Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.
Capítulo XXIV - Furia
-¡¿Qué crees que estás haciendo?!
Toda su fuerza le abandona repentinamente, tanto así que puede sentir como el fantasma del cansancio hace estragos en su ser. El estruendo, producto de un brutal choque entre la espalda de su víctima y el muro cercano, hace eco en la habitación de la misma forma en que lo haría un gran temblor. Está furioso, tan furioso que apenas puede mantenerse en pie.
-¡La vendiste! ¡La vendiste, pedazo de mierda!
Grita. Grita hasta que su garganta comienza a doler. Grita desquiciadamente a esa imperturbable mirada marrón que lo observa con indiferencia. Golpea su cuerpo contra el muro, deleitándose vanamente ante una expresión de dolor que parece inexistente en aquel semblante cubierto de pecas. La furia corre por sus venas libre, fluida, tan pura que casi le hace sonreír.
-¡Pudo estar a salvo!- Grita nuevamente- ¡Pudo estar a salvo si se hubiese apartado de ti!
Mas ahora, ¿Qué hacer? ¿Qué hacer ante una situación como esta, en la que ese sinvergüenza ha aparecido de la nada escupiendo ordenes de aquí hacia allá? ¿Qué hacer cuando se ha cerrado un glorioso pacto a través del destino de dos inocentes? ¿Qué hacer para proteger lo que una vez fue importante para él?
¿Qué hacer, Dios mío? ¿Qué hacer?
-¿Acaso tienes idea de todo el mal que le has hecho? ¿Tienes idea de todo lo que ha sufrido por ti? ¿La tienes? ¿Eh?
Pero, tal como esperaba, solo obtiene un orgulloso silencio. Silencio. Odia el silencio más que nada que logre recordar.
-Reiner- Lo llama suplicante Bertholdt Fubar mientras toma su hombro con ansiedad -Por favor.
-Es mi maldita culpa- Su puño tiembla al igual que su corazón –Ella aseguró que tú la protegerías. Es mi culpa por confiar en ella… ¡Es mi culpa por confiar en ti!
-Reiner.
-¡Si la hubiese forzado a ir conmigo todo sería distinto!
-¡Escúchame!
Silencio. Nuevamente silencio. El brazo de Bertholdt, quien es casi tan fuerte como él, lo aparta de su víctima violentamente, menguando su ira con el indescriptible e inusual poder de su mirar. De esa forma, envuelto en su ostentoso uniforme negro, el chico parece mucho más amenazante de lo que ha sido alguna vez.
-Detén esto de una buena vez.
¿Qué ha hecho? ¿Qué demonios ha estado haciendo? Retrocede lentamente, observando como la sangre desciende de la nariz del sargento como si fuese una tubería en mal estado. Está satisfecho, verlo en tal decadencia le produce un estado de éxtasis que casi confunde con excitación. Pero su rostro, ese maldito rostro que en ningún maldito momento ha mostrado rastros de dolor, lo hace enfurecer otra vez.
-Ella te desea a ti- Susurra con las pocas fuerzas que le quedan –Solo te desea a ti.
Respira profundamente, sintiendo sus pulmones llenarse con aire puro que poco o nada se relaciona con el que procede de Dachau; Bertholdt, más tranquilo luego de aquel momento de tensión, da unas cuantas palmadas orgullosas en su espalda antes de sonreír ampliamente.
-Gracias.
Debe asentir. Después de todo, es su mejor amigo.
-Lo sabía.
Pero esa risa, mordaz de tono profundo, llega a sus oídos como un trozo de leña lanzado a una hoguera a punto de morir. Sarcástica. Fingida. Detestable. Todas las cualidades que siempre lo han hecho enloquecer. Gira la mirada para encontrar lo que esperaba: una inmensa mueca que, aun con dolor, se las arregla para observarlo despectivamente; se burla, siempre se ha burlado de él.
-Siempre supe que eras tú.
Se queda sin palabras. Indefenso. A merced de alguien que siempre se las arregla para hacerlo sentir temor; ¿Es impotencia lo que siente? No. Es más que eso.
-¡Ymir!
El cañón del arma apunta a su frente mucho antes de que el impulso de mover un musculo llegue a él, arrebatando un escalofrió silencioso que parece recorrer cada parte de su cuerpo: desde la parte trasera de su cuello hasta la punta de sus pies.
