Gracias a LaOdisea, PerlhaHale, yuyuyuoi, Rita, Anzu Ravenwood y LuFFy McCormick por sus reviews.


V

o—o

No había nadie en la habitación cuando Haruka despertó agitado, intentando desenredar las sábanas y temblando pese a que no ya no tenía frío.

Necesitó unos segundos para que las imágenes, aún demasiado vívidas para olvidarlas, empezaran a desvanecerse; su secuestro, pese a que había durado poco, seguía demasiado fresco en su mente para no inquietarle. Incluso cuando terminó de comprender que no estaba en peligro se incorporó para mirar alrededor una vez más, sólo por si acaso.

Estaba solo.

Mientras tiraba de las sábanas para volver a taparse, Haruka rescató de su memoria el dato de que Makoto tenía asuntos que resolver y probablemente no pasaría la noche en el hospital. Cerró los ojos; no sentía ningún tipo de resentimiento. Habían pasado dos días desde que despertase y todo parecía indicar que se estaba recuperando bien, así que Makoto no tenía ningún motivo para seguir preocupándose.

Rin, por su parte…

Basta.

Haruka cerró los ojos de nuevo. Dormir era lo único que podía hacer hasta que le diesen el alta; incluso las pesadillas suponían, al menos, una forma de matar el aburrimiento.

O de olvidar la soledad.

o—o

Rin aprovechó su día libre para recoger a su hermana en el aeropuerto.

Obviamente, tuvo que soportar la bronca reglamentaria por no haberla llamado. Contrariamente a lo que hubiera hecho en otras circunstancias, no la interrumpió ni una sola vez. Lo cual hizo que el sermón durase menos de lo habitual, acabándose cuando Gou agotó su surtido de reproches.

—Lo siento —dijo Rin finalmente, al darse cuenta de que la joven llevaba varios segundos observándolo fijamente—. Hemos estado… bastante ocupados estos días.

Gou entornó los ojos.

—¿Ocupados con qué? ¿Era muy importante? —Rin quería que siguiera riñéndole para poder distraerse, pero su hermana nunca había sido tonta. Le dio un codazo mientras salían a la parada de autobús para regresar a la ciudad—. ¿Ha pasado algo?

Rin negó con la cabeza por instinto.

—Deja de meter las narices en asuntos que no te interesan —replicó con cierta mordacidad.

—Pero si estás así, es porque a ti sí te interesan —rebatió Gou.

Un sonido difícilmente clasificable escapó de los labios de Rin al darse cuenta de que su hermana no tenía la menor intención de dejar apartado el tema.

—Los malos se pasaron de la raya y ahora están en la cárcel —resumió—. Fin. ¿Contenta?

Prefirió no decirle lo mucho que le alegraba que Gou tuviese que preguntar para saber lo que había ocurrido, el alivio que en ese momento suponía tener a su hermana a su lado, empeñada en llevar su maleta porque según ella no necesitaba ayuda.

—¿Y ya? —Gou se enganchó a su brazo—. Nagisa dice que has roto con tu novio.

Rin se detuvo en seco.

—Nagisa morirá lenta y dolorosamente en cuanto lo vea —masculló, librándose del agarre de su hermana y reanudando el paso.

No es que Rin hubiese proclamado a los cuatro vientos el fin de su relación con Haruka. De hecho, no había hablado mucho desde entonces, no más de lo necesario. Igual menos de lo necesario, a juzgar por las miradas que había atraído sin cesar en los últimos días. Maldición; incluso Ryugazaki, que se pasaba la vida haciendo autopsias y apenas lo veía, le había preguntado si se encontraba mal.

—¿Así que es verdad? —Gou corrió para alcanzarlo. Rin no respondió—. Ey, ¿qué ha pasado? —preguntó en voz más baja, quizá dándose cuenta de que el asunto era algo más delicado de lo que Rin intentaba aparentar.

—Lo que tenía que pasar —Rin se detuvo cuando llegó a la parada del autobús, evitando por todos los medios mirar a su hermana—. Hablando de cosas más importantes —empezó, con un tono forzosamente jovial—, no me has contado todavía qué has visto.

