Gracias a LaOdisea, yuyuyuoi, Rita, Anzu Ravenwood, LuFFy McCormick y PerlhaHale por sus reviews.
IV
o—o
Sousuke fue la única razón por la que Rin no perdió completamente los estribos. Antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, los tres delincuentes saltaron a la lancha junto a Haruka y la pusieron en marcha; Sousuke tuvo que sujetarlo y retorcerle la muñeca para obligarlo a soltar la pistola que no recordaba haber cogido.
—Los voy a matar —gruñó, luchando para librarse de Sousuke, con la mirada clavada en la lancha que se alejaba. Era inútil; su amigo siempre había tenido el doble de fuerza que él—. Suéltame; voy a…
—Ya van ellos, Rin —una segunda lancha zarpó desde un muelle cercano, con al menos cinco policías a bordo, en pos de Haruka y sus secuestradores.
—Pero… —Rin dejó de intentar soltarse y observó la lancha en la que se alejaba—. Sigue con ellos —susurró—. Y dijo que…
—¿Qué dijo?
Rin no respondió. Acababa de percatarse de algo que flotaba cerca de la estela de la embarcación de los delincuentes. Entrecerró los ojos; incluso a esa distancia, se daba cuenta de que era algo grande. Tan grande como una persona.
Una…
Sousuke no logró retenerlo en esta ocasión. Para cuando escuchó su grito alarmado, Rin ya estaba nadando hacia Haruka, ignorando las llamadas de sus compañeros.
No era tan buen nadador como Haruka, pero se defendía bien. Con todo, y pese a que su meta particular no estaba muy lejos de la costa, a Rin empezaron a pesarle los brazos bastante antes de llegar hasta él.
Supo que algo iba definitivamente mal cuando perdió de vista a Haruka. La parte de él que no estaba sucumbiendo a un ataque de pánico mientras se obligaba a avanzar a pesar de lo rápido que se estaba agotando se preguntó por qué Haruka estaba haciendo eso; Rin lo había visto en el mar, no muy lejos de donde estaban ahora, moverse en el agua de forma tan natural que parecía que hubiese nacido en ella. Debería ser capaz de mantenerse a flote, de…
Es un peso muerto, le recordó una voz terriblemente cruel. No puede utilizar los brazos ni las piernas.
Rin nadó más vigorosamente, intentando ahogar su conciencia entre el agua que salpicaba con cada brazada.
Llegó hasta el punto en el que había visto por última vez a Haruka y lo encontró suspendido unos centímetros bajo la superficie. La inmovilidad del joven era tan alarmante como la palidez fantasmal que casi brillaba bajo su pelo negro cuando alzó su cabeza por encima de la superficie, en un desgarrador contraste con sus labios amoratados.
—Haru… —Rin lo zarandeó casi con violencia, pero Haruka no reaccionó. Su cabeza se bamboleó de forma casi grotesca por pura inercia, sus ojos azules escondidos tras sus párpados cerrados. Rin se aferró a Haruka con fuerza, como si fuese él el que estuviese ahogándose, pero se arrepintió cuando no notó ningún movimiento, ninguna reacción; se negaba a aceptar lo que evidenciaban sus sentidos.
Está vivo.
Probablemente fuese su propio instinto de supervivencia el emisor de ese mensaje. Rin no lo sabía –y le aterraba la sola perspectiva de tener que comprobarlo–, pero quiso creerlo. Porque era la única oportunidad que tenía de regresar a tierra firme sin perder la cordura.
Asegurándose de que tuviese la cabeza por encima de la superficie, Rin arrastró el cuerpo inerte de Haruka hacia la orilla. Vagamente se percató de que temblaba, y no se dio cuenta de que estaba hablando en voz baja al joven inconsciente mientras nadaba hasta que una voz conocida ahogó la suya. Rin miró alrededor y descubrió el muelle más cerca de lo que había supuesto. Eliminó la distancia que lo separaba de sus compañeros y les dejó a sacar a Haruka del agua, subiendo él a la pasarela de madera con la ayuda de Sousuke.
No tardaron en cortar las cuerdas que inmovilizaban al joven, pero ni eso hizo que Haruka se moviera. Todas las nociones de primeros auxilios parecían haber abandonado a Rin; quería ayudar, pero temía empeorar más las cosas.
