Epílogo
La inesperada brisa marina golpea su rostro repentinamente, colándose entre la delgada capa de tela que compone su camisón e inundando sus fosas nasales con el inconfundible olor de la costa. Su largo cabello, húmedo a causa de una ducha previa, danza como un torbellino de oro resplandeciente, al ritmo de la más fría e impredecible ventisca que ha sentido jamás.
-Maldición- Murmura para sí misma con voz ahogada por el constante castañeo de sus dientes y su dificultad para respirar. Al principio se siente tan desorientada que no se cree capaz de hacer algo tan simple como ponerse en pie, pero cuando lo intenta, el tembloroso movimiento de sus manos, frías como las de un muerto, la hace derramar el pequeño frasco de tinta negra que utilizaba para escribir. Su silla cruje, se atora, y casi la hace trastabillar -¡M-Maldición!
Su voz se pierde en las paredes, entre el gastado papel tapiz, primero como un susurro, luego como un murmullo; desde hace algún tiempo maldecir se había convertido en algo tan común para ella como comer o respirar.
¿Por qué de pronto hace tanto frio? Frota sus manos para mantener su calor. Mira a su alrededor, valiéndose de la débil luz parpadeante de una vela medio consumida, hasta que su inquieta mirada azul se posa sobre la ventana abierta de par en par. Del otro lado, a través de los frágiles trozos de tela a los que tiene el descaro de llamar cortinas, solo existe viento y oscuridad.
"Nadie tiene energía" Se acerca al interruptor, moviéndolo de un lado a otro sin obtener resultados.
¿Cuándo fue que abrió la ventana? ¿Realmente fue ella quien la abrió? No cree poder afirmarlo. Si, el invierno se fue hace mucho, pero la huella que dejó a su paso es enorme y brutal, al punto en que su delicada prima, la primavera, apenas puede contenerla. En el campo, en los pueblos y en el mar, el aire huele a sal, a frio, y a victoria.
"No es como si me importara realmente" Después de todo, difícilmente sale al exterior, y la guerra, sus contendientes, y sus vencedores dejaron de interesarle hace tiempo "Solo quiero que regrese la luz"
Casi un año ha pasado desde el fin de lo que ahora se conoce como Segunda Guerra Mundial, pero Boston aun celebra con honores la gran victoria de los Aliados sobre las fuerzas del Eje: Mussolini fue fusilado de modo humillante, Hitler se suicidó en las profundidades de su bunker personal y la nación nipona se rindió al presenciar el poder de una bomba atómica.
Los Campos de Concentración fueron capturados junto con gran parte de las fuerzas alemanas que los custodiaban, quienes fueron fusilados o, en un irónico giro, convertidos en prisioneros de los lugares que protegieron alguna vez; así, el ejército norteamericano volvió triunfante a casa, permitiéndose cerrar con orgullo uno de los capítulos más tristes en la historia de la humanidad.
Pero, mientras otros celebran, ríen, y se embriagan con el dulce sabor del orgullo ajeno, ella permanece ahí, en silencio, mirando a través de la ventana abierta una cuidad oscura que le recuerda los ojos de todas esas personas a las que vio morir. Para las víctimas no importa la victoria o la derrota, solo importa sobrevivir.
"Y eso hice" Utiliza su aliento para detener el suave temblor de sus manos "Sobreviví"
Regresa su mirada al enorme manchón de líquido negruzco que se expande a través de un rustico escritorio que parece tener mil años de antigüedad; su gata, una hermosa gatita blanca de ojos azules que Armin le obsequió hace un par de meses, ronronea contra su pierna mientras ella observa como la madera absorbe la tinta velozmente, como si se encontrara en el desierto y muerta de sed.
-Es todo un vejestorio- Murmura con un breve rayo de molestia en su rostro estoico, alzando a la gatita con ambas manos hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura, azul contra azul -¿No lo crees?
Un feliz maullido llega a sus oídos, seguido por el suave ronroneo que provocan en los felinos unas cuantas caricias detrás de las orejas; tiene razón, cada parte del mobiliario es tan antiguo y decrepito como el departamento en sí, pero sigue resultando mucho más reconfortante que el hogar construido con cartón y periódicos que imaginó que tendría: al menos este es capaz de resistir tormentas.
