Minutos más tarde, sentados en el comedor, mientras la carne se preparaba en el horno y ellos saboreaban el último pedazo del bizcocho de coco, Daryl tuvo que resistir la tentación de chuparse los dedos. No pudo evitar sonreír al ver que Beth lo hacía delicadamente, con la punta de los labios, con tal suavidad que Daryl tuvo el impulso de acercar el dedo para probarlo de su boca.
Carraspeó, sintiendo que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas, y apartó el plato.
—Estoy lleno —anunció.
—Y yo —respondió ella, riendo. Se inclinó en el asiento para ver el horno desde allí—. Creo que aún le queda un rato.
—Te esfuerzas mucho —murmuró Daryl.
—Qué va, el horno hace todo el trabajo —rio ella.
—No me refiero a eso —le miró—. No es que sea fácil llevar una casa tan joven. Y menos después de…
—No te preocupes por mí —le aseguró ella, sonriendo—. Estoy bien. Además, no lo hago yo todo sola. Maggie viene más a menudo de lo que crees. En serio —insistió, al ver la mirada que el cazador le lanzó—. Y Patricia y Otis viven por aquí cerca y me ayudan muchísimo. El bizcocho lo trajo Patricia ayer mismo.
Daryl fue a responder, pero en ese instante sonó el teléfono desde el salón. Beth se levantó de un brinco y se apresuró a responder. Desde allí, Daryl podía oír toda la conversación.
— ¿Sí? ¡Hola! Sí, ya casi está… ah —su voz se apagó. Daryl se giró para mirarla. Estaba de espaldas a él, inclinada sobre el teléfono, encogida sobre sí misma—. Sí, claro. Lo entiendo. No es como si… claro, sí, sí. No, en serio, estoy bien. Daryl está aquí. Sí. Hasta la noche, entonces. Yo también te quiero —y colgó. Se quedó allí unos instantes, en silencio, sin moverse ni un ápice. Daryl hizo amago de ponerse en pie para ver si estaba bien, pero entonces se giró, tan normal como siempre—. Mi padre no viene. Tiene mucho trabajo en la clínica, así que seguramente vendrá por la noche.
—Pero viene Maggie —trató de consolarla él. Ella sonrió.
—Sí, a lo mejor sale pronto de las clases. Ella también echa de menos estar todos juntos. Así le das tu aprobación a su novio —bromeó, tratando de quitarle hierro al asunto.
Daryl sonrió levemente.
— ¿Puedes sacar la carne del horno? Voy al baño un momento —le pidió ella.
—Claro —respondió él. Beth sonrió y subió las escaleras de dos en dos, con las pisadas ahogadas por la moqueta. Se acercó al horno, y, mirando con recelo las manoplas de lunares que colgaban de la pared, sacó la carne, no sin dificultad. La dejó en la encimera y, ya que estaba, cogió los platos ya vacíos del bizcocho y los dejó en el fregadero, en un intento de matar el tiempo mientras Beth volvía del baño.
Pero conforme los minutos pasaban, Daryl se iba preocupando. ¿Cuánto tardaban las chicas en ir al baño? Su experiencia era bastante limitada: cuando iba con Maggie a tomar algo a algún bar, solía tardar como máximo cinco minutos, y eso si había cola, así que la chica no era muy buen ejemplo para comparar. Quizás Beth era diferente a su hermana incluso en eso. Se rió solo de pensarlo. Empezaba a desvariar. Puede que porque Beth no salía del baño. La angustia creció en su pecho.
A los quince minutos, Daryl se hartó y subió las escaleras sin preocuparse de ser silencioso, anunciando su llegada a todas voces, para que Beth pudiera oírle. Se acercó a la puerta y pegó con cuidado.
— ¿Beth? ¿Beth, estás bien? —preguntó. Oyó un pequeño golpe, y luego el sonido de alguien tirando con fuerza del rollo de papel.
— ¡Sí, perfectamente! —Exclamó ella a través de la puerta—. Enseguida salgo, perdona.
Otro golpe. La oyó maldecir.
—Beth, ¿seguro que estás bien?
—Sí, en serio, ¡sin problemas! — volvió a asegurar ella. Tenía la voz rara, como constipada. ¿Estaría… estaría llorando?
