Me fui de vacaciones por eso apenas aparezco, no me odien.
Capítulo cinco
El tiempo se detiene, cuando el pasado vuelve~
Taisuke le había avisado que su pequeño conviviente le esperaba en la entrada del estacionamiento, apresurado por recibir lo que Tetsuya le llevaba llegó a él con grandes zancadas.
— ¡Tetsu-chan!
— Makoto-san, buenos días. — saludó el menor, entregando la mochila que le habían encargado.
— Perdona por hacer que vinieras hasta acá, gracias— se había regañado así mismo por ser tan descuidado.
— No es problema, Makoto-san.
Sin conciencia la mano del castaño recayó suavemente sobre las hebras azuladas, deslizándose pausadamente hasta la mejilla más próxima, absorbiendo la tibieza en ella, sonrió tan dulcemente como siempre hacía y Tetsuya llevó su propia mano a la del mayor. Pidió permiso en el lenguaje que sólo las pupilas del otro comprendían y viceversa, siendo respondido de la misma manera por el menor.
Se inclinó hasta donde pudo y ayudó a Kuroko a estirar el cuello, cuyos párpados se cerraron con perfecta lentitud y entonces él lo culminó, con un beso infantil, pues apenas era un templado rose, que bien no negaban disfrutar.
Mientras sentía la ligera presión en su boca, se preguntó si aquél sujeto que molestaba a Makoto ya se habría alejado al verlos y esperaba fervientemente que fuera así, pues le molestaba que fuera tan insistente con el castaño.
Sin embargo, la voz de otro compañero del bombero les obligó a separarse y una segunda más, hizo que el corazón se le detuviera de repente y la sangre se le helara. Que sea sólo mi imaginación. Suplicó.
Pero no. La vida siempre puede ser más cruel.
Cuando identificó que era su nombre el que había pronunciado, volteó sin desearlo y allí estaba.
— ¿Kagami… kun?— el nombre afloró en sus labios con incredulidad.
— Sí, volví… — afirmó Taiga, sintiéndose contrariado.
Makoto lo observó cuidadosamente, sabía que efectivamente era Kagami Taiga, pues lo conocía por las fotos en las revistas que Kuroko aún conservaba de su época en la preparatoria. Sinceramente no sabía cómo actuar, pero estaba seguro que justo en ese momento a Kuroko no le haría bien. El pelirrojo dio dos pasos hacia ellos y el más bajo no se movió, no dijo nada. ¿Debía interceder? ¿Sería lo correcto? Dudó. La mano del peli celeste se removió con leves espasmos y lo sintió claramente porque aún lo sujetaba.
Basta. Se dijo.
— Tetsu-chan, llegarás tarde al festival— dijo delicadamente para en seguida darle un apretón. Y funcionó de inmediato, lo cual agradeció.
— Es verdad, estoy condenado si no voy. — afirmó con una diminuta sonrisa recordando a los niños— Entonces me retiro. Un placer volver a verte, Kagami-kun. ¿No necesitas nada más, Makoto-san?— preguntó con una repentina jovialidad, mirando al aludido.
— Nada, descuida. Paso por ti más tarde, ¿de acuerdo?
El más bajo asintió, tiró de la correa del casco, que colgaba en la espalda del bombero, atrayéndolo hasta él y así poder plantarle un nuevo y breve beso. Lo liberó al instante y se despidió recatadamente de Kagami y del hombre junto a este.
Se marchó.
— Lamento todo esto— dijo Makoto— Entonces eres el chico que fue transferido desde América. ¿Cuál es tu nombre?— preguntó por cortesía.
— Kagami Taiga— se presentó recordando que es allí donde trabajaría de ahora en más. Pero la incomodidad no abandonó ni una sola hebra de su ser.
— Lo dejo en tus manos, Tachibana. Aún debo alistar a mi equipo— dijo aquél que había acompañado al pelirrojo hasta el lugar. El castaño asintió amablemente y devolvió su vista al recién llegado.
— Acompáñame por favor, Kagami-kun. Te llevaré a tu casillero.
Taiga le siguió de cerca. No hablaron y por ello inevitablemente se sumieron en un nuevo silencio, ahora más denso, más inquietante. No pudo evitar observar con mayor detalle a su superior, no parecía una mala persona y por el contrario lucía en exceso amable, atento, dedicado y… cariñoso. Arrugó la nariz ante la evidencia que confirmaba esa cualidad.
Había sucedido tan rápido y tan lento al mismo tiempo, fue raro. Podía casi jurar que había visto en los ojos de su sombra el cuánto le había extrañado, pero también el profundo dolor que representaba ese abrupto reencuentro.
