Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXVIII - Motivos I

-¿Tanto disfrutas verla dormir?

Pregunta el titán a la oscuridad de una habitación que duerme, pero esa oscuridad, fría y cortante, decide guardar silencio, pretendiendo volver a dormir.

-Diantres- Murmura el chico nuevamente, rascando su nuca en señal de desaprobación –Sé que me estas escuchando, perro pervertido.

Se sienta a su lado, sin rencor o derrota, con la fría tranquilidad de la noche a sus espaldas y el incómodo roce de las botas militares a sus pies; ¿Hasta cuándo tendría que usar esas prendas tan desagradables? En el fondo, muy en el fondo, sabe que la respuesta no va a agradarle del todo.

-Bien. Si no quieres hablar conmigo al menos podrías…

-No sé si te has dado cuenta, chico- Lo interrumpe la cortante voz en la penumbra, a la vez que le obsequia una sonrisa nostálgica que revuelve su estómago de manera cruel –Pero soy una mujer.

Eren guarda silencio, descubriendo como sus manos tiemblan contra su voluntad. ¿Acaso no ha olvidado la fusta contra su piel? ¿Acaso no ha olvidado sus dedos rotos? Prefiere no pensar en ello. Prefiere no recordar más.

-Eso no hace ninguna diferencia.

-Por supuesto que la hace- Responde ella –Eso me convierte en una perra pervertida. Perra. No lo olvides.

-¡Eso no tiene ningún maldito sentido!

-Lo tiene, chico- Señala Ymir con voz ronca, tomando entre sus labios un cigarrillo a medio consumir –Estoy harta de las mentiras.

Guarda silencio. Una solitaria gota de sudor desciende por su rostro en señal de incomodidad. Su mirada color musgo, perdida en la frágil quietud de una noche fría, se pierde en la hermosa rubia que duerme tranquilamente frente a ellos, a la vez que una meditabunda oleada de humo con olor a tabaco escapa de los finos labios de la mujer.

-Christa no lo había notado- Ymir enarca una ceja con curiosidad.

-¿Notar que?

-No te hagas la tonta- Responde molesto el chico, intentando dar a su temblorosa voz el carácter de una reprimenda –Aunque no es tan difícil de comprender. Después de todo, no es como si fueras la persona más femenina sobre la faz de este mundo.

-¿Sabes? Creí que tu pequeño amigo rubio era el listo, pero veo que tú también eres todo un observador- Su ronca risotada destroza sus nervios, haciéndole gruñir con severidad -¿Existe otro descubrimiento brillante que desees darme a conocer, Eren?

Observa su molesta sonrisa centelleando en la penumbra y, sobre todo su forzado autocontrol, desea golpearla hasta que no quede nada de ella. Extrañaba ese sentimiento. Extrañaba el agrio sabor del rencor al resbalar por su garganta. Extrañaba el odio.

-Eres detestable. ¿Sabes?

Ymir, lejos de indignarse, se limita a sonreír.

-Me entrenaron para serlo.

Permanece en silencio, notando por primera vez que los ruidos secos a su alrededor no son tan sobrecogedores como lo había imaginado: los pequeños grillos son repetitivamente molestos, y los monstruosos ronquidos de Reiner Braun son tan estridentes que le cuesta creer como el resto de sus compañeros logró conciliar el sueño con relativa facilidad.

Todos duermen. Duermen con un revolver reposando junto a su almohada, pero no por eso dejan de dormir.

-Por el amor de Dios…

Acaricia desesperadamente sus sienes, intentando liberar la tensión que parece destruir tanto su cordura como su corazón; en un momento, en medio de esa locura frenética, por mero accidente o mera casualidad, su brillante mirada color musgo se encuentra con un par de ojos marrones que, para su sorpresa, se cierran al instante, como si guardasen un momento desconocido en la eternidad. Un momento que él, por más que lo intente, jamás robaría de su inusual brillo.

-Ha pasado mucho tiempo.

-¿Desde qué?- Pregunta el chico desconcertado -¿Desde la última vez que la viste dormir?

Pero la chica soldado, para su sorpresa, niega solemnemente, dando una larga calada al cigarrillo antes de liberar sus residuos en una delicada ráfaga gris.

