Capítulo 3.

Marin estaba algo preocupada porque una de las chicas, Hilda, le acababa de avisar que no podría ir a ver el espectáculo ya que su novio había tenido un accidente automovilístico y debía regresar a Noruega cuanto antes. Marin le respondió que no se preocupara por nada y que intentarían quedar de nuevo cuando regresara a Grecia. En cuanto al billete libre, no sabía que hacer con él pues no sabía a quién más preguntar; tras este contratiempo tan sólo esperaba que las otras no se rajaran en el último momento.
Sin embargo, ese problema pasó a un segundo plano pues aquella tarde ocurrió algo que le hizo olvidarlo.

Desde hacía muy pocas semanas un sustituto del profesor de educación física había comenzado a trabajar en el instituto. Era un joven ruso llamado Hyoga, rubio y con los ojos azules que era muy popular con las chicas.
Marin había terminado tarde de trabajar y ya se iba al aparcamiento a recoger su coche cuando vio al sustituto salir del recinto. Como llovía a cántaros y Hyoga iba a pie, Marin llegó a su altura y le ofreció llevarlo a su casa.
—No, no... no quisiera molestar —le contestó el chico algo nervioso.
—¡No es molestia, hombre!. ¡Sube al coche! —sonrió ella.
—Muchas gracias, eres muy amable.
—De nada, ¡sube rapidito!, que si no vas a llegar a tu casa hecho una sopa —se esperó hasta que Hyoga se acomodara en el asiento del pasajero—. ¿Dónde vives?

Hyoga dudó un momento en contestar ya que en realidad no quería que Marin viera en las condiciones en las que vivía pero acabó dándole la dirección puesto que no se le ocurría ninguna excusa para rechazar aquella amable oferta. Ademas, como la casa era muy fría, poco acogedora y sus paredes eran muy húmedas, no le apetecía llegar a ella con la ropa excesivamente mojada.

Se pusieron en camino y al cabo de pocos minutos llegaron a una calle lindante al puerto. El chico se bajó dándole las gracias e iba a entrar en una casa de aspecto bastante dilapidado en la que tenía una habitación alquilada, pero justo en ese momento vieron que la casera salía con cara de muy pocos amigos exigiendo a uno de sus vecinos que le pagara el alquiler de tres meses por adelantado si quería conservar la habitación en la que se hospedaba. El ruso estaba medio muerto de vergüenza y no podía dar crédito a sus oídos a pesar de que sabía de sobras lo vulgar y maleducada que era aquella "dama".
Marin, aunque se mostró algo preocupada, no quiso meterse en asuntos ajenos y una vez que Hyoga se bajó, se puso a dar marcha atrás. Sin embargo, algo la impulsó a asegurarse de que Hyoga entrara en el edificio sin percance alguno y quedó horrorizada al ver la escena que tuvo lugar a continuación. Aquella mujer, que se había tomado unos cuantos ouzos de más, entró y salió apresuradamente del edificio cargando algunas bolsas negras de las que se usan para tirar la basura, que contenían las escasas posesiones del chico.

Al oír sus vituperios contra el joven ruso y el comienzo de una fuerte discusión, Marin se bajó del coche y se dirigió hacia Hyoga, cuyo rostro estaba rojo como un tomate y su cuerpo temblaba de pura indignación.

—Hyoga, ¿qué ha pasado? —le preguntó alarmada.
—Esa maldita mujer dice que le debo el alquiler de dos meses... —el chico se sacó con mano algo temblorosa unos papeles de su cartera para mostrárselos a su compañera de trabajo—. Marin, aquí tengo los recibos, no le debo nada...

Puesto que la lluvia arreciaba, Marin sólo echo un vistazo rápido a aquellos papeles para comprobar si el chico decía la verdad. Sin importarle demasiado lo que hubiera escrito en ellos, decidió prestarle ayuda a pesar de que no tenía ni la más mínima idea de cómo se tomaría Aioria el que trajera a alguien a casa a alguien a quien apenas conocía. No se habría tragado fácilmente una historia así si alguien se lo hubiera contado; sin embargo, había sido testigo de lo ocurrido y no se veía capaz de dejar en la estacada a aquel chico pensara lo que pensara su marido. En especial después de que la casera la ignorara cuando trató de razonar con ella y le cerrara la puerta en la cara.
—Hyoga, obviamente aquí no puedes quedarte. ¿No tienes otro sitio a dónde ir?
—No... —respondió él sin saber qué más decir pues tampoco tenía suficiente dinero encima para pagar una habitación de hotel, ya que se había gastado la paga mensual entre el alquiler y la compra de aquella semana.

