Capítulo 16.
En menos de veinte minutos se las arregló para llegar al centro, tarea que no era moco de pavo normalmente, pero que aquel sábado fue relativamente fácil puesto que al ser un fin de semana largo la mayoría del tráfico circulaba en dirección contraria. El encontrar un lugar donde aparcar fue un poco más difícil ya que por allí no había muchos sitios disponibles por la calle y no quería exponerse a que le quitaran las placas de la matrícula porque sabía muy bien que la policía nunca se andaba con chiquitas a la hora de multar. Es más, al haber un día festivo de por medio, hasta el martes no habría podido hacer nada ante tal eventualidad y quizás Camus habría descubierto el pastel.
Por suerte, no muy lejos de la zona donde Hyoga vivía, había un parking subterráneo que no se hallaba demasiado concurrido. Milo razonó que valdría la pena pagar lo que costara el aparcamiento con tal de tener su aventurilla con Hyoga y al estar el coche oculto sería menos probable que algún conocido lo viera en aquel lugar.
Cuando se bajó del coche volvió a enviar un mensaje al móvil de Hyoga para anunciarle de su llegada.
Hyoga estaba nerviosísimo pero no tuvo que esperar mucho a oír el pitido del portero automático; tomó el receptor y pidió a quien llamaba que se identificara, aunque ya se imaginaba quien era aquella persona.
En cuanto Milo respondió le abrió la puerta de la calle y unos instantes más tarde sonó el timbre del piso. Hyoga vio que detrás de la puerta estaba aquel sensual seductor esperando a que le abriera la puerta y que tuvo que llamar una segunda vez hasta que por fin el muchacho se decidió a abrir.
Milo no perdió el tiempo, lo tomó entre sus brazos y al adentrarse en el piso comenzó a besarlo apasionadamente en los labios.
Milo cerró la puerta cuidadosamente y se fueron hacia la sala. Ambos se sentaron en el sofá y a Hyoga le pareció que puro fuego le corría por las venas con cada beso y caricia que Milo le daba; ¡qué diferente era este hombre del sosegado Camus!.
En su propio país ya había tenido algunos encuentros con personas de ambos sexos, aunque primordialmente con mujeres. Hyoga era de una ciudad pequeña cercana a Arcangel donde todos sus habitantes se conocían y que, por lo general, eran gente muy conservadora. Un encuentro homosexual no era algo que se anunciara a los cuatro vientos; no obstante, no tenía de que preocuparse en cuanto a lo que pensara su familia pues era hijo único, su madre murió cuando él era un adolescente y su padre los había abandonado antes de que naciera.
Tampoco era ya ningún virgencito ni era muy remilgado pero antes de llegar a Grecia siempre había llevado la voz cantante en sus relaciones mientras que en esos momentos, la situación estaba siendo controlada por un hombre mucho más experto. Milo sonreía para sus adentros pues sabía que tenía al muchacho comiendo de la palma de su mano y tan sólo era una cuestión de muy poco tiempo el poder hacerlo suyo.
