Tras cerrar la puerta de la habitación se quedó quieto, allí plantado. Se sentó en el suelo poniendo en orden sus pensamientos. Ella continuó vistiéndose entre sollozos, recogiendo una vez más su pelo, que él había desordenado, en un firme y apretado moño de bailarina. Se lavó la cara antes de volver a maquillarse, retocando la pintura de sus ojos y labios azules. Seguramente la anterior capa estaría distribuida por el tentáculo de Kurloz.
-Vamos, tienes cosas que hacer… -susurró para sí- Show must go on.
Salió por la puerta de la sala blanca de los espejos, lista para una nueva sesión de sexo. Suspiró pensando que quizá no le vendría mal para bajar el calentón que le habían dejado.
Pero no sería él. No sería su tentáculo el que estuviera dentro de ella. Ni sus ojos, ni sus labios heridos, ni su olor.
Ninguno de ellos serían su príncipe.
Mientras tanto él también recordaba, sentado con la espalda apoyada en la pared del pasillo. Recordaba sus manos recorriendo su cuerpo, las de ella recorriendo el suyo, su sabor, sus cuernos, su risa. Pero en medio de sus recuerdos, la chica que está ante él cambió. Sus cuernos pasaron a ser pequeños y redondeados, su olor y sus colmillos, su cuerpo se hizo más pequeño y algo menos sugerente… el aura que la rodeaba dejó de ser azul para ser verde. Abrió los ojos apenado, podría ser que sí quisiera a Vriska, pero siempre había pensado en Meulin como en "su chica". Y sabía que retrasar todo eso solo haría daño a Serket y provocaría que su rabieta fuese aún mayor. Se pasó las manos por el pelo sin saber qué hacer, tironeando de los mechones.
Vriska abrió la puerta notando como las lágrimas volvían a aflorar a sus ojos. Rápidamente se las apartó con un dedo, sonriendo a los dos chicos desnudos que la esperaban.
-8uenas… Soy Vriska.
Antes de que pudiera decir nada más, dos bocas y cuatro manos la recorrieron de arriba a abajo, rasgando su vestido y dejando más marcas azules sobre su piel.
-Tranquilos… tenéis que compartir… -sonrió con tristeza y dejó que la llevaran a la cama redonda del centro de la habitación. Sabía perfectamente que tras las paredes de espejos, muchos estaban observando cada sucio detalle de cómo aquellos dos brutos la tomaban por turnos, peleándose por sus huecos y, como no llegaban a un acuerdo, haciéndolo a la vez. Pero no le importa porque el dolor que sentía su corazón era mayor que el dolor que se apoderaba de su cuerpo- Kurloz… -se llevó las manos a la cara mientras ambos la penetraban salvajemente- Lo siento.
Él había salido de allí hacía rato. No soportaba la idea de saber lo que pasaba tras esas paredes. De camino a casa, al pasar por una calle llena de tiendas, compró pizza, la comida favorita de ella, y flores azules, del mismo tono que su sangre. Cuando llegó a su colmena no había nadie. Dejó las cosas en la cocina y se encerró en el baño. Se miró, quedando frente a frente con el reflejo que le devolvía el cristal. Recorrió con la mirada su cuello marcado. Aquello había estado mal. Se preguntó si alguna vez conseguiría dejar de hacer daño a la gente que quería. Sonrió apenado y comenzó a desvestirse, metiéndose en la ducha. Creía que así podría eliminar todos los pecados que había cometido…
Cuando la dejaron allí tirada entre risas, manchadas ambas las sábanas y ella de abundante fluido amarillo y verde, se quedó allí en silencio, escuchando atentamente.
-El mejor polvo de mi vida, sin duda… Estoy agotado.
-¿Ves como tenía razón? –se carcajeó el otro- Esa puta vale cada centavo que te saca.
-Eso sí. Que cara es la guarra… Pero que piernas.
-Quien la tuviera así en casa, sumisita, esperándote con champagne y fresas…
-Tío no creo que tenga matesprite.
-¿Por qué?
-Piénsalo. ¿Querrías algo que se han follado montones antes que tú?
-Antes y después –ambos volvieron a reírse- Una tía así jamás tendrá un matesprite, por muy buena que esté.
-O lo jodidamente buena que sea en la cam…-la puerta se cerró impidiéndole seguir oyendo la conversación. Ahogó las lágrimas en sus manos aún cubiertas de viscosos líquidos de colores y se arañó los muslos con frustración.
