La cena fue tan tranquila como siempre. Hershel no paró de preguntarle cosas sobre su trabajo y su vida en general, como si no se redujera únicamente a salir con Maggie y con su compañero de trabajo Lee de vez en cuando, a limpiar los suelos de la facultad, a ir de caza y a dormir. A pesar de que Hershel estaba intrigado por la extraña afición de Daryl, se mostraba bastante en desacuerdo con ella.

—No me gustan las armas, Daryl, nunca me han gustado —aseguraba él—. ¿Por qué no criar a los animales si quieres comértelos? —y Daryl siempre se encogía de hombros y continuaba cenando. ¿Qué por qué cazaba? Porque era lo único que sabía hacer bien. Cazar era una de las pocas cosas que había aprendido del capullo de su padre, y por mucho que detestara admitirlo, le gustaba. Le gustaba estar concentrado en una tarea simple, en centrar toda su atención en un objetivo y perseguirlo hasta conseguirlo. La idea de encerrar a una vaca durante meses y engordarla para luego comérsela no le entusiasmaba. ¿Cuál era la gracia, entonces?

En aquella cena no pudo dejar de mirar a Beth. Seguía bastante sorprendido por la confidencia que Maggie le había hecho sobre su hermanita pequeña. Lo cierto es que, si había hecho cosas más graves que besarse a escondidas con un chico, lo escondía muy bien. Aquél día llevaba el pelo recogido en una trenza de lado que le caía con suavidad sobre el hombro, y su vista seguía igual de centrada en su plato que la última vez que había ido a cenar allí. De vez en cuando se giraba para contestar educadamente a su madre sobre algo que le preguntaba, y luego volvía a comer. No se había equivocado al pensar que era un pajarillo: comía como uno. Comía muy despacio, tomando bocados pequeños, masticándolos lentamente, como si le costara mucho hacerlo, antes de tragar con algo de dificultad y limpiarse discretamente con la servilleta de tela, intercalando los bocados con sorbitos de agua.

Lo cierto es que, para ser un día feliz, su cumpleaños, el día en el que debería estar feliz, estaba bastante lejos de serlo. Era la única vez en la que realmente no le apetecía estar allí sentado, rodeado de aquella familia feliz, mientras la suya estaba pudriéndose en una celda y mandándole al infierno, como si fuera su culpa que no pudiera estarse quieto por una vez e intentar estar limpio. Lo que realmente le apetecía era coger la ballesta e ir a cazar. Distraerse con algo que le permitiera vaciar la mente por unas cuantas horas.

Pero dado que no podía, decidió utilizar todas sus armas de cazador en mirar a Beth. Imaginaba al otro chico como a un chaval de su edad, alto, desgarbado, de cara borrosa, que se inclinaba hacia ella lentamente, tratando de sellar sus labios con su boca. Se preguntó si Beth realmente querría. No la imaginaba poniéndose de puntillas para alcanzarle, ni echándole los brazos al cuello ni nada por el estilo.

Sí, estás enfermo, Dixon, se dijo amargamente, mientras se masajeaba las sienes. Le retumbaba la cabeza. ¿Por qué cojones le dolía tanto? De pronto todos los olores se intensificaron: el pollo que estaba frente a él, el perfume de Annette, el aire que entraba por la ventana…

— ¿Te encuentras bien, Daryl? —preguntó dulcemente Annette, posando una mano sobre su brazo. Daryl asintió, mareado. Intentó ponerse en pie, pero sintió que trastabillaba, y lo siguiente que supo fue que estaba en el suelo.

— ¡Daryl! —Exclamó Maggie, arrodillándose a su lado—. Hey, ¿qué te ocurre?

—Hijo, mírame —le ordenó afablemente Hershel, a su otro lado. Daryl levantó la vista para mirarle, pero tan pronto como lo hizo, supo que tenía que salir de allí. Se puso en pie con dificultad, y sólo tuvo tiempo para salir al porche y abalanzarse sobre la barandilla antes de vomitar ruidosamente.

—Joder —oyó que murmuraba Maggie.

— ¡Maggie, esa boca! —le reprendió Hershel con dureza. Notó su mano apoyada con fuerza sobre su hombro—. Venga, creo que necesitas descansar. Te prepararemos la habitación de Shawn.