Necesitaba hablar con él. Cuanto antes, mejor.
— Así que, ¿conoces a Tetsu-chan?— preguntó repentinamente.
— Uh, pues sí. Fuimos compañeros en la preparatoria, estábamos en el equipo de basket y éramos muy buenos amigos (por no decir pareja) — contestó, nervioso.
— ¿De verdad? Es raro que jamás me haya hablado de ti— enunció la mentira, inconscientemente, por acción de un extraño impulso, y aún así esperaba que esas palabras hirieran un poco al pelirrojo.
Lo miró por el rabillo del ojo y se alegró un poquito, tan sólo un poquito, al ver ese cuerpo a su lado crisparse y torcer la boca, dolido.
— No suele ser muy hablador— repuso en su defensa.
— Créeme muchas cosas han cambiado en Tetsu-chan en estos últimos años— dijo sereno— Allí dentro está tu uniforme, te espero afuera— dijo ya en la puerta, pero antes de salir le volvió a mirar y con esa sonrisa dulce que siempre adornaba su rostro, agregó— Puedes venir a visitarnos a casa cuando gustes, para que se pongan al corriente. — sin más, cerró.
Kagami se quedó fijado al suelo, azorado. ¿Qué diablos fue eso?
Por su parte, Makoto se sentía extraño. ¿Una especie de declaración de guerra? No, quizá no exactamente, pero había delimitado territorio, para proteger a alguien muy cercano a su corazón. Firmeza con humildad, eso habían acordado él y el peli celeste. Se habían prometido aprender juntos, protegerse. Respiró hondo y se sintió valiente. A él no lo volvían a hacer tonto.
Pero rogaba que Tetsuya estuviera bien.
.
.
.
.
.
.
A dos cuadras de llegar al jardín de niños se detuvo y talló sus ojos, sus mejillas. Fortaleza sin frialdad, su promesa con el castaño había sido esa. Respiró hondamente, le agradecía estuviera allí para mantenerlo con los pies en la tierra. Y ahora que Kagami estaría en la misma estación no podía darse el lujo de flaquear tan patéticamente.
Si de algo podía estar orgulloso de sí mismo era que de alguna manera u otra siempre lograba mantenerse fijado a sus convicciones. Y no sería la excepción. Sin huir y haciendo frente a lo que fuera que viniera.
Miró el reloj en su muñeca, faltaba a lo mucho una hora para que el festival de los pequeños dieran inicio, y eso lo animaba a él. La literatura era más un pasatiempo, porque él estaba decidido a trabajar en ese lugar donde los niños corrían hacia él, donde ninguno le perdía de vista y siempre le regalaban sonrisas, caramelos y dibujos, anécdotas inocentes y travesuras de la infancia.
— ¡Kuro-chan!— gritaron a su espalda. El pelinegro corría a toda prisa y le abrazó por los hombros para descansar.
— ¿Estás bien, Takao-kun?— preguntó divertido, abanicando con su mano el rostro del otro.
— Uwaah, creí que no llegaba, si a Shin-chan no se le hubiera olvidado la bata ya estaría aquí desde hace milenios— exhaló junto con su cansancio.
— ¿Midorima-kun también olvidó algo?— para Kuroko eso era increíble, sólo podía haber dos razones, la primera era bastante el estrés en la universidad o segundo, estaba perdidamente enamorado.
— ¿Tachi-chan también? ¿Se supieron de acuerdo o qué?— se burló Kazunari, incitando al peli celeste a caminar.
— Buenos días, muchachos. — saludó una de las profesoras.
— Buenas, Akiko-san. ¿Están en el almacén?— preguntó un emocionado moreno, recibiendo una afirmación.
Arrastró al más bajo con él y le hizo disfrazarse allí mismo, lo miró sin necesidad de voltearse y halló algo que lo intrigó, en el rostro ya no tan impasible vio signos de que se había llevado una sorpresa desazonada antes de llegar allí y entonces recordó que esa mañana se había levantado con un mal presentimientos atorado en el pecho. Que sean sólo paranoias mías, por favor.
— Takao-kun, ¿me ayudarías en el chaleco por favor?
— Un placer.
Ya vestidos como El Conejo Blanco y El Gato Cheshire salieron al patio y los niños corrieron a sus brazos nada más verlos, entonces Kazunari pudo apreciar claramente cómo esa nube gris que surcaba los ojos de su amigo, desaparecía por completo y él se sintió tranquilo. Por ahora.
.