Era obvio que Gou quería seguir insistiendo sobre el tema, pero no lo hizo. Rin no comentó nada al respecto, sobre todo porque no encontraba palabras para agradecerle que lo obligase a pensar en algo más que la devastadora indiferencia con la que Haruka se había despedido de él.

o—o

Haruka aprovechó el desastre que habían montado en su casa para reorganizar el salón.

Sólo cambió dos estanterías de sitio, y estaba seguro de que dejaba menos espacio aprovechable que de la manera en la que estaba antes, pero prefería estar haciendo algo, aunque supusiese esforzarse inútilmente, a quedarse quieto y dejar que los recuerdos lo agobiasen.

Había salido del hospital el día anterior y le era físicamente imposible guardar reposo. Había limpiado a fondo toda su casa, cocinado comida suficiente para todos los policías que trabajaban en la comisaría con Rin, y lo único de lo que podía quejarse el gato de Makoto a estas alturas era no tener un nombre.

Sin embargo, incluso a pesar de desear mantenerse ocupado más que cualquier otra cosa, necesitaba descansar, y los dolorosos pinchazos que le recordaban lo maltratada que había estado su cabeza mientras había estado secuestrado lo obligaban a ello. Así pues, después de comer Haruka se sentó en el salón con las piernas encogidas y cerró los ojos, tratando de dejar la mente en blanco.

No lo consiguió. Lo que había ocurrido en los últimos días seguía dando vueltas en su mente; los confusos momentos en los que sólo quería dormir se mezclaban con las explicaciones de Makoto y la ausencia de Rin, y Haruka intentaba ignorarlo, porque ya había pasado y no era algo que pudiese cambiar, pero seguía oyendo gritos y golpes por mucho que se tapase los oídos.

En algún momento debió de quedarse dormido, porque los tres suaves golpes en la puerta le resultaron más alarmantes de lo que recordaba; con una cautela que no había aprendido de la mejor manera posible, Haruka se puso en pie y salió al pasillo, tan tenso que le dolió la espalda hasta que abrió la puerta y descubrió a Makoto en el exterior.

—Hola —saludó, ya girándose para volver al salón. Makoto entró en la casa y cerró la puerta tras de sí, siguiéndolo mientras tarareaba una canción. Haruka se sentó y observó al gato acercarse a su amigo, que rápidamente lo cogió para mimarlo.

Cuando se cansó de jugar con su mascota, Makoto se dejó caer a su lado.

—¿Qué tal? —preguntó, sonriendo un poco. Haruka se encogió de hombros—. ¿Cuándo vuelves al trabajo?

—Dentro de tres días —respondió Haruka. Hablar le apetecía menos de lo habitual, así que se tumbó con las manos bajo la cabeza y observó el techo a pesar de que la lámpara le molestaba—. Si tienes hambre, el frigorífico está lleno de comida.

No le hizo falta ver a Makoto para intuir que su amigo estaba preocupado. La atmósfera en la casa no había sido relajada desde que el joven había llegado –en realidad, desde mucho antes–, pero el repentino cambio de tema de Haruka había hecho más complicado para ambos dejar de ignorar un problema que, por muchas variantes del mismo plato que cocinase, no podía solucionar.

—Haru —el tono de Makoto advirtió a Haruka de que a él tampoco se le había pasado por alto el sutil cambio en el ambiente—. ¿Has hablado con Rin?

Haruka cerró los ojos cuando la luz empezó a molestarle demasiado.

—No.

Me voy, había dicho, y por un momento Haruka había estado convencido de que el brillo de sus ojos estaba hecho de lágrimas contenidas.

—No lo entiendo —comentó Makoto—. Antes de todo esto estabais bien, ¿no?

Haruka notó el suave peso del gato caminando sobre su pecho. Repasó de nuevo esa última conversación, intentando encontrar el momento en que algo había ido mal. Abrió los ojos.

—Sólo dijo la verdad —murmuró, más para sí que para Makoto, mientras el gato se echaba sobre él. La cola del animal le hizo cosquillas en la barbilla—. Y luego se fue —se encogió de hombros—. No lo entiendo.

—Espera, ¿qué?

