Gracias a Rita, LaOdisea, PerlhaHale, yuyuyuoi, MisakiUchiha17 y Anzu Ravenwood por sus reviews. A los que habéis puesto en favoritos o follow esta historia, gracias también, pero ¡no seáis tímidos! Prefiero leer qué opináis.
Este capítulo es algo más corto que los dos anteriores, pero confío en que no decepcione.
III
o—o
Era consciente de que tenía los ojos abiertos, pero todo lo que veía eran manchas negras que le impedían averiguar qué había más allá.
Intentó moverse cuando se percató de lo incómodo de su posición –las manos atadas a la espalda, los tobillos también inmovilizados–, pero su cuerpo no parecía muy dispuesto a obedecerle. Angustiado, trató de hablar, de pedir ayuda aunque detestase tener que hacerlo, pero sólo un débil gemido escapó de sus labios.
Un suave traqueteo lo acunaba, devolviéndolo poco a poco a la inconsciencia de la que apenas había empezado a huir. Haruka parpadeó, pero su visión no se aclaró ni un poco.
—Vaya —la voz lo alarmó; Haruka trató de identificarla, pero le costaba mantener la concentración necesaria incluso para procesar las palabras que oía. Pudo deducir que se trataba de un hombre, al menos—. Has tardado mucho en despertarte, pero aún no hemos llegado.
—No quiero que moleste —dijo alguien más.
—Descuida. Ha habido un cambio de planes, pero todavía puedes sernos útil —Haruka maldijo al universo en su conjunto cuando no pudo hacer nada para evitar varias palmaditas en el rostro—. Aunque depende de tu novio, claro.
¿Rin?
Haruka quiso preguntar algo, pero un dolor agudo se extendió por su brazo, y las manchas que nublaban su visión se oscurecieron aún más, alejándolo de todo pensamiento.
Rin. Sabía que traería problemas.
o—o
El humor de Rin había mejorado considerablemente a lo largo de la mañana. Pese a que no podía decirse que la operación hubiese sido un completo éxito, habían conseguido detener a uno de los cabecillas de la organización ilícita que tantos quebraderos de cabeza les estaba dando, por no hablar de que se habían hecho con gran parte de sus ganancias.
Incluso Sousuke estaba algo más relajado cuando regresaron a la comisaría. Aunque aún no habían desmantelado por completo la banda, el tipo que estaba retenido en uno de los calabozos tenía pinta de ser alguien bastante fácil de convencer para colaborar con la policía.
Por orden de Mikoshiba, Rin tuvo que bajar a hablar con él. No tardarían en identificarlo, pero si colaboraba un poco todo sería más fácil. Se encontró con una mirada hostil al otro lado de las rejas, que no obstante a Rin le impresionó más bien poco. Haruka lo había mirado peor en más de una ocasión.
—Te haré un esquema: cuanto más colabores, más probabilidad tienes de que te caigan menos años —dijo. El detenido gruñó, enseñando los dientes, y Rin se percató entonces de lo poca cosa que parecía. Probablemente fuese más joven que Nagisa.
—No soy un chivato.
Rin se apartó un mechón de pelo del rostro, fingiendo una paciencia que siempre le había escaseado.
—En cierto modo es un gesto muy noble, pero vamos a detener a tus amigos de todas formas. Y yo no tengo todo el día.
—Si tienes que arreglarte, no te molestes; creo que tu novio te dejará tirado.
A Rin se le atascó la réplica en la garganta. Un millar de preguntas se agolparon en su mente, la mayoría acompañadas por un miedo irracional pero demasiado intenso para ignorarlo. Quizá la cuestión más acuciante era qué diablos tienes que ver tú con Haru.
—Dudo que mi vida privada sea de tu interés —dijo finalmente, con los dientes apretados. No estaba seguro de si había podido ocultar la inquietud que se había apoderado de él.
—A lo mejor es más interesante de lo que crees —el chico sonrió con malicia.
Rin espiró lentamente por la nariz, intentando calmarse.
