Los días siguientes fueron como un torbellino para Daryl. Evitaba a Beth todo lo que podía. Consiguió un trabajo como mecánico en un taller, y con sólo una hora para comer, pronto sus almuerzos dejaron de ser una costumbre. No la había visto desde aquella noche, y a pesar de que la echaba de menos, mantenía las manos alejadas del teléfono, consciente de que si lo tenía cerca la llamaría. Se le hacía extraño pasar los días sin ella.

A la semana de aquella fatídica cena comprobó, con horror, que tenía que devolverle la furgoneta. Llamó a Maggie para que fuera a buscarla, pero la joven se negó:

—Daryl, en un mes tengo exámenes, llevo dos días sin salir de mi habitación porque estoy estudiando, y mi casa no está precisamente cerca de la universidad. ¿Por qué no puedes ir a llevársela tú?

—Tengo trabajo —evadió la pregunta.

— ¿De qué trabajas, de minero explotado? —Bufó Maggie al otro lado del teléfono—. Seguro que encuentras un hueco para llevarle la furgoneta. Oye, tengo que seguir estudiando, pero en cuanto termine los exámenes, tú y yo tenemos unas cuantas cervezas pendientes.

Daryl sonrió. Definitivamente también echaba en falta a la mayor de las hermanas Greene.

—Vete a estudiar, empollona —le chinchó él.

—Que te den, paleto —le replicó ella con una risita. Daryl colgó el teléfono y se dirigió de vuelta al taller, más cansado que antes.

¿Y ahora qué iba a hacer?

—Eh, Daryl, ¿me echas un cable? —oyó que le decía su compañero Ted. Se giró como si hubiera encontrado la solución a todos sus problemas—. ¿Qué?

—Tienes que hacerme un favor —dijo Daryl.


Unos días después, Daryl estaba en el trabajo, como de costumbre, cuando Joe, su jefe, abrió la puerta del despacho y se dirigió hacia él hecho una furia.

—Dixon, tienes una llamada.

— ¿De quién? — preguntó, limpiándose las manos de grasa en un trapo.

— ¿Y yo qué coño sé? ¿Te crees que soy tu puta secretaria? ¡No pienso estar pasándote llamadas! Si tienes que hablar por teléfono usa la cabina, joder.

Daryl no aguantaba al capullo de su jefe lo más mínimo, pero a la hora de cobrar decidía que su estupidez era lo suficientemente soportable durante un mes más. Y cada mes se repetía esa fase en la que daría un brazo por renunciar pero sabía que tendría que empezar a traficar con drogas si lo hacía.

Tiró el trapo al suelo sin mucha gracia y se dirigió a la diminuta oficina.

—Y date prisa —gruñó Joe, antes de volverse hacia un chico que había llegado nuevo hacía poco—. ¡Eh, eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Quieres terminar de cargártelo?

Daryl lo ignoró y cogió el teléfono.

— ¿Quién es?

— ¿Daryl? —se quedó sin respiración un instante. Separó el teléfono de su oreja y miró el auricular con temor, como si Beth pudiera estirar la mano y entrar allí de pronto.

—Sí —contestó al cabo de unos instantes—. ¿Qué pasa?

—Nada, nada —respondió ella, repentinamente tímida—. Simplemente quería saludar.

— ¿Cómo sabes el teléfono?

—Llamé a información. No es tan difícil.

—Ya, pues has llamado a mi jefe, Beth. Digamos que no está muy contento.

—Perdona —se disculpó ella.

—Da igual.

Permanecieron en silencio durante un período que Daryl hubiera descrito como interminable, hasta que al fin Beth suspiró:

—Muy valiente por tu parte el mandar a un desconocido a devolverme la furgoneta.

—No tenía tiempo para ir —mintió Daryl.

—No sabía que tenías la agenda tan apretada —dijo fríamente Beth.

—Tampoco es que sepas gran cosa de mí —replicó irritado. Suspiró y se masajeó el puente de la nariz, esperando oír algún sonido al otro lado de la línea.

—Es verdad. No sé nada de ti —dijo finalmente—. No te molesto más. Adiós.

Daryl trató de responder algo, pero ella ya había colgado. Miró el teléfono un segundo antes de colgar y dirigirse de nuevo al trabajo. Tenía cosas que hacer.