-Siempre supe que eras tú quien la convenció para huir de mí- Su pulgar se desliza suavemente por el seguro del arma, mientras gotas de sangre descienden inmisericordes de su nariz, impregnando de manchas oscuras parte de su impecable uniforme –¿Escapar de tu celda fue sencillo, Reiner?
-Ymir- Murmura el chico más alto con voz temblorosa –Estas cometiendo un error.
-Tocaste a mi chica, perra- Su ceño se frunce lentamente, conforme el arma pasea por su rostro con libertad –Invadiste mi hogar para llevarte algo que claramente me pertenece.
-Ella no te pertenece- Aclara el rubio con renovada fuerza en su voz–No a partir de este día. No más.
Gruñe, mas no hace intento alguno por resistir. Desea golpearlo con fuerza, arrancar su afeminado semblante para hacérselo comer poco a poco; desea tantas cosas, sin embargo, ninguna de esas cosas parece desearlo a él. Una gota de sudor recorre su sien mientras la sonrisa de Ymir crece a un límite demencial.
-Te equivocas, querido amigo.
Su dedo índice, a la vista de ambos, hala el gatillo; puede escuchar claramente el mecanismo del arma activarse, pieza por pieza de un revolver aceitado a la perfección.
-¡No!- Grita Bertholdt antes de que el clic final llegue a sus oídos. Recuerda los gestos de Berik, el dolor en los golpes de Annie, la entrañable amabilidad de Bertholdt, el cálido tacto de los labios de una diosa al tocar los suyos de mala gana; recuerda cada momento de su patética existencia antes de que la cálida bala se incruste en su piel.
Clic.
Cierra los ojos, más el dolor no se hace presente. Piensa en la muerte, más su vida no se esfuma. No tiene el valor de mirar a su alrededor hasta que la sarcástica risa de su sargento se hace presente otra vez.
-Siempre me pertenecerá.
Su respiración se agita como en un entrenamiento matutino, la sangre corre a través de sus venas con tanto ímpetu que cree poder sentir su fluir; el arma, aparentemente sin municiones, da un par de hábiles vueltas en las manos de su propietario antes de volver, sin remordimientos, a la funda de donde salió.
-¿Asustado, Braun?
Aterrado. Esa es la palabra que debe usar; el cruel sabor de la muerte recorre su paladar mientras el sargento le da la espalda, tan gallardo como en el primer momento, tan superior como la primera vez que le vio.
-Historia es mía- Murmura sin mirarlos, colocando una de sus manos sobre el picaporte de la habitación de hotel -Solo mía.
Silencio. Nuevamente silencio.
-¡Oh! Por cierto. Debes darte prisa, mi querido Berth. No quieres hacer esperar a la hermosa novia, ¿O sí?
Entonces, sin decir una sola palabra más, cierra la puerta a sus espaldas, otorgando a sus dos mejores soldados un breve momento de soledad; la confrontación ha terminado tan rápido como comenzó, sin más consecuencia que un tenue rocío carmesí sobre la costosa alfombra.
-C-Cierto- Murmura Bertholdt repentinamente, echando un vistazo fugaz al fino reloj que descansa en uno de sus bolsillos, conectado a una delicada cadena de plata que Braun no recuerda haber visto jamás –Si no nos damos prisa, no estaremos a tiempo.
-¿Estás de acuerdo?
-¿Eh?
-¡¿Estás de acuerdo con todo esto?!
Sus dientes rechinan, su ira crece nuevamente, ahora enfocada en el chico de cabellera tan negra como el carbón; aparta bruscamente el reloj de sus manos. Está molesto con él. Está molesto con Ymir. Está molesto con todo el mundo.
-¿Casarte con Christa? ¿En serio? ¡¿Estás de acuerdo con todo lo que te ordena?!
El reloj pende de la fina cadena, balanceándose gentilmente al ritmo de su respiración; Bertholdt, sorprendido, abre sus ojos de par en par, suavizando su expresión gradualmente hasta alcanzar su característica sonrisa, esa sonrisa amable que es tan propia de él.
-No tenemos elección.
Tenemos. Reiner enarca una ceja, notoriamente confundido, cruzando sus enormes brazos sobre su robusto pecho.
-¿Christa y tú?
Bertholdt Fubar niega lentamente, colocando la gorra de su uniforme sobre su desaliñado cabello negro, caminando hasta alcanzar la hermosa puerta artesanal del hotel en el que su humilde boda habrá de llevarse a cabo. Su humilde e indeseable boda.
-Ymir y yo.
La puerta se cierra frente a él.
