Capítulo 5.

Camus había quedado en presentarse en casa de Aioria y Marin a las nueve.
Tres horas antes recibió una llamada de Milo, que le dijo que uno de sus strippers se había torcido un tobillo y no podría actuar, así que les hacía falta encontrar un sustituto lo antes posible. Camus le dijo que tendría que llamar a las diferentes agencias al día siguiente pues esa noche tenía un compromiso ineludible y aún tenía que terminar unos trabajillos en la oficina del club. La llamada de su amigo le dejó algo preocupado puesto que con tan poco tiempo para la noche del espectáculo sería difícil poder encontrar a alguien que no estuviera trabajando.

Dos horas y media después Camus salió de su casa; en el camino se paró en una tienda para pagar una caja de bombones y unas flores que había encargado para su anfitriona. Llegó a la hora acordada porque Camus era muy preciso siempre y detestaba la impuntualidad. Marin le abrió la puerta y se dieron las buenas noches mutuamente.
—Marin, unas bonitas flores para la flor más bella de todas —le saludó galantemente dándoselas junto con la caja de bombones.
—Camus, gracias, eres un perfecto caballero. No como otros... —lanzó una mirada llena de sorna a su esposo. Aioria hizo un gesto divertido señalándose a sí mismo y Marin se dirigió de nuevo a Camus mientras ponía las flores en un jarrón—. Pasa al salón y siéntate, Aioria te preparará lo que quieras tomar.

Durante la cena el francés se comportó como un perfecto caballero con todos los comensales. Hyoga no estaba acostumbrado a que nadie le ofreciera hospitalidad y el recuerdo del incidente de aquella mañana con Aioros todavía estaba fresco en su mente pero Camus logró que Hyoga se sintiera cómodo en su presencia, particularmente tras haberle contado que el había vivido en Rusia durante un tiempo y hablaba ruso a la perfección. Camus le preguntó a qué se dedicaba, a lo que Hyoga le respondió que era profesor de educación física, aunque un tiempo atrás había trabajado como bailarín en su pais.

—Qué calladito te lo tenías... —comentó Marin.
—Mujer, no te voy a contar todos mis secretos —respondió guiñándole un ojo y riéndose.
—Jovencito, me parece que voy a tener que vigilarte —Aioria colocó un brazo protector sobre los hombros de su esposa—. Marin está casada conmigo.

Aioros miraba muy divertido como Camus hablaba con Hyoga, aunque no sin un pequeño deje de celos, porque le gustaba el chico ruso. A pesar de que Aioros estaba saliendo desde hacía poco con Milo, a quien conocía desde la adolescencia, y que a veces diera la impresión de comportarse como un Don Juan Tenorio, cabe decir que Milo tampoco era precisamente un angelito fiel a su pareja.
A Camus, a pesar de que estaba disfrutando enormemente de la compañía de sus amigos, le seguía rondando por la cabeza la última llamada de Milo, aunque la revelación que Hyoga acababa de hacer quizás podría suponer la solución a aquel problemilla.

La cena transcurrió sin percance alguno y después del café, cuando ya le llegó la hora de irse, Camus se fue hacia Marin.
—Marin, ha sido una velada deliciosa, muchas gracias por invitarme.
—De nada, Camus, como siempre es un placer tenerte en casa.
—Hyoga, mucho gusto en conocerte. Aioros, me alegra verte de nuevo.

Antes de irse le dio a Hyoga una tarjetita con su número de teléfono. Durante la cena Camus le había contado que era el dueño de varios locales tipo discoteca y salas de espectáculos y que le gustaría mucho volver a verlo. Hyoga le respondió que también le gustaría pero que no sabía por cuánto tiempo estaría basado en Grecia puesto que su permiso de trabajo expiraría dentro de poco. No quiso entrar en detalles para no estropear la velada con sus problemas personales, pero el chico sabía que su puesto del colegio estaba en una situación precaria porque pronto el profesor que hacía las clases normalmente regresaría después de haber estado seis meses de baja. De todas formas, se guardó aquella tarjeta en el bolsillo pues desde el primer momento en el que vio al joven francés sintió una fortísima atracción y pasara lo que pasara, no se marcharía de Grecia sin haberse visto con él de nuevo.