"O al menos gran parte de ellas" Acomoda al animalito entre sus brazos, acunándolo contra su pecho como si fuera un bebé, jugando con sus pequeñas zarpas "En cada tormenta descubro diez goteras más"
Diez goteras y una nueva ruptura en el odioso papel tapiz. Sonríe, pero la sonrisa irónica que apenas alcanza a formarse en sus labios desaparece en cuanto recuerda lo que hacía hace unos momentos; en silencio deposita a la gata sin nombre en el suelo, ignorando sus maullidos molestos mientras toma entre sus manos el maltratado trozo de papel, tan dañado que sus palabras se han convertido en trazos deformes e ilegibles. Mira al suelo y la tinta que encuentra ahí la hace sentir más torpe e inútil de lo que se sentía ya. Suspira derrotada.
"Tendré que volver a escribir"
Descansa su espalda contra la pared, permitiéndose resbalar hasta tocar el suelo; su gata la mira un momento, analizándola con esos brillantes ojos azules antes de recostarse perezosamente sobre su regazo. En una situación diferente, escribir le habría parecido una actividad casi tan fascinante como la lectura de los libros complejos que tanto ama, pero en una tarde como esta, en la que la soledad se expande como el frio a través de su pecho, la sola idea parece más absurda de lo que en realidad es.
No quiere escribir. No quiere llenar página tras página de palabras hipócritas que intentan reflejar una felicidad que no siente; lo único que en realidad quiere es ir hasta su habitación, recostarse en su sorprendentemente cómodo catre e intentar dormir, sin ninguna garantía de lograrlo.
"¿Qué clase de diosa necesita dormir?"
Una desganada risa seca escapa de sus labios, tan chocante y ajena que provoca un ligero respingo en el pequeño animal; no, dejar de escribir nunca ha sido una alternativa, no cuando corre el riesgo de recibir más de una docena y media de cartas preocupadas cortesía de Sasha Braus.
¿De qué forma funciona la cabeza de esa chica? Es un gran misterio que le encantaría resolver. En las escasas ocasiones en que su intercambio de correspondencia se ha visto interrumpido, han llegado a su puerta esas extrañas misivas llenas de frases tan absurdas y repetitivas como los delirios de un loco, todas escritas con la errática caligrafía de Braus.
-¡¿Historia?!- Dictaban algunas de ellas -¡¿Estás bien?! ¡¿Annie te hizo algo malo?! ¡Historia!
Annie, al intentar leerlas, fruncía notoriamente el ceño, mordiéndose las uñas hasta que su sensible sentido del ridículo le impedía continuar. Historia, por otra parte, las leía por completo, una y otra vez, portando la más discreta de sus sonrisas.
"Siempre ha sido una idiota"
Abraza sus rodillas con fuerza, ocultando entre ellas su rostro de expresión vacía y provocando que la elegante gatita abandone su regazo en busca de un lugar más acogedor. Sus exigentes maullidos, y el ulular de la brisa marina, es la única melodía que la aparta del silencio.
La extraña. Por más que le cueste admitirlo, le encantaría tenerla a su lado otra vez. Si, sabe muy bien que su relación nunca será tan profunda como la que compartían cuando poseía el nombre de Christa Renz, pero sus tardes sin la cazadora han terminado volviéndose silenciosas y monótonas. Sasha, tan hiperactiva y excéntrica como siempre ha sido, convertía su solitaria vida en un mar de bullicio y agitación, siguiéndola como un cachorro perdido hasta que Mikasa Ackerman la hacía entrar en razón o hasta que el hambre podía con ella.
Incluso, en aquellos olvidados días de invierno, había mejorado su relación con Eren Jaeger, el Pequeño Titán, en quien encontró una mente práctica y simple, más parecida a la suya que la del resto de sus compañeros; con él no había necesidad de sonreír, tampoco de aparentar fortaleza. Solo debía escuchar y, de vez en cuando, conversar.
"Si es que a eso se le puede llamar conversar"
Alza la mirada, lo suficiente para presenciar la suave danza de las delgadas cortinas azules al compás de una brisa con olor a sal. Al final todos se han ido. Todos. Todos sus grandes amigos han tomado caminos que difícilmente se volverán a cruzar.
Amigos. Se paraliza en su sitio, sus músculos apenas se mueven al percatarse del fatídico error que acaba de cometer. Entrecierra los ojos, tomando una apariencia mucho más madura y astuta de la que posee normalmente.
-Nunca fueron mis amigos- Su cálido aliento produce un ligero vaho –Son amigos de Christa, pero Historia apenas los conoció.