-Desde la última vez que sentí tanta tranquilidad…

El silencio es ahora imperturbable. Mira a su alrededor nuevamente, inspeccionando la decadente choza que utilizan para ocultarse del resto de las patrullas alemanas que resguardan la zona: con tres candados protegiéndolo, el viejo almacén de armas polaco no hace más que despertar en su interior sensaciones desagradables.

Después de todo, no han podido hacer nada más que esconderse. Esconderse y mentir, las cosas que más odia.

-No pienso disculparme, si eso es lo que esperas- Aclara la mujer de pecas repentinamente, llamando su atención -No tenemos otra opción más que esperar, resígnate a eso…

-¡He esperado mucho tiempo!- Dice Eren en un grito ahogado -¿Por qué debo soportar esto? ¡¿Por qué debo soportar las órdenes de alguien tan demente como tú?!

Erguido en su lugar, inflando el pecho para parecer imponente, no logra arrancar de la chica más reacción que una de evidente fastidio.

-Casi me asesinas de un disparo, chico- Con una sonrisa de satisfacción en sus afiladas facciones, Ymir toma el cigarrillo entre sus largos dedos, extendiéndolo cuidadosamente hasta él -Tienes agallas, lo admito, pero no confío en ti más de lo que tú confías en mí…

Su corazón late con fuerza, mientras su rabia, creciendo con cada segundo muerto, lo hace también. Sin pensarlo mucho arrebata el pequeño objeto bruscamente, con la furia ciega de su primer encuentro corriendo por sus venas como sangre podrida; Eren toma el cuello de la camisa del soldado, gruñendo y temblando, con los nudillos blancos ante su esfuerzo descomunal.

Eren Jaeger no olvida. No olvida jamás.

-Tu heriste a Christa en mi presencia, en mi maldita presencia- El cigarrillo brilla cerca del cuello de su adversario, tan cerca que cree poder olfatear la imaginaria área calcinada de su piel. Pese a todo, mantiene su distancia: alerta, preparado para lo que pueda ocurrir –Si yo tengo agallas, perra inútil, tú tienes más.

La pulcra camisa blanca del uniforme nazi se arruina ante la fuerza de sus nudillos, a la vez que un torbellino de imágenes inconexas de aquella noche en el granero se pasan por su cabeza como un tétrico cine mental: los gritos gozosos de su amiga, el chirrido de las ratas en la oscuridad, las miradas retadoras que el soldado le dirigía de vez en cuando. Todo. Cada imagen reproduciéndose una y otra vez.

-¡Hija de perra!

Pero, cuando se dispone a permitir a la ira apoderarse de su cuerpo para, apagar la llama del cigarrillo sobre su bronceada piel, la firme mano enguantada de Ymir aparta la suya con facilidad, limitándose a ofrecerle una sarcástica sonrisa.

-¿Por qué la prisa, Eren?- Pregunta la mujer altaneramente –¡Conversemos un momento! No debemos desperdiciar un cigarrillo en una época de escasez, ¿No crees?

Calmarse. Respirar. ¡Lo menos que necesita es mantener la maldita calma! Pero aun así, como si respondiese a alguna orden externa, termina colocando el gastado cigarrillo en sus propios labios, saboreando el ultimo rastro de una sensación desconocida para él.

-Estas demente- La sonrisa de Ymir crece.

-Tú lo has dicho.

Suspirando resignado, Eren descansa su espalda contra el muro trasero, echando otro vistazo furtivo a su alrededor mientras el humo del tabaco abandona sus labios: todo esta oscuro, nada ha cambiado, nada puede cambiar. Todos duermen abrazando sus armas. Todos duermen intentando sobrevivir.

Todos menos Historia, que ha decidido dormir indefensa, con las manos vacías, cubierta por el saco negro de un uniforme que ahora conoce a la perfección; Ymir no tiene su uniforme completo, esa prende debe pertenecerle a ella y a nadie más.

-Curioso, ¿No lo crees?- Pregunta Ymir repentinamente, en voz baja, como si temiera que su voz despertase a los durmientes –Curioso que, aun siendo tan pequeña, pueda ser tan fuerte como cualquiera de nosotros.

-¿Lo dices por el golpe?- Ella asiente, conteniendo a duras penas una escandalosa risotada que pudo incluso haber despertado a la bestia durmiente que es ahora Reiner Braun.

