Capítulo 14

Había un manifiesto ambiente de expectación en la casa de Shaina. Las chicas recibieron con una enorme alegría las noticias que Camus les había dado, así que no perdieron tiempo en ponerse en contacto con el joven portero. No tuvieron que esperar mucho hasta que una voz sonó al otro lado del hilo telefónico, Flare habló con él y concretó la hora para que viniera a verlas. Las otras mujeres estaban impacientes por averiguar en qué habían quedado pero la noruega les mantuvo en suspense durante unos minutos para divertirse un poco.

—¡Venga, venga!, ¡suelta prenda! —dijo Shaina mostrando un enorme grado de impaciencia.
—¿De verdad queréis saberlo?
—Pues claro, ¿no te fastidia? —dijo Marin algo picada por la curiosidad—. ¿Cuándo viene a vernos el bello Argol?
—¿Cuál de ellos era Argol? —preguntó Saori mientras trataba de hacer memoria.
—El chico del cabello castaño y ojos azules, creo que fue el tercero que subastaron —le explicó Flare.
—¡Ostias! pues si es el que me pienso, está como para parar a un tren —les soltó la chica del pelo verde.

Al oír el comentario de la italiana, las demás se echaron unas buenas carcajadas mientras hacían varias atrevidísimas sugerencias sobre las tareas que le harían realizar. Flare no dijo gran cosa pero en algo no estaba de acuerdo con Shaina pues aunque Argol no estaba nada mal, a ella le gustaba mucho más Hagen, a quien ya conocía de mucho antes puesto que habían ido al colegio juntos y habían vivido en la misma zona de Oslo. Aunque tampoco podía quejarse, el rubio le había dado su número de teléfono y prometió llamarla; de todas formas, si él no lo hacía antes del lunes, ya se encargaría ella de darle un toque.

—Por cierto, Flare, ¿te importaría dejar de tenernos en ascuas y decirnos de una puñetera vez cuándo va a venir el lindo muchacho? —le preguntó Shaina porque ya no podía contener su curiosidad por más tiempo. Después se dirigió a la pelirroja que las miraba con una enigmática sonrisa en su rostro—. Pobrecita de ti como Aioria se entere...
—¿Ah, sí?, ¿y quién se lo va a decir? —le preguntó sin darle importancia al asunto porque sabía que su amiga tan sólo estaba pinchándola y Marin se reía para sus adentros de la impaciencia de Shaina porque podía leerla como si fuera un libro abierto.
—No hace falta que digamos nada, cielo, con enviarle las fotos por e-mail bastará...
—¡Estoy cagadita! —exclamó en pretendido tono de miedo y se encaró a la noruega—. ¡Venga, Flare!, dinos de una vez cuándo y dónde veremos a Argol.
—¡Esta noche a las nueve! —exclamó sin poder contener su excitación.
—Chicas, ¡manos a la obra que no hay tiempo que perder!.

Mientras que las chicas se lo estaban pasando de muerte, Hyoga estaba atormentado por unas dudas terribles: por un lado, aunque apenas llevaban muy poquito tiempo como pareja amaba a Camus y se sentía correspondido; por el otro, Milo tenía un aura de magnetismo especial que lo envolvía como si fuera una segunda piel y por lo general, quienquiera que tuviera un encuentro con él se solía sentir irreprimiblemente atraído. Era un hombre que tan sólo tenía que entrar en una habitación para que de inmediato todos los ojos de los allí presentes se posaran sobre sí. Desgraciadamente, Milo lo sabía de sobras y utilizaba este don para cualquier fin que le viniera en gana.

Como el chico dudaba en contestar a su último texto, decidió reenviarlo y aguardar su respuesta. A decir verdad, el griego se hallaba algo desconcertado con aquel ruso tan hermoso porque por primera vez en mucho tiempo nadie había tratado de escabullirse como hizo el rubiales la noche anterior. Al ver que tardaba tanto, Milo comenzó a dudar que el muchacho fuera a contestarle. Tras dejarlo sonar varias veces, finalmente Hyoga se decidió a contestar el teléfono pero su voz sonaba nerviosa en contraste con la total calma con la de Milo, como si el incidente de la noche anterior hubiera sido algo de lo más normal del mundo.

—¿Cómo estás hoy?
—Muy bien... ¿y tú?
—Yo también, precioso; ¿de verdad te gustó lo de anoche? —preguntó refiriéndose a uno de los mensajes anteriores.
—Pues... sí... estaba muy bien organizado.
—Me alegro mucho —le respondió teniendo cuidado de no decir demasiado y espantar a "su presa", quien a pesar de lo nervioso que estaba, sentía curiosidad por conocer ciertos detalles acerca del griego.
—Oye, ¿normalmente son todos tus shows así? —preguntó tratando de mantener un tono de voz lo más casual posible.
—¡No, hombre!, también trabajo en fiestas para niños, demostraciones de hipnosis con Mu, algunas clases de drama... pero principalmente mi trabajo es con los strippers.
—¿Por dónde?
—Voy por todos sitios. Viajo mucho por toda Grecia.
—Ya veo...
—¿Sabes? pensé que anoche te ofendí —le dijo de forma cómplice.
—Nooo, ... ¡qué va!... —respondió Hyoga rápida y atropelladamente.
—¿Entonces por qué te fuiste tan rápido? —preguntó a sabiendas que Hyoga no podría responder coherentemente a su pregunta anterior ya que se sentiría como si estuviera atrapado en una red de la que no podría escaparse fácilmente. Milo dejó que transcurriera una pausa calculada de un par de segundos para seguir ganándose la confianza del muchacho

—No te preocupes, yo también debo ser discreto.
—Este... pues sí que me pillaste por sorpresa —respondió ya algo más tranquilo.
—Ya me lo imagino, pequeño, pero ahora estamos solos, ¿no?
—Sí.

Milo decidió que ese era el momento justo de darle el golpe de gracia.
—En ese caso, ¿te gustaría un show privado?
—¿Qué quieres decir?
—Pues uno en tu casa. Sé que Camus va a estar fuera durante el fin de semana. ¿No te gustaría?

A pesar de lo nervioso que estaba y de lo que sentía por Camus, Hyoga tampoco podía negar la fuerte atracción que sentía por aquel veterano seductor y por eso no se veía con el valor suficiente de colgar el teléfono y acabar de una vez por todas con aquella conversación que no tenía otro objeto que llevarle a una situación que podría acabar siendo verdaderamente comprometedora.
—¡Mira!, no te voy a poner ataduras porque sólo se trata de una pequeña diversión. Camus no tiene porque enterarse de nada.
—Milo, yo...
—Hyoga, sé que lo estas deseando, lo puedo notar en tu voz.
—Está bien —dijo Hyoga una vez que Milo acabara con sus reservas una por una.
—¿Dónde estás?, ¿en el apartamento de Camus?
—No, estoy en mi propio piso —respondió tragando saliva.
—¿Dónde?
—En el centro- dijo aún nervioso.
—¿En qué parte?

El chico tardó varios minutos en darle la dirección exacta debido a lo nervioso que se encontraba, Milo se dio cuenta y no le dio demasiada importancia, por eso esperó pacientemente a que el chico terminara de hablar. De todas formas, para no perderse y debido a que viajaba mucho por toda Grecia tenía en su coche un aparatito de Sat Nav. Tecleó el nombre de la calle que Hyoga le había dado; observó la pantallita durante unos segundos para tratar de memorizar la ruta y ver cuanto tiempo tardaría en llegar y una vez que se hubo cerciorado de aquellos detalles, introdujo la llave y arrancó el coche.