Y ya no hay necesidad de conocerlos del todo: Jean fue el primero en irse, al llamado de un acaudalado judío americano quien le ofreció un empleo como encargado de establos de su granja familiar en Texas; Sasha, quien se autoproclamó su mejor amiga desde el inicio mismo de su escape, decidió mudarse a Montana, lugar donde su habilidad en la cacería podía serle de utilidad (Historia por poco muere asfixiada durante la despedida, entre los brazos de Braus); Mikasa, arrastrando consigo a su hermanastro, decidió seguirla sin dar más explicaciones. Sabe que tanto Armin como Connie continúan viviendo en Boston, en algún lugar al otro lado de la ciudad, pero nunca se molestó en buscarlos realmente.
Historia no es Christa. Historia no necesita amigos y no le interesa tenerlos en realidad. Su vida consiste en pasear de un lado a otro dentro del departamento, acompañada del silencio, la soledad, y los mimos de una pequeña gatita blanca a la que aún no ha puesto nombre, recibiendo visitas eventuales de su vecina, la antigua supervisora en jefe de las fuerzas femeninas de Dachau: Annie Leonhardt.
Frunce el ceño, rechinando sonoramente sus dientes y apretando sus nudillos al punto en que pierden gran parte de su color. ¿Por qué, de entre todas las personas existentes, tenía que ser ella quien decidiera permanecer a su lado? ¿Por qué?
Historia solo desea una nueva vida, una en donde pueda pasar desapercibida tanto para los hombres como para Dios, una en la que nadie recuerde su pasado ni lo que este implica. Y siente que, hasta ahora, lo está logrando: se ha vuelto tan solitaria y meditabunda como un viejo ermitaño, al punto en que puede sentarse en la misma esquina durante horas y horas, sin comida, sin bebida, y sin nada que hacer más que pensar.
"Y siempre acerca de las mismas ideas"
Mira atentamente la habitación, y los muros que la componen están tan grabados en su memoria que cree poder moverse entre ellos con los ojos vendados; ni siquiera tiene necesidad de trabajar, no cuando Petra Ral, a quien conoció en Portugal mientras terminaba un servicio de enfermería en el extranjero, había abogado a su favor frente a Levi Ackerman, su prometido y dueño de los Condominios Ackerman, logrando que accediera a hospedarla gratuitamente a cambio de un servicio… Un tanto peculiar…
-Mientras mantenga limpio el departamento, me importa una mierda si se queda o no.
Gracias a ese hosco acuerdo, ahora tiene un lugar limpio y reluciente donde dormir, tres excelentes comidas al día (Cortesía de Petra, por supuesto), y toda una bolsa llena de riquezas que tomó de su señor padre antes de partir.
"Todo eso con el poder de la lastima"
La luz parpadea violentamente, la vela parece estar próxima a consumirse con cada segundo que pasa y la pequeña Historia se pregunta cuando regresará la electricidad; la gatita, silenciosa como una sombra blanca, se acerca a ella con la cola alzada, restregándose en su costado hasta que la rubia accede a proporcionarle un par de caricias ausentes.
En realidad no le molesta producir lastima, no si ello ayuda a facilitar su día a día. Incluso ha llegado a escuchar rumores que la tachan como una vividora sin vergüenza, como una demente sin estribos o, su favorita, como la aparición fantasmal de una diosa muerta. Ninguno de esos rumores le molesta porque ninguno de ellos refleja su situación real. En ellos no es Christa, mucho menos es Historia Reiss. En ellos no es nadie.
Pero Annie. La presencia de Annie le recuerda quien es, de donde ha salido, y que clase de cosas intenta olvidar.
"¿Por qué tenía que ser ella?"
Recuerda un breve instante en su infancia, cuando el grupo de chiquillos con los que jugaba en las calles durante horas inventaba relatos increíbles en los que muros gigantescos resguardaban a la humanidad, protegiéndola de monstruosas criaturas come hombres conocidas como titanes. En aquellos días, cuando apenas comenzaba a vivir, la sola idea de ser devorada por esos monstruos le parecía aterradora; pero ahora, viviendo más de lo que le gustaría, sabe que el mundo real puede ser igual de aterrador e incluso más.
Durante toda su vida, desde el momento mismo en que aprendió a caminar, ha estado recluida detrás de muros: primero, fueron los elegantes muros tapizados de la mansión principal de su padre en Berlín, donde pasó sus primeros años de vida; luego, probó la libertad como Christa Renz, una niña huérfana de un pasado humilde, hasta que las cercas eléctricas de Dachau se levantaron a su alrededor; entonces, cuando creía haber alcanzado la libertad verdadera, las garras de su padre la atraparon una vez más.
