Estoy triste. Sé que muchas han leído este fic, ¡pero es que nadie ha comentado! Me han bajado la moral.
Bueno, casi es Año Nuevo, así que de todas maneras he decidido subir este capítulo. ¡A sonreír!
Disclaimer: D! Powerpuff Girls Z no me pertenece.
El del medio, Butch, adoptó la capacidad de volar y dar brillo, teniendo como contradicción una luz parpadeante en la nariz al usarlas. Sí, la magia del mismísimo Rodolfo el Reno.
Todos hablando de Santa Claus. Que cuándo va a llegar, que qué les va a llevar de regalos. Y nadie se fija en el que carga al pesado de Santa. Ignórenme, niños. Sólo soy el tarado que se convierte en un cuernudo reno para llevar al holgazán de su hermano por toda la maldita ciudad. Apuesto a que no se imaginaron que el tal Rodolfo fuese así de gruñón. Pues lo siento, pero ese no existe.
Es el reno guía y ya.
Y ese me tocó ser a mí. Soy Butch. Y tengo la suerte de no ser un reno todo el maldito año. Cambio a voluntad, pero solo lo necesito la noche de navidad, para mantener la ilusión y todo eso. La realidad es que puedo volar e iluminar sin dejar de ser un guapo veinteañero pelinegro.
Casi.
— ¡Enciende tu lucecita, hermano, no veo nada aquí!
— ¡No pienso encender la tontería que me plantaste en la cara, Brick!
— ¡Que soy Santa!
Ególatra. Solo era una simple revisión de ruta. Yo, en cambio, al usar la magia, tenía que encender esa maldita luz en mi nariz. Todo es culpa de Santa Claus. Si al maldito no se le hubiese dado por combinar magia cuando jugaba a la guerra de bolas de nieve con Boomer, no hubiera aterrizado en mi rostro una esfera de esas. Gracias a Dios que logré cambiarle el color a verde.
Qué Rodolfo ni qué nada. Me importaba una mierda su tontería de la nariz como un tomate. ¡Es verde, señores, verde! Tomate podrido será.
Sacudí mi cabello y me adelanté a casa. El pelirrojo de mi hermano aún tenía asuntos que atender. Comencé a pasarme una mano sobre la nariz al notar fastidio. Segundos después comenzó a titilar como un foco antes de encenderse. Y entonces lo hizo. La calle por la que iba se tornó verde. Gracias al Conejo de Pascua que no había nadie alrededor. Al pasar por una tienda cerrada, se iluminó aún más.
Me incliné e intenté ver más allá de la vitrina. Mi luz se apagó.
— ¡Bu! —Gritó alguien a mi lado antes de comenzar a reír ante mi cara pasmada. Se burlaba a lo grande. Luego de un rato de observarla con el seño fruncido, la corté.
— ¿Estabas robando? — ¿Y cuándo mierda saliste? Podría jurar que estaba dentro del lugar.
—Uh. Anda, delátame, idiota. No vaya a ser que Santa olvide colocarme en su Lista Negra.
De hecho, su lista es roja, pensé. Alcé una ceja y ella me observó con superioridad.
— ¿Y bien? ¿Harás algo? —Guardé silencio. La chica que traía en frente era simplemente impulsiva, tanto como para que ni siquiera yo pudiese seguirle el ritmo—. Lo tomaré como un no. ¡Adiós, pelinegro!
Me guiñó un ojo y se fue victoriosa. Bufé por lo bajo y quise golpearme por no haber reaccionado a tiempo. Yo, todo un ser mágico, superado por una humana de la Lista Roja de Brick. Rodolfo el Reno ya no parecía tan mala idea.
«Segundo ensayo de ruta de Navidad»
Gruñí al terminar de leer el mensaje de Santa. Terminé el café que traía y lancé el envase al primer contenedor que se me cruzó. Giré en varias esquinas hasta encontrar alguna desolada. Cuando la hallé, bufé y me transformé en un imponente reno.
—Me lleva la…
Y de pronto, me había vuelto un corderito frente a los reflectores. Maldije en todos los idiomas que cruzaron por mi mente y volví a mi cuerpo humano. Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí una especie de dejabú. Y sabía perfectamente por qué.
Debí haberlo adivinado cuando mi nariz brilló como el trasero de una luciérnaga.
—Eres el de la otra noche. Y ahora tú acabas de…te volviste… ¡Eras un maldito reno!
Quise explotar en carcajadas ante su mirada de espanto, tal y como ella lo había hecho anteriormente, pero la imagen de El Consejo asando un reno para navidad fue lo que me hizo palidecer a mí. Seguramente mi vida tendría fin de esa manera si se enteraban que una humana había descubierto el secreto.
