La chica le miraba sin saber bien qué decir ni cómo expresar lo que sentía. Miraba sus labios, sus ojos… que la miraban interrogantes. Llevó las manos a sus mejillas y las acarició con mimo, con cariño.

-Eres tan tierno, Kurloz. Por qué. Por qué siempre rechazas las cosas 8uenas como esto o como… ha8lar! Sólo por no hacer daño a los demás –las yemas de sus pulgares hacían círculos sobre los pómulos- La gente siempre te va a hacer daño… así que es mejor sentirte 8ien al menos. Por eso me dedico a esto.

Kurloz se encogió de hombros.

-No me importa lo que me hagan a mí, pero no quiero hacer daño a los que me importan. Ya pasó una vez. Mira a Meulin, jamás podrá volver a oír por mi culpa. Mis labios cosidos son la penitencia por eso.

-Pues dejándote pisotear nos haces daño. A mí, a Meulin… a todos –sus dedos acariciaron los puntos con cuidado- No fue tu culpa.

-No me dejo pisotear, sólo espero- sonrió con amargura- Algún día el Mesías se vengará de todos los que no creen. Mientras tanto sirvo a mi religión. Y sí fue mi culpa.

-No lo fue y no te pongas en ese plan de predicador conmigo, Señor Makara.

-No te interesa mi religión, Señorita Serket…

-Te voy a demostrar que no tienes que esperar a nada.

-Eso podría considerarse blasfemia.

-Tú sí que eres un 8lasfemo… -mordió sus labios sugerentemente tirando de él para volver a sentarlo.

-Es tu culpa –dijo cayendo sobre la silla.

-No es mi estilo y no es así como lo suelo hacer pero ¿sa8es qué? No necesito nada más para satisfacerte. Me 8asta con una silla para mostrarte el cielo de tu religión y de todas las demás religiones.

-Eres una lujuriosa y una pecadora y no debería dejarte hacer esto, Señorita.

-Señora. Llámame Señora… -se rió cantarina- Señora de Kurloz Makara.

-Señora Makara… -suspiró pasando una mano por su pelo- Así que ahora eres mi chica.

-Soy una lujuriosa y una pecadora y a ti eso te encanta, ¿verdad?

-Tú me encantas y con eso es suficiente.

-Todo esto es tu culpa, Kurloz. No puedes decirme cosas preciosas con esa voz y pretender que te trate como al resto –se encogió de hombros con una sonrisilla- Eres mío. Y yo soy tuya.

Kurloz chasqueó la lengua molesto.

-No quiero ser como el resto.

-No lo eres.

-Entonces… no me trates como al resto.

-No lo hago.

La mirada interrogante de él la invitó a continuar y explicarse.

-Los High8loods tienen fetiches raros con tener esclavas. Que satisfagan todos sus sucios deseos- se sentó sobre él a horcajadas antes de continuar. Kurloz deslizó sus manos por sus costados acariciándola, e introdujo un dedo en ella con cuidado- A los Low8loods les excita poder mandarle a alguien.

-Y tú te dejas mandar.

-Exacto. Ese es mi tra8ajo… -se agarró a él por la sensación.

-Si de verdad me quisieras, dejarías todo esto- susurró hundiendo su rostro en el cuello de ella, besándolo e introduciendo un segundo dedo.

-Kurloz… -inclinó la cabeza hacia atrás, dejándole más cuello a la vista- ¿Dejarías tu religión por mí?

-No es lo mismo, no lo compares… -mordió la suave piel grisácea mientras simultáneamente movía sus dedos en el interior de ella- No tienen nada que ver.

-Por supuesto. Tiene todo que ver. Esta es mi religión –murmuró con la voz entrecortada por los jadeos que escapaban de su boca- Y tu religión y la mía son igual de válidas.

Kurloz dejó de besar su cuello para subir hasta su oreja, dejando un reguero morado

-Eres una blasfema.

-Pero no me dirás que no soy tu 8lasfema favorita- rió suspirando- Las 8lasfemas somos más sexys. Somos el pecado.

-Eres MI blasfema, no lo dudes.

-Y di lo que quieras, pero adoras pecar –se movió dejándose caer de manera que los dedos la penetrasen con más fuerza. La respuesta de Kurloz fue sacarlos y con su propia mano, guiar su tentáculo hacia ella. Rozó su entrada con suavidad e introdujo la punta arrancándole algunos gemidos- Ahora estamos ha8lando de pecados mayores. No fornicarás con la mujer del prójimo… o algo así.

-No eres la mujer de nadie. Tú misma lo has dicho, eres mía.

-Pero no ha8la8a de ti. Ha8la8a de mí. Yo soy tuya, sí. Pero tú no eres mío. Y codiciarte es desear algo ajeno…

Oír eso de sus labios hizo que recordase a Meulin, lo que sentía por ella.

