Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXVI - Muerte

¿Por qué todo a su alrededor es tan difuso? ¿Por qué las pisadas de una multitud en aumento son tan distantes que parecen provenir del viento que sopla a su alrededor? ¿Por qué el grito de su madre se pierde entre las tinieblas?

¿Por qué le sucede esto a ella? ¿Por qué?

"¿Por qué a mí?"

-Nos ha dado muchos problemas, Reiss- Su infantil mirada azul, vidriosa debido al impetuoso acontecimiento que ha dado inicio, se posa sobre el aterrado semblante de su madre: está desesperada, quizá demasiado, mientras el hombre tras ella aprisiona su cuerpo sin piedad -Deje de forcejear.

¿Por qué ha pasado todo esto? Apenas han tenido oportunidad de abandonar la mansión de su padre. Apenas han puesto un pie en la acera cuando todo esto comenzó. No han hecho nada. Nada.

-¿Madre…?- Es solo un susurro: torpe e inútil. Un susurro que a nadie puede llegar.

-¿Nervioso porque hemos perdido las malditas elecciones? ¿Reiss?

¿Qué ha pasado con la seguridad de su padre? Los mastodontes que resguardan las puertas a toda hora para impedirle escapar.

¿Qué ha pasado con ellos? ¿Qué está pasando?

-Tú nos involucraste en esto, Reiss- Otra voz, carrasposa y cruel, abandona la fila de sus atacantes, tan acusadora como todas las demás –Nos has puesto en peligro a todos. Todo por confiar en ese partido de mierda.

El llanto de su madre gana intensidad. Su corazón late con fuerza. Sus manos comienzan a temblar. ¿Por qué nadie hace nada? ¡¿Por qué?!

-¡Madre!

-¡Te equivocas!

El pequeño corazón, que hasta hace unos momentos latía furioso y con miedo, se paraliza de golpe; su pequeña mano, que comenzaba a extenderse inútilmente hacia la temblorosa voz de su progenitora, se paraliza también.

-¡No soy la madre de esta niña!-Silencio. Todos guardan silencio. Solo la voz de su madre, desesperada, puede ser escuchada sobre todas las demás -¡No tengo nada que ver con ella!

El hombre, ese que aun sostiene ferozmente a la persona a quien siempre ha llamado madre, gruñe por lo bajo, dirigiéndole a su padre una mirada repleta de reproches y recriminación.

-¡Oh! ¿Es eso cierto, Reiss?- Escucha a su padre tragar saliva y, ese sonido tan inmisericorde, la aterra también –Esta mujer…. Y esa niña. ¿No tienen nada que ver contigo?

Tiembla. Hablan de ella, y eso la hace temblar. En un momento, tan solo un instante fugaz, su mirada se encuentra con la de su padre: los orbes color cielo, siempre coléricos e irritables, observan los suyos con sorpresa y terror. Una gota de sudor recorre la sien de la pequeña Historia.

-Nada se le puede hacer. Esas dos son ajenas a mí.

No puede hacer nada; quiere moverse, pero no hay nada que pueda hacer.


-Dense prisa- Ordena la voz sin forma al fondo de la desconocida oscuridad. La llama de la vela, que comienza a menguar poco a poco, parpadea el tiempo que sus torpes manos luchan por ganar un poco más de agilidad; pero ni la desesperación, ni la adrenalina, parecen suficientes para lograr sus objetivos –He dicho que se apresuren.

¿Qué ha sido eso? ¿Un sueño? ¿Un recuerdo? ¿Qué?

Siente el terror correr por sus venas mientras todas esas posesiones pasan por su piel; siente una gota de sudor descender por su frente y, por un instante fugaz, su mirada se encuentra con el recuerdo de la de su padre: el recuerdo de un día que desea olvidar.

-¿Estas bien?- Le pregunta la voz que tanto conoce. Ella, débilmente, intenta sonreír.

-Lo estoy.

Cansancio. Agitación. Sus dedos resbalan a causa del sudor que producen sus nervios. El pequeño bolso de piel, el cual nunca había visto antes, comienza a llenarse con todo aquello que es capaz de almacenar: dinero, ropa, piedras preciosas ancladas a finas cadenas de oro o plata, todo. Sin juicio o raciocinio alguno, todo lo que posea el más mínimo valor comercial entrará ahí. Lo que sus manos tocan. Lo que sus ojos ven. Todo.