Cuando se queda completamente solo, abandonado en una habitación pintada de blanco con hermosos detalles en color oro, con el sonido de su respiración como única compañía, no puede hacer más que golpear la pared. Su poderoso puño agrieta el muro, exactamente en el mismo lugar donde la cara de su sargento se encontraba minutos atrás.
-¡Maldición!
Sus nudillos arden, lacerados por un poderoso impacto que no se molesta en calcular; su cuerpo tiembla, mientras su furia, esa amiga silenciosa que siempre ha estado a su lado, regresa para abofetear su rostro una vez más.
"Eres patético, Reiner" Medita con una voz que no parece su voz, una voz que ha aprendido a aborrecer con el pasar de los años, una voz que desea destruir "Nunca lograrás protegerla. Nunca"
¿Cómo desmentirle cuando es verdad? Así, consternado, escuchando la risa del soldado de pecas reproducirse en su cabeza una y otra vez, abandona por sí mismo la habitación para adentrarse en la extensión del pasillo en penumbras, en busca de la horrorosa boda de dos personas que un día significaron todo para él: su mejor amigo, y la mujer que alguna vez creyó amar.
"No podrás protegerla" Recuerda, esta vez con su propia voz "Nunca"
Si algo debe admitir el hosco Reiner Braun, quien pasea por el solitario pasillo sin noción alguna de su paradero o su destino, es que el costoso hotel es verdaderamente hermoso: sofisticado, amplio, con grandes terrazas que ofrecen un hermoso panorama de las lejanas montañas y de los grises nubarrones que auguran una tormenta grande y feroz.
"Huele a tragedia" El solo pensamiento le hace sonreír.
No sabe exactamente adonde ir, el eco de los lejanos pasos de Bertholdt es apenas perceptible en la soledad de un pasillo desierto.
-¿Berth?- Lo llama, esperando obtener alguna respuesta.
¿Cuánto dinero posee aquel gran magnate, el afamado Lord Reiss, para ser capaz de alquilar un sitio como este para un único evento? ¿Es legal poseer tantas riquezas en un mar de miseria como Alemania lo es? Sinceramente desea no saberlo.
-¿Reiner?- Llama a lo lejos una conocida voz, robando de él un genuino suspiro de alivio. Sus pasos ganan velocidad conforme la única sala iluminada se hace visible a la distancia, el leve bullicio de una minoría llega a sus oídos a cada paso que da.
-¿Dónde estás?- Mira a las habitaciones vacías, ordenadas en hileras de cada lado; ¿Dónde se encontrará ella en estos momentos? ¿Se verá hermosa frente al altar? ¿Acaso usará un hermoso vestido blanco para representar la pureza que, obviamente, no posee?
Una virgen hermosa. Lo que nunca más podrá ser.
"Hijo de perra" Piensa con resentimiento, sintiendo cada uno de sus huesos temblar; no puede asimilarlo, no puede asimilar que su diosa, el ángel hecho mujer que aún le visita en sueños, tenga un destino atroz por culpa de un hombre tan miserable como el sargento de Dachau.
Porque, sin saberlo ni imaginarlo, Ymir ha jugado con ella desde el principio. Ha jugado con todos como si fuesen refinadas piezas sobre su tablero de ajedrez. Un tablero de ébano y marfil.
¿Que eran ellos? ¿Arfiles? ¿Torres?
"No" Se dice a si mismo con la sombra de su alto amigo esperando en la distancia "Solo somos peones"
-¿Reiner?
-Bertholdt- La sonrisa nerviosa de su amigo le da fuerzas para sonreír. Puede ver la luz proveniente de lo que parece ser un salón principal: el lugar donde se llevará a cabo el esperado evento -¿Es ahí realmente?
Pero, en el momento en que atraviesa el último tramo del pasillo, en el lugar donde otro corredor paralelo perfectamente iluminado lo cruza, se encuentra con una terrible imagen que hubiese deseado evitar.
Efectivamente, la pequeña chica rubia usa un hermoso vestido, blanco y sencillo, de un corte tan fino y perfecto que la hace lucir más bella de lo que realmente es, remarcando su pequeña figura angelical a un punto que haría enloquecer a cualquier hombre. Y, por supuesto, él es un hombre.
"Preciosa" Piensa sin remedio, embelesado, maravillado instantes antes de que la mirada mordaz del demonio choque con la suya cruelmente, con la fuerza de un ferrocarril. Ymir está con ella, sonriente hasta donde puede percibir, besándola ferozmente mientras ella permanece aferrada a su cuello, recibiendo todo lo que esos labios fríos le pueden ofrecer.
