Advertencias: Presencia de lime.

Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama.


Capítulo XXX - Divergente

Mientras sus cuerpos se funden lentamente, y el feroz golpeteo contra la puerta del cobertizo gana intensidad, la pequeña diosa se percata de la exquisita corriente de culpa que pasea por su cuerpo como si fuese sangre.

-Christa.

No. Ese no es su nombre, nunca lo ha sido en realidad. Está indignada, furiosa, pero ese placentero escalofrío corriendo a lo largo de su sistema nervioso evita que el sabor amargo de la bilis llegue hasta su paladar.

-¿Christa?

De nuevo ese nombre, ese maldito nombre. Respira profundamente mientras esas fuertes manos femeninas recorren cada palmo de su piel, acompañadas por una mirada que parece devorarla sin rastro de clemencia. Recuerda el día de su captura, recuerda como su puerta tocaba el suelo con fuerza mientras un grupo de enloquecidos hombres de pupilas blancas y amarillentas sonrisas irrumpían en su hogar. Recuerda como sus manos grasosas arrancaban sus ropas y como sus susurros impertinentes la rodeaban por doquier.

-Puta- Le repetía constantemente uno de ellos, el peor de todos, el mismo que extraía su flácido miembro del interior de sus sucios pantalones de lino segundos antes de que su cabeza estallara ante las balas de Reiner Braun.

"Están muertos" Se dice con cierta satisfacción, sonriendo para sus adentros "Reiner les disparo más de una vez"

Y tenía razón, Reiner no tuvo clemencia.

En otra ocasión, rememorar esa amarga vivencia habría revuelto su estómago hasta el borde de las náuseas; pero ahora, envuelta en el calor de una persona amada, el recuerdo produce en ella una inquietante sensación de curiosidad. ¿Por qué suspira en un momento como este, en el que sus desesperados compañeros anhelan la libertad? ¿Por qué, si conoce el verdadero horror del Holocausto, cae ante la fuerza de su tacto?

¿Por qué, en esos precisos momentos, se permite ser egoísta?

-¿Estas bien?- Pregunta la voz sobre su oído, nublada de consternación. Las manos que paseaban a través de su cuerpo de ha detenido bruscamente, siendo reemplazadas por la humedad del suelo. Historia llega a creer que, de permanecer más tiempo así, el vacío entre sus piernas será llenado por la humedad y el musgo.

-Si- Responde en un susurro, paseando sus brazos por el cuello de su amada, dejando a su paso un par de sensuales rasguños que recorren sus antebrazos, sus hombros y parte de su barbilla y yugular; hace atisbo de sonreír, sabe con seguridad que alardeará de ellas como lo hace con sus múltiples cicatrices de guerra –Todo es perfecto.

-Especialmente tú.

-¿Acaso estas coqueteando conmigo?- La chica soldado ríe juguetonamente, de forma tan encantadora que llega a deslumbrarla en la oscuridad. Besa su frente sobre sus desarreglados mechones rubios empapados de sudor.

-¿De no hacerlo, estarías desnuda en estos momentos?- Toma un par de segundos para meditar su respuesta, recorriendo la espalda desnuda de Ymir, arañándola, disfrutando la cercanía de su piel bronceada, sonriendo ante el ligero roce de su nariz con la suya.

-Quizá.

-¿Qué debo hacer contigo?

Gira su rostro para que sus ojos se encuentren, corresponde su sonrisa burlona con otra sonrisa, y el débil movimiento de sus manos con un beso fugaz. El susurro se desliza entre sus labios como una serpiente ponzoñosa, arrastrándose sobre la oscuridad y sobre el musgo del suelo.

-Sabes perfectamente lo que tienes que hacer.

Las palabras traen el silencio como si tuvieran alguna clase de poder, observa maravillada como la diminuta sonrisa del soldado se desvanece en el momento en que sus humedades se encuentran; siente su entrepierna latir; cada roce borra parte de su raciocinio y desata, a su vez, una serie de diminutas gotas de sudor que descienden por su pecho y vientre, mezclándose con el sudor ajeno que cae sobre su piel. Aquella mezcla le recuerda el perfecto elixir que se crea entre sus piernas entrelazadas y la hace imaginar su sabor.

-Ymir- Pronuncia su nombre entre gemidos, una y otra vez. Su garganta duele -¡Ymir!

-Este día has gritado mucho, Christa- Ese nombre, ese maldito nombre nuevamente. Traga saliva en un fructífero intento de suprimir su inconformidad. Une su frente con la suya, roza su intimidad, se mueve en lentos círculos imaginarios que destrozan su autocontrol y la obligan a suplicar. Ymir muerde su propio labio con fuerza al punto de hacerlo sangrar, un silencioso siseo es el único sobreviviente de sus callados gemidos -¿No temes que te puedan escuchar?

Las palabras nunca abandonan sus labios, pero permite que una suave caricia infantil exprese lo que ellos no pueden decir: utiliza sus pulgares para atender ese par de rígidos pómulos cubiertos de pecas, uniéndolas, creando en ellas patrones imaginarios que le recuerdan a su niñez.

Cuando solo eran niñas, unir las pecas de Ymir era un pasatiempo tan ordinario como jugar a las escondidas o, en su caso particular, jugar ajedrez. Encontraba toda clase de curiosidades en ellas, desde animales pequeños, hasta la complejidad de un sistema solar.

¿Cuántas veces lo ha hecho en el pasado? ¿Quién lo hacía en realidad? ¿Christa? ¿Historia?

"Fue Christa. Siempre ha sido Christa"

Christa es quien ha vivido con ella, Christa es quien ha compartido momentos indescriptibles que abarcan desde el más profundo horror hasta la más romántica ansiedad. Pero Historia…

Historia, en el fondo, no es más que una desconocida.

-¿Sucede algo?- Sus labios tiemblan, la mira a los ojos y lo único que percibe es un brillo familiar.

-Te amo- Murmura por fin, sintiendo el sabor agridulce de unas palabras extrañas ascender por su garganta, su lengua y su paladar; el sentimiento es tal como lo había imaginado: agridulce e incierto.