Pero lo peor era no ser capaz siquiera de respirar. Los latidos del corazón de Rin resonaban en su garganta, cerrándola e impidiendo el paso de todo el aire que necesitaba.
Demasiado aterrado incluso para sentirse culpable, observó cómo dos de sus compañeros intentaban reanimar a Haruka; a juzgar por la inmovilidad del joven, no estaba yendo muy bien. Su pecho subía con el aire insuflado y bajaba mientras lo expulsaba por inercia, pero no era capaz de continuar el proceso por sí mismo.
Porque está…
No.
No, no, no.
Sousuke le dijo algo, pero Rin no le prestó atención; se agachó junto a Haruka, negándose a aceptar la realidad que le mostraban sus sentidos.
—Aún no me he disculpado —susurró, tomando una de sus manos.
Estaba fría.
o—o
Nagisa no solía ser tan serio como la gente que lo rodeaba, pero eso no quería decir que no supiese que había momentos en los que ser la alegría de la huerta no era lo más adecuado.
Esa mañana, tenía motivos objetivos para alegrarse; habían capturado al resto de los narcotraficantes –salvo uno, que había logrado escapar– y habían encontrado el lugar en el que se escondían. Un asunto menos del que preocuparse; a partir de ese punto lo que ocurriese con los delincuentes ya no era asunto suyo.
Sin embargo, en la comisaría reinaba un silencio casi tétrico, sólo roto por el ocasional tono del teléfono, alguna orden menos enérgica de lo habitual y conversaciones a media voz, escuetas, interrumpidas por miradas disimuladas que todos lanzaban a Rin Matsuoka de vez en cuando.
El joven estaba casi tumbado sobre la mesa, con los brazos extendidos y el rostro escondido entre ellos. De vez en cuando parecía recordar que tenía cosas que hacer y avanzaba un poco con los folios que tenía que rellenar, pero la concentración le duraba pocos minutos; no tardaba mucho en volver a hundir la cabeza entre sus brazos.
Nagisa se había abstenido de preguntar por qué Rin no había ido al hospital con Haruka; pese a que sentía curiosidad, las pocas personas que se habían atrevido a decirle algo desde que viesen la ambulancia alejarse habían salido escaldadas y Nagisa no tenía el mejor deseo de formar parte de ese selecto grupo. Por no hablar de que probablemente Rin le guardase algún tipo de rencor por estar saliendo con su hermana pequeña.
La repentina vibración de su bolsillo sacó al joven de sus cavilaciones. Nagisa cogió su móvil y se le escapó una sonrisa al comprobar que el mensaje había sido enviado por Gou.
Ya hemos vuelto al hotel. La Ópera es preciosa. ¿Qué tal por allí?
El mensaje venía acompañado de una foto algo movida en la que la joven aparecía con sus dos amigas, sonriendo de oreja a oreja y haciendo la señal de la victoria.
Al menos alguien se lo pasa bien, pensó Nagisa, escribiendo una rápida respuesta para su novia. Su pulgar dudó unos segundos antes de pulsar el botón de Enviar, preguntándose si debería decirle algo sobre lo que había pasado. Sobre cómo Rin parecía haber envejecido veinte años en unas horas y la desaparición de un cocinero de su restaurante favorito había desvelado a toda la comisaría durante los últimos días.
Sin embargo, finalmente Nagisa no mencionó nada. Gou y sus amigas no regresarían de Australia hasta dentro de cinco días, y no quería preocuparla innecesariamente. Un Todo bien, diviértete fue lo que envió finalmente.
Gou no necesitaba saber los detalles más perturbadores de la organización ahora totalmente desmantelada. Desde luego, no le haría ningún bien saber que Sousuke, al que todos los allí presentes habían llamado paranoico en alguna ocasión, había sido el único que se había dado cuenta de lo que ocurría. De que al menos dos personas habían seguido a varios agentes durante semanas, como parte de un plan para cubrirse las espaldas que, no obstante, al final no les había dado resultado. Tampoco que el único motivo por el que ella no había sido víctima de ese ardid había sido la apresurada decisión de adelantar su viaje una semana; de no haberlo hecho…
… no sería Haruka el que está en el hospital.
Nagisa no sonrió cuando la pantalla de su móvil se encendió, anunciando un nuevo mensaje de Gou.
