Vine a abandonar esto por aquí. Sé que no es navidad, pero ya estaba hecho y dejarlo para la próxima navidad sería realmente aburrido.
Y el mayor, Brick, heredó la magia del mismísimo Santa Claus.
Removí una vez más todos mis papeles. ¿Quién diría que ser Santa Claus sería tan entretenido?
Un loco. Sólo él lo diría.
¿Que en la víspera de navidad se paseaba por toda la fábrica supervisando cómo los duendecitos terminaban los juguetes? Jamás lo había experimentado. ¿Duendes? ¿Y para qué mierda Santa tendría magia? ¿Para hacerse de cenar? Había tres meses en el año para dedicarme a crear los juguetes. Y en Diciembre, aquellos malditos veinticuatro días antes de navidad, tenía que verificar cada aspecto de lo que iba a ser la repartición de regalos de navidad.
Ruta de viaje, salud de los renos, buen funcionamiento del trineo, lista de niños, regalos a entregar, etc.
Y por si no fuera poco, El Consejo me traía estresado por aquel asunto de «tener una buena esposa al lado». Siempre andan diciendo que todo Santa necesita una mujer con quién compartir su vida, ya que eso fortalece la magia por el amor y todas esas cursilerías que, irónicamente, sí son ciertas en las películas.
Así que, con toda la amabilidad que caracteriza a El Consejo, usaron magia para transportarme a la plaza central y lanzarme dentro de alguna tienda, justo detrás el mostrador. Me levanté con disgusto, le sonreí a la dependienta, que olvidó el asunto de que aparecí de la nada sólo para sonreírme, y caminé hacia la salida. Si hubiese llegado, habría sido mejor en ese momento.
— ¿Tienes este vestido en color rosa?
— ¿Qué? —Miré desconcertado a la chica que se había plantado frente a mí.
—Que si tienes este vestido en color rosa —Abrí la boca para responderle, pero simplemente no tenía idea de qué decirle. Ella rió —. Dios, no eres un buen vendedor.
— ¿Vende…? —Dirigí una mirada al mostrador y giré de nuevo hacia la joven—. No, no trabajo aquí.
Ella quitó su sonrisa y me vio incómoda y avergonzada, formando un leve «oh» con sus labios.
—Lo siento, como salías de detrás del mostrador, creí que… —Se cubrió la boca con una mano por un segundo—. Perdón, fue una equivocación.
Y fue a hablar con la dependienta. Con las manos en los bolsillos, la vi de reojo. Sonreí de lado y le pedí a una de las trabajadoras que me ayudara a buscar ropa para mi novia, mi novia inexistente. Aunque en realidad no le prestaba tanta atención como a la pelirroja que continuaba buscando algún conjunto. La vi entrar y salir del probador varias veces antes de decidirse por alguna blusa rosa.
La seguí en todo su recorrido por la plaza y, por alguna razón, no dejaba de sonreír. Tal vez fuese porque se tropezaba cada cinco minutos, o confundía gente con otra, pero no me importaba en lo absoluto. Se detuvo a comprar un batido y yo me apoyé en una pared alterna para contestar mi celular.
—Joder, Brick. Diles que no es mi culpa que esa chica me viera.
—Hermano, no tengo idea de lo que me estás diciendo —Contesté sin quitar la mirada de la pelirroja, a la cual se le cayó el dinero, causando que volviera a sonreír.
—Una chica me vio transformarme.
Desvié la vista hacia el lado en el que traía el celular y fruncí el seño. Eso no podía estar pasando justo en vísperas de navidad. El imbécil se había dejado ver por una chica y ahora El Consejo había decretado su castigo. El reno guía ahora era niñero. Eso le restaría fuerzas a su trabajo de navidad.
—Tu culpa, tu responsabilidad.
—Oh, ¡vamos! No puedo estar cuidando de una chica hasta que se convierta en «alguien confiable», ¡es una ladrona!
—Butch, fue tu error, ¡así que ahora te encargas de que esa chiquilla mantenga la boca cerrada y...! —Me moví bruscamente por el enojo, pero eso provocó que empujara a una chica y esta lanzara su batido sobre la bolsa de compras que traía.
Mis ojos se expandieron cuando ella dio un pequeño grito, lanzó lo que quedaba del envase y sacó una hermosa y muy manchada blusa rosa de la bolsa.
—Te llamo luego —Pronuncié antes de colgar y guardar el celular—. De verdad lo siento, no fue mi intención arruinar tu blusa nueva. No quisiera arruinarte nada, en realidad.
—Arruinaste mi tarde —Masculló tratando de limpiarla.
— ¿Quieres que mejore tu noche? —Me lanzó una mirada de enfado.
Luego entendí que lo que había dicho traía consigo doble sentido. Me golpeé mentalmente.
Santa era un idiota.
— ¡No me refería a eso! Sólo quería compensarte por haber arruinado tu blusa.