-¿Decirlo en un momento como este no es un tanto cliché?- Pregunta Ymir alzando una ceja.

-¿Importa eso?- Responde con rapidez, a la defensiva, arreglando cuidadosamente un mechón de su cabello castaño detrás de su oreja izquierda. Ymir se encoje de hombros; es su respuesta, no dirá nada más –Si, eso creí.

Christa fue la primera en susurrarle palabras de amor; Christa fue la primera en contar sus pecas a la luz de la luna. Pero Historia, Historia es quien tiene acceso a lo mejor. En el momento en que la última palabra escapa de sus labios, un inesperado roce ataca su intimidad, uno tan agresivo que arranca de su descuidada garganta un gruñido gutural; la fuerza, el placer, las sensaciones son tan increíbles que se ve obligada a cerrar los ojos que se había prometido mantener abiertos.

Por primera vez, Christa se ha quedado de lado. Solo Historia conoce este sentimiento; Ymir. Ymir. Ymir. Su mente se llena de pensamientos y, en cada uno de ellos, Ymir la posee.

-Haz acertado en algo, mi diosa- Escucha al Titán Danzante como un susurro lejano, envuelto entre gemidos y maldiciones que lucha por contener; el azul de sus ojos colisiona con una bestial mirada marrón que se une a la suya como el cielo a la tierra en el horizonte –Todo va a terminar.

Es la segunda vez que entrelazan sus cuerpos, y puede asegurar que también es la mejor. El líquido espeso desciende por sus muslos, creando un peculiar sonido húmedo cada vez que se encuentra piel contra piel; un sonido tan perfecto que Historia lo saborea con éxtasis y morbo.

El sudor desciende a través de la curvatura de sus pechos, tal como hacen las manos enguantadas al ritmo del vaivén, las pequeñas astillas del suelo podrido laceran tramos pequeños de su espalda; la puerta es golpeada una y otra vez, con tal brutalidad que la diosa apenas puede ignorarla.

"¿Qué más da?" Se dice con cierta ironía, permitiendo a su garganta alcanzar niveles de los que nunca antes se había creído capaz de imaginar, intentando callar los sonidos del exterior con la fuerza de sus gemidos "Ahora no importa en lo absoluto"

¿Qué habría hecho Christa, su inocente alter ego, en esta situación? Lloriquear, seguramente. Sus labios habrían sido callados con tanta fuerza que se habría hecho daño en un intento desesperado por calmar su ansiedad. Pero Historia no piensa lo mismo: Historia afina su voz.

"Que todos sepan lo que está ocurriendo. Que todos sepan quién soy"

-Mírate- La sonrisa pícara de Ymir está a escasos centímetros de su rostro, los suficientes para besarla con solo un estirón, lamiéndose los labios mientras una de sus manos se entretiene pellizcando su pezón; Historia grita con más fuerza –La diosa no es tan santa como todo el mundo cree que es.

Gime otra vez, con su mirada nublada de placer fija en el cautivador rostro del soldado evitando, a toda costa, pestañear. Diosa. Diosa. Diosa. La palabra hace eco en su cabeza y, por primera vez en su insignificante existencia, ese arrogante título le parece odioso. Odioso y fascinante a la vez.

Porque, después de todo, ¿Qué es más cautivador que una diosa seducida por las tinieblas?

La imagen de esa escena se forma en su mente: las alas membranosas del demonio protegiéndola de la luz del sol, mientras sus colmillos sanguinolentos arrancan cruelmente cada pluma adherida a sus alas blancas; la maldición del dios cristiano cayendo sobre su ser. Le encanta. Le fascina. Desea que se haga realidad.

-Tienes razón

Siempre, por más corta o larga que su desastrosa vida sea, atesorará en sus fantasías la sorpresa en los ojos oscuros del demonio al momento en que sus posiciones se invierten, permitiendo al ángel embestirle con la misma fuerza con que ella lo hacía segundos atrás. Sus caderas se mueven violentamente, más de lo que lo han hecho en toda su vida, más de lo que alguna vez se sintió capaz de hacer.

–Ya no soy una diosa.

-¡¿Christa?! ¡¿Qué es lo que...?!- La besa, con pasión, con fuerza, callándola, tomando el control por primera vez.

–Mi nombre es Historia.

Sonríe complacida. El furioso rubor sobre su piel morena, el jadeo ahogado escabulléndose por su garganta, el torpe roce de su intimidad. Esta cerca, tan cerca que puede sentir el suave latir de su zona más sensible al encontrarse con la suya, y sus ligeros temblores viajando a través de su piel; un par de embestidas, solo hacen falta un par de embestidas para hacerla terminar.

-H-Historia…

-Ese es mi nombre.

Mira sus ojos fuertemente cerrados y un inminente orgullo se aglutina en el interior de su pecho: la ha domado, ha domado al demonio, el demonio que es rodeado por un peculiar olor a sangre y carne quemada está a su merced.

"Mia" Se relame los labios y, si se centra lo suficiente, puede sentir como su escasa pureza se hace cenizas como un par de alas angelicales cayendo al profundo foso del averno. La hora ha llegado "Completamente mía"

Rápido, lo más rápido que puede, mientras su cuerpo y el de Ymir se tensan al alcanzar la cúspide del placer, se las arregla para introducir bruscamente un par de sus dedos en la virgen intimidad de su amante, arrancando de su pecho un gemido de sorpresa y dolor. Es húmeda, tan estrecha que Historia puede asegurar que nunca ha sido tomada de aquella manera, ni aun por sí misma.

-¡D-Dioses!- Murmura Ymir con las mejillas ardiendo. Su interior se contrae, atrapándola, brindándole una acogedora sensación de calor. Cuando retira sus dedos, cubiertos por completo de una viscosa capa de líquido transparente, los introduce en sus labios, probando su sabor por primera vez: es dulce -¿Q-Qué diantres has hecho?

-Algo que debí hacer hace mucho.