¿Cuántas de estas valiosas reliquias, que han pertenecido a una poderosa familia alemana durante innumerables generaciones, venderá a precios miserables cuando la situación lo requiera?

"Todo esto es mío" Un ornamento de oro macizo pasa por sus dedos fugazmente, despertando la avaricia oculta en aquella parte oscura de su corazón "Todo esto pudo haber sido mío"

Pero no. Puede sentir como la banalidad corre a través de esos tesoros como lo hace la sangre al fluir bajo la piel de un ser humano. No habría sido lo correcto. Nunca habría sido lo correcto, por más que lo intentase justificar.

Nada de esto le pertenece. Ella no es una verdadera Reiss.

-Disculpa- Llama la nerviosa chica a su lado a la guardiana que observa a través de la ventana en silencio, envuelta en un pulcro uniforme militar -Algo de ayuda no nos vendría mal.

Levanta levemente el bolso entre sus manos, mucho más grande que el suyo, en un intento desesperado por ilustrar la intención de sus palabras. Sin embargo la supervisora, indiferente ante las gruesas gotas de sudor que recorren el alargado rostro de su subordinada más nueva, se limita a obsequiarles una mirada fría que las hace estremecer.

-He dicho que se den prisa.

Ambas, temiendo por sus vidas absurdamente, asienten. De pronto, tan fácil como surge, el terrible sentimiento de culpa que asfixiaba su corazón desaparece sin dejar rastro alguno. Todo el tiempo, desde que ambas guardianas se presentaron ante ella hasta el instante actual, había estado renuente ante la idea de arrebatar todo aquello que no le pertenece; ahora, contemplando la seriedad en el semblante fúnebre de Annie Leonhardt, le es sencillo comprender la realidad. Vivir o morir. Así es el mundo, y el mundo siempre es así de cruel.

¿Quieres vivir? Parece preguntar el inquebrantable silencio de la rubia más alta.

"Eso quiero" Es lo único que su mente puede responder "Quiero vivir"

-¿Todo listo?

Esa mirada, tan azul como el agua de un rio congelado, pasea por su rostro como un destello inquisidor, haciéndole tomar una gran bocanada de aire húmedo en el momento en que el gran bulto sin forma cae sobre sus hombros.

Asiente. En un momento sumamente crítico, con su corazón latiendo con intensidad cercana a la taquicardia y la paz de una nación completa pendiendo de un hilo, Historia Reiss se prepara para escapar.

Escapar. El ultimo escape. El escape que siempre ha esperado vivir.

-¿A dónde nos dirigimos?

Sin respuesta. El bolso es pesado, quizá demasiado para alguien sin un entrenamiento físico riguroso como ella; por supuesto que no se sorprende en absoluto al ver como su amiga Sasha Braus, quien siempre ha sido una cazadora rigurosa en los límites de su propia excentricidad, carga un bolso mucho más grande que el suyo sin ningún esfuerzo. Debe admitirlo, en el fondo de su corazón, la envidia ha comenzado a latir.

-¿Dónde está Ymir?

Los orbes de Leonhardt se abren de par en par. De pronto, apenas su nombre escapa de sus labios, siente como su cuerpo se vuelve más pesado de lo normal. Esta mareada y desconoce el porqué; la luz de luna, suave y etérea, pasa a través de las bellas cortinas de satín para fundirse con la flama de una vela moribunda que crea destellos fantasmales. Dios, puede ver mil formas distintas en esa luz, formas de ángeles y demonios que debilitan sus piernas y la hacen temblar.

-¿Diosa? ¿Estás bien?- La temblorosa mano de Sasha se posa sobre uno de sus hombros, mientras que el dorso de su propia mano limpia unas cuantas gotas frías de sudor -¡Diosa!

Le cuesta respirar. El sudor desciende por su frente como un torrente en el momento en que los brazos de Annie, mucho más fuertes que los suyos, sostienen un cuerpo cuyas piernas se han doblado violentamente; todo lo que hay a su alrededor se vuelve negro antes de volver, difusos y etéreos, a su forma real.