Daryl apareció por la granja dos semanas después a la hora de cenar. Tenía toda la intención de llevarla a cenar a algún sitio, aunque fuera a una cafetería, y disculparse con ella. Había estado siendo un imbécil inmaduro y no se lo merecía. Se disculparía, harían las paces y entonces él se encargaría de mantener las distancias para que ella pudiera seguir con su amistad y olvidarse de aquella estúpida noche.

Una parte de él se extrañó al ver que Beth no estaba esperándole en el porche como de costumbre. Tuvo que recordarse a sí mismo que llevaba casi un mes sin aparecer por allí y que ella estaba cabreada.

Suspiró, y reuniendo valor, apretó el timbre. Pudo oír el sonido expandiéndose por las paredes de la casa, recogiendo las vibraciones hasta quedar disueltas, pero no escuchó ruido alguno. Volvió a pegar al timbre, sin recibir respuesta. Se asomó a la ventana, donde comprobó que las luces estaban encendidas, pero no había movimiento.

Pegó hasta tres y cuatro veces con igual resultado. Se dio la vuelta, dispuesto a volver a casa, cuando oyó el inconfundible sonido de un vehículo acercándose en la distancia.

Daryl entrecerró los ojos para poder vislumbrar al coche que se dirigía hacia la casa en la oscuridad. No era de ninguno de los miembros de la familia Greene, y si el hecho de que no reconociera el modelo se lo hiciera sospechar, el que llevara la música a todo volumen a aquellas horas era la confirmación.

El coche llegó hasta su destino y aparcó, pero ni la música cesó ni salió nadie de las puertas. Daryl se alejó del porche en dirección al coche, donde vio dos figuras en los asientos delanteros. No tardó en reconocer el pelo de Beth, que le daba la espalda, inclinada hacia el conductor.

Sintiendo que la rabia se apoderaba de él, dio un par de zancadas hasta llegar al coche y golpeó la ventanilla con fuerza. Beth pegó un respingo y se dio la vuelta, abriendo desmesuradamente los ojos al verle allí plantado con cara de pocos amigos. Se giró un segundo para decirle algo a aquél capullo, antes de abrir la puerta con dificultad. Daryl se apartó para que pudiera salir y la observó el silencio, mientras el coche se alejaba en la distancia.

—Daryl —dijo ella, conmocionada—, ¿qué estás haciendo aquí?

—La pregunta es qué coño estabas haciendo tú — gruñó él, furioso. Beth pareció recordar entonces que era ella la que estaba enfadada, porque frunció el ceño y, sin mediar palabra, comenzó a caminar hacia el porche—. Te estoy hablando, Beth.

—Y yo te estoy ignorando —replicó ella. Sacó un manojo de llaves del bolso y comenzó a buscar desesperadamente la correcta para entrar. Daryl se apoyó en la puerta para evitar que la abriera. Beth se alejó y suspiró—. ¿Te importaría quitarte para que pueda pasar?

— ¿Quién era ese?

— ¿Y a ti qué te importa?

—Me importa —contestó él. Beth suavizó el ceño un instante, antes de volver a fruncirlo, esta vez con más fuerza.

—No tengo ganas de hablar. Por favor, vete —dijo, y antes de que pudiera contestar, ya había cerrado la puerta, con tanta fuerza que los vidrios de las ventanas temblaron amenazadoramente.

Daryl se giró a tiempo para ver cómo el coche desaparecía del todo. Apretó los puños en un intento de no pegarle un puñetazo a la pared. El muy cabrón, pensó Daryl al recordar la silueta de Beth apoyada contra él. Tragó en grueso y, sin poder evitarlo, le lanzó una patada con muy mala idea a una de las columnas del porche. Tuvo que reprimirse para no soltar un quejido. Encima de idiota, nenaza.

Se dirigió a su coche y abandonó la granja de los Greene sin mirar atrás.

Dos semanas después, mientras volvía del trabajo a casa, se sorprendió al encontrar a la mayor de las hermanas Greene sentada en la escalinata de su portal. Bajó de la motocicleta mientras Maggie se ponía en pie con una sonrisa.

—Vaya, vaya, mira quién ha vuelto —dijo él. Maggie se encogió de hombros y extendió los brazos, como si dijera: ¿y qué quieres?

—He terminado los exámenes un poquito antes de lo previsto. Básicamente, no me he presentado al último — añadió, al ver la expresión del cazador—. Oye, no es culpa mía.

— ¿Te han puesto una pistola en la cabeza?