—Muy bien, no pienso perder el tiempo contigo —declaró. Echó a andar con rapidez por el pasillo, tratando de disimular la necesidad de alejarse del delincuente—. Nagisa, intenta hacerle entrar en razón —le pidió al joven, que estaba jugueteando con su móvil. Probablemente intercambiando mensajes con Gou, pensó Rin, recordando entonces que no la había llamado desde que se fuera de viaje con sus amigas.
Sin embargo, Gou podía esperar. Rin llegó hasta su mesa y se dejó caer de cualquier manera en la silla, buscando a Haruka en la agenda de su propio teléfono y tratando de no perder los nervios cuando el aparato no hizo lo que él quería.
"El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura."
A Rin se le pasaron dos cosas por la cabeza:
No pasa nada; apenas lo usa. Seguro que se ha quedado sin batería y ni se ha dado cuenta.
Y después:
Tengo que asegurarme.
Rin cogió las llaves de uno de los coches patrulla y se encaminó a la salida de la comisaría, pero la voz de Sousuke lo detuvo:
—Rin, acaban de llamar…
—Tengo algo que hacer —Rin ni siquiera lo miró.
—Pero es importante.
—¿Te crees que esto no? —había sonado más violento de lo que quería, y cuando dejó de escuchar los pasos de Sousuke tras él se giró, sintiéndose culpable—. Luego me lo cuentas.
Más tarde se disculparía, pero en ese momento la necesidad de ir al restaurante y asegurarse de que Haruka estaba allí, haciendo pescado a la plancha o algo por el estilo, era casi dolorosa. Entró en el coche y se puso en marcha, casi olvidando abrocharse el cinturón de seguridad.
Rin nunca había sido el mejor amigo del código de circulación, pero si hubiese estado lo suficientemente centrado hubiera dado gracias por no tener ningún accidente. Por suerte, al llegar al restaurante encontró aparcamiento, y lo utilizó aunque ese detalle no lo redimiese de haber estado a punto de causar más de un infarto por el camino. Casi corrió hacia la entrada, y miró alrededor cuando estuvo dentro.
—¿Qué desea, señor?
Rin se giró para encontrar a una mujer de mediana edad al otro lado de la vitrina, justo en el punto desde el que Haruka lo había mirado tantas veces con exasperación mientras él fingía indecisión antes de pedir siempre lo mismo.
—¿Puede decirle a Haru que salga? —pidió, cambiando el peso de un pie a otro.
—Oh —la mujer se mordió el labio—. No ha venido; anoche le dolía la cabeza cuando cerramos, y esta mañana ha mandado un mensaje diciendo que estaba enfermo.
Más le vale que sea serio, pensó Rin. Casi pasó por hecho el detalle de que el medio que Haruka había utilizado para comunicarse fuese un mensaje; casi. Y no le gustó en lo más mínimo.
Salió del restaurante sin despedirse, sin importarle que en menos de veinte minutos estuviese dejando la reputación de todo el cuerpo de policía a la altura del betún él solo. No cogió el coche; Haruka vivía a dos calles del restaurante, y Rin se encontró en su casa en menos de dos minutos. Pocas veces había corrido tan rápido.
No encontró a Haruka allí. En su lugar, descubrió el salón hecho un desastre, con la mesa volcada y los libros de las estanterías esparcidos por el suelo, y a Makoto con su gato en brazos y aspecto de estar aturdido, como si no supiera muy bien por qué estaba ahí.
Una garra helada oprimió el corazón de Rin.
No está, comprendió. No se atrevió a decirlo en voz alta. En su lugar, agarró a Makoto por el brazo, ignorando el bufido del gato.
—¿Qué ha pasado? —exigió saber.
Makoto parpadeó varias veces antes de mirarlo, y cuando lo hizo dio un respingo, como si acabara de darse cuenta de dónde se encontraba.
