Llegó el lemoooon~ Lemon para toda una vida~ xD (refiriéndome exclusivamente a mí, jaja)
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Epílogo
~Todo lo que quiero es hacerte el amor~
— Shin-chan, ¡espera!... ngh… ¡ah!... ¡S-shin-chan, que esperes te digo!
— No quiero, ya deja de resistirte.
— P-pero- ¡ah-n!
Estaba cansado, pero de escuchar sus replicas. Los jadeos que Kazunari intentaba reprimir no hacían más que elevar su urgencia y toda esa imperiosa necesidad de hacerlo suyo una vez más. Estaba siendo quizá demasiado impulsivo, demasiado arrebatado, pero…
— ¡Al menos llévame a la habitación, idiota!— Shintarou detuvo la felación en la que tan concentrado estaba para mirar esos feroces ojos azules que le recriminaban, como esperando agregara algo más— Te he dicho que… la encimera es demasiado incómoda, Shin-chan— exhaló forzoso.
El peli verde resopló resignado y le permitió bajar. Takao apenas pudo sostenerse con las manos al frío mármol, las piernas le temblaban patéticamente, y apenas llevaba diez minutos a su merced. Como puedo, se quitó el delantal de pollitos que estaba usando y lo dejó allí mismo. No es que fuera la persona más púdica, todo lo contrario, pero pensar en hacer una guarrada con su uniforme puesto… No podría ver a sus pequeñines de nuevo a la cara. Ellos sí debían conservar su inocencia al menos hasta los 16.
Ya más tranquilo y entrando en calor como era debido, sonrió con picardía y dedicó un coqueto guiño al más alto, acercándose hasta él y aferrándose a sus ropas.
— Listo, ¿en qué estábamos, grandote?— susurró relamiéndose los labios.
Midorima curvó débilmente los suyos y sin decir absolutamente nada le tomó en sus brazos hasta conducirlo a la habitación que permanecía en penumbras; le arrojó suavemente sobre el acolchado y se deshizo de los pantalones que antes le estorbaran. El moreno sonrió aún más, para provocarle.
El otro se desvestía lentamente, retándolo y poniendo a prueba la extensa paciencia de Takao, quien ansioso se mordía la lengua para no apremiarle en su espectáculo. Y es que sabía que cuando Midorima se lo proponía, era el mejor torturándolo. Ya sólo la maldita camisa… vitoreaba en su fuero interno. ¿Cuántos jodidos botones tiene esa cosa, Shin-chan bastardo? Se quejaba, había sido el peli verde el primero en saltarle encima y ahora que lo tenía como lo quería le hacía aquello. ¡Tan despiadado! Al demonio.
Se reincorporó un poco y haló de la corbata que aún conservaba el futuro médico, atrayéndolo hasta sus labios y el interior de sus piernas. Éstas se enredaron a las caderas del contrario, forzándolo a friccionar su abultado miembro contra la pelvis propia.
— ¡Oh, Shin-chan!— gimió con descaro, repitiéndola acción una vez más.
Shintarou soltó una fina risa, sorprendiendo momentáneamente al chico bajo su cuerpo. Y es que ese día sus intenciones eran oscuras e inusuales a lo acostumbrado en su rutina íntima, en la que siempre Takao era el que terminaba seduciéndolo y arrastrándolo a una vorágine de pecaminosas sensaciones. Esa noche, por alguna extraña razón, había tenido el deseo que de fuera al revés. Y se sentía lo suficientemente temerario como para llevar a cabo hasta la más impertinente de sus fantasías.
Sin ánimos de alargar más el inicio de su osadía, lo despojó con premura de toda la ropa que le protegía de sus caricias y le hizo recostar el torso contra la cama, levantando sus caderas al máximo. Takao no pudo evitar sonrojarse hasta las orejas, no porque fuera la primera vez que estaba en esa posición que le dejaba indefenso, sino porque al segundo siguiente pudo sentir la larga y avezada lengua de Shin-chan entrar y saborear todas las paredes de su apretada cavidad.
— ¿S-shin…? ¡Ah!
Eso era nuevo, sabía que existía, pero jamás creyó que el peli verde se atrevería a practicarlo. Los movimientos ligeramente erráticos, la viscosidad de ese músculo que ahora le servía al mayor no sólo para dictar diagnósticos, el choque de su aliento y la ayuda de sus estilizados dedos lo estaban volviendo loco. Las acciones de Midorima habían disparado su temperatura hasta el punto crítico y sus palabras mordaces habían ido a parar a algún rincón lejano de su cerebro, logrando solamente proferir jadeos y gemidos aún más profundos y estridentes. Enterró las uñas en las telas bajo ellas cuando Shintarou se ocupó al mismo tiempo de su adolorido e hinchado miembro.
— ¡Nn… Mmm… Ngh… ah! Huff… Shin-chan… apresúrate.