—Oh, entonces ¿acostarte conmigo es una compensación?
— ¡Que no quiero acostarme contigo! —Entonces todo alrededor quedó en silencio. Miré de reojo sólo para notar como las personas se nos quedaban viendo, y también lo que estaban pensando que sucedía.
Un rechazo.
—Corre —Pronunció antes de alzar la blusa manchada y comenzar a perseguirme con ella.
Corrí aproximadamente tres cuadras antes de perderla de vista, teniendo una especie de encuentro con Boomer en el camino. Luego me cuestioné por qué no había vuelto simplemente donde El Consejo. Quizá porque no tenía la menor idea de lo salvaje que podía ser esa pelirroja. Aún cansado, me dirigí allí.
— ¡Es perfecta! —Me lanzaron apenas abrí el portón—. ¡Ella podría ser tu esposa!
— ¡No! —Grité, comprendiendo que me habían estado espiando desde que me arrojaron a esa tienda—. ¿Es que no prestaron atención? ¡Me persiguió para golpearme con una blusa!
—Pero estabas embobado con ella antes de eso. No puedes negarlo.
Sonreí al recordar cómo me confundió la primera vez, y cómo se tropezó nada más salir de la tienda. Esa chica parecía tener la inocencia y torpeza de una niña. Tierna y con unos relucientes ojos rosas. Claro, hasta que decidió atacarme con ropa.
—Ahí está esa sonrisa —La quité de mi rostro y, al ver sus muecas de superioridad, supe que había utilizado alguna clase de truco raro.
— ¡Dejen de hacer que me enamore de ella! —Se miraron entre ellos y la única mujer de El Consejo me sonrió.
—Cariño, sólo hicimos que recordaras la primera vez que la viste. El que luego la persiguieras por voluntad propia no es nuestro lío.
Pude jurar que se burlaron de mí.
Pasé cuatro días tranquilamente, pero aún sentía que El Consejo no iba a dejar que esa chica se alejara con facilidad. Tomé los papeles que necesitaba y bajé al primer piso de aquella fábrica. Luego los dejé caer.
En medio del Gran Salón, se encontraba una joven sonriendo fascinada y examinando todo el lugar. Hasta que me vio y frunció el seño. Tensé la mandíbula cuando entendí todo aquello. Pasé de largo junto a ella y abrí el portón de un golpe brusco.
— ¡¿Por qué la trajeron?! —Pero no fui yo quien habló.
—Butch, debes entender que esto es muy diferente a tu caso —Habló El Consejo antes de verme—. Hablaremos luego.
Gruñendo, mi hermano salió del lugar. Logré ver cómo saludaba a la chica como si se conocieran previamente, lo cual me descolocó.
— ¿Ellos se…?
—Es amiga de la chica que lo descubrió, pero no sabía que era parte de este mundo hasta hoy —Me sonrieron insinuantes—. ¿Cómo van las cosas con ella?
— ¿Qué les hizo creer que trayéndola acabaría siendo mi novia?
—Bueno, te ahorramos la parte en la que le cuentas que eres Santa Claus.
— ¡¿Lo sabe?!
—En realidad, no. Sólo sabe que estás mezclado en esto, y que Santa existe.
Me quejé con ellos un rato más, hasta que terminaron por ordenarme que fuera a donde esa chica, me presentara y la enamorara antes de que fuese navidad. La cual, por cierto, era en diecinueve días. Loco. El Consejo estaba realmente loco.
—Mi nombre es Brick —Le dije, extendiendo la mano como un idiota y sacudiéndome el cabello. Ella la miró algo dudosa, pero luego me sonrió.
—Momoko —Haló levemente del borde inferior de su blusa y sonrió aún más— No está arruinada, después de todo.
Esta vez le sonreí yo al notar aquella prenda rosa. Y sí, me exigió volver casi a diario a la fábrica. Eso, por cierto, no me molestaba en lo absoluto. Cada día, dejaba el papeleo e iba a recogerla. Cuando veníamos, ella se ponía a jugar con algunos seres mágicos, llegando a conocer a casi todo aquel mundo.
Y vino aquel día en el que le conté que era Santa Claus. Primero no se lo creyó, ya que ella pensaba que Santa era un viejo pasado de peso y barbudo. Pero cuando cayó en la cuenta de todo, actuó como una niña pequeña. Comenzó a preguntarme cómo hacía para darle la vuelta al mundo en una noche, quién hacía que nevara, por qué ese reno guía tenía la nariz verde, etcétera.
Y luego de todo ese alboroto, atrapó mi cuello entre sus brazos y me besó. Después se avergonzó y trato de alejarse, pero, ¡vamos!, no iba a dejarla ir después de haber destrozado el mundo de Santa.
Porque sí, eso hizo. Y debo admitir que el trabajo de Santa Claus, con esa chica al lado, era lo mejor que me podía haber pasado en la vida.