—Ha… ha pasado algo —miró alrededor—. Haru me llamó anoche y sonaba raro, pero estaba ocupado… No le hice caso; tenía trabajo. Pero ahora no está por ningún lado. No ha ido al restaurante ni tampoco a la piscina —bajó la mirada hacia el gato—. He llamado a la policía. ¿Estás aquí por eso?
Rin intentó decirle que estaba en casa de Haruka por el mal presentimiento que lo acompañaba desde que un narcotraficante mencionase a su novio como quien no quiere la cosa, que empezaba a faltarle le aire al no poder seguir convenciéndose de que Haruka estaba bien, pero nada de eso pudo salir de sus labios.
—Deben de estar al llegar —barbotó en su lugar.
Efectivamente, las sirenas de otros dos coches patrulla anunciaron la llegada de más agentes apenas un minuto después. Rin descubrió a Sousuke entre ellos y notó su mirada clavada en él, pero se escabulló hacia el jardín; lo que menos quería en ese momento era disculparse.
Se apoyó en la valla y se cubrió la cara con las manos, intentando pensar con la cabeza fría. Le costó; siempre había fallado con más frecuencia cuanto más se involucraba en un caso. Sin embargo, sus debilidades podían esperar; no se trataba de poder o no. Tenía que hacerlo.
Anoche, empezó. No era mucho, pero era un punto de partida. Haruka había desaparecido en algún momento entre que regresase del trabajo y… y que detuviéramos a ese tipo. Probablemente había sido por la noche, ya que Haruka, aparentemente, había llamado a Makoto para pedirle ayuda.
Pero Makoto no había ido. Las entrañas de Rin se retorcieron por el esfuerzo que suponía intentar no imaginar las posibilidades que aguardaban a Haruka a merced de cualquier persona relacionada con esos delincuentes.
Su móvil eligió ese preciso momento para sonar, haciendo que diera un respingo. Rin lo sacó del bolsillo y descolgó sin ni siquiera mirar quién llamaba.
—Diga —espetó.
—Qué mala educación —la voz que llegó desde el otro lado de la línea era suave y melosa, pero Rin se tensó en cuanto la oyó; bajo la fingida dulzura había un deje amenazante—. Espero no llamar en mal momento.
—¿Quién eres? —masculló Rin. Tras darse cuenta de que preguntar eso era inútil, cambió su cuestión—: ¿Qué quieres?
—Que devuelvas lo que tú y tus amigos nos habéis quitado esta mañana —por algún motivo, Rin pensó en Makoto al escuchar ese deje de amabilidad. No era tan ingenuo como para no captar la diferencia entre ese tipo y el joven, sin embargo—. Ese dinero es nuestro.
Rin tardó unos segundos en comprender de qué hablaba.
—No, no es vuestro —replicó finalmente—. Lo habéis conseguido de forma ilícita.
El hombre suspiró.
—Vosotros y vuestro sentido del deber… —parecía realmente perdido en sus pensamientos—. Suponía que serías difícil, así que tengo la manera de convencerte —Rin apretó los dientes. Durante los segundos que duró el silencio, fue más consciente de lo que lo había sido en su vida de los latidos de su corazón, de lo insuficiente que se le antojaba el aire que inspiraba—. Vamos, habla con él. Tengo entendido que tienes que disculparte por faltar a vuestra cita —la voz del hombre sonaba más lejana, y enseguida se escondió tras una respiración temblorosa, irregular.
—¿Rin?
Una parte de él lo esperaba, y sintió una especie de alivio egoísta al escuchar la voz de Haruka. La otra oprimió sus vías respiratorias, poniéndole aún más difícil la tarea de tomar aire.
—Haru —susurró, vagamente consciente de que estaba tiritando a pesar de la cálida brisa que corría, preludio del verano que estaba por llegar—. ¿Estás bien? ¿Qué te han hecho? ¿Cómo…?
—Estoy bien —lo cortó Haruka, pese a que el temblor de su voz gritaba lo contrario—. Olas.
¿Olas?
—¿Olas?
