Había pasado medio año desde el día de la bolera y Jason no había visto a aquel chico desde entonces. Tampoco es que le diera demasiadas vueltas a aquellas alturas, pero era extraño que alguien se te acercara en las recreativas para preguntarte si podía jugar contigo, y más si ese alguien era un adolescente de ciudad. Por lo general, solían ser personas estiradísimas que trataban a los chicos de los suburbios como si fueran chusma, y no había cosa que le irritara más. De no ser por Gwen, más de una vez le habría partido la cara a esos niñatos pijos. Pero Nico había sido diferente. No le había importado compartir una partida y un par de buenos momentos con él, y seguía buscándole una explicación lógica. ¿Tal vez había una parte de la ciudad ahí afuera que no conocía? ¿Algún lugar en el que se viviera mejor que en los suburbios y en el que la gente no le juzgaría?

De todas formas, pensarlo no le iba a ayudar mucho. Por mucho que quisiera ir a ese lugar… ¿Cómo lo iba a hacer? Su familia se mantenía a duras penas, si por familia se podía entender "su madre y él". La historia completa era demasiado larga y compleja.

Años atrás, su madre, Beryl Grace, había sido una gran estrella de televisión conocida por toda la ciudad, hasta por aquellos que no podían ni permitirse tener tele por cable en casa. Aparecía en la portada de cada revista y cada periódico y no había persona que no hablara de ella. Los rumores decían que debido a su posición conseguía codearse con la alta sociedad, las personas más influyentes del país, y que así fue como conoció a su amor verdadero. Un amor verdadero que se fue nada más saber que ella se había quedado embarazada de una preciosa niña. Aquello fue acabando con su carrera. No podía compaginar una vida de madre sotera con una vida de actriz, así que acabó cayendo en las crueles manos del alcohol. Un par de años después, el hombre volvió para ayudarla, para intentar animarla y hacer que su vida fuera por el buen carril de nuevo. Lo único que consiguió fue volver a dejarla embarazada (esta vez de un niño) y desaparecer.

Beryl nunca había desvelado quién era ese hombre, el padre de sus hijos, y probablemente se llevaría ese secreto a la tumba. El revuelo que causaría saber su identidad probablemente duraría semanas o meses.

Cuando Jason nació, su empleo como actriz no era más que un pasado distante al que no iba a poder volver. De nuevo, el alcohol pudo con ella, provocando que Thalia huyera, dejando a su hermano y a su madre solos, quienes se tuvieron que mudar a los suburbios debido a las deudas que se acumulaban.

Así que no, Jason no veía un futuro brillante y lleno de riquezas. Era incapaz de verse viviendo en la gran ciudad cuando a veces ni siquiera podía pagarse un billete de tren a ésta.

Luego había casos como el que se había dado aquel día, en el que Dakota había insistido en pagarle el viaje. Claro que, si lo había hecho, era simplemente porque quería algo a cambio, y eso le ponía los pelos de punta.

-Escucha… Tengo que pedirte consejo -dijo Dakota, interrumpiendo el hilo de pensamientos de Jason, que miraba distraído por la ventana

-¿Sobre qué?

-Verás… -comenzó a explicarle-, como creo que supondrás, llevo un tiempo de tonteo con Gwen –A Jason se le escapó una risa, pero el otro le ignoró-. Sí, vale, un año, ¡lo que sea! El caso es que… ¿Crees que debería dar el paso y pedirle salir?

-Sinceramente, no creo que estéis saliendo, creo que estáis casados –respondió, algo jocoso-. Quiero decir, ya sabes cómo son las chicas. Creo que para ella ya estáis saliendo, pero bueno, nunca está mal tener esta conversación con ella. Ya sabes, pregúntale qué sois, dónde vais… Esas cosas que hacen las parejas.

-Mmhm… Sí. Eso haré. Gracias, Grace.

El resto del trayecto hasta la ciudad fue silencioso. Cuando llegaron, Dakota quería llevar a Jason a un par de tiendas. Por lo visto, en unas semanas era el cumpleaños de Gwen y quería comprarle algo espectacular y hacer que aquel fuera el mejor día de su vida. Sin embargo, no le duró mucho todo aquello.

Cuando iban por la tercera tienda, el teléfono de Dakota sonó. Llamaban de casa; había algún problema y tenía que volver, pero no sin antes pedirle a Jason que le hiciera el favor de comprar el regalo para Gwen. Él suspiró. ¿Qué remedio le quedaba? Todo aquello le pasaba por ser demasiado buen amigo.

