Capítulo 12.
Las chicas charlaban animadamente en la sala de estar de Shaina. Habían dormido hasta muy tarde y había un barullo de ropa sucia y limpia tirada por las habitaciones ya que antes habían tenido que hacer cola para bañarse; todas querían asearse al mismo tiempo y lo tuvieron que echar a suertes. Se metieron de dos en dos razonando que al ser mujeres no tenían nada que ocultar y de hacerlo así terminarían más rápido.
Todas se lo habían pasado muy bien la noche anterior y no podían dejar de recordarse mutuamente lo ocurrido. No habían hecho mas que sentarse a la mesa para almorzar cuando Flare recibió una llamada de teléfono.
—Dígame.
—Buenas tardes, señorita. ¿Es usted Flare Magnussen?
—Así es, ¿quién es usted?.
—Soy Camus, el dueño de Alexandros.
—¿Camus? —preguntó algo extrañada al oír la voz del guapísimo francés mientras miraba a sus amigas— ¿cómo sabes mi número?
—Porque tu amiga Marin me dio todos vuestros números de teléfono cuando compró los billetes para el espectáculo de anoche y el tuyo fue el primero que encontré en la lista.
—¿Qué puedo hacer por ti, Camus? —la chica alargó la última sílaba de su nombre a propósito para hacer reír a sus amigas y después hizo una seña para que bajaran la voz pues no podía oír lo que Camus le decía, pero como todas querían escuchar apretó el botón de altavoz.
—¡Hola, Camus! —gritaron todas al unísono.
—Hola, chicas, ¿cómo va todo? —Camus se rio un poco al oír aquel vocerío—. Flare, tú fuiste una de las personas que participó en la puja de esclavos, ¿no es cierto?
—¿Correcto y...? —preguntó algo extrañada.
—Pues acabo de ir al banco y me dijeron que el cheque que me dio uno de los mejores postores no tiene suficientes fondos, así que si a ti y a las otras chicas os interesa podéis llevaros a Argol a cambio de un pequeño donativo para el hospital —le explicó brevemente—. ¿Qué te parece la idea?
—Camus, ¡te queremos!, ¡te amamos! ¡y te adoramos! —gritaron las chicas tras una incrédula pausa ante la divertida mirada de Flare que les pedía que bajaran la voz.
—¿Estoy en lo correcto al pensar que vas a aceptar? —dijo el normalmente serio francés entre risas al escucharlas.
—¡Pues claro que sí, hombre!— respondió Flare ignorándolas mientras que Camus se reía al otro lado del teléfono.
Cuando por fin consiguió calmarse de un ataque de risa les dio el número de teléfono del muchacho.
—Vosotras concertáis el día y la hora en que queráis verlo.
—Gracias Camus, ¡eres un sol! —contestó Flare.
—De nada, mujer. ¡Adiós, chicas!
—Adiós, Camus.
Una vez que colgó el aparato las chicas se quedaron paradas debido a aquella magnífica noticia y no sabían qué decir de lo excitadas que estaban. Solamente les quedaba decidir cuando y donde verían al guapo muchacho.
Mientras tanto en casa de Aioria, él y su hermano estaban desayunando y haciendo los últimos preparativos para el encuentro con sus amigos cuando Aioria remarcó en la mirada de tristeza que Aioros tenía pintada en el rostro. Entre ambos existía un lazo muy fuerte pues el mayor, con apoyo de otros familiares, había cuidado del pequeño desde que era un adolescente, ya que su madre murió cuando Aioria era muy niño y su padre los había dejado al poquito tiempo de que naciera el menor.
—¿Ningún nuevo ligue en el horizonte? —le preguntó a modo de broma.
—Aioria te agradecería que dejaras estar el tema.
—¿Qué te ocurre, hermano? —le preguntó preocupado al ver que el normalmente sonriente rostro seguía sombrío—. Te prometo que no diré nada a nadie, ni siquiera a Marin.
—No sé ni por donde empezar...
—¿No van bien las cosas con quienquiera que estés saliendo? —preguntó presintiendo de que era algo que tenía que ver con su pareja más reciente.
—Digamos que es muy posible que dentro de poco vuelva a estar solo.
—Ya te saldrá otro novio u otra novia, siempre los encuentras —dijo tratando de hacer una broma.
Aioros dejó escapar un pesado suspiro y apartó la mirada del rostro de su hermano. Varios minutos de silencio transcurrieron antes de que ni uno ni otro hablara.
—Dudo mucho que Milo sea la persona adecuada para mí... ¡y ya sé que no soy ningún angelito, Aioria!, pero yo nunca he intentado romper a propósito otra pareja por mucho que me gustara alguien.
—¿Quién es y qué pasa con ese tal Milo?—preguntó sin entender exactamente a qué se refería su hermano.
—Milo es uno de los asociados en los negocios de Camus y supuestamente su mejor amigo. Supongo que ya sabrás que Hyoga, el chico que teníais hospedado, y él están saliendo juntos desde hace poco.
Aioria lo miró por un momento sin poder dar crédito a sus oídos, aunque recordó que poco antes de mudarse a su piso Hyoga tuvo una cita con el francés y debían haber cuajado.
—Si no me crees Marin puede confirmártelo.
—¿Y cómo lo sabe ella? —preguntó Aioria algo sorprendido.
—Porque la vi anoche en "Alexandros", yo estaba cuidando de uno de los muchachos que hacían el strip-tease.
—¿Camus también estaba allí? ... ¡un momentito!... ¿no se suponía que ese era un espectáculo sólo para mujeres?
— Camus es el dueño del local.
—¡Caramba!, no sabía que "Alexandros" también le perteneciera, ¿pero qué tiene que ver esto con Milo?.
—Salta a la vista que a Milo le gusta Hyoga y por lo que vi anoche, el rubito no le es indiferente, lo cual complica las cosas. Cuando Milo se lo propone puede llegar a ser muy persuasivo.
—Tú también hiciste avances al rubiales y no precisamente muy honorables según me explicó Marin.
—Cierto, tal vez hubiera sido sólo una conquista fácil y punto, pero recuerda que entonces Hyoga estaba sin pareja.
Aioros le explicó que Milo tampoco se distinguía por ser un amante fiel y que éste era sólo uno de tantos incidentes. A pesar de saber como se comportaba el chico de cabellos azules, Aioros había acordado hacía poco el mantener una relación con él "a régimen abierto"; no obstante, dadas las circunstancias Aioros estaba comenzando unas terribles dudas acerca de si eso era en realidad una buena idea o si sería mejor cortar por lo sano.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—No lo sé, Aioria, no lo sé, pero las cosas no pueden seguir tal cual.
Adicionalmente se le presentaba el dilema sobre si debía o no explicar a Camus a lo que se exponía con el chico ruso. Aunque primero debía solucionar su propio problema con Milo, entonces y sólo entonces, tomaría una decisión definitiva. De todas formas en aquel instante los dos hermanos tuvieron que dejar el tema porque alguien llamaba a la puerta.
Era Camus.
