzar el ritmo de una bicicleta convencional.

No cabe duda, sea cual sea su destino, han llegado a él.

-¿Ymir?- Llama a su amante en el momento en que la motocicleta se detiene frente a una gran puerta, abierta de par en par, imitando perfectamente las fauces abiertas de un depredador.

Decrepito. Desolado. Decadente. El granero es casi tan pequeño como un cobertizo (Quizá un poco más amplio que su hogar en Múnich), construido de una madera que parece grisácea a la luz de la luna menguante; un lugar como ese, a la distancia, podría parecer un montón de ruinas sin nada que ofrecer.

Pero, efectivamente, eso es.

-¿Puedes caminar?- Le pregunta Ymir en un susurro, descendiendo ágilmente de su amada motocicleta.

-No.

Miente: Ymir lo sabe, pero parece no importarle en lo absoluto. Sin pronunciar palabra, la chica soldado la toma entre sus brazos como si estuviese hecha de fina porcelana, como si temiera que pudiera romperse en cualquier momento; Historia permanece quieta, inerte, escuchando los lentos latidos del corazón de su amada, observando como la bóveda celeste se pierde en la oscuridad de la pequeña edificación.

-¿Por qué estamos aquí?- Pregunta titubeante obteniendo, nuevamente, silencio.

Ymir camina entre obstáculos invisibles que detecta fácilmente entre la espesa negrura, perdiéndose en ella como si la hubiese acompañado durante toda su vida. Historia se aferra a su cuello con fuerza, esforzando su hermosa mirada azul cielo a la oscuridad.

En otro tiempo, que ahora parece más distante que nunca, aquella oscuridad la habría hecho temblar. Es terrible, mucho más poderosa que la ridícula penumbra que invadía su inútil habitación en la solitaria mansión Reiss.

¡…!

Lo que se oculta en la oscuridad; lo que se oculta en el silencio.

-¡Ymir!- La llama con desesperación, observando el rincón abisal de donde proviene el ruido discreto que llama su atención de una terrible manera; es un estruendo seco, incluso similar a un desesperado carraspeo humano. Ymir, que solo es iluminada por la escasa luz que entra por la puerta abierta, niega con una sonrisa perspicaz.

-Mira a tu alrededor- Le dice con su voz ronca, depositándola cuidadosamente sobre una pila desordenada de heno seco, disperso sin sentido alguno sobre el acabado suelo de madera -¿Crees que no existen ratas en este lugar?

Mira a su alrededor, observando que, efectivamente, decenas de difusas siluetas de roedores asustados pasean de un lado a otro a lo largo del recinto, temiendo a las dos sombras hostiles que lo han invadido.

-T-Tienes razón- Las fibras de heno se amoldan perfectamente a su figura, rozándola como lo hacen los largos dedos enguantados que tanto anhelaba sentir –Lo lamento.

Su murmullo se pierde en la noche al igual que lo hace la mirada de la castaña en su piel, observa cómo sus fuertes manos deshacen el nudo de su corbata negra con solemnidad digna de los cultos a deidades más antiguas que el hombre, saboreando el espectáculo como si se tratase de una extraña obra de difícil comprensión.

-Historia.

Su cuerpo. Su corazón. Su alma. Su ser completo se paraliza al escuchar su nombre ser pronunciado por aquel murmullo provocador, atrayente, que hace eco en la oscuridad. La corbata cae mientras los botones de la camisa blanca van cediendo uno a uno.

-Historia.

La voz ronca resuena en sus tímpanos mientras la impecable camisa blanca, indispensable en el uniforme de la Schutzstaffel, se desliza por su cuerpo suavemente hasta reunirse con su corbata; tiembla, aferrada al saco negro que la protege del frio, sin perder detalle del bronceado torso y los vendajes que lo cubren.

-Historia.

El ultimo. El ultimo murmullo antes de que la propia Historia, que siempre ha sido una amante sumisa, arranque con sus propias manos la molesta venda para, inmediatamente después, abrirse paso hasta atrapar los labios de su amada, saboreando, guardando en su memoria la invaluable imagen de su torso desnudo.

"Ymir" Es lo único que el delirio le permite pensar "Ymir. Ymir. Ymir"

En el pasado, cuando aun poseía el nombre de Christa Renz, su deseo más grande era formar, por si misma, la familia que nunca tuvo la oportunidad de poseer:

Una hermosa niña con los peculiares rasgos de su padre, una pequeña que disfrutase el amor incondicional que su infancia nunca llegó a conocer; su amado sargento, apuesto como siempre ha sido, como el padre orgulloso que a Lord Reiss nunca le interesó ser; y ella, finalmente, como la amorosa madre que consagra su vida entera a su familia, una que nunca de a su hija una bofetada cuando ella le pida un abrazo.

Ese era su deseo, su más grande deseo.

Pero ahora, sumergida en el silencio imperturbable, contemplando el torso desnudo de su sargento iluminado por la luz de una luna que parece brillar con anormal intensidad, llega a la conclusión de que no necesita nada de eso para ser realmente feliz.