—No, no… —negó con la cabeza—. Estoy bien, estoy bien, sólo tengo que beber un poco de agua y como nuevo.

—No creo que un vaso de agua sea la solución —respondió Annette, tocándole la frente—. Estás ardiendo. A la cama, ya.

Entre Maggie y Annette intentaron subirle por las escaleras, pero el hombre era demasiado pesado, y era completamente incapaz de mover un solo músculo por mucho que lo intentó. Estaba repentinamente agotado.

—Sería mejor si lo instaláramos en la habitación de Beth, que está aquí abajo. Sólo por esta noche —añadió Maggie, al ver la expresión confundida de Beth—. Tú puedes dormir en la habitación de Shawn.

Y Beth asintió, porque siempre lo hacía.

Nada más notar la blandura del colchón bajo su cuerpo, cayó rendido. Era como si los párpados fueran de cemento y necesitara cerrarlos. Se hundió en un profundo sueño, y lo último en que pensó fue en Beth yendo a visitar a Merle a la cárcel.


Cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que oyó fue una voz. Una voz dulce y suave que cantaba lentamente, como mecida por el viento, al son de las notas de un piano. La luz entraba por la ventana y le daba directamente en la cara, así que giró para darle la espalda. Se puso en pie, sintiendo agujetas a lo largo de todo su cuerpo, como si en lugar de vomitar hubiera corrido una maratón. Notó algo húmedo en la frente, y apartó el trapo que le habían colocado. Se puso en pie, sintiéndose algo más ligero que la noche anterior, y se dirigió hacia el salón en busca del origen de aquella voz.

Se la encontró sentada frente al piano, dándole la espalda, arrancándole las notas con delicadeza. En un primer instante creyó ver un ángel. Y ciertamente, era lo más parecido a uno que había visto en su vida. Su pelo rubio caía en cascada por su espalda, y llevaba puesto un vestido color azul cielo ceñido hasta la cintura y que caía con suavidad por sus piernas largas y blancas, acabando en unas sandalias de color camel que pisaban los pedales del piano.

And pine for summer

And we'll buy a beer to shotgun

And we'll lay in the lawn

And we'll be good

Daryl sintió que le entraba un acceso de tos y no pudo evitar carraspear ligeramente. Fue suficiente para que Beth se sobresaltara y se diera la vuelta de golpe, con los ojos muy abiertos y las mejillas profundamente sonrojadas. Se puso en pie bruscamente, acercándose para, suponía Daryl, ayudarle a mantenerse en pie, pero él le hizo un gesto y ella se detuvo en seco.

—Estoy bien, estoy bien —logró articular entre tos y tos. Finalmente su garganta dejó de protestar y la miró. Ella desvió sus ojos inmediatamente, como de costumbre.

—Buenos días —dijo, antes de alisarse más la falda del vestido—. ¿Cómo te encuentras?

—Sobreviviré —respondió él. Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Beth, pero se contuvo—. Siento haberte quitado la cama.

—No tiene importancia —aseguró ella. Un silencio incómodo se instauró entre ambos, un silencio que Beth solventó rápidamente al acercarse al piano para recoger las partituras—. Shawn ha vuelto. Mis padres se han empeñado en que tenía que ir a la misa. Yo iba a ir, pero mi padre me dijo que te gustaría ver a alguien al despertar. Se supone que tenía que cuidarte, pero creo que no estoy siendo muy buena enfermera — sonrió tímidamente.

—Nah, lo estás haciendo bien —replicó él—. ¿Y ese vestido?

Beth se miró, como si acabara de caer en que lo llevaba puesto.

—Siempre me pongo este vestido los domingos —explicó en voz baja, al tiempo que cerraba la tapa del piano—. Se supone que no debes desayunar cosas perjudiciales para el estómago, pero unas tostadas no le hacen daño a nadie. ¿Te apetece?

Era el máximo de palabras que Beth se había atrevido a dirigirle desde que la conocía. Y esta vez, el que se sintió infinitamente estúpido fue él.

—No, no tengo hambre —ella asintió—. ¿Por qué no tocas algo más? Canta otra vez.

Beth abrió mucho los ojos, sorprendida.