-¿Estas bien?- Pregunta Sasha nuevamente. No puede responder, incluso aunque deseara hacerlo.

-Bebiste del vino de tu padre- No es una pregunta, es más bien una declaración dicha con fastidio. Historia mira a sus ojos por un breve momento, sorprendida, asintiendo tímidamente antes de que Annie la observe con incredulidad –Ese idiota. A pesar de haberle advertido tantas veces…

-¿A qué te refieres?- Cuestiona al intentar ponerse en pie; recuerda la sensación de los fármacos al correr por su torrente sanguíneo con tanta claridad que es difícil creerlo. Annie, para su sorpresa, no hace más que emitir una risa monótona y seca.

-Veamos- La rubia deja escapar una sonrisa –Tu padre duerme tranquilamente a dos habitaciones de aquí mientras nosotros derribamos sus puertas, secuestramos a su heredera y asesinamos todo lo que se ponga en nuestro camino. ¿Dónde está la lógica en eso?

-¿Dónde está la lógica en todo esto?- Sasha, quien camina de un lado a otro sin detenerse jamás, apaga de un solo soplido la flama moribunda que aun lucha por sobrevivir; su cuerpo parece más débil a medida que pasan los segundos y, pese a la confusión del momento, agradece eternamente a los cielos el hecho de no haber bebido más que un mísero par de tragos de aquel amargo vino blanco -¿Cuánto durará el efecto?

-No lo sé- Confiesa Annie –No tengo la más remota idea de qué clase de porquería ha utilizado esta vez.

-¿Esta vez?- Sasha parece confundida.

-Teatralidad.

-¿No debería dejar de lado la teatralidad?- Pregunta la cazadora nuevamente –¿No deberíamos irnos

-¿Qué hará si despierta?- Pregunta Annie nuevamente –¿Esconderse bajo los cadáveres de sus demás guardias?

"¿Cadáveres?"

-Pero si él despierta…

-Si despierta estaremos en graves problemas- Interrumpe la supervisora –Pero no podemos irnos aun…

En aquel breve lapso de tiempo, en el que la oscuridad inutiliza, nuevamente y por completo, su ya entorpecida visión, un ardor punzante recorre la suave palma de su mano de lado a lado; arde, la escalofriante laceración arranca un breve gemido agónico de su garganta mientras el leve sonido de las gotas sanguinolentas encontrándose con el suelo hace eco en una mansión intoxicada por el silencio.

No puede evitarlo. Mientras la sangre emana sin impedimento alguno de su herida abierta, Historia no puede evitar perderse en recuerdos extraños, donde su sangre solía poseer un matiz reconfortante; recuerda su aliento contra su cuello, sus manos contra su cuerpo y sus mordidas contra su piel.

"Ymir"

-¡¿Qué crees que haces?!

El reclamo de Sasha, que parece más bien el gimoteo temeroso de una niña indefensa, llega a sus oídos como si fuese un susurro lejano, arrastrado por el viento frio que entra a su habitación; hay algo hipnótico en la imagen de su sangre cayendo a borbotones hasta el suelo, algo tan hipnótico e impredecible que le impide protestar en el momento en que Annie la arrastra a través de la penumbra para pintar en ella un sendero color carmín.

-Lo necesario- Responde la supervisora en tono seco, pasando sus alargados dedos fríos a través de la hermosa cabellera rubia de Historia –Lo necesario para sobrevivir.

La cazadora traga saliva, y la diosa, más por impulso que por temor real, lo hace también. La gran cuchilla, previamente bañada en su propia sangre, corta su larga coleta por completo, dispersando los múltiples hilos color oro a lo largo y ancho de la habitación.

-Tu padre tiene muchos enemigos- El ultimo mechón es colocado, sin ningún ritual de por medio, sobre las sabanas perfectamente tendidas que aun cubren su cama vacía –Que esto parezca obra suya.

Mira los hilos dorados caer, tan lentos que parecen deslizarse a través del viento helado; en medio de un delirio febril, palpando los remanentes de una hermosa cabellera que apenas alcanza sus hombros, un nuevo recuerdo invade su agotada mente, uno tan hermoso que siempre intento atesorar.