-¡Si! ¡Maldita sea! ¿Puedes creerlo? ¿Puedes creer que el rostro aun me duele? ¡Ninguna chica me había golpeado con tanta fuerza hasta ahora!- Eren enarca una ceja. Ymir lo mira con una sonrisa estúpida, hablando sin detenerse, en una reacción tan hilarante que casi, solo casi, lo hace sonreír –Bueno… Solo Annie… Pero sabes que es difícil tomarla por una mujer…

-Eres la menos indicada para decir eso.

-Lo sé, lo sé- La sonrisa desaparece de su rostro poco a poco, regresando en un instante a la expresión de sarcástico aburrimiento que suele monopolizar cada una de sus facciones, sin dejar rastro de esa inesperada felicidad infantil -No me ha dirigido la palabra desde entonces…

-¿La culpas por ello?- Ymir guarda silencio, Eren espera paciente una respuesta.

-Por supuesto que no- Responde después de un rato –De haber estado en su lugar, habría volado los sesos de quien me hiciera algo así. Que solo me diera un golpe fue algo gentil de su parte…

Puede ver la añoranza en la mirada de la persona a la que más odia y, muy dentro de su corazón, siente que ha sido injusto. Ya no parece la misma persona que lo aprisionó en aquel granero para observarla tomando la pureza de una diosa, tampoco parece la bestia de corazón marchito cuya cabeza suplicó a Lord Reiss.

Y, por sobre todas las cosas, lo que ve ya no parece un demonio, sino un verdadero ser humano.

-No lo entiendo…

-¿Qué no entiendes?

-Todo- Frunce el ceño, apretando sus puños hasta que su propia fuerza le produce dolor –No entiendo ninguna de las mierdas que has hecho. Ninguna. Maldita. Cosa.

Ansioso, da una prolongada calada al cigarrillo, la cual pasea libremente por la superficie de su garganta hasta tocar el fondo de su pecho; el rasposo sabor, repentinamente, se atora en su garganta, produciendo un mal disimulado ataque de tos.

-¡Dame eso, chico!- Exige Ymir fastidiada, arrebatando el cigarrillo de su mano –No creo que puedas usarlo sin morir.

-¿Por qué demonios haces esto?- Tose un poco más, apretando su pecho para intentar mitigar el dolor que aún lo consume por dentro; las armas del Reich, el dolor de la tortura que se rehúsa a morir -¿Por qué hacer todo esto? ¿Qué sentido tiene?

Ymir guarda silencio.

-Quiero proteger a Historia, solo eso.

-No es así.

Ymir enarca una ceja expectante, mientras la pequeña Historia, que es solo un bulto en la oscuridad, parece contener la respiración.

"Es mi imaginación" Piensa Eren con cierta indiferencia "Solo eso"

-¿Y bien?- Cuestiona la mujer. La mira a los ojos, enfrentando por primera vez en un rato al verde con el marrón, como si el musgo se encontrase con la tierra -¿Cuál es tu punto?

No puede evitar que su mano sea presa de pequeños temblores; esto es algo que no le gusta, algo que preferiría evitar

-Como si fueras lo suficientemente amable para velar por ella…

Silencio. Permanecen en silencio un par de minutos más. El tabaco nubla su vista, el humo ondea en la oscuridad como un par de serpientes, como un par de látigos destrozando su piel; inconscientemente, Eren lleva la mano a su propia garganta.

-Tú lo has dicho, chico- Ymir toma una calada larga, dejando a los residuos de tabaco escapar con lentitud –Tú lo has dicho.

No puede evitarlo, no puede evitarlo más. La mano del joven titán, como lo haría una garra, se aferra cruelmente a la camisa de la chica, frunciendo el ceño, atrayéndola a su merced; no puede recordar la última vez que la tuvo tan cerca, ni la última vez que deseo golpear su rostro hasta la deformidad.

-¡¿Entonces qué demonios quieres?!- La zarandea con fuerza, gritando en un susurro, intentando no despertar a nadie más que a los pequeños grillos que cantan desesperados a sus pies. Ymir, lejos de molestarse, ladea su cabeza levemente –¡Si lo hubieses querido, la habrías liberado hace mucho tiempo!

-¿Cuál es tu punto?

-¿Mi punto?- Cuestiona indignado –Estas poniendo la vida de Christa en juego. Sé que la conocías de hace mucho tempo… Sé que podías salvarla hace mucho tiempo también.