¿Seguro? Mi hermano aún no ha llamado…
Nagisa apartó la mirada del mensaje y clavó los ojos en Rin, que se encontraba en mitad de una fase de intensa concentración, apuntando algo en otro papel.
Por unos instantes se planteó limitarse a inventar una excusa para Gou y dejar que Rin se encargara de sus asuntos fraternales como juzgase conveniente; sin embargo, no necesitaba ser un genio para darse cuenta de que probablemente su hermana pequeña era en ese momento la menor de las preocupaciones del joven.
(Quizá Nagisa estuviera siendo injusto con él. Después de todo, Rin también era consciente de lo cerca que había estado Gou de correr la suerte de Haruka. Pero en ese momento no le importaba mucho.)
Armándose de valor, Nagisa se acercó a la mesa de su compañero, tratando de parecer lo más inocente posible. Ignoró las miradas de advertencia de varios compañeros, el débil No es el momento de Sousuke y el gruñido de Rin y se plantó ante él, clavando los talones en el suelo.
—Qué-quieres —masculló Rin entre dientes.
Nagisa respiró hondo.
—Tu hermana dice que aún no la has llamado —soltó de golpe.
La mirada de Rin pasó de hostil a extrañada, luego a sorprendida, volvió a ser suspicaz y durante unos segundos estuvo llena de culpabilidad, antes de regresar a su hostilidad inicial.
—Eso no es asunto tuyo.
Nagisa podía pecar de ser demasiado transparente como para mentir con convicción, de entusiasmarse más de la cuenta por la cosa más tonta, pero no era un cobarde. Resistió estoicamente la tentación de huir de la comisaría, de la ciudad y del país mientras Rin intentaba agujerear sus órganos internos con la mirada; y debió de hacer algo que agradase a su compañero, porque cuando Rin se cansó de intentar sin éxito desintegrarlo con la única ayuda de sus ojos se puso en pie y se dirigió a la salida, indicándole que lo siguiera con un gesto.
o—o
—La llamaré esta noche.
Rin pudo sentir la sorpresa de Nagisa a su lado. No tenía la menor idea de qué esperaba el joven cuando habían salido de la comisaría juntos, pero definitivamente eso no.
Rin tampoco lo esperaba. Siendo totalmente sincero consigo mismo, Rin ya no sabía qué esperaba, en ninguno de los sentidos. Había mucho que ignoraba en ese momento; y lo único de lo que estaba totalmente seguro era que se sentiría algo mejor si se hubiese ahogado unas horas antes.
Observó el cielo, que había estado encapotándose lentamente. Una triste luz gris iluminaba la ciudad, una que no ayudaba a que Rin aclarase el barullo que era su mente en ese momento.
No había ido al hospital con Haruka, pese a que Mikoshiba le había asegurado que no tenía ningún problema. Sus piernas casi habían dejado de sostenerlo cuando, apenas unos segundos antes de subirlo a la ambulancia, los médicos habían logrado restituir la respiración de Haruka, pero se había quedado inmóvil, pegado a Sousuke, observando cómo la ambulancia se alejaba.
Aun después de varias horas y las tres tazas de café que Sousuke le había dejado en la mesa, Rin seguía sin estar seguro de haber hecho lo correcto. Todos los razonamientos lo llevaban a la conclusión de que poco pintaba él en el hospital; ya habían avisado a Makoto, lo más parecido a un familiar que tenía Haruka y probablemente con quien quisiese estar en ese momento. Por no hablar de que él tenía trabajo, por mucho que su superior estuviera dispuesto a permitirle saltárselo. Por no hablar de que si Haruka… empeoraba, Makoto lo avisaría. Por no hablar de que Rin odiaba los hospitales desde antes de tener uso de razón y estar allí sólo ayudaría a incrementar la ansiedad que ya le impedía respirar con normalidad.
Por no hablar de…
Por no hablar de que es mi culpa que esté allí.
Lo irónico del asunto era que a Rin le importaban un pimiento todos esos argumentos; que, pese a las mil y una razones por las que permanecer en la comisaría era la idea más lógica, seguía muriéndose un poco más por dentro a cada minuto que pasaba intentando ignorar la picazón en los pies, el deseo de echar a correr hacia el hospital.
—¿Por qué no has ido con él?
La voz de Nagisa puso en tensión a Rin; casi había olvidado que el joven seguía ahí. Se giró hacia él.
—¿Eh?