—Se oyen olas —explicó Haruka rápidamente, con una urgencia que Rin sólo le había oído en circunstancias muy diferentes. Y sin el miedo pegándose a ella como un fango repugnante—. Y barcos. El puerto…
Un golpe sordo lo interrumpió. Rin se despegó de la valla y avanzó dos pasos por instinto, deteniéndose al darse cuenta de que no podía hacer nada por mucho que caminase, al menos mientras no tuviera una dirección.
—Suficiente —Rin se juró que le quitaría el cinismo a ese tipo a golpes—. Bueno, ¿qué opinas?
—Que cuando haya terminado contigo no recordarás cómo era tu cara antes —gruñó Rin.
Escuchó una risa cantarina al otro lado de la línea.
—No tienes que decidirlo ahora —dijo el hombre finalmente—. Te dejo… hasta pasado mañana a las nueve de la mañana para decidirte. ¿Qué te parece? Nos veremos en la parte antigua del puerto. Si vienes, asegúrate de traer el dinero. Si no lo traes, mejor no vengas. Oh, y si pasa algo raro…
»Encontraremos la forma de mandarte el cadáver.
o—o
Haruka veía con algo más de claridad, la suficiente para comprender que era inútil intentar huir.
Seguía maniatado, y ahora además dolorido tras la paliza que, si lo pensaba objetivamente, él mismo se había buscado por intentar ayudar a que lo encontrasen. No se había molestado en replicar a las provocaciones del tipo al que parecían haber asignado la tarea de mantenerlo vigilado, pero seguía escuchándolas, y eso hacía que el dolor de cabeza que lo había acompañado desde que despertase fuera en aumento.
Apoyó la cabeza en la pared, estremeciéndose cuando lo recorrió un escalofrío. No quería dormir; pese a que había perdido la noción del tiempo cuando los dos hombres que habían entrado furtivamente en su casa lograron inmovilizarlo, tenía la impresión de que la droga lo había mantenido bastantes horas inconsciente. Apenas había despertado unos minutos antes de escuchar a un tipo hablando con la policía, y estaba casi seguro de que había perdido el sentido por unos instantes cuando había tratado de decirle a Rin dónde creía que estaba.
Sin embargo, estaba cansado, y poco podía hacer para evitar que los ojos se le cerrasen; su deseo natural de evitar problemas le decía que dormido no se percataría del dolor ni tendría que hacer frente al miedo.
Mientras sucumbía al sueño, su mente vagó por varios asuntos, para terminar en Rin. Haruka frunció el ceño, ya más dormido que despierto. ¿Por qué todo tenía que ver con Rin?
Espero que haga algo, fue el último pensamiento coherente que pudo hilvanar. Después de todo, esto es su culpa.
o—o
Sousuke había sabido que a Rin le pasaba algo desde que lo encontrase en el jardín de la casa de Haruka al borde de las lágrimas, pero no esperaba que su amigo se viniese abajo tan pronto. Tampoco que se culpase por lo ocurrido de la manera en la que lo hacía.
Fue mientras cenaba, dedicando miradas preocupadas a Rin cada pocos segundos, que se le ocurrió preguntarle si sabía dónde podía estar Haruka. Rin se irguió como si le hubiese dado la corriente.
—Si lo supiera, ya habría ido a… —empezó, fulminando a Sousuke con la mirada. Apretó los labios y se recostó de nuevo en el sofá—. Nada.
Sousuke le dio un mordisco a su manzana.
—¿Nada? —lo miró largamente—. Rin, ¿por qué estabas allí cuando llegamos? Precisamente antes de que salieses corriendo como alma que lleva el diablo intentaba decirte que Makoto había llamado. ¿Cómo lo sabías?
Rin no lo miró cuando respondió:
—Quería… hablar con él.
—¿De qué? ¿De nada, también?
Y entonces Rin dejó de seguir tratando de mantener su ridícula fachada. Su explicación fue caótica y desordenada, mezclada con comentarios subjetivos, pero Sousuke se las ingenió para comprenderlo. Cuando Rin hubo terminado, se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro con cautela, pero su amigo se apartó de un salto, encogiéndose en el otro lado del sofá.
