Ilusiones Perdidas
Por Victoria Muinesva Black
IV
Tenía la botellita de poción preparada al lado de la taza de té. Una vez más dudó en si era una buena idea dejar de dársela a su esposo. Tenía miedo y a la vez estaba emocionada por ver su reacción. Estaba segura que él podría amarla sin magia de por medio. Se sentiría confundido al principio, pero ella le explicaría lo que había sucedido y él sabría comprenderla. Estaba segura.
Un día sin beber la poción fue suficiente para que sus efectos desaparecieran. Entonces Merope vio los ojos de Tom sin aquella extraña neblina. Vio su rostro, confundido ante su presencia.
No importaron sus palabras y mucho menos que ella le contara entre sollozos que estaba encinta. Le suplicó que se quedara por el bien del niño y le dijo con frases entrecortadas que serían aún más felices sin la poción.
Él, furioso, la llamó bruja y monstruo; le gritó que era una mujer espantosa que había perdido el juicio completamente y que lo había engañado de la manera más vil. Ella no dejaba de llorar, gritando desesperadamente que lo amaba. Horrorizado ante el lamentable espectáculo de Merope, le soltó que deseaba no volver a verla jamás y que se alejara de él y de Cecilia.
Entre lágrimas, Merope corrió a detenerlo antes de que cruzara la puerta y se marchara para siempre. Pero no sirvió de nada. Tom se soltó bruscamente y salió a la calle con rapidez. Sollozando amargamente, la joven cayó al suelo frente a la puerta abierta, mientras el frío aire de la noche invernal entraba a raudales y le daba en el rostro.
Su cuento de hadas se había destrozado.
