Hi~ Lo siento, lo siento. Apenas pude terminarlo.

Ando zombie así que, sólo puedo decirles: ¡muchísimas gracias por su paciencia, sus comentarios y seguir aquí!


Capítulo diez

~Un mes sin ver el sol~

Bajó del avión después de comprobar que los motores estaban debidamente apagados, que los comandos estaban cerrados y que no quedaba nadie más a bordo. Era ya de noche y en Suiza hacía un frío tremendo.

Amaba su trabajo y aunque sabía que era aún muy joven para encontrarse al mando de una nave, no le importaba. La única espinita que le angustiaba era estar tan lejos de su familia, sus amigos y del chico que le gustaba.

Hasta hacía poco creía que estaba sumergido en un clásico amor unilateral. Sonrió. Ahora le debía un viaje al antro a Takaocchi, quien no se cansaba de decirle que estaba equivocado.

"Joder Ki-chan, ¡estás más ciego que Shin-chan y Hyuga-san juntos! Yo que todo lo veo con estos ojazos sensuales, me percato de cómo te mira Yukio-san. Siempre le has gustado, tú y él son tan distintos que forman el contraste perfecto, ¿de acuerdo? Cree en lo que te digo y si tengo razón me llevarás al antro que quiera"

Eso le había dicho, mientras Kurokocchi asentía en acuerdo, dentro de aquél café que los tres solían frecuentar.

— ¡Moh! ¡Ya no sé si agradecer o matar a Aominecchi!

Llegó al hotel donde solían hospedarse unos días antes retomar el viaje. En su recámara, después de bañarse, pensó en el chico de cabello celeste. Se preguntó si estaría bien, se había percatado de la preocupación en la voz de Kazunari mientras hablaban por teléfono.

— Él está bien— quiso convencerse. Se aseguraría de que lo estuviera, aprovechando sus siguientes dos semanas de vacaciones.

El timbre de su móvil le llamó la atención, se estiró tanto como pudo para alcanzar su abrigo, los músculos relajados por el agua caliente de la ducha no le dieron queja, un número desconocido y un texto corto en la pantalla, le hicieron temblar.

"Pasaré a recogerte a tu regreso. Más te vale esperarme"

-Kasamatsu-

¡Prometía darle el regalo más caro a Daiki para navidad! Se abrazó a sí mismo y rodó contento sobre el colchón. Ya quería volver.

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Los días habían pasado con la misma fuerza y rapidez que la corriente del río más acaudalado. Había sido un mes atrás cuando habló con Kuroko y su situación, para su propio gusto, poco había cambiado.

Le veía al menos dos veces por semana, cuando visitaba o pasaba por Tachibana, a él le saludaba ahora con más agrado. Pero hasta allí. En los irises azules estaba un brillo de confusión que jamás había visto antes. Y entonces ocurrió que se preguntó si ello podía tomarlo como un símbolo de reconsideración. ¿Sería acaso soñar demasiado?

Y es que su superior no le desagradaba, pero comenzaba a aborrecerlo cada que mostraba su cariño hacia el antiguo hombre fantasma. Celos. Siempre había sido tan celoso y tenía que tragarlo porque también respetaba lo que fuese que tuvieran esos dos.

Lo único que le traía algo de calma al final del día era el éxito en su trabajo. Le habían felicitado por su desempeño y lo agradecía con el alma. Aún sin Tetsuya a su lado, existía una segunda razón para vivir, quizá menos poderosa, pero también importante.

— Buenos días, Kuroko-kun, ¿en qué podemos ayudarte?— preguntó Ootsubo, su jefe.

Le buscó a la sola mención del nombre, encontrándolo con una mochila al hombro, en la puerta del lugar.

— Makoto-san volvió a olvidar su almuerzo— dijo con una sonrisa diminuta de cortesía.

— Acaba de salir a asistir un incendio menor, puedes dejárselo donde siempre— afirmó el pelinegro amablemente.

Kagami se dio cuenta de que el cuerpo de bomberos no sólo se trataba como una familia entre ellos, sino que también incluían a Tetsuya gustosamente.

— Muchas gracias, Ootsubo-san. Me retiro. Muy buenos días, Kagami-kun— le dijo mirándolo sin rehuirle, con otra sonrisa, aunque más pequeña no menos dulce.

— Buenos días, Kuroko— respondió desconcertado por el gesto.

El mayor hizo una reverencia y desapareció.

— Capitán, me preguntaba, ¿hay alguna razón por la que permite que Kuroko visite a Tachibana-senpai tan seguido?— comentó sin percatarse de la desfachatez con que lo dijo.

Yahiro se descolocó momentáneamente.

