Capítulo 4.

Tres días más tarde, Hyoga aún estaba en casa de Marin puesto que no había conseguido encontrar otro lugar que fuera medio decente donde vivir. Marin y Aioria le ofrecieron que se quedara con ellos hasta que diera con un sitio adecuado y si tan sólo se trataba de un tiempo muy corto, aparte de la comida que consumiera y que ayudara con las faenas caseras, no tendría que preocuparse por nada más.

Aquella mañana se levantó algo más temprano que de costumbre. Acababa de salir de la ducha y sólo llevaba puesto un pantalón de chándal negro; su cabello rubio aún estaba mojado y algunas gotitas de agua caían por su torso y espalda. La ducha le hizo sentirse bien y como tenía ganas de desayunar se dirigió a la cocina para prepararse un café.
Aioros, que había vuelto la noche anterior al piso de su hermano, se había despertado más o menos al mismo tiempo que Hyoga. Al entrar en cocina se encontró con una deliciosa visión delante suyo y con reflejos de felino, se colocó detrás del otro chico antes de que tuviera tiempo de girarse.

—Hola, Hyoga —le dijo en una voz muy sensual colocando las manos sobre sus hombros.
—¿Aioros? —preguntó un tanto sobresaltado, mientras se daba la vuelta quedándose tan sólo a unos pocos centímetros de su cara.

Aioros unió sus labios a los suyos brevemente y le tomó de la cintura para que no pudiera escaparse fácilmente. El más joven intentó forcejear un poco pero el griego lo tenía bien apresado y deseaba besarlo de nuevo, pues presentía que a Hyoga no le había desagradado el beso anterior. Le hizo algunas cosquillas en los labios con la punta de la lengua mientras que sus manos poderosas y hábiles se deslizaban por su espalda hasta llegar a la cintura.
—Por favor... —musitó cuando recobró el aliento.

El chico mayor le silenció con un dulce beso al que el joven ruso no le ofreció resistencia alguna. Primero le rozó los labios con los suyos y poco a poco le fue introduciendo la lengua para poder explorar aquella deliciosa boquita. En definitiva, Hyoga no podía resistirse a aquel veterano seductor fácilmente.
Las manos de Aioros no se quedaron quietas, una acariciaba la espalda del muchacho y la otra su pecho, donde de tanto en tanto le atrapaba una de sus tetillas y se la pellizcaba hasta endurecerla porque le enloquecía tocar su piel ligeramente bronceada por el sol y tan suave al tacto.
También quería sentir que las manos del rubio le acariciaran y "disimuladamente" Aioros seguía frotándose contra su cuerpo hasta que por fin notó un signo mas que obvio del deseo de Hyoga.

—¿Nos vamos a mi habitación? —le dijo en una voz llena de deseo.
—Aioros... no creo que esa sea una buena idea... —respondió con las palabras entrecortadas debido a los gemidos que escapaban de sus labios, cortesía de las atrevidas caricias del chico mayor.
—¿Por qué no? —mientras le mordisqueaba el lóbulo de una oreja.
—No creo que a Marin... —dijo algo sonrojado buscando una excusa.

Aioros sospechaba que se estaba comportando algo tímidamente porque tenía miedo a que su anfitriona se enfadara con él y lo pusiera de patitas en la calle. Le tomó su rostro con ambas manos y lo acarició mientras que le decía que no se preocupara por nada. El rostro de Hyoga se ruborizó un poco más de lo que ya estaba tras oír la tentadora oferta de aquel chico.

—Ven a mi cama, allí estaremos más cómodos —le dijo en voz baja mirándolo directamente a los ojos.
—Aioros, no puedo... —le respondió apartando la vista.
—Sí que puedes. Sé que lo estás deseando tanto como yo —le dijo cuando empezó a introducir su mano por su pantalón para acariciarle más íntimamente. Una gran sonrisa se le dibujó en el rostro cuando se dio cuenta que Hyoga no llevaba ropa interior.