Haruka despegó los párpados y miró a Makoto, que lo observaba extrañado.

—¿Qué? —repitió, preguntándose qué era lo que le resultaba tan sorprendente.

Makoto sacudió la cabeza, como un perro después de haberlo bañado.

—¿A qué te refieres con "la verdad"?

—Dijo que de no ser por él no hubiera pasado nada de esto. Y se disculpó —Haruka frunció el ceño—. También me preguntó si me molestaba, y cuando le dije que sí se fue. Pero no volvió —agregó, y su voz sonó más llena de rencor de lo esperado.

Le sorprendió la expresión casi desencajada de Makoto.

—¿Rompiste con él y ahora te extrañas porque no ha vuelto? —barbotó su mejor amigo, estupefacto.

Haruka se incorporó, haciendo que el gato rodara hasta su regazo. El animal soltó un maullido indignado y saltó al suelo, alejándose con la cola bien alta.

—¿Rompí con él? —repitió—. No —sacudió la cabeza, incrédulo, tratando de encajar esa información en la conversación que durante días le había parecido demasiado normal—. Es verdad que no me hubieran secuestrado si no lo hubiese conocido —admitió; le había dado vueltas a ese asunto—, y me dolía la cabeza porque estaba hablando demasiado. ¿No se fue por eso? Hasta que dejara de dolerme… ¿Makoto?

Haruka había visto a Makoto perder la compostura de muchas y diversas maneras a lo largo de su vida, pero desde luego era la primera vez que su amigo lo miraba como si le estuviese costando toda su fuerza de voluntad no golpearle la cabeza con algo contundente.

Era la cúspide de la exasperación. Makoto intentó hablar varias veces, logrando emitir sonidos tan extraños que el gato le bufó con el lomo erizado, alzó los brazos, hizo varios gestos imposibles de interpretar y finalmente se tapó la cara con ambas manos, soltando un bufido que sonó parecido al canto de una ballena jorobada antes de convertirse en risa.

Mientras veía a su mejor amigo balanceándose de adelante hacia atrás, sacudido por sonoras carcajadas, Haruka se planteó seriamente la posibilidad de que estuviese volviéndose loco. Lo observó sin pronunciar palabra, preocupado incluso después de que lograra calmarse. Cuando Makoto lo miró a los ojos, había lágrimas de risa en las esquinas de los suyos.

—No me lo creo —declaró; dio la impresión de que luchaba por no echarse a reír de nuevo. Respiró hondo antes de continuar—. Haru, creo que no hablabais de lo mismo.

—Yo hablaba de que me dolía la cabeza —murmuró Haruka.

—Creo que él hablaba de asuntos más serios —replicó Makoto, y la alegría de su voz desapareció—. Sigue siendo ridículo —agregó tras unos segundos, soltando una risita.

A pesar de que Makoto se estaba riendo de él como no lo había hecho en años, algo encajó en la mente de Haruka. Recordó que había pensado en más de una ocasión que su cautiverio era culpa de Rin, y su deseo de que al menos hiciese algo para arreglarlo. Algo pequeño y frío se instaló en su interior al unir todas las piezas.

No pudo contener un bufido.

Trae problemas incluso cuando intenta solucionarlos, concluyó, exasperado. Y algo enfadado, también. Pero más consigo mismo que con Rin; su creciente deseo de solucionar el malentendido era novedoso. Apenas tres meses antes, Haruka se hubiera limitado a seguir con su vida.

También era cierto que tres meses antes desconocía la existencia de Rin Matsuoka y todo lo que eso implicaba.

—Si lo hubiera dicho claramente… —empezó. Se tumbó de nuevo, cerrando los ojos. Llevaba más de una semana sin saber nada de Rin sólo porque el joven era demasiado complicado para llamar a las cosas por su nombre y eso le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Makoto con curiosidad.

Haruka no se molestó en responder a algo tan obvio.

o—o

El día amenazaba lluvia de nuevo, haciendo que gran parte de la población que se dedicaba sus quehaceres rutinarios se preguntase por qué ese verano estaba siendo tan extraño.

