Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXV - Confianza

-¿Cómo ha ido todo?- El frio susurro del hombre, sentado elegantemente al lado opuesto del gran comedor, llega a sus oídos como si fuese un chirrido; como si fuese uno de esos ruidos desagradables que nunca deseamos volver a escuchar –Historia.

El ansioso movimiento de los finos cubiertos de plata se detiene a su llamado, mientras la inocente mirada de la diosa se alza con timidez, hasta encontrarse de lleno con la de su señor padre; esos ojos azules, tan parecidos a los de ella, siguen siendo tan severos como puede recordar; siempre vigilantes, siempre intentando penetrar en su alma para mostrarle lo inútil que esta es. Así es ahora. Así ha sido siempre.

Recuerda momentos similares en su infancia, en las raras ocasiones en que ese hombre la invitaba a compartir su mesa en compañía de su familia, cuando las miradas de odio se posaban en su frágil humanidad; ¿Su padre intentaba burlarse de ella? ¿Ese era su objetivo? Quizá. Pero eso, tal como sucede ahora, parece no importarle.

-¿Y bien?- La pregunta se cierne sobre ella como las garras de un halcón, destinadas a destrozar cada una de sus esperanzas. Sin embargo, para quien toda esperanza ha muerto ya, aquello no es más que una suave brisa pretendiendo ser un huracán; Historia asiente con indiferencia.

-Todo es perfecto, padre.

En sus palabras no existe incomodidad, ni temor, mucho menos el horror que la sola presencia de ese hombre solía provocarle; en la voz de la diosa, solo existe frialdad. Regresa la mirada a la cena que parece menos apetitosa con cada segundo, destinada a satisfacer un apetito que parece no existir más. Su padre, que aun intenta analizar un rostro inexpresivo, asiente con ansiedad.

"Como lo imaginaba" Piensa sin darle mucha importancia, tomando con pereza un trozo del pato a la naranja exquisito a la vista pero que, para su hastiado paladar, no guarda una mínima diferencia con un montón de cenizas. Esta es la rutina. Una rutina que debe soportar.

-Entonces, querida mía- Llama su padre nuevamente, llenando su copa vacía de un delicioso vino blanco proveniente de la reserva familiar -¿Se han encargado del asunto principal?

Historia le mira a los ojos sin emoción alguna. Ese es su destino, esta es una noche entre mil. Otro día miserable dentro de una existencia miserable a la que tiene el descaro de llamar vida. Una vida que no desea, ni ha deseado jamás.

-Como es debido- Responde con monotonía, robando un chasquido molesto a su progenitor.

-La vida marital no está concluida si no se cubren esos ámbitos- Su padre alza una ceja, dando un gran sorbo a su rebosante copa de alcohol; la pálida tonalidad en la piel de su hija no adquiere más que un ligero e imperceptible sonrojo a causa del mismo.

-Todo va bien…

-Sabes que es importante que tengas herederos cuanto antes.

-Hemos estado intentando noche tras noche- Responde en un murmullo hastiado, intentando por todos los medios que la frase suene natural, intentando expresar todo el horror que la sola idea solía producirle. Ese terror que hace a su padre, el frio Lord Reiss, sonreír.

-¿Y bien? ¿Tu vientre está vacío aun?

-Aún no sabemos si ha dado resultados- Tal como lo predice, una sonrisa difusa de dibuja detrás del bigote negro perfectamente recortado de su padre, una sonrisa infestada de ambición –He tenido ciertos malestares últimamente.

-¡Me alegra escuchar eso!- Rhodes toma otro trago de alcohol, seguido por un enorme bocado de su cena a medio terminar –Entonces lo sabremos dentro de poco.

-Al parecer…

-Escúchame bien- La llama su padre con seriedad, sin provocar en ella más reacción que una mirada de aburrimiento –Todos necesitamos hacer sacrificios, Historia. Tú debes engendrar al vástago de ese chico, mientras que yo debo aceptarte como una legitima Reiss. Todo…

-…Por la familia- Dice ella alzando su copa.

-Por la familia- Repite su padre imitando la acción.