Se acurruca en su pecho sin decir nada, tomando un breve lapso de tiempo para recuperarse apropiadamente de su orgasmo compartido, cerrando sus ojos, concentrándose en sus latidos de la misma forma en que lo hacía cuando habitaba en una pequeña casa de campo a las afueras de Múnich o, mucho antes de eso, cuando eran dos niñas solitarias que se reunían para jugar ajedrez.

Sonríe y una parte de ella, la más oscura quizá, se pregunta cómo habría reaccionado la pequeña e inocente Christa ante una acción como esa.

-¿Y eso es...?- Historia sonríe con orgullo.

–Hacerte mía.

Ymir devuelve su sonrisa ampliamente, de esa forma que pretende atar su alma cuando no es capaz de regular su propia respiración; sus dedos acarician su cabello, sus mejillas, y sus labios, su índice se introduce entre estos últimos e Historia, más que gustosa, le da la bienvenida. Sus sabores mezclados dejan un rastro agridulce en su paladar.

-No lo vuelvas a hacer.

-¿Y porque no?- Lame su dedo de la forma más seductora que le es posible, descansando en su pecho un rato más, siendo arrullada por los insistentes golpeteos sobre la puerta y los rítmicos latidos de su propio corazón –Parecías disfrutarlo… Y mucho.

Besa con orgullo su barbilla, solo para recibir una risa genuina proveniente del titán: su sonido tan melodioso e inesperado le ocasiona un ligero rubor, y la hace sentir tan sumisa como siempre lo había sido. Siente como su dedo índice se posa sobre su mejilla, presionándola de una forma juguetona, estúpida y molesta.

-¡Oh! ¿En serio?- Su voz es sarcástica e indiferente, pero su difusa sonrisa permanece ahí -¿Acaso olvidas quien tiene el control?

-No eres tú, eso es seguro –Ahora, sus dedos pulgar e índice atrapan su mejilla como las tenazas de un cangrejo, retorciéndola con cuidado de no producirle tanto dolor -¡Basta con eso!

-¿La pequeña diosa se ha molestado? ¿Tan rápido? ¿Así quieres que te ceda el control?

-¿Ceder?- Historia sonríe de lado, sus labios tiemblan- Necesitarías tener el control para que pudieras…

-¡Por supuesto que lo necesitas!- Ymir la interrumpe de pronto, Historia guarda silencio con cierta curiosidad. Observa como su chica aclara su garganta teatralmente, intentando obtener el timbre más agudo que su ronca voz es capaz de producir -¡Ymir, viniste por mí! ¡Ymir, hazme tuya! ¡Ymir, Tómame lo más fuerte que puedas!

De pronto, pese a toda su resistencia, su rostro explota en carmesí. Tapa sus oídos, pero el poema de obscenidades que le sigue a aquella frase se filtra a su interior y a su consciencia y, muy dentro de esta, sabe que todo es verdad.

-¡Nunca he dicho tales cosas!- Aprieta sus nudillos e infinitas variantes de colores rojizos continúan paseando en su rostro, al punto que sus orejas comienzan a arder, y esas sonrisas a fastidiarle -¡Por Dios!

-¿Quién?- Historia enarca una ceja.

-¿Quién qué?

-¡Ahí está de nuevo!- Su grito le ocasiona un respingo; mira a su alrededor, una y otra vez con esa fingida expresión confusa. Sus labios tiemblan, evidencia de las carcajadas que intenta contener en su interior -¿De dónde proviene esa voz? Debe ser alguien muy pequeño para sonar así.

Y esa es la gota que derrama el vaso o, mucho mejor dicho, la gota que desborda el mar de dudosa paciencia que es Historia Reiss. Historia, la verdadera Historia, nunca ha sido muy paciente que digamos.

-¡He dicho basta!

El eco del golpe serpentea a través de los muros del cobertizo, viajando por la corriente de aire para regresar a sus oídos en un volumen mucho más alto que el original. O eso es lo que cree, está lo suficientemente aturdida para no escuchar apropiadamente. La primera vez que se atrevió a golpearla fue hace unos tres o cuatro días, cuando esa nazi sinvergüenza la recibió como si nada hubiese pasado luego de abandonarla tres meses al cuidado de su padre, Rhodes Reiss.

Christa, la bondadosa máscara a la que había dado el nombre de Christa Renz algunos años atrás, quizá habría acudido a sus brazos hecha un mar de lágrimas, profesando lo mucho que la extrañaba y cuanto anhelaba permanecer a su lado.

Se muerde el labio y, en el fondo de su corazón se manifiesta una ligera repugnancia, pues para Historia Reiss, el verdadero rostro tras la ridícula mascara de diosa, un cabezazo en la barbilla de su amante es la mejor manera de hacerse escuchar.

"Después de todo, no soy una diosa"

-¡¿Qué mierda?!- Se queja Ymir con el ceño fruncido, acariciando insistentemente su barbilla en respuesta a una molesta sensación de dolor. Historia esta aturdida pero, para su sorpresa, no siente ningún malestar -¡Duele, maldita sea!

-Ese es el punto- Murmura entre dientes, con la mirada gacha –Es lo que ganas por no prestarme atención.

Mira sus nudillos un momento más, observando como su color desaparece para ser reemplazado con un espectral tono blanco; cuando la mira nuevamente, esperando encontrar un par de hermosos ojos marrones mirándola con diversión, encentra una expresión sombría. Una gran y escalofriante serie de temblores recorren su espina dorsal.

-¿Atención? ¿Quieres atención?- Sonríe amargamente. Un brillo demencial atraviesa sus pupilas en la oscuridad –Has golpeado a un oficial de alto rango. ¿Lo sabes?

-Si no lo supiera, no tendría ningún sentido.

"Algo está mal" Se dice Historia a sí misma, retrocediendo, sintiendo como las astillas del suelo laceran y se incrustan en su piel, y como el cálido viento del exterior de filtra por las paredes con un silbido. Intenta incorporarse, pero el sargento es más veloz de lo que ella ha soñado ser. Atrapa su cuerpo bajo el suyo, recorriéndolo, mostrando sus asesinas intensiones a través de sus manos. La conoce, la conoció hace mucho tiempo atrás.