Daryl se sintió incómodo. No estaba acostumbrado a tener que consolar a nadie, y pensando que era algo muy personal que la chica no querría compartir con nadie, se retiró discretamente y volvió a la planta de abajo.
Beth apareció por la puerta a los pocos minutos. Su cara no mostraba ningún signo de haber estado llorando, y portaba la misma sonrisa de hacía unos minutos.
—Bueno, debería ir poniendo la mesa. Cuatro asientos, ¿verdad? —dijo, casi como para sí misma, mientras pasaba de largo hacia la cocina en busca de los cubiertos. Daryl gruñó a modo de respuesta. La miró un instante, un instante fugaz, y entonces lo vio.
— ¿Qué te ha pasado en el brazo? —inquirió, señalando la manga de su rebeca gris. Había una mancha oscura a la altura de la muñeca, como si se hubiera manchado y la tela lo hubiera aplastado. Beth se bajó aún más la manga, negando con la cabeza.
—Nada, me he manchado en clase de Arte —murmuró, apartando cuatro cuchillos y cuatro tenedores a un lado. En un instante, Daryl estaba a su lado, sujetándole el brazo con fuerza—. Es pintura, es…
Las palabras se le atragantaron en la garganta tan pronto como Daryl reveló su muñeca. La carne, blanca y tierna, estaba marcada por unas pequeñas cicatrices de color rosáceo. La más reciente parecía haber sido hacía poco, porque aún estaba en carne viva.
Daryl sintió que se le secaba la boca. Intentó mirarla, pero ella le rehuía los ojos.
—Beth —logró articular—. Beth.
—No es nada —musitó ella, apartándose con un manotazo. Cogió los cubiertos y se dirigió al comedor, donde los soltó de golpe.
— ¿No es nada? —Preguntó con ironía—. Vaya, ya me quedo más tranquilo. Eh — dijo, colocándose frente a ella, impidiéndole entrar a su habitación—, no vas a irte así sin más.
— ¿Qué quieres que te diga, Daryl? —replicó Beth con tono hastiado.
— ¿Qué qué quiero que me digas? Quizás por qué tienes la muñeca así, Beth. ¿Quieres contármelo a mí o prefieres hacerlo con Maggie? ¿O con tu padre? ¿Qué prefieres, Beth?
—No serías capaz.
—Lo soy —afirmó él. Relajó ligeramente el tono, sintiendo que no iba a conseguir nada de ella así—. Joder, ¿por qué te haces eso?
Trató de alzar la mano para tocarla, pero ella se apartó. Sintió como si le hubiera abofeteado.
—Te dije que no lo hacía todo yo sola —susurró, dando un paso atrás—. Estoy bien, ¿de acuerdo?
—Beth —consiguió murmurar Daryl—, no estás bien.
Beth le miró un segundo con una expresión que él no fue capaz de descifrar. Tragó saliva y entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero antes de que pudiera reaccionar se escabulló y se metió en su cuarto, cerrando de un portazo.
— ¡Beth! ¡Beth, abre la puerta! —Daryl comenzó a dar golpes en la madera para hacerse oír, pero ella no se inmutó, porque la puerta no se abrió ni se oyó nada desde el otro lado. Estuvo así un buen rato, hasta que finalmente desistió y se marchó a la sala de estar.
El sol se había puesto hacía ya rato y ni Maggie ni Glenn habían hecho gala de presencia. Por supuesto, tampoco se habían dignado a llamar para avisar de que no venían. Daryl se lo esperaba, pero no podía evitar sentirse furioso al pensar que Maggie ahora estaba todo el rato con su nuevo novio, ignorando a su hermana pequeña cuando su madre acababa de morir. Y su padre tampoco tenía perdón. Daryl admiraba profundamente a Hershel, pero lo que le estaba haciendo a Beth no era normal. Obligar a una chica de dieciocho a ocuparse de toda una casa mientras su mundo se desmorona era de todo menos normal.