Un brindis silencioso llena el silencio de una habitación vacía, una de entre muchas otras dentro de una mansión sin más habitantes que ellos dos. Toma un sorbo de su propia copa llena de vino, el cual produce en su garganta un ardor que no alcanza a comprender; necesita valentía, la mayor cantidad de valentía que sea capaz de acumular.

-Me alegra que comprendas tu responsabilidad- Su padre la mira fijamente una vez más, mientras un travieso rubor alcohólico comienza a manifestarse en su rostro –Bertholdt parece comprender todo a la perfección.

-Bertholdt es un excelente soldado- Responde sin mucho entusiasmo –Ymir solía contarme que es uno de los hombres más fuertes del ejército.

-De los más fuertes. Sin duda alguna, Ymir tiene una maravillosa percepción de sus hombres.

-Sin duda la tiene- Responde con un brillo inusual en su mirada azul –Ymir mantenía el campo en perfecto orden todo el tiempo.

-Seguro que debe sentirse mucho mejor estar con un hombre de verdad que con esa degenerada, ¿No crees, Historia?- Ella permanece en silencio –Debería ordenar que uno de mis chicos le dé una lección… Ya sabes, que la haga una mujer de verdad.

-No lo harás- Interrumpe con seguridad. Su padre enarca una ceja.

-¿Por qué no?

-Porque me necesitas.

Su padre gruñe por lo bajo, comprendiendo poco a poco el significado de esas tres palabras tan directas que, más bien, parecen una amenaza. Un puño golpea la mesa, derramando la copa de vino a la vez que hace temblar los cubiertos sin utilizar.

-¿Qué planeas?

-Lo que le pase a ella, traerá consecuencias para ti…

Sus músculos se tensan violentamente cuando, por primera vez en lo que tiene de vida, no siente temor alguno al dirigirse a su padre, ni tiene apariencia alguna que guardar; sin decir una palabra más, retira delicadamente su plato para abandonar la comodidad de esa hermosa silla de madera fina. Una reverencia fría marca una despedida para aquella persona a la que tiene la obligación de llamar padre.

-Permiso para retirarme, mi señor- Lord Rhodes frunce el ceño sumamente molesto.

-Me da igual lo que hagas, chica- Responde su padre dando otro trago con manos temblorosas, con la copa balanceándose de un lado a otro como si fuese a caer -Mientras ese chico te parta en dos noche tras noche, poco me importan tus periodos de sueño.

-¿Entonces?

-¡Lárgate! ¡Maldita sea!

La diosa aprieta sus puños, conteniendo la rabia que aquellas palabras, las que se alzaron como una amenaza ante la única persona que en su vida ha amado y amará, han despertado en su corazón; intenta tragar sus malos pensamientos en el momento en que se da vuelta para emprender la tediosa marcha escaleras arriba, directo a su habitación.

-Historia.

Una última llamada que debe obedecer. Gira la mirada de mala gana, solo para encontrarse con ese par de ojos que la observan con ferocidad. Esos ojos tan fríos e inexpresivos como los suyos.

–Más te vale que no intentes nada- Amenaza. Sabe que es una amenaza –Recuerda que Ymir no vendrá a salvarte esta vez.

-No necesito ser salvada- Responde ella secamente –Sin ella, no necesito vivir.

Su padre, pese al maniaco carácter homicida que posee en sus momentos de furia, decide no responder, permitiéndole retirarse libremente, paso a paso, de manera tan lenta que para una percepción sensible puede parecer una provocación; los escalones crujen suavemente ante el peso de sus botas al ritmo de su lenta respiración.

"Es la rutina" Se dice al cerrar la puerta de roble tras de sí, teniendo cuidado especial a la hora de echar el cerrojo "Nada ha cambiado"

No piensa en nada en el momento en que decide recostarse, completamente vestida, sobre el suave colchón matrimonial que abarca tan solo una pequeña parte de sus enormes aposentos; una pequeña parte de la gran mansión a las afueras de Múnich que Lord Rhodes les ha otorgado como un obsequio nupcial. Un obsequio digno de la futura señora de una gran Casa.