-¿Golpearme te complace?

No puede responder, tampoco desea hacerlo, no cuando sus manos recorren sus muslos, entre los cuales comienza a formarse una nueva capa de humedad. Cierra los ojos, muerde sus labios.

-¿Sabes cuál es el castigo por eso? ¿Por golpearme?- Traga saliva, debe responder. Tiene que responder.

-La muerte...

Entonces, antes de que pueda impedirlo, lo que más teme se hace realidad. Cada musculo de su cuerpo se contrae, sus piernas tiemblan mientras el peso sobre ella parece aumentar con cada segundo de agonía; los espasmos inhiben cada movimiento que se creía capaz de realizar. Intenta escapar pero le es imposible, una mano enguantada ha inmovilizado las suyas; no le queda más opción que pedir clemencia o forcejear.

Y eso, precisamente, es lo que hace.

-¡Ymir!- Grita con la poca fuerza que le queda, con voz temblorosa, retorciéndose y pateando a su merced -¡P-Por favor!

-¡No, pequeña impertinente!- Gruñe Ymir en su oído –Te lo has buscado.

Se mueve con desesperación, tiembla y lucha, reza por una próxima huida que evite el inminente dolor. Pero nada llega. Nunca ha escapado de ella. Su agarre es firme, su olor es tan embriagante que, aun con esas molestas sensaciones recorriendo su abdomen y vientre, le impide protestar. Esta es la especialidad de Ymir, ella, más que nadie, lo sabe muy bien.

-¡Ymir! ¡Dios! ¡No…!

El murmullo se ahoga su garganta, las plegarias regresan a la nada de donde provienen, mientras las manos enguantadas pasean por su piel, incansables, encontrando refugio en sus costados. Su garganta duele, arde, con tanta fuerza que, por un momento, cree que morirá.

-P-Por favor- Las lágrimas descienden por sus mejillas como un torrente. Su orgullo duele, esa pequeña parte de su corazón que hasta hace poco creía nunca haber poseído: nunca doblegada, nunca rota, el alma de Historia Reiss nunca ha conocido la esclavitud –Basta.

-No puedo escucharte- Sus dedos danzan, y la pequeña rubia no puede contener las ansias de reír. La última vez que Ymir le hizo cosquillas tenía tan solo nueve años, cuando un impulso travieso la obligó a hacer tropezar a la adolescente sobre una pila de hojas secas; ¡Dios! Que tiempos, apenas y podía controlar su propio cuerpo entonces; pero ahora, el monstruoso espasmo que recorre su cuerpo es tan intento como en aquella ocasión. Ríe, se tuerce de risa, su abdomen duele y no se puede detener.

-¡Hare lo que sea! ¡Lo que sea!

-¿Lo que sea?- Pregunta el sargento -¿Harías lo que sea?

Mira a sus ojos y, pese a ver ese indiscreto brillo egoísta en su mirada, asiente con vehemencia, sintiendo como un bochornoso hilo de saliva resbala por la comisura de sus labios, hinchados luego de su juego pasional. Observa su rostro y la mirada le es devuelta: Ymir se detiene de golpe, el dorso de su mano acaricia su mejilla mientras una parte de Historia ansia sonreír.

–Entonces cásate conmigo.

Esta vez no se contiene: echa la cabeza hacia atrás y comienza a reír con fuerza, con orgullo, llena de felicidad. La cabeza del soldado se ladea suavemente, esperando la respuesta.

-¿Y bien?- Pregunta una vez más.

-Ambas somos chicas- Es todo lo que puede decir, respirando agitadamente, con el fantasma de la última risa incontrolable sobre sus labios. Ymir la mira desde arriba, agotada, y con sus músculos, fuertes como rocas, empapados en sudor.

-¿Y? Eso no ha importado hasta ahora.

-Porque nadie lo sabía- Hunde sus dedos en su cabello castaño, recibiendo parte del beso juguetón que pasea por sus labios y mejillas –Ni siquiera yo.

-Y que lo digas- Responde Ymir –No es como si realmente tuviera un valor.

-Importará allá donde vamos.

-Sus reglas me importan una mierda.

La besa una vez más, fuerte y confiada, invirtiendo sus posiciones para hacerla descansar sobre su pecho desnudo, manos fuertes recorren tanto su cabellera rubia como su tersa cintura; su tacto es perfecto, tan perfecto como lo fue la primera vez.

"No puedo saberlo" Se recuerda en silencio "Historia nunca la conoció"

Permanecen en silencio, escuchando el golpeteo, escuchando el latido de su propio corazón, y soportando todas las ideas que su propia cercanía trae. Christa. Historia. Christa. Historia. Sus manos tiemblan con inseguridad, la saliva pasa por su garganta como un conglomerado de púas, casi tan mortíferos como los que rodean cada tramo de Dachau.

-¿Ves eso?- Le preguntó Ymir hace mucho tiempo, cuando era prisionera, en el momento en que la sorprendió observando esos largos tramos de alambre mientras intentaba llegar al comedor; miró sus ojos bajo el sol de media tarde, segundos antes de bajar la mirada con un sonrojo.

-Lo veo- Respondió.

-Cuando alguien no quiere morir aquí- Recuerda como señaló las barracas despreocupadamente, con una mano en los bolsillos y una ráfaga de humo de tabaco escapando de sus labios –Va a morir allá- Señaló entonces al alambre de púas –Para muchos, cientos de voltios corriendo a través del cuerpo son mucho mejores que saber que morirás sin libertad.

-¿Por qué?- Recuerda haber preguntado con la mirada vidriosa. Que inocente era entonces, que ingenua era entonces -¿Por qué me dices esto?

Entonces, Ymir sostuvo su barbilla con delicadeza, depositando en sus labios un casto beso que fue observado con repugnancia por el resto de los prisioneros que pasaban por el lugar; ella tembló ante su tacto, se encogió en sí misma para no echarse a correr. Los ojos marrones del sargento eran asesinos, fríos y sinvergüenzas.