No le importan los muros, ha aprendido a ignorarlos con el tiempo, los únicos que le importan son los titanes que asechan tras la libertad: titanes como Annie Leonhardt.
"Todos eran titanes" Suspira, abrazando sus rodillas una vez más, con más fuerza "Mi padre, los guardias de Dachau, ella. Todos. Todo"
A este punto, resulta más que obvio que convivir con Annie no supone una experiencia agradable para ninguna de ellas, y ambas son demasiado honestas para disimular su mutuo desdén. No hablan, al menos no más de la cuenta y, cuando lo hacen, suelen mirar a otra dirección: las pocas veces que se han mirado a los ojos, y el azul de un cielo despejado se encuentra con la escarcha en los ojos de Leonhardt, Historia puede sentir como su corazón se llena de recuerdos dolorosos.
-Quizá es tan masoquista como yo- Murmura al animal que se hace ovillo a su lado, lamiendo sus zarpas con la delicadeza de una dama de alta sociedad. Historia se deja caer a su lado, al suelo, liberando un breve suspiro lastimero en el que percibe su propia soledad; tan palpable que la hace sentir desolada y patética -Quizá siente lastima, sabe muy bien que la perra del sargento no es nada sin él.
La perra del sargento. La perra de Ymir. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se dirigió a ella de esa manera? ¿Cuántos años han pasado desde la última ocasión? ¿Por qué de pronto ha vuelto a su memoria?
Quizá los rumores son ciertos y está enloqueciendo. Si. A este punto su piel se ha vuelto tan pálida y sensible como la de un vampiro, ¿Por pues no habría de sucumbir ante el aislamiento y la soledad?
Incluso Annie, quien vive un tanto más cerca de la normalidad, a veces parece perder la razón: en una ocasión, durante una de sus incomodas y rutinarias visitas, tomó una fotografía inesperadamente, mientras leía un grueso libro antiguo en la sala de estar; al cuestionar el porqué, la chica solo se encogió de hombros.
-Armin me pidió que lo hiciera- Dijo con tono aburrido, mientras sus dedos arreglaban gentilmente uno de sus mechones rubios –Quiere saber si estás bien.
Pero no, era mentira. Armin la buscó por sí mismo tiempo después, llevando como presente una hermosa gatita blanca que había encontrado vagando en las calles, y que podría proporcionarle algo de compañía en medio en su aislamiento, negando por completo cualquier indicio de la petición.
"Ahora ambas estamos dementes"
Acaricia sus sienes, luciendo una de esas expresiones vacías que se han vuelto una característica muy fuerte de su personalidad. Había escuchado que esos cambios formaban parte de un trastorno común que afecta a víctimas y soldados por igual, pero ese no es su caso, y lo sabe muy bien. Historia siempre ha estado vacía por dentro y, lo único que conseguía llenarla, la única persona que llenaba el vacío en su interior, desapareció hace tiempo, en un vacío de polvo, tierra y muerte.
"Se perdió" Mira el suelo, viendo la mancha de tinta seca sobre él "Esta muerta"
Sus hombros tiritan: la ventana continua abierta, las cortinas danzan furiosamente con el viento pero no hace ademan alguno de ponerse en pie; su gata maúlla, colándose entre sus brazos mientras ella pasea su mirada por toda la habitación, deteniéndose en el reloj pendular que reposa al fondo de ella como un anciano. Había uno similar en la casa de campo que habitaba a las afueras de Dachau, recuerda haber leído la hora en él mientras el agradable calor del verano traspasaba sus ropas, tal como lo hacían las manos de su sargento paseando por su piel.
-¿Qué ocurre, mi diosa?
Recuerda su voz a la perfección. Recuerda el suave roce de sus manos y el tacto de los guantes de cuero que en contadas ocasiones se llegó a quitar. Recuerda la forma de su espalda, y todos los rasguños que dejó en ella durante su último encuentro. Pero sobre todo, recuerda sus ojos marrones, y el efecto hipnótico que producían en su ser.
"Pero está muerta" Se dice a sí misma, palpando la parte baja de su cuello blanquecino hasta dar con la tosca figura en forma de cruz "Fusilada en algún lugar de Alemania, como todos los demás. Debe estar muerta"
Tocando su piel, embriagándola como el vino, siente el suave roce del metal. Esa Cruz de Hierro es todo lo que le queda, además del elegante tablero de ajedrez que aun reposa en su mesita central. Había tenido que ocultarla durante los primeros meses, llevándola dentro de sus botas hasta que la gente comenzó a ignorar las andanzas diarias de un refugiado alemán.