—No creo que sea buena idea —musitó, con una sonrisita nerviosa.

— ¿Por qué no? Tu voz es bonita —y eso era lo máximo a lo que Daryl pensaba llegar a adular a alguien alguna vez. A juzgar por cómo se encendieron sus mejillas, supo que era suficiente.

—Bueno, si quieres… —dijo, antes de darle la espalda y desandar el camino hacia el piano. Levantó de nuevo la tapa, recolocó las partituras y carraspeó suavemente. Daryl se acercó hasta ella y se sentó en el sillón, mirando por la ventana mientras se mordía la uña del pulgar. Beth comenzó a pulsar las teclas de nuevo, alzando la voz más de lo que jamás hacía.

And we'll buy a beer to shotgun

And we'll lay in the lawn

And we'll be good

Now I'm laughing at my boredom

At my strings of failed attemps

. . .

Cuando la familia Greene al completo excepto por Beth llegaron a la granja, se encontraron a Daryl y Beth sentados en la barandilla del porche, el uno frente al otro, riendo y hablando como si se tratara de dos buenos amigos que se conocían de toda la vida. Maggie se quedó con la mandíbula desencajada cuando vio que Daryl estaba riendo levemente. Riendo.

Sintió una ligera presión en el hombro cuando Shawn se inclinó para susurrarle al oído:

— ¿Qué me he perdido?


Daryl se quedó también aquella noche, sólo porque sabía que Annette no desistiría hasta que estuviera completamente recuperado, a pesar de que la fiebre había remitido y lo único que quedaba era un ligero dolor de cabeza y el estómago revuelto.

Dado que Shawn había vuelto, Daryl no podía instalarse en su habitación ahora que era capaz de subir las escaleras, pero tampoco podía quedarse en la cama de Beth otra noche y mandarla a ella al sofá. No es que se considerara a sí mismo un caballero, pero no pensaba ser tan capullo.

— ¿Seguro que no quieres quedarte en mi habitación? A mí no me importa dormir en el sofá —le instó ella una última vez, mientras le ayudaba a extender una manta.

—A mí tampoco.

—Ya, pero tú estás convaleciente —dijo ella con una media sonrisa. A Daryl le sorprendió lo rápido que había cogido confianza con él. Había pasado de no ser capaz de mirarle a la cara a tomarle medianamente el pelo.

—Soy duro —continuó la broma.

—Ya —Beth se acercó a él y le colocó la mano en la frente. Hasta ese momento no se dio cuenta de que había crecido varios centímetros. Vista sentada en la mesa, uno no distinguiría que estaba más alta. Había pasado de no llegarle al hombro a sobrepasarlo ligeramente. Aunque seguía siendo pequeña. Un pequeño pajarito, se dijo.

—Ya no tienes fiebre —murmuró ella, apartando la mano y separándose bruscamente de él. Daryl notó que tenía la cara encendida, como si la que tuviera fiebre fuera ella—. Voy a buscarte una aspirina para el dolor de cabeza.

—No hace falta —comenzó él, pero ella ya se había marchado. Se giró cuando oyó una risita tras él. Maggie estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándole.

—Oh. Dios. Mío —enfatizó cada palabra, al tiempo que se retorcía de risa.

— ¿Qué? —gruñó él, molesto.

—Daryl Dixon, eres el terror de las nenas.

— ¿De qué estás hablando?

—Hablo de ese momento a lo "El diario de Noa" que acabo de presenciar.

—Estás loca.

—Puede, pero sé lo que he visto —repuso ella firmemente.

—Es una cría, Maggie, por dios.

—Eh, eh, —alzó los brazos al aire—, no digo que seas tú el interesado, pero está claro que mi hermanita está colada por ti. Dios, ¿cómo no he podido verlo antes? Con razón era tan vergonzosa cuando tú estabas presente…

No está colada por mí.

—Anda que no. "Ya no tienes fiebre" —dijo, en una perfecta imitación de la suave voz de su hermanita—. Te lo digo yo, si te hubieras lanzado a besarla ella hubiera estado más que dispuesta.

— ¿No tenía un novio? ¿Kevin o algo así?

—Jimmy —repitió ella.

—Lo que sea.