Un obsequio del que su padre se tomó la libertad de conservar un par de llaves.

"Una mansión" Piensa sonriendo con sarcasmo "Como si mi padre lo fuese a permitir"

Cansada, permite a su cuerpo hundirse en la suavidad. El colchón es cómodo, quizá más cómodo que cualquiera que utilizara en su vida. La luz de la luna entra furtivamente a través de hermosas cortinas de satín, iluminando la hermosa utilería de madera fina.

Un impulso la lleva a revisar la habitación cautelosamente, de un lado a otro, recorriendo todos los objetos que son sus muestras de poder hasta que uno en específico captura su atención: el sofá que reposa solitario frente al extinto fuego de la chimenea, demasiado pequeño para su gusto, en el que diariamente encuentra a un gigante dormido. Al verlo, Historia no puede contener una sonrisa furtiva.

Pese a la gran mentira que debe crear día a día para complacer a su padre, todos los temores que rondaban su cabeza antes de su matrimonio tomaron un rumbo distinto al pasar de las garras de su padre a las gentiles manos del Titán Colosal. Lo descubrió horas luego de su boda, en la solitaria habitación de hotel que estaba destinada a ser su lecho nupcial, cuando retiraba sus propias prendas con manos temblorosas, lista para realizar la tarea que le había sido asignada mucho tiempo atrás.

Darle herederos a su padre. Darle soldados al Reich. Eso es lo que todos esperaban de ella. ¿O no?

Eso es lo que debía hacer. ¿O no?

-¡Basta!- Le gritó Bertholdt en ese entonces, ruborizado como el infierno, con gotas de sudor descendiendo por su frente, sus sienes y sus mejillas, tomando sus pequeñas manos con delicadeza para impedirle continuar –¿Es por tu padre?

Ella, influenciada por el temor, se limitó a asentir. Sin embargo, Bertholdt le dedicó una efímera sonrisa gentil antes de dar media vuelta, camino al solitario sofá que esperaba al otro lado de la habitación. Historia siguió su camino con la mirada, siempre temerosa de lo que habría de ocurrir.

-No sigo órdenes de tu padre.

Desde esa noche, ignorando el sentimiento de vacío constante en lo profundo de su pecho, su alma ha sido inundada de un completo alivio; ¿Qué hubiese hecho de haber sido cualquier otro soldado o, incluso, de haber sido el propio Reiner? ¿Qué habría hecho?

Bertholdt se comprometió a no tocarla jamás. Bertholdt se ha convertido en el único apoyo que posee dentro de esta mansión que le está prohibido abandonar; su único amigo en la miseria.

Recuerda las palabras dichas por su padre, aquellas que utilizó para explicarle vagamente la tarea que estaba destinada a cumplir: Ymir lo seleccionó especialmente para ella. Ymir sabía con seguridad lo que ocurriría aquella noche, por eso se encargó de defender con ferocidad esa parte del acuerdo. Por eso permaneció vigilante hasta que se pudiese cumplir.

"Hasta que se fue…"

Es cierto, tan cierto como que la oscuridad ha comenzado a asustarle nuevamente. Lo sabe gracias a comentarios fugaces de su padre (Quien acude periódicamente a supervisar todo progreso en su vida marital), o a comentarios diversos que su esposo le cuenta en sus extensas charlas nocturnas. El sargento ha abandonado permanentemente su labor en el campo de concentración de Dachau para transferirse a Polonia, la nación recién conquistada, donde está comenzando la construcción del campo más letal que el régimen crease jamás.

El que en un futuro, la humanidad conocerá como Auschwitz.

"Y todo eso sin un miserable adiós" Mira la oscuridad, cubriéndose parcialmente con una de las sabanas en desorden "Incluso él se ha ido"

Esta sola. Incluso el buen Bertholdt, quien ha ascendido de rango luego de que el cargo máximo de Dachau fuese cedido a Reiner, ha salido de su hogar para llevar a cabo una importante misión en la frontera Polaca, de la que la propia Ymir será participe.