Un par de semanas más tarde, el ruso se fue al trabajo pero recibió un mensaje de parte del director del colegio para que acudiera a verle a su oficina después de su clase matutina. Hyoga entró con el corazón en un puño, sin embargo, recibió buenas noticias, puesto que le habían extendido su contrato para como mínimo otros seis meses con la posibilidad de un empleo fijo tras un período de prueba. El chico se marchó de allí muy aliviado y por la tarde, después de almorzar, se fue de nuevo a pasar el resto del día a buscar su propio lugar donde vivir.

Tras haber visitado varios lugares que no le dejaron muy convencido, ya fuera porque eran demasiado caros, había reparaciones por hacer o estaban demasiado lejos de su lugar de trabajo. El último sitio que le quedaba por ver aquel día fue un apartamento que estaba justo encima de un salón de belleza llamado "Afrodita". Aquel pisito, aunque algo pequeño, le gustó y el alquiler no era muy alto considerando que estaba en un lugar céntrico, así que decidió concertar una cita con el agente del dueño.
Se llevó una enorme sorpresa cuando vio entrar a aquel hombre.

—¿Hyoga?, ¿qué haces aquí? —preguntó Camus algo sorprendido.
—Busco un lugar para vivir —respondió el rubio mientras se recuperaba de aquella agradable sorpresa.
—¿De verdad? Entonces, ¿qué hacías en casa de Marin?
—Marin me hizo un favor enorme al acogerme en su casa pero no puedo abusar de su hospitalidad indefinidamente —le explicó brevemente.
—Pues si lo quieres, el piso es tuyo si no hay pegas con los trámites oficiales.

Normalmente Camus no hubiera llevado una negociación tan rápidamente pero la impresión inicial que se había llevado de Hyoga era que estaba delante de una persona honesta, trabajadora y que no incumpliría con sus obligaciones; también podría comprobar fácilmente la veracidad de las referencias que el chico había enviado a su asociado. Además, ese piso había permanecido vacío durante bastante tiempo y ahora tenía la oportunidad perfecta para que comenzara a generar algo de dinero para él y sus asociados. Por su parte, Hyoga no podía creer su suerte al haber encontrado un lugar en tan buena posición, a un precio módico y con un casero tan amable y tan sexy.
—En unos días tendré listo el contrato si de verdad lo quieres —le aseguró el francés.
—Muchas gracias, Camus. Eres muy amable —respondió muy aliviado por haber terminado con el trajín que suponía el ir en busca de una vivienda.
—Hyoga, ¿tienes algo que hacer esta noche? —le preguntó mirandolo de reojo.
—No, ¿por qué?
—¿Te gustaría cenar conmigo? —preguntó a Hyoga. El chico se quedó con los ojos abiertos como platos pues desde la noche de la cena no había logrado verse con Camus y ahora se le presentaba la oportunidad en bandeja de plata. —¿Te va bien a las nueve?
—Sí, ¿dónde nos vemos? —respondió el muchacho con gran curiosidad.
—Podemos vernos en casa de Marin. Yo te recogeré en el coche.
—Bueno, pues acepto encantado. Muchas gracias, Camus.
—De nada. Au revoir.

Nada más llegar a su casa llamó a Milo por teléfono para hacerle unas preguntas acerca de las audiciones para strippers y mientras tanto, el chico ruso se dirigió a casa de Marin a toda prisa para cambiarse de ropa y asearse puesto que sólo tenía unas pocas horas.
Marin vio que estaba muy excitado. Hyoga le contó que había quedado con Camus para cenar en su casa y aprovechó para darle las buenas noticias acerca del piso. La joven sonrió al ver lo contento que estaba. Se alegró mucho por el chico, pues a pesar de que desde que le acogieron en su casa y que tanto ella como su esposo lo trataron como a un miembro de la familia, Hyoga siempre había arrastrado consigo un aire de melancolía, que por fin parecía haberse disipado. No erró al pensar que Camus debía haber sido el catalista para lograr este cambio en su estado de ánimo.
—He quedado con Camus para cenar y... creo que también he encontrado donde vivir.
—¿Dónde está el piso?
—Esta encima de un salón de belleza que se llama "Afrodita".
—Hyoga, no hay prisa porque te vayas de aquí, ¿sabes? —le aseguró ella.
—Lo sé, Marin —el chico la abrazó— tú y Aioria habéis sido muy buenos conmigo pero no puedo seguir abusando de vuestra hospitalidad y además, me gustaría tener mi propia casa.
—Lo entiendo. ¿A qué hora quedaste?
—A las nueve, aquí.
—Espero que disfrutes de tu cita —le dijo con una gran sonrisa en su rostro y se retiró para que el chico se pudiera arreglar.