Escuchó le llamaba, con esa voz quebrantada y casi suplicante. Apenas había empezado y Kazunari ya estaba desesperado. Se aplaudió a sí mismo por orillarlo a la urgencia con tanta facilidad, pero él realmente deseaba poder alargarlo más, aunque su propio miembro estuviera quejándose y gritando por reemplazar a sus dedos. Sacó su lengua y se relamió superficialmente, inclinándose hasta alcanzar esa boca para besarla audazmente. Takao se contorsionó un poco para poder corresponderle a su antojo, logrando soportar su peso con una sola mano para con la otra enterrarla en el sedoso cabello del más alto. Esas gemas verdes le miraban atentamente con el manto del deseo cernido por completo sobre ellas y él… él imploraba se sumergiera de una buena vez en su interior.
— Por favor, Shin-chan… nm… ya quiero sentirteah. — dijo a unos milímetros de la boca contraria. Midorima no pudo resistirse al apuro en sus palabras y chasqueó la lengua derrotado.
— Tú ganas nanodayo.
El moreno exhaló una débil exclamación de victoria. Y volvió a elevar sus caderas, mostrando orgulloso el esplendor de su intimidad, en señal de ofrenda a la deidad que Shintarou resguardaba entre las piernas. El endurecido pene se abrió paso al interior de la cavidad, aumentando sus palpitaciones, hasta llegar el fondo. El mayor reprimió un gruñido. Kazunari estaba tan estrecho, tan caliente y tan ansioso.
— Mu-muévete de una vez, Shin-chan. Hazlo… por favor.
Sus caderas comenzaron el empuje y él se ocupó de masturbarle al mismo tiempo que besaba y mordía cada rincón de la perlada piel del moreno. Agradecía tanto ser más alto, pues así podía cubrirlo por completo, encarcelarlo y dejarlo sin escapatoria alguna. Con cuidado le cambió de posición, antes de poner la pierna derecha sobre su hombro, le regaló una marca en el interior del muslo, Kazunari se acomodó sobre un costado para facilitar a Shin-chan la penetración, que se volvió más certera y profunda, llegando a ese punto estratégico que a cualquiera vuelve demente.
— ¡AHH!— gritó desinhibido— ¡Allí Shin-chan, justo allí!— el peli verde estocó una vez más.
— ¿Allí?—resopló con el cabello pegado a la frente.
— ¡A-AHH! S-sí.
Las lágrimas empezaron a derramarse de sus ojos, Shintarou lo estaba matando de placer y él no podía hacer más que gritar y pedir por más, y Shin-chan se lo daba. Más, más, cuanto quisiera. En algún momento él se quedó sin voz y el peli verde arremetió una vez más golpeando esa zona de delirio, contrayendo al máximo sus paredes haciéndolos explotar es un orgasmo simultáneo. Mientras él se bañaba con su propia esencia, Shin-chan llenaba su interior.
El peli verde inhaló profundamente y se tiró a su lado, abrazándolo al instante.
— To-todo me tiembla… — susurró— Es tu culpa, Shin-chan… ¿Y si no puedo levantarme… mañana?— agregó con una cancina y amplia sonrisa.
— Encontrarás… la manera— se escudó, correspondiendo el gesto con uno igual.
— ¡Dilo por ti!— se quejó sin auténtica molestia.
— Te amo.
— Eres un maldito tramposo. Lo dices para expiar tus pecados, tsundere pervertido.
— Lo digo porque es verdad— acotó.
— Eso es lo que hace que funcione— replicó el moreno con los labios fruncidos, pero con la diversión bañando sus ojos— Y porque también te amo.
Midorima disfrutó de esa dulce oración y se acurrucó para poder dormir, no sin antes apreciar al rítmico sonar de sus corazones llenando cada habitación de ese apartamento en que ahora ambos vivían.
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Kiyoshi amplió su sonrisa cuando vio al avergonzado Hyuuga cubrirse el rostro con el brazo, mordiéndose los labios para no gritar. Él sabía perfectamente qué era lo que hacía al moreno perder la razón, por eso mismo lo hacía sin falta. Los besos en la nuca, el paseo de su lengua en el oído y las mordidas en el lugar donde el hueso de la cadera sobresalía coqueto y las marcas de propiedad en el muslo.
Junpei había perdido sus gafas en algún momento, odiaba sentirse cegado en más de una manera, el sudor le bañaba el cuello y toda la piel, odiaba las enormes manos del castaño, que con muy poca prudencia merodeaban por donde se les diera la gana. Odiaba cuando una de estas envolvía sin problemas su miembro despierto, primero para intentar aliviarlo, después, cuando ya estaba a punto, para detenerlo y hacerlo esperar al otro. Como hacía justo ahora.
Pero jamás replicaba, aunque las palabrotas le borbotearan en la garganta, porque sabía que de abrir la boca, lo único que saldría de ella eran esos vergonzosos sonidos que le ganaban en número y poder a sus maldiciones. Odiaba disfrutar de cada caricia y terminar participando en la travesía, odiaba ceder ante el deseo del otro que también era suyo.