¿No es obvio? ¿No era esto lo que debía hacer? Ni siquiera sé si está algo mejor que esta mañana o si…
Rin intentó concentrarse en Nagisa. No permitiría a su mente vagar por esos derroteros.
—Es evidente que quieres estar con él —Nagisa se encogió de hombros—. Y quizá refunfuñarías menos si…
—Aquí estoy perfectamente —lo interrumpió Rin, aferrándose a sus razonamientos como a un clavo ardiendo.
—Pero no quieres estar aquí —la voz de Nagisa vino acompañada de una nota de exasperación, parecida a la de un profesor que lleva media clase explicando un concepto tremendamente simple a un alumno especialmente espeso.
En otras circunstancias, Rin ya habría mandado a Nagisa dos calles más allá de una patada. Sin embargo, se permitió escuchar lo que llevaba toda la mañana intentando ignorar. Quizá porque se moría de ganas por ver reflejado, de alguna manera, que no era sólo su egoísmo lo que le hacía desear estar donde no debía.
Rin apretó los puños sin darse cuenta.
—¿Crees que debería? —preguntó en voz baja.
Nagisa asintió inmediatamente.
Y quizá el sentirse tan aliviado al escuchar lo que quería oír tuviese algo que ver; puede que hacer caso a Nagisa fuese mala idea. Pero la honestidad que se desprendía de cada uno de los gestos del joven bastó para convencer del todo a Rin.
o—o
Cuando la quinta gota caía sobre el cristal de la ventana, la puerta de la habitación se abrió tan bruscamente que Makoto estuvo a punto de caerse del sillón. Se le escapó un grito alarmado mientras se volvía hacia la entrada, y por unos instantes temió que el repentino alboroto hubiese despertado a Haruka.
Sin embargo, cuando miró a su amigo, preocupado, descubrió que seguía durmiendo, tan imperturbable e inmóvil como cuando había entrado en la habitación unas horas antes.
Makoto giró la cabeza de nuevo hacia la puerta; en esta ocasión, además de asegurarse de que el intruso era Rin, advirtió que el hombre lanzaba miradas rápidas hacia la cama antes de clavar los ojos en el suelo durante varios segundos, como si creyese que no debía observar a Haruka durante demasiado tiempo.
—Bu-buenas tardes —saludó Rin tras lo que parecieron varios siglos.
Makoto no estaba seguro de cómo se suponía que debía tomarse la presencia del joven ahí; no se le había pasado por alto que no había dado señales de vida en todo el día, aun siendo él, según Sousuke le había dicho cuando lo había llamado, quien había sugerido contactar con Makoto con respecto a Haruka.
Sin embargo, ahora sí estaba ahí. Y parecía preocupado y asustado y Makoto no estaba seguro de que fuera sólo eso, pero decidió que era mejor no insistir en ese tema en particular.
—Buenas tardes —respondió, sonriendo—. No te quedes ahí de pie —agregó, señalando el otro sillón, en el lado opuesto de la cama. Rin cerró la puerta tras él y avanzó a pasos vacilantes hasta dejarse caer en el asiento.
Pasaron varios minutos antes de que Rin se decidiera a romper el silencio. Makoto se percató de todos y cada uno de sus intentos, de cada ocasión en la que abrió la boca para volver a cerrarla unos segundos más tarde, pero no dijo nada.
—¿Cómo está? —su voz se mezcló con la lluvia que arreciaba con más fuerza.
Makoto se mordió el labio. Había pasado las últimas horas tratando de no pensar en ello; decirse que probablemente Haruka se recuperaría era más fácil que recordar que en ese momento estaba lejos de eso.
Miró a su amigo. No podía engañarse; pese a que su rostro ya no se confundía con las sábanas blancas, seguía pálido como un fantasma. Varios tubos introducían diversos líquidos en sus brazos, y la mayoría de su rostro estaba oculto tras una mascarilla de plástico. Makoto apartó la mirada al escuchar los insistentes pitidos, lentos pero regulares, que sólo le recordaban lo cerca que había estado de perder a su mejor amigo.
Le explicó a Rin, a media voz, que aún era pronto para cantar victoria; que Haruka seguía vivo, pero los médicos temían que su corazón fallase de nuevo; que la falta de oxígeno se había juntado con el frío y las sustancias que sus secuestradores habían utilizado para mantenerlo inconsciente y todo eso no hacía sino complicar las cosas.