-Hermosa- Murmura entre el beso, dándole a Ymir la oportunidad perfecta para introducir su lengua, incitando a la suya a tomar vida y danzar.

Su mano, que hasta entonces se aferraba al vendaje inútil, se desliza lentamente hasta palpar la piel morena que parece temblar ante su tacto; sus pechos son humildes pero firmes, suaves como los de cualquier mujer, su abdomen es duro como una roca, fortalecido por el difícil entrenamiento al que se ha sometido durante años. Es perfecta, todo en ella es perfecto.

Entonces, cuando su palma aprisiona el seno izquierdo de Ymir, logra sentirlo: su corazón. Los latidos frenéticos del corazón de su amante le hacen comprender la realidad; ella es la primera persona a la que Ymir permite tocarla de esa manera, la única que ha visto su vulnerabilidad. Ella. Solo ella.

-Ymir- No quiere llorar. No desea llorar. Las lágrimas descienden pos su rostro sin control alguno. Arranca, casi literalmente su propia camisa para que su piel se funda completamente con la de su amada Ymir, sumergiéndose en una calidez tan intensa que la hace suspirar. Recorre su espalda libremente como nunca antes lo ha hecho, repartiendo pequeñas mordidas en tramos vírgenes de su piel.

-Historia- Susurra Ymir en su oído, recostándola en el heno con delicadeza que nunca antes se había tomado la molestia de demostrar, deshaciéndose de las escasas prendas que aun cubren el hermoso cuerpo de la diosa; en cuanto siente el aire helado golpear su cuerpo desnudo, también siente la mirada hambrienta del Titán devorando su piel.

-Por favor- Suplica ruborizada, sintiendo el peso completo del silencio sobre su urgencia, acariciando provocativamente el abdomen de su amante para incitarle a actuar -Ymir.

Entonces, desahogando la ferocidad que hasta ese momento permanecía dormida, Ymir gira su cuerpo violentamente para recostarla de espaldas, descansando, a su vez, su peso completo sobre ella. Un gemido se ahoga en su garganta en el momento en que tres dedos largos, envueltos en un guante de cuero, penetran en su interior de golpe, con urgencia, moviéndose a gran velocidad.

-¡Ymir…!- La mano libre del Titán aprisiona sus labios, ahogando sus gemidos con la palma de su mano, deslizándose en su interior bruscamente. Puede sentir su aliento en su oído, puede sentir sus pechos contra su espalda; puede sentirla, puede sentirla por completo.

-Eres mía- Las palabras, perfectamente audibles, emergen en un susurro impregnado de excitación, aumentando la brutalidad de las penetraciones a un límite que nunca antes, ni cuando laceró su interior con la funda de su daga, se había permitido cruzar –Solo mía.

Las fibras del heno rasguñan sus pechos conforme el vaivén se intensifica, sus gemidos se pierden en la noche, dando fuerza al extraño carraspeo que tenía tiempo sin escuchar. En ese momento, cuando se encuentra rozando la cúspide del placer definitivo, su cuerpo es girado nuevamente para encarar a una Ymir que la espera completamente desnuda, lanzando sus últimas prendas a la oscuridad.

-Ven- Murmura con la mirada vidriosa, suplicando, abriendo sus brazos para invitar a su amada, al amor olvidado de su infancia, a un contacto directo -Por favor.

No le importa el escalofriante silencio, no cuando los gemidos ansiosos hacen eco en la oscuridad, no cuando el cuerpo descubierto de Ymir se entrelaza con el suyo logrando que sus puntos más sensibles de rocen mutuamente.

Una de sus piernas es alzada al costado de Ymir, permitiéndole profundizar su unión. De inmediato, el vaivén feroz comienza; los gruñidos excitados, acompañados del furioso rubor desconocido que cubre aquel rostro repleto de pecas, le proporciona mas placer de lo que las propias embestidas desenfrenadas pueden lograr.

¡Por Dios! Puede sentir su humedad mezclándose con la suya, puede sentir su clítoris erecto rozando con el suyo como si no hubiese un mañana y, aun más importante, puede sentir su calor fundirse con el suyo como si fuesen un solo ser.

-Eres mía- Repite Ymir a su oído una vez más casi como si fuese una amenaza, mirándola directamente, aprisionando su pecho izquierdo con una de sus manos, repleta de sudor como el resto de su piel –Christa es mía- Su aliento borra sus temores, sus caricias borran todos, su beso borra su realidad –Historia es mía- Una estocada. Dos. Tres. –¡Toda tu eres mía!

Entonces, en el momento en que siente su cuerpo entero temblar, un grito arrebata su consciencia a un límite inexplicable, a la intensa cúspide que ambas ansiaban encontrar.

-¡Ymir!