-No soy una 8lasfema… -musitó- Para él soy la encarnación del pecado mismo –se abrazó a sí misma tratando inútilmente de reconfortarse- Pero me gusta ser su pecado. Tiene que li8erarse un poco de toda esa estúpida censura que se autoimpone…
Kurloz salió de la ducha algo más calmado. Volvió a mirar su reflejo; las marcas moradas contrastaban con la piel grisácea. Ahogó como pudo un quejido de frustración, dando gracias de que no hubiera nadie cerca para oírle. Se acercó al pequeño armario sobre el lavabo y cogió el hilo y la aguja. Cerró el armario suspirando y se rascó la zona de los agujeros, haciéndolos sangrar. El dolor le ayudaba a olvidar, a perdonarse. Le sacó la lengua a su reflejo y tras ello, comenzó a coser. No volvería a cortar esos hilos, por nada ni por nadie. Cada vez que lo hacía un ser querido salía mal parado. Uno tras otro la aguja fue rellenando los huecos de sus labios con el hilo morado, cerrando su boca de nuevo. A pesar de que los agujeros no habían sido desgarrados, alguna gota morada escapó de ellos.
Vriska seguía hecha un ovillo en la cama de la habitación de los espejos, a oscuras y lloriqueando. Se había calmado un poco, pero no del todo.
-Se esta8a soltando. Parecía disfrutar… Sí. Esta8a disfrutando- se llevó la mano a la entrepierna donde aún resbalaba material genético de aquellos dos estúpidos lowbloods. Pero al menos esta vez no había tenido que tragárselo- Esos la8ios… -se tocó los suyos propios manchados de verde con la mano manchada de amarillo- Lo primero que dijo fue mi nom8re… -sonrió volviendo a echarse a llorar- Amo sus la8ios… sus 8esos. La sensación familiar de los agujeritos por los que se los cose… son únicos –permaneció quieta y en silencio durante mucho mucho rato- Le amo –dijo finalmente.
Al acabar de coser volvió a mirar al espejo y un par de lágrimas moradas rodaron por sus mejillas.
-((Lo siento, Vriska))
No debía haber cedido. Aquello desde un principio estaba mal. Suspiró, tratando de recordar cómo habían llegado a ese punto, rememorando sus conversaciones. Entonces recordó algo. La recordó a ella llorando. Vriska no lloraba, nunca. Le había parecido que era todo fingido, que sólo quería conseguir lo que quería, pero aún así, tenía claro que aquella troll jamás se habría rebajado a llorar. Y menos delante de él. Esa era una muestra de debilidad horrible y ella no era débil. Abrió los ojos asustado. ¿Y si realmente estaba siendo sincera y de verdad sentía algo rojo por él…?
Vriska se levantó lentamente y se dejó duchar y limpiar por las sombras que trabajaban para ella, sin ser consciente del todo. Le secaron el largo cabello negro y curaron sus heridas. Era necesario que el siguiente cliente la encontrase en perfecto estado. Esta vez sólo le pusieron unas medias por la rodilla y un extraño arnés que servía para colgarla boca abajo. Suspiró sin ganas antes de entrar en la habitación sonriendo.
-8uenas, soy Vriska…
La había abandonado, tal y como hacían todos. La había dejado sola a pesar de que ella le había suplicado que no lo hiciera. Había cometido el error del que quería protegerla. Se dejó caer sobre el suelo destrozado y alguna lágrima se estrelló en las baldosas del baño. Nunca se perdonaría eso. Fue a la cocina y regresó con un cuchillo recién afilado. Aún desnudo como estaba, comenzó a dibujar una tela de araña sobre la superficie de su pecho. La sangre morada no tardó en brotar de las heridas, bajando por su torso y manchando el suelo. Siguió trabajando de todas formas, al tiempo que sus ojos se desbordaban descontroladamente y se mezclaba con la sangre de la herida. Al acabar, una pequeña tela de araña, no más grande que su mano, decoraba la parte superior de su pecho. Así cuando lo viera recordaría su segundo error.
El tentáculo del seadweller entraba y salía con rapidez de su garganta, atragantándola con el líquido violeta, sus babas y sus propias lágrimas que se escapaban sin control uniéndose en su frente. Estaba colgada del techo, con las manos atadas a la espalda y sentía nauseas. Si hubiera vomitado probablemente todo hubiera sido bilis y el dulce líquido morado de Kurloz. Sentía como una mano que no alcanzaba a ver desde su incómoda posición abajo metía y sacaba con fiereza un aspero stick de metal frío por sus dos entradas, indistintamente. Esta vez la carga si fue directa a la parte posterior de su garganta cuando la agarró con fuerza del pelo. Tras varios difíciles y amargos tragos por estar colgada en tal posición, la sacó, dejándola el lujo de respirar. Pero en vez de eso empezó a toser sin poder parar hasta que, satisfecho, abandonó la habitación. Las sombras la dejaron en el suelo con sumo cuidado. Después de tres clientes más su cuerpo apenas podía retener las lágrimas, le daba igual estar rota por fuera, lo hacia todos los días, pero él la había roto por dentro y eso le dolía infinitamente más. Pero era una profesional y seguía saludando y mostrando una preciosa sonrisa a aquellos que la utilizaban para cumplir sus perversiones.