Hyoga fue a ducharse y cambiarse de ropa antes de acudir a su cita con Camus. Aquella noche estaba arrebatadoramente guapo, tanto que incluso Marin le llegó a echar un piropo. Hyoga se puso un pantalón de un verde oscuro que parecía negro y que se pegaban a su cuerpo como una segunda piel, Aioria se rio y le dijo que le quedaban muy bien; Marin echó una mirada interrogante a su marido, que le respondió con un corto beso que la silenció momentáneamente.

Cuando llegó la hora acordada, el joven ruso fue recogido puntualmente por Camus. Vivía en un piso muy lujoso en el centro de la ciudad y en el que les estaba esperando alguien y ese alguien era el amigo y socio en algunos de los negocios de Camus: Milo. Hyoga se sorprendió al ver a alguien más allí y aunque no le importó demasiado porque antes de irse del piso Camus había mencionado algo acerca de un amigo suyo, la verdad es que habría preferido estar a solas con el francés.

El guapisímo extraño era un hombre de la misma edad que el anfitrión, por lo tanto, le debía llevar unos seis o siete años a Hyoga. Era muy alto, fornido, de tez morena, ojos azules y larga melena azulina ondulada al que Camus presentó como a su amigo Milo.
—Mucho gusto, Milo —le dijo mientras estrechaba su mano a modo de saludo.
—Encantado de conocerte, Hyoga —le contestó en un tono de voz que sonaba muy sensual.

Hyoga se sintió un tanto cohibido en la presencia de aquel hombre tan atractivo que se movía y hablaba tan sensualmente y... que parecía estar desnudándole con los ojos o al menos esa era la impresión que le causaba.

Milo pensó que Camus ciertamente tenía buen gusto a la hora de elegir a sus chicos y en circunstancias normales no le habría molestado en absoluto el audicionarlo para uno de sus shows. Además, en él veía algo muy especial, algo que le llamaba muy poderosamente la atención, en particular porque se había dado cuenta que a pesar de lo serio que normalmente era Camus, no le eran indiferentes los encantos del ruso y aquello le daba algo de picante a la situación.
—Milo es un viejo amigo mío y socio en mis negocios —intervino Camus.
—Oye, ¿a quién llamas viejo? —dijo Milo con una risotada.

Camus no le contestó directamente sino que simplemente le soltó una mirada inquisitiva mientras se fue a preparar unas bebidas.

—Hyoga, ¿a qué te dedicas?
—Soy profesor de educación física.
—Tienes un acento muy bonito, ¿de dónde eres? —le preguntó el lujurioso Milo mientras con una mano le rozaba levemente el trasero a través de la tela del pantalón, lo que hizo que Hyoga se sonrojara un poco.
—Soy ruso, nací en una ciudad que se llama Arcangel —le contestó mientras se recuperaba de la sorpresa.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —siguió hablando Milo como si tal cosa.
—Seis meses.
—Ya veo —le dijo retirando la mano de su trasero al oír que Camus regresaba.

Hyoga sintió un leve temblor recorrer todo su cuerpo porque además Milo tenía su vista clavadita en él y sus ojos parecían seguir sus más mínimos movimientos y leer hasta el más recóndito de sus pensamientos. El muchacho más joven se sonrojó aún más cuando Milo le lanzó una rápida sonrisa depredadora y aunque se encontraba algo sorprendido por su comportamiento, su deseo por pasar el mayor tiempo posible con Camus era mucho más fuerte que el querer largarse de allí con los pies en polvorosa.
Justo entonces llegó Camus con las bebidas y lanzó una mirada algo amenazante a Milo, como diciéndole "ni se te ocurra" al notar que se llevaba algo no muy decoroso entre manos.
—Por cierto, Camus, ¿sabes que ya resolví aquel pequeño problema del que te hablé? —le comentó con completa naturalidad.
—¿Entonces no hará falta...? —dijo mirando a Hyoga, que miraba a ambos hombres sin entender enteramente de que iba todo aquello.
—No, no será necesario, Camus —interrumpió Milo—. Encontré a otro chico para sustituirlo y le prometí el puesto.