-¿Realmente te gusta?

Recuerda haber preguntado a Ymir una noche entre tantas, encontrándose recostadas en un sofá acogedor que adornaba la sala de estar de aquella casa campestre que solía ser su hogar. Ella, completamente desnuda; Ymir, utilizando su gallardo uniforme que nunca le permitió contemplar la realidad. Era ignorante en ese entonces. De todo: de Ymir, de la situación, del peligro…

Incluso de sí misma.

-Me encanta- Las manos del sargento se deslizaron a través de su larga coleta, enredando sus juguetones dedos en toda su extensión –Si la cortas algún día, me molestare.

La sonrisa que Ymir le obsequio en esos momentos, lejos de ser la mueca sarcástica de siempre. Fue tan sincera que la hizo sonreír también.

"Mi cabello no, por favor" Suplica en el presente. Siente como si, en el preciso instante en el que parte de su cabello toca el suelo, una parte de su corazón desaparece para no volver "A Ymir le gusta mi cabello"

-¿Diosa?

¿Qué más da la preocupación en la mirada de Sasha? ¿Qué más da la escalofriante cercanía del cuchillo de Annie? ¿Qué más da? Logra soltarse del firme agarre de la otra rubia sin caer en el intento; sus piernas tiemblan bajo su peso como si fuesen las frágiles ramas de un árbol podrido, su cuerpo tiembla por un frio que duda sea real. No puede respirar tranquilamente, no sin saberlo.

-¿Dónde está?

-Diosa… No deberías…

-Dímelo.

La supervisora, luego de un largo tiempo con sabor a eternidad, la mira directo a los ojos y ella, luego de una larga eternidad con sabor a tiempo, es capaz de mirarle también. Es curioso, por un momento se siente como si hubiese vuelto a Dachau, donde la inquisidora mirada de la Titán Hembra juzgaba tanto su alma como su integridad.

Pero ahora no será juzgada. Es su turno de juzgar.

-¿Dónde está Ymir?

Se miran durante segundos infinitos; compiten en una lucha eterna que dura solo un parpadear. Leonhardt asiente luego de un tiempo, con esa expresión de sorpresa que le parece ridículamente familiar. Sin embargo, lejos de obtener la información que tanto desea, la respuesta que obtiene no hace más que petrificar su corazón. Devolverla a la realidad. Devolverla a la supervivencia.

-¿Por qué Ymir habría de estar aquí?

¿Qué decir? ¿Qué hacer? Esta mareada y, si las luces estuviesen atacando sus dilatadas pupilas en esos momentos, el escaso contenido de su famélico estomago se perdería sin remedio.

-Ymir no está aquí.

Los instantes siguientes, en los que se dedica a debatir todas y cada una de las posibilidades que aquella frase abarca, son acaparados por un veloz escape; los tres pares de botas hacen eco en la oscuridad de un pasillo oscuro, provocando severos crujidos en la fino piso de madera gastada por el paso del tiempo.

-¿Por qué correr?- Pegunta Sasha alzando una ceja –No es como si alguien nos estuviese siguiendo.

-Nuestro tiempo es limitado- Acara Annie de inmediato –Pronto acabará.

Acabará. El olor a sangre fresca le produce escalofríos; es imposible saber si proviene de su herida abierta o de los misterios rincones que la oscuridad se molesta en ocultar.

"¿Por qué…?"

Los fármacos corriendo por su torrente sanguíneo no son lo suficientemente fuertes para neutralizarla del todo: en silencio, aun puede especular y racionar. ¿Cuánto tiempo habían estado ahí? ¿Cuánto tiempo les llevo neutralizar cada defensa de su padre? ¿Por qué no se enteró hasta el final?

¿Por qué todo lo importante sucede a sus espaldas? ¿Por qué?

"Siempre estuvieron aquí" Seguir el paso de Annie se hace cada vez más difícil y, por alguna extraña manifestación de su imaginación volátil, puede escuchar como un extraño líquido chapotea bajo sus pies "Siempre"

-¿Y si despierta?