—Pero va a estar bien —agregó finalmente, no muy seguro de a quién intentaba convencer.
Rin lo miró. Había pasado los últimos minutos observando a Haruka con un brillo suplicante en los ojos, como si pudiese hacer algo por él con su fuerza de voluntad.
—¿Cómo lo sabes?
Makoto se encogió de hombros. No lo sabía. Simplemente tenía esperanzas.
o—o
Rin no pudo negarse a pasar la noche en el hospital cuando Makoto le dijo que tenía que irse.
En realidad, no quería abandonar el lugar, pese a todas sus reticencias ya casi olvidadas. Haruka había pasado toda la tarde inconsciente, amparado por un silencio que sólo se rompía cuando algún enfermero entraba para comprobar sus constantes vitales o Makoto o Rin intentaban entablar conversación. No duraban mucho, pero Rin logró explicarle el contexto de lo ocurrido y disculparse por ello. Lo que no logró fue que Makoto comprendiese por qué se disculpaba; el joven opinaba que Rin no tenía la culpa de lo ocurrido y se negaba a aceptar su remordimiento.
Bajó las persianas hasta la mitad y apagó la luz de la habitación; se giró hacia Haruka con la ridícula esperanza de que el cambio en la iluminación lo hubiese despertado, pero luego recordó que probablemente tuviese más medicamentos que sangre en el cuerpo en ese momento.
Se sentó en el sillón que durante el transcurso de la tarde había hecho suyo y observó a Haruka; bajo la débil luz de las farolas que se colaba por la ventana parecía tener algo más de color. Rin sabía que era sólo una ilusión, pero la mano que había tomado en algún momento poco antes de que Makoto se fuera había recuperado algo de calor, y la última enfermera que había entrado se había mostrado optimista cuando Rin le había preguntado por qué sonreía.
De momento, tenía derecho a albergar esperanzas.
Alargó el brazo y apartó un mechón oscuro de la frente de Haruka. El joven frunció el ceño, y Rin contuvo la respiración durante unos segundos, antes de aceptar que no estaba consciente y recostarse en el incómodo sillón.
—Buenas noches, Haru —murmuró, cerrando los ojos. Le dolió un poco no recibir respuesta.
Pese a que sólo quería echar una cabezadita, a Rin se le acabó por venir encima todo el cansancio acumulado. Se quedó dormido con la cabeza colgando en una posición que predecía, con una probabilidad cercana a uno, un dolor de cuello terrible para la mañana.
En ese momento, Rin no se dio cuenta. Soñó que nadaba con Haruka en una piscina llena de flores; se sumergió en el agua hasta olvidar que la realidad era muy distinta, sin darse cuenta del par de ojos que se abrieron en la oscuridad y miraron alrededor, confundidos, antes de cerrarse de nuevo para regresar a su propio sueño.
o—o
Cuando volvió en sí, lo que menos sorprendió a Haruka fue encontrar a Makoto a su lado.
No necesitó preguntar para reconocer la habitación en la que se encontraba, demasiado blanca parar su gusto, como parte de un hospital, pero no lograba encontrar una explicación convincente a por qué estaba ahí. Tampoco comprendía qué había pasado para que el dolor de cabeza que tanto le había molestado estuviese reducido a un murmullo constante en las sienes, demasiado leve para resultar insoportable, demasiado intenso para poder ignorarlo; ni la función de la cosa que tenía en la cara, presionándole las mejillas y la nariz.
Y le era imposible ignorar el frío. Garras heladas e invisibles que se enganchaban a sus huesos como garfios, imposibles de apartar por mucho que lo desease, y Haruka tampoco podía entenderlo.
Pero que Makoto estuviese sentado en un sillón junto a la cama, jugueteando con una tira de papel mientras miraba por la ventana, era tan natural que Haruka no se cuestionó cómo había llegado allí.
Aferró el borde de la manta que lo cubría con las manos temblorosas y se la subió hasta la barbilla. Debió de hacer algún ruido, porque Makoto se giró hacia él. Su expresión cambió de sorpresa a preocupación, y después a un alivio que contribuyó a apaciguar la inquietud que empezaba a alzarse en su interior.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Haruka.
Makoto sonrió.