-¿Y…?

-¡¿Y?!- Sus puños tiemblan. Este nervioso. Por primera vez en mucho tiempo, siente algo más que dolor –Esto no es un juego. Podrías arrebatar su futuro si cometes el más mínimo error…

¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué esta él haciendo todo esto? Suplicó su cabeza a Lord Rhodes, y Rhodes estuvo dispuesto a dársela. ¿Por qué entonces está aquí, viendo como todo se desarrolla sin remedio alguno?

Rhodes está muerto ahora, y él… ¿Por qué, después de todo está aquí?

-Si- La voz de Ymir golpea sus tímpanos con dureza, tocando las paredes de la habitación solo para que su eco lo lastime una vez más –Eso está bien.

Sus manos se cierran sobre su cuello y su hombro, apretando con tanta fuerza que puede asegurar que tendrá un grupo de horribles hematomas al amanecer.

¿Por qué aceptó esto? ¿Por qué obedeció a Mikasa aquella solitaria mañana en que apareció, sin previo aviso, en su celda?

-Hazte pasar por uno de ellos- Le indicó su hermana aquella noche, mientras abría los grilletes que lo mantenían colgando del techo, lacerando sus muñecas hasta hacerlo sangrar –Si lo haces, pronto saldrás de aquí. Pronto saldremos de aquí.

-Pronto sacarán a Historia de aquí.

Recuerda su voz mientras su cuerpo golpeaba el suelo, reposando sobre un charco seco de su propia sangre; la odiaba, la odiaba con todas sus fuerzas pero, algo en su desesperación lo obligó a continuar.

-Por fin, después de todo este tiempo, podrán sacar a Historia de aquí.

Algo que, incluso ahora, ha vuelto a hacerse presente.

-Incluso si eso significa arrebatar su futuro, quería verla una vez más.

Sus dedos se paralizan, pierden fuerza, se deslizan sobre su adversario hasta que el agarre demencial no es nada más que una caricia simbólica. Abre la boca una vez, más ningún sonido sale de ella. Abre su boca una vez más, pero permanece mudo otra vez.

Cuando las palabras abandonan sus labios, no son más que susurros, inútiles y etéreos como el silencio a su alrededor.

-¿De qué hablas? ¡¿De qué diablos hablas, maldición?! ¡Eres una…!

-¿Basura?- Pregunta Ymir con una sonrisa rota, mientras su mano, igual o más poderosa que la suya, aprisiona el cuello de su propia camisa, sometiéndolo contra el mismo muro donde hace segundos la intentó someter –Tienes razón, ya que soy una mierda de ser humano. No lo comprendes, ¿Verdad?

Permanece en silencio, recuperando el aliento que le avergüenza haber perdido, viendo el brillo de sus ojos marrones en la oscuridad.

-Ella me sonrió y fue amable conmigo, a pesar de saber qué tipo de persona soy…

Sus manos, por si solas, se deslizan fuera de su cuello, lento, muy lento; un brillo extraño se asoma por la comisura de los ojos de la mujer, los cuales reconoce con asombro como un par de lágrimas.

-Aun sabiendo de lo que soy capaz…

Ella descansa su espalda contra la pared y él, confundido, hace lo mismo; mira a la penumbra y nada parece distinto, mira a la diosa durmiendo y parece tan tranquila como la primera vez que la vio; pide el cigarrillo nuevamente, solo para dar una apropiada calada breve que deja en sus labios un agradable sabor.

-No puedo entender de qué maldito lado estas…

-No hay mucho que entender, de hecho- Ella pide su cigarrillo de vuelta y él, sin mucho inconveniente, lo deposita con cuidado en su mano –Estoy del lado que le favorezca… Incluso si no es lo que ella desea…

-¿Y por qué yo?- Pregunta Eren -¿Por qué tuve que...?

-¿Vernos?- Cuestiona la chica con una sonrisa pícara -Deseas saber las razones por las que te lleve al granero.

-¿Me lo dirás?

-No hay mucho que decir, realmente- El humo escapa de sus labios con cada una de sus palabras -Rhodes debía creer que no me quedaba escapatoria, y tú eras mi mejor testigo.

-¿Que pidiera tu cabeza fue tu brillante plan?