—Es que… —se humedeció los labios, titubeando—, me he quedado en blanco, Daryl. Era un examen oral frente a un tribunal. Cinco tíos mirándome mientras yo tartamudeaba y hacía el imbécil. Me han nombrado y al entrar, les he mirado y he salido corriendo —enterró la cara entre sus manos—. Dios, soy estúpida.

— ¿Tú, dejándote intimidar por cinco tíos? —Chasqueó la lengua y meneó la cabeza, haciendo como si estuviera muy decepcionado—. Se me ha caído un mito, Greene.

Maggie le pegó un pequeño empujón en el hombro.

—Ese examen era importante, Daryl. Joder, la he fastidiado pero bien. Se acabó terminar la carrera en menos de diez años. Madre mía, ¿y ahora qué voy a hacer? Qué vergüenza.

—Mags, relájate —instó Daryl.

— ¡Jamás le digas a una mujer que se relaje, Dixon, es de manual! —le chilló Maggie, exasperada. Suspiró y cerró los ojos—. Perdona. Encima me he peleado con Glenn, y… estoy de mal humor, eso es todo.

—Tengo una idea: vamos al bar, como en los viejos tiempos —propuso Daryl. Lo cierto es que él también necesitaba ahogar sus penas en alcohol. Una pena de pelo rubio y ojos azules emparentada con la chica con la que pretendía emborracharse. Pero Maggie negó con la cabeza, desconcertándole.

—Venía a buscarte. Hay "cena familiar" —alzó una ceja mientras lo decía.

—No.

—Sí —resopló ella—. Ha venido Shawn con su prometida y mi padre ha decidido que era la ocasión perfecta para presentarla a la familia. Y Glenn sin hablarme, y Beth depre, y yo…

— ¿Beth qué? —le interrumpió bruscamente.

—Sí. Llegué anoche desde la residencia y ni siquiera salió de su cuarto a saludarme. Estaba muy rara. Ni siquiera cuando murió mi madre estaba así. ¿De verdad no lo habías notado?

Daryl tuvo una punzada de culpabilidad al darse cuenta de que había estado evitando a la chica las últimas semanas, y ahora volvía a estar en las mismas que cuando comenzaron a llevarse bien. Daryl no podía dejar de sentirse un capullo cuando se trataba de Beth.

—No —dijo, intentando cambiar de tema—. ¿Y qué te ha pasado con Glenn? ¿No era "el indicado" ese del que hablabas tanto?

Y así, de camino al coche, todo el viaje hasta la granja, Maggie rellenó el silencio con su interminable historia sobre algo que Daryl ni siquiera entendió. Estaba demasiado absorto en sus propios pensamientos, y aunque había echado de menos a su amiga, había olvidado lo mucho que podía hablar si estaba especialmente inspirada.

La granja estaba más llena de lo que Daryl recordaba. Mientras se acercaban a la vivienda, Daryl podía ver más claramente las siluetas de personas pasando frente a las ventanas. Julie, la prometida de Shawn, resultó ser igual de charlatana que Maggie, por lo que no tardaron en hacerse amigas. Daryl se enfrascó en una conversación con los hombres Greene acerca de los problemas que no paraba de dar la vieja furgoneta mientras miraba disimuladamente en busca de Beth.

—Mi hija está terminando la cena —dijo el anciano, como si pudiera leerle la mente. Daryl giró el cuello bruscamente para encararle y asintió, tratando de aparentar que no había estado buscándola toda la noche.

Cuando la vio aparecer bajo el marco de la puerta de la cocina creyó que no sería capaz. Que no podría mirarla y fingir que no estaba deseando hablar con ella, que se levantaría a ver si estaba bien, pero de alguna forma se las apañó para quedarse pegado a su silla, aferrado al mantel como si le fuera la vida en ello.

Beth parecía tan normal como siempre, quizás incluso más ligera que de costumbre. Le sorprendió que Maggie le hubiera dicho que estaba deprimida: a él le daba la sensación de que estaba estupendamente. Comenzó a servir platos y a repartirlos a lo largo de la mesa, y cuando le llegó el turno a él, esperaba alguna mirada de reojo, una señal de que había notado su presencia, algo. En su lugar obtuvo una mirada vacía y un plato lleno de comida.

—Gracias —murmuró. Beth hizo un mudo asentimiento y continuó sirviéndole a su padre y a Julie. Una vez sentados a la mesa, Daryl comprobó que Beth se había puesto en el sitio que solía ocupar Annette, junto a su padre… junto a él.