-Porque cuando hagas algo estúpido, no siempre estaré ahí para protegerte.

Días después, se llevó a cabo la selección de prisioneros, y el incidente del bunker dio inicio.

¿Dónde estaría ahora si aquello no hubiera tenido lugar? ¿Qué estarían haciendo de no haber cometido antes un sinfín de estupideces? Se pregunta internamente mientras descansa un rato más sobre el pecho del soldado. No lo sabe, y no lo puede deducir.

-Vendrás a América con nosotros- Las caricias cesan de golpe -¿Cierto?

El corazón del soldado se acelera y ella, debido a su posición, lo percibe a la perfección, siendo este el único sonido que puede escuchar. La mira a los ojos, pero su amante no hace lo mismo; no sonríe, ni intenta hablar, solo mira al techo en completo silencio.

-Ymir- La llama de nuevo, acariciando su pecho sobre su corazón, sintiendo el movimiento de sus latidos a lo largo de su palma desnuda; toma su mano y sus dedos se entrelazan inmediatamente, el tacto de su guante es húmedo y frio -¿S-Sucede algo?

Siente el suave roce de ese mismo cuero sobre su mejilla, y el contacto de esa caricia le brinda la tranquilidad que el silencio se ha molestado en arrebatarle. Coloca su mano sobre la que se posa en su mejilla, sus dedos se entrelazan con tanta fuerza que casi cree que se pueden romper.

-Historia- Susurra su nombre, y su voz aumenta el deseo una vez más.

-¡Ymir!

"No de nuevo" Se dice en silencio, rodando los ojos mientras gira su cansada mirada en dirección a una puerta que parece querer colapsar. Sabe perfectamente quien está al otro lado, sabe también que las feroces descargas de fuerza no son más que una representación corpórea de toda la furia que guarda en su interior. Observa como las astillas vuelan por los aires, la madera cruje y una diminuta hendidura en el material se abre paso en el diámetro total del objeto.

-¿Alguna vez has intentado ponerle una correa a un gorila, Historia?- Le pregunta la chica soldado, ella niega lentamente.

-¡Sal de ahí, maldita sea!- Grita Reiner Braun desde el exterior, logrando que Ymir sonría con crudo orgullo – ¡Sal de una buena vez!

-¿No?- Pregunta Ymir una vez más, señalando a la puerta con un breve gesto –He pasado años intentando ponérsela a uno.

Mira a la puerta otra vez, ahora con una pequeña sonrisa cómplice cruzándose por su rostro ruborizado, pasea sus manos por el pecho de su chica, descansa entre los brazos que la hacen sentirse segura mientras el golpeteo continua una y otra, y otra vez.

-Reiner- La suave voz de Bertholdt llega a ellas como un susurro en medio de un poderoso vendaval –No creo que debas…

-¡Cállate!- Ordena el rubio haciéndolo callar y, aparentemente, retroceder -¡Sal de ahí ahora!

De pronto, frunce el ceño ante un recuerdo fugaz. Recuerda súbitamente que los labios de Reiner ya se encontraron un par de veces con los suyos.

"Con los de Christa" Recuerda "Era Christa en esos momentos"

Recuerda sus sentimientos en aquel momento: el olor a ceniza, la sal de sus lágrimas, el agrio sabor en los labios del rubio mientras la aferraba a con fuerza, sus manos lastimaron su cintura mientras las heridas de su corazón se abrían cada vez más.

-Deberíamos vestirnos, pequeña- Murmura su amada en su oído, despertándola del pensamiento que había acaparado toda su atención –Esos idiotas no pueden cuidarse solos.

Se miran a los ojos, pero ese contacto es tan efímero como un respirar. Historia se gira sobre su espalda, mirando al techo mientras la mano derecha de Ymir cubre su mano izquierda; los golpes llegan con más ímpetu, la vibración viaja a través del suelo, hasta sus espaldas desnudas. Mira sus palmas, están llenas de polvo y suciedad.

-¿Y bien?

-Ni hablar- Responde la rubia recostándose sobre su costado, la sonrisa de Ymir crece –Más vale que aprenda a colocarse su propia correa.

Ahora es Ymir quien ríe, su risa opaca el ruido de los golpes al punto en que estos se ven obligados a callar, como si esa burla fuera intimidante para su furia.

-¡¿De qué te ríes?!- Pregunta Reiner molesto, Historia cree escuchar sus nudillos crujir -¡¿No te das cuenta de la situación en la que estamos?!

-¡Yo debería preguntar lo mismo!- Responde la chica de pecas entre gritos -¿No ves que estoy muy ocupada complaciendo a mi hermosa Historia?

Un golpe. Un solo golpe arremete contra el centro exacto de la puerta, ocasionando que un gran trozo salga despedido hasta el otro lado de la habitación, estrellándose contra el muro contrario. Desde su perspectiva, completamente a salvo de cualquier clase de salvajismo, aquello no parece más que un curioso espectáculo.

-Deberías ver lo hermosa que se ve- Mira a Ymir, solo para descubrir que esa bella mirada ya se encuentra sobre ella, devorándola, acariciando su cintura con suavidad –Llena de sudor, ruborizada, deseando que la posea.

-¡Abre la puta puerta!- Ymir ríe con ganas, y ella decide acompañarla en su pequeña maldad.

"Venganza" Se relame los labios, sus manos se deslizan en a través de la piel morena nuevamente, su calor se impregna en su cuerpo y sus ansias producen en ella más ansiedad. Besa sus labios con un suave roce, y el sabor en ellos parece lo más delicioso que jamás ha tenido la oportunidad de probar.

-¿Él besa tan bien como yo?- Mira al titán a los ojos, sintiendo como si estos penetraran en sus recuerdos y su corazón. Historia sonríe acariciando su rostro.

-Nunca.

-¿Y porque se lo permitiste?

-Christa fue quien lo hizo, no yo.