—Te trajeron ayer —explicó. Había algo extraño en su voz, algo que hacía que sonase como si estuviese a punto de romperse—. Has… Has estado mal.
Su sonrisa se desvaneció y por unos segundos Haruka temió que fuese a llorar; había estado junto a Makoto el tiempo suficiente como para ver venir ese tipo de situaciones. Sin embargo, su amigo sacudió la cabeza, como si se le hubiese metido agua en las orejas.
—¿Por qué…? —empezó de nuevo cuando consideró seguro hablar; no había recibido aún una respuesta. Quería preguntar también qué le había pasado, qué era tan malo como para que Makoto evitase hablar de ello, pero intuía que no era el mejor momento.
—Rin dice que los tipos que te habían secuestrado te tiraron al agua. Fue a por ti, pero cuando llegó estabas inconsciente y… Y… te trajeron aquí. Los médicos dijeron que probablemente estarías confundido; parece que esos tipos te golpearon la cabeza con fuerza.
Quizá el mareo que sintió ante la desorbitada cantidad de datos tuviese algo que ver con su maltratada cabeza. Era como si cada una de las palabras de Makoto fuesen vilanos, arremolinándose a su alrededor junto a los recuerdos que habían despertado. Haruka trató de hacerse con al menos unos pocos, pero sólo logró coger uno.
—¿Dónde está Rin?
—Tenía trabajo —respondió Makoto—. Ha pasado la noche aquí, pero se ha tenido que ir por la mañana. Ha dicho que vendría en cuanto terminase, por cierto.
Haruka se encontró deseando que el joven acabase rápido con lo que quiera que tuviese que hacer. Sabía que tenía que hablar con él de algo, aunque en ese momento recordar de qué se trataba representase empeorar su dolor de cabeza. Se arrebujó entre las mantas y cerró los ojos, intentando dejar la mente en blanco; quizá si lo hacía el malestar remitiría.
—Makoto —lo llamó tras unos minutos, sin despegar los párpados.
—¿Qué?
—Sabes qué ha pasado —no era una pregunta—. Luego… —empezó; Haruka necesitaba saber qué había ocurrido, entender las partes que desconocía, pero dudaba seriamente que fuese capaz de comprender más de dos proposiciones seguidas en ese momento.
Makoto rio.
—Claro.
o—o
Rin no esperaba que Mikoshiba fuese a permitirle escaquearse del trabajo dos días seguidos, pero cuando recibió el mensaje de Makoto fue víctima de la relatividad del tiempo en todo su esplendor.
Haru ha despertado. Parece que está bien. Ha preguntado por ti.
Y con esas tres oraciones, "los minutos se convirtieron en horas" dejó de ser sólo una metáfora para Rin Matsuoka.
Sousuke percibió el sutil cambio en su humor, por supuesto. Ni siquiera necesitó preguntar el motivo; Rin se lo contó por voluntad propia, a un volumen suficiente para informar de la mejoría de Haruka a las ballenas que cantaban en las profundidades del mar. Después de ello, Rin tuvo que hacer frente a su propia impaciencia, al dolor de cuello que le impedía asentir con la cabeza y a las bromas amistosas de su amigo.
—¡Está en el hospital porque ayer casi se muere! —saltó Rin cuando no pudo mantenerse callado (pronto), con las mejillas coloreadas por la indignación. Se obligó a bajar la voz—. Deja de pensar siempre en lo mismo. Además…
Sousuke no hizo ningún comentario cuando la voz de Rin se extinguió, pero dejó de meterse con él.
Mientras Haruka había estado inconsciente, el conflicto entre la decisión correcta y la decisión egoísta había sido fácil de ignorar; Rin había estado demasiado ocupado deseando que llegase el momento de elegir, que sus dudas no terminasen en el cementerio.
Sin embargo, ahora que posponer su enfrentamiento con la realidad ya no era una opción, Rin era la personificación de otra frase hecha: "estar entre la espada y la pared".
Había esperado que fuera más fácil. Había esperado –casi deseado– que Haruka exigiese que lo trasladaran a un hospital situado en la otra punta del país en cuanto recobrase el sentido. Rin conocía el rechazo; y sobreviviría, aunque le costase un tiempo.
Pero Haruka había tenido que preguntar por él y complicarlo todo.