Contuvo la respiración cuando ella le sujetó la mano para bendecir la mesa. Julie parecía sorprendida porque continuaran con aquella costumbre, pero se mantuvo en un prudente silencio y se unió a los demás en aquella tradición.

Hershel pronunció las mismas palabras de agradecimiento que Daryl había estado oyendo durante los últimos dos años, mientras que notaba que Beth se limitaba a sostener su mano, mas no había otra cosa que no fuera frialdad en ellas. Se le encogió el estómago.

Una vez terminada la cena, Maggie y él salieron al porche para hablar un rato. En realidad, consistió en una hora que Daryl hubiera descrito como interminable en la cual Maggie hizo un monólogo explicándole hasta el último pormenor de la universidad, detalles sobre su relación con Glenn que Daryl hubiera preferido que comentara con una compañía femenina, y cincuenta repeticiones de la pregunta "¿Estás bien?", a lo que Daryl asentía antes de que ella se diera por satisfecha y continuara hablando.

—Daryl, en serio, ¿estás bien? —volvió a preguntar.

—Hm-mm —respondió él. Maggie frunció el ceño.

—No, a ti te pasa algo. Llevas toda la noche callado.

—No quería interrumpirte —mintió.

—Ya. Venga, cuéntame, ¿qué es? ¿Es por el capullo de tu jefe otra vez? Podemos ir a quemarle el coche si quieres —bromeó ella. Daryl hizo un amago de sonrisa, pero negó con la cabeza.

—Estoy cansado, ya está.

— ¡Maggie, Daryl! —Llamó Hershel desde el interior—. ¡Vamos a tomarnos un café! ¿Os apetece?

— ¡Sí, en un minuto! —Gritó Maggie en respuesta—. Venga, vamos. La cafeína no está mal para sustituir el alcohol a veces.

—No tengo ganas de café —gruñó Daryl—. Ve tú, yo me quedo.

—Vale, señor Refunfuñón —le imitó Maggie con una sonrisa—. Ahora vuelvo.

Maggie entró a la casa y Daryl se quedó a solas en el porche. Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo y se encendió uno, dejando que la nicotina actuara por sí sola.

Llevaba un par de minutos allí sentado cuando oyó un ruido extraño, algo parecido a un quejido, y luego un golpe que rompió el silencio. Daryl apagó inmediatamente el cigarrillo y se puso en pie, echando en falta su ballesta, y se dirigió al origen del escándalo.

— ¡Beth! —exclamó, al encontrarse a la joven tirada a cuatro patas en la tierra, tratando de levantarse. Al parecer, no tenía mucho éxito en su empresa, porque trastabilló y, de no ser por la ayuda del cazador, hubiera vuelto al suelo en un instante. Cuando logró estabilizarse, se apartó de golpe de Daryl, como si no quisiera que la tocara. Daryl hizo como que aquello no le dolía en lo más profundo de su diminuto amor propio—. ¿Qué coño haces?

— ¿Y a ti qué te importa? —Gruñó ella, limpiándose la tierra de las rodillas—. Mierda, me he hecho sangre.

— ¡Beth! —medio gritó Daryl, exasperado—. He dicho que qué coño estabas haciendo. ¿Pretendías matarte o qué? ¡Podías haberte hecho daño!

— ¡Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo! —replicó ella, alzando la voz.

—Yo que tú tendría cuidado con esos gritos, porque puede que sea tu padre el que salga a ver qué pasa —gruñó Daryl. Beth se calló de inmediato, pero manteniendo su expresión—. Y ahora, ¿vas a contarme qué mierda hacías tirándote por la ventana?

Beth evitó su mirada.

—He quedado —levantó la vista un instante, y fue entonces cuando Daryl comprobó que se había maquillado. De hecho, parecía haberse arreglado entera. Llevaba un mono negro ceñido a juego con las sandalias con motivos plateados. Se había soltado el pelo, dejando que cayera suavemente a un lado en ondas, y tenía los labios pintados de rosa claro, a juego con su tono natural. El lápiz de ojos resaltaba el azul de sus ojos, que brillaban de rabia en aquellos instantes. Daryl tuvo que hacer como que no se había dado cuenta de que estaba preciosa y fingir que estaba más cabreado que impresionado.