-Y funcionó, ¿No es así?- Ymir suspira, acariciando su sien –Ese maldito creía que no me quedaba más opción que escapar… Creía que iba a dejar a Historia cómodamente en sus garras para salvar mi pellejo… Después de todo logre protegerla.

-¿Lo harías otra vez?- Ymir asiente de inmediato.

-Las veces que fueran necesarias.

-Entonces deberías desaparecer- Eren se pone en pie, sacudiendo su ropa para apartar el ligero polvo inútil que impregna la cabaña de principio a fin –Siempre que estas cerca, pasan este tipo de cosas.

Ymir sonríe.

-Lo mismo se podría decir de ti- Eren se gira para encararla.

-¿A qué te refieres?

-Sabes a que me refiero. ¿Qué haces aquí, hablando conmigo, cuando tienes un arma perfectamente cargada en la cintura? ¿No quieres terminar lo que empezaste aquella vez?

Retrocede sin darle importancia a sus palabras, el sabor del tabaco en sus labios ha sido suficientemente agradable para abrir su mente a una perspectiva mejor; una sensación tan agradable que puede garantizarle una noche tranquila.

-Estoy aquí, porque debo protegerlos a todos.

Se miran, pero ambos deciden callar. Ymir se pone en pie, pero no hace intento alguno de ponerse en su contra; solo un bostezo perezoso abandona sus labios, un bostezo que el joven titán no tarda en imitar.

-¿No piensas dormir?- Pregunta curioso, observando como Ymir extingue el fuego del cigarrillo de un pisotón.

-No hagas como si mi condición te preocupara, chico. Aun me odias.

-Tienes razón, te odio.

Sin decir una palabra más, Jaeger se encamina al ansiado lugar tras la puerta principal del almacén, donde no tendrá más compañía que los grillos, la suciedad, y el monstruoso rugido de Reiner.

-Buenas noches- Con fastidio, Eren toma la delgada manta del suelo, cubriendo la mitad de su cuerpo con ella.

-Sí, lo que sea.

Ahí, recostado en un ambiente lúgubre, mientras sus parpados se rinden ante el cansancio producido por una consciencia limpia, Eren se percata de la realidad: En silencio, lo más discretamente que le es posible, Ymir se recuesta a espaldas de Historia, abrazando su cintura antes de que el cuerpo de la diosa se acerque al suyo con timidez.

-Estoy aquí- Escucha el susurro en la penumbra, mientras el pequeño bulto que es la pequeña chica rubia se estremece –Todo va a estar bien.

Historia es la única entre ellos que duerme indefensa, sin ninguna clase de arma bajo su almohada o entre su ropa de dormir, confiando en que Ymir, por primera vez en mucho tiempo, se permitirá velar por ella.

El verdadero reto comenzará pronto, por ahora debe dormir.

"¿Cómo la estarán pasando esos idiotas?"Mañana tendrían que estar alerta. Mañana, ellos podrían llegar.

Con su revolver descansando en su regazo, y una pequeña manta cubriendo su cuerpo, Eren cae en un sueño profundo.


-¡¿Qué esperas?! ¡Ve más aprisa!

Los gritos del hombre, en una situación tan desesperada, no le parecen más que un conglomerado de alaridos insoportables e inútiles; la paciencia, una de esas cualidades que nunca lo ha representado del todo, comienza a menguar con cada salto del vehículo que recorre como una comadreja el indomable terreno de tierra, polvo y más tierra.

De pronto, en medio de una revelación repentina, se pregunta si su amiga, Christa Renz, se habrá sentido de manera similar cuando fue transportada a los predios de Dachau. En una gran ironía, no le queda más opción que asentir. Efectivamente, así debió haber sido.

-¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar?- Pregunta una de las muchas mujeres miserables que comparten ese reducido espacio –Han pasado muchos días, y no hemos hecho más que retroceder…

-¡Silencio!- Grita un hombre regordete mientras da, con descaro, un gran trago a una de las muchas costosas botellas de vino tinto que mantiene en su poder -Confórmate con saber que saldrás de aquí en algún momento.

El hombre da otro trago, mientras la mujer, ruborizada y al borde del llanto, baja la mirada.

-Maldita sea- Murmura desde su asiento, escuchando como sus dientes castañean ante la impotencia de su situación. Lo odia. Odia al mercader que se ha hecho pasar por un dios arrogante ante las víctimas de un Holocausto que pareciera jamás terminar.

