Bien, un nuevo capítulo de este fic, el cual estaba algo abandonado u,u... Como sea, pásenlo genial leyéndolo y que sea de su completo agrado ^^. ¡Disfrute de la lectura!

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Oportunidades

Por E. Waters

Capítulo II

Mérida estaba sonriente, muy sonriente. Bran, si bien había resultado ser un excelente arquero, eso no quitó que la chica le ganase de forma limpia y justa, aunque no fue una derrota avasalladora, el príncipe era un rival bastante bueno… o al menos, mejor que sus pretendientes pasados.

—¡Bien, parece que he ganado! —dijo entonces la muchacha, sonriendo abiertamente.

—¿En serio quieres una cita con mi hermana? —preguntó Bran, alzando divertido una ceja y aceptando su derrota en el acto.

—Entre nosotros…—y la joven se acercó un poco a la cara del príncipe. —Creo que tu hermana es demasiado remilgada.

El príncipe Bran rió de buena gana, a lo que fue esta vez que la muchacha alzó una ceja.

—¿Qué es lo gracioso? —Mérida aún mantuvo su ceja alzada.

—Jamás nadie en mi cara, me ha dicho eso, aún cuando sé que todos lo piensan… Aldith es una buena chica, pero es demasiado mimada. Mi madre murió hace mucho, y mi hermana es el fiel reflejo de ella, supongo que por ello mi padre la mima en exceso.

—Uhm… entiendo. —la joven miró por el rabillo a Aldith. —Bueeeno, en verdad me gustaría andar a corcel a solas, pero en vista que ganado… en fin…

—Siéntete afortunada, princesa Mérida. Aldith pocas veces se da tan fácil, a personas externas a la familia.

La muchacha se limitó a asentir en silencio. La verdad de las cosas, es que aunque se sentía halagada, la princesa, si bien no la conocía del todo bien, la joven sospechaba era demasiado remilgada, demasiado poco aventurera, al menos para ella.

—¡Mérida! —Los ojos azules de la chica, observaron por el rabillo del ojo a Aldith, quien corría hacia ella.— ¿Quieres recibir tu premio?

Otra vez, la joven pelirroja alzó una ceja. ¿Por qué tanto entusiasmo por parte de la otra princesa? ¿Acaso era por eso de ser 'hermanas'?

—Eh… claro.

Y sin que la chica pudiese preverlo, Aldith la sujetó con sutileza la muñeca, y la condujo hacia las caballerizas. Una vez allí, la princesa le indicó a uno de los trabajadores que ensillaran a los caballos.

—No es necesario. —dijo de inmediato Mérida. —Me gusta cabalgar así tal cual.

—¿En serio, princesa? —preguntó el muchacho encargado de las caballerizas.

—Por supuesto.

Siendo así, ambas muchachas comenzaron a cabalgar por la zona. Aunque a Mérida le hubiese gustado cabalgar más a prisa, estaba consciente que sería mala educación de su parte, dejar atrás a Aldith. Después de todo, ella era la diplomática de su reino, no una simple huésped más.

Eso estaba pensando, cuando de pronto escuchó un extraño ruido. Aldith, al intentar equiparar a la otra princesa, había caído del corcel.

—¡Princesa Aldith! —exclamó Mérida, bajando rápidamente de su caballo, para así auxiliar a la otra muchacha.,

—Aigh. —se quedó la joven, con los ojos cerrados, estando sentada en el suelo. —Me duele la pierna.

—Deja ver…—dijo la muchacha pelirroja, descubriendo la pierna de la joven para así descubrir que estaba algo magullada y sangrante. La joven puso mala cara.

—¿Crees poder montar conmigo? Estamos muy lejos, como para simplemente cargarte…

—Sí. —y cuando los ojos azules de Mérida chocaron con los ojos verde pálido de la otra princesa, esta última se sonrojó, a lo que Mérida otra vez más, alzó una ceja.

—Pero qué muchacha más rara. —pensó ella, a lo que la ayudó a subirse al caballo.

Durante todo el trayecto, de regreso al castillo, Aldith mantuvo firme sus brazos alrededor de la cintura de la joven de cabellos rojizos, cosa que la muchacha lo tomó sin mayor importancia.

Y es que para Mérida, la imagen que tenía de Aldith, era de una joven demasiado remilgada, demasiado debilucha, demasiado mimada… nada en su estilo, en lo absoluto.

Cuando llegaron al castillo, la joven de ojos azulosos ayudó a desmontar a la chica, quien tenía el cabello castaño neutro.

—¡Hija, princesa Mérida! —dijo entonces el rey Bruce, saliendo al encuentro de ambas chicas.

—Rey Bruce. —Mérida ayudó a Aldith a seguir en pie pasando sus brazos por la espalda de la princesa. —Su hija tuvo un accidente, pero se encuentra bien.