¿Qué harás? Parece preguntar el sargento al verlo, burlándose de la poca esperanza que posee; aprieta sus puños mientras su ira contenida crece en su interior, ferviente como una olla de presión o, en una comparación más acertada, una bomba de tiempo.
-Reiner- Lo llama su mejor amigo desde la entrada del salón principal, atrayendo la atención de los amantes que no hacían más que gozarse el uno al otro.
-¿Reiner?- Murmura la diosa con lágrimas discretas asomándose tras sus delicadas pestañas, su cuerpo tiembla envuelto en un perfecto vestido de novia que se ciñe a su piel.
¿Por qué no puede moverse? ¿Por qué sus piernas parecen no responder sin importar cuanto luche por ello? ¿Por qué no puede ir y apartarlo de su lado con un puñetazo como el hombre que es?
No. Solo observa en silencio un espectáculo que lo hace enfurecer.
-¿Qué esperas?- Le pregunta su sargento, relamiéndose los labios provocativamente, mostrando un primer plano de un brillante hilo de saliva carmesí que conecta sus labios con los de la chica que alguna vez amó -La ceremonia está a punto de comenzar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el derrotado soldado rubio obedece.
Deshace todo su orgullo para seguir de cerca al inexpresivo Titán Colosal hacia el salón principal pobremente poblado por oficiales de diferentes rangos, con el fuego sagrado ardiendo sobre el improvisado altar adornado con el aborrecible retrato de Adolf Hitler observándoles desde las alturas.
No fue la burlona voz de Ymir, hiriente e irritante como ha sido siempre, lo que verdaderamente le obligó a obedecer: fue la mirada de ella, la suplicante mirada vidriosa de Historia Reiss, la que lo llevó a acatar otra inútil orden.
No te preocupes por mí. Parecía decir sin necesidad de palabras, mientras las manos de su amo, cubiertas de unos finos guantes de cuero, se deslizaban a través de su piel. Estaré bien.
-¿Estás de acuerdo con esto?- Bertholdt camina a su lado; ruborizado, nervioso, temeroso ante aquella escena llena de incomodidad -¿Realmente lo estás?
El chico asiente lentamente, ofreciéndole una sonrisa melancólica que el poderoso soldado rubio no podrá olvidar en mucho tiempo, si es que alguna vez la puede olvidar.
-No tenemos elección.
Quisiera golpearlo. Quisiera destruir el amable semblante que se somete sin objeción alguna ante el frenético látigo de un Titán que no es ni la mitad de fuerte que él: el Titán Acorazado, el del físico más poderoso de todos, está furioso una vez más.
-Haz lo que quieras.
Toma su digno lugar al lado de esos miembros de escasa importancia del partido Nazi, concentrando su mirada en la de su compañero mientras el primer oficial, destinado a dirigir el proceso, hace una señal de silencio.
-¿Listo, chico?- Pregunta ese desconocido de cabello negro y bigote desarreglado, recibiendo un gesto seco del Titán Colosal –Bien. Comencemos entonces.
"Esto es una farsa"
Se dice gruñendo furiosamente en el momento en que las miradas de los hombres desconocidos se centran en la hermosa novia de vestido blanco que entra al salón del brazo del sargento como si este supliera el lugar de su padre, con una sonrisa fantasiosa asomándose por sus labios.
"¿Estás de acuerdo con esto…?" Sus pequeños dedos se aferran a la tela del uniforme al que se sostiene, disfrutando cada paso, largo y lento, cerrando a ratos sus hermosos orbes color cielo ante una visión irreal que su mente infantil se ha encargado de crear "¿…Historia?"
¿Que pensara? ¿A qué fantasías se aferra?
Mientras la mente de la diosa vaga en sitios desconocidos, Reiner espera. Solo espera, vigilante como un halcón es plena cacería, presenciando con recelo como ella abandona el suave agarre de su sargento para acercarse solemnemente a donde su futuro esposo le espera.
-Mi amada señora- El hombre de cabello castaño, con toda la gracia que puede tener alguien de su nivel, toma la mano derecha de la hermosa rubia para depositar en ella un beso servicial.
-Sargento- Historia sonríe, con un ligero rubor cubriendo su palidez.
-¿Ese es?- Susurra alguien desde uno de los asientos a sus espaldas.
-¿El encargado del campo?- Responde otra voz –Precisamente, ese mismo.