Idiota. Por supuesto que no va a terminar, apenas está comenzando.

-Maldita sea…

Se supone que este camión de carga, que ahora recorre un gran vacío de arena y sol, los llevará a un lugar mejor, a un lugar donde no tendrán que preocuparse por ser capturados nunca más. Eso fue lo que les dijo. Eso fue lo que ese hombre, Dimo Reebs, les prometió a cambio de entregarle todas sus riquezas.

Pero ellos saben la verdad. Ellos saben que eso no es más que una mentira. Ellos saben que su verdadero destino es un Campo de Concentración; todos a su alrededor lloran de alegría o alivio, pero ellos… Ellos saben la verdad.

Ellos esperan, solo se limitan a esperar.

-Maldita sea.

-¡¿Dijiste algo, chiquillo?!- Le pregunta uno de esos matones, acercándose peligrosamente a él -¡¿Has olvidado que nosotros estamos salvando tu pellejo?!

Siente el cuello de su camisa ser tomado con ferocidad pero, pese a eso, pese al peligro de ser descubierto, no duda en mantener su mirada desafiante hasta el final, acariciando con malicia el mango de la daga nazi que ha logrado ocultar bajo sus ropas.

-Adelante, cerdo- Habría dicho el idiota de Eren de haber estado en su lugar –Puedo acabarte cuando me plazca.

Pero él, quien siempre ha tenido el orgullo de considerarse más listo que Jaeger, mantiene la calma sin mucho esfuerzo; la daga se desliza fuera de su mano discretamente, mientras el brusco agarre del grotesco hombre le devuelve su libertad.

-Mocoso engreído...

-¡Oye!- Llama otro de los hombres que resguardan el atemorizado cargamento -¡¿Podrías dejar de jugar con los chiquillos y venir aquí ahora mismo?!

-¡Ya voy, ya voy!

Entre gruñidos molestos, el hombre se gira, alejándose de él y del peligro que, sin saberlo ni imaginarlo, acechaba su vida. Cuando se encuentra a una distancia prudente, el chico se permite suspirar.

-¿Podrías tranquilizarte?- Suplica uno de sus compañeros tomando su hombro, mientras su expresiva mirada parece luchar por mantener la poca calma que le permite conservar ese pútrido ambiente de desesperación –No podemos perder el control.

Mira a los ojos de uno de los muchos chicos a los que siempre ha considerado idiotas y, por primera vez desde que tiene memoria, cree sentir su madurez; en esta ocasión, una entre mil, Connie tiene razón. Esta vez, él ha sido el idiota.

-Lo siento...

-Da igual- Murmura el chico entre dientes, cerrando los ojos para tranquilizar su evidente nerviosismo –De todas maneras, no nos queda mucho tiempo.

Cierto, no queda mucho tiempo. ¿Cuánto faltará? Ya han pasado varios días desde que los tres, completamente solos, se embarcaron en esta empresa suicida.

Ellos sabían la verdad. Ellos saben la verdad. Y aquí están, esperando a que el camión se detenga de una vez por todas. No hay nada que temer, ¿Cierto? Mikasa les ha prometido que todo saldrá bien. Mikasa les ha asegurado, no sin cierto recelo, que Annie Leonhardt está de su lado.

Mikasa les ha prometido que los ayudará a escapar.

Solo deben esperar a que la patrulla los detenga. Solo deben esperar a que ellos intervengan para sacar sus armas a la luz.

Solo deben esperar que realmente sean ellos.

"¡Bah!" Refunfuña luego de pensarlo un rato, hundiéndose en el mullido rincón sin gracia que comparte con Connie Springer y Armin Arlert "Ella solo desea reunirse con Eren"

Escucha los llantos de los judíos refugiados y, muy en el fondo, siente como algo en su interior se rompe. ¿Cuántas cosas absurdas le han sucedido hasta ahora? ¿Qué ha sucedido para traerlo hasta aquí?

¿Qué ha pasado para que, de todo corazón, desee ayudar a esta gente?

Hace un par de años, tan distantes que apenas los puede recordar, hubiera dado todo con tal de pertenecer a las fuerzas de elite, a la afamada guardia personal del Fuhrer: habría dado todo su ser para formar parte de la Schutzstaffel.