—¡Ah, Aldith! —exclamó el rey, abrazando de inmediato a su hija, como si fuese una niña pequeña, y no la joven de quince años que realmente era.

—La princesa Mérida me salvó, padre.

—¿En serio? —y ahora el rey Bruce, posó sus ojos verdes, en la figura de la otra muchacha—Muchas gracias, princesa.

—No hay de qué, en serio. —trató de esbozar una sonrisa. —Pero deben de revisar enseguida su herida, antes de que se infecte.

Viendo que ya nadie le prestaba atención, la muchacha salió de inmediato de aquel sitio. Su diversión, al menos por ese día, se vería truncada. Ya estaba anocheciendo, y obviamente no cabalgaría de noche, no en un reino que le era desconocido.

Suspiró.

Por suerte, en la cena se encontró con Bran, con el cual charló largamente. Estaba a punto de meterse en una interesante conversación, cuando se presentó una de las damas de compañía de la princesa Aldith.

—La princesa pide su presencia, señora.

Mérida hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Aún no se saciaba su apetito, y realmente quería seguir hablando con Bran.

—Está bien, iré.

Y dicho esto, la joven se despidió del príncipe, y se encaminó hacia la torre, en donde Aldith descansaba.

Una vez que llegó ahí, golpeó la puerta, a lo que ella escuchó claramente un 'pase'.

La joven entonces entró, y se encontró con Aldith bien cobijada en su lecho. Cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, la muchacha pudo percibir cierto rubor, uno muy parecido a l de la vez anterior, en las mejillas de la chica.

—¿Qué sucede, princesa Aldith?

—Puedes decirme Aldith. —dijo ella, esbozando una de sus mejores sonrisas.

—Muy bien, ¿qué sucede, Aldith?

—Sólo quería agradecerte lo de hoy.

—Ahm, no hay problema.

—Yo en serio quiero que seamos cercanas… mi madre murió muy joven, y mi padre no volvió a casarse, realmente necesito más compañía femenina, ¿sabes?

—Bueno, por mí está bien.

Aldith, entonces, sonrió mucho, tal vez demasiado. En cierta manera, ambas estaban en la misma posición, y es que Mérida tampoco había tenido mucha compañía femenino en su corta vida.

—¿Puedo retirarme? Estaba conversando con tu hermano, cuando…

—¿Acaso te gusta más la compañía de Bran que la mía? —soltó Aldith, mostrándose algo apática.

—Yo no he dicho eso. —dijo rápidamente la otra princesa. —Es solo que con él tenemos más temas en común, como la arquería por ejemplo.

—Ah, entiendo. —respondió la muchacha, viéndose claramente decepcionada.

Al verla de aquella manera, la joven pellirroja sintió como algo en su interior se removía. ¿Por qué? En realidad, ni ella misma lo sabía… tal vez podría ser, porque Aldith era la chica más preciosa que había conocido en su vida, aunque claro, ella tampoco conocía muchas chicas.

—Pero si quieres, te haré compañía. —habló por mero impulso Mérida, dándose cuenta de sus palabras demasiado tarde, como para retractarse.

—¿En serio? —y los ojos verde pálido de Aldith, se abrieron mucho.

El resto de la noche, al menos para la joven de ojos azules, pasó mucho más rápido de lo que había pensando. La joven de pelo castaño, no eran dispersa como Mérida lo pensó en primer lugar. Es más, sabía mucho sobre escritura, tema que la muchacha era casi una ignorante, si es que ya no lo era.

—Oye, Mérida…

—¿Si, Aldith?

—¿Podrías pasar la noche conmigo? Ya sabes, cómo hermanas…

Pero lo que la chica pellirroja podía sentir muchas cosas por la princesa, pero no precisamente un amor fraternal. ¿Qué era lo que sentía entonces? Curiosidad, mucha curiosidad.

—De acuerdo. —respondió finalmente la muchacha, recostándose en el mismo lecho que Aldith. La miró entonces de reojo, pensando en lo rara que era esa chica… apenas si se llevaban conociendo un par de días, pero ella se había entregado a Mérida como si se conocieron de toda la vida.

Pero no era la única; Mérida sentía lo mismo.

En un principio, pensó que la otra princesa era demasiado mimada, demasiado debilucha muy remilgada, pero conversando con ella, la joven terminó por apreciar a Aldith.

Cuando despertó al día siguiente, sintió como alguien le rodeaba por la cintura. Mérida trató de zafarse de aquella especie de agarre, el cual aún así era suave, en lo absoluto brusco.

—¿Qué paso aquí? —se preguntó la muchacha, sintiéndose algo confusa.

Después de unos tantos segundos, lo recordó; en realidad, no había pasado nada del otro mundo. Sencillamente, ambas se habían quedado dormidas, charlando hasta altas horas de la madrugada.