Ahora, mientras nadie la ve, puede llevarla con toda comodidad, tomarla entre sus manos y recordar lo que fue alguna vez.
-Nunca se lo perdonaré- Siente el pelaje de su gata erizarse a su tacto, como si entendiese el significado de sus palabras y el recelo con el que las pronunció –Nunca.
¿Por qué aun duele? ¿Existe lógica en ello? ¿La abandonó, no es así? La abandonó; está sola por su culpa, recluida en esa pequeña habitación de paredes grises hasta que el destino decida apiadarse lo suficiente para otorgarle una muerte tranquila.
No puede llorar, no cuando ha llorado todas sus lágrimas; no puede gritar, no cuando ha gritado lo suficiente para que su garganta pida clemencia; no puede sonreír, no cuando dejó la fuente de sus sonrisas atrás. Se había enfurecido, había pataleado y maldecido como en una rabieta infantil. Había abrazado la Cruz de Hierro hasta que quedó marcada en su pecho, y en su corazón.
-Me dijo que viviríamos juntas, viendo solo por nuestro propio bien- Cada palabra hace a sus labios temblar - Pero me dejó atrás…
Igual que todos. Toca su rostro, sintiendo sus propias ojeras sobresalir. Cada día le es más difícil conciliar el sueño, cada día sueña cosas terribles que generalmente olvida al despertar. Toca sus pómulos, y nota la debilidad en ellos. Christa solía ser una rosa majestuosa, cuyos pétalos resplandecían con los primeros rayos del sol; los pétalos de Historia, por otra parte, están secos y marchitos, próximos a morir.
Si tan solo nunca hubieses nacido.
Mira al reloj y, con la escasa luz que proporciona la vela, nota que es medianoche. La energía no volverá hasta el día siguiente si tiene suerte, y no tiene ningún ánimo de leer en la oscuridad.
"Quizá solo deba recostarme" Se incorpora, viéndose obligada a cerrar sus ojos luego del vértigo que ocasiona un movimiento repentino; la figura blanca salta fuera de su regazo, inquieta, con el pelaje erizado mientras camina de un lado a otro con elegante andar.
-¿Tienes frio?- Le pregunta en voz alta, apenas recuperando el equilibrio necesario para ponerse en pie. El animal la ignora, caminando más rápido con su esponjosa cola ondeando de un lado a otro, con esa sutileza majestuosa que solo los gatos pueden conseguir. Sacude sus ropas, secando con ellas un delgado hilo de saliva que resbalaba bochornosamente por su mentón. Tiene frio, no le sorprendería que la gata lo tuviera también.
Es en ese momento, en el que coloca una pequeña manta sobre sus hombros para darse calor, cuando alguien toca a su puerta.
-¿Qué?
Mira nuevamente la hora: quince minutos han pasado desde media noche, pero la pesada puerta de roble tiembla como si fuese solo medio día y alguien ansiara entrar. Guarda silencio, agudiza el oído, pero del otro lado no escucha ni una mísera respiración.
-¿Annie?- Pregunta a la nada, a la oscuridad, esperando en vano una respuesta.
No, las visitas de Annie son como un deber, uno que no merece ser cumplido a estas horas de la noche. La puerta suena de nuevo, ahora con golpes más lentos, como si su visitante se debatiera entre salir huyendo y proseguir. ¿Estará tan nervioso como ella?
-¿Hola?- No obtiene respuesta. Frunce el ceño notoriamente y, por primera vez en todos estos años, se atreve a alzar la voz -¿No sabe qué hora es?
Pero nadie responde; horas como estas no son para personas honradas, no. Camina hacia la puerta con cautela, procurando no alertar al visitante con el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera; el golpeteo no se detiene, ansioso, suplicante, golpeando la madera una y otra vez.
"¿Cuál es su maldito problema?" Pregunta frustrada, colocando la mano sobre el pomo mientras una ligera corriente eléctrica invade su ser; el aire frio golpea su espalda cuando un extraño presentimiento detiene su mano, indicándole que no debe abrir. Mira la hora. Mira la oscuridad.
"No es nada que no pueda manejar" Si Historia hubiera sabido lo equivocada que estaba, quizá habría optado por ignorar el molesto golpeteo y dormir.