-Ymir- Susurra su nombre, abrazando una de las enormes almohadas que solo le recuerdan el aroma de su propio cabello, imaginando que es al sargento a quien abraza en la oscuridad; oculta su rostro como solía ocultarlo en su pecho hace tanto, tanto tiempo.

-Ella volverá- Le había asegurado su esposo un par de días antes, mientras preparaban todo lo que necesitaría para poder partir -Vendrá por ti.

-¿Cómo estas tan seguro?- Recuerda haberle preguntado con desconfianza, mientras doblaba un par de relucientes camisas dentro de una maleta antigua –No recuerdo que preguntara tu opinión antes de involucrarte en todo esto.

Pero Bertholdt, como siempre suele hacerlo en momentos difíciles, se limitó a sonreír; un par de gotas de sudor resbalaban por su sien mientras un millón de secretos carcomían sus labios.

-He convivido con ella un poco más que tu- Le comentó el chico entre suspiros sinceros –Deberían aprender a confiar en ella. Reiner y tú.

Entonces, luego de acariciar su cabeza como si fuese un anciano despidiéndose de una chiquilla, se marchó, dejándola al dudoso cuidado de su padre; permitiéndole se prisionera una vez más.

"¿Qué importa?" Piensa en la actualidad, sumergiéndose en recuerdos sin sentido aparente "No sé cómo se siente la libertad"

Recuerda Dachau con tanta facilidad como recuerda todos sus rostros conocidos; piensa en Eren, y en lo que le pudo haber sucedido; piensa en Reiner, y en su nuevo labor; piensa en Annie, y en su misterioso comportamiento. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido en aquella ciudad que no puede ver de otro modo que no sea mirando por la ventana?

Piensa en las lejanas montañas y se pregunta: ¿Qué ha pasado en ese gran exterior que nunca ha tenido la oportunidad de visitar?

Armin solía contar historias parecidas, en donde muros gigantescos le impedían a la humanidad contemplar el mundo una vez más; ¿Era este el sentimiento en el corazón de sus protagonistas?

Recuerda el día de su boda, específicamente el preciso instante donde se dirigía al altar tomando con dulzura el brazo de Ymir. Recuerda las hermosas fantasías que pasaron por su mente y, sobre todo lo anterior, recuerda el momento en que la chica soldado tomó su mano para depositar en ella un beso lleno de delicadeza y comprensión. Fue hermoso. Increíblemente hermoso.

-Ymir- Murmura a la soledad, sintiendo como la máscara de frialdad, que se había convertido en su escudo, se rompe ante la fuerza del llanto –Ymir.

¿Acaso Bertholdt tiene razón? ¿Acaso ha estado desconfiando más de la cuenta? ¿Acaso lo está pensando demasiado? ¿Acaso Ymir volverá?

"No" Se dice girando sobre la cama, enredándose en un cierto número indefinido de sabanas que le resguardan tanto del frio como de la oscuridad, ocultándose como un ovillo de forma indefinida temblando bajo una suave capa de luz lunar "Nunca volverá"

Escucha a la distancia como los pasos somnolientos de su padre entran a la habitación de invitados sin alguna prisa, seguido de un par de guardianes cuyo rostro nunca ha tenido la fortuna de ver. En el momento en que la luz del pasillo desaparece, reavivando su mayor temor, Historia comprende que la confianza no le servirá de nada.

"Confié una vez" Sus orbes azules se cierran nuevamente, cansados y asustados, sin intenciones de abrirse en proximidad "Ya no puedo seguir confiando"

No debe confiar. No debe creer. No debe seguir esperando. Bertholdt confié en ella porque es un soldado, un solado entrenado para confiar en sus superiores sea cual sea la situación; obedecer las órdenes y seguirlas hasta el final, ese era el deber del soldado. Alguien como ella, ¿En quién puede creer?

En la seguridad de sus parpados cerrados puede ver un par de esferas marrones recorrer su piel con lentitud, siente como esas manos enguantadas se infiltran dentro de su hermoso vestido de novia, puede sentir como un par de dedos largos penetran en su interior una vez más; lo recuerda, recuerda todo lo que sintieron aquella noche final.