Decidió que estaba cansado de hacer zapping por los distintos canales de la tele, aunque tampoco podía marcharse a casa y dejar allí a Beth. Se estiro en el sofá y se dirigió a la cocina, donde la carne estaba ya helada en la encimera, justo donde él la había dejado a mediodía. Abrió la nevera, y entonces cayó en la cuenta de que hacía años que en casa de los Greene no entraba ni una gota de alcohol. Nunca había echado tanto de menos tener una cerveza fría en la mano. Era una noche especialmente húmeda en Georgia y el calor no perdonaba. Se limpió las gotas de sudor que perlaban su frente con el dorso de la mano y salió al porche. Se sentó en el mismo suelo, con la espalda apoyada en la baranda, y miró los alrededores de la granja. Oía el lejano murmullo de un arroyo no muy lejos de allí, y quizás, si aguzaba muchísimo el oído, podría escuchar el ligero rumor de los coches que pasaban por carretera que había a un kilómetro escaso de allí.
Daryl se preguntó si Hershel llegaría tan tarde a casa todos los días.
No supo cuánto llevaba así, pero de pronto, sintió una presencia a sus espaldas, y al segundo siguiente, Beth estaba sentada frente a él, apoyada en la baranda paralela a la suya.
—Hola —musitó ella, sin mirarle.
—Hola —respondió él. Se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Beth suspiró.
—Lo siento mucho. Soy una estúpida.
—No —la interrumpió él—. No eres estúpida, Beth.
Se mordió el labio antes de volver a hablar. Esta vez, sólo miraba al camino de tierra:
— ¿Sabes ese instante cuando te despiertas y no sabes quién eres o dónde estás? Hace unos meses, si me hubieras preguntado, te diría que al volver a recordar, sentía tristeza, pero también esperanza porque se curara. Pero ahora es como si flotara y de pronto, la gravedad me aplastara. No puedo respirar, no puedo hablar, tampoco puedo llorar… no hay forma de sacar esto que me hace daño de aquí —se apuntó al pecho—. Si no sonrío, si no mantengo viva la esperanza de que todo vaya a salir bien, no sé cómo luchar contra esa gravedad.
— ¿Y por qué?
— ¿Esto? —Beth se señaló a la muñeca—. Si duele fuera, no duele dentro.
— ¿Y te funciona?
—Un instante. Pero luego es peor: el dolor vuelve con más fuerza. Sé que todos lo estamos pasando mal, pero no entiendo por qué…—se le quebró la voz, y cerró los párpados para evitar que las lágrimas se derramaran, en vano. Se mordió el labio de tal forma que Daryl creyó que se haría sangre.
—Mi madre murió cuando yo tenía once años. Le gustaba fumar. Demasiado —añadió con amargura—. Un día se quedó dormida en la cama fumando. No pudieron enterrar nada más que cenizas.
Beth le miró, sorprendida.
—Lo siento —Daryl asintió—. ¿Cuánto tarda? En superarse, quiero decir.
—No lo haces. Te acostumbras.
Beth asintió.
—Recuerdo que mi madre decía que no hay nada peor que perder a tu hijo, pero perder a tu madre también es como si te quitaran una parte de ti. La más niña, supongo.
—Tú aún eres una niña.
Beth sonrió tiernamente.
— ¿Aún me ves como a una niña? Tengo dieciocho, Daryl.
—Una cría —le sonrió él. Beth bufó, divertida.
— ¿Por qué, porque no tengo cuarenta y cinco como tú? —se burló ella.
—Si es una estrategia para que te diga mi edad, no te va a funcionar —replicó Daryl.
—Ya, imagino que tener treinta… en cada pierna debe ser duro —comentó de forma casual, al tiempo que le miraba de reojo juguetonamente. Daryl tuvo que reprimir una sonrisa.
—Hoy cumplo treinta y tres, niña —soltó sin pensarlo. Beth abrió mucho los ojos, sorprendida. Daryl se sintió momentáneamente avergonzado de su edad, como si fuera algo malo tener treinta y tres. Como si a partir de los veintinueve estuviera mal cumplir años.
— ¿Hoy es tu cumpleaños? —preguntó, asombrada. Daryl asintió—. Dios, ¡lo siento! De haberlo sabido, te habría preparado una tarta o algo, o te habría comprado un regalo…
—Para, para —le interrumpió él—. No te emociones, que no es para tanto. Es sólo un día más.
—Daryl Dixon, no es un día más —dijo ella con tono severo—. Los cumpleaños son fechas especiales, y hay que celebrarlos. Además, no es el cumpleaños de otra persona. Es tu cumpleaños.