-Sabes que hacer.

Al pasar velozmente frente a esa puerta, la puerta que conduce a la habitación de invitados que ocupaba su padre, se prepara para encontrar alguna clase de masacre que no parece existir: sin heridas aparentes, con su cuerpo entumecido moviéndose al ritmo de su respiración, su señor padre yace derrumbado sobre la gran cama; sin pudor, con el costoso saco y sus lustrosos zapatos aun puestos, el tipo de cosas que un hombre tan organizado no pasaría de largo jamás. No de manera consciente, al menos.

-No te preocupes- Sasha le dedica una sonrisa nerviosa –No está herido.

Por ahora. Es la frase que estaba destinada a completar esa oración. No está herido hasta que nosotras lo juzguemos necesario. Mira el arco moverse al ritmo de sus apresurados pasos y, esa imagen, le trae recuerdos olvidados de su niñez.

"¿Qué motiva a un cazador a cazar?" A penas puede ver sus ojos color ámbar en la oscuridad "Sasha"

Matar. ¿Qué motiva a un ser humano a matar?

"¿Por qué?" Se pregunta nuevamente, intentando seguirles el paso pese a su condición "¿Por qué ir tan lejos por mí?"

La oscuridad la rodea como lo hacía cuando aún era su más grande temor; corre a través de ella, cansada, a ciegas, guiada únicamente por el inmisericorde agarre de alguien cuyo rostro no ha tenido la oportunidad de observar con claridad. ¿Por qué esta tan oscuro? ¿Por qué no puede ver más allá de su propia nariz?

Es como si fuese un velo. Un velo misterioso que siempre se ha encargado de ocultar a sus ojos todos aquellos detalles que controlan, en secreto, su destino y su voluntad: todos. Desde su nacimiento, hasta la muerte que, sabe con seguridad, está destinada a sufrir.

Porque esto es la muerte. Todo el que escapa está destinado a morir.

-La hora- Exige Annie en un gruñido repentino, al que Sasha responde buscando en su bolsillo un hermoso reloj de plata que, a ojos de la diosa, resulta escalofriantemente familiar.

"Ymir" Sus hombros tiemblan una vez más "Ymir tiene uno parecido"

No es parecido. Es el mismo; ella, que recuerda haberlo utilizado más de una vez, lo puede decir.

-Estamos a tiempo- El reloj, anclado a una fina cadena que perteneció alguna vez a un prisionero judío, regresa al bolsillo de donde salió, emitiendo siempre un extraño brillo que sus cansados ojos aún perciben.

-Bien.

Todo nuevamente se vuelve negro. Cierra sus ojos color cielo sin importarle mucho su andar.

-¿Me lo dirás?- La voz de Sasha, aunque increíblemente jadeante, parece expresar todo el temor que siente su propio corazón; las paredes parecen interminables y, por un momento, pareciese como si tomaran vida, y decidieran atraparlas en su interior.

-¿Decirte que?

Un descanso. Descienden a través de las escaleras rechinantes lo suficientemente lento para proporcionarle cierto descanso a su terrible condición. Antes de darse cuenta, una corriente peculiar de aire la golpea de lleno en el rostro, de un aroma tal que casi es capaz de producirle arcadas.

"¿Qué es eso?" Puede olerlo. Lo huele perfectamente cuando se ve obligada a tomar una gran bocanada de aire en un intento desesperado por tranquilizar su hipersensible corazón. Es un olor fuerte y homicida, un olor que arde al entrar en sus fosas nasales y penetra hasta su interior. El olor de la muerte. "¿Combustible?"

-Dime donde esta Mikasa.

Annie frunce el ceño nuevamente, o eso puede intuir a partir de la dolorosa y, cada vez más exigente, presión que rodea su brazo.

"¿Mikasa?" Se pregunta en silencio, dirigiendo su inútil mirada azul a las sombras hostiles que la rodean, en un patético intento por encontrar en ella esa mirada profunda color carbón que la acompañó en su ya lejana niñez. No encuentra nada.

-Debe estar ocupándose de sus propios asuntos- Responde Annie –Algo que tú deberías hacer.

