Dachau - 1945

Los difusos rayos del sol acarician su rostro con delicadeza, como si intentasen jugarle una broma absurda y cruel.

"¿Qué hora es?" Pregunta en silencio, sus piernas se mueven torpemente a través del inmenso erial. Camina un poco, otro poco, y luego un poco más, solo para permitirse caer de rodillas, cediendo ante el cansancio, arrastrándose hasta descansar su acabada espalda contra los restos chamuscados de un muro que ha sobrevivido a la insolación. Mira su reloj, pero recuerda que este se rompió en su primera caída; mira al cielo, pero el escudo que se cierne sobre él, hecho de ceniza, polvo y tierra, es tan extenso que le impide calcular la posición del sol. "Debe ser mediodía"

Lo sabe, siempre es medio día. Levanta su mano, pero el agudo dolor de la jaqueca arrebata sus fuerzas, provocando que esta se desplome antes de llegar a su sien; el latido dentro de su cabeza es tan fuerte como el de su corazón.

"Tengo sed"

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué siente tanto dolor? ¿Le han disparado? Sí, es lo más seguro, puede ver un rastro rojizo marcando el camino que acaba de recorrer. Pero no lo recuerda. No recuerda más que el fuego, el dolor, y su desesperada huida. Recuerda a un gran número de sus hombres soltando sus armas con terror, solo para esconderse entre las pilas de cadáveres famélicos que cubrían cada tramo del lugar, llevándose consigo las armas, municiones y provisiones que a ella le encantaría tener justo ahora.

Frunce el ceño. Cuando esas ratas cobardes comprendieron que no había escapatoria, escupieron a su líder, saquearon lo que pudieron de las reservas y se aglutinaron en la ruta de escape más cercana: empujándose, golpeándose, matándose los unos a los otros para sobrevivir. Pero no sirvió de nada. A estas alturas ya deben estar muertos, y ella pronto lo estará.

"Debo salir de aquí"

Pero no consigue ponerse en pie. Por más que lo intenta, siempre termina cayendo de una forma más patética que en la ocasión anterior. Su garganta arde, sus labios están tan secos que por un instante cree que se convertirán en cenizas la próxima vez que se atreva a reír. Tiene sed, mucha, tanta que podría beber su propia sangre.

"¿Este es el fin?"

Estaba equivocada: sus delgados labios continúan intactos cuando una risa seca escapa de ellos, convirtiéndose en un molesto chillido y, más temprano que tarde, en un poderoso e insistente ataque de tos. Sus manos temblorosas se aferran al suelo, los raspones en ellas liberan gotas de sangre que humedecen la tierra y la hacen oscurecer; en otra ocasión, esas violentas contracciones la habrían hecho devolver su almuerzo, pero ahora su estómago está vacío, y sus fuerzas solo le alcanzan para completar una insignificante arcada.

"Maldición"

Escupe saliva, y ese líquido desperdiciado la hace sentir mucho más débil de lo que se sentía ya. Se gira sobre sí misma, con la espalda tocando completamente el suelo, sin importar que su gallardo uniforme se impregne de tierra, sangre y lodo. Mira al cielo, y desea que la neblina se despeje lo suficiente para observar, aunque sea por un momento, el cielo en todo su esplendor. Desea ver ese hermoso azul antes de que todo termine.

"Pronto todo terminará"

Vuelve a reír. ¿Así, con ese corazón tan débil, pretendía ganar una guerra? No, nunca lo creyó posible y ahora, con el sobrecogedor hedor a muerte y putrefacción rodeándola por cada ángulo existente, lo cree menos todavía; los pocos hombres que permanecieron fieles a ella han muerto, a manos enemigas, a manos de sus propios instintos suicidas, o a manos del motín de prisioneros judíos que se las han arreglado para sobrevivir. Lo han quemado todo, como les ha sido ordenado; lo quemaron todo y difícilmente han podido hacer más.

Ellos se acercan. Lo sabe. Los escucha. Y mientras lo hacen, mientras el suelo se tiñe de rojo y el inaguantable olor a madera y carne quemada invade todo a su alrededor, el cielo tras las nubes continua siendo tan azul como aquel día, como el día en que la conoció.

"Es su azul"

Por su puesto que la recuerda, sería una idiota si no lo hiciera, y cada vez que lo hace es atacada por el dolor de mil saetas clavadas en su corazón.

No existe en el mundo, ni en este ni en el otro, un azul tan hermoso como el de los ojos de Historia Reiss. Ninguno, ni aun el color de la limpia bóveda celeste se les puede comparar; pero apenas los recuerda, y ese color es el único que está a su alcance.

Ese azul la metió en esta penosa situación. Ese azul la obligó a vestir con la piel de un demonio para protegerla. A ella. A su rey.

Si, había sido ese azul. Recordaba ese color mientras recorría las tediosas marchas dirigidas por Keith Shardis, líder de su escuadrón de cadetes, quien gritaba a su oído insultos que la hacían enfurecer; recordó ese color cuando tuvo la oportunidad de apuñalar al propio Heinrich Himmler mientras le otorgaba su anillo de honor y, de paso, degollar a Rhodes Reiss, quien observaba dicho acontecimiento con orgullo.

-Este es el futuro de nuestro pacto- Dijo el religioso en aquel entonces, jubiloso como el padre que nunca tuvo la oportunidad de conocer; lo odiaba, deseaba matarlo, pero el recuerdo de ese azul era como un ungüento a su corazón. Lo hacía por ella, soportó todo por ella. Soportaría todo por ella.

Incluso esto.

Respira, pero cada bocanada de aire parece corrosión, duele respirar, las cenizas duelen. Escucha sus pasos, se están acercando, pero no puede correr; ocurrió lo mismo hace muchos años, el día en que ese azul se perdió de vista en una nube de polvo, tierra, y diminutas cantidades de pólvora.


Frontera Polaca - 1940

-¡Traidores!- Grita alguien a sus espaldas, a la par de una ráfaga de disparos que parecen pequeñas gotas de lluvia en medio de un día caluroso; no puede verlos, la ligera nube de polvo no le permite ver a su enemigo por más cerca que este, solo escucha sus pasos presurosos y el fuerte sonido de un motor -¡Mátenlos! ¡Mátenlos por Alemania!

-¡Ymir!

Es ella, esa es su voz. Palpa el aire, extiende su mano para buscarla, pero solo encuentra viento y soledad donde se supone que ella debería estar. No está, no está a su lado.

-¡Historia!

El ruido se hace más y más fuerte, mientras su instinto la obliga a deslizarse por el suelo en busca de un refugio que le permita cargar su arma y respirar. Toma una pequeña cantidad de municiones del bolsillo izquierdo de su uniforme, pensando en lo sencillo que todo resultaría si su arma estuviera cargada en primer lugar. Pero no es momento de pensar. Historia está ahí afuera, debe terminar con esto lo más pronto posible.

Agudiza sus sentidos, percibe un ligero olor a pólvora y combustible: sean lo que sean los están rondando, y son más rápidos de lo que ella, en estas circunstancias, puede llegar a ser.

"Los malditos tienen un auto. ¡Los hijos de perra tienen un auto!"

Uno solo, puesto que puede escuchar un considerable número de pasos provenientes de pesadas botas militares seguido por el constante abrir y cerrar de puertas metálicas. Es un vehículo ligero, quizá de cuatro pasajeros, el motor suena averiado, quizá a raíz de un uso rudo y constante. Son los búhos, Ymir lo sabe con seguridad, solo ellos serían lo suficientemente estúpidos para tratar de esa manera a un excelente vehículo militar.