Aquel contacto le hizo gemir en voz alta, así que Aioros, rápido como un rayo, iba a bajarle el pantalón pero Hyoga se movió bruscamente y la cafetera que reposaba sobre el mostrador en el que estaba apoyado fue a parar al suelo haciendo un estruendo horrible.

Aioros se separó a toda prisa del chico porque oyó como alguien se levantaba del dormitorio de su hermano y Hyoga aprovechó el momento para ajustarse su escasa ropa. Marin entró por la puerta de la cocina en ese justo instante ya que le había alarmado el ruido y creía que habían entrado ladrones en la casa.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —demandó saber algo sobresaltada.
—Hola, cuñadita. Hyoga y yo estábamos haciendo un... intercambio cultural —le respondió con toda la tranquilidad del mundo.
—¿De veras?, ¿así es como se llama eso ahora? —preguntó sarcásticamente pues aunque no había visto la escenita erótica anterior, no le cabía duda alguna de que Aioros había intentado seducir a su invitado.
—Marin... —dijo un ruborizadísimo Hyoga.
—Hyoga, déjame a solas con él.

Hyoga decidió que lo mejor sería retirarse nada más ver la cara de indignación de su anfitriona. Se fue a su dormitorio y se puso a llenar una bolsa de deportes con su ropa y otras pertenencias porque creía que Marin lo iba a poner de patitas en la calle sin ni siquiera darle una oportunidad para explicarse; internamente se estaba maldiciendo por ser tan estúpido y desaprovechar la oportunidad de un buen hogar por unos minutos de placer. Desde su habitación podía oír la voz de la indignada dueña de la casa, que volvió a encararse con el hermano de su marido.

—Aioros, ¿cómo te atreves a hacer algo así con un huésped en mi casa?
— Marin, ¡Hyoga no es ningún niño! —le contestó tratando de quitar importancia al incidente.
—Te recuerdo que estás en MI casa y no voy a permitir que abuses de nuestra hospitalidad —le espetó ella.
—Marin, los dos somos mayores de edad y yo no lo forcé a hacer nada.
—Puede que no pero ese muchacho ya ha sufrido bastante y no necesita más problemas —le pidió suavizando la voz— por favor, Aioros. No me hagas quedar mal.
—Está bien, preciosa; a no ser que él me pida lo contrario, le dejaré en paz —le prometió sonriente y se señaló los labios—. Pero a cambio, quiero que me des un besito.

Aioros la abrazó contra él y fue acercando su rostro, en el que tenía una expresión de niño travieso.

—No me fío de ti, ¿sólo un besito? —le preguntó arqueando una ceja.
—Sí, mujer... ¡si todo va a quedarse en familia! —se señaló los labios de nuevo mientras se reía.
—Está bien.

Marin le tomó el rostro con las dos manos, acercó el suyo hasta prácticamente tocar los labios de su cuñado pero se desvió rápidamente y el beso fue a parar a la mejilla del chico. Aioros fingió enfadarse pero Marin lo mandó a paseo.
—Aioros, espero que esta noche te comportes como toca pues tenemos visita —le dijo apartándose de él.
—¿Visita? ¿Alguien a quien yo conozco? —preguntó sintiendo gran curiosidad.
—Es posible, tú conoces a casi todo el mundo, ¡hasta en el sentido bíblico!

Ambos dejaron escapar una enorme risotada después de que Aioros dijera a su cuñada que era una exagerada. Marin se fue a ver al ruso que ya salía de su dormitorio con un fardo.
—Hyoga, ¿a dónde vas? —preguntó mientras le salía al paso.
—Supongo que después de lo que ha pasado querrás que me vaya... —respondió con la cabeza algo gacha.
—¡No seas tonto!. Empezó él, ¿no es cierto?
—Sí... —dijo en una voz muy apagada.
—¡Lo que suponía! —suspiró largamente—. No te preocupes, Hyoga, sé de sobras de qué pie cojea Aioros.