— ¡Teppei!
— Sólo un poco más, resiste por favor. — pidió con su serenidad menguada casi por completo. Doblándose hacia él para besarle, sosteniendo su cuerpo con una sola mano.
— ¡Nn!
— Dilo, Hyuuga. — volvió a pedir, aumentando la cadencia de sus embestidas, besando las lágrimas que rodaban por las mejillas enrojecidas, sin dejar de contemplar esos ojos que a pesar de estar a su merced no perdían su rebeldía.
— Mmm…
— Dilo— repitió.
— ¡Te… amo!— aulló el pelinegro enterrando las uñas en la piel de los poderosos brazos que le envolvían.
— Y yo a ti… hm… como a nada.
Odiaba a Kiyoshi por hacerlo amarle. Pero lo odiaba más por hacerlo admitirlo cuando juntos llegaban al clímax de su unión. Mientras Teppei, por su parte, amaba hacerlo rabiar, llevarlo a la locura y exigirle admitir eso que él por supuesto sabía. Amaba escucharlo gritar, con esa voz lasciva y contrariada, lo mucho que lo amaba.
Sin separarse, volvió a inclinarse hacia él, removió el flequillo húmedo y besó con ternura su frente, como disculpa, como promesa, como contrato.
— ¿Quieres bañarte?— preguntó con una sonrisa.
— Sólo déjame dormir, idiota— respondió agitado— Y si se te ocurra dejarme aquí, acepta la responsabilidad.
Teppei rió y se acomodó a su lado, dejándolo descansar sobre su pecho.
— Encantado. — acarició su espalda y se le unió en sus sueños.
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Kise observaba el relajado rostro de Yukio mientras dormía. Estaba agotado, después de tres rondas ¿cómo no estarlo? Pero se resistía a dormir sin antes verlo descansar cómodamente. La nariz del senpai, sus peculiares cejas y esos labios que cotidianamente se fruncían ante la estupidez de alguien, pero que a él le sonreían afablemente, que le besaban con autoridad y que le acariciaban con maestría cuando por fin se veían. Echó un vistazo bajo las sábanas y rio quedo al apreciar el montón de chupones que tenía por todos lados. Le encantaba. Le encantaba que Yukio fuera tan posesivo y protector, tan autoritario y cariñoso. El brazo que se ceñía alrededor de su cintura se cerró con un poco más de fuerza, siendo arrastrado más hacia el cuerpo contrario. El roce de sus pieles aún desnudas embriagaba a Ryouta y le hacía temblar.
Un iris azul se asomó adormilado bajo los párpados, mirándolo con intriga.
— ¿Qué sucede?— cuestionó con modorra al sentir su inquietud.
— ¡No te muevas Yukio-san!— soltó en un gritillo cuando sintió al otro chocar contra… su pelvis. El moreno enarcó una ceja e hizo lo contrario a lo que el rubio pidiera, haciéndolo sobresaltar aún más, las mejillas rojas en el menor lo pusieron sobre aviso y sonrió malicioso como últimamente hacía.
— ¿Por qué estás tan nervioso?— preguntó en su oído.
— ¡No lo estoy! ¡De verdad!
Kasamatsu deslizó su mano por la cintura, delineando la cadera, hasta llegar al miembro de Ryouta que estaba semi despierto.
— ¿No te habías cansado?— cuestionó con burla.
— Sí. ¡Pero es culpa de Yukio-san por no ponerse ropa cuando sabe que me prende sólo sentir su piel cerca de la mía!— chilló sincerándose. Kasamatsu volvió a reír. Tomándolo con firmeza para empezar a bombear un poco.
— Qué remedio, me haré responsable.
El rubio se estremeció al sentir esa mano subiendo y bajando, al sentir el dedo pulgar masajeando su glande. Ryouta cerró los ojos por instinto y dejó salir libremente los jadeos que le nacían desde lo más profundo. Su rostro acalorado sirvió de aliciente para que el cuerpo del mayor también comenzara a alterarse. Cambió de mano y con aquella con la que había estado atendiendo el pene del piloto, el cual ya estaba más que despierto, se encargó de preparar otra zona.
El dedo medio se introdujo cuidadosamente, tanteando terreno. La entrada aún era bastante accesible por lo que metió los otros dos dedos sin problemas. Kise empezaba a gemir con fuerza, murmurando su nombre entre gruñido y jadeo, se acercó todo lo que pudo, el calor bajo las sábanas era enardecedor, los brazos del menor se arrojaron a su cuello y se enredaron allí con fuerza. Aumentó el ritmo de ambas manos, escabulléndose bajo la tela para alcanzar uno de los pezones y lamerlo.
— ¡Ah, Yukio-san! — vociferó— Voy a… correrme.
— ¿Quieres…
— ¡Sí!