— ¡N-no me mal entienda! Es sólo que… parecen ser un caso especial… nadie más…

— No es que haya una explicación concreta, quizá es por lo que su historia representa para nosotros— dijo acompañándole en la mesa— Hace varios años, creo que cuando Kuroko-kun cursaba el tercer año en Seirin, se vio involucrado en un incendio al volver de clases. Según nos dijo, tenía pensado pasar a Maji Burger por una malteada, sencillamente se la había antojado pues tenía meses sin probar una, pero dudó.

Y lo siguiente pasó demasiado rápido, el ventanal frente al cual se había quedado parado estalló por la fuerza de la explosión, varios peatones que iban pasando, él incluido, salieron heridos por la ola expansiva y la lluvia de cristales. Alguien que lo había presenciado, afortunadamente desde un lugar seguro, nos llamó y acudimos de inmediato. Cuando llegamos, las ambulancias ya venían en camino. Encontramos a Kuroko-kun bajo los escombros del techo, protegiendo a una niña, aquellos que se habían atrevido a ayudar, no la habían visto...

— Excepto Tetsuya.

— Exacto. Los trasladaron de inmediato a urgencias. La pequeña salió ilesa, él con algunas lesiones menores, gracias al cielo. Tachibana fue contactado ya que era con quien vivía. Verlo lastimado e inconsciente le afectaron enormemente. Buscó a quienes le salvamos, nos agradeció profundamente y me suplicó le permitiera entrar a la estación, y aunque tenía el cupo lleno del entrenamiento el fervor que vi en sus ojos, el querer poder proteger a quien más quiere... no pude negarme. Cuando Kuroko-kun se repuso también vino a agradecernos, más que nada por sacar a la niña y aceptar a Tachibana…

Ver al enano en tan buena condición nos recuerda porqué elegimos hacer esto. Es gratificante y nos sirve de soporte. Y ver el empeño de Makoto también nos empuja. No podemos dejarnos ganar sólo por ser más viejos— explicó, terminando con una sonrisa burlona— Parece ilógico, pero así es como es. No pienses demasiado en ello, Kagami.

Terminó su café con un último sorbo sonoro y volvió a su oficina. El pelirrojo, a pesar de sentirse desorientado, comprendía al castaño. No podía odiarlo aunque se lo propusiera, después de todo, había cuidado de la persona más importante en su vida mientras había sido obligado por el destino a ausentarse.

Resbaló la palma por el rostro, con fuerza. ¿Ceder o continuar? Si cedía, Kuroko se quedaría en buenas manos. Pero algo tiraba desde lo profundo de su alma para que no se rindiese. Y era el férreo amor que había desarrollado por su sombra.

— Tengo que hablar con él otra vez… necesito saber.

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El mes había transcurrido rápida y vagamente para él. No estaba seguro del por qué aún seguía en Tokio. El castaño lo había rechazado… momentáneamente. Por supuesto era consciente del colosal error que había cometido al decidir ayudar a Rin, pero en ese momento, estúpidamente creyó que con ello podría enmendar la herida que le había causado al pelirrojo cuando eran niños. No le gustaba admitirlo, pero le había afectado demasiado saberse una especie de asesino de sueños.

Y eso mismo había creado entre él y Matsuoka una extraña conexión, que no era tan superficial como siempre hubiera deseado. Él no amaba a Rin y aún así todo lo que tuviera relación con éste convertía su mundo patas arriba. Quizá ambos estaban obsesionados con el contrario en un concepto retorcido y siniestro.

El más terrible de sus defectos, era darse cuenta de las cosas demasiado tarde. Y le frustraba poder conocer y desconocer tan bien a Makoto al mismo tiempo. Supo cuánto realmente amaba al de ojos verdes, cuando éste ya no estuvo a su lado. Pero él sabía desde pequeño que ninguno podría vivir sin el otro, jamás. Lo había olvidado. Y había terminado por comprobarlo.

No deseaba dejar ir a la única persona que le daba un verdadero sentido a su vida, no otra vez. Se quedaría cuanto hiciera falta, por mucho que doliera. Al fin de cuentas, con el empleo y el cuarto que había conseguido le bastaba para permanecer.

— Dentro de poco es su cumpleaños.

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Shintarou no había dejado de insistirle en que le bajara a su sobreprotección. ¡Pero Shin-chan podía irse mucho al demonio! Ya luego lo alcanzaría. Kuroko era su hermano, su mejor amigo, su compadre y su cómplice (cuando tramaba travesuras para joder a Ki-chan). Y si se le daba la maldita gana se le pegaría como lapa mientras se pudiera.

Aunque realmente no había necesidad de ello. Siempre pasaban tiempo juntos.

— Takao-kun, haz estado callado todo el camino, ¿ocurre algo?— preguntó el peli celeste a su izquierda.

— Nada, no te preocupes. Por cierto, Ki-chan regresa mañana— contestó, más relajado.

— Sí. Quiere que hagamos la tradicional pijamada de bienvenida— dijo Kuroko con un poquito de mofa.

— ¿Tetsu-nii y Kazu-nii todavía hacen pijamadas?