Camus se sintió aliviado al oír la explicación de su amigo porque aquel tímido muchacho le atraía enormemente y al no haberle dado anteriormente detalles concretos acerca del motivo principal por el que lo había invitado a su casa, tal vez fuera mejor que no se vieran mezclados en asuntos laborales. Desde el momento en el que se vieron por primera vez se había sentido muy atraído hacia el chico y lo mejor de todo era que ese sentimiento parecía ser mutuo porque durante la cena había notado como lo miraba Hyoga.
Tras tomar postre, Camus se fue a la cocina a preparar café. Estaba algo inquieto porque sabía como se las gastaba Milo cuando alguien le llamaba la atención pero no podía ser un mal anfitrión simplemente por eso y menos aún sin saber con absoluta certeza si el muchacho en verdad le correspondía. Los dos se pusieron de pie para ir a la otra sala y estar más cómodos.
—¿De qué trabajas, Milo? —le preguntó tratando de encontrar un tópico neutral y porque sentía curiosidad en cuanto a lo que ambos amigos habían estado comentando antes.
—Voy de un sitio para otro organizando espectáculos para salas de fiesta, discotecas, night-clubs, etc.
—Parece muy interesante.
—No te creas, no paro quieto en ningún sitio... pero tiene sus compensaciones —había un tono sensual en la voz del griego que estaba causando el efecto deseado en el joven.

La mano de Milo fue de nuevo al trasero del jovencito justo en el momento en que Camus acababa de entrar en la sala, quien vio lo que estaba ocurriendo y se fue directo a su rescate.
—El café está listo —anunció con una cara muy seria que hizo que el griego retirara la mano de donde la tenía.
—¡Huele delicioso, Camie!. Aaah... oscuro, fuerte, dulce... tal como me gustan mis chicos —comentó apartándose un poco de Hyoga y riéndose un poco para sus adentros pues nunca había visto antes a Camus sentir celos.
—Milo, ¿quieres dejar de jugar a Don Juan Tenorio? Vas a matar a Hyoga de un susto —le dijo medio en broma, medio en serio.
—¡Eso no estaría bien!, prometo que seré todo un caballero a partir de ahora —dijo en tono solemne pero guiñando un ojo simultáneamente.

Siguieron hablando hasta que vieron que se había hecho muy tarde, Milo tenía que marcharse pues había quedado en ver a su pareja en la habitación de su hotel (aunque se cuidó bien de omitir este detallito a los otros dos) y Hyoga debía trabajar a la mañana siguiente. Camus ofreció llevar a Hyoga a casa de Marin, pero Milo le interrumpió.
—¡Vaya tontería!. Yo voy en esa dirección, así que puedo llevarlo.
—No es necesario, Milo.
—No es molestia alguna, querido —le reiteró.
Camus no estaba muy convencido de que fuera una buena idea pero como no se le ocurría ninguna excusa válida para no dejar marchar al chico, se despidió de él.
—À bientôt, Hyoga. Si quieres podemos quedar en vernos durante el fin de semana.
—Me gustaría muchísimo, Camus. Muchas gracias por tu hospitalidad —le dijo voz muy baja— y por supuesto que me gustaría verte otra vez.
—A mí también. Te llamaré.

Considerando la forma en la que se había estado comportando en casa de su amigo, a Hyoga le resultaba algo inquietante el aceptar el viajecito en el coche con el griego. Sin embargo, aceptó por dos motivos: primero porque la casa de Marin y Aioria estaba algo lejos y a esas horas no era seguro el caminar solo por la calle y en segundo lugar, porque la curiosidad acerca de saber más de este hombre podía con él. Milo lo llevó hasta su coche, le pidió su dirección y se pusieron en marcha. Cuando llegaron a su destino, aparcó en doble fila y se bajó con él pues insistió en llevarlo hasta la puerta.
—Milo, gracias por traerme a casa.
—De nada.
—Bueno, será mejor que entre —dijo sin poder contener una risilla nerviosa viendo que Milo no se movía de su lado.