—Pero tú eres su amor platónico —resopló, exasperada, al ver la expresión del cazador—. Por el amor de Dios, Daryl, eres un poquito lento. ¿Nunca has conocido a alguien que te gustara muchísimo, demasiado, pero con el que sabes que no llegará a pasar nada? Ya sabes, alguien del que estés enamorado en tu imaginación.

—Esas son cosas de chicas —gruñó él, sentándose en el sofá.

—Venga ya. Después de tanto tiempo siendo amigos, ¿crees que yo soy de las que cuelgan pósters de sus ídolos y tiene amores platónicos por doquier? Le pasa a todo el mundo.

—A mí no.

— ¿Nunca has estado enamorado? —preguntó Maggie. Daryl enterró la cara en sus manos.

— ¿Y tú?

—Pues claro. Todo el mundo ha estado enamorado alguna vez.

—Ya, pues yo no.

Se quedaron repentinamente en silencio. Beth apareció por la puerta, dejó un vaso y el paquete de aspirinas en la mesa y desapareció.

— ¿Nunca has estado enamorado? —repitió, atónita—. Nunca has tenido novia, ni amiga especial, ni esposa… ¿ni nada?

Daryl suspiró.

—No soy del tipo sociable.

—Ya lo sé. Pero al menos te habrás besado con alguien, ¿verdad?

A juzgar por la mirada asesina que Daryl le echó, Maggie supo que era hora de acabar con su absurdo interrogatorio.

—Muy bien, muy bien, ya me voy. Si te encuentras mal pídele ayuda a Beth, seguro que estará encantada de ayudarte —añadió, riéndose ruidosamente mientras subía las escaleras.

Daryl abrió el paquete de aspirinas, se tomó una y apagó la lamparita, quedándose en silencio, observando el techo de la granja de los Greene con los ronquidos de Hershel como banda sonora.


Un año después de aquél día, en su treinta y tres cumpleaños, Daryl estaba sentado en el porche de los Greene. Dos horas antes, su jefe le había explicado que, una vez finalizado su contrato, ya no requerían más de sus servicios. Sin trabajo y apenas sin dinero, el primer lugar al que había acudido había sido la granja en la que prácticamente vivía desde hacía más de un año. Sin embargo, se la había encontrado totalmente desierta, como de costumbre. Tenía la vaga esperanza de ver algún signo de vida dentro de la casa, pero no había ni un alma. Ya estaba acostumbrado, por otra parte: poco después de cumplir treinta y dos, a Annette le diagnosticaron cáncer de pulmón, sin haber probado un solo cigarrillo en toda su vida. Los médicos no pudieron hacer gran cosa por ella. "Esperar y rezar", le había dicho uno de ellos a Hershel.

Esperar y rezar. ¿Cómo podían decirle aquello y quedarse tan tranquilos? Daryl aún sentía que la rabia le invadía cada vez que pensaba en ello.

Desde entonces, Maggie se había marchado a vivir en la residencia, Shawn seguía en Atlanta, ahora prometido, y Hershel estaba muy volcado en su consulta de veterinaria. Demasiado, si querías saber la opinión de Daryl. Pasar por la muerte de su esposa por segunda vez debía ser duro, pero aún tenía a una hija a la que mantener. Daryl admiraba la entereza que poseía la chica para tener sólo dieciocho años y estar prácticamente a su suerte en una casa llena de fantasmas. Daryl seguía yendo a cenar, aunque cada vez con menos frecuencia y sólo cuando Shawn o Maggie volvían, pero veía cómo Beth se encargaba de preparar la cena del mismo modo que su madre la hacía, de preparar la mesa con mimo, servir a todos, sonreír educadamente… cuando su padre se dignaba a aparecer, aparentando cincuenta años más, Beth se sentaba y le apretaba cariñosamente el brazo, antes de cogerle la mano para bendecir la mesa. Continuaba sacando buenas notas en el instituto y había comenzado a salir más con sus amigas, en parte, sospechaba Daryl, para evitar estar a solas en aquella enorme casa, y parecía tan feliz como de costumbre, incluso algo más.

