Capítulo 13
—¿A dónde vas? —preguntó Hyoga algo somnoliento.
—¡Vamos, perezoso!. Ya es hora de que me levante.
Camus había pasado la noche en el pisito alquilado recientemente por Hyoga ya que estaba algo más cerca de "Alexandros" que el suyo; además, al terminar el trabajo se encontraba bastante cansado y tenía ganas de pasar la noche con su chico. Sin embargo, debido a que había dejado su equipaje en su piso y tenía que hacer algunos recados antes de reunirse con sus amigos, debía levantarse lo más temprano posible. Hyoga lo miró algo tristemente pues había olvidado que Camus ya le había mencionado este tema unos días antes. No obstante, no tenía intención alguna de montarle una escena de amante celoso pues habría tenido que estar más ciego que un topo para no darse cuenta que Camus era una persona honorable y muy seria.
—Lo siento mucho, Hyoga, pero esto ya estaba concertado desde hace varios meses.
—Camus, no es necesario que me des explicaciones —respondió tranquilamente.
Algo más tarde Camus salió del piso para ir al banco. También tenía que recoger una maleta de su casa y hacer unas llamadas de teléfono. Hyoga se había quedado recogiendo la ropa tirada por el suelo del baño para ponerla en la lavadora. Antes de meterla en la máquina revisó los bolsillos y un papelito en el que alguien había escrito un número de teléfono se cayó de uno de ellos. Era el que Milo le dio la noche anterior en el club.
Cuando vio aquel trocito de papel le pareció que de nuevo se encontraba totalmente indefenso ante Milo, particularmente porque Camus no estaba presente. Cogió su teléfono móvil, lo observó durante bastante rato sin saber qué hacer porque la tentación de llamarlo era enorme por varios motivos; no es que estuviera planeando en aprovecharse de su ausencia para pegársela con el griego, pero se sentía inexplicablemente atraído hacia Milo. Aunque aquello fuera el equivalente de estar jugando con fuego quería saber si era lo suficientemente fuerte como para resistir tal tentación. A fin de cuentas, Milo y Camus eran amigos desde hacía mucho tiempo además de ser socios, así que habría muchísimas ocasiones en las que forzosamente habrían de verse y no podía pasarse la vida huyendo.
Ya eran las cinco de la tarde cuando finalmente se decidió a enviarle un mensaje por texto diciendo que le había gustado mucho el espectáculo de la noche anterior. Lo escribió lo más escuetamente que pudo pues no quería que Milo leyera demasiado en él.
Sin embargo, Milo vio el cielo abierto cuando leyó aquella misiva telefónica porque para él aquello no era más que la señal de inicio a la hora de lanzarse a la conquista del rubio.
Milo, nada más llegar a su casa en las afueras de la ciudad, se metió en la cama y durmió hasta bien entrada la tarde ya que había estado muy ocupado la noche anterior en el hotel. Se levantó perezosamente de la cama para prepararse un café y justo había sacado la cafetera del fuego cuando oyó pitar su teléfono móvil. Lleno de curiosidad fue a ver de quien era el mensaje y se llevó una enorme sorpresa al ver que no se trataba de Aioros. El número le resultaba desconocido y a decir verdad, podría haber sido de cualquiera puesto que Milo tenía pocos escrúpulos a la hora de dejar su "tarjeta de visitas", aunque estaba absolutamente seguro que no se trataba de la chica de la noche anterior. El mensaje, algo ambiguo, decía así: "Felicidades, Milo. Bonito espectáculo el de anoche. Hyoga". Milo sonrió interiormente al ver aquello; lo interpretó como buena señal y respondió escuetamente. "Gracias, me alegro de que te gustara".
Tras éste, ambos hombres intercambiaron una serie de mensajes; los de Hyoga eran un tanto ambiguos y tentativos en caso de que se le olvidara borrarlos. Lo último que deseaba era que por algún descuido suyo Camus viera su móvil cuando regresara y quisiera saber de qué iba el asunto, o peor aún, que Milo los guardara en su buzón de mensajes e intentara chantajearle después. No obstante, no tenía de que haberse preocupado en ese respecto porque los de Milo eran igualmente cuidadosos tal como era costumbre, ya que tampoco quería verse en problemas con Camus ni con ninguna pareja celosa de sus conquistas; aunque esto era algo que Hyoga no sabía porque a juzgar por los mensajes que Milo le enviaba, le era imposible no deducir que el griego estaba muy seguro de sí mismo y creía haber logrado su objetivo.
Tal vez estuviera cantando victoria antes de tiempo, pero en lo que a una conquista concernía "quien la sigue la consigue" siempre había sido el lema de Milo.
"¿Volverás a organizar algo así por aquí?"
Milo sonrió algo salazmente al leer aquella pregunta y rápidamente tecleó: "Claro, siempre y cuando Camus esté interesado. Pero, dime, ¿te gustaría que organizara uno sólo para ti?"
Hyoga se quedó un tanto azorado en cuanto recibió aquellas líneas y sabía de sobras, o mejor dicho, temía qué derroteros tomaría aquella conversación. Motivo más que suficiente para que tuviera que reflexionar cuidadosamente acerca de su próxima respuesta a Milo.
"¿Qué quieres decir?" Sus manos temblaron ligeramente al marcar aquellas palabras en su móvil y ese temblor comenzó paulatinamente a extenderse por su cuerpo porque presentía que el desenlace a esa conversación llegaría de un momento a otro. Milo volvió a repetir su pregunta anterior ya que se estaba impacientando y quería acabar con ese tira y afloja lo antes posible.
El griego sonrió y decidió que era el momento de terminar con aquellos textos pues sin arriesgarse no sacaría nada en limpio. A fin de cuentas tenía el control de este asunto y no estaba dispuesto a perderlo.
"¿Puedo llamarte ahora?"
Hyoga se dio cuenta de que le había salido el tiro por la culata pues inicialmente sólo había tenido la intención de tomar el pelo a Milo un ratito, pero ahora no le quedaba otro remedio que tomar una decisión sobre si confrontaría a ese hombre tan seductor o no. Milo se armó de paciencia y volvió a preguntarle tras un tiempo que consideró prudencial si era buen momento para hablar con él. Hyoga se vio sin escapatoria porque aunque no fuera más que por buenos modales, debía responderle, ya fuera positiva o negativamente. Finalmente, tras deliberar un ratito esta cuestión decidió coger el toro por los cuernos y envió un escueto SI como respuesta.
Milo no perdió un segundo en marcar el número del muchacho. La victoria era suya.