Cuando se quiso dar cuenta, la noche había caído sobre la ciudad y aún no había comprado nada. Miró el reloj. El último tren hacia los barrios bajos salía en cinco minutos y él estaba a diez minutos de la estación. Corrió como nunca antes había corrido, callejeando por los oscuros y siniestros callejones de la ciudad, y al girar una esquina se chocó con alguien, provocando que ambos cayeran al suelo. No le había dado tiempo a disculparse y el muchacho ya estaba protestando.

-¡Mira por dónde vas, maldito gilipollas!

Reconocía esa voz. Se giró hacia chico para encontrarse con un rostro con el que probablemente tendría pesadillas aquella noche. Era el mismo chico de las recreativas, pero había cambiado tanto que Jason apenas lo reconocía. Llevaba el pelo más negro, las ojeras más grandes que nunca había visto y la cara completamente demacrada. El conjunto de todo aquello en las oscuras calles de la ciudad provocó que se quedara sin palabras. Y de verdad que quería decir algo, pero era incapaz de hacerlo. Su lenta capacidad de reacción provocó que el otro se levantara apresurado. Por lo visto no era el único con prisa.

-¡Espera! ¡Eres Nico, ¿verdad?! –exclamó Jason

Nico levantó la vista para mirarle y sólo entonces se dio cuenta de quién era. La sorpresa se veía reflejada en sus ojos, pero no parecía ser muy grata. Soltó algo parecido a un gruñido y echó a correr. Jason se quedó en la esquina, mirando como el chico corría cuando algo (o más bien alguien) le golpeó por detrás, provocando que cayera de bruces sobre las húmedas baldosas del callejón.

-¡Mierda, joder! ¡Lo siento! ¡Lo siento! –Se disculpaba una voz femenina.

La voz era al mismo tiempo dulce pero fuerte. Era una voz completamente firme, pero bonita aún así. Era una voz que Jason juraría haber oído alguna vez, tal vez en sueños. Una voz que le rondaba la cabeza y probablemente hacía años que no escuchaba. No tardó mucho en caer en la cuenta de quién era.

Su cuerpo estaba completamente paralizado. No podía levantarse. No podía moverse. Aquello no estaba pasando. Era imposible que fuera quien estaba pensando. Llevaba siete años sin oír esa voz. Obviamente había cambiado, pero la reconocería en cualquier lugar.

Apoyó las manos sobre el suelo para levantarse y giró la cabeza hacia la chica que se acababa de agachar para ayudarle. Miró a aquellos ojos azules que era imposible no reconocer, más que nada porque los había sacado de la misma persona que él. Estaba mirando a los ojos a su hermana, y ella pareció darse cuenta quien era él, ya que sus cejas se alzaban tanto que casi se le podían salir de la frente.

-Jason… ¿eres tú? –preguntó, como temiendo la respuesta.

No podía ni responder. No se podía creer que después de siete agónicos años al fin tuviera delante de sus narices a la persona a la que más quería en todo el mundo. Su única contestación fue darle un abrazo. A los dos se les empezaron a humedecer los ojos mientras se apretaban fuertemente el uno contra el otro. Jason probablemente iba a perder el tren, pero eso ya ni le importaba. Aquel momento valía la pena, y había demasiadas cosas que quería hablar con ella antes de irse a casa. No quería soltarla. No quería dejarla ir. Quería quedarse así para siempre. No podía permitirse perderla otra vez.

Pasaron los minutos y finalmente se separaron. Thalia, a pesar de estar sonriendo, tenía una mirada triste en sus ojos.

-Lo siento, Jason… Lo siento muchísimo de verdad -se lamentaba -. No hay día que no piense en ti, te lo juro. Te he echado muchísimo de menos, pero… No podía volver. No con mamá estando así. Sabes que siempre me ha odiado y antes prefiero vivir en la calle que volver con ella… Pero tú no te merecías que te dejara de lado y…

-Eh, eh, eh… Tranquila, Thalia –le interrumpió Jason-. Escucha… Tuviste tus motivos, y no te voy a culpar por ello… Pero ahora soy mayor, ya no soy un niño. Ahora vamos a estar juntos. Y creo que hoy tenemos mucho de lo que ponernos al día.

Una notificación sonó en el móvil de Thalia, a la vez que a Jason se le caía un trozo de corazón. Seguro que la respuesta iba a ser un "no".

-Estoy… algo ocupada… Pero, ¿sabes qué? Han sido siete años. Así que me da igual, no me voy a separar de ti. No esta vez. Esta noche vienes conmigo.

-¿Dónde?

Thalia, sin embargo, no contestó. Simplemente sonrió, le cogió de la mano y tiró de él.