"¿Quién lo diría? Estamos de suerte"

Cierra los ojos, con la intensión de concentrarse lo suficiente para seguir la dirección de los pasos enemigos; uno de ellos llama su atención, parece más ligero y lento que los otros. Toma su arma y dispara a la niebla, a ciegas, recibiendo en respuesta el quejido agónico de una garganta joven. Era apenas un recluta, quizás más joven de lo que ella es.

Reiner grita victorioso, pero el sonido llega a ella como si se tratara de un susurro; prepara un tiro más.

Sabe lo que ha sucedido: El primer camión de carga, el que salió cargado de refugiados con destino a Dachau y que aún se encontraba al mando de la compañía Reebs, ha caído. Lo puede deducir por las expresiones de gloria de quienes los rodean: lo interceptaron, escucharon las confesiones de los presos resentidos y los mataron a todos. Hombres, mujeres, y niños.

"De todas formas iban a morir" Si, lo admite, su destino fue triste, pero para ellos ha sido quizá el mejor de los peores escenarios que se pudieron presentar.

Un soldado experimentado, un miembro de la Schutzstaffel como ella, habría llamado refuerzos, habría buscado testigos, habría hecho todo lo posible para que los traidores cayeran vivos en las garras de la Alemania Nazi, para pasar sus escasos años de vida en las penurias de un Campo de Concentración; eso habría hecho ella. Los hombres de la Sturmabteilung, por otra parte, tenían una forma más directa de proceder.

Habían matado a todos los hombres de Reebs, eso es seguro, quizá mientras se rendían y dejaban sus armas a un lado para mostrar sus palmas vacías. Las SA siempre han tenido mala reputación, incluso dentro del partido; ¿Cuánta gloria ganarían al capturar a un grupo de superiores rebeldes?

Reebs no lo vio venir, mucho menos la docena de refugiados que lo acompañaban. Al final, Ymir no puede hacer más que recitar una plegaria hipócrita por todas esas almas perdidas.

"Es lo más noble que ese vende sueños hizo en su vida" Apunta a ciegas y vuelve a disparar "Me aseguraré de darle un buen uso a su nobleza"

¿Qué tan lejos queda América? Cuando el polvo se disipa, la respuesta a su pregunta llega con facilidad: América esta, por ahora, a cuatro soldados y medio de distancia, la bala ciega que disparó al inicio estuvo a punto de cargarse completamente al quinto.

-¡Uno menos!

Sale de su escondite, el polvo bajo sus pies arde tanto que siente el calor a través de sus botas. Puede verlos: sus rostros aturdidos, las armas en sus manos, el Volkswagen todoterreno que utilizan para cubrirse. Un proyectil ajeno roza su mejilla, pero el suyo, el que dispara presurosamente sin detener su marcha, alcanza al soldado herido, terminando con él: solo quedan cuatro.

-¡Ymir!

Es ella. No puede mirarla, si lo hace, morirá. Decide ponerse a salvo, refugiándose tras una pila de cajas de provisiones vacías que parecen un regalo de los dioses para su protección. Mira a sus costados, descubriendo que sus dos compañeros han encontrado refugios similares al suyo: el de Reiner es grande y amplio, pero el de Bertholdt es tan estrecho que apenas puede ocultar su enorme figura tras él.

-¡Ymir!- La llama otra vez, y el sonido de su voz trae a su paladar sabores desagradables -¡Por favor!

"Debe estar bien" El sudor frio desciende por su frente mientras carga otro tiro; pese a que ella no está participando activamente en el tiroteo, nunca había estado más asustada en su vida "Tiene que estarlo. Estará ahí, esperándome como siempre, sonriendo"

Y si, lo está, pero no sonríe. Grita frases inentendibles mientras Eren Jaeger, el chico al que ha apodado Pequeño Titán, sostiene su cintura con fuerza, halándola hacia si mientras ella lucha por correr en dirección contraria: hacia su posición, hacia las balas.

"Bien hecho, Eren" Dispara una vez más, pero su proyectil se encuentra con la dañada carrocería del vehículo enemigo, dejando un marcado rasguño "Maldición"

Se toma las cosas con calma o, al menos, eso es lo que intenta hacer. Mira de soslayo al camión y ve como Ackerman y Kirschtein buscan armas, mientras Braus y Springer parecen preparar algo en la parte de atrás. La pintura grisácea tiene algunos raspones, pero la mala puntería de la patrulla fronteriza es evidente y trascendental.

"De no serlo, ya estaríamos muertos"

Lo último que ve antes de concentrar toda su atención en el enfrentamiento, son los pataleos indignados de su chica y los brillantes ojos verdes del Pequeño Titán: al notar su mirada, el chico le dedica un ligero y casi imperceptible gesto afirmativo. Por primera vez en todo el viaje, esta agradecida de haber traído a todos esos estorbosos chiquillos consigo.

-¡Ymir! ¡Al suelo!

Obedece sin pensarlo; cuando su pecho toca el suelo, la voz de Bertholdt es opacada con el sonido de un motor puesto en marcha. Historia emite un grito ahogado de horror cuando una de las cajas más grande tras las que se cubría se hace pedazos sobre ella, liberando restos de madera y astillas sobre su rostro y manos; parpadea un par de veces, no tiene ninguna herida de gravedad.

"Ninguna que duela, al menos" Solo tiene un par de rasguños en su rostro. Examina la caja más de cerca: la ha alcanzado un disparo, uno con más impulso del que le hubiera gustado.

"¿Cómo?" Se desliza fuera de su escondite un momento, solo para tener una perspectiva clara de su situación: tres de los soldados de uniforme pardo han descubierto sus posiciones, corriendo sin rumbo específico mientras el cuarto usa el pequeño todoterreno como un arma, creando nubes de polvo que entorpecen su puntería. Dispara tres veces, fallando dos y obteniendo un ligero quejido por el último "Maldición"

Esto no mejorará, no mientras sus enemigos tengan esa molesta cosa de su parte. El soldado en el Volkswagen conduce en círculos arbitrarios, con tanta prisa que le es complicado apuntar; cada vuelta levanta más polvo, y cada nube de polvo proporciona a sus enemigos mayor protección. En una de esas vueltas, los neumáticos traseros pasan sobre el cuerpo de su camarada muerto, salpicando el suelo y el aire con una ligera ráfaga carmesí.

Analiza la situación con varias gotas de sudor resbalando por su frente. Para su grata fortuna, el vehículo no tiene techo, por lo que las oportunidades de acertar un tiro son más esperanzadoras de lo que podrían ser. Mira a Reiner, y ambos se entienden sin necesidad de hablar: esto no terminará, no hasta que detengan esa cosa.

-¡Demonios, Christa! ¡Deja de morderme!- Christa. Una sonrisa fugaz cruza por sus labios mientras escucha a Eren gritar con más fuerza, como si la chica que sostiene quisiera arrancarle la piel.

Christa no sería capaz de ello, pero Historia… Bueno, Historia es diferente.

"Historia es real" Sonríe, pero esa sonrisa se borra en cuanto recuerda lo que debe hacer.

Abandona su refugio, corriendo para llamar la atención del hombre con el Volkswagen. Un disparo de alguno de los hombres a pie roza su hombro, pero decide no prestarle atención. Siente como su sudoroso uniforme se pega a su cuerpo, pero eso es lo que menos le importa ahora. Los neumáticos siguen sus pasos: la persigue, la asecha.

-¡Te tengo!