—Mis cumpleaños nunca han sido días muy especiales— replicó Daryl con amargura. Beth le miró un instante, ligeramente desubicada.
—Bueno —comenzó—, entonces creo que es hora de enmendarlo.
— ¿Qué vas a hacer? —le preguntó él, una vez Beth se hubo adentrado de nuevo en la casa. No obtuvo más respuesta que el sonido de la madera al golpear el marco de la entrada. Beth apareció al poco, asomando la cabeza.
—Cierra los ojos.
—Beth, no…
— ¡Cierra los ojos! —le instó ella una vez más. Daryl resopló y obedeció—. Vale, ábrelos.
Cuando lo hizo, se encontró a Beth sentada en cuclillas a su lado, a una distancia mínima, sosteniendo algo frente a él. Al bajar la mirada se encontró con una magdalena de chocolate con una velita encendida clavada en su centro.
Sonrió levemente, con las comisuras de sus labios inclinándose sólo un poco.
—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz —canturreó ella en voz baja. Rió suavemente antes de inclinar la magdalena aún más hacia él—. Venga, pide un deseo.
— ¿En serio? —le preguntó él, atónito. Beth asintió enérgicamente.
—Es tu cumple, Daryl, y no pienso permitir que desperdicies tu deseo anual —respondió Beth—. Así que piensa en algo y sopla las velas.
—Eres increíble —bufó Daryl, antes de inclinarse sobre la magdalena.
—Lo sé —replicó ella. Daryl se enderezó antes de colocarse por encima de la velita y soplar suavemente. La llama se apagó al primer contacto de su aliento—. ¿Qué has pedido?
— ¿Si te lo digo se cumplirá? —se burló él.
—Venga ya, dímelo.
—Te lo diré si se hace realidad — contestó Daryl. Beth pareció satisfecha con esa respuesta, porque asintió y le tendió la magdalena, que él se comió de buena gana. Beth se puso en pie mientras él saboreaba su mini-tarta de cumpleaños, y se colocó de nuevo frente a él—. Beth.
— ¿Sí?
—Gracias—lo dijo tan rápido que dudó que ella lo hubiera oído. Sin embargo, Beth sonrió dulcemente y negó con la cabeza.
—No es nada.
Pero sí que lo era. Era la primera vez que recibía algo por su cumpleaños. Eso, por supuesto, no se lo dijo.
A la mañana siguiente, Daryl despertó en la antigua habitación de Shawn. Hershel estaba sentado en la silla del escritorio, mirándole. Se puso en pie de un salto.
—Buenos días, hijo —le saludó el hombre. Daryl se acercó a estrecharle la mano, como de costumbre.
—Hershel —respondió Daryl.
— ¿Qué tal todo, Daryl?
—Bien, bien —mintió él—. ¿Y la clínica?
—Atareada.
— ¿Llegaste muy tarde anoche? —Daryl recordaba haberse metido en la habitación del hermano de Beth cerca de medianoche y él aún no había llegado. Hershel asintió.
—Últimamente no para de llegarnos trabajo.
—Eso es buena señal, ¿no? —Hershel volvió a asentir, pero Daryl vio que tenía unas profundas ojeras marcando su rostro. Parecía mucho más anciano.
—Supongo que sí —suspiró él. Se quedaron en silencio, hasta que Hershel se levantó y se dirigió a la puerta—. Beth está preparando el desayuno. ¿Por qué no bajas y te lo tomas con nosotros? Y después podrías ayudarme con la furgoneta. Ya sabes que yo no soy un hombre muy diestro en esos temas.
—Claro —respondió Daryl, quedándose a solas en la habitación. Suspiró y se dejó caer de nuevo en la cama—. ¿Qué coño estás haciendo, Dixon?
Conforme fueron pasando los días Daryl aparecía más a menudo por la granja. Era casi como antes de que Annette muriera, solo que ahora no iba a ver a Maggie, sino a Beth. La chica estaba sola en casa la mayor parte del tiempo, haciendo tareas domésticas, los deberes, o simplemente tocando el piano y escribiendo en su diario. Daryl solía echar la mañana buscando trabajos temporales o realizando estos trabajos por los que le pagaban lo justo para que no le echaran del piso, y dado que no tenía dinero para gasolina, llevaba cerca de un mes sin poder coger la motocicleta. A Daryl nunca le había importado caminar, pero era como si le hubieran cortado una pierna.
