Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXII - Culpa

Cinco minutos. Bastan solo cinco minutos para que sus botas militares se tiñan de sangre desconocida. Cinco minutos y los que están por venir.

-Una vez más.

La larga fusta, veloz como ninguna otra, se desliza entre sus amplias manos como si desde siempre hubiese pertenecido a ellas; corta el aire con fuerza, encontrándose de lleno con la espalda desnuda a la que arrebata como recuerdo trozos pequeños de piel.

-Lo preguntaré una vez más, chiquillo irrespetuoso- Dice la voz fría a sus espaldas mientras el chico, que se retuerce en el suelo, grita agónicamente -¿Estas mintiendo?

Sin embargo, pese a la nueva oleada de sangre que cubre su piel descarnada, la dura mirada color musgo del mártir se clava en ellos ferozmente: retadora, impertinente, dispuesta a luchar.

"No lo hagas" Piensa desesperado el enorme soldado mientras el arma ensangrentada se tambalea, imperceptiblemente, entre sus manos "Todo empeorará si lo haces"

Pero el chico no lo escucha, solo los observa dispuesto a permanecer en pie.

-Todo lo que he dicho, maldito cerdo, no es nada más que la verdad.

No. Nunca lo debió enfrentar de aquella forma. El ceño del maestro, quien se encuentra a pocos metros del espectáculo como un emperador romano en la crudeza del Coliseo, se frunce hasta alcanzar limites incomprensibles e inhumanos. Sus labios se deslizan como un par de culebras saliendo a cazar. No de nuevo, no desea hacerlo de nuevo.

-Una vez más- Reiss ha hablado, no le queda más opción que obedecer -¡Una vez más!

La sangre desciende por la espalda desgarrada como la pintura lo hace a través de un lienzo en blanco; ahora han transcurrido diez minutos pero, para alguien como él, parece toda una eternidad. En lo profundo de su mente suplica el perdón del preso malherido (Eren, aparentemente su nombre es Eren) mientras la orden llega a sus oídos una y otra vez.

-Una vez más, hasta que ese perro confiese.

"Lo siento" Su brazo se alza en el aire segundos antes de que la habitación se inunde con otro grito desgarrador.

¿Cuándo se detendrá? ¿Cuándo comprenderá ese hombre de gran fortuna que ese pobre chico dice la verdad?

Pese a que este tipo de cosas no representan más que una obra de brutalidad sin sentido (Reiner le ha advertido, en innumerables ocasiones, que suele ser demasiado considerado para su propio bien), sigue siendo un soldado, un soldado entrenado para detectar la mentira en los labios de los hombres.

Por eso puede decir, con toda seguridad, que Eren Jaeger nunca ha sido capaz de mentir.

-¡Dime qué demonios está tramando!- Exige el magnate colérico, caminando de un lado a otro, acariciando su perfectamente cuidado bigote con desesperación -¡Es imposible que haya accedido a todo esto por las buenas! ¡Es imposible que haya accedido a entregarla a estas alturas! ¡Tú debes saber algo!

-¡Ya le he dicho que no tengo ni puta idea de lo que está diciendo!- Grita Eren escupiendo un borbotón de sangre que aterriza, para su pesar, sobre una de sus botas; negro y rojo, los colores del Reich -¡¿Cree que voy a ayudar a esa perra luego de lo que le hizo a mi amiga?! ¡Viejo estúpido!

-¡Niño impertinente!

Haciéndole a un lado con sorprendente fuerza para alguien de su edad, el hombre golpea brutalmente la espalda de su víctima haciendo uso de su costoso bastón de madera fina, haciendo que su rostro se contraiga con fuerza en medio de muecas de incomprensible dolor.

-¡¿Crees que te creeré?! ¡¿Crees que creeré que Ymir se quedó contigo por simple consideración?! ¡¿Crees que creeré que pidió tu custodia porque posee por ti alguna clase de aprecio?! ¡¿Eh?!

-Señor- Murmura el soldado lentamente, sintiendo una pequeña gota de sudor descender por su sien –Si me permite opinar…

-¡Calla!- Exige el verdugo golpeando una vez más, con toda su fuerza -¡Ymir nunca ha obedecido ninguna de mis órdenes! ¿Esperas que crea que comenzará ahora? ¡¿Eh?!

Un golpe más, seguido por otro y otro. Sus manos tiemblan mientras se pregunta internamente cuanto más va a durar; cuando el hombre se detiene, jadeante, Eren se permite descansar sobre el frío suelo de la celda oscura. ¿Cuánto durará? ¿Cuánto más durará?