-¿Cuál era su nombre?
-No tengo idea, nunca lo he visto en alguna reunión.
-Es algo raro...
-¿A qué te refieres?
-¿No es ese chico cercano a Rhodes?- Pregunta dubitativa la primera voz -¿No hubiese sido más sabio comprometer a la chica con él?
-Quizá. Puede que Rhodes sea más estúpido de lo que creímos. A este paso no tardará ni un minuto en...
-¡Calla! Nos escuchará.
Entonces, los susurros desaparecen para no regresar nunca más. Reiner, cansado ante todo el parloteo sin sentido, simplemente hace sus ojos rodar.
-Idiotas.
El espectáculo continua; el dulce brillo en la mirada de Historia desaparece de inmediato en cuanto Ymir da media vuelta para caminar hacia la puerta que había presenciado su llegada minutos atrás. Reiner analiza todo cuidadosamente, como lo hace un verdadero soldado, notando el escalofrío que recorre lentamente el cuerpo de la novia y la pequeña lagrima de añoranza que intenta disimular.
"Aun le amas" Las grandes zancadas de Ymir hacen eco en el pasillo, perdiéndose entre la oscuridad "¿Verdad?"
-¿Está bien que abandone la ceremonia así, mi señor?- Pregunta uno de los invitados a Rhodes, que bebe despreocupado una elegante copa de vino costoso desde la primera fila.
-Permítanle marcharse, mis señores- Ordena tras un largo suspiro con olor a alcohol –Les aseguro que tiene mucho mejores cosas que hacer que preocuparse por la boda de la hija de su patrón.
Touché.
Y, como lo había imaginado, el corazón de la diosa se rompe una vez más.
Sus puños se cierran coléricos mientras se da inicio al grito unísono de Heil. Los novios, tan diferentes como la luna y el sol, parecen absortos en sí mismos mientras pronuncian monótonamente palabras de lealtad que difícilmente llevarán a cabo; ambos miran discretamente a la multitud, buscando en ella el valor que necesitan para seguir adelante.
Bertholdt lo mira directamente a él, pero Historia… Historia parece buscar algo inexistente.
Desesperados. Ansiosos. Los orbes azules analizan rostro tras rostro con esperanza, confiando en la posibilidad de que un invitado inesperado puede regresar en cualquier momento; siente sus dientes castañear, siente el cabello de su nuca erizarse por la furia mientras el hermoso ejemplar de Mein Kampf pasa a manos de los recién casados. Desconoce el tiempo, desconoce el espacio. En un momento a otro, se encuentra a si mismo acompañado por la soledad.
Entonces, cuando la parte final del discurso comienza, Reiner no puede contenerse más. No puede permanecer inmóvil tanto tiempo.
"¿A dónde has ido? ¡¿A dónde demonios has ido?!"
Al escapar discretamente de la ceremonia, desesperado, corriendo con frenesí a través de un amplio pasillo desierto, se pierde por completo la conclusión de la boda, y la deprimente mirada que Bertholdt Fubar dedica a lo que ahora es un asiento vacío.
"Lo siento mucho, Bertholdt" Suplica mientras se desplaza sin descanso a lo largo de lo que es un último piso, siguiendo la misma ruta que siguió su sargento minutos atrás "Pero no tengo elección. Debo hacerlo"
La azotea. Todo su instinto le señala la azotea como único destino. Está furioso. Tan furioso que el revólver en su cintura comienza a pesar demasiado. Tan furioso que su corazón exige sangre para volver a la normalidad.
Sabe lo que debe hacer. Lo sabe perfectamente. Carga una única bala en la cámara de su arma mientras abre de una patada la grotesca puerta metálica que conduce al último tramo de escaleras antes del final. Reiner Braun saborea la muerte.
Berik. Christa. Bertholdt. Incluso Annie parece distante ahora; se está quedando solo, todos sus amigos se esfuman uno a uno, y cree saber a quién culpar.
"Ymir. Siempre es Ymir"
Todos parecen estar de su lado, ¿No es así? Todo lo que ama parece ir directo a él, como si deseara dejarlo solo, ¿No es así?
"Siempre es culpa de Ymir"
Su respiración es pesada como la de un animal, el vapor de ella se mezcla bochornosamente en el ambiente como si fuera un depredador; su cuerpo tiembla cuando la distancia se acorta, los escalones metálicos vibran a su merced, así como el revolver lo hace a merced de su mano.
No le importa nada, solo desea llegar. Hasta el final. Hasta su final.