Kasamatsu pasó la pierna izquierda del rubio por encima de su cintura, estando ambos de costado era difícil más no imposible, acortó todo lo que pudo la distancia entre sus cuerpo y llevó su miembro a la entrada, apenas colocando la punta. Kise, a punto de explotar, se movió de tal forma que lo llevó al fondo de su interior.
— ¡Nm… ahhh!
— Hff, qué impaciente.
— Lo siento… Ve con todo, Yukio-san.
— No tienes que decírmelo.
Se movió lentamente hasta que pudo tomar un ritmo más veloz, el rubio lo besó bastante hambriento, ahogando sus gemidos en la boca del mayor. Desafortunadamente no duraron mucho, ambos estaban cansados, lo habían hecho tres veces horas atrás, pero cada una había sido más salvaje que la anterior. Aquello sólo hacía sido resultado de la gula que el otro les hacía sentir. Kise se derramó primero, en el medio de ambos vientres, el moreno en su interior, permitiéndose ser descuidado en esa ocasión. Vaciando el último jadeo aún en ese beso que se daban. Se separaron su sus respiraciones desastrosas se regularizaron poco a poco. El rubio pegó su frente a la de Yukio, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha y un poco culpable.
— No me voy a querer levantar-ssu.
— Pues te resignas, ya quedaste con Takao. — alegó el moreno, bostezando en seguida— O tendrás que explicarle que fue culpa de tu glotonería.
— ¡Qué cruel, Yukio-san, no se te olvide también tienes la culpa!
— Inocente hasta que se demuestre lo contrario. Duérmete.
— Moh, te aprovechas de mi amor por ti.
— Puede ser. Buenas noches— y sin más, se quedó dormido. Kise rió y se acomodó mejor entre esos brazos.
— Igual sé que me amas, senpai— susurró alegre y se dejó llevar por Morfeo.
— Para mi desgracia, sí.
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— Sou-sousuke, ¡qué mañana vamos a entrenar a esta piscina a primera hora! ¡Ah!
— Toca cambio de agua, ya deja de quejarte.
— Maldito cabeza hueca… ¡Ah-ah!
Yamazaki lo ignoró y continuó con lo que estaba haciendo. La espalda del pelirrojo chocaba suavemente contra la baldosa de la piscina, ambos estaban empapados en más de un sentido. Rin era bastante atrevido, pero hacerlo en ese lugar siempre lo ponía nervioso y ligeramente asustadizo. Y Sousuke se aprovechaba de eso, tomaba ventaja de la adrenalina que corría en el otro ante la posibilidad de ser descubiertos. Poseerlo dentro del agua lo llevaba al límite no sólo por lo arriesgado que resultaba (más por el lugar al que muchos tenían acceso), el ver a Rin con el cabello mojado cayendo desordenado sobre su cara, lo prendía asombrosamente. Desde siempre.
— ¡Ahh!
— Rin… ngh.
Matsuoka se había aferrado a su cuello y con dificultad intentaba no gritar tan alto, casi mordiéndose los labios y sangrándolos en el proceso. Una arremetida más y el moreno pudo liberarse siendo seguido de cerca por el pelirrojo, quien agotado dejó caer todo su peso sobre el entrenador.
— Eres un imbécil… — susurró Rin con la frente en el hombro del otro.
— Pero te encanta— refutó riéndose en seguida.
— Eres lo que le sigue de imbécil. Haru me regañará de nuevo.
— No tiene que enterarse— replicó con algo de molestia, acomodando mejor el cuerpo del pelirrojo para ayudarle a salir.
— ¡Ni siquiera tengo que decirle! Sabe lo pervertido que eres con sólo mirarte.
— No te la pongas de santo, Rin. ¿O debería platicarle a Nanase de la vez que me amarraste a la cama en mi cumpleaños? Y ni qué decir del numerito de streptease en disfraz de policía que vino en seguida.
Matsuoka se quedó callado mostrando su indignación y su molestia desde la orilla de la piscina. Con el ceño fruncido. Pero no podía replicar nada. Sousuke no sería capaz…
— ¿Estás seguro? Puedo contarle mañana. Tiene entrenamiento, ¿no?— dijo con una sonrisa arrogante.
— ¡Que te den, Yamazaki! ¡Que te den! — gritó largándose del lugar, refunfuñando.
— Sí, Rin, también te amo— dijo sin intención de que el otro lo escuchara. Salió del agua y fue tras él, sin prisas y con una sonrisa enorme.
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Abrió emocionado los ojos cuando escuchó tres golpes seguidos en la puerta de su habitación. Se levantó de la cama con cuidado, procurando no despertar a Rei. Corrió al baño y se puso la primera bata que encontró a la mano. Abrió la puerta sin necesidad de preguntar antes, frente a él un moreno y un rubio le sonreían muy contentos.