Observó su obra de arte dejando caer el cuchillo al suelo. Trazó las líneas del dibujo manchándose los dedos de morado. Se preguntó qué pensarían los demás de eso. Estaba claro que no podía ocultárselo a Meulin. Pero tampoco es como si quisiera, tenía una cuenta pendiente con ella. A pesar de eso, también tenía algo pendiente con Vriska, y no pensaba dejarlo así. Salió del baño y se vistió, ahogando un gruñido de dolor cuando la tela de su camiseta de esqueleto rozó la reciente herida. Se pintó la cara y arregló el pelo. Caminando con paso cansado entró en el estudio que había en su casa, cogió el violín y simplemente comenzó a tocar. Las notas lentas y melancólicas llenaron el aire. La música era lo único que lograba calmarlo en esos momentos.
Estaba echada en el suelo aunque no sabía hacía cuanto. Pero notaba el frío y duro material bajo su cuerpo. Lloriqueaba en silencio ya que tenía los ojos vendados y una bola hecha con su propia ropa interior ocupaba su boca. Tan sólo dedicaba las pocas fuerzas que le quedaban a estremecerse y gemir cada vez que unas manos invisibles activaban el vibrador que hacía estragos en su interior.
Seguía tocando después de muchos minutos. Los dedos saltaban por las cuerdas del mástil mientras la otra mano guiaba el arco con fiereza sobre las mismas. Arrancaba una a una las notas de una canción desoladora. Un reflejo del alma del compositor.
Una vez terminó la sesión, la volvieron a lavar y adecentar, y la dejaron frente al espejo de su habitación. En el mismo lugar donde había estado con él. Se sentó en la misma silla, en la misma posición, esperando recordar la sensación de su lengua recorriéndola.
Tras un rato dejó de tocar. La camiseta estaba húmeda y pegajosa y sabía que la herida seguía sangrando. Le dolían los hombros y los dedos por el esfuerzo. Pero estaba demasiado turbado como para pensar en nada. Le dolía todo el cuerpo y se sentía vacío por dentro.
Tenía que volver a verla.
Una vez decidido esto, fijó la idea en su cabeza y se dirigió a la cocina, recogiendo lo que había comprado pensando en ella. Ni siquiera se molestó en cambiarse de ropa. Pero a cada paso, la herida rozaba la tela, haciendo que tuviera que esforzarse por no dibujar en sus labios una mueca de sufrimiento.
Vriska miraba su reflejo en el espejo como si fuera una persona totalmente distinta, como si no se conociera de nada. No se reconocía en aquella chica de llorosos e hinchados ojos azules y evidentes ojeras por el cansancio de haber sido usada una y otra vez en aquellas deplorables circunstancias.
Kurloz salió de su colmena, sin estar muy seguro de a dónde dirigirse. No sabía si ella seguiría aún en aquel lugar, pero no quería volver. A pesar de ello, se obligó a sí mismo a andar hacia allí, lentamente, sin tener idea de lo que le diría cuando la viera. Un "lo siento" estaría bien. Lo siente. Por ser idiota. Por abandonarla. Y por no ver lo que sentía. Y sobretodo lo siente por no compartir sus sentimientos.
Subió las piernas a la silla, apoyando los pies en el borde y escondió el rostro en sus manos, hundiéndolas en sus rodillas. Su largó pelo caía suavemente a su alrededor, flotando y cubriendo a trozos su cuerpo desnudo y roto mientras lloraba.
-Estúpido… Todos son unos estúpidos. Nunca de8ería volver a amar a nadie… Spidermum tenía razón. Que moriría sola porque ni siquiera soy capaz de quererme y valorarme a mí misma…
Llegó jadeando a la puerta de la habitación de ella y titubeó antes de llamar. Quizá ni estuviera allí. Lo más seguro es que estuviese con alguno de sus clientes. Pero sigue insistiendo. Llama a la puerta una, dos, tres… hasta ocho veces, esperando una respuesta.
-He aca8ado por hoy, tíos- se oyó desde el interior y el corazón le dio un vuelco- Decidle a los que quedan que vengan mañana y… les co8raré menos por hacerles esperar o algo. No tengo fuerzas para…
-((No soy un cliente)) –tragó saliva agarrando con fuerza sus regalos- ((Vriska, abre. Por vavor))