Rin no era una de esas personas. Estaba demasiado ocupado con sus propios problemas como para levantar la mirada hacia el cielo gris; el mal humor que lo había acompañado desde que despertase –tarde, con la dulce melodía de la voz de Sousuke gruñendo que no pensaba esperarlo antes de salir del piso dando un portazo– no hacía sino empeorar mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde y mordisqueaba la magdalena que había cogido de la cocina antes de dirigirse a la comisaría.

Estaba tan seca que Rin no pudo evitar acordarse de la vez en la que, con ocho años, Sousuke y él compitieron por ver quién podía comer más tierra. Recordando que ambos habían acabado enfermos durante una semana, Rin tiró la magdalena en la papelera más cercana antes de proseguir su camino.

Por un momento se planteó la posibilidad de ir a comprar donuts más tarde. Sin embargo, la idea aparentemente inocente pronto se convirtió en algo que Rin deseaba evitar a toda costa. No sabía si Haruka había vuelto ya al trabajo; y, aun así, dejarse caer por allí no traería nada bueno ni lo ayudaría a estar más convencido de que había tomado la decisión correcta al terminar su relación con él.

Además, probablemente Haruka no tuviese el menor deseo de verlo.

Rin escuchó el barullo proveniente de la comisaría antes de girar la esquina. Cuando alzó la mirada, después de asegurarse de que era seguro cruzar la carretera, vio a varios compañeros en la puerta charlando animadamente, lo cual no era extraño. Lo único que podía considerarse fuera de lo normal era el hecho de que todos estuviesen comiendo dulces.

—Deberías haber llegado antes —comentó Sousuke cuando Rin entró en el edificio; tenía un pedazo de bizcocho de chocolate en la mano, y a juzgar por las migas alrededor de sus labios no era el primero que se comía.

—¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó Rin; había bandejas, la mayoría casi vacías, en la mayoría de las mesas.

Sousuke no respondió, sólo señaló hacia un rincón con la cabeza.

Rin se quedó boquiabierto cuando vio a Haruka sentado en una silla, hablando con Nagisa, que revoloteaba a su alrededor gesticulando animadamente. Ryugazaki estaba con ellos, apoyado en la pared a una distancia prudencial e interviniendo de vez en cuando.

Haruka no estaba prestando atención a Nagisa; Rin notó su mirada clavada en él, tan intensa que por unos instantes el joven estuvo seguro de que no podría volver a despegar los pies del suelo.

—Es como agradecimiento por haberlo rescatado y eso —explicó Sousuke, aunque Rin lo escuchaba sólo a medias—. Si todo el mundo fuese así de agradable, este trabajo sería la felicidad absoluta.

Si todo el mundo fuese así de agradable no tendríamos trabajo, pensó Rin, mordaz, aunque le alegraba ver a Sousuke más animado; después del secuestro de Haruka había estado bastante alicaído, alarmantemente parecido a la sombra en que lo había convertido presenciar la muerte de dos compañeros hacía unos meses.

El pensamiento no duró mucho, sin embargo. Haruka seguía con los ojos obstinadamente clavados en él.

Rin nunca supo cómo se las ingenió para apartar la mirada del joven. Quizá fue por mero instinto, porque la parte más básica de su ser le gritaba que si el contacto visual continuaba durante un segundo más estallaría en llamas. Miró a Sousuke, que, indiferente a lo cerca que había estado Rin de experimentar la combustión espontánea en carne propia, le tendió un pedazo de torta cubierta de azúcar.

—No me gusta lo dulce —murmuró, pero cogió la torta de todas formas. Se concentró en la junta entre dos baldosas, deseando que Haruka dejase de mirarlo.

No es que Rin no se alegrase de verlo. Al contrario; la última vez que habían estado juntos, Haruka había estado pálido y débil, y comprobar que se encontraba bien, pese a que su mirada aún estaba adornada con oscuras ojeras, resultaba en cierto modo reconfortante. Aunque tuviera que conformarse con verlo desde lejos.

—Rin.

O no tan lejos.

Rin alzó la cabeza para enfrentarse de nuevo a la mirada de Haruka, sintiéndose ridículo por sorprenderse de que se hubiese acercado sin que se diera cuenta. El joven tenía la costumbre de hacer eso, y Rin no siempre podía predecirlo.

