Capítulo 2.

Unos días más tarde Marin telefoneó a June y Flare.

June se había casado hacía poco tiempo con Albiore, un guapísimo argentino que daba clases nocturnas de mecánica para mujeres en el mismo colegio en el que trabajaban Marin y Shaina. Albiore era un poquito anticuado y no le hacía mucha gracia la idea de que su mujer fuera a ver un espectáculo de esa clase pero no se opuso ya que iría con sus amigas. Además, June podía ser muy convincente cuando quería y a decir verdad, Albiore la adoraba y sabía que no se la pegaría con otro sino que más bien le preocupaba el que su joven esposa saliera sola a altas horas de la madrugada.
Flare no se lo pensó dos veces y aceptó inmediatamente, incluso les resolvió el problema de la quinta persona: su hermana mayor Hilda, que estaba de visita por unos días y que dijo que le encantaría ir.
Marin hizo otra llamada, esta vez para reservar los billetes.

Mientras tanto Camus, el dueño de "Alexandros", la mejor discoteca de la zona, recibió una llamada de teléfono en su oficina. Al otro lado del hilo estaba Milo, el que estaba al cargo de llevar a los strippers y la organización del espectáculo.

—Dígame.
—¿Camus? ¡Hola!, soy Milo.
—Milo, ¿cómo estás?
—Muy bien, gracias. ¡Oye!, ¿cómo va la venta de entradas?
—Creo que fue una buena idea organizar este show, se estan vendiendo como rosquillas y el local estará lleno esa noche —le contestó muy contento tras haber examinado los libros de cuentas—. Por cierto, ¿quienes te acompañarán?
—Tengo a dos hermanos gemelos guapísimos que actuarán juntos, también a otro chico algo más joven que creo que se llevará de calle a las muchachas y, ¿cómo no?, tendremos a Mystic Mu, el hipnotizador.

Milo sabía elegir muy bien a sus colaboradores y su capacidad de organización era increíble, por lo cual Camus confiaba plenamente en su juicio.

—Gemelos, ¿eh?, ¿qué más habrá? —Camus recordó algo que Milo le había comentado unos días antes—. Me dijiste que tuviste otra idea para recaudar más dinero.
—¡Claro!, tengo pensado en subastar a cinco de tu guardias de seguridad.
—¿Una subasta? —dijo Camus con gran interés.
—Sí, se les subastará individualmente y quienquiera que sea el mejor postor o postora podrá tenerlos en su casa durante toda una tarde para hacer lo que quieran con ellos.
—¿Lo que quieran? —Camus se quedó un poco parado por unos instantes— ¡No te pases, Milo!, que estos chicos no son putitas.
—Lo que quieran dentro de un límite, claro está; por ejemplo, que les limpien la casa, que les hagan alguna reparación o les laven el coche. En fin, este tipo de cosas —le explicó su amigo tratando de asegurarle que no habría nada ilegal de por medio, ni a nadie se le forzaría a hacer nada que no quisieran hacer.
—Ah, bueno... —dijo Camus ya más tranquilo.
—¡Nada, chico!, te vuelvo a llamar de aquí a unos días para que me pongas al corriente, ¿vale?. ¡Hasta pronto!.

Camus se despidió de él y sonrió al pensar que la voz de Milo seguía siendo tan sensual como siempre; su buen amigo no había cambiado ni un ápice desde el día que lo conoció. No obstante, aquellas cavilaciones no duraron mucho tiempo pues no había hecho más que colgar el aparato cuando sonó de nuevo.
—¡Dígame!.
—¡Camus, amigo mío!, ¿cómo estás? —respondió alegremente la voz al otro lado del teléfono.
—Aioria, ¡qué sorpresa!. No sabes lo que me alegra oírte —dijo un muy feliz Camus.
—Yo también me alegro y por cierto, creo que el veinticuatro de junio no habrá moros en la costa.
—¿Cómo así?
—Marin se va a pasar todo el fin de semana con unas amigas suyas.
—Entonces no habrá problemas en poder vernos.
—¡Claro que no! —le respondió en referencia a la reunión de antiguos alumnos que organizaban anualmente—. Si quieres puedes venir la semana que viene a mi casa, mi hermano mayor estará aquí de visita durante unos días y sé cuánto le gustaría verte.
—Acepto encantado tu invitación, Aioria y por supuesto que me gustaría mucho ver de nuevo a Aioros. Además, será una oportunidad magnífica para poder confirmar algunos detalles sobre la reunión; ¿sabes si los otros asitirán también?
—No lo sé, sólo tres han confirmado por ahora —justo entonces Aioria se vio interrumpido por el timbre—. ¡Vaya, hombre!, están llamando a la puerta.
—No te preocupes. Esta noche te daré un toque para confirmar lo de la próxima semana.
—Hasta luego entonces.
—À toute à l'heure, mon ami! —le contestó antes de colgar.