Sin embargo, ella no se explicó que por qué la otra joven la tenía agarrada de esa forma. Nadie le había tocado de esa forma antes, nadie… y si alguien lo hubiese hecho, sería un chico… no una chica.

—¿Mérida?

La voz de la muchacha de ojos verde pálido, interrumpió los pensamientos y divagaciones de la chica.

—Oh, Aldith. —dijo la muchacha, rápidamente reincorporándose. —Nos hemos quedado dormidas… lo mejor será que me vaya a mi alcoba.

—Pero no veo el problema… ¿somos como hermanas, después de todo, cierto?

Aunque eso no lo escuchó la muchacha pelirroja, puesto que rápidamente salió de la habitación de Aldith, quien sonrió de forma misteriosa.

Hermanas.

Aldith quería que fuesen hermanas, pero en realidad la joven no estaba muy segura que si quería ser hermana de ella o no. No es que repudiase a la chica, ni mucho menos, pero algo le decía que no podría quererla como hermana.

Durante el resto del día, Mérida evitó a Aldith, hasta que claro llegó la hora de cenar. Por esos azares de la vida, sentaron las dos princesas juntas.

Sin poder evitarlo, la muchacha de ojos azulados, puso mala cara.

Trato de ignorar a Aldith, pero cuando sintió como alguien le tomaba la mano, la cual tenía tendida sobre el banquillo. Alertada, la joven miró hacia el lado, dándose cuenta que la mano que le tocaba, era la mano de la propia Aldith.

Siendo así, ella comenzó a alterarse un poco. Miró hacia el lado, al rostro de la joven, pero esta parecía inmutable, como si no estuviese cogiendo la mano de la otra chica.

Y como era esperable, la muchacha se sintió nerviosa. Como había sucedido cuando despertó, aquella misma mañana, nadie le había tocado así, menos aún una chica.

Algo malo estaba en todo eso, pero ella pensó que Aldith era un ser inocente, o al menos eso aparentaba ser…

Con su dedo pulgar, Aldith comenzó a hacer círculos en la mano de la muchacha. Mérida no pudo más que sonrojarse, a la vez que su corazón dio una especie de brinco.

—¿Princesa Mérida, la pasa algo? —preguntó el príncipe Bran, mirando preocupado a su invitada de honor.

—N-no. —dijo la aludida, aún asintiendo el contacto de la mano de la otra joven, sobre su mana.

—¿En serio? Se le ve algo ruborizada, ¿tiene fiebre acaso?

—No, en lo absoluto.

—Perfecto. —y Bran sonrió abiertamente. —El duque Dragannov, ha organizado una baile hoy, y me permitieron llevar conmigo pareja, ¿le gustaría usted serlo?

—Ella no puede.

Todos ladearon el rostro, en dirección a Aldith, quien había sido la que dijo esas palabras. Su expresión, siempre inocente, adquirió, aunque de forma muy discreta, una expresión más grave.

—¿Por qué no pude, Aldith?

—Porque ella me ha prometido, bordar conmigo después de la cena.

—¿Bordar? —Bran alzó curioso una ceja. —A la princesa Mérida jamás le ha gustado bordar.

—Bueno…—dijo esta vez la misma Mérida, atreviéndose a sacar la voz, a la vez que sentía como Aldith le miraba de forma intensa, estando aún garrando la mano de la joven. —A mí me gustaría ir al baile, la verdad.

Sintió entonces, como la muchacha soltó de forma brusca su mano.

—¡Excelente! —añadió Bran, muy entusiasmado. —Vista sus mejores ropas, princesa, que partimos en poco tiempo.

Y dicho esto, el muchacho se levantó de su puesto, muy complacido de que Mérida le acompañase. Cierto, estaba comprometido, pero aún faltaba para la boda y realmente le agradaba la chica de cabellos rojizos.

La chica sonrió feliz. No es que fuese fanática de los bailes, pero si le gustaba compartir con personas nuevas.

Antes de que Aldith pudiese hacer algo, la joven salió del lugar disponiéndose a vestirse para aquel dichoso baile, dejando a la otra muchacha completamente sola en el comedor, del inmenso castillo de los McShannell.

Una especie de mueca se formó en los rojizos labios de la princesa, aunque esto no fue percibido por nadie, en vista que cada uno de los comensales, había hecho abandono de la habitación.

Después de cierto rato, Mérida bajó las escalinatas que la llevaban al recibidor del castillo, en donde Bran la esperaba más galante que nunca.

—Iremos en un carruaje, princesa.

De esta forma, la chica subió donde el príncipe le indicaba, para así solo dirigirse hacia el castillo donde se haría el famoso baile.

Lo que nadie se percató, es que la princesa Aldith, desde el pequeño balconcillo de su habitación, observaba atenta como el carruaje, en donde estaban Mérida y Bran, se alejaba hacia el este…


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