-Que los invitados esperen un poco más- Aun cree escuchar aquel susurro en su oído, interrumpido por sus propios jadeos desesperados que suplican por mas –Para nosotras, pronto todo terminará.

Había algo distinto en su amante aquella noche, en la que profanaron la cama destinada a ser su lecho nupcial; sentía el anhelo en sus gestos, y la desesperación en un semblante que se mantuvo estoico hasta el final.

Lo que sea que Ymir tenía en mente aquella ocasión, se había marchado con ella. Quizá era una despedida. Quizá era un verdadero final. Eso siempre será un misterio.

Entonces, mientras una lágrima desciende por su rostro, y el rugido discreto de un motor familiar entra a través de su ventana, la pequeña diosa es vencida por el sueño.

Historia. La primera vez que la llaman, decide no escuchar.

Historia. La segunda, la hace estar en alerta.

Historia. La tercera, la incita a despertar.

Abre sus ojos, encontrando solo oscuridad perpetua donde solía reinar la penumbra; recorre con cuidado las sombras amorfas que convoca la noche, sombras que no son más que sus utensilios cotidianos en su más inhumana manifestación.

-¿Bertholdt?- Pregunta con timidez, mirando en dirección del sofá olvidado en el centro de una habitación -¿Berth?

Pero todo eso no es más que una estupidez. Sabe perfectamente que él no se encuentra en su habitación. Sabe perfectamente que se ha ido.

Le sorprende encontrarse completamente vestida, con las botas puestas, y su perfecta figura aun envuelta en un blanco vestido de seda que la hace sentir más expuesta de lo que realmente esta.

"Nadie está aquí" Recorre la estancia de lado a lado, obedeciendo a un instinto de supervivencia que le ordena mantenerse silente a como dé lugar "Nadie"

Escucha con atención: un murmullo seco atraviesa el corredor: Historia. Historia. Historia. Volviéndose uno con el silencio. Carreras presurosas, estruendos discretos, todo parece provenir de la oscuridad.

-¿Padre?- Intenta llamarle en voz alta, pero la palabra parece congelarse en su interior, como una piedra sin forma atorada en su garganta, manifestada en un murmullo casi inaudible.

¿Qué hora es? ¿Cuento tiempo ha dormido? Toca su rostro en busca del rio de lágrimas que había arropado su sueño pero, para su sorpresa, ya no había rastro de él.

-¿P-Padre?- Llama otra vez con resultados similares, resignándose a guardar silencio.

Su padre, pese al impredecible carácter homicida que posee, es un hombre hecho a la antigua: duerme cuando la luna esta en lo alto y despierta a los primeros rayos del sol. Con solo mirar la oscuridad a través de las cortinas, que se expande en el horizonte como una peste, sabe con seguridad que, sea lo que sea que ronda en las afueras de su dormitorio, no es él.

¿Que es entonces? ¿Que recorre el pasillo abriendo todas sus puertas una a la vez?

Mira por la ventana nuevamente, solo para encontrar huellas del vehículo desconocido que escucho antes de dormir a lo largo del gran jardín.

"Intrusos" Piensa fríamente, mientras una serie de murmullos discretos atraviesan su puerta una vez más; a su mente, tan inoportunas como inesperadas, llegan las palabras dichas por su amada Ymir varias semanas atrás, el día en que le castigo por desear morir.

Tu padre tiene muchos enemigos.

Un temblor recorre su columna al sentirse repentinamente acorralada, mientras la puerta del cuarto contiguo comienza a ceder. ¿Que hará si son ellos, los enemigos de su padre, quienes se infiltraron a su hogar con el único objetivo de asesinarla?

Camina a través de la habitación solo para pegar, lo más disimuladamente que le es posible, oído a la puerta; ¿Que ha pasado con las guardianas? ¿Que ha sido de las fuerzas que fueron llamadas del campo de Dachau? ¿Que?

Nunca les había visto, pero ellas deberían saber cómo reaccionar.