Un pequeño beso superficial es todo lo que se prometen antes de que Ymir se ponga en pie, la poca luz que se filtra entre los tablones de madera mal colocados contornea su cuerpo desnudo y aumenta la humedad entre sus piernas un poco más.

-Vístete- Le ordena el sargento, y ella, antes de obedecer, infla sus mejillas en un puchero.

-Como mi amo desee- Su chica emite otra carcajada, ella sonríe.

-Así me gusta.

Una risa desganada es lo único que queda en su pecho una vez que el calor de su cuerpo se aleja del suyo, el suelo frio de la madera la hace temblar. Encuentra su camisa a poca distancia de su posición, acompañada del resto de su ropa en perfecto orden.

"¿No es esto demasiado sencillo?"

Se detiene, observa con el rabillo del ojo la espalda de la chica, descubriendo pequeñas pecas en toda su extensión, colocándose las piezas de su uniforme que la convierten en el hombre que el resto del mundo cree que es.

"Está bien" Cierra los ojos, controlando el sudor frio que empieza a correr por su frente "Ymir no lo permitirá"

-Ya lo ha permitido antes- Recuerda la voz de su consciencia, su propia voz -¿Por qué no lo haría ahora?

"Yo no lo permitiré"

Pero ese golpeteo, ese ruido infernal de un grupo de nudillo asesinando la puerta de madera podrida, reprende cada una de sus esperanzas.

-¿Eso no te recuerda nada?- Le dicen esos ojos azules, confusos, vacíos. Historia mira a Christa, y en sus ojos solo encuentra dolor -En tu vida nunca ha existido un final feliz.

-¡Reiner!

Un respingo la hace saltar: Ymir, vestida solo con sus pantalones militares negros y una sola de sus botas colocada adecuadamente, se abalanza sobre la puerta del almacén, abriéndola solo para recibir un golpe feroz en el centro de su frente, uno que hace al sonido recorrer el almacén de lado a lado y al grupo de nudillos detenerse al tocar su piel.

-¡Oh!- Reiner retrocede con expresión divertida, adornada con una sonrisa burlona que opacaría a la de la propia Ymir. Historia se muerde el labio y pequeñas arrugas se forman en su frente; pese a no parecer un movimiento predeterminado, se puede decir que el chico no siente remordimiento alguno –No sabía que se encontraba ahí, mi sargento.

-Sabes una mierda- Responde Ymir entre gruñidos, acariciando su frente, descansando su cuerpo contra el marco de la puerta mientras desliza incomodas vendas alrededor de su torso desnudo. La joven diosa lame sus labios con deseo, no puede apartar la vista de su abdomen -¿Qué diablos quieren?

Pero, pese a lo que se podría esperar, no es Reiner quien responde esta vez, sino una nueva voz, acompañada de un conjunto de pisadas furiosas que se abren paso hasta el interior del lugar: su respiración es pesada, furiosa, sisea la muerte.

"Eren" Rueda los ojos, refugiándose en las penumbras del lugar; recuerda momentos de antaño, en que Eren Jaeger fue, por mucho tiempo, una fuente de temor. Porque eso es lo que Christa sentía hacia el titán: temor. Temía que, en algún momento, otro enfrentamiento entre él y su Ymir se llevara a cabo y, entonces, no sabría a quién apoyar.

-¡¿Qué es lo que queremos?!- Pregunta Jaeger. El veneno pasea por su lengua conforme se acerca, quizá sin saberlo, a su posición. Historia no puede evitar pensar en el enfrentamiento de un par de coyotes a punto de lanzarse sobre un conejo moribundo. Sin saber porque, comienza a vestirse con relativa rapidez. En su mente, ella es el conejo –Tu estas aquí, haciendo lo que te viene en gana, mientras nosotros estamos allá afuera acarreando todas las porquerías que tú comerás. ¡Si nos matan nunca lo sabrías!

-Y espero no saberlo jamás...

-¡¿Que?!- Eren avanza, tomando el brazo de la chica bruscamente, acercándola más a él.

-¡Eren!

Reconoce su voz en la penumbra, a pesar de no haberla escuchado claramente en mucho tiempo. Bertholdt Fubar, su antiguo esposo, entra al lugar con gesto solemne, ofreciendo una reprimenda silenciosa al titán. Los brazos de Reiner tiemblan; Historia, quien se había preparado para acudir al rescate de su Ymir, se relaja en cuanto Eren la deja en libertad.

-¿Qué quieres?- La frente de Fubar esta, como siempre, bañada de sudor.

–Ten un poco de respeto.

-¿Con quién?- Pregunta Eren señalando a Ymir con desdén, mientras ella lucha por esconder sus humildes pechos a la perfección -¿Con la dama?

-La dama no- Niega Bertholdt –Las damas.

Hay un gesto en su dirección, uno que ella apenas percibe pero que basta para que sus ojos azules de encuentren directamente con los orbes color verde musgo de Eren Jaeger; no la había visto, no hasta el momento, puede decirlo solo con ver su reacción y por el color carmín que cubre su rostro al percatarse de su desnudez.

-¡L-Lo siento!

"¿Lo sientes?" Pregunta en silencio alzando una ceja. Comienza a reunir sus prendas con lentitud, mirando divertida el sombrío semblante de Ymir que se alza como una nube de celos y ansiedad. Se relame los labios seductoramente, sin miedo o pudor, pensando en lo que la pequeña Christa pensaría respecto a ello.

-H-Historia…

-¿Qué no es tu esposa, Berth?- Pregunta Reiner risueño, dando unos leves codazos en el hombro de su compañero que no hace más que mirar a Ymir con preocupación. El rubio sonríe de lado en un intento desesperado de ocultar su propio sonrojo –No sería la primera vez que la ves en ese estado…

-T-Te equivocas. En realidad yo… nunca… - Pero no puede decir nada más, Eren ya ha tomado el cuello de su camia

-¡¿Qué?! ¡Creí que nunca la habías tocado, bastardo!

-¡N-No lo hice!