Reiner. Esa es la voz de Reiner. Esa es la señal. El proyectil cruza el aire en un silbido, penetrando donde debería estar la ventana del conductor, adhiriéndose al brazo izquierdo del mismo; no se detiene, pero pierde velocidad y, por unos segundos, parece perder el control de la máquina que conduce.

Ymir sonríe con orgullo, esquivando con facilidad un par de disparos torpes dirigidos a sus piernas y torso. Hace mucho tiempo, cuando eran cadetes, la puntería de Reiner era la peor de todo su escuadrón: no era propenso a apuntar, no tenía la paciencia para ello, solo para disparar. Una vez, la única vez que Reiner había acertado un tiro a gran distancia, apostaron la cena de tres meses a que podía volar un cigarrillo de los labios de Berik sin matarlo. Dios, el pobre chico calló inconsciente en cuanto el cigarrillo fue arrebatado de su boca.

-Tú y tu maldita suerte- Le dijo entonces, con el estómago vacío y sin cenar. ¿Quién diría que esa molesta habilidad seria verdaderamente útil algún día?

Dispara, y su bala entra en el hombro de uno de los tres soldados en tierra firme, el único que aún no se había tirado al suelo para disparar; una bala roza sus pecas. Ymir retrocede, ocultándose tras el mismo montículo de cajas vacías en el que el Titán Acorazado se escondía momentos atrás. Sin duda era cómodo.

-¡Reiner!

Bertholdt suena desesperado, ansioso, pero ella tarda en comprender el porqué: el rubio dispara a diestra y siniestra, agotando sus escasas municiones para reemplazarlas por unas nuevas y volver a disparar. Las balas golpean la carrocería y el parabrisas, pero nunca dañan al conductor. Una de las municiones del resto de los soldados pardos lo hiere en el hombro, haciéndolo emitir un grito.

-¡Muérete, maldita sea!

"Sabía que era demasiado bueno para ser verdad" Ahora los tres soldados pardos están pecho tierra, disparando entrecortadamente, aprovechando los instantes en que cargan sus armas para disparar. Ambos bandos salen ilesos "¿Qué diablos está haciendo Berth?" Lo mira en un parpadeo, las manos del gigante tiemblan y las lágrimas nacientes en la comisura de sus ojos le impiden apuntar con propiedad "¡Maldita sea!"

Regresa la vista a Reiner, está molesto y frustrado, su sudor es tan denso que parece pesar más de lo normal, la vena en su frente se vuelve prominente a cada segundo, sus dientes castañean con tanta fuerza que puede escucharlos desde su posición. Tiene miedo, Ymir lo sabe, y ella lo tiene también.

"Todos lo tenemos" Ahora son sus manos las que tiemblan sin control; es cierto, tiene miedo pero, al recordar el precioso azul en los ojos de su diosa, desaparece toda pizca de temor; si la capturan, si esos infelices capturan a Historia, sabe perfectamente lo que le harán "Debo vivir a como dé lugar"

-No- La voz de Reiner se pierde entre el sonido de los neumáticos frenando violentamente en un semicírculo. Su dedo oprime el gatillo una y otra vez, pero el arma permanece tan inerte como lo está un muerto, expulsando una delgada columna de humo a través de su cañón. Palpa su uniforme en busca de municiones nuevas: no encuentra nada -¡No! ¡No! ¡No!

-¡Reiner! ¡¿Qué esperas?! ¡Recarga!

-¡No tengo más balas, maldita sea!

Bertholdt intenta acercarse, pero los tres soldados restantes concentran sus municiones en él, enviándole una ráfaga de disparos; ella intenta acercarse también, pero solo logra vaciar su arma mediante intentos inútiles; carga una vez más, su última dotación de balas. Mira a Reiner con desesperación. El auto da una vuelta brusca para intentar arroyarlo. No tiene armas, no tiene a donde correr.

-¡Fuera de mi camino!- Traga saliva. El sabor de la muerte recorre sus venas. Corre hacia el rubio con el cañón del arma levantado, de cara a la ventanilla del conductor: solo necesita un buen tiro, solo uno. Sus ojos se centran en la presa como los ojos de un caballo en el camino, Bertholdt llama la atención del resto de los hombres al correr en dirección contraria a la de ella, dándole espacio libre para maniobrar.

Cuando apunta su revólver, el sonido del motor se convierte en su todo, en su vida, como lo son la sangre, la muerte, y el azul.

"Como lo es Historia"

El primer disparo pasa tras la cabeza del SA; el segundo arremete contra la carrocería; el tercero, el más desesperado de todos, no consigue penetrar el neumático delantero como le hubiera gustado. No le queda más tiempo.

-¡No esta vez!- Cuando Reiner aprieta el gatillo nuevamente, la cabeza del conductor estalla en mil pedazos.

Los ojos de Ymir se abren como un par de platos, esta tan sorprendida que el revolver que utiliza en lugar de su arma reglamentaria casi cae de sus manos. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué diablos ha pasado? El arma del chico rubio estaba vacía, ella misma lo vio halar el gatillo en innumerables ocasiones sin obtener resultado. El conductor cae, el vehículo recorre un par de metros antes de detenerse. Sangre y materia gris escurren por el mando y el parabrisas.

-¡Ten más cuidado!- Le grita Reiner y, antes de darse cuenta, la arrastra tras el Volkswagen para cubrirla de la ira de los soldados amedrentados que se han propuesto encontrar una ventaja nueva que aprovechar. Ymir frota sus ojos, una pequeña cantidad de polvo ha entrado a ellos y le impide ver con claridad. A su lado, Reiner revisa la herida en su hombro.

-¿Cómo se ve?- Le pregunta consternado, ella libera un bufido de obstinación.

-Vivirás, idiota– Frota sus ojos una vez más -¿Taclearme era realmente necesario?

-¿Taclearte? Casi me vuelan el brazo. Deja de quejarte y tomate esto enserio- Reiner suspira cansado –De no ser por esos chicos, ambos estaríamos muertos.

Ymir, con los ojos enrojecidos, parpadea un par de veces. Comprendiendo en partes lo que el chico intenta decirle. Pero cuando mira hacia atrás, atraída por el sonido de un motor más poderoso puesto en marcha, se ve obligada a asentir.

-¿Quién lo diría? Traerlos con nosotros fue una buena idea después de todo.

Sin duda lo fue. Ve el fulgor de un par de orbes negros como el fondo de un pozo vacío, custodiados por una piel tan blanca como el papel, que contrasta perfectamente con una bufanda color rojo sangre. Annie da un par de vueltas brutales con el camión, usando la misma estrategia que sus enemigos utilizaron minutos atrás. La bufanda de Mikasa se agita con el viento, mientras su escopeta aprovecha el constante movimiento para escupir disparos precisos y amplios que hacen a los SA retroceder.

-¡Ymir!

Salta de sorpresa, apuntando su arma vacía a un rostro que le resulta familiar, un rostro que parece igual o más aterrado que el de ella -¡L-Lamento haberte asustado!

-¿Sasha?- Parpadea, nuevamente, un par de veces. La respiración agitada de la cazadora le produce un cierto alivio, su cabello esta desordenado y lleno de suciedad, tanto su arco como su carcaj descansan sobre su espalda, y en sus manos se encuentra una bolsa negra de la que salen pequeños y sospechosos tintineos -¿Tienes la menor idea de la situación en la que estamos? ¡Pude haberte disparado, por Dios!- Sasha rueda sus ojos.

-Pero no lo hiciste, y por eso estoy aquí- Ymir alza una ceja.