Haruka lo observaba fijamente, con el ceño ligeramente fruncido con algo que Rin creyó identificar como determinación. O cabezonería. Nunca tenía muy claro dónde estaba la diferencia cuando se trataba de Haruka.

—¿Qué haces aquí? —preguntó. ¿Qué quieres ahora? ¿No te das cuenta de que estarás mejor cuanto menos sepas de mí?

—Vengo a hablar contigo —el tono de Haruka no dejaba lugar a dudas: haría lo que había venido a hacer sin importarle lo que Rin tuviera que decir al respecto.

De modo que dejar la torta en la mesa no era realmente una opción.

o—o

Por algún motivo, Rin le pidió que lo siguiera para hablar en un lugar menos concurrido. Haruka no alcanzaba a comprender por qué a Rin le molestaba la presencia de personas a las que les traía sin cuidado su conversación alrededor, pero suponía que para el joven sí erar un detalle importante, así que no se quejó mientras salían de la comisaría.

Caminó en silencio tras él hasta que llegaron a lo que en algún momento debería haberse convertido en un edificio de cinco pisos, al que la falta de presupuesto había dejado en poco más que el esqueleto de la planta baja y algunos pilares de la primera. Deteniéndose antes de entrar, Rin se dio la vuelta y lo miró, intrigado.

—¿Por qué has venido? —preguntó.

Haruka no había planeado andarse con rodeos, pero escuchar la cuestión –superficial y absolutamente innecesaria– le recordó que Rin no funcionaba así.

—Cuando salí del hospital no sabía qué hacer, así que cociné —explicó—. Pero hice demasiada comida, así que Makoto tuvo la idea de traerla como agradecimiento por todo.

La tensión en el rostro de Rin, presente desde que había visto a Haruka, creció con esas palabras. Y donde había confusión apareció una sombra de remordimiento, y la mirada del joven volvió al suelo.

—Bien… ¿Y qué quieres?

Haruka tomó aire.

—Siento haber roto contigo. Fue sin querer y trataré de no repetirlo.

La cara de Rin expresó tantas emociones en apenas unos segundos que Haruka no pudo identificarlas todas. Logró ver la sorpresa en sus ojos demasiado abiertos, la incredulidad en las cejas acercándose; vislumbró algo doloroso en sus labios tensos y se percató de que algo parecido a la histeria elevaba ligeramente las comisuras de su boca.

Sin embargo, cuando Rin habló, en su voz no se coló ninguno de esos sentimientos. Sólo… tristeza.

—¿Por qué haces esto?

Haruka ladeó la cabeza, sin entender del todo el sentido de la pregunta.

—¿Por qué hiciste eso? —contraatacó.

Las mejillas de Rin adquirieron un tono rosado mientras el joven entornaba los ojos.

—Porque es lo mejor. ¿No te has dado cuenta? Te secuestraron y estuviste con un pie en el cementerio, y la única razón es que estabas relacionado conmigo —Rin se rascó la nuca, apartando la mirada—. Y los hemos detenido a todos, pero hay más gente y…

—Entonces, ¿te alejarás de todo el mundo hasta que dejes de ser policía? —lo interrumpió Haruka. Le irritaba un poco que Rin le estuviese explicando algo que ya sabía como si fuese un niño pequeño.

Las manos de Rin se cerraron en puños cuando sus ojos se clavaron en Haruka con fiereza.

—Puede.

—No puedes hacer eso —el tono de Haruka no era suplicante, ni siquiera enfadado. Simplemente enunciaba algo obvio que, al parecer, para Rin era terriblemente complicado.

La mirada de Rin podría haber hecho caer fulminado a un elefante.

—Sí puedo —lo contradijo, y por un momento Haruka se acordó de los berrinches de los hermanos de Makoto.

—Pero no quieres —replicó Haruka; y pese a que dio un paso hacia él, no pudo ignorar la intranquilidad que nació en su interior al decir esas palabras. Porque aunque su voz había sonado serena, la realidad era que no sabía si eso era cierto; comprendía que Rin se había alejado de él porque era demasiado idiota y tenía una conciencia responsable hasta el punto de resultar ridícula, pero nada le aseguraba que ésa fuese la única razón.