-Dime todo lo que sabes.

El susurro es perverso, tanto que sus huesos tiemblan como lo hacían cuando no era más que un novato pisando por vez primera los aterradores predios de Dachau; en una fracción de segundo, tan fugaz como un parpadear, el rostro de su viejo amigo Berik aparece en su mente.

Si estuviese vivo, ¿Qué pensaría de él?

"Estaría decepcionado" Se recuerda intentando mantener firme su compostura "Él nunca habría aprobado algo así"

Es cierto. Pero debe tenerlo en cuenta: en un campo de concentración como Dachau, un acto misericordioso no trae nada más que la muerte. El suicidio de Berik fue prueba de ello.

"Yo era el siguiente" Si no hubiese gastado sus lágrimas aquella noche, llorando la pérdida de un ser querido, estas descenderían por su rostro en este preciso momento, mientras su arma se desliza entre sangre y piel.

Sangre y Fuego. Solía decir Ymir al referirse a situaciones como esta, donde la muerte tocaba a la puerta como un conocido más; la misma frase que utilizó al encontrar el cadáver de Berik en la celda a la que lo había confinado tan solo un par de horas antes.

Todos tenemos que morir algún día, ¿No crees, Berth?

-Siempre- Ambos, tanto el soldado como el maestro, centran toda su atención en el prisionero que, con cada una de sus fuerzas, lucha por ponerse en pie –Siempre supe que la estaba utilizando, siempre se lo advertí…

-¿Qué quieres decir, chico?

-Vi todo… Lo que le hizo… Como la atrapó…

-¡Dilo de una maldita vez!

-Mátela.

La lámpara parpadeante, meciéndose de lado a lado con tanta frecuencia que amenaza con caer, ilumina el semblante del torturado de tal forma que sus facciones coléricas se distorsionan hasta alcanzar la forma de un verdadero Titán; por un momento, sus ojos color musgo parecen brillar en la oscuridad del cautiverio.

-¿Qué dices…?

-Lo que escucha, vejete inútil- No existe temor en su mirada cuando, sin previo aviso, se pone de pie de un salto, jadeando ferozmente ante su esfuerzo descomunal –No me importa lo que esté haciendo, mucho menos por qué… Si fue capaz de hacerle eso a Christa, entonces merece morir.

No necesitan más palabras, no queda nada más que decir. Sin dar orden alguna, Lord Rhodes Reiss limpia cuidadosamente su ostentoso bastón antes de dar la espalda al prisionero; ¿Ha terminado? El maestro atraviesa la puerta de hierro sin pena ni gloria, perdiéndose de las miradas del joven soldado y del enloquecido titán.

-¡Vámonos, querido yerno!- Llama el hombre desde fuera, fingiendo lo mejor que puede un timbre cordial –Tenemos mucho que hacer antes de la boda.

Tragando saliva pesadamente, segundos antes de abandonar tan terrible lugar, las miradas de los titanes se encuentran; lágrimas invisibles nublan la vista del Titán Colosal cuando observa su reflejo en los ojos del titán más joven. La fusta, liviana como una rama, parece una barra de plomo al rojo vivo torturando su piel.

-¿Eren tú?- Susurra Eren con odio, saboreando cada palabra de forma que lo hace sentir estúpido e insignificante –¡¿Eres tú?!

-Lo siento- Murmura sin fuerza, caminando hacia el umbral –Realmente lo siento.

Apenas cierra la puerta a sus espaldas, puede escuchar como los puños del chico golpean el suelo una y otra vez; Bertholdt, con el corazón ascendiendo hasta su garganta, suspira torpemente antes de caminar tras su nuevo amo como lo haría un estúpido e insignificante perro fiel.

"Lo sabe" Se dice a si mismo sintiendo como el color escapa lentamente de su rostro, sintiendo la mirada colérica del titán atravesar el grueso muro para clavarse sobre él. ¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho ese chico más que defender lo que es importante para él? ¿Qué ha hecho para estar aquí?

-¡Date prisa chico!

Aumenta la marcha en silencio. Por más que cueste creerlo, él es un soldado, un soldado que fue entrenado para complacer a lo que el vulgo ignorante conoce como patria; ¿Qué se necesita para que un hombre como él, que ha visto la crudeza inicial del Holocausto, roce levemente los límites de la locura? ¿Cómo podría definir el peso que ha caído sobre sus hombros tan repentinamente?