-¿Para qué te dispare?

-No seas idiota- Su mirada provoca en Sasha un respingo nervioso –N-No fue mi intensión… Yo solo…

-¡Basta de palabrerías! Haz lo que sea que debas hacer…

Sasha asiente. Vacía la bolsa inmediatamente, y el melodioso sonido de las balas al encontrarse con el suelo le parece el más hermoso que ha escuchado jamás. Sasha les ha traído suficientes municiones para soportar unos minutos más. Reiner la mira, ella devuelve su mirada y, sin pensarlo dos veces, comienzan a cargar sus armas y a guardar las balas restantes en sus bolsillos.

-Mikasa nos ordenó traerles esto- La cazadora señala a su derecha, en dirección a la pila de cajas tras la que se esconde un aterrado Connie Springer otorgando municiones a un nervioso Bertholdt Fubar –Dijo que deben darse prisa.

Ymir asiente, clavando sus ojos marrones en el color ámbar de Braus.

Cuando Mikasa Ackerman, la hermana adoptiva de Eren Jaeger, decidió tomar el mando de la situación, las cartas cambiaron a su favor repentinamente. Los alemanes consideraban inferior a cualquier raza no aria, pero esa asiática era tan fuerte como cualquiera de ellos e incluso más; ella misma lo comprobó cuando le mostraba el funcionamiento de Dachau y el manejo de las armas reglamentarias.

"Fuerza increíble, puntería excepcional, una mente brillante. Si esa chica lo quisiera, todo el mundo sería suyo" Y su compañera, Sasha Braus, no se quedaba atrás.

Ymir mira con atención como toma su arco con la velocidad de un parpadeo, disparando una sola flecha que desarma al único soldado que ha sido lo suficientemente estúpido para intentar un ataque directo a pie; Bertholdt dispara una bala que cruza el polvo en un silbido para incrustarse en su muslo y hacerlo caer. Annie hace que el camión gire nuevamente.

Reiner se queda sin habla, Ymir sonríe mientras Sasha guarda el arco sobre su hombro y cuenta las flechas restantes en su carcaj.

"Por esta chica, Dauper siempre tenía los mejores trozos de carne de la ciudad"

Era cierto, sus recuerdos son vagos, pero inolvidables. Había entrado a la tienda una sola vez en su vida, con la intención de observar el entorno en la que su presa se solía mover; solo habían pasado un par de semanas desde que Rhodes Reiss le encomendó matar a su bastarda, y en ese tiempo aún se debatía entre el pasado y el deber. Sea como sea, no había aprendido nada en su breve visita a Dauper, pero se había ido a casa con las mejores costillas que ha tenido la oportunidad de probar.

-Gracias.

Sasha la mira sorprendida y, aunque en sus mejillas se dibuja un difuso rubor, la mira con seriedad.

-Si las municiones se terminan, hagan una señal y les traeré más- Ymir asiente, Reiner hace algo similar. Cuando la cazadora se da la vuelta, lista para volver junto al resto de sus camaradas, Ymir la toma del brazo.

-Sasha- La chica la mira, sorprendida, expectante. Ymir aún puede escuchar las protestas de su diosa al intentar liberarse, la observa de soslayo y una parte de su corazón parece próxima a explotar –Si permites que algo malo le pase, te desollare como a un conejo para la cena.

Sasha sufre un escalofrío.

-E-Entiendo.

En cuanto la temblorosa chica se retira, Ymir hala el gatillo una vez más. Sus enemigos corren de un lado a otro, desesperados, tomando como refugio el cobertizo vacío del que todos parecen haberse olvidado en medio de tanta brutalidad. Uno de ellos dispara desde la ventana, el otro se esconde en la parte de atrás.

-Iré hacia allá- Reiner la mira con la expresión desencajada.

-¡¿Estas demente?!- Pregunta en un grito, cargando el arma por segunda ocasión –Puedes morir. No, vas a morir si corres hacia su maldito campo de tiro.

-Si no terminamos con esto, más de ellos vendrán- Por primera vez, ve frustración y angustia en los ojos azules del Titán Acorazado –No podrán irse si más de ellos llegan a molestar…

Hay silencio, pero finalmente el rubio hace un ligero gesto afirmativo; sabe perfectamente que lo que dice es verdad. Sabe que el escandalo pronto atraerá a otros, y a otros, y a otros.

-Te cubriré- Ymir sonríe, sus puños chocan amistosamente por primera vez en mucho tiempo.

-Eso espero.

Corre lo más rápido que puede, intentando rodear el cobertizo para disparar desde ahí. Annie la sigue con el camión de carga, dándole a Ackerman y a Braus la posición perfecta para contraatacar. Mira en su dirección un momento, topándose con el azul del cielo en dos orbes brillantes.

-¡Suéltame!- Muerde la mano de Eren otra vez, arrancando de él un pequeño grito.

Christa. De haber sabido que se trataba de la misma niña de ojos azules que conoció cuando era más joven, nunca habría establecido ningún trato con la familia Reiss; no, habría degollado al hombre en la primera oportunidad para ponerla a salvo.

Si tan solo se hubiera quedado con ella, si tan solo la hubiera escuchado…

Sacude la cabeza con fuerza: no puede lamentarse, no ahora. Luego, cuando estén en Boston, recostadas la una al lado de la otra en una noche invernal, tendrán todo el tiempo que crean suficiente para ello.

El soldado dentro del almacén no deja de dispararle, deteniéndose solo para esquivar los frecuentes tiros de Ackerman y las flechas de Braus (Varias de ellas se encuentran clavadas en el marco de la ventana). Pero eran dos los SA que permanecían con vida. ¿Dónde está el segundo?

-¡Ymir!

La advertencia llega demasiado tarde, el soldado la intercepta desde la parte de atrás del almacén, con sus ropas pardas repletas de raspaduras, y una flecha atravesando su brazo de lado a lado, ahí donde la esvástica debería saludar orgullosa; mira sus ojos, y la reciben un par de enloquecidos ojos azules flanqueados por profundas ojeras purpuras.

-Te tengo…

Ya es tarde, aunque levante su arma no podrá disparar más rápido que él. Recuerda parte de su vida: el dolor de sus tediosos entrenamientos, la sangre de los inocentes salpicando la punta de sus botas perfectamente lustradas, el olor de la carne y las lágrimas de los presos que saltaban al alambre de púas para morir con dignidad; los cálidos labios de Historia al encontrarse con los suyos, el calor de su pequeño cuerpo cuando se recostaban lado a lado luego de hacer el amor, todas esas veces que le pidió matrimonio jocosamente.

"No" Se dice a sí misma en un instante, el instante en que el cañón del arma enemiga se posa sobre su frente "En el fondo, hablaba enserio"

-¡Vuelve aquí!- Mientras sus ojos marrones se cierran, quizá para no abrirse jamás, el único sonido dentro de su cabeza es el grito desesperado de Eren, y el sonido de una carrera presurosa que se acerca a ella -¡Historia!

"¡Historia!" Abre los ojos de golpe. Cuando la sangre salpica la tierra, su rostro se encuentra limpio, y no siente ningún dolor.

-¿Qué?

Mira al soldado, solo para descubrir que una perforación sanguinolenta marca el centro exacto de su frente, la sangre fluye a borbotones de sus labios mientras el arma vacía resbala de sus manos muertas para encontrarse con el suelo, del mismo modo en que su portador lo hace segundos después.

Esta muerto. Mira hacia atrás, y un par de ojos azules, del mismo azul que tan desesperadamente suele buscar en el cielo, la miran con determinación y triunfo.