Porque ya no era tan fácil. Si Haruka no quería alejarse de él, la responsabilidad de lo que ocurriese con su relación recaía única y exclusivamente sobre Rin. Y él nunca había negado ser humano, uno tremendamente sensible a la tentación. Y… bueno… la opción de ignorar lo ocurrido, de seguir con Haruka como si nada hubiese ocurrido sonaba demasiado bien.
Perfecto.
Salvo por el maldito detalle de que Rin tenía una conciencia demasiado ruidosa.
En el fondo, Rin sabía, y se lo repitió cuando, al fin, fue libre y pudo ir a su piso para cambiarse antes de dirigirse al hospital, que ni siquiera él era tan ruin. Que aun en el improbable caso de que lograse ignorar a su conciencia no conseguiría, ni por asomo, ser feliz; y que lo que había ocurrido podía repetirse y Rin ya había pasado demasiado miedo por Haruka para compensar sus próximas diez vidas.
La decisión estaba tomada para cuando salió del ascensor en la cuarta planta del hospital, y con cada paso que daba para acercarse a su habitación no hacía sino estar más y más seguro de que estaba haciendo lo correcto.
A pesar de eso, cuando Rin entró en la habitación y vio a Haruka despierto, recostado en la cama y mirando por la ventana, casi olvidó todo lo que se había prometido que venía a hacer.
Haruka giró la cabeza hacia la puerta, sus ojos azules desmesuradamente abiertos, con un brillo de alarma. Darse cuenta de que le habían quitado la mascarilla no ayudó a que Rin estuviese más seguro de su decisión.
—¿Vas a estar ahí todo el rato?
Rin se encontró sonriendo a regañadientes; casi había olvidado lo directo que era Haruka, muchas veces pareciendo incluso hostil. No preguntó dónde estaba Makoto; sospechaba que no había dejado a Haruka solo durante mucho tiempo.
—Eh… no —respondió finalmente. Echó a andar hasta que llegó a los pies de la cama y miró a Haruka de arriba abajo; parecía estar bien—. Estás mejor —observó.
Había un brillo de sospecha en la mirada de Haruka; ni por un momento dejó de clavar los ojos en Rin, como si pretendiese agujerear su cráneo hasta averiguar lo que quería saber.
—Estás raro —observó.
Rin tragó saliva. Había pensado en decenas de formas de abordar el tema que quería zanjar cuanto antes, pero en ese momento no recordaba ninguna. Puso todo su empeño en planear una conversación, pero Haruka seguía mirándolo y dificultando todos sus procesos mentales.
—Lo siento —dijo finalmente, rindiéndose. Diría lo que tenía que decir y se iría. Después de todo, a Haruka no le gustaban demasiado las florituras.
El joven inclinó la cabeza hacia un lado, extrañado.
—¿El qué?
—El… —Rin se armó de valor—. Todo esto —abarcó la habitación con un gesto—. Lo que ha pasado; si no hubieras tenido nada que ver conmigo, ahora mismo estarías… no sé, jugando con el gato de Makoto.
—Es verdad —coincidió Haruka.
La parte más egoísta de Rin hubiera preferido otra respuesta. Resultó que la parte egoísta de Rin era más grande y dolía más de lo que el joven creía.
Sin embargo, continuó:
—Pues… No quiero que vuelva a pasar —Haruka asintió levemente, mostrando su acuerdo—. Y seguro que tú tampoco; te pasas el día diciendo que no te gustan los problemas. Y yo he demostrado ser un enorme problema con pies, así que… —Rin no se había dado cuenta de que había alzado la voz hasta que se percató de que Haruka había cerrado los ojos—. Todo esto te… molesta, ¿no?
Haruka despegó los párpados.
—Sí —admitió.
Algo que no era la parte egoísta de Rin se rompió un poco más ante la tranquilidad con que Haruka se estaba tomando esa conversación.
—Pues… Pues eso —Rin asintió, reafirmando su decisión—. Me voy.
Haruka no movió ni un músculo mientras salía de la habitación, y quizá fue eso lo que más le dolió.
Notas de la autora: Tengo que disculparme, porque me he retrasado un montón con este capítulo. Entre que al releerlo hubo cosas que no me gustaron y tardé en cambiar y el desastre emocional que estoy hecha después del capítulo de ayer (SOUSUKE, MI NIÑO), he tardado bastante. Pero bueno, aquí está finalmente, para bien o para mal.
¿Qué os ha parecido?