-¡Ymir!
Sin embargo, cuando abre salvajemente la última puerta con una embestida, la puerta que lo dejará a merced del cielo nocturno y de sus brillantes estrellas, encuentra una imagen cuyo significado no puede descifrar; su revólver, que está listo para la acción, tiembla en sus manos cuando una diminuta lagrima de añoranza cae de los ojos marrones que alguna vez le hicieron temer.
¿Ese es? ¿Ese es a quien busca?
-¿Ymir?- Pregunta en un tartamudeo, ganándose una sonrisa temblorosa del rostro decadente cuya fuerza ha menguado por completo, un rostro que nunca habría soportado quedarse a observar el ritual.
-¿Ha terminado tan pronto?- Pregunta arrastrando las palabras, girando su propia arma vacía entre sus manos, la misma arma con la que le apunto apenas un par de horas atrás -¿Los novios están felices?
-¿Has bebido?- Pregunta Reiner con cierta duda, ganando una sarcástica risotada de la persona frente a él.
-Como todos en este maldito lugar- Un gran trago de whisky marca sus palabras; se ha deshecho de su saco y su corbata, enrollando las mangas de su camisa blanca por encima del codo para mostrar el peculiar tatuaje que marca su tipo sanguíneo que todo SS debe poseer -Basta de juegos. ¿No vienes a matarme, Reiner?
Su dedo se debate sobre el gatillo del revólver, dudando lentamente mientras una gota de sudor desciende por su sien.
-Amas las contradicciones, ¿no es así?- Ymir sonríe.
-¿Que he hecho para contradecirme, si se puede saber?- El soldado rubio se acerca precavido, anticipando cualquier reacción.
-Besar a Christa- Da un paso más -Enviarla directo a las garras del lobo.
-¿Lobo? No puedes pensar en algo más ingenioso, ¿cierto?- Reiner frunce el ceño.
-Cállate y dime qué planes tienes para Christa.
-¡Historia!- Grita lanzando la botella a un lado, con el rostro ligeramente teñido de carmesí -¡Su nombre es Historia, maldición!
-¿Eso importa?
-¡Más que tu vida!- Ymir camina de un lado a otro sin parar -¿Que me crees? ¿Imbécil? ¿Crees que no sé lo que acabo de hacer? Ella es mía, bastardo. ¡Mía!
-Si sabias que todo esto pasaría- Sus dientes rechinan, su cuerpo tiembla de emoción -¿Por qué?
-Porque tenía que suceder- El arma se desliza entre sus manos, casi cayendo al suelo ante la repentina torpeza de sus movimientos; Reiner permanece alerta, sosteniendo su arma aun.
-¿Cómo saberlo?- Ymir sonríe una vez más.
-¿Cómo saberlo? ¡¿Cómo saberlo?!- Una risa forzada interrumpe sus palabras, tan dudosa y maniaca que a cualquiera pudo haberle causado temor -¡Yo he planeado todo esto! ¿Sabes? Desde esta boda hasta mi muerte, todo ha estado siempre aquí.
El cañón de su arma señala su propia sien. De pronto, la persona que tanto odia permite a su máscara caer, revelando toda la humillación y la tristeza de quien lo ha perdido todo. Si se permitiese sentir terror ante la sangre inocente que sus manos han derramado, posiblemente él tendría la misma expresión.
-Y es aquí, Reiner- Ahora no se contiene. Las lágrimas corren libremente a través de sus pecas como ríos feroces; la máscara se ha ido, y difícilmente podrá volver otra vez -En el hermoso momento en que toda mi vida se va a la mierda, donde entras tú.
-¿Qué quieres de mí?- Murmura cauteloso, sintiendo como las lágrimas desesperadas que observa borran la furia que tanto tiempo le tomó acumular.
-Lo que quiero de ti, amigo mío...
El arma, que anteriormente estaba en su sien, desciende hasta su costado. Ymir abre el cilindro con lentitud, permitiendo que cinco brillantes balas doradas caigan al suelo gentilmente. Cinco de las seis balas que la cámara de su revolver puede soportar. Un escalofrío recorre su espina mientras el recuerdo de un arma vacía al ser disparada lo hace temblar.
El arma siempre estuvo cargada. Esa arma pudo haberlo matado antes de comenzar.
Ymir, con más seriedad de la que ha tenido jamás, lo mira a los ojos y, por primera vez, Reiner cree estar presenciando la mirada de otro ser humano.
-Es tu suerte.