-Finalmente- Murmura la pequeña Historia Reiss entre jadeos, con la escopeta humeante posada entre sus frágiles manos; Ymir permanece en silencio –También yo he matado a uno… Ymir…

Ahora lo entiende: los gritos furiosos del Pequeño Titán y las maniobras, al parecer, irreverentes de Annie compartían un único fin: llevar a Historia de vuelta. Había corrido hacia ella en cuanto se percató de la presencia del soldado enemigo que se acercaba sigilosamente; tanto su falda como su camisa están cubiertos de suciedad.

Ymir no se detiene a pensar, solo la atrae a su pecho, abrazándola, llenándose con el calor que despide; pasea sus manos por su rostro, acaricia sus pómulos perfectos, besa su frente, disfruta ese pequeño instante de paz que los dioses han decidido otorgarle en recompensa. Mira sus ojos, y en ellos encuentra el más hermoso azul que ha visto jamás. Ella es todo lo que desea, su delirio, su todo.

"¿Quién lo diría? Tengo sangre de poeta" Ríe entre dientes, ese tipo de pensamientos nunca han sido lo suyo.

-¿Qué has hecho?- Sus labios se rozan, siente su aliento tan cerca que apenas puede escuchar el intercambio de disparos entre Bertholdt y el último soldado pardo de las SA. Su corazón late con fuerza y, según parece, el de la rubia lo hace de modo similar. Esta feliz, pero no debe estarlo. Esta aliviada, pero esto no ha terminado aún -¿Tienes idea de lo que te pudo haber pasado? ¿Tienes idea de lo que me pasaría si…?

-Ymir.

Su voz la hipnotiza, la hace callar y soñar despierta de la misma forma en que lo hace un puñetazo en el rostro. No puede competir con la seriedad de su voz, ni con el cálido contacto de sus labios contra los suyos; se deja llevar, deja que sus manos se aferren a su cintura. Calla, y solo escucha su respiración.

-Ya no hay necesidad de vivir por otras personas, ¿Verdad?

Las dos manos de Historia se posan en sus mejillas, sus dedos acarician sus pecas como siempre lo hacen, aprovechando al máximo ese breve momento de soledad. Asiente, pero guarda silencio.

-¡A partir de ahora, podremos vivir por nosotras!

Sus manos descansan sobre su pecho, acercándose. Mira la escopeta en su espalda y, en los que había llegado a considerar sus últimos segundos de vida, confirma lo que ya daba por hecho: esta no es la misma chica indefensa que llegó a Dachau una noche de Noviembre. Historia posee la seguridad de la que Historia siempre careció; Historia sabe lo que quiere y, sin duda, como lo obtendrá.

Historia, el ser amoral que es capaz de asesinar a un hombre con tal de cumplir sus objetivos, puede cautivarla incluso en esa inoportuna situación.

–Puede sonar extraño- Sus manos se vuelven puños sobre su pecho -Pero siento que, mientras este contigo jamás volveré a sentir miedo.

Pero ella sí. Cuando la observa tomar la escopeta entre sus manos, Ymir siente como su corazón sube a su garganta para volver, en medio de un gran estruendo, a su posición original. La palabra asustada no basta para describir lo que siente en esos momentos. Aterrada, quizá.

"No puedo" Toma su brazo con fuerza, casi lastimándola "No puedo dejarla ir"

-¿Ymir?

La mira a los ojos, y la confianza en ellos la hace dudar. Reiner la llama desde lejos, exigiéndole que deje a un lado las tonterías y lo ayude de una maldita vez; debe hacerlo, quiera o no. El arma gana peso en su costado, mira a Historia, mira su tobillo oculto tras sus botas largas y, con pesar, recuerda la única ocasión en que una bala la hirió. No lo soportaría, no soportaría tanto miedo nuevamente. No puede permitir que suceda otra vez.

"Si me quedo con ella, volverá a pasar" Sus dedos se hunden en su brazo, puede ver como hace un discreto gesto de dolor "Para alguien como yo, no existe un futuro"

-¿Ymir? ¿Qué te sucede?

-¿A qué crees que estás jugando?

Regresa a la realidad debido a un incontrolable ataque de tos que le produce el polvo que levanta el camión de carga. Annie Leonhardt baja la ventanilla del conductor, observándolas con el ceño fruncido; sus dedos se aferran al mando con impaciencia. Hay un pequeño bullicio dentro del vehículo, como del abrir y cerrar de cajas, o de cuerdas en constante tensión.

-¿No es obvio?- Bromea Ymir en tono sarcástico, sus labios tiemblan con cada palabra –Divertirnos un rato, deberías considerar hacer lo mismo alguna vez.

-Ese tipo está perdido- La ignora, señalando al cobertizo donde su único enemigo aun lucha por sobrevivir –Si sale, está muerto; si se queda ahí dentro, está muerto. Pero su brillante idea de ocultarse en un depósito de armas será un gran problema para nosotros…

-¿Qué quieres decir?- Annie arregla un par de mechones rubios tras su oreja. Ymir la conoce, sabe que esa es una forma inconsciente de mostrar su nerviosismo -¿Crees que lleguen más patrullas?

-No lo sé. Pero si lo hacen, no debemos estar aquí para averiguarlo.

-¡¿Tú qué diablos crees que haces?!- Gira la mirada, y encuentra a Eren Jaeger tomando a su diosa por el brazo, usando toda su fuerza para llevarla a la parte trasera del camión; hay una pequeña venda cubriendo su mano derecha, y el rechinar de dientes y su cómico ceño fruncido no lo hacen lucir mejor.

-¿Qué ocurre, Jaeger?- Le pregunta con una sonrisa irónica –Te ves como una madre promedio.

"Una que le dispara a desconocidos, quiero decir" Aun tiene la pequeña cicatriz circular e su brazo izquierdo que le obsequió en su primer encuentro "Me pregunto si alguna vez sonreirá"

-¡Deja de jugar!

-¿Y qué harás, Eren?- Ahora es Historia quien le dedica una sonrisa burlona –No es como si tus cuidados fueran los mejores del mundo.

-¡¿Qué?!

-¿Olvidaste cómo te capturaron la última vez?- Eren se ruboriza, la mano que mantenía sobre el brazo de la chica tiembla con indignación.

-De no ser por mí, estarías…

-Eren- Mikasa habla y todos, incluida Ymir, guardan un silencio solemne. Su rostro es tan estoico que Ymir se pregunta si el hecho de haber matado a otro ser humano le produce alguna clase de remordimiento –No queda más tiempo…

Tiene razón, el tiempo se agota. Escucha las voces de Reiner y Bertholdt mientras lleva a Historia a la parte trasera del camión, tomándola por la cintura para ayudarla a subir; sus amigos la reciben, algunos con sonrisas, otros con molestia a causa de la preocupación, pero todos felices de tenerla de vuelta. Por un momento, en lo que considera un ataque de debilidad, Ymir se pregunta cómo será tener amigos.

-¡Demonios!

Es la voz de Reiner. No gira el rostro, sino que dirige su mirada a la pequeña ventanilla que conecta la parte trasera con la cabina del conductor. Annie la mira expectante, con un ligero brillo en sus ojos. ¿Qué espera que haga? ¿Qué? Presta atención a los sonidos nuevamente: los disparos han disminuido, siendo ahora ocasionales ráfagas que parecen venir de una sola dirección. ¿Se les habrán terminado las municiones? ¿Tan pronto?

