Los besos y caricias que ambos hombres se prodigaban iban poco a poco subiendo de tono. Los labios de Milo buscaban los de Hyoga con avidez a veces y otras con sobriedad, tomándose su tiempo no tan sólo en besarlo, sino también en prodigarle sus expertas caricias. El mayor sabía muy bien donde tocar al más joven para hacerle suspirar de puro placer.
Lentamente fue dejando su torso al descubierto, cubriendo esa piel tersa de numerosos besos y pequeños mordiscos que hacían que su respiración se acelerara. El rubio se dejaba llevar y sus ojos estaban cerrados para poder concentrarse mejor en esa sensación tan exquisita, casi como si no tuviera voluntad propia para no hacer más que acariciar la larga cabellera azulada de Milo y palpar los músculos de sus bien torneados brazos.

Milo habría preferido que Hyoga participara algo más activamente, pero sabía que el muchacho estaba algo nervioso y ciertamente preocupado por la reacción de Camus si se enterara de lo que estaba ocurriendo entre aquellas cuatro paredes, así que no le importaba llevar la parte activa.