-Vriska… -tragó saliva apartándose de ella- Esto no está bien.

-No –dijo aburrida agarrándose a la silla- Moralmente no. Pero parecías disfrutarlo hasta hace un segundo.

-No, no, no…-agitó la cabeza como si eso pudiera alejar los pensamientos impuros que se apoderaban de ella- Para, Vriska. Para.

-No quiero que hagas nada –se levantó, tapándose como podía- No quiero que la dejes. Ni que pares de quererla.

-No te voy a mentir, ¿vale? –se peinó con nerviosismo, casi arañándose- Eres perfecta. Pero no puedo hacerle esto a Meulin.

-No quiero que dejes de ser su matesprite- se subió los tirantes del tutú con lentitud. Kurloz bajó la cabeza, apenado, sintiéndose culpable por haberle puesto una mano encima siquiera- Sólo quiero ser tuya. Cuando tú quieras. En cualquier momento.

Él seguía en la silla, con la cara enterrada entre sus manos.

-No digas eso. No hables de ti como si fueras un objeto, por favor.

-Pero lo soy. Soy un o8jeto. Que sólo sirve para dar placer.

-¡Jegus, Vriska! –chilló enfadado agarrándose el pelo con fuerza- No entiendes que te quiero, que eres importante. No quiero que nadie más te toque.

-Lo siento. Pero yo tampoco quiero que nadie más te 8ese. Ninguno podemos evitarlo. Peeeeeeeero algún día estarás preparado. Y yo estaré aquí esperándote.

-Yo sí que puedo evitarlo –alzó la cabeza- Podría matarlos, sabes que no me importa…

-No vas a matar a nadie, Kurloz.

-¿Por qué no? ¿Acaso no eres mía? –la señaló- En realidad podría hacer lo que quisiera.

-Podría matar a Meulin entonces. Sería lo justo –se cruzó de brazos- ¿Es eso lo que quieres?

-No te perdonaré si la tocas –la nota amenazante en su voz hizo que ella entrecerrara los ojos por unos momentos y tragase saliva.

-Pues deja de decir estupideces- dijo finalmente.

-No podemos ser el uno del otro. ¿Qué pasaría si ella se entera de esto y decide matarme? –abrió los brazos mirándole a los ojos- ¿Qué pasaría si ella me toca a mí?

-No lo hará. Te lo puedo asegurar. No dejaré que ella te toque tampoco –sonrió con tristeza apartando la mirada y volviendo a esconder el rostro en sus manos- A fin de cuentas, eres mi moirail, ¿no?

Vriska suspiró exasperada, pero dejó caer los brazos.

-Kurloz, yo te quiero.

-No sigas repitiéndolo, por favor.

-Nada me haría más feliz que ser tuya. Sólo tuya. Y algún día seré la Señora Makara y nadie podrá decir nada al respecto.

-Yo también te quiero, muchísimo. Pero no tengo sentimientos rojos hacia ti. Esos son de Meulin –se interrumpió unos segundos para ordenar la frase en su cabeza- A pesar de ello… haré cualquier cosa para que seas feliz, mientras eso no interfiera en la felicidad de ella.

Vriska se acercó a él, levantó su barbilla con una mano y depositó un delicado y casto beso en sus labios.

-Los sentimientos 8lancos pueden convertirse en rojos más rápido de lo que piensas. Hasta entonces tendrás que conformarte con compartirme, como yo te comparto.

-Si ese día llega… ¿dejarás esto? –cogió su ropa comenzando a vestirse.

-Dejaría lo que tú me pidieses si supiera que a cam8io te tendría para mí sola –le dedicó una mirada tímida antes de apartar la vista para dejarle vestirse- Sa8es que si te dejo salir por esa puerta no me lo perdonaré y será como si algo… muriese dentro de mí. Necesito que sigamos. Que me hagas recordar por qué estoy esperando. Y por qué la espera vale la pena.

-No puedo hacerlo –la miró mientras se ponía los pantalones- No después de todo esto.

-Por favoooooooor…

-No puedo tomarte y luego irme como si nada. Ya he mancillado bastante mi relación con Meulin y la nuestra propia.

Ante la negativa le miró de reojo, se dio la vuelta y se arrodilló delante él. Con su experiencia había aprendido que era algo que no podían resistir, si eso no funcionaba, no tenía ningún as en la manga.

-Te lo suplico –sonrió angelical- Puedes tomarme cuantas veces te plazca, Kurloz.

-Pero qué haces- la cogió por los hombros, obligándola a levantarse- No lo hagas más difícil. Si hago esto, lo quiero hacer bien, no así. No quiero abandonarte como los demás.

-¿Qué te gustaría hacer? Puedo hacerlo. Lo que sea.