Pero en su lugar, abre la puerta de par en par, y en el mismo instante en que la madera emite un molesto chirrido, y los breves reflejos de su invitado se filtran a través de su rango de visión, una inoportuna ráfaga de viento apaga la vela, sumergiéndola a ella y al desconocido en la oscuridad.
-¿Eh?
No le da tiempo para entender, tampoco para pronunciar palabra. Antes de darse cuenta, el desconocido ya se ha abalanzado sobre ella, tomando sus hombros para obligarla a entrar en su propia casa y cerrar la puerta tras de sí. No opone resistencia, está tan aturdida que obedece sin chistar.
Pronto se siente acorralada, ese cuerpo extraño se une al suyo y sus salvajes labios toman los suyos sin piedad. Su lengua llega a lo más profundo de ella. Su aliento choca en su rostro con descaro, mientras la débil luz de luna le permite observar su apariencia con escasa claridad: es una figura alta y esbelta, de piernas largas y diseñadas para correr, utiliza una camisa de lino bastante holgada que apenas contornea su silueta.
"¿Qué pasa?" No se mueve, por más que lo intenta, no se puede mover "¿Qué está pasando?"
En ese momento, cuando su gatita emite un curioso siseo desde un lugar cercano de la habitación, la diosa recupera su conciencia por completo, comprendiendo de a poco lo que acaba de suceder: la está besando. Sea quien sea el depravado que tocaba a su puerta, ahora la está besando con lujuria y furor, recorriendo su piel con una sola de sus manos.
"No" Intenta cerrar sus labios, pero la lengua invasora ha entrado a través de ellos y explora cada rincón. Un hilo de sus salivas mezcladas desciende grotescamente por su barbilla, mientras esa mano fuerte se posa en su cintura para apegarla aún más "No. No puedo permitirlo"
Hay una tendencia sobrenatural en ese tacto, una que la incita a dejarse llevar, pero no puede hacerlo. No debe hacerlo. Cuando la luz mercurial parpadea violentamente, y la mano de su invitado atrapa la cruz que cuelga en su cuello, la diosa sabe que es momento de actuar.
"Solo ella puede tocarme"
Patea el tobillo del intruso con todas sus fuerzas, haciéndolo caer de rodillas para acariciar la zona herida en un desesperado intento de calmar el dolor. Escucha sus quejidos agónicos en cuanto busca a tientas algún objeto con el cual defenderse: encuentra el perchero, y sonríe.
-¡Aléjate de mí!
Alza el pesado objeto sobre su cabeza con ambas manos pero, en el momento en que se prepara para dejarlo caer, esa mano misteriosa, la misma que produce extraños escalofríos en todo su cuerpo, la detiene el tiempo suficiente para que la molesta bombilla recupere completamente su luz.
-Detente.
La voz ronca, proveniente de un demacrado rostro cubierto de pecas, provoca que deje caer el perchero al suelo, mientras su rostro se convierte en un extraño poema de fascinación y horror.
-Dudo que golpearme sea realmente necesario- Hace un gesto de dolor fingido, acariciando su tobillo con teatralidad –Ya he pasado demasiado tiempo en hospitales. ¿Dónde quedaron los besos de bienvenida?
La luz de la bombilla, que ahora parpadea eventualmente, revela ante ella facciones que la penumbra se había encargado de ocultar, como un par de hermosas esferas marrones que la observan a través de profundas ojeras negruzcas que demuestran una evidente falta de sueño. Historia se lleva ambas manos a sus labios, sellando en ellos un grito ahogado lleno de incredulidad.
"No es real" Repite constantemente, cerrando sus ojos con fuerza, haciendo todo lo posible para volver a la realidad "Me he dormido, solo eso, sigo recostada en el suelo y muy pronto despertaré"
Descansa la espalda en la pared, sintiendo los nudos en su garganta estallando uno tras otro, y sus frágiles piernas a punto de ceder. Necesita toda su fuerza de voluntad para no liberar sus lágrimas en cuanto lleva la Cruz de Hierro a sus labios, besándola como a una cruz cristiana.
No de nuevo; es por sueños como estos que no le apetece volver a dormir. Debe haber perdido la razón, si, casi puede sentir el sabor de la locura corriendo por su garganta.
-Pronto despertaré.
-¿Despertar?- La voz arranca de ella un gritito, haciéndola sentir como un gato asustado llegando al techo de un solo salto. Niega con vehemencia, cubre sus oídos y respira con agitación.
-¡No eres real!- Intenta mantener la calma, ha llegado al punto donde sus manos tiemblan sin parar –Estas muerta.