— ¡Kazu-chan! ¡Ryo-chan!— gritó entusiasmado arrojándose a sus cuellos. Ambos le recibieron con la misma efusividad y una vez que Hazuki estuvo de nuevo con los pies en la tierra, le miraron con sonrisas pícaras.
— ¿Tuviste una noche divertida, Nagicchi?— dijo, señalando el atuendo que el otro traía puesto.
— ¡Por supuesto! Pero sé que ustedes aburridos no se la pasaron— contestó cantarín. Para él eran más que evidentes las marcas de pasión en esos dos.
Kazunari se rió sonoramente. Porque en efecto, había sido una noche provechosa. Nagisa los invitó a pasar a la pequeña sala y tomar asiento.
— Sólo debo bañarme, esperen aquí. — dijo y arrancó rumbo al baño.
— ¿Y Rei-kun?— gritó Takao para que el otro lograra escucharle.
— Durmiendo. Dijo que más tarde iría a visitar a Midorima-san. — respondió el rubio, con la voz ligeramente amortiguada por el sonido de la regadera.
— Se lleva de maravilla con Midorimacchi, ¿cómo es eso posible?
— Porque se parecen bastante, sólo que Rei-kun no es un amargado como Shin-chan— explicó el moreno dejándose caer en el primer sofá. Kise permanecía en el contiguo.
Escucharon unos pasos perezosos dirigirse hacia ellos, imaginaban que el peli azul había despertado y al no encontrar a Nagisa consigo, se había parado a buscarlo. No obstante, se llevaron una enorme y muy graciosa sorpresa cuando apareció ante ellos, tallándose los ojos.
— Nagisa-kun, ¿estás aquí?— preguntó apenas acomodando el armazón de sus lentes para poder ponérselos.
— Está en el baño, Rei-kun— respondieron al unísono, tragándose las ganas de reír a carcajadas.
— Ah, gracias, Takao-san, Kise-san— dijo amable. Hasta que su cerebro despertó por completo y se dio cuenta de su situación, huyendo despavorido al interior de la alcoba.
— Es bastante ardiente— aseveró Ryouta con una sonrisa.
— Tú lo has dicho, Ki-chan, tú lo has dicho— concordó el moreno riendo por lo bajo.
Que ni Kasamatsu ni Midorima se enteraran de que habían visto a Rei desnudo y en todo su esplendor, porque entonces el pobrecillo tendría graves problemas a pesar de no tener culpa de nada.
— ¿Y esas caras risueñas? ¿De qué me perdí? — quiso saber Hazuki ya vestido, acercándose a ellos.
— Tienes excelente gusto, Nagi-chan— dijo Takao confundiendo momentáneamente al menor.
— Rei-kun vino a buscarte… recién despierto, ya sabes, sin pijama ni nada— comenzó Kise.
— Nada de nada— agregó de nuevo Kazunari.
Nagisa parpadeó y en seguida comprendió a qué se referían. Soltó una risa y puso sus brazos en jarra sobre la cadera, sacando el pecho, inflado de orgullo.
— ¡Por supuesto! ¡Rei-chan es condenadamente sexy!
— ¡NAGISA-KUUUUUUUN! — escucharon desde el otro lado, una voz nada alegre.
— ¡Hora de irnos!
Los tres tomaron sus cosas y se dieron a la fuga a pesar de la fatiga en sus cuerpos. Era bueno estar juntos de nuevo.
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Cuando abrió la puerta no se esperaba algo como aquello. Muchas cosas habían cambiado, y sabía que la decoración con flores y velas era sólo un extra. Sonrió enternecido por el detalle y dejó su maleta fuera de su habitación. La tarde estaba cayendo, la mezcla entre los tonos naranjos y los violetas detrás de los altos edificios exponían una viñeta digna de una pintura. Salió al balcón para apreciarlo mejor, las noches de febrero eran mucho menos frías que en Alemania, por lo que no se preocupó de ir adentro por un abrigo.
Empezaba a contar las luces que se iban encendiendo poco a poco en la lejanía, cuando escuchó el sonido de la cerradura. Su corazón aumentó la frecuencia de sus latidos y un escalofrío recorrió su cuerpo entero, volvió dentro y esperó en la sala. Desde el recibidor escuchó un Estoy en casa y sonrió ampliamente. Cuando lo tuvo a la vista, no cupo en sí de felicidad.
— ¡Bienvenido, Tets-!— ah, genial, se había tropezado con la maceta de camelias rojas que habían dejado junto a uno de los sofás.
— ¿Estás bien, Makoto-san?— preguntó con una tierna sonrisa al hombre que angelicalmente había caído encima suyo.
— Sí— rió— Discúlpame.