.
.
.
.
.
Terminó sus maletas. Agradecía tanto que Rei al menos le hubiera dicho a dónde había ido, aceptaba que el resto de la labor ya te tocaba a él.
Makoto…
Se cercioró que todo estuviera en orden y una vez comprobado, se fue a dormir. Finalmente iría a buscarle, pero, ¿estaría bien llegar así no más? Debía intentarlo, necesitaba intentarlo.
Suspiró.
Cuando Makoto desapareció el poco sentido que tenía su vida se había desvanecido como lo hace el reflejo en el agua cuando caen las hojas rojizas de otoño. Y nadar se había vuelto imposible, no se atrevía a entrar porque sabía que al salir a la superficie no estaría esa cálida mano.
Se cubrió el rostro con ambas manos y tiró de su cabello con la fuerza de la impotencia y la culpa, como quien se sabe criminal sin derecho a perdón y misericordia. Y lloró tal y como cada noche de esos tres últimos años.
¡Perdóname!
.
.
.
.
.
.
— ¡Esto es fantástico! ¡Hyuga, mira son tantos y tan pequeños!— chilló Teppei encantado y con una gran sonrisa boba. El de lentes suspiró, pero debía admitir que también estaba encantado— ¡Quiero tres! ¡Tengamos tres, Junpei!
— ¡¿Ah?! ¿Y de dónde se supone que los saque, tú grandísimo idiota?— protestó avergonzado.
— ¿No es obvio? Los haremos la noche en que nuestro amor esté más a flor de piel que nunca— aseguró, casi frunciendo las cejas ante lo evidente que resultaba, según él.
El moreno sonrió y una venita saltó furiosa en su sien, sí, sí que sí, Kiyoshi Teppei ya podía darse por muerto.
— ¿Por qué no vas a jugar con ellos al arenero? ¡Y suplícales que te entierren al menos seis metros bajo tierra!— bufó, mandándolo al demonio. Mejor se fue a buscar a Kasamatsu, necesitaba platicar con alguien cuerdo.
El castaño obedeció dejando pasar, como siempre, las delicadas palabras que le había dedicado su pareja. Makoto se había quedado allí riendo suavemente por las ocurrencias de su mejor amigo. Midorima y Aomine permanecían a su lado, observando también. El moreno lucía contento rodeado de niños, mientras el peli verde estaba nervioso.
El castaño entre ellos sonrió aún más al ver a lo lejos a Kuroko, quien entregaba dulces y pintaba figuritas en los rostros de los niños.
— ¡Kurokocchi está tan adorable!— canturreó un recién llegado rubio— ¿Por qué no se integran? Takaocchi no tardará en arrastrarlos si siguen aquí. — les advirtió divertido, divisando al mencionado, quien efectivamente se acercaba a ellos.
— ¡Justo a tiempo! Necesitamos ayuda con los más grandecitos, por favor Aomine, se requiere de la autoridad para calmarlos— dijo sonriente— Shin-chan, tú te vas a los cuentos. ¡No me pongas esa cara, no muerden, al contrario son calladitos! Ki-chan tú me ayudas a mí y Tachi-chan, ¿puedes ayudar a Kuro-chan?— pidió con ojitos enternecedores.
Aceptó, pero se quedó callado unos momentos. Estaban allí, ¿debería decirlo? Sí, necesitaría refuerzos.
— Kazu, espera— susurró— Hay algo que deben saber— dijo y por la angustia en sus ojos, asumieron que era algo importante.
Volvió a callar, empezaban a verlo ansiosos.
— ¿Qué pasa, Tachibana?— preguntó alerta el moreno policía. Se escuchó al castaño aclararse la garganta.
— Kagami-kun regresó, estará trabajando en la estación de bomberos.
La verdad cayó dura y certera. Sin poder evitarlo, sus miradas recayeron en el joven de cabellos azulinos, que contento seguía con su labor, rodeado de infantes.
— Ese bastardo…
N/A:Chán, espero les guste. Joder, amo a Kazunari, jajaja. Lindas personitas, gracias por seguir esta historia todavía, sus comentarios me animan mucho a seguir, en serio.
No entiendo como siempre tengo que sacar algo a aclarar, uh duh conmigo. No habrá Mpreg, me gusta, caray que si no, pero no es la temática así que abracemos a Teppei porque no se le va a cumplir, al menos no así, LOL.
¿Alguien quiere saber qué estudia Hyuga? Que levante la mano *O*/
En fin, amen a Takao tanto como yo.
Nos leemos pronto, ¡gracias! Mil besos.