—Cállate —murmuró, enjugándose las lágrimas que no había podido contener con el dobladillo de la camiseta que utilizaba para dormir—. Sé lo que vas a decir.
Sousuke enarcó una ceja.
—¿Lo sabes?
—Que soy imbécil.
—¿Qué más?
—Que estaré jodido cuando Mikoshiba se entere de que me he planteado robar el dinero.
—¿Algo más?
—Que debería habéroslo dicho esta tarde.
—¿Y?
Rin miró al suelo.
—No lo sé —admitió.
Sousuke suspiró. Lo cierto es que, pese a que suponía que debía enfadarse por el hecho de que la reacción inicial de Rin hubiese sido guardarse todos los problemas para intentar solucionarlos él solo, no podía.
—Mañana se lo diremos a Mikoshiba —propuso—. Encontraremos una solución, tendrás a tu novio de vuelta y me dejarás el piso para mí solo mientras le cuentas cursilerías.
Rin rio sin alegría.
—Lo dices como si fuera fácil
A Sousuke no se le ocurrió cómo responder.
o—o
Pese al rapapolvo que recibió Rin por dejarse coaccionar, no fue tan terrible como había temido; Mikoshiba no tomaría medidas más severas contra él y, lo más importante, había tomado una decisión respecto a qué hacer con Haruka.
—Lo más importante es que Nanase salga de esto más o menos ileso —dijo, mirando uno por uno a los agentes que participarían en la operación—. Y para ello, Matsuoka, es esencial que no sospechen que nos lo has dicho. Cuando tengamos a Nanase los seguiremos; con un poco de suerte, esta vez los cogeremos a todos.
Rin pasó todo el día y gran parte de la noche –concretamente, las horas en las que las pesadillas no lo acosaron– intentando convencerse de que todo saldría bien. A juzgar por las protestas de Sousuke desde la habitación de al lado, no fue del todo silencioso. Para cuando logró conciliar un sueño tranquilo, estaba a punto de amanecer.
—Sólo seis horas más —murmuró, medio dormido, cuando Sousuke lo zarandeó sin mucho cuidado para despertarlo.
—Haz el favor de levantarte; yo no puedo ir a por tu novio.
Rin se incorporó de un salto, recordando de repente todo lo que tenía que hacer. Sintió una punzada de la culpabilidad en la que estaba intentando no pensar al preguntarse cómo estaría Haruka. ¿Sabría él algo acerca del chantaje? ¿Estaría enfadado con él? Rin sabía que era lo más lógico y no lo culparía en caso afirmativo; después de todo, el único motivo por el que Haruka estaba a merced de esos indeseables era su relación con él.
Sin embargo, sus problemas amorosos no eran el asunto más urgente. Mientras Rin se dirigía al baño para darse una ducha rápida antes de salir, se concentró en lo más importante: recuperar a Haruka. Luego tendrían tiempo de sobra para hablar.
o—o
Haruka despertó porque el olor a salitre era demasiado intenso como para tratarse sólo de un producto de su imaginación. Intentó moverse, pero las manos que sujetaban sus brazos le impidieron hacer algo más que girarse ligeramente.
Seguía maniatado, y estaba seguro de que se había hecho heridas en las muñecas de tanto intentar liberarse; la falta de movilidad le resultaba agobiante, y el hecho de que también sus tobillos estuviesen atados no ayudaba. Había otra persona además de los dos que prácticamente lo iban arrastrando caminando ante él, y Haruka logró enfocar la vista el tiempo suficiente para percatarse de que llevaba una pistola en la mano.
Reprimió un quejido. Si la última vez que había estado consciente le había dolido la cabeza, ahora sentía que le iba a explotar al menor ruido. El escozor de sus muñecas, así como el dolor sordo en las zonas en las que había recibido golpes, sólo lograba que su angustia fuese en aumento. No sabía adónde se dirigían y dudaba que preguntar fuese una buena idea.