Le ayudó a ponerse en pie. Sus manos se unieron para ello y la calidez del otro llenó por completo ese vacío que habían tenido que soportar por dos años. Sin pensar en nada, sin reprimirse o contenerse, Makoto abrazó a Kuroko y el menor lo aceptó con urgencia, hundiendo su rostro en el amplio pecho del castaño. Su perfume, su calor, su voz, su cercanía, lo había extrañado tanto. Tanto que no pudo disimular las lágrimas de alegría que se derramaban por su rostro. Tachibana no era la excepción, no le avergonzaba llorar. Estaba feliz, estaba condenadamente feliz y sabía que no era otro sueño.
Muchas veces, durante su estancia en Ulm había soñado con el día de su reencuentro. Pero así como pensarlo lo debilitaba también le daba fuerzas para seguir adelante y cumplir con su trabajo. Estar lejos de todo y de todos, aunque había sido en extremo difícil y a veces desconsolador, le había servido para pasar tiempo consigo mismo, para terminar de conocerse. Tenía noticias de Haruka periódicamente y sabía que le estaba yendo bien, lo que le alegraba mucho. De vez en cuando recibía mensajes de Kazu, cuando éste se las ingeniaba para hacérselos llegar, Ryouta lo había ido a visitar en una ocasión cuando uno de sus vuelos coincidió con su cuidad. Se sentía renovado. Y sabía que ya nada más una cosa le hacía falta a su vida y eso era Tetsuya. Pero ya no más, pues allí estaban juntos, de nuevo.
Deshizo un poco el abrazo y tomó el pálido rostro del menor entre sus manos, besándolo sin reparo, con una mezcla de ternura y fogosidad. Kuroko tuvo que sostenerse de puntillas un instante. Esos besos son los que le habían hecho falta allá en Italia. Visitó tantos lugares que le hubiera gustado compartir con el bombero.
Ignoró todo ello cuando Makoto volvió a besarlo, con un poco más de intensidad. Tanto rojo y el olor de esas velas alimentaban la pasión que se habían reservado para ese momento. El peli celeste volvió a colocar los pies en el suelo, obligando al castaño a encorvarse para no romper el ósculo, mientras lo arrastraba hasta la habitación de este. De espaldas a la puerta, a tientas, tomó la perilla y abrió halándolo al interior. Fue Tachibana quien de una patada volvió a cerrar. No se habían detenido a encender las luces, sin embargo, la alcoba era iluminada por pequeñas velas protegidas por esferas de cristal, la cama antes individual, había pasado a ser una de tres plazas, de sábanas satinadas color perla, sobre estas pétalos de diversas flores descansaban. Ambos se quedaron atónitos ante el detalle. Sabían que ninguno de los dos había sido, y sabían también que semejante idea sólo podría ser de tres persona que hacían travesuras en conjunto. Dándolo por hecho cuando al acercarse por completo a la cama, entre las flores varios condones se escondían.
Se miraron un instante y rieron.
— Supongo que no hay que rechazar un regalo tan elaborado— susurró Makoto, despojándose de su camisa.
— Supones bien, Makoto-san.
Tetsuya se sentó en la orilla, sonriendo ávido, invitándole a acercarse. El castaño subió lentamente a la cama, arrodillado, empujando al menor hasta recostarlo por completo. El peli celeste creyó conveniente ayudarle a desvestirse todo. Sacó poco a poco la playera, repartiendo besos y caricias con la punta de su lengua al perfecto abdomen del mayor. Tachibana aprovechó para hacerle cosquillas en el cuello con tu nariz, llenándose de su esencia.
En un instante, el castaño ya se encontraba completamente desnudo, poniendo de los nervios a Tetsuya, y es que verlo así era su debilidad. Todos los colores se le subían a las mejillas y el cosquilleo en su bajo vientre le traicionaba. De pronto, empezó a hacer más calor. Tal vez eran las velas, tal vez era fiebre o tal vez era la diestra del más alto que se había colado bajo sus ropas, dando recorridos tersos, delineando sus músculos, o el contorno de su cuerpo.
— … Makoto-san… — suspiró cuando toda la extensión de su abdomen fue llenado de pequeños mordiscos, hasta donde el pantalón estorbaba.
— ¿Me das permiso, Tetsu-chan?— exhaló, bajando el cierre antes de recibir una respuesta.
— No preguntes si ya estás en ello, por favor— regañó con dulzura. Makoto sólo rió.
Retiró el pantalón tranquilamente para después arrojarlo a un paradero desconocido. La ropa interior del menor delataba una perfecta erección. Mientas el joven de ojos azules se quitaba la playera por sí mismo, Makoto mordió cuidadosamente el relieve en esos bóxers ajustado, haciéndolo proferir un descuidado gemido.
— ¡Mako…san!
— Lo siento, ¿te sorprendí?— preguntó con esa sonrisa amable, casi inocente.