"Es no puede estar pasando"

Por un momento, mientras retrocede con la mirada fija en la sólida puerta de madera, recuerda el momento de su infancia en el que vio a su madre morir: recuerda como el afilado cuchillo de cacería se alzó en lo alto antes de atravesar su cuello, recuerda el leve sonido de la piel al ser desgarrada y, sobre todo, recuerda claramente las últimas palabras de la mujer.

Si tan solo no hubieses nacido

Tiembla. No para de temblar. Tiembla, más la indiferencia en su semblante moribundo está lejos de desaparecer. Se recuerda a sí misma en la infancia, donde sentía como la sangre descendía de su nariz a causa de uno de los golpes de su madre o de la auténtica Señora Reiss.

¿Qué es la muerte? Preguntaba en ese entonces y, por consiguiente, en esta ocasión decide preguntar lo mismo. Observa la puerta fijamente, como si está realmente fuese un espejo y, luego de un breve lapso de silencio, se atreve a preguntar:

-¿Qué es la muerte?

En ese preciso instante, cuando sus labios se cierran, el golpe llega a su habitación.

"Están aquí"

Observa como la cerradura, perfectamente cerrada, gira de un lado a otro inútilmente, conforme los visitantes inesperados se aglutinan a su alrededor. Traga saliva mientras un sentido de supervivencia innato la obliga a retroceder. El forcejeo parece llamarla, incitándola a abrir.

-Está ahí- Susurra una voz del otro lado -Sé que está ahí.

No puede distinguirla pues, apenas la escucha, sus palabras son arrastradas a la oscuridad. Alza su mano unos segundos, buscando terminar con todo esto a la primera oportunidad, buscando liberar el cerrojo que les impide alcanzarla.

"¿Que es la muerte?"

Sin embargo, a medio camino, mientras se siente como una polilla al ser atraída a la luz, un murmullo ronco en lo profundo de sus pensamientos la obliga a parar en seco.

Por eso debes vivir. Su corazón de detiene en un vuelco repentino.

Con su instinto de supervivencia siendo influenciado por un temor latente, viendo como los acontecimientos se desarrollan a su alrededor a vertiginosa velocidad, la diosa busca refugio en la seguridad de las sombras.

"El armario" Piensa de inmediato mientras sus desesperados orbes azules saltan de lado a lado de la habitación, buscando un refugio que le fuera de utilidad.

En cuanto se encuentra abandonada en la incomodidad de un espacio totalmente reducido, la puerta cede estruendosamente mientras un número indefinido de cuerpos invaden el lugar; ansiosos, impacientes, la buscan a ella, buscan lo que ella posee.

Hace unos momentos, cuando la muerte no era para ella más que una liberación, todos los acontecimientos parecían oportunos. Después de todo, nunca le ha molestado la idea de morir.

Pero ahora, repentinamente, todo parece cambiar.

"Ymir" Piensa en ella una vez más, con el corazón latiendo a mil por hora mientras intenta callar todo sonido que la convierta en un blanco fácil. Puede ver la sombra de un cuerpo desconocido obstruyendo el delgado haz de luz que entra a través de las puertas del armario, sumergiéndola en oscuridad. Piensa en ella obsesivamente; si tener esperanzas resulta estúpido, Historia Reiss no tiene reparo alguno en considerarse a sí misma una estúpida sin remedio.

Debe sobrevivir para verla un día más. Debe sobrevivir para besar sus labios nuevamente. Debe sobrevivir para escapar.

Cree en Ymir. Debe creer.

Por eso, cuando la puerta del armario se abre bruscamente, revelando la delgada figura de mirada color ámbar que le observa con alivio, Historia debe contener un grito de emoción.

¿Debe confiar ahora? ¿Debería confiar? Si. Su sonrisa se lo dice. Los rostros conocidos que le acechan en la oscuridad lo dicen también.

Ymir sabe esto. Ymir sabe lo que acontece dentro y fuera de Dachau.

Esa noche, en medio de una situación que no es capaz de comprender del todo, la diosa no hace más que sonreír en un remolino de alivio y miedo.

-Estan aquí.