Capítulo 11

Hyoga se dio una buena ducha para quitarse el olor a tabaco que llevaba encima. No estaba acostumbrado a visitar locales nocturnos ni fumaba y aquel olor le resultaba desagradable amén de estar muy cansado, tanto por lo tardío de la hora como por la escenita con el chico griego. Se durmió antes de que Camus llegara, quien después de asearse se metió en la cama con él y lo abrazó teniendo sumo cuidado de no despertarle.
Al poco tiempo ambos dormían plácidamente.

Por su parte, cuando supo que Hyoga no estaba allí, Milo se encogió de hombros maldiciéndose internamente por haber sido demasiado insistente y haber asustado u ofendido al muchacho y que debía resignarse a pasar la noche solito. Aioros se había ido a casa de su hermano y tenía planeado pasar el fin de semana completo con unos antiguos compañeros de estudios.
Mientras conducía su coche en dirección al hotel su móvil comenzó a pitar; era la señal de los mensajes de texto. Decidió abrir el mensaje una vez que dejó el coche en el parking.
Una sonrisa se dibujó en su bello rostro pues antes de abrir el teléfono creyó que se trataba del ruso, sin embargo, se llevó una pequeña decepción cuando lo leyó.

"Milo, tenemos mucho de que hablar, te veré después del fin de semana. Aioros".

Aquel mensaje tan frío le dio mucho que pensar pero al poco rato algo ocurrió para hacerle olvidar tal preocupación. Un grupito de chicas que regresaban de una fiesta, de las que una estaba hospedada en el hotel, lo miraba fijamente hasta que la huésped se le acercó incitada por sus amigas.
—Creo que te he visto antes por algún sitio —le dijo de forma algo atrevida.
—¿Ah, sí?, ¿dónde? —preguntó sensualmente al notar un posible cambio de suerte.
—No recuerdo exactamente, ¿por qué no me ayudas a hacer memoria? —le lanzó una mirada llena de lujuria.
—¿Quieres que vayamos a un lugar más privado? —sugirió Milo con una sonrisa depredadora en su rostro.
—Sería una buena idea, ¿tu habitación o la mía?

La chica hizo un gesto de despedida a sus amigas que la miraron sorprendidas y con un deje de envidia en sus miradas.
—Como tú prefieras, linda.
Milo pasó el brazo sobre los hombros de la chica y ella hizo lo propio con la cintura del griego, a cuya habitación se dirigieron.