-Ymir- La llama Historia desde la parte de arriba, ofreciéndole una de sus manos para ayudarla a subir -¿Qué es lo que esperas?

Pero no acepta su ayuda, no aun.

-¡No!

Se detiene, se paraliza en su lugar. El grito de Bertholdt la obliga a mirar atrás y lo que ve la hace pensar en todas sus acciones dos veces: el último soldado de las SA que queda es el más alto de todos, el más experimentado, el líder que sale de su escondite para llevar a cabo una última acción suicida, esquivando con maestría las balas de Reiner para atacar a un Bertholdt cuyas municiones parecen haberse agotado ya.

¿Qué diablos había hecho Springer? ¿Cuántas municiones le había llevado? ¿Diez? Mira a Connie con el ceño fruncido, haciéndolo retroceder.

-¿Ymir?

Historia la llama, su mano se cierra en torno a la suya, pero en ningún momento hace ademan de querer subir. El gemido del soldado enemigo indica que Reiner ha acertado un tiro, pero sus pasos no parecen detenerse ni disminuir.

Mira hacia atrás nuevamente, mira el escenario de sangre y muerte que han dejado a su paso, y se pregunta cuál será el destino de los dos titanes que dejarán atrás; mira hacia delante, al rostro preocupado de su diosa y al del resto de chicos que esperan huir. Ellos siempre han estado juntos, ellos eran la Legión de Reconocimiento mucho antes de que viera a Historia por primera vez; a su lado, ella solo es una extraña.

"Están aquí por mi culpa" Una gota de sudor frio desciende por su frente, mira nuevamente hacia atrás "No hay futuro para alguien como yo"

Por eso, en silencio, toma una decisión.

Observa el interior del vehículo con esperanza, y lo ve: sonríe, entre la diminuta mochila de viaje que guarda las pertenencias de su diosa, está el tablero de ajedrez que compartieron cuando eran solo niñas. Por un momento temía haberlo olvidado.

"Algún día, jugaremos otra vez"

Pero, muy en el fondo, sabe que eso no será posible. Ni con la suerte de Reiner podría lograr algo así. Posa la mano sobre su pecho, y un trozo de metal frio roza su palma abierta; lo arranca con delicadeza.

-¿Ymir?- Historia le dedica una sonrisa nerviosa -¿Q-Qué sucede?

Ha terminado, ella lo sabe muy bien. Rápido, más de lo que le hubiera gustado, acaricia su cabello, recorriendo esos hermosos hilos rubios de principio a fin, recorre su cabeza, su mejilla y su mentón, sonriendo con las pocas fuerzas que el dolor en su pecho le permite. Está cansada, y la confusión en esos orbes azules no la hacen sentirse mejor.

Ese azul. Ella podía encontrar las pequeñas diferencias entre todo tono de azul: el de Armin era como el color del mar, profundo y sabio; el de Reiner era como el anochecer, con un millón de secretos; el de Annie era frio, como un bloque de hielo flotando en el mar; pero el de Historia…

El de Historia era tan hermoso como el azul del cielo despejado, e incluso más. Siempre que vea el azul, le recordará a ella, a su primer y único amor.

Porque, por más que le cueste admitirlo, Ymir la ama. Ama a Historia más que a su propia vida, más que a su propio egoísmo. Por eso debe hacerlo, por eso debe dejarla ir.

-Lo siento…

Cuando el camión arranca, y su mano abandona la de Historia para siempre, Ymir lucha por contener las lágrimas que amenazan con escapar de sus ojos; cuando apunta su arma cargada al soldado sobreviviente, disparando una bala que se hunde en de su garganta, saliendo del otro lado, lo único que hay en su cabeza es la imagen de su diosa, su hermosa y perfecta diosa, alzando una de sus manos hacia ella, mientras la otra aprisiona la Cruz de Hierro que depositó en sus manos antes de partir.

"Se fue"

El soldado enemigo cae agonizante, ahogándose con la gran cantidad de sangre que brota por su garganta y labios. Su visión se nubla mientras los gritos de Historia se pierden en el viento, Reiner se aproxima a Bertholdt, quien parece haber sido herido en alguna parte entre la rodilla y el pie. Mira al horizonte, a la delgada nube de polvo que marca al camino del viejo camión gris, recuerda el brillo en los ojos de Annie cuando sus ojos se encontraron.

-Cuídalos- Parecía decirle. En el fondo, Ymir se alegra de haberla obedecido.

"Ahora, serás tú quien debe cuidarla a ella, más que a tu puta vida"

Toca su pecho, ahí donde su Cruz de Hierro solía estar, pero solo siente el vacío de la tela, y el frenético latido de su corazón. Cae de espaldas al suelo.

Lo último que escucha antes de caer en una inconsciencia misericordiosa, es a Bertholdt llamándola a gritos.

-¿Ymir?

-¿Que? ¿Aún no despierta?-

La primera vez que la llaman, no se molesta en despertar, solo se mueve de un lado a otro. La segunda voz le parece conocida, pero en su inconsciencia no puede decir quién es. Gruñe entre sueños.

-No aún no.

-¿Bertholdt?- Entonces, abre los ojos, encontrándose con un cielo oscuro y con la luna llena en su más alta posición. Su cabeza duele, su cuerpo también, miles de pequeños calambres la recorren de arriba abajo cuando decide incorporarse. Huele el aire, y el olor a sangre coagulada le produce nauseas, cubre su boca para no vomitar; recuerda lo ocurrido y mira a su alrededor.

Solo encuentra a Bertholdt Fubar y a Reiner Braun mirándola con tristeza.

-Por fin despertaste…

No responde, solo los mira un momento y se deja caer de espaldas otra vez. Sus heridas ya han sido tratadas con propiedad, o eso espera, ambos se han quitado el saco negro de su uniforme y, en el caso de Reiner, la corbata también. Ella conserva el suyo, desgarbado y sucio, impregnado de un ligero olor a pólvora. Toca su pecho, sobre su corazón, pero solo encuentra tela vacía.

-Maldita sea- Murmura en el momento en que se siente capaz de volver a hablar. El cielo ahora es negro, y deprimente –Termino sucediendo en realidad…

Sus manos tiemblan, intenta de calcular la hora a través de la luna, pero las lágrimas reuniéndose a lo largo y ancho de sus ojos le impiden ver con claridad. Posa el dorso de su mano sobre su frente, usa todas sus fuerzas para no sollozar. ¿Qué ha hecho? ¿Qué diablos ha hecho? ¿Por qué no está en camino a América justo ahora, tomando la mano de su diosa, mirando juntas la luna y su resplandor?

"Porque soy estúpida, por eso"

Sus temblores avanzan por su piel como una enfermedad, hasta que toda ella tiembla como un adicto que ha sido privado de la droga que necesita; sonríe, llegó a considerar a Historia su droga en cientos de ocasiones, pero nunca lo había tomado de modo literal. El nudo en su garganta es fuerte, tanto que duele, tanto que quiebra su voz al momento en que intenta hablar otra vez.

-¿P-Porque…? ¿Por qué tenía que ser así?

Silencio. Sus compañeros se niegan a responder y, si presta suficiente atención, puede escuchar los sollozos ahogados de Bertholdt, tan fuertes y lastimeros como los que ella intenta contener. Lo mira un momento, y recuerda la petición silenciosa de Annie. ¿Acaso la Titán Hembra se sentirá del mismo modo en la que ella misma lo hace?