¿Cuántos privilegios pudo haber disfrutado? ¿Qué tan exitosa hubiera sido su vida si portase ese uniforme negro para marchar a la luz del sol? Todo el poderío alemán a sus espaldas, augurándole un brillante futuro de adictiva comodidad; incluso pudo haber escapado del hervidero de miseria en la que se estaba convirtiendo Múnich para ganar un lugar en la capital, en Berlín.

A Jean le agradaba la idea; al antiguo Jean, al imbécil superficial que solía ser Jean Kirchstein, le hubiese agradado.

Pero este Jean, el que está sentado entre una pequeña multitud de refugiados judíos, el que tuvo la oportunidad de conocer a Marco, no piensa lo mismo.

"Marco" Aprieta sus puños mientras el camión da un gran salto que hace a muchos de sus ocupantes gemir.

-¡¿Qué diantres está pasando ahí?!- Uno de los hombres, el que lo amenazó hace tan solo un par de minutos, golpea la delgada pared que divide la cabina del conductor con la zona de carga -¡¿Por qué conduces tan mal, idiota?!

No los escucha. No desea escucharlos. No cuando el triste recuerdo de Marco pasea por su corazón; Marco solo deseaba servir fielmente a su país. Marco amaba Alemania con tanta fuerza que siempre esperó el día en que se pudiese alistar al ejército Alemán.

Lo habría hecho y, posiblemente, él se habría alistado también.

Si tan solo… Si tan solo no…

-Está comenzando- Susurra Armin a su lado, mientras los hombres del mercader se ponen en guardia y los judíos, que solo tuvieron un par de días para saborear su libertad, logran exclamar solo un par de rezos desesperaos e inútiles.

-¿No es demasiado pronto?- Pregunta Connie desconcertado -¿Cómo demonios lo harán?

-Ymir está con ellos- Responde Armin confiado, a la vez que palpa un bulto extraño en el interior de su chaleco –Y Eren también lo está.

-Mi vida depende de Eren- Comenta Jean entre risas nerviosas, notando como sus manos comienzan a temblar -Nunca creí que este día llegaría...

-Ni yo- Confirma Springer sonriendo –Ni un idiota como yo lo habría imaginado jamás.

-Solo esperemos que sean ellos…

El vehículo, luego de un ajetreado paseo sin sentido o descanso, se detiene abruptamente, provocando en él una sensación tan desagradable que hace al cabello de su nuca erizarse. ¿Qué pasa si no es Eren el que está ahí afuera? ¿Qué pasa si algo sale mal?

-No pienses- Le indica Armin, preparándose para ponerse en pie –Eso solo lo empeorará.

Jean asiente, poniéndose en alerta una vez más. Esto apenas ha comenzado.

-¿Qué están haciendo?- Pregunta el malhumorado Reebs, intentando limpiar torpemente el vino que derramó cuando el vehículo se detuvo -¡No he dado ninguna orden para…!

Ahora, es ahora o nunca.

Antes de que la sombra del soldado se asome a la zona de carga desde el exterior, los tres chicos logran someter a los matones al colocar una hermosa daga en su cuello. Jean, más nervioso de lo que recuerda haber estado desde la muerte de Marco, echa un vistazo a su alrededor solo para descubrir el pánico en el semblante de los prisioneros que se apretujan unos con otros al intentar escapar.

"No sirve de nada" Piensa en un segundo, notando como desaparece la poca resistencia que apenas comenzaba a hacerse presente "Estamos en su territorio"

-¡¿Qué están haciendo?!- Cuestiona el hombre furioso, notando como sus hombres han sido derrotados en un santiamén –¡Esperen a que las malditas patrullas vengan! ¡Verán lo que…!

Entonces, en algún lugar entre Polonia y Alemania, mientras los gritos del conductor al ser sometido se hacen más fuertes, el arma del soldado desconocido se posa sobre la nuca del comerciante, mientras ese rostro cubierto de pecas no hace más que sonreír.

-Usted y yo tenemos mucho que hablar, Reebs.

Con sus manos temblorosas sosteniendo una daga que no le pertenece, y con la agitada respiración de Armin a sus espaldas, Jean no puede evitar sentir una gratificante oleada de alivio. Lo han logrado.

Mientras los rostros de Mikasa, Sasha y Eren apuntan sus armas a los hombres desde el exterior, el pensamiento recorre su cabeza: cada vez están más cerca de salir de ahí.