Cubre sus labios y contiene las inmensas ganas de reír. ¡Que simples son esos chicos! Ponerlos en una situación tan extravagante no le ha tomado más de medio minuto, un minuto en el que ha logrado sembrar discordia en cada uno de ellos. Pero esa discordia muere con la misma facilidad con la que comenzó, con un solo gruñido que basta para apagar cada grito, cada insulto y cada rastro de sonrisa burlona en el rostro de la diosa.

-Basta de todo esto- Ymir respira con pesadez, su ceño y frente está más arrugado que de costumbre mientras señala la puerta, más específicamente al exterior -¡No hay nada que ver! ¡Todos lárguense ahora mismo!

Todos guardan silencio por un pequeño instante; Reiner gruñe por lo bajo, desde que se percató de su presencia no había dejado de observarla como un depredador hambriento. Bertholdt se retira con prisa, aliviado, encantado de terminar con esa sensación de incomodidad; y Eren… Eren la observa fijamente.

-¿Necesitas algo?- Pregunta ella alzando una ceja. Deja su sostén a un lado, abotonando con cuidado su reluciente camisa blanca llena de sudor. Eren retrocede.

-No… Solo- Murmura incomodo, intentando no mirarla directamente. Historia sonríe, las reacciones de Ymir la complacen con enormidad -Quería saber si estabas bien...

Se hace el silencio. Historia desliza sus piernas dentro de su ropa interior con delicadeza, con la tela rozando sus muslos con tanta suavidad como las yemas de los dedos de Ymir; su falda larga, con un ligero hedor a polvo y desuso, también se adhiere a su piel como lo haría un guante. Sus ojos verdes la examinan con renuencia. En otro tiempo, la presencia del chico le habría incomodado, en otro tiempo no habría permitido que nadie que no fuese Ymir observara su cuerpo desnudo; ahora, con el alboroto exterior paseando por sus oídos como música ambiental, Historia no podría sentirse más tranquila.

-Lo estoy.

Esta molesta, aun lo está. Eren la observa otra vez, siempre de soslayo, molesto, con el inicio de un gruñido siseando a lo largo de su paladar. Lo mira sin ningún interés en particular. En el fondo, pese a la apatía que intenta mostrar ante él, no le complace que un grupo de alborotadores interrumpieran su momento a solas.

-Oye...

-¡¿Qué esperas, Jaeger?!- Lo llama Ymir -¿Una maldita medalla? ¡Ven aquí ahora mismo!

-¡S-si! Maldita sea- Sus miradas se cruzan por última vez, en el momento en que se pone en pie para buscar su par de botas nuevas, estirando sus músculos para despertar por completo; la forma curva de sus pechos y la dureza de sus pezones se marca en la tela de su ropa, pero esos detalles no le importan en absoluto.

-¿Crees que está mal?- Pregunta al titán, y este no responde, solo ladea la cabeza confundido, con un suave rubor recorriendo su piel; ese bronceado le recuerda a Ymir, quizá por eso no puede dejar de mirar.

-¿Qué lo está?- Historia sonríe.

-Todos. Todo.

Pero no responde, ni aun piensa en responder. Cuando el titán abandona el cobertizo, siempre bajo la influencia de una furiosa Ymir gritando insultos por doquier. Historia continúa con su labor. Encuentra las botas que busca a una considerable distancia de su posición, la suficiente para que su breve andar le produzca molestias; las partículas de suciedad entran a su garganta y, aunque sea un poco, le es más difícil respirar.

-Te estaré esperando- Murmura Ymir desde afuera, dando inicio a una gran sonrisa que se forma en su rostro con lentitud.

¿Por qué no está a su lado justo ahora? ¿Qué es más importante que recuperar el tiempo perdido con su separación? ¿Qué puede ser más importante que eso?

"Todos. Todo" Asiente, intentando comprender al ser egoísta en el que se ha convertido "Historia siempre ha sido así"

Ata los cordones de sus botas con cuidado, notando lo cómodas que son a comparación de las inútiles botas de cuero que usaba el día de su captura y, que luego de ella, había utilizado hasta el día anterior. No es una idiota, ya no, se había asegurado de sacar provecho del extenso guardarropa que su padre le había proporcionado. Casi, solo casi, se siente culpable de haberlo asesinado tan cruelmente.

-De eso nunca me arrepentiré.

Cuando atraviesa la puerta, la poderosa luz la hace parpadear, los murmullos golpean sus oídos y, por primera vez en mucho tiempo, le parecen molestos. Había pasado toda la noche y la mitad de la mañana en el pequeño almacén, por lo que el aire ahora le parece tan puro como el infierno.

Mira a su alrededor y no encuentra nada interesante: sus compañeros (Con excepción de Sasha, quien mordisquea despreocupadamente una salchicha asada), acarrean provisiones y armas al vehículo que será su salvación; Reiner y Bertholdt revisan el horizonte; Annie parece preocupada, mirando a la nada mientras sus manos son invadidas por un pequeño temblor; Ymir aún no está vestida del todo, se abotona la camisa mientras indica a los demás las tareas a realizar.

Ymir la mira un momento y le dedica un breve guiño, Historia lame sus labios otra vez. Muy pronto estarán en marcha, muy pronto tendrán todo el tiempo del mundo para hacer el amor. Muy pronto…

-¡Christa!

El primer saludo de la mañana. Apenas su mirada se despega del soldado, Connie Springer, quien acarrea una caja incompleta de latas de sopa de tomate, entra en su campo de visión. Le sonríe, alza su mano para atraer su atención; ella no devuelve el gesto, aun no.

-Nombre equivocado.

Escucha la discreta risa de Ymir a lo lejos, mientras sonríe ante la expresión desencajada del más inocente de sus camaradas. No tiene muchos ánimos de tratar con él, o con alguno de los otros, está impaciente, tanto que no lo puede controlar. Quiere irse, quiere salir de ahí.

Quiere saber que no perderá todo nuevamente.