Antes de que el chico pudiera detenerlo, Milo le tomó de la cintura atrayéndolo hacia su cuerpo, buscó sus labios que besó expertamente y le llevó la mano a su entrepierna. Milo, sin pudor alguno, abrió su pantalón lo suficiente para que Hyoga pudiera acariciarle. Al principio el chico tuvo un poco de reparo e iba a separarse de él, pero la experiencia del griego se hizo notar y volvió a atraerlo para darle un dulce y largo beso mientras le acariciaba su cabello. Al separar sus bocas, Hyoga tuvo un momento de duda, pero correspondió al beso sin plantarle resistencia alguna.

Finalmente, tuvieron que pararse porque oyeron pasos que se acercaban y Milo apenas tuvo el tiempo suficiente para reajustar su pantalón y despedirse del muchacho, pero no sin asegurarse antes de darle un papelito doblado en el que había escrito su número de teléfono móvil.
—Buenas noches, Hyoga, llámame si quieres —dijo antes de montar en su coche y perderse en la noche.

El pobre Hyoga no las tenía todas consigo y estaba muy confundido, por lo tanto, cualquier intento de conciliar el sueño en ese instante iba a ser completamente inútil porque el encuentro con los dos hombres le había excitado sobremanera. Por suerte, Marin y Aioria ya se habían ido a dormir y Aioros ya no estaba en el piso, así que se dirigió a su habitación y a toda prisa se desnudó con excepción de su ropa interior.
Se metió en la cama cubriéndose con rapidez en caso de que a alguien se le hubiera ocurrido entrar inesperadamente. Lentamente comenzó a acariciar su fornido cuerpo.

Desde el primer momento estaba desesperado por poner su mano en su entrepierna pero sabía que sería mucho más excitante retrasar ese momento tan delicioso.
Pasaron varios minutos hasta que llegó por fin adonde estaba su bóxer y empezó a acariciarse a través de la prenda. Ni que decir tiene que estaba deseando quitárselo de una vez por todas pero, algo masoquísticamente, pensó que sería mejor dejarlo un ratito más.

Aquel fogoso interludio con Milo le había excitado enormemente y llegó el momento en el que no pudo contenerse más. Sacó una toalla pequeña de un cajón de su mesita de noche pues no quería tener que dar explicaciones a Marin en caso que viera manchas en las sábanas. Poco a poco fue quitándose la última prenda hasta quedar totalmente desnudo ysin poder evitar un largo suspiro de alivio, comenzó a acariciarse lentamente por unos segundos. Tuvo que incrementar el ritmo casi inmediatamente porque sentía que su cuerpo parecía estar ardiendo. La estimulación finalmente tuvo el efecto deseado y el líquido blancuzco y cálido salió a borbotones mientras gemía silenciosamente para que sus anfitriones no le oyeran.

Imaginaba que tenía a Camus con él proporcionándole aquel intenso placer porque aunque apenas acababan de conocerse le habría gustado que pasaran la noche juntos en su apartamento, pero el chico francés era demasiado educado, demasiado refinado como para sugerir tal cosa. Sin embargo, Hyoga aún estaba tenso y sentía que quería más, así que se mojó los dedos con aquel líquido y se introdujo dos en su zona más sensible. Al principio le causó un poquito de dolor pero en cuanto se acostumbró el placer fue inusitado, tanto que introdujo uno más imaginando que era el miembro de otro hombre adentrándose en sus entrañas. Sólo que esta vez el rostro que vio en su imaginación era el de Milo.

Finalmente, cuando un nuevo orgasmo le sobrevino se sintió tan cansado que el sueño lo venció y se durmió hasta bien entrada la mañana. Se despertó con el tiempo justo de ir a su primera clase.

Después de dejar a Hyoga, Milo ya había llegado a la habitación del hotel donde Aioros lo esperaba. Sin preámbulos se abalanzó sobre su amante a quien no le importó su fiero comportamiento pues estaba igualmente excitado. Aquella noche fue una de desenfrenada acción sexual y cuando finalmente pararon estaba a punto de amanecer.