Sí, de acuerdo, Daryl la había mirado. Definitivamente ya no era la misma niña que había conocido dos años atrás. Llevaba el pelo mucho más largo, aunque desde el día de la vomitona no había vuelto a verla sin una coleta o una trenza que lo recogiera, y su cuerpo había ganado ciertas curvas mujeriles que no le sentaban nada mal. Seguía manteniendo una cara de niña pequeña, ingenua, dulce, inocente. Sí, sin duda no tenía cara de mujer, pero hablaba y se comportaba como una. Parecía haber perdido toda timidez que le tuviera en un principio, como si la muerte de su madre le hubiera hecho asumir el rol de señora de la casa, y le trataba casi como lo hacía Annette, exceptuando los abrazos, que ella se reservaba, en su lugar ofreciéndole cálidas sonrisas. Era imposible no fijarse en ella cuando era de las que más estaba por casa, y eso que, si no estaba todo el día en el instituto, estaba en la biblioteca o en casa de una amiga estudiando, y si no, en el pueblo con sus amigos.

Precisamente por eso, Daryl se quedó pasmado al ver a Beth acercándose a la granja por el enorme camino de tierra por el que solían pasar los coches.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida, cuando alcanzó el porche.

—Eso mismo podría preguntarte yo a ti.

—Vivo aquí —dijo ella con una media sonrisa.

—Eso ya lo sé—respondió él—, pero el instituto termina dentro de dos horas, ¿no?

—Sí, pero es Literatura y Francés, no son asignaturas importantes —Beth se puso nerviosa bajo el peso de la mirada del cazador—. Oye, no me mires así, estoy segura de que tú no es que fueras un estudiante modelo.

—No, la verdad es que era una mierda de estudiante —admitió él, sacando un cigarrillo de la cajetilla—. Pero eso no es excusa para que tú te saltes las clases. No te pega.

Se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió, sin dejar de mirarla. Finalmente, Beth suspiró.

—No es que yo me salte las clases todos los días —se defendió—, pero hoy es distinto.

— ¿Y eso por qué? —preguntó él, con genuina curiosidad.

—Mi padre me ha dicho esta mañana que seguramente venga a comer. Maggie dice que cree que podrá venir si las clases no se alargan demasiado, y puede que traiga a Glenn. Aún no le conozco y la verdad es que me apetece. Y no comemos todos juntos desde que… —su voz se apagó lentamente, antes de recuperar la sonrisa—. En fin, quería preparar algo especial, no sé… puede que sea una tontería, pero quería hacerlo.

—No es una tontería —respondió simplemente, exhalando el humo al contestar. Se sintió terriblemente mal por ella. Allí estaba, saltándose clases, ilusionada porque su familia comía junta como solían hacer las familias normales, sólo por hacer algo distinto para sorprender a los demás, como si fuera la cosa más especial del mundo.

—Sólo iba a saltarme la clase de Francés, pero se me ha estropeado la camioneta y hay un trecho largo desde el pueblo hasta aquí, entonces… —levantó la vista, sorprendida—. Oye, ¿qué haces aquí, por cierto?

Daryl tiró el cigarrillo y lo aplastó con la suela del zapato, intentando ganar tiempo para elaborar una respuesta que fuera menos patética que "me han despedido y no sé a dónde ir".

En vista de que no se le ocurría ninguna, lo soltó sin más preámbulos:

—Me han echado.

—No —exclamó ella—. ¿Por qué?

—Se me ha acabado el contrato y han decidido que no me necesitan más —explicó. Beth se sentó a su lado en el porche y le apretó el brazo, tal y como hacía con Hershel.

—Lo siento —dijo ella.

—Está bien.

—Eh, ¿sabes lo que te animará? —saltó, sonriendo.

Daryl negó con la cabeza. La sonrisa de Beth se ensanchó.


¡Fin del capítulo 2! Al igual que en la serie, Annette muere en esta historia. Siento muchísimo tener que hacerlo, pero es la forma que tenía de explicar cómo Beth tuvo que madurar y pasar de ser una adolescente normal a tener que ser casi una adulta con apenas 18 años. Dado que en esta historia no hay zombies, no había otra forma de explicarlo. Los siguientes capitulos van a ir llevando curvas... (oh, dios, siempre digo eso).

¡Gracias por leer! ¡Si os ha gustado dejad un review!

¡Un abrazo!