-¿Muerta?- La alucinación parece indignada, casi tanto como un humano real. Historia considera, ahora más que nunca, tirarse al piso y rezar al primer dios que venga a su mente -¿Quién te dijo semejante estupidez? ¿Annie? ¿Reiner te escribió? ¡Maldita sea!
Intenta hablar, pero se interrumpe de inmediato. No es verdad, nada de esto es verdad. Sabe lo que ocurrió en los campos de concentración al final de la guerra, sabe lo que los soldados del ejército Aliado hacían a los oficiales nazis que caían en su poder; todas las señales decían que debía resignarse. Todas las señales decían que debió morir.
Pero, cuando esos conocidos dedos se hunden en su larga coleta rubia, acariciando delicadamente toda su extensión, Historia sabe que se ha equivocado.
"A Ymir le gusta mi cabello"
-¿No vas a dirigirle la palabra a un fantasma, conejita?
Sus ojos se encuentran nuevamente, como lo hacen la tierra y el cielo en el horizonte lejano, demostrando que no se trata de un sueño y mucho menos de una ilusión: su imaginación, por más pintoresca que sea, jamás podría recrear ese hermoso brillo. Es real, debe ser real.
-¿Ymir…?
-¡Oh!- La chica libera una risita –Calma, genio, no se te va una.
Observa su sarcástica sonrisa en silencio, y sus ojos secos parecen recuperar la humedad que creía perdida hace mucho tiempo atrás. Alza su mano titubeante, pero cuando la piel bronceada toca sus dedos, su cuerpo completo comienza a temblar.
-¿Acaso puedes tocar a un sueño, Historia?
La chica ladea su cabeza en dirección a su caricia, mientras el tembloroso pulgar de la diosa recorre con paciencia cada una de sus pequeñas pecas, dándoles las mismas formas abstractas que solía encontrar en su niñez. Su cabello castaño roza su mano produciéndole cosquilleos. Todo es como lo recuerda, todo.
-Eres real- El soldado deposita un beso en su palma abierta con una sonrisa triunfal. Sus pequeñas manos recorren su pecho, todo es sólido, palpable, como lo era la última vez.
-Te mostraré lo real que soy.
Antes de poder responder, e incluso antes de pensar en hacerlo, los cálidos labios de Ymir buscan los suyos nuevamente, recuperando por un instante toda la fuerza que en tiempos pasados solían tener. Siente con nostalgia como su labio inferior es mordido con fuerza, la suficiente para hacerlo sangrar y llenar su paladar con el suave sabor del metal; recuerda vagamente sus primeros días en Dachau, y el indescriptible temor que sintió la primera vez que se vio obligada a probar su propia sangre.
Que miserable se sintió aquella vez: usada, humillada, lloriqueando hecha ovillo en la oficina del sargento, con sus labios llenos del sabor de sangre y metal.
Pero nunca actuó como el demonio que ella creía que era: no la abandonó llorando y sangrando en aquel lugar, solo para escabullirse en su dormitorio por la noche. No. En su lugar, fuera de todo protocolo existente, Ymir le ofreció una disculpa en forma de un pañuelo blanco.
No es un demonio, es un ángel guardián.
Sus hombros tiemblan bajo la delgada tela del camisón, mientras sus delgados dedos se hunden en el cabello castaño del soldado, tan suave y desaliñado como puede recordar; recorre su cuello, y en él siente su calor y su vida; palpa su espalda, y cree sentir todas las cicatrices que la guerra le provocó.
Pero, al momento de palpar sus brazos, no siente más que un frio y aterrador vacío.
Ymir observa su reacción e intenta reírse de ella, pero la ironía en su risa se ahoga mucho antes de poder alcanzar sus temblorosos labios. Historia recorre su manga izquierda de arriba abajo, avanzando a tientas por la tela vacía hasta encontrar lo que, supone, es el muñón.
-Es completamente real, si eso te preguntas- Murmura Ymir en un hilo de voz, disfrazado por una sonrisa burlona. La diosa enrolla con cuidado la manga hasta llegar a la masa de piel cicatrizada en la que se ha convertido su codo –Tuve suerte de que Bertholdt estuviera con los americanos, pero cuando llegó, el corte ya era demasiado profundo como para hacer algo al respecto. Jodida suerte.
No, no es un sueño, ha intentado convencerse tantas veces de ello que ahora le cuesta trabajo dudar. Por unos momentos, mientras sus manos inspeccionan los pliegues cicatrizados de piel, Historia se siente como la misma chiquilla ingenua que era el día de su captura: temblando como una hoja, con ansias de tirarse al suelo y llorar.