Los brazos que le rodeaban le enloquecían pero cerró los ojos tratando de ser racional.

-Vístete. Tienes clientes que atender- su voz sonó más cortante de lo que pretendía.

-¡Me dan igual mis clientes! –pateó el suelo- ¡Me importas tú!

-A mí sí me importa, no vas a ser mi segunda opción.

-No soy tu segunda opción. Soy tu moirail.

-Sí lo eres, los moirails no se acuestan. Se quieren… se protegen y ya está. ESTO son cosas de matesprites, y tú no lo eres. No lo somos.

-Kurloz –le miró amenazante- No me hagas esposarte. Sa8es que puedo hacerlo con un solo movimiento.

-Deja de ser una cría –le dio la espalda acabando de abrocharse la camisa y el chaleco. Se subió los pantalones y ató su cinturón.

-No. No… -se apresuró a desatar la hebilla del cinturón, tratando de desabrocharlo, pero estaba demasiado nerviosa.

-No quieres hacerlo. Realmente quieres obligarme sin mi permiso. ¿Así quieres que sea nuestra primera vez?

-N- no –las lágrimas de frustración empezaron a surcar sus mejillas mientras se afanaba inútilmente- Quiero que lo hagas tú, porque me quieres.

-Vriska… -la obligó a dejarlo y la abrazó, acunándola entre sus brazos. Cuando le apartó las manos intentó quitarle la camisa con dedos temblorosos. Pero era incapaz.

- Por favor. No te vayas. No me dejes. Por favor.

-Tranquila… -le acarició la cabeza con cariño besando su frente- Algún día haremos esto y lo haremos bien. Pero no hoy, y no ahora.

-Por favor… -susurró.

Cerró sus manos entorno a las muñecas de ella sujetándola.

-No me voy a ir.

-Por favor… Quítate la ropa –gimoteó.

-No. No me voy a ir, pero no me voy a desnudar. No seas infantil, Vriska.

-Vale… no necesito que te desnudes… no… no es necesario. Puedo hacerlo así. Sí. No sería la primera vez –murmuraba casi para sí- Va a ser perfecto como tú quieres.

-Vriska, mírame –le cogió la barbilla, haciendo que alzase la cabeza- No quiero que hagas esto, si de verdad me quieres, para.

Ella le miró llorosa, con los ojos vidriosos y la voz rota. No recordaba que la hubieran rechazado nunca antes. Bueno sí… y no le había sentado nada bien. No quería que a Kurloz le pasase lo mismo que a él… lloraba porque en su interior luchaba contra la parte de sí misma que quería clavarle las tijeras en la garganta.

-Te quiero mucho. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué parece que te lo estás pasando 8ien y luego me lo niegas?

-No te niego nada. Ha sido un error mío, no volverá a ocurrir.

-Kurloz. Kurloz mírame…

-No quiero acabar esto así. Ha sido bonito, lo hemos pasado bien, pero no voy a hacer nada más. No lo vamos a hacer. Deja de comportarte como una niña malcriada –la miró con seriedad.

-¿Cuántas veces crees que lo hago a lo largo del día? –musitó- ¿Cuántos orgasmos crees que me dan al día?

-No me importa lo que hagas con los demás.

-¿Crees que necesito suplicar por un tentáculo? –se limpió las lágrimas en el brazo, estropeándose el maquillaje aún más- No. Suplico por ti.

-No voy a ser tuyo, lo siento. Te quiero, pero no lo seré.

Ella cerró los ojos con fuerza. Su parte homicida cada vez tenía más voluntad. Trataba de controlar su propia mente, pero estaba demasiado frustrada y enfadada para conseguir dejar de llorar para empezar. Se llevó las manos a la cara dándole la espalda. Sabía que si seguía allí plantado mucho tiempo acabaría matándolo.

-Está 8ien. Te quiero, pero jamás seré tuya. Ahora largo. Vete.

-Vriska –la abrazó por detrás, dejando un beso en su coronilla- Lo siento.

-¡DEJ8ME! –Chilló apartándole- ¡N8 ME TOQU8S, VET8 C8N 8LLA!

Se apartó lentamente y caminó cabizbajo a la salida. Puso la mano en el pomo de la puerta, pero antes de girarlo se volvió a ver a la delgada figura que sollozaba temblando. Sintió pena por verla allí de pie llorando, viendo como sus hombros se movían involuntariamente al ritmo de sus sollozos.

-Te quiero, Vriska. Puede que no sea tuyo, ni tú mía. Pero te quiero- abrió la puerta y abandonó la habitación sin volver a mirar atrás.

-Déjame… im8écil –cuando la puerta se cerró, se agachó en cuclillas y escondió el llanto en sus manos sonriendo- Al menos si estás lejos no puedo matarte.