"Ni siquiera sentía algo por él…"

Hubiera deseado ordenarle a Annie que los rescatara ella misma; lo habría hecho, habría cumplido con su deber sin chistar, como la guerrera que era. Pero Ymir no se sintió capaz de pedirle tal cosa y, si le dieran la oportunidad de cambiar si situación, tampoco lo hubiera hecho.

"Ya ha vivido suficientes horrores" Se dice en medio de un sollozo, limpiando sus lágrimas con la manga de su uniforme "Ella merece descansar más que yo"

¿Desde cuándo se ha vuelto tan amable?

-Ymir.

Reiner la mira con el rabillo del ojo, su mirada es sombría y nublada de culpabilidad; ella devuelve su mirada en silencio, preguntándose cuales serían los sentimientos que ese gran rubio tiene ante la situación que debe vivir.

-¿Por qué decidiste venir con nosotros?

"Él nunca amó a Historia, no en realidad" Aclara su garganta, la cual duele como si hubiera bebido un trago enorme de whisky.

-Porque soy una idiota- Su voz es tan quebradiza y frágil que casi suena patética; suena como la de la niña que nunca había tenido la oportunidad de ser -¡Miren a su alrededor! Hay una pila de cadáveres que no pueden explicar. No habrían podido salir de esta, no sin alguien que borre las sospechas que la Gestapo ya debe tener sobre ustedes. ¿Verdad? Malditos comunistas.

Reiner frunce el ceño.

-Si la guerra termina de nuestro lado, no habrá ninguna esperanza para ti. ¿Lo sabes, verdad?- Ella guarda silencio –Si quieres huir, ahora es el momento.

-¿Qué estás diciendo, pedazo de idiota?- Le dice en un gruñido apenas perceptible entre el cantar de los insectos nocturnos y la suave melodía del viento –América esta jodidamente lejos, y yo estoy jodidamente cansada para continuar… Ya nada importa…

Importa. Por supuesto que importa. El recuerdo de esos orbes azules flanqueados por una sonrisa resplandeciente trae a los suyos lagrimas nuevas. Hay otro silencio mientras los oscuros orbes de Bertholdt, tan vidriosos como los suyos, la observan con atención.

"¿Extrañas a Annie?" Pese a que lo piensa con burla, no se atreve a reír; conoce el sentimiento de perder a un ser querido mejor que nadie.

-Ymir- Comete el error de mirarlo a los ojos, y en ellos encuentra arrepentimiento y temor -¿Por qué nos salvaste?

Ymir medita un momento.

-Porque escuche sus gritos…

Recuerdos innecesarios pasan por su mente como una película antigua: desde su primera matanza como miembro de las SS, hasta su misericordia final. ¿Quién es ahora? ¿En que se ha convertido? ¿Por qué solo desea ver un hermoso cielo azul?

Christa. Historia. Esa niña se había colado a lo más profundo de sus pensamientos. Había cuidado su corazón como el más sabio de los titiriteros, moldeándolo, controlando los hilos con mano firme y dulce hasta tomar el control total. Historia era su todo, lo era, ahora se ha ido para no regresar.

-Si no hubiera sido por ustedes, nunca habría podido llegar hasta aquí. Nunca habría sacado a Historia de este maldito infierno –Traga saliva, su voz tiembla con cada sonido que su lengua produce –Solo quiero regresar el favor que me hicieron. Soy la única que conoce su situación… Son como yo… No podían hacer nada…

Reiner permanece en silencio, mirando sus puños mientras aprieta sus nudillos con fuerza. Por otro lado, el Titán Colosal cubre su boca en un intento de no volver a sollozar.

-Gracias Ymir- Susurra el gigante de corazón de oro –Lo siento…

Sonríe. Esto es estúpido. Sumamente estúpido, patético, e irónico hasta sus cimientos. Este es el fin de sus planes, de sus objetivos y, si no tiene el cuidado necesario, de su vida también: deben ocultarlos a todos cuanto antes, deben ocultar los cadáveres hasta encontrar a un grupo rebelde polaco al cual culpar por ellos. Se ocuparan de eso mañana, por ahora no quiere hacer otra cosa que mirar el cielo y descansar.

En un momento inesperado, sus ojos se encuentran con la luna llena, brillante sobre un cielo sin las suficientes estrellas para llamar su atención. La observa con cuidado, y encuentra en ella un detalle que la hace romper en llanto: el cielo oscuro dota a la luna de un brillo azulado, uno más hermoso que el de la bóveda celeste y de toda su extensión. Su azul. Ese es su azul.

Cuando las lágrimas descienden libremente por sus mejillas, su brazo derecho, lleno de raspones y magulladuras, se alza al cielo, intentando tocarla, intentando llegar al lugar donde, en estos momentos, su amada Historia llora desconsoladamente, abrazando una Cruz de Hierro.

-Después de todo, no es tan malo ser una diosa…


Dachau - 1945

"Eso fue lo que pasó"

Parpadea un par de veces, pero las imágenes siguen siendo tan difusas como hace unos momentos. ¿Cuántos años han pasado desde aquel día? ¿Cinco? ¿Ya se han cumplido los cinco años? No lo sabe con seguridad, está demasiado cansada para saber el día o el mes en que vive. Intenta ponerse en pie, pero vuelve a caer al suelo; ha pasado tantas veces ya que se está volviendo rutina.

"¿Qué estarán haciendo ahora ese par de idiotas?"

Ha perdido contacto total con ellos desde el 44; un día, ambos titanes habían desaparecido sin más, sin despedidas o palabras emotivas, solo escaparon una noche resguardados por la oscuridad. La Gestapo nunca logró seguirles el rastro por más caza que dio sobre ellos, acusándolos de alta traición, golpe de estado y, no menos importante, del asesinato de Lord Rhodes Reiss, uno de los más grandes benefactores del régimen.

-Vaya ingenuos que son- El susurro duele al abandonar su garganta, y le produce un nuevo ataque de tos, palpa su costado por accidente, justo debajo de sus costillas, y su mano se impregna de un líquido rojizo: sangre. Es cierto, las autoridades alemanas habían dado por cerrado el caso Reiss el mismo año en que este había ocurrido, basándose en un mechón de cabello perteneciente a su única hija, Historia, encontrado en los restos carbonizados de su mansión en Múnich, para enjuiciar a la orden religiosa que él mismo había creado; hubiera sido una deshonra para ellos que una bastarda dirigiera sus acciones. ¿A quién más habrían de juzgar?

La orden había sido desmantelada en el acto, pero cuando los dos chicos desertaron, el gobierno no había dudado en abrir el caso otra vez. Por supuesto que la habían interrogado un par de veces, pero su conocida enemistad con Reiner Braun, y lo poco que le beneficiaba la muerte de Rhodes le ganó su libertad.

Seguro estaban en algún lugar de Stalingrado, luchando por el ejército rojo al que siempre habían pertenecido o, si el destino tiene un sentido del humor parecido al suyo, estarán marchando hasta ella en estos momentos, listos para matar a cualquier soldado alemán.

"No" Ríe en silencio, pero sus labios apenas se curvan "Fue a Annie a la que le prometí mi cabeza, no a ellos"

Irónicamente, había sido Annie la única que tuvo la decencia de escribirle en los últimos meses. No era una carta, sino una fotografía con remitente de Boston, en ella podía ver a una hermosa mujer de cabello rubio leyendo un libro muy grueso en el interior de lo que parece ser una modesta sala de estar. Colgando de su cuello, visible bajo sus ropas, llevaba lo que parecía ser una Cruz de Hierro.

En el reverso, solo había cuatro palabras escritas elegantemente: Se encuentra bien. Ann.