No sería la cena de navidad, niños y niñas.
Le cubrí la boca y nos elevé hacia el techo de un edificio, maldiciendo la luz verde que mi nariz desprendía. Cuando ambos pisamos tierra, aún sin liberarse, expandió los ojos. Luego, alzó cautelosamente una mano hasta la altura de mi rostro.
Y me tocó la nariz.
— ¿Qué estás haciendo? —Rezongué alejándome de ella.
—Brilló. Tu nariz resplandeció como la de…
—Si te atreves a utilizar el nombre del tal Rodolfo para completar esa oración, ahora mismo me largo y te dejo aquí abandonada, ¿oíste?
En un segundo, su actitud se tornó defensiva y brusca, cruzándose de brazos.
—A mí no me vengas con amenazas, Rodolfo —Pude haber jurado que mi nariz echó chispas—. Que el que seas mitad animal no significa que seas una bestia.
— ¿Y entonces qué?
—Simplemente eso. Que eres…un animal
Y eso, pequeños, desde distintos puntos de vista, fue un insulto.
De todos los insultos que había recibido en mi vida, ese era el primero que se dirigía a ambas identidades. No se sentía bien, nada bien. Mi reno interior quería clavarle las astas en el estómago. Pero desde que se lo hice a mi hermano, estas están protegidas de manera invisible. Al parecer no se podía golpear a Santa en vísperas de navidad.
— ¡Pues ahora vas y te encargas de ella! La cuidarás. Desde ahora hasta que se convierta en alguien de nuestra confianza.
— ¿Qué? No. No pienso perder mi tiempo estando al pendiente de una ladrona —Fruncí el seño. Sin embargo, El Consejo no pensaba dar su brazo a torcer.
— ¡Tú la dejaste conocer nuestro secreto!
— ¿Cómo iba a saber que ella estaba ahí?
— ¡Mirando! —Respiró profundo para relajarse y recobró la compostura—. Mira, podrá estar en la Lista Ne…Roja de tu hermano, pero, créeme, es una maravillosa chica en realidad.
— ¿Hablan en serio? Estaba robando una tienda.
—Oh, y muchas otras —Sonrió como si fuese la travesura de una pequeña—. Pero no lo hace para ella. Tiene la custodia de su hermano y se siente infeliz al no poder comprarle todo lo que él le pide para navidad. Está tratando de ser una buena hermana. Simplemente, lo está haciendo de la manera equivocada.
Mierda. Ya me echó el discurso.
Odiaba las lecciones de vida que se les daba por soltar. Me hacían…volver Boomer. Pero los malditos tenían razón. Tal y como Brick se negó a dejarnos atrás cuando lo eligieron sucesor de Santa Claus, esa chica trataba de darle lo mejor a su hermano. Maldita sea, ¿cómo iba a poder recriminarle eso?
Y ahora soy un reno con lucecita.
Cierto. Pero… [Mierda, vomitaré en mi boca] no le hacía comparación a la posibilidad de haberme quedado sin mis hermanos.
— Veo tu luz en el reflejo del celular—Giró la silla del escritorio hacia mí. Bajé del filo de la ventana y me senté en la cama que había al lado—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Ahora eres mi responsabilidad. Aunque no pareces estar tan mal si tienes un celular táctil —Blanqueó los ojos y sonrió nostálgicamente.
—Mi hermano me lo dio. Se adelantó a navidad —Encogió sus hombros—. Supongo que se habrá enterado de toda mi vida ya, Señor Reno.
—Sólo una parte, Kaoru —Alzó una ceja.
—Tú sabes mi nombre y yo del tuyo no tengo idea. Como que estoy en desventaja —Me sonrió. Al parecer había digerido bien toda la situación.
—Soy Butch Him.
— ¿El Reno? —Alzó ambas cejas con diversión y no pude evitar sonreírle de vuelta. Le asentí como estúpido, dándole por una vez la satisfacción—. Era Butch Him, el reno…
Reí. De verdad era increíble la rapidez con la que había aceptado el que hubiese visto a un ser mágico. Sonará idiota, pero me encantaba hablar con ella. Ya saben, jamás había hablado de eso con alguien que no viviese bajo las órdenes de El Consejo, así que hasta podía quejarme de ellos.
En los días siguientes, no pude evitar ir a buscarla. El Consejo tenía razón, y yo me sentí un idiota por haberla llamado ladrona. Esa chica era admirable. Y por más que traté de evitarlo [me golpeé la cabeza contra la pared en incontables ocasiones], siempre andaba maravillado con ella.
Y realmente sí, Kaoru era confiable. Pero no pensaba hacerle llegar esa información a El Consejo.