El pequeño de cuatro años que caminaba entre ambos y había permanecido callado, habló movido por la curiosidad. Ellos se miraron y rieron ante el cuestionamiento.

— Todavía, Shiro— afirmó el moreno.

— ¿Y hacen peleas de almohadas, juegan videojuegos y comen golosinas?— quiso saber, dejando de lado su usual timidez.

— Por supuesto. En realidad a mí nadie me gana en la pelea de almohadas, Shiro-kun— dijo Kuroko.

— ¡Pero haces trampa! ¡Siempre te decimos que el Ignite Pass es ilegal y aún así lo haces!— se quejó Kazunari con un puchero.

— ¿El súper pase que hacía Tetsu-nii en el basket?— preguntó emocionado.

— ¡Ese mero! ¡Y duele horrible!

El pequeño se carcajeó para sorpresa de los dos jóvenes. A pesar de la confianza con la que se dirigía a ellos, Shiro era un niño introvertido y tímido. Todo a raíz del divorcio de sus padres, año y medio atrás. Sin embargo, ahora se esmeraba para poder abrir su corazón, porque deseaba hacerlo.

Kazunari miró al peli celeste y sintió su alma más apaciguada. Cuando había niños cerca, Kuroko dejaba de lado sus tristezas y se sentía feliz. Lo comprendía, a él le pasaba lo mismo.

Siguieron su camino, ahora platicando sobre básquetbol. Cuando llegaron a la casa de Shiro, su madre les recibió en la puerta del jardín.

El niño se despidió de sus profesores, muy contento, dejándolos a los tres solos.

— Lamento mucho haberles molestado. —disculpó la joven mujer.

— No se preocupe. Se resfrió, le pasa a cualquiera— dijo Takao, comprensivo.

— Cuando no pueda ir por él otra vez, no dude en decirnos. Lo traeremos, señora. — le aseguró el peliceleste.

— Muchas gracias.

Ella los invitó a pasar, pero se negaron. Estaban por marcharse cuando un estruendo ensordecedor se escuchó, proveniente de la casa. La tierra cimbró, desequilibrando a la mujer, derribándola. Ellos, que estaban de frente, vieron claramente cómo una humareda y las llamas se extendían vigorosamente por todo el lugar.

— ¡SHIRO!

— ¡Quédate con ella!— ordenó Tetsuya sin esperar un segundo más, corriendo hacia la casa.

— ¡Kuro-chan, espera!

Retuvo a la madre del niño que gritaba desesperada, forcejeando para poder seguir al otro chico. Takao la sujetó con toda sus fuerzas, intentando retenerla, pero con una sola mano era muy difícil. Con la otra apenas si podía sostener el móvil. Marcó a la estación.

— ¡Oostubo-san necesitamos un equipo de inmediato!— gritó, impacientándose. ¿Llegarían a tiempo? Dio la dirección procurando no hablar atropelladamente.

Los vecinos empezaron a aglomerarse, buscando mangueras, cubetas, lo que fuera. La madre de Shiro se había desmayado a causa del estrés y la fiebre de su resfriado. La dejó al cuidado a alguna vecina y se abrió paso hacia la casa, con la clara intención de buscar a su amigo y al pequeño. Pero vio a un hombre salir presuroso del callejón aledaño a la casa incinerada.

Sospechoso.

Hizo ademán de seguirlo, pero se detuvo. Kuroko lo necesitaba, alcanzó a oír las sirenas del camión de bomberos. Así que fue tras él.

Más te vale estar bien, Kuroko.

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Los camiones se detuvieron, chirriando las llantas. Descendieron de inmediato, Kagami y Tachibana al frente, el resto, con las mangueras ya a toda marcha. El pelirrojo fue por la entrada principal, el castaño por la puerta trasera. Ambos angustiados, ambos concentrados en un solo objetivo, hallarlos.

Taiga podía sentir no sólo su miedo porque algo le pasara a Tetsuya, también podía sentir el miedo de Makoto. Y no pudo evitar recordar, que era la segunda vez que vivía aquello.

Le llamó a gritos, escuchaba cerca a Kagami, pero del de ojos azules no recibía respuesta. Siguió moviéndose con cautela, ignorando las flamas que mortíferas y seductoras se restregaban contra su traje. La construcción se hacía cada vez más inestable.

Continuó gritando, el corazón dolorosamente contraído insistía en dejarle sin aliento.

¡Tetsuya, responde!


¿Qué tal? Un poco de acción no nos caería mal. Jaja. De verdad que ando muy dispersa, ain sori. Espero les haya gustado. Responderé sus revs más tardecito, pero siempre los leo, muchas gracias. (Pobre Haru, LOL)

¿Quieren más SouRin y ReiGisa? Los incluiré dentro de dos capítulos, otra vez. Yay.

Sin más que decir (porque ya no me carburan las neuronas), nos leemos pronto.

¡Mil besos!