Cuando se acerca al camión de carga, nota que su medianamente largo cabello se ha impregnado de polvo y suciedad. Observa la distancia pensativa, del mismo modo en que Annie lo hacía momentos atrás. Siente las miradas inquisidoras de Jean Kirschtein y Connie Springer sobre ella, cuestionando su extraña actitud. Acaricia sus sienes.

"Son amigos de Christa" Se recuerda con pesar "Es normal que Historia no les parezca familiar"

Después de todo, Historia no tiene amigos, nunca los tuvo; solo tenía sus libros, sus peones, y un tablero de ajedrez. Sus ojos muertos pasean por el escenario, mientras las tareas son completadas poco a poco hasta alcanzar su totalidad; Armin parece más cansado de lo usual, con las ropas sucias y un peculiar olor a tomate a su alrededor.

-¡Me he resbalado, en serio!- Escucha discretamente como el pequeño rubio explica a Mikasa Ackerman y a Eren Jaeger su situación –Nada ha pasado en realidad…

"Mentiras" Se cruza de brazos, regresando la mirada a su punto original: en realidad no es asunto suyo.

Vuelve a observar pequeños detalles de su entorno. Los titanes miran a la distancia, señalando una elevada columna de polvo que ella ya había logrado vislumbrar. ¿Por qué nadie más la ha visto? Un escalofrío de nerviosismo recorre su piel, pero prefiere ignorarlo por cosas mejores.

Como la pequeña distancia que separa el cuerpo de Ymir de la delgada figura de Annie Leonhardt.

Muerde su labio con frustración, sintiendo una necesidad incalculable de cortar abruptamente esa cercanía. Ymir le da la espalda, encarando a una Annie que reposa su cuerpo contra la pared, con los brazos cruzados y las manos firmes del sargento a sus costados.

"Tranquila" Se dice a sí misma "Debes tranquilizarte"

Respira hondo. Christa hubiese desviado la mirada, pero Historia observa fijamente, asegurando que la fuerza de sus orbes azules penetre lo más profundo de su interior; ríe internamente ante recuerdos fugaces de aquella mañana. Esta molesta, pero esa molestia la hace sonreír.

-¿Pasa algo, Armin?- Pregunta Mikasa Ackerman a su izquierda, cuando Historia mira con el rabillo del ojo la situación, encuentra al chico estratega con el ceño ligeramente fruncido, mirando a la misma dirección en la que ella lo hace, intentando disimular un inseguro desdén.

-No… Pasa nada- Murmura débilmente, mientras sus ojos azul marino se posan en lo primero que encuentra a su alrededor. Mikasa ladea la cabeza ligeramente, mirando a Eren, compartiendo una mirada confusa.

"Con que esas tenemos" Historia sonríe, pero esa sonrisa se borra en el momento en que regresa su mirada al peculiar par de nazis que discuten algo que no puede interpretar por sus labios y, mucho menos, por sus rostros; Annie, Armin, sin duda es algo que nunca esperó.

-Entonces- Escucha decir a Ymir, su voz es tan lejana que tiene que concentrarse para descifrar cada una de sus palabras –Tu tendrás el privilegio de cortar mi maldita cabeza.

Guarda silencio, alza una ceja mientras observa como esos cuerpos tan conocidos se separan bruscamente; un mal presentimiento golpea su pecho, la columna de humo se acerca con cada segundo y las crudas palabras de Ymir llegan hasta su interior.

"Es mi imaginación" Se consuela, pese a que un cosquilleo en su garganta remarca su error "Solo eso, solo es eso"

Canaliza todo su alivio en un simple suspiro, un suspiro que muere en cuanto la feroz mirada de Ymir se clava en su cuerpo; se acerca con lentitud, elevando pequeñas partículas de polvo y tierra ante el peso de sus botas militares. No despega sus ojos de ella en ningún momento, no deja de devorarla hasta que alcanza su posición.

-Te estas divirtiendo- Acusa arrastrando las palabras, mientras las manos enguantadas de la chica soldado atrapan su cintura como una trampa atrapa a su presa, besándola sin decir nada más. Parece nerviosa, sus labios tiemblan con ansiedad.

"Es solo mi imaginación"

-¿No piensas escapar?

-¿Qué hacías con Annie?- Sus compañeros la observan incomodos, mientras pasea sus dedos entre su cabello castaño -¿Qué demonios hacías tan cerca de Annie?

-Te he hecho una pregunta- No responde, pero se toma la molestia de atar apropiadamente la corbata negra de su uniforme militar –Creo que Reiner se las arreglaría para robar otro Mercedes y alejarte de mí.

-¿Escapar del escape?

-Uno nunca sabe- Muerde su labio –Historia es impredecible.

El titán sonríe, y esa estúpida sonrisa la hace sonreír. Desciende hasta su cuello, mordiéndolo, ella, por su parte, echa su cabeza hacia atrás con una risa de puro jubilo. Acaricia su nuca, pasea la vista por su pecho y sus medallas, verla a la luz del sol después de tanto tiempo se siente bien.

-Christa escaparía- Poco a poco, retira las manos de Ymir de su cuerpo, mirando directamente a sus ojos color marrón –Pero Historia no piensa hacerlo.

Se separan un poco, lo suficiente para ver sus rostros, percibir su aroma, disfrutar la cercanía de la otra con tanta pureza que no creen que pueda ser real. Miran a su alrededor, y se percatan de que los preparativos han terminado, las manos temblorosas de Ymir acarician sus mejillas con suavidad. Historia se siente afortunada, por primera vez en su interrumpida existencia, Historia Reiss, el rostro tras la máscara, se siente feliz.

–Estoy de tu lado… No importa que.

Christa. Historia. Christa. Historia. Todo es más complejo de lo que creía imaginar pero, a su vez, todo es perfecto.

Entonces, cuando los bruscos pulgares acarician sus pómulos, la alerta de Reiner llega a sus oídos, la columna de polvo se acerca cada vez más, el miedo repentino en los ojos marrones de Ymir se hace palpable y los pasos veloces de Annie Leonhardt se acercan al camión.

Los han encontrado.