En un solo un segundo, Historia se siente la persona más estúpida sobre la faz de este mundo. No se ha molestado en cuestionarlas desde su furtivo encuentro, aunque, siendo sincera, tampoco cree que sea el momento adecuado para ello; sin darse cuenta, se descubre descendiendo con poca torpeza las amplias escaleras, despertando en ella ciertas ideas perspicaces que serían claras de no estar sintiendo tanto malestar.

-Sus asuntos son los míos.

Se detienen en seco una vez más. Se detienen el tiempo suficiente para que aprecie con lujo de detalle la solitaria silueta del cadáver recortado en la oscuridad; en un breve momento de consciencia, mientras mira a Sasha con el rabillo del ojo, agradece a los cielos que aquel soldado abatido no posea las heridas características que ocasionan las armas de un cazador.

-Y ahora- Las palabras de Sasha llaman su atención; la puerta ya se encuentra abierta para ellas en el momento en que se hace visible ante ella; jadea con alivio, está cansada -Son tus asuntos también.

Cállate. Le gustaría decirle a su compañera imprudente. Cállate y haz lo que te dice.

Pero guarda cada palabra celosamente, tanto para sus labios como para su corazón. Sin embargo, Annie Leonhardt, mostrando una sonrisa tan demencial que, por si misma, logra infundirle temor, desenfunda su arma en completo silencio.

-Te equivocas- Dice después de un rato, liberando el seguro del arma letal -No hago nada de esto por ustedes.

Al ver como el gatillo es halado, y con todo el temor que eso conlleva corriendo por su piel, cierra sus ojos nuevamente, solo para percibir el cruel sonido de la brillante perilla dorada al salir despedida por los aires, separándola por completo de su sólida base de madera.

-¿Por qué…?

Silencio. La luz de la luna, que en esta ocasión apenas y se distingue de un eventual destello sobre la oscuridad, ilumina la figura de la supervisora sobre la bizarra luminiscencia verduzca que el césped del jardín parece producir.

-¿Por qué ir tan lejos por alguien que no te importa?

Las palabras, exigentes como las ordenes de un emperador romano, escapan de sus labios por sí mismas, con la misma torpeza con la que las polillas se acercan a la luz.

-Annie...

Ser solo una espectadora de su propia vida comienza a perecerle una idea repugnante, o es así como la percibe en la mirada cansada de Annie Leonhardt; está cansada de dejarse llevar de un lado a otro y, sobre todas las cosas, está cansada del molesto agarre que aprisiona su brazo derecho para hacerla andar.

-¿Quién sabe?- Esta vez, Historia es quien frunce el ceño, alejándose de ella mientras lucha para no caer.

No será un peón. Ni siquiera un rey o una reina. Esta vez, ella quiere jugar.

-¿Porque Ymir no está aquí?

Annie entrecierra los ojos, segundos antes de que la enorme sonrisa, que apenas hace unos cuantos segundos había servido para amedrentar, comience a desvanecerse; el arma regresa a su funda en silencio, sin haber tenido más uso que en de una teatral representación de crueldad.

-Te lo dije antes ¿Porque Ymir habría de estar aquí?

Traga saliva y, cuando ese conglomerado de humedad pasa por su garganta, esta comienza a arder. ¿Porque? ¿Porque esta tan segura de que Ymir está detrás de todo esto? ¿Qué le hace creer que algo tan complejo fuese creado para su libertad? Nada.

-¿Y bien?

Una gota de sudor recorre su sien; el olor a combustible logra marearla aún más. Tanto la supervisora como su amiga la observan expectantes, y eso, lejos de tranquilizarla, solo logra aumentar maliciosamente sus nervios.

-Por...

Mira a sus espaldas, tomando un breve vistazo del enorme jardín que la esposa de su padre cuidaba con tanto amor; ¿Cuantas veces fue reprendida por el simple deseo de jugar en él? Muchas, tantas que cuesta contar.

Un par de faroles se encienden a la distancia, observándola como los feroces ojos de una bestia hambrienta al rugir. Ella cubre sus ojos, intentando no ser cegada por el peculiar resplandor. El Mercedes negro le espera a la distancia, solitario y familiar.