—Entonces será mejor que al menos por esta noche vayamos a mi casa y mañana, ya veremos lo que haremos.
—Eres muy amable, Marin pero no puedo imponer... ¿y tu marido?
—Tú mismo has dicho que no tienes donde ir y no te preocupes por Aioria, que yo me encargaré de él—cambió a un tono más alegre de voz para tratar de dar ánimos al muchacho—. Además, sé donde trabajas.

Hyoga le dio las gracias y ambos subieron al coche. Apróximadamente veinte minutos más tarde llegaron a su destino.
Aioria se sorprendió un poco al ver a aquel chico pero no puso ninguna objeción a que se quedara cuando Marin le explicó el problema. Antes de que Marin llegara, estaba preparando la cena con otra persona que aquella noche se les presentó de improviso en su casa. Se trataba de su hermano mayor, Aioros.

El residía en la otra punta de la ciudad pero como el domicilio del paciente a quien tenía que visitar al día siguiente le pillaba más cerca de la casa de Aioria y Marin, decidió hacerles una visita y pedirles que le dejaran pasar la noche en su piso.
Aioros era apróximadamente cinco años mayor que su hermano, con el cabello más oscuro y su mismo atractivo, aunque mientras que el más joven estaba felizmente casado, el mayor no tenía una pareja fija.
Durante la cena se produjo una animada charla de la que Hyoga estuvo ausente pues se encontraba agotado y se había ido a dormir.

—Hermano mayor, ¿vas a contarnos quién es tu nuevo ligue? —preguntó Aioria de forma burlona.
—Aioria, ¡no seas impertinente! —le dijo a modo de regañina al otro chico y siguiendo su veta traviesa le dirigió una mirada pícara a su cuñada—. Marin, estás guapísima esta noche.
—Gracias, también tú estas de muy buen ver, pillín —le respondió en tono coqueto, pues sabía que su cuñado simplemente estaba tratando de picar un poco a Aioria, que los observaba mientras lanzaba un suspiro como diciendo "éste hermano mío es incorregible"—. "Aioooorooos", ¿no vas a contestar a tu hermano?.
—Ja, ja... pues os tendréis que aguantar porque no pienso soltar prenda, además, ¿quién dice que tenga pareja fija?

Guiñó un ojo y se llevó el tenedor a la boca dejando así que transcurrieran varios segundos antes de volver a hablar.
—Por cierto, ¿quién es el bomboncito que está en la otra habitación? —miró burlonamente a la parejita feliz mientras que su voz sonaba falsamente indignada—. Marin, ¡no me digas que te has echado un novio!.
—Es un compañero de trabajo.
—Sí, claro que sí —respondió él con sorna mirando hacia la habitación de Hyoga.
—Hermano, ¡ni se te ocurra!... —le advirtió Aioria.
—¿Qué pasa?, ¿es que lo quieres para ti solito?
—¡Aioros, ya está bien! —exclamó Marin algo indignada.

Hyoga se despertó al oír las voces y salió de la habitación

—Perdóname, Marin, tengo la cabeza a punto de reventar, ¿tienes unas aspirinas?

Mientras Marin sacaba las pastillas en un cajoncito de uno de los muebles del comedor, Aioros miraba con aprobación al muchacho; Hyoga bajó la vista y dirigió una mirada interrogante a Marin.

—Este es mi cuñado, Aioros.
—Hola, Aioros. Encantado de conocerte —dijo a modo de cortesía.
—El gusto es mío —contestó el otro chico con una gran sonrisa en su rostro.

El chico griego dirigió al ruso una mirada muy salaz pero como a Hyoga le atormentaba el dolor de cabeza y le dio un ligero mareo, en cuanto Marin le dio las aspirinas se volvió a su dormitorio. La chica soltó un pequeño coscorrón a su cuñado, advirtiéndole también de que se comportara como un caballero. Aioros le tomó su mano y besó su palma galantemente guinándole un ojo, haciendo así que los tres se rieran.

Mientras tanto el teléfono sonó y Aioria respondió a la llamada.
Se trataba de Camus que vendría dentro de tres noches para cenar. La cena tocó a su fin tras algo más de conversación y una hora más tarde todos se fueron a dormir.