No, nadie más podría entenderlo. ¿Quién sería capaz de comprender el desconocido remolino de emociones que recorre su estómago permanentemente desde que la noticia llegó a él?

-No tienes ninguna otra opción, mi estimado Berth- Le había dicho su sargento al mando luego de convocarlo a su despacho hace algunas semanas, dictando su destino como si fuese su sentencia final –Debes obedecer a ese anciano del demonio a partir de ahora.

-¿Y si me rehúso?- Había tenido el valor de decirle en aquel momento -¿Si no deseo desposar a Christa Renz?

Los ojos de Ymir brillaban amenazantes en el reflejo que el cristal reluciente le permitía observar; en momentos como ese, sabía que no se estaba dirigiendo a la chica (Porque él siempre ha sabido que es una chica) con la que ha entablado una peculiar amistad, sino con el hombre capaz de darle ordenes, el verdadero dueño de Dachau.

-Su nombre es Historia Reiss, amigo mío, y me temo que no tienes opción- Ymir, quien miraba sus predios de sangre a través de la única ventana de la habitación, obsequió a sus objeciones una sonrisa cínica –Por tu vida, por la míaY por la de tu amada Annie Leonhardt.

Ese nombre fue el argumento final.

Y fue así como la influencia de un solitario magnate selló su destino; fue así como su compromiso con le hermosa Historia Reiss, legitima heredera de la noble Casa Reiss, fue firmado sin que se le permitiese decir ni una sola palabra.

Solo obedecer, esa es la vida de un soldado.

"No me aliste para esto" Siente su enorme cuerpo temblar "No llegue hasta aquí para esto"

¿Para que fue, entonces? ¿Para seguir a Reiner? ¿Para seguir, desesperadamente, a Annie? ¿Para no quedarse solo? A veces desearía saberlo.

-Ese chiquillo es audaz- Comenta el señor Reiss mientras enciende distraídamente un puro de olor fuerte –Pero no lo suficiente, sé que tiene un condenado as en el bolsillo, ¿No lo crees, Bertholdt?

-Quizá realmente no es consciente de nada, señor.

-¡Tonterías! Si me dieran un Reichspfennig cada vez que Ymir dice una mentira, tendría más dinero del que puedo contar- Da una calada repleta del recelo que trata de expresar –Cuando ordené que la matara, se negó; cuando ordené que desviara la mirada mientras mis chicos lo hacían, terminó trayéndola a este maldito lugar; cuando creí que había hecho algo bien, terminó fingiendo su muerte…

-Es difícil de creer, señor.

-¡Vaya que lo es! Ahora he tenido que conseguirle un buen empleo, esa chiquilla insolente nadará en riquezas cuando termine la construcción de los nuevos campos en Polonia, mis influencias me dicen que son más que simples rumores.

-¿Confía en Alemania, señor?

-Confió de la misma forma en la que espero confiar en ti. Te tengo vigilado por si también estas en las garras del maldito monstruo que he creado.

-No estaba enterado de nada referente a esto, mi señor- Suspira antes de hablar una vez más –Ni antes, ni después.

Reiss lo mira a los ojos, concentrándose en ellos antes de ofrecerle una sonrisa perfectamente cuidada.

-Me alegra escucharlo, hijo.

Hijo. Daria lo que fuera para que su verdadero padre estuviera nuevamente con él. Sigue los pasos de ese hombre como si no tuviese mente propia, como si una mano fantasmal hubiese arrancado de su pecho aquello a lo que los humanos llaman corazón.

Todo parece tan repentino e irreal como un sueño, un sueño del cual nunca podrá despertar.

-¿Ha ido todo bien, padre?- Murmura fríamente la pequeña sombra al final del pasillo en penumbra, paralizando completamente aquel órgano que creía no poseer.

-¡Claro que no!- Responde Rhodes arrebatando despiadadamente el peculiar sombrero de copa que la pequeña diosa resguarda entre sus manos y, por unos momentos, anhela que las gotas de sangre que impregnan su ropa sean imperceptibles a la luz del atardecer -¿Dónde has conseguido amigos tan obstinados, Historia? ¡Incluso Nick pidió clemencia a la primera oportunidad!

"¡Cállese!" Quisiera gritarle en esos momentos "¡Cállese, por favor!"

Pero permanece en silencio, observando como las manos de la delicada chica tiemblan (Quizá con odio, quizá con impotencia), mientras ambos abandonan el temible Bunker tras el paso imponente de Lord Rhodes Reiss.