Con tanta caminata, Daryl solía llegar a la granja muerto de hambre a media tarde. Beth siempre le esperaba sentada en la mecedora del porche, leyendo o escribiendo. Levantaba la vista de lo que fuera que estaba haciendo y sonreía, con tanta intensidad que Daryl al principio se sentía enrojecer. No estaba acostumbrado a que le recibieran con tanta alegría, ni siquiera cuando era toda la familia Greene, pero se dijo que la chica le tenía sólo a él para comer. Era lógico que apreciara algo de compañía, incluso si era la suya.
No sabía de dónde sacaban los temas de conversaciones, pero los había. De alguna forma, Beth se las apañaba para hacerle hablar, contarle cosas, intentar que compartiera algo de su vida con ella. Evitaba en la medida de lo posible mencionar cosas de su pasado, principalmente a su hermano, pero alguna que otra anécdota – de las más suaves, pero no por ello menos cruentas – había caído frente a la Santa Inquisición de Greene.
Lo cierto es que a Daryl le gustaba pasar el tiempo con Beth. Por mucho que se dijera a sí mismo que era porque le tenía verdadero aprecio a la hermana pequeña de su mejor amiga, por mucho que intentara convencerse de que era porque tenía que vigilarla para que no volviera a hacerse daño y porque era una chica y estaba sola, llegó un momento en el que no pudo engañarse más.
Le gustaba estar con Beth. Le gustaba Beth en sí. Aún seguía siendo el pajarito que él recordaba, recubierta de plumas decoradas con bellos motivos, sonriendo a pesar de todo lo malo que le podía pasar, siendo ella misma, alegrándole los días poco a poco. Daryl no recordaba haber sonreído tanto en su vida. Beth comenzó a tomarle el pelo diciéndole que quizás se haría daño en los músculos de la cara, pero a él no le importó. Era feliz.
Tras comer, Daryl solía pasar el resto del día allí. Su casa no era un lugar muy acogedor, y Beth tampoco esperaba visita alguna, así que hacía lo que fuera que haría en su casa mientras ella hacía los deberes o estudiaba, y tras eso volvían a sentarse juntos, quizás fuera si hacía buen tiempo, y charlaban otro rato más hasta que llegaba la hora de cenar. A veces, cuando Beth estaba de especial buen humor, incluso cantaba para él.
Algunos días Daryl se quedaba, pero la mayoría volvía a su casa. De pronto, le parecía algo demasiado extraño dormir bajo el mismo techo que Beth sin nadie alrededor. Era como si no fuera… correcto. Como si traicionara de alguna forma la confianza de Hershel. Sabía de sobra que el hombre creía en él y en su "decencia", por así decirlo, y por ende, era su obligación como adulto el marcharse.
Pero, ¿marcharse para qué?
Llevaban varios meses con aquella rutina cuando Daryl comenzó a darse cuenta de que allí pasaba algo raro. De que se quedaba demasiado rato mirándola cuando salía o entraba en la habitación, de que la tenía en la cabeza más tiempo del necesario, de que se preocupaba por ella de una forma más intensa que la que se tiene por el propio instinto protector. Beth aseguraba no haber vuelto a cortarse y Daryl se empeñaba en creerla, pero eso no evitaba que se le fueran los ojos hacia sus prendas de manga larga que cubrían discretamente sus muñecas. Y tampoco podía evitar que sus ojos se dirigieran hacia su boca de vez en cuando.
En uno de aquellos días, mientras cenaban sin más luz que una lamparita colocada en un lado del mueble del comedor, Beth le contaba algo sobre el instituto, sobre las solicitudes de la universidad, sobre cómo estaba de nerviosa porque la admitieran.
—Vas a entrar, ni pienses en eso —le aseguraba él. Y ella sonreía y asentía, intentando creerle, porque Daryl confiaba en ella, confiaba en que era capaz de hacerlo—. ¿Qué quieres estudiar?
—Música —respondió ella sin dudar—. Mi padre quiere que estudie una carrera "segura", pero no pienso tirarme otros cuatro años estudiando algo que no me gusta. No siempre voy a hacer lo que él quiera —añadió en voz baja. Daryl la miró, repentinamente impresionado.