Rin sacudió la cabeza.

—Eres idiota —masculló—. Claro que no quiero, pero tampoco quiero que vuelva a pasar esto.

Lo miró fijamente, y la continuación de su amarga réplica flotó en el aire, en silencio, hasta llegar a Haruka.

Y ni siquiera tú puedes ser tan obtuso como para no darte cuenta de que pasará.

—No quiero volver a ser secuestrado —admitió con sinceridad; decir que las horas de oscuridad y frío no se contaban entre las peores experiencias de su vida hubiese sido mentir—. Pero intentaré que no vuelva a pasar.

Haruka comprendió, por la forma en que los ojos de Rin se abrieron, que en esta ocasión no había logrado controlar su voz tanto como le hubiera gustado. Un matiz suplicante había adornado sus palabras, y a ninguno de los dos se le había pasado por alto.

Sin embargo, había algo diferente en su expresión. Algo que Rin parecía estar intentando contener con toda su fuerza de voluntad, pero que se abría paso tras la sentencia que él mismo se había impuesto; y Haruka intuyó, antes de que volviese a hablar, que estaba ganando la discusión.

—¿Y si vuelve a pasar? —preguntó Rin, sin embargo.

Había vuelto a mirar al suelo, y ni siquiera el sonido de los pasos cautelosos de Haruka hizo que alzara la cabeza. Haruka se detuvo a unos centímetros de él.

—Desde que acompañaste a Makoto al hospital supe que traerías problemas —confesó—. Pero… —dudó; no estaba seguro de cómo continuar. Sabía lo que quería decir, pero las palabras le parecían insuficientes. Alargó el brazo y cogió la mano de Rin con cuidado, temiendo que la apartara—. Vale la pena —concluyó, tras unos segundos.

Rin alzó la mirada. Parecía confundido y enfadado y dolido, y Haruka temía a partes iguales que le gruñera y que se echara a llorar. Su segunda preocupación creció cuando los dedos de Rin se cerraron en torno a los suyos propios y su voz tembló al hablar de nuevo:

—Esto ha sido mi culpa —acarició con el pulgar las marcas que recordaban a Haruka lo inútiles que habían sido todos sus intentos por librarse de las cuerdas con que lo habían maniatado—. Y si… si pasa algo, también será mi culpa.

—No —Haruka no se amilanó ante la rabia que destelló en los ojos de Rin cuando le llevó la contraria tan directamente—. Estabas ahí —murmuró, y pese a que apenas recordaba nada de ese día supo que estaba en lo cierto—. Cuando me caí al agua… Fuiste tú, ¿verdad? —Rin asintió, visiblemente sorprendido—. Gracias.

Rin apretó los dientes.

—Hubiera sido demasiado hasta para mí dejar que te ahogaras, cuando estabas ahí por mi culpa para empezar.

—Mentira —replicó Haruka con calma—. Sabía lo que estaba haciendo, y aún lo sé. Pase lo que pase, la culpa será mía por haber sido lo suficientemente imbécil como para dejar que me importes tanto.

Si Rin antes estaba sonrojado, las palabras de Haruka hicieron que sus mejillas adoptasen el color de su pelo. Parecía estar deseando hundirse en la tierra; no hubiese sido extraño que empezase a salirle humo por las orejas.

—No-no puedes ir diciendo e-esas cosas… —barbotó— No puedes soltarlo tan tranquilamente y… —Haruka se alegró cuando vio a Rin tomar aire; empezaba a preocuparle que fuese a sufrir un síncope delante de él.

—Esto es tu culpa —apuntó.

Haruka estaba seguro de que nunca había sido tan sincero. Antes de conocer a Rin, la idea de que existiese alguien capaz de hacerlo buscar problemas sin ningún objetivo claro que los compensase le hubiese resultado ridícula. Y probablemente la compensación de todas esas complicaciones –simplemente estar con él– le hubiera parecido demasiado poco valiosa como para molestarse si se hubiese tratado de cualquier otra persona.