-Dormí durante varios días hasta que la necrosis se detuvo- Ymir sonríe de lado, con orgullo –Me hicieron un montón de interrogatorios, pero no pudieron obtener nada de mí. Aunque tardaron eternidades en dejarme volver a casa…
Casa. No puede soportarlo. No puede aparentar fortaleza ni un minuto más. La atrae a su rostro bruscamente, tomando sus labios, sin importar que ahora sea una sola mano la que se aferre a su cintura con torpeza; siente el estómago lleno de ira, miedo, y muchos otros sentimientos a los que la ciencia no ha puesto nombre.
-H-Historia- La llama Ymir entre el beso, pero ella decide no escuchar. En cuanto se separan, se deja caer al suelo entre sollozos, llevándola consigo, empapando su pecho de lágrimas que ya no intenta controlar.
-Estaba segura de que habías muerto- Murmura en un hilo de voz –Creí que jamás… Jamás…
Ni aun ella entiende lo que sucede del todo, solo reacciona a las órdenes que dicta su aturdido corazón. Ymir acaricia su cabello, descansando su barbilla en la cima de su cabeza mientras la diosa libera pequeños golpecitos gentiles sobre su pecho y abdomen.
-Idiota- Sus lágrimas le impiden hablar con propiedad –Idiota. Idiota. Idiota.
-Entiendo, entiendo- Ymir sonríe, besando su frente mientras hace pequeños círculos en su espalda –Vamos diosa, déjalo salir.
Tanto tiempo. Tantas lágrimas. Tanto dolor. Historia nunca tuvo esperanzas, nunca se permitió sentir debilidad, y nunca consideró esta escena como posible. Teme que todo desaparezca en un parpadeo, y ella despierte en el mismo suelo frio donde hace minutos se recostó.
Pero esa mano es real. Esa mano alivia sus temores y le dice todo lo que debe saber: no es un sueño, es la realidad.
-Espera- Indica la chica de pecas con una sonrisa, apartándola levemente de su pecho para señalar algo en algún lugar de la habitación -¿Quién es esta chica?
Historia, aun con un par de sollozos atorados en su garganta, sigue la dirección de su mirada hasta encontrarse de lleno con los dos hermosos ojos azules de su gata blanca, quien se acerca a ellas con lentitud.
-No tiene nombre- Responde con esfuerzo, observando como la chica estira su mano hacia la gatita, quien espera un momento antes de restregarse cariñosamente en ella.
-Mira esta docilidad- Acaricia sus orejas, obteniendo en respuesta un alegre ronroneo –De ahora en adelante, la llamaremos Christa.
-¿Christa?- Historia parpadea un par de veces, confundida -¿Por qué?
-¿Cómo que porque?- Responde Ymir en tono sarcástico, pellizcando su mejilla izquierda –Así podré estar con las dos mujeres que amo, por eso.
Historia se paraliza en su sitio, analizando las palabras y su significado mientras su corazón late con fuerza y sus mejillas se tiñen de carmesí. Con todo su esfuerzo, traga el nuevo nudo que se forma en su garganta, ofreciendo una hermosa sonrisa al titán.
-Así que amabas a Christa. ¿Eh?
-Tenía sus encantos- Sus ojos marrones brillan con picardía –Pero a Historia la amo mucho más.
Une sus labios en un contacto efímero, profundo y pasional como todos los que puede recordar. No es lo mismo, y nunca lo será, el vacío en su manga izquierda la obliga a recordarlo. Pero, con todos los años de silencio, caminando tras esos muros como un triste ermitaño, Historia cree haber encontrado la libertad.
Los muros se derribaron, ya no tiene nada que temer.
Se recuesta en su pecho, embriagándose con su aroma hasta que su inquieta mirada azul se posa sobre su mesita de centro, y sobre el tablero de ajedrez que reposa ahí. Piezas blancas y negras esperan inmóviles la llegada de su reina y de su rey
-Ymir- El soldado aun acaricia su cabello, y ese suave roce la hace sentir más somnolienta de lo que se sentía ya -¿Quieres jugar?
La mira a los ojos, imaginando lo que su vida traerá de ahora en adelante; imaginando lo que ocurrirá mañana, cuando despierte a su lado y sienta su calor. Acaricia sus brazos. No volverían a estar solas. Nunca más.
Ymir sonríe.