-¡Apresúrense!- Exige Rhodes cuando la luz del sol poniente golpea su rostro una vez más –Queda mucho que arreglar antes de la boda y ese condenado cadáver arrebató gran parte de mi tiempo.

La culpa se aglutina en su garganta como si fuese acido estomacal a punto de salir; aquella que ahora es su futura esposa, la que hasta hace poco solía conocer con el nombre de Christa Renz, camina a su lado en silencio, como si él no estuviese ahí.

"Se parece a Annie" Piensa al contemplar la pequeña figura que no alcanza la altura de su hombro, rememorando la pose de batalla que su querida amiga de la infancia suele hacer.

¿Qué pensará Annie de todo esto? ¿Le importa acaso? Solo han hablado torpemente un par de veces desde que reclutó a un par de peculiares supervisoras algunas semanas atrás (Una chica de cabello negro, tan fría como un tempano de hielo, y una chica de cabello castaño, que apenas camina sin temblar).

¿Y Reiner? ¿Lo odia ahora?

¿Sera que por fin, después de mucho tiempo, se ha quedado solo?

"No" Suplica internamente mientras se internan en la escasa luz del exterior "Espero que no"

-¿Cómo se encuentra Eren?

El susurro, que se pierde en el aire hasta desaparecer, logra paralizarlo por completo; duda unos momentos antes de continuar su camino, observando ahora la espalda de Historia Reiss.

-Vivo.

Fuerte, pero parece ser la respuesta que la joven espera escuchar. Su mirada azul se centra en él unos segundos antes de regresar al suelo, provocándole escalofríos que no se toma la molestia de ocultar.

-Ya veo.

De pronto se siente egoísta. ¿Desde cuándo aquella hermosa mirada del color del cielo parece tan muerta? ¿Acaso es su culpa? Recuerda claramente aquellas tardes, cuando era solo un soldado más, cuando la observaba almorzar sola en el barracón vacío que llamaba comedor, inmersa en un deprimente estado de soledad.

Si pudiera, te haría compañía. Le escribió una vez para darle ánimos y, ahora, es precisamente él quien provoca su malestar.

"No escogí esto" Desea suplicar en esos momentos, mientras lucha por mantener un convincente semblante neutral "No me odies, por favor"

Pero solo caminan en silencio, luchando con el terreno que adquiere mayor dificultad, escuchando de los presos injurias silenciosas hacia la pequeña chica rubia que ellos creían muerta hace bastante tiempo.

La habían ejecutado frente a todos, ¿No es así? Estaba muerta, ¿No es así?

Mas ahora ahí la tienen: viva, en perfectas condiciones, envuelta en ropas costosas, a la sombra de un hombre de gran fortuna que le ha ofrecido una despreocupada existencia de comodidades que ellos jamás conseguirán.

-La perra ha vuelto ¿Ven?- Murmuran algunos –Ymir nunca podría deshacerse de su perra.

¿Por qué? ¿Por qué Ymir lo había elegido a él de entre todos? ¿Por qué no había elegido a Reiner para proteger a esta chica con todo su corazón? ¿Por qué precisamente él?

Reiner habría amenazado cruelmente a esos imbéciles por injuriar a una dama de tal bondad; ¿Ymir? Ymir los habría matado a todos.

¿Qué esperan que haga él?

-No debemos preguntar. No debemos lamentarnos- Fueron las palabras dichas por Reiner hace muchísimo tiempo, cuando lo descubrió llorando amargamente el suicidio de Berik –Es nuestro trabajo, es lo que un guerrero debe hacer.

Algo en su corazón, en lo que le queda de inocencia, se turba ante aquellos recuerdos: ¿Qué hace aquí? ¿Por qué hay una fusta ensangrentada descansando en su cinturón? ¿Por qué está a punto de casarse con alguien que no ama?

No quería ser un guerrero, ¡Nunca deseó ser un guerrero!

-¿Disculpe?

Levanta la mirada del suelo para encontrarse nuevamente con esa moribunda mirada azul; se ha quedado atrás, demasiado atrás, tanto que puede ver a Lord Rhodes a la distancia, perdiéndose entre hombres uniformados y prisioneros a punto de desfallecer.

-¿Esta bien?- La voz de Historia penetra a través de sus oídos como lo hacían los gritos agónicos de Eren minutos atrás –Usted está…

Llorando, eso es lo que quiere decir. Con toda la agilidad que le queda, seca la pequeña lagrima escurridiza que resbala bajo su ojo derecho, haciendo lo posible para que no quede rastro alguno de ella. ¿Cuándo? ¿Cuándo fue que comenzó a llorar?