-¿Por qué crees que todo esto es cosa de Ymir?

Las palabras descienden desde su garganta hasta su vientre, convirtiéndose en odiosos parásitos sin forma de lo que en realidad desean ser; observa a su alrededor, confirmando que el mismo liquido extraño rodea los perímetros de una mansión vacía.

-Por...

Piensa un poco. Piensa en el viento frio y en el peculiar olor a gasolina y sangre que atraviesa su nariz como una esencia inconfundible. Observa detalladamente y todo esto parece hablar.

Algo está mal. Algo.

-¿Tu qué?

-Annie- Murmura Sasha -Debemos...

-Ella quería decir algo- Interrumpe la más alta de las rubias -Ahora tiene oportunidad de decirlo.

Mira la mansión, específicamente a esa ventana que llega hasta el dormitorio de su señor padre; ¿Si realmente fuese su hija, nada de esto hubiese sucedido?

¿Si no hubiese conocido a Ymir, algo habría cambiado?

"Por supuesto que no" Sonríe de forma casi imperceptible, recuerda lo asustada que estaba cuando el filoso cuchillo rasgó el cuello de su madre como si estuviese cortando una pieza de pan; recuerda el rostro de su madre pero, por sobre todas las cosas, recuerda sus últimas palabras:

Si tan solo nunca hubieses nacido.

-Porque todo esto...

Las dos chicas la miran con renovada atención, paralizándose ante las lágrimas rebeldes que descienden por su rostro; se miran mutuamente, intercambiando ideas sobre el significado real de esa frese inconclusa.

-Porque... todo esto...

-Porque todo esto tenía que suceder.

Sus músculos se paralizan uno a uno, el efecto de la droga parece desvanecerse con la misma velocidad con la que se manifestó. Sus manos tiemblan violentamente mientras esos brazos fuertes la rodean para alzarla finalmente contra su voluntad.

-Porque hay que seguir el juego.

El nuevo sargento la sostiene con fuerza, posando una de sus grandes manos sobre su boca para impedirle gritar. ¿Cuándo fue la última vez que le vio? El día de su boda, si su cálculo es certero; el día que le vio salir, con furia homicida, por la puerta del abarrotado vestíbulo del hotel.

-¿Qué están esperando?- Cuestiona Reiner Braun a sus subordinadas, levantando la voz sobre los ruidos de la penumbra -¡No tenemos toda la maldita noche!

Sin ser consciente de ello, comienza a forcejear. Intenta liberarse del agarre que cada vez se hace más poderoso e inmisericorde. No está segura de que creer, mucho menos de en quien confiar, pero la imagen de un fósforo recién encendido sobre las manos enguantadas de Annie Leonhardt la hace cuestionar todos sus ideales recientes.

"Padre" Mira la ventana de su habitación nuevamente, sintiendo el arrepentimiento ascendiendo a su garganta junto con su corazón.

-¡Espera!

Recuerda la sombra de su padre cuando no era más que una niña. Cuando el hombre desconocido preparó la cuchilla que le puso fin a la vida de su madre para, de igual manera, darle fin a la suya también.

-Te dejaré vivir.

Recuerda el día en que se vio obligada a tomar el nombre de Christa Renz.

Porque, pese a todo, Historia no deseaba que las cosas terminaran de esa manera.

Porque, pese a todo, Historia nunca fue capaz de odiarle.

"No…" Reiner la carga sobre sus hombros mientras el fósforo, aun encendido, toca el suelo, acariciando suavemente los rastros que el combustible ha dejado en el jardín "¡No!"

Porque, pese a todo, Historia no deseaba verlo morir.

"¡Padre!"

Para cuando las llamas devoran gran parte de la mansión, tomando la vida de la única familia que aún le queda, ellos se encuentran muy lejos, conduciendo a un destino que no puede adivinar.

-Impresionante, ¿No?- Pregunta Reiner con una sonrisa nerviosa, mirando el infierno a través del espejo retrovisor –A Ymir siempre le ha gustado la teatralidad.

Entonces, sin razón aparente, con su cabeza recostada sobre el regazo de Sasha, Historia se sumerge nuevamente en un sueño inexplicable.