Pero Rin había puesto su vida patas arriba y estaba intentando huir sin ni siquiera asumir la responsabilidad. Y lo más alarmante era que Haruka no tenía el menor deseo de volver a dejar pasar los días como si Rin nunca hubiese aparecido en su camino.

Es su culpa, repetía una vocecilla en su cabeza, y en otro momento Haruka la hubiese escuchado, y en otra situación hubiese retrocedido. Pero la silenciosa llamada que brillaba en los ojos de Rin era casi una provocación, un elemento más en la lista de acciones que nunca había imaginado que desearía tanto hacer.

Los labios de Rin ardían tanto como Haruka suponía que lo hacían sus mejillas sonrosadas. Se le escapó un gruñido de sorpresa cuando Rin mordió su labio inferior, y Haruka utilizó su mano libre para aferrarse a la camisa del uniforme de policía antes de devolverle el beso.

No la soltó hasta que los brazos de Rin rodearon su cintura, momento en que cerró los ojos, tranquilo al comprender que Rin no se volvería a ir.

o—o

Haruka Nanase no era una persona que hiciese esfuerzos innecesarios.

Así pues, por lo general, evitaba cualquier actividad que no tuviese un objetivo claro y más o menos inmediato. Las prisas, los problemas… Generalmente le bastaba con encogerse de hombros y darse la vuelta para ignorarlos. Los problemas sólo traían más problemas. Y apresurarse no sólo era algo agotador, sino que además, por lo general, carecía de toda utilidad. Correr en lugar de caminar no cambiaría nada. El mundo no esperaba a nadie, sin importar lo mucho que la gente intentase adaptarse a su ritmo.

—Llegas tarde —canturreó Rin en cuanto lo vio acercarse. Haruka redujo la velocidad, dispuesto a recorrer la distancia que los separaba a un paso demasiado lento incluso para él, sólo para ver la exasperación dibujada en el rostro de Rin, pero el joven se acercó a él en tres zancadas, agarró su brazo y lo arrastró para obligarlo a caminar más rápido.

—Los peces no se van a escapar —apuntó Haruka, resistiéndose a dejarse llevar al ritmo de Rin.

Su novio bufó.

—Pero hay un espectáculo con delfines en cinco minutos —replicó—. Bastante te has retrasado ya; por si se te ha olvidado, habíamos quedado hace dos horas y te has quedado durmiendo.

Haruka no pudo contener un resoplido ligeramente disgustado.

—A lo mejor si hubieses pasado la noche conmigo hubieras podido despertarme.

Rin dejó de tirar de él y le dedicó una sonrisa divertida. Haruka intentó mirar a cualquier lado menos a él cuando el joven le rodeó los hombros con el brazo.

—¿Estás celoso? —le pinchó, sin hacer mucho para disimular el deje de burla en su voz.

Haruka decidió que lo más seguro era clavar los ojos en el suelo.

—No —murmuró.

—Oh, no te pongas así —por el rabillo del ojo percibió el puchero que hizo Rin—. Terminamos la fiesta muy tarde y Sousuke estaba borracho; tenía que asegurarme de que no le atropellara ningún coche por el camino… —le dio un beso en la mejilla—. Venga, no te enfades.

Haruka suspiró y, con un movimiento fluido, se quitó a Rin de encima.

—Me apuesto algo a que llego antes que tú adonde venden las entradas —y, sin esperar respuesta, echó a correr hacia ahí, escuchando a Rin protestar tras él, porque supuestamente eso era hacer trampas, mientras lo seguía.

Aunque Haruka detestaba los esfuerzos innecesarios, sabía que había días en los que no podía hacer nada para evitar olvidar uno de los pilares básicos de la perezosa filosofía que seguía al pie de la letra.

Y ahora, también, comprendía que había gente con el don de captar toda su atención e impedirle recordarlo.


Notas de la autora: Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Pese a que quiero escribir más cosas en este universo porque mi imaginación es horrible y hace lo que le da la gana sin consultarme primero. Pero de momento, aquí está.

Originalmente Rei iba a aparecer más, pero una cosa llevó a la otra y quedó relegado como a un quinto plano. El pobre. Pero tenía que salir de alguna manera, así que ahí está.

Y... eso. ¿Qué os ha parecido?