-Estoy bien- Murmura débilmente –No se preocupe.

-N-No quiero avergonzarlo, mi señor, pero si me permite- Lentamente, la pequeña diosa extiende su mano hasta alcanzar la suya, otorgándole un pañuelo blanco con hermosas iniciales bordadas en hilo de oro –Dado que usted y yo pronto seremos…

-¡No!- Suplica aceptando el ofrecimiento con manos temblorosas, sintiendo la culpa llegando una vez más –Por favor, no lo digas.

-Lo lamento, mi señor.

-Bertholdt- La corrige suavemente -Llámame Bertholdt, por favor.

Mira a su rostro, observando todos los detalles que pasaban desapercibidos en la oscuridad: sus ojos están hinchados y uno de ellos, el izquierdo para ser más específicos, parece recuperarse de una reciente lesión.

¡Dios! ¿Qué le ha hecho Reiss a esta niña? ¿Cómo se estará sintiendo en estos momentos? ¿Cuánto dolor esconderá tras esa mascara tan fría?

En pocas ocasiones había visto a Christa Renz sonreír: en todas y cada una de ellas, Ymir estaba a su lado. Sonreía de la misma forma en la que Annie lo hace sonreír a él.

"Annie" Un suspiro escapa de sus labios.

En el fondo, la diosa y el titán son muy similares. Ambos han sido derrotados. Ambos han sido atrapados en una pesadilla de la cual no podrá huir. Pero no hay marcha atrás; sus días están contados y no hay nada que puedan hacer al respecto.

-¡Historia!- Los llama Lord Reiss firmemente, llamando la atención de los jóvenes que, hasta ese momento, solo se observaban en silencio -¡Ven aquí ahora mismo!

Ambos se observan una vez más, encontrando en la mirada del otro las respuestas que tanto buscan: ambos están aterrados, ambos están más asustados de lo que han estado jamás. Ambos no han sido más que títeres en un escenario en el que ninguno de sus esfuerzos será escuchado jamás.

-Debo irme- Susurra la joven tímidamente.

-Le devolveré su pañuelo la próxima vez que la vea, lo cual será…

-Sí, hasta entonces.

Silencio incomodo, marcado por el dolor de dos corazones que parecen entenderse mutuamente; dos corazones marcados por sentimientos que quisieran no conocer.

-Señorita Reiss.

-Historia- La chica hace lo posible para sonreír, brindándole una calidez descomunal que apenas puede contener en el pecho –Solo llámame Historia, por favor.

-Señorita Historia- Le ofrece una sonrisa cordial mientras se agacha notoriamente, tomando su delicada mano entre las suyas para besar sus nudillos, haciendo lo posible para expresar todo aquello que nunca sería capaz de decir.

"Lo siento" Intenta decirle "Realmente lo siento"

Por un momento, marcado por un parpadear fugaz, desearía que aquella sonrisa forzada perteneciese a Annie Leonhardt.

-Está bien- Susurra Historia de pronto, llamando su atención.

-¿Qué?

-Annie.

Un rubor pasa por su rostro, regresándole el color que creía haber perdido hace algunos momentos en la cámara de torturas. Mira a su alrededor, buscando indicios de algún escucha inoportuno que apareciese en mal momento.

-¿Qué pasa con ella?- Pregunta intentando calmar su ansiedad.

-Le importas.

Es todo. La pequeña no piensa decir nada más.

-¡Date prisa Historia!

-Con tu permiso, Bertholdt.

La chica le da la espalda esbozando una melancólica sonrisa que logra romperle el corazón; conteniendo el aliento, se toma el atrevimiento de pronunciar solo unas cuantas palabras antes de que ella pueda dar más de dos pasos.

-¡También le importas!- Historia lo mira confundida recuperando, por unos cuantos segundos, aquel hermoso brillo que era como una estrella perdida en un inmenso cielo matinal hermoso y azul –Ymir. ¡Ymir sabe lo que…!

-Te equivocas- Interrumpe Historia mirando al suelo nuevamente, reflejando esa frialdad que hace segundos creía derrotada por fin –Solo fui… Nunca le importe realmente.

-¡¿Qué tanto haces Historia?! ¡Tendrán mucho tiempo para hablar luego de la boda!

-Hasta pronto, Bertholdt- Las palabras mueren en sus labios, mientras la pequeña chica le da la espalda para no girarse más.

Ymir sabe lo que hace. Con todo su corazón, el Titán Colosal desea estar en lo cierto.