Cuando Ymir leyó esa frase, casi escupe el sorbo de café que acababa de llevarse a los labios. ¿Ann? ¿En serio? Esperaba un seudónimo más ingenioso viniendo de ella. Pero al verla, cuando la vio en esa fotografía ausente de color, sus risas se apagaron, y el torrente de lágrimas cubrió los trozos de cerámica de su taza rota. No había llorado por ella en mucho tiempo

"Y no lo he vuelto a hacer desde entonces"

¿Qué estará haciendo ahora? ¿La recordará? Quizá. Quizás no. No tiene la respuesta, el dolor le impide pensar con claridad. Esos bastardos son hábiles, no los vio venir hasta que estuvieron lo suficientemente cerca para disparar; y vaya puntería, uno de ellos, un pequeño hombre de cabello negro, casi le vuela la cabeza cuando intentó echar un vistazo a la bandera que portaban. No logró ver nada.

"Eso no importa" Se recuesta, mirando el cielo obstruido por una capa gris "Pronto llegarán"

Y, cuando lo hagan, tendrá tiempo suficiente para apreciarlos. Lo escucha: el sonido de su marcha se asemeja al de los tambores que acompañaban a los ejércitos de la edad media. Rítmicos y constantes, bam, bam, bam.

¿Dónde están los dioses de Alemania ahora? Los dioses nórdicos de los que tanto se jactaban los arios. Para ella, la respuesta es sencilla: nunca existieron. Nunca ha creído en un dios.

"No le hubiera agradado a los dioses, de todas formas"

Ella ni siquiera debía estar ahí. Su lugar es en Auschwitz, como asistente general de Rudolf Hoess; pero no, había recibido órdenes de marchar hasta Dachau para evitar que toda evidencia cayera en manos enemigas. Evacuar a los prisioneros y quemar los barracones y las inutilizadas cámaras de gas, todo antes de la llegada de los Aliados.

Ymir no necesitó analizar la expresión de su superior para comprender la realidad: Alemania había caído, Adolf Hitler se oculta en el bunker de la cancillería mientras su territorio es invadido desde dos flancos. Están acorralados. Muchos no querían creerlo, pero Ymir es lo suficientemente realista para ver a su alrededor.

Todo está perdido.

"¿Por qué sigo aquí?"

Todo comenzó en un Campo de Concentración, y en un Campo todo debe terminar. Cuando Ymir regresó a Dachau, se encontró con el caos que las Marchas de la Muerte dejaron a su paso: no era el mismo lugar que conocía, eso es seguro. Recorrió sus pasillos, paseo por su bunker, quemó todo lo que pudo encontrar y cuando el batallón enemigo comenzó a darle caza, se ocultó en los restos que ella misma había destruido.

No sabea que son, americanos, ingleses o soviéticos. Solo sabe que quieren su cabeza y que, a este paso, la van a obtener.

"No" Sus manos tiemblan más de lo que ya lo hacían, toca su frente y descubre que está llena de sudor "No dejare que me atrapen"

Busca en su costado, desenvainando la pequeña daga que siempre lleva consigo; el filo aun es perfecto, la hoja es brillante, tanto que casi se avergüenza por atreverse a usarla con ese aspecto tan miserable. Y la inscripción, la inscripción es tan feroz como siempre: Mi honor es lealtad.

"Ya no me queda mucho honor"

Pero no se avergüenza de su decisión, esta aterrada, sabe que lo que hacen los soldados Aliados a los miembros capturados de las SS dejaba en ridículo los castigos de un Campo de Exterminio. Cuentos sobre esos horrores circulan por todas las esferas de la corporación; incluso los miembros de la Waffen-SS, entrenados especialmente para la guerra, preferían tomar su propia vida antes de entregarla a ellos.

Y ahora Ymir, orgullosa como el titán del que ha obtenido su nombre, decide hacer lo mismo.

Lamenta no haber guardado una bala de emergencia en el momento en que posiciona la daga temblorosa sobre su muñeca izquierda; en su caso sería peor, ella es una mujer, los soldados se divertirán con su cuerpo antes de otorgarle el regalo de la muerte. Sus pasos se acercan y, en su cabeza, los tambores de guerra resuenan en la inmensidad.

-No lo harán- Susurra, su garganta duele como si se fuera a deshacer –No mientras viva.

Pero, cuando un pequeño hilo de sangre baña la hoja de su daga, el cielo se despeja, lo suficiente para ver ese hermoso color azul.

"Historia"

Se paraliza, necesita toda su fuerza de voluntad para que el arma no resbale de entre sus dedos, y todo su autocontrol para no comenzar a llorar. Historia. Se veía tan radiante en la fotografía que Annie le había enviado; tan elegante, tan gentil, tan libre…

"Tan triste"

No era la misma, ya no. La fotografía estaba en blanco y negro, pero eso no le impedía ver el color opaco de sus ojos, sus parpados caídos o sus marcadas ojeras. Su diosa era como una rosa que se ha marchitado, y va secándose poco a poco hasta que sus hermosos pétalos ennegrecen y caen.

Intenta levantarse pero cae nuevamente, esta vez de cara al suelo, haciendo que escurra sangre de su nariz. No puede permitir que su felicidad muera, debe ver el brillo en sus ojos, debe ver ese azul una vez más.

-Debo ir con ella…

Pero no hay forma de sobrevivir. Se quita su uniforme lo más rápido que puede, se deshace de la esvástica y de las prendas negras características de su batallón. A su izquierda hay una pequeña hoguera que aun arde, de las pocas que sobreviven aun; se arrastra, tirando en ella todas esas pertenencias que la unen con el régimen Nazi. Observa el humo negro que liberan las llamas, como si su uniforme estuviese mezclándose en el fuego y huyendo a través de él. Ella desearía hacer lo mismo.

"El tatuaje"

Si, casi lo olvida. Sube lo más que puede la manga larga de su camisa blanca, observando la pequeña inscripción sobre su piel. Es natural, a todo miembro de la Schutzstaffel se le tatúa su grupo sanguíneo en el brazo izquierdo, con el objetivo de facilitar cualquier intervención médica. Pero en esos momentos, ese grabado significa la muerte…

"Me matarán" Se dice a sí misma, rechinando los dientes con dolor y frustración "Si saben que soy, acabarán conmigo"

Pero la recuerda a ella, a Historia, a su hermosa Historia. Debe ir con ella, debe reunirse con ella. Debe alcanzarla donde quiera que esté.

-Debo vivir…

Al principio, piensa en desollar ese pequeño trozo de piel, pero la marca sería tan obvia que lo descarta de inmediato… Entonces, cuando está a punto de dejar caer su daga, una idea mucho más oscura cruza su mente.

Piensa en el dolor.

"Soportaré todo por ella" Toma un trozo de madera abandonado a un par de metros de su posición, uno lo suficientemente duro para no destruirse a la primera "Incluso el dolor"

Destruirá la evidencia; no pueden juzgarla si no tienen ninguna prueba en particular. En Dachau, los castigos de esa naturaleza eran cosa de todos los días, sus rasgos no arios podrían permitirle pasar por un prisionero convencional. Aun puede huir, puede salir de ahí con vida.

Cuando los pasos parecen estar más cerca, Ymir toma el trozo de madera entre los dientes, mordiéndolo con fuerza; improvisa un torniquete con su corbata antes de colocar el filo de la daga a la altura de su codo. Su mano tiembla, su visión se nubla aún más.

Mira al cielo por última vez; comienza a cortar.