—Bueno —dijo—, ¿y él qué opina de que su niñita se rebele?
Beth rio suavemente.
— ¿Otra vez con el tema? Ya no soy una niña, Daryl. Mi padre tiene que entenderlo. Mis hermanos. Tú —añadió con retintín—. Tengo derecho a tomar mis propias decisiones.
Daryl asintió, mostrando su conformidad.
—Entonces lo clavarás—dijo. Y ella volvió a sonreír, esta vez sonrojándose ligeramente, algo que no hacía desde que tenía dieciséis. Y de nuevo la duda volvió a asaltar a Daryl. Si no era nada raro, si sólo eran dos amigos, ¿qué pasaba allí? ¿Por qué se sentía así?
Vio que la sonrisa de Beth iba desvaneciéndose a medida que la tensión aumentaba. Y de pronto ya no oía el viento golpeando en las ventanas, o los insectos, ni nada. Sólo sus respiraciones, apenas perceptibles. Beth respiraba como si le costara conseguir algo de oxígeno, mientras sus mejillas se tornaban de un color escarlata intenso.
Daryl creyó que el corazón se le saldría del pecho. La tenía a pocos centímetros de distancia, con el tenedor aún suspendido en una mano, la otra acercándose lentamente hacia la suya, su cara disminuyendo la distancia que les separaba, notando cómo su respiración cálida iba golpeando con más intensidad en su cara a medida que sus ojos estaban más cerca de los suyos, y el azul de sus ojos era más potente, y sus pestañas parecían ser capaces de acariciar sus mejillas si lo intentaran, y su diminuta mano rozara la suya, al tiempo que se humedecía ligeramente los labios…
El timbrazo del teléfono fue como un jarro de agua fría para ambos. Se separaron de golpe, al tiempo que la tensión desaparecía. Daryl aún sentía el corazón desbocado, y en cuanto a Beth, estaba con la vista clavada en el mantel, colorada y con la respiración acelerada. Le miró un instante, intentando comprobar si él la miraba a ella. Al ver que así era, se sonrojó aún más – si es que aquello era posible – y se levantó con brusquedad para descolgar el teléfono. Daryl carraspeó, al tiempo que se ponía en pie y buscaba su chaqueta. Tenía que largarse de allí y rápido.
Oía la voz de Beth en la habitación contigua.
—Sí, sí… todo bien. Daryl y yo estábamos ce-cenando —tartamudeó. Daryl suspiró y apoyó la frente en la pared—. No te preocupes. Yo también lo espero. Te quiero. Adiós.
El chasquido del teléfono al colgar le sacó de su estado momentáneo de lapsus. Se separó de la pared con toda la intención de salir por la puerta principal, pero se tropezó con Beth tratando de volver al comedor. Sus cuerpos se golpearon, antes de que Beth trastabillara y perdiera el equilibrio. Daryl la sujetó por el antebrazo y evitó que su culo diera contra el suelo, pero al notar que la estaba tocando la soltó como si quemara. Beth se dio cuenta y le miró, confusa. Daryl apartó la mirada. No podía aguantar aquellos ojos azules atravesándole.
—Bueno —se aclaró la garganta—, debería irme. Tengo que madrugar.
—Espera —le paró ella. Se acercó a un cuenco que tenían puesto en el mueble de la entrada y le tendió unas llaves—. Llévate la furgoneta.
—No, no, tienes que ir al instituto.
—Puedo ir en autobús. No puedes irte desde la otra punta de la ciudad hasta tu casa andando a estas horas.
Daryl pensó que era irónico que fuera ella la que le dijera eso cuando él era el adulto de los dos, pero al mismo tiempo pensaba en que había estado a punto de cometer una estupidez hacía solo cinco minutos y que no tenía demasiado derecho a llamarse a sí mismo un adulto en aquellos momentos. Así que sin más preámbulos cogió las llaves, murmuró un tenso "gracias" y salió por la puerta a tal velocidad que dejó a Beth aún más confundida de lo que ya estaba.
¡Bueno, bueno, bueno! Daryl y Beth se están acercando a un punto de no retorno... aún queda un trecho por recorrer, pero la llama ya está prendida ;)
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