— Sólo un poco…
Tachibana sonrió y volvió a besarle. Sus dedos se enredaban en el largo cabello celeste al mismo tiempo que su lengua seducía, húmeda y demandante, la boca del menor. Kuroko le tomó por la nuca para profundizar, una de sus manos quiso vagar por la ancha espalda del otro, aventurándose sin miedo allá donde la cadera pierde su nombre. Eso distrajo al castaño de tal manera que el peli celeste tuvo la oportunidad de cambiar posiciones con él. Sentándose a horcajadas en la pelvis contraria, frotándose sin romper el juego de sus lenguas. Makoto empezó a gruñir más y Tetsu suspiraba enardecido. La mano del mayor entró bajo la única prenda que aún vestía el peli celeste, tomando su erección y masajeándole sin vergüenza. Eso detuvo sus acciones, los ojos verdes le miraban fijamente, estudiando cada expresión, prendiéndolo más. Sólo habían estado juntos una vez y Makoto ya sabía dónde y cómo tocar.
— Ma-Makoto-san… ¡a-ah!... ¡mn!
— ¿Qué es lo que deseas, Tetsu-chan? Haré lo que quieras. — susurró en su oído.
A tientas, Kuroko buscó uno de los preservativos que estaban dispersos en la cama, su cadera seguía el ritmo que Makoto había impuesto sobre su miembro. Con la punta de los dedos dio finalmente con uno de los paquetitos y lo llevó a su boca, agarrándolo con los dientes, en seguida se detuvo súbitamente y se puso de pie, despojándose del bóxer, tirándolo al vacío. El castaño observaba cada movimiento, sin perderse detalle, respirando agitado y repitiéndose que resistiera un poco más.
Tetsuya volvió descender, pasando el condón a su izquierda. Con su labios acarició el glande del otro, curioseando, después se ayudó con su lengua, primero la punta, después toda su extensión hasta la base. Makoto había cerrado los ojos perdiéndose en las sensaciones obsequiadas.
— Mmm… Tetsu-chan— suspiró. El mayor se estaba convirtiendo en un volcán y él quería ser quien recibiera toda la devastación.
Los espasmos en el pene del castaño incrementaron y Kuroko se detuvo entonces. Se acercó hasta el oído del bombero y susurró:
— Quiero a Makoto-san, muy dentro de mí.
El aludido sonrió y deslizó sus dedos dentro de la boca que se abría amistosa para tal propósito.
— ¿No usaremos el lubricante que dejaron?— preguntó divertido al más bajo.
— Lo prefiero de esta manera— respondió sonriente.
Una vez bien empapados, condujo el primer dígito a la entrada del menor, sintiendo su calidez y su humedad. Tetsu se quejó un poco, había pasado muchísimo desde la última vez que había tenido ese tipo de intromisión, pero no le importó, el dolor pasó pronto y fue cuando la segunda falange entró, empezando a provocarle sensaciones plenamente placenteras.
— ¡Ah!... ¡Mn! ¡Makoto-san! Pon en el tercero, por favor.
— Está bien— y lo hizo, el peli celeste se había tirado por completo sobre él y ahora jadeaba en su oído, deliciosamente.
El alboroto que Tetsuya estaba montando con su sinfonía de placer ya tenía al castaño a punto de hacer erupción, cuando lo consideró lo suficientemente dilatado y que estaba seguro no le haría daño, le dijo que podía ponerle el preservativo. El joven de ojos azules rompió el empaque con cuidado y vistió con su contenido el enorme falo del bombero. Ambos se sonrieron dulcemente y fue el menor quien lo posicionó justo en su entrada, para poco a poco cubrirlo por completo. Sintiendo que el otro ocupaba todo su interior no pudo sentirse más feliz. Necesitaba unos momentos para tranquilizarse y correrse sólo con eso. Makoto lo observó y volvió a ponerlo debajo suyo, sin separarse de él.
— Me dices cuando pueda moverme— susurró amablemente.
— Puedes hacerlo ahora.
El castaño empujó lentamente, escuchando nuevos jadeos provenientes del menor. Se reclinó para besarle por todas partes: las mejillas, los párpados, el cabello, el cuello, los labios, todo. Paulatinamente aumentó la cadencia, transformando los jadeos en gemidos limpios y adorables a sus oídos.
— ¡Hn… ngh… mmm… ah…. Ah-ahh! Más rápidos, Makoto-san, no te detengas.
— Estoy por…
— No te detengas… por favor.
Continuó arremetiendo contra el pequeño cuerpo, más rápido, más profundo, más acertado, tan perfecto.
— Eres lindísimo, Tetsu. — murmuró, cerrando los ojos.
Las paredes a su alrededor comenzaban a cerrarse constantemente, cada contracción era más pronunciada y él ya no podía resistir.
— ¡AHH!
— Ngh… ah, ¡Tetsu!
Fuegos artificiales, explosiones y el delicioso orgasmo. Estaban rendidos. Kuroko, como pudo, atrajo hasta él el cuerpo del mayor, abrazándolo tiernamente y besándole las mejillas. El castaño salió cauto de su interior, se retiró el preservativo y lo arrojó al cesto de la basura que estaba estratégicamente colocado junto a la cama. Correspondió al abrazo muy contento, restregando su nariz con la del menor, en un lindo beso esquimal que hizo sonreír a Tetsuya. Se besaron nuevamente con inocencia y sonrieron. Se metieron bajo las cobijas, permaneciendo en los brazos del otro, con las piernas enredadas.