Se aferra a su cuello con fuerza, tensándose, sintiendo unas cuantas estocadas más antes de que el cuerpo de su amante alcance también aquel estado de perfecto delirio en medio de un gruñido gutural; al terminar permanecen en silencio, abrazadas, permitiendo que la humedad de su placer compartido corra libremente entre sus piernas enlazadas.

-No lo olvides, mi diosa- Murmura Ymir rozando sus labios, escabullendo nuevamente sus dedos a la intimidad de la rubia que aun late levemente por tanto placer -Eres mía.

Entonces, también lo eres tú. Intenta decir en aquel momento, pero esos dedos, hábiles como ningunos, penetran en su interior con gran fuerza, convirtiendo su oración precaria en un balbuceo torpe e inservible.

-No importa lo que nos suceda, siempre me pertenecerás.

La luna se mueve sobre sus cabezas lentamente mientras las sensaciones de la inigualable noche se convierten en un delirio incomprensible; quizá un día logre comprender la urgencia en aquellas fieras declaraciones de propiedad, pero ahora, unidas en cuerpo y alma, solo se permite disfrutar el momento.

Un nuevo gemido golpea la noche, uno entre mil.


La suave luz del amanecer, acompañada de aquel carraspeo desesperado, hace a la diosa despertar de la noche más hermosa que, en sus escasos dieciséis años de vida, ha tenido la oportunidad de vivir.

Nos detendremos un momento. No. De ninguna manera; habían hecho el amor ininterrumpidamente durante horas, hasta caer agotadas sobre la pila de heno que utilizaron como si fuese un lecho nupcial. Todo su cuerpo esta adolorido, presa de un entumecimiento en el que solo le apetece dormir un poco más.

"Iremos a casa" Piensa Historia con una sonrisa ilusionada, aferrándose cariñosamente al saco negro que cubre su desnudez mientras escucha los pasos lentos de Ymir quien, según parece, pasea desinteresadamente en el exterior.

-¿Ymir?- Pregunta en voz alta, capturando un pequeño rastro del olor a tabaco que el viento exterior trae consigo -¿Cuántas veces te he dicho que esas cosas te…?

¡...!

El carraspeo. Ese despreciable sonido que ahora, con la luz del sol ante sus ojos, sabe con seguridad que no puede provenir de ninguna alimaña nocturna. Se pone de pie con cuidado de no lastimar su tobillo adolorido, cubriéndose lo más que puede con la pieza de uniforme impregnada del aroma a ceniza. Lentamente, camina a través de las difusas siluetas iluminadas por los primeros rayos del sol.

¡...!

-Es ahí- Murmura, mirando directamente a un rincón abandonado que nadie se había molestado en limpiar hacía muchos años; es ahí, donde ninguna luz puede llegar, de donde proviene el misterioso sonido -¿H-Hola?

¡...!

Frenéticos, Desesperados. Recibe una orquesta de carraspeos en respuesta a su saludo vacilante.

-¿Ymir?- No, aun puede ver su silueta en el exterior a través de los tablones rotos; sea lo que sea, esa cosa no es Ymir.

En un inesperado ataque de valentía, se lanza sin pensarlo a ese lugar oscuro pero, al encontrarse de frente al innombrable terror que ahí aguarda, su valentía se desvanece en un grito.

-¡Por Dios!

El chico parece aliviado de que por fin, luego de una noche entera de llamarla sin parar, sus gritos son escuchados a través de esa repugnante mordaza que roba su habla. Sus manos, que sangran ante el anhelo por la libertad, están atadas al igual que sus pies, inmovilizándolo por completo; su cuerpo está herido, cada parte de él lo está.

-Estoy aquí- Con manos temblorosas intenta retirar la mordaza, buscando en su repertorio la mas tranquilizadora sonrisa que posee –Todo estará bien.

Está segura de algo: Ymir lo sabía. Ymir siempre lo ha sabido.

¿La habrá traído por eso? ¿Ella ha sido la causante de esto? ¿Por qué lo haría? ¿Por qué?

No es eso posible ¿Cierto?

"No lo es" Se dice a si misma tratando de regular el temblor en sus manos "Ella no haría algo como esto"

Pero, por más que intenta infundir tranquilidad, el muchacho frente a ella, abatido como nunca antes lo ha visto, se retuerce sin parar. Apenas puede retirar la mordaza completamente, obtiene un murmullo ronco de una garganta destruida por la ansiedad.

-Corre.

Seco. Claro. Sin errores. Una advertencia que perturba su corazón.

-¿Eh?- Pregunta confundida, ignorando su desorbitada mirada que se hunde en el pánico.

-¡Corre! ¡Maldita sea!

Entonces, emergiendo del más puro silencio, una gran mano presiona con fuerza un pañuelo húmedo sobre su rostro; su olor es fuerte, tanto que apenas puede percibir los gritos desesperados de Eren y, más importante aún, el susurro cortante de Ymir contra su oído.

-Volvamos a casa.

Luego de haber retado al silencio, este se hace presente una vez más, traicionero y miserable, llevándose consigo tanto su consciencia como su felicidad.