Sólo miró alrededor cuando se detuvieron. Se encontraban en un puerto, aunque sólo había una lancha junto al muelle, al menos cerca de ellos. Haruka escuchó al hombre que se encontraba delante de él hablar, y vagamente se percató de que su interlocutor estaba ante ellos; sólo cuando escuchó su voz logró reunir la concentración suficiente para mirarlo.
—No. Primero soltadlo.
Rin.
Parecía que después de todo sí había decidido hacer algo para solucionar los problemas que había traído. Haruka alzó la cabeza con esfuerzo, observándolo; la palidez de su rostro contrastaba con el azul marino del uniforme de policía y todo él estaba tenso, pero su mirada destilaba determinación.
El secuestrador rio.
—No creo que estés en condiciones de exigir —Haruka se estremeció al notar el frío metal de la pistola en su mejilla.
Luchó con denuedo contra el sueño; sabía que no era normal, después de todo el tiempo que había pasado inconsciente, que su cuerpo siguiera pidiéndole dormir. Se fijó en Rin, cuya máscara de inexpresividad se rompía por momentos.
—Bien —murmuró finalmente. Dio dos pasos hacia ellos, ante la atenta mirada de los cuatro, y dejó un maletín en el suelo—. Dejad a Haru.
Se puso una mano en la cadera, en un gesto aparentemente casual, pero Haruka se percató de que sus dedos estaban a sólo unos centímetros de la pistola que colgaba de su cinturón.
Por desgracia, no fue el único que se dio cuenta.
—Quita la mano de ahí —gruñó el hombre que estaba a la izquierda de Haruka.
Rin fingió sorpresa más o menos bien.
—Oh. Como quieras.
El que, hasta el momento, parecía el líder, se acercó al maletín y lo abrió con cuidado. Haruka no pudo ver qué había dentro, pero atisbó la sonrisa de satisfacción del hombre.
—Muy bien. Vámonos.
Haruka apenas logró registrar lo que ocurrió a continuación; notó el movimiento brusco con el que lo arrastraron, el dolor al caer de costado sin poder utilizar las manos para amortiguar el golpe, y creyó ver cómo la expresión de Rin se tornaba miedo, pero para cuando logró incorporarse, a duras penas, el muelle se alejaba de ellos y las olas hacían balancearse la lancha conforme la orilla se hacía más pequeña.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó uno de ellos. Al parecer estaban demasiado ocupados para fijarse en Haruka.
El joven miró en derredor. No tenía la menor idea de adónde se dirigían, pero estaban rodeados de mar. Intentó liberar sus manos con más ahínco, casi con desesperación, ignorando el escozor que se extendía desde sus muñecas magulladas.
—Claro. Se la hemos jugado una vez y podemos usarlo más veces.
Haruka notó una mano en su hombro y trató de apartarse por instinto. Sin embargo, cuando los dedos empezaban a apretarle, un grito ahogado sobresaltó a todos los hombres a bordo.
—Nos… ¿nos siguen? —el contacto cesó y Haruka tuvo que contener un suspiro de alivio.
Alguien rio.
—No harán nada mientras… ¡Eh!
Demasiado tarde. Haruka no estaba en pleno uso de sus facultades, pero había comprendido lo suficiente con esa breve conversación y no tenía la menor intención de colaborar con ellos. Necesitó toda su fuerza de voluntad para incorporarse, pero impulsarse para saltar al agua fue relativamente fácil. Escuchó varios estruendos y gritos, pero no les prestó atención.
El agua estaba más fría que la última vez que había nadado en el mar. O, al menos, eso le parecía. Haruka trató de mantenerse a flote, pero resultaba difícil hacerlo sin utilizar los brazos. Además, el frío era como un arrullo que incrementaba su sopor, una nana que trataba de convencerlo de que se quedase dormido.
Y él tenía mucho, mucho sueño.