Se sentían felices. Finalmente podrían vivir la dicha de estar juntos y adorarse.
— Te amo, Tetsu-chan. ¿Te quedarías conmigo el resto de tu vida, por favor?— musitó.
— Esta vida y todas las que vengan, Makoto-san. Porque estoy seguro de que te amaré por siempre.
Un nuevo beso y más declaraciones perpetuas. Después de todo, había que recuperar los dos años perdidos.
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Estaba nervioso, seguía esperando su turno en la fila. El director continuaba recitando nombres y ansiaba poder escuchar el suyo muy pronto. Cuando exhaló de nuevo, pasó:
— Kuroko Tetsuya.
Subió a la tarima para recibir su título, hizo una breve reverencia al hombre y bajó nuevamente, sonriendo a aquellos que lo miraban orgullosos a la distancia.
Cuando la ceremonia terminó, se despidió de los amigos que había hecho y después se vio rodeado por aquella que era su familia más preciada. Los primeros en acercarse a armar revuelvo fueron Kise y Takao, felicitándolo por su excelente trabajo.
— Por fin podremos trabajar con todas las de la ley, Kuro-chan— dijo contento el moreno, que se había graduado un año antes.
— Lo estoy esperando, Kazunari-kun. — respondió con una sonrisa.
El rubio piloto lo abrazó, estrujándolo muy fuerte. El siguiente en abrazarle fue Aomine-kun, quien ahora se pavoneaba orgulloso de su hermano. Todo el cuerpo de bomberos no se quedó atrás, junto a Kasamatsu-san y Nagisa y Rei que habían ido exclusivamente a darle sus felicitaciones. Midorima haciendo a un lado su actitud aún un poco agria, le había palmeado la cabeza con una sonrisa, todo Seirin se había reunido para la ocasión.
Entre todos buscó un rostro en específico, sin encontrarlo. Antes de poder darse vuelta, unos brazos le acorralaban por detrás. Giró y lo besó allí delante de todos. Makoto rió y aceptó el entusiasmo.
La algarabía se detuvo de pronto y el peli celeste se dio cuenta que todos miraban en una sólo dirección.
— Kuroko. — escuchó a sus espaldas y el corazón le brincó de alegría al reconocerle. Dibujando una gran sonrisa, se dio vuelta y allí se encontraba nada más y nada menos que su mejor amigo.
— Kagami-kun— dijo feliz— Gracias por regresar— agregó acercándose más y tomando una de las manos del tigre.
— Estoy en casa. — exclamó con vivacidad— ¿Tienes tiempo para ese One on One? — quiso saber enseñando el balón.
— Por supuesto. — tomó el esférico y sonrió de nuevo.
— ¡Yo también quiero jugar, Kagamicchi! ¡Vamos Kazucchi!
— ¡Shin-chan y Ao-chan también van!
— ¡Oi, que eso ya no es One on One!— replicó el pelirrojo.
— No te quejes, Bakagami, andando.
Fue arrastrado por el policía al mismo tiempo que iba flanqueado por Kise. No había más remedio que resignarse. Especialmente si el enorme Ni Gou iba caminando a su espalda.
Tetsuya le sonrió a Makoto, quien asintió tranquilamente. El menor se puso de puntillas y besó su mejilla.
— Te veo en la casa— dijo— ¡Diviértanse mucho! ¡Hasta luego, Nanase-san!
— ¿Relevo?— preguntó el moreno, con una diminuta sonrisa.
— Encantado, Haru-chan.
Mientras Tetsu-chan se divertía en el parque jugando baloncesto, él iría con Haru y los demás a la piscina. Ya cuando llegara a casa, le preguntaría a su pequeño prometido el marcador final.
N/RH: Yo lo sé, soy muy cursi. ¡Amors, para todos! *O* ¿Saben qué fue lo genial? Que ahora sí fluyeron las ideas, como varios saben, estoy bastante torpe en esto de escribir lemon, pero lo logré y estoy satisfecha con el resultado. Para quienes me lo pedían, espero lo disfruten, les guste y me lo hagan saber, acepto críticas constructivas, más si son de ésta área, LOL.
Por otra parte, no me queda más que agradecerles por todo el apoyo a la historia, cuando la comencé no creí que fuera a funcionar, y resultó ser lo contrario, eso me pone muy feliz, gracias :'D Por todos sus comentarios, los favs, los follow, por todo todito.
Se lo dedico a mis amigas, Bren, Miri e Iru. Y por supuesto, a todas (os) ustedes por impulsarla y darle sus porras.
Mil besos, y hasta el siguiente.
Rizel Holmes. ~