— ¿Quedar? ¿Con tu amiguito del otro día? —bufó él.

— ¿Pero a ti qué te importa, Daryl? ¡Es mi vida!

— ¿Sabes la hora que es? ¿Vas a salir? ¿Va a venir tu amigo a buscarte y luego traerte, o te va a dejar plantada?

—No le conoces. Es un buen chico.

—Sí, maravilloso —replicó, mordaz.

—Que te den, yo no me meto en lo que haces. Deja que yo haga lo que quiera.

—Tienes dieciocho años, no tienes ni idea —desechó sus argumentos sacudiendo la mano.

—Claro, porque yo soy la cría, ¿verdad? ¡Yo soy la inmadura! ¡Soy yo la que sale huyendo cuando las cosas empiezan a ponerse raras, soy yo la que te evita para no tener que hacer frente a lo que sea que estuviera pasando, soy yo la que manda a alguien para no tener que cruzarme contigo, y soy yo la que espera que tú…! —se calló y se mordió el labio, con los ojos llenos de lágrimas. Daryl quiso hacer un agujero en el suelo y meter la cabeza para no salir jamás. Sentía la sangre correr por su cuello hasta llegar a sus mejillas, tiñéndolas de rojo. No era capaz de responderle si le miraba de aquella forma—. Di algo de una vez.

—Beth… —se masajeó el puente de la nariz, suspirando—, sabes que las cosas no pueden ser así. Eres la hija de Hershel, y la hermana pequeña de Maggie, pero eso…

—Oh, venga ya —resopló Beth, dándose media vuelta—. No me puedo creer que me saltes con eso. ¿Así que para ti soy solo la hermana de tu amiga? ¿No he sido tu amiga? ¿No hemos pasado semanas los dos juntos, hablando, contándonos cosas? ¿O es que te daba lástima? ¿Te daba miedo que terminara lo que no acabé aquél día en el baño?

Daryl cerró los ojos, tratando de sacar de su mente aquella dolorosa memoria. Recordaba perfectamente cómo tenía la muñeca, que ahora estaba discretamente tapada por pulseras que tintineaban cuando agitaba la mano.

—Eres mi amiga, Beth —concedió lo más calmadamente que pudo—, pero nada más. Aún eres una niña.

Beth se mantuvo así, dándole la espalda, observando la pintura descascarillada de la fachada de su casa. Daryl no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que notó que le temblaban los hombros ligeramente. Se sintió incómodo. Nunca se le había dado bien consolar a nadie, pero creía que ella lo necesitaba. Se acercó y apoyó la mano en su hombro.

—Eh, Beth —dijo con suavidad, con miedo de cagarla—, eh, oye, mírame.

Pero ella se mantuvo así. Y de pronto, se giró y le cruzó la cara con todas sus fuerzas, que resultaron no ser pocas. Daryl estaba tan sorprendido por la potencia de su manita golpeando su cara que le costó asimilar que dos segundos después, los labios de Beth estaban sobre los suyos. Trastabilló ligeramente antes de poder mantener el equilibrio, pero para entonces Beth ya se había separado de él y él no era capaz de decir palabra.

Y la miró de una forma completamente nueva. Tenía las rodillas raspadas, la ropa ligeramente manchada de tierra, estaba despeinada por la caída y tenía la punta de la nariz roja, a juego con sus ojos, por los que se derramaban diminutas lágrimas que surcaban su rostro, destrozando su maquillaje poco a poco. Los labios aún rosados. Dios, necesitaba volver a besarla.

—No soy una niña —dijo solamente, antes de pasar de largo. Ni siquiera había sido consciente de que mientras ella le tomaba el pelo, el coche de ese capullo había llegado con las luces apagadas. Beth caminó hacia este con paso digno y la cabeza alta, y se metió en el coche sin ni siquiera volverse para mirarle una segunda vez.

Daryl vio cómo el coche desaparecía al pasar una curva, en el momento exacto en el que oía la puerta de la casa abrirse de nuevo.

—Eh, Daryl, ¿dónde estás? Mi hermana está al borde del colapso —le llamó Shawn a voz en grito. El cazador parpadeó un par de veces antes de girarse y hacerse paso hasta la casa—. Hey tío, ¿estás bien? Estás rojo.


¡Oh, fin del capítulo y primer beso! ¿Muy previsible, muy pronto? ¡Yo solo sé que me moría de ganas de escribirlo!

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¡Un abrazo!