No quería dejar pasar la oportunidad para agradecer a todas las personas que han seguido esta historia, que le han dado favoritos y han dejado reviews. Estoy malita y habéis conseguido sacarme una sonrisa de oreja a oreja. ¡Muchas gracias! Y ahora, sin más dilación, demos paso al capítulo:


Los días siguientes fueron un tormento para Daryl. Se pasaba el día de casa al trabajo y del trabajo a casa. Estar en el taller era, aunque nunca lo hubiera pensado, una especie de alivio: tenía que concentrarse en su tarea y nada más. Sin embargo, al llegar a casa, la imagen de Beth le asaltaba de nuevo. Tenía que resistir la tentación de coger la moto e ir hasta la granja para volver a verla, cosa que no resultaba tan difícil una vez pensaba en lo humillante que sería que le rechazara, que se apartara como había hecho aquella noche, como si le diera asco que la tocara.

Pensó que salir con Maggie le animaría un poco, pero lo cierto es que resultó ser todavía más estresante. Se sentía como si hubiera traicionado la confianza de su amiga, por lo que cada segundo juntos era como si estuviera mintiéndole más rato. Además, Maggie había recibido una visita sorpresa de Glenn en la granja de su padre y estaba presentándoselo a toda la familia y disfrutando de los pocos días libres que les quedaran juntos antes de volver a la facultad para una nueva ronda de días enteros sin salir de la habitación y cantidades tóxicas de cafeína. Daryl no pudo sentirse más aliviado de no tener que inventar alguna excusa para no salir con ella.

De modo que iba al trabajo, se entretenía durante las horas que tuviera que pasar allí, comía a toda prisa, volvía al trabajo lo antes posible, salía el último y volvía a casa con la sensación de vacío que sabía que sentiría en cuanto pusiera un pie en ella. Echaba de menos la granja de los Greene, cálida y llena de familiaridad. Bueno, lo que solía ser la granja de los Greene. De hecho, echaba de menos a Beth, pero eso era algo que no pensaba admitir ni siquiera a sí mismo.

Se iba al sofá con un paquete de latas de cerveza, encendía la tele y bebía hasta que sentía que los párpados le pesaban toneladas, y entonces, o bien se quedaba dormido frente a la televisión, con una lata de cerveza en su mano, que se soltaría y se derramaría por el suelo, o bien tendría energía suficiente para arrastrarse hacia la cama y dejarse caer como un pesado fardo que dormiría hasta que el maldito despertador le llamara a la mañana siguiente.

Aquella semana del infierno tocó a su fin el viernes en el que Maggie le informó de que volvía a la universidad. Accedió a regañadientes a verla, y se encontraron en un café cercano a la granja, donde conoció a Glenn, un coreano que parecía bastante majo, y que sobre todo, estaba loco por su amiga. Daryl no podía estar más satisfecho con la elección que Maggie, por una vez, había hecho bien. Eso no hacía que quisiera permanecer más tiempo con la parejita acaramelada, por supuesto. Se inventó una excusa para largarse – excusa que aceptaron de buena gana, pues parecían bastante más interesados en sus propias bocas que en Daryl – y él se marchó discretamente, haciendo rugir su motocicleta en el silencio del tranquilo pueblo.

Acababa de llegar a casa cuando oyó desde dentro que el teléfono no paraba de sonar. Le sorprendió: sólo solían llamarle Maggie y su jefe, cuando le apetecía tocarle la moral para ver hasta qué punto aguantaría sus tonterías.

Cogió el teléfono de mala gana, dispuesto a soltarle cuatro cosas que llevaba pensando para dejarle claro que por aquella mierda que le pagaban no pensaba seguirle el rollo más.

— ¿Qué? —respondió agriamente.

—Daryl — oyó que murmuraban al otro lado del teléfono. Parpadeó, confuso, al oír la vocecita que le estaba hablando—. Daryl, ¿estás ahí?

— ¿Beth? —preguntó, conmocionado.

—Necesito que me hagas un favor — su voz sonaba como si estuviera constipada. Podía oír algo parecido al castañeo de dientes—. No puedes decírselo a nadie.

— ¿Qué pasa, Beth? —Daryl estaba deseando colgar el teléfono e ir a buscarla, pero no sabía por dónde empezar—. ¿Dónde estás?

—En un bar, el O'Connell. Está en el centro —murmuró.

— ¿Qué coño haces ahí, Beth? — claro que conocía aquél bar. Maggie le había arrastrado una noche, cuando un compañero de facultad le dijo que se servía la mejor cerveza de todo el estado de Georgia, y habían tenido que irse porque hubo tal pelea que la policía hizo uso del gas lacrimógeno. No era el mejor sitio para una chica como ella.

—Estaba con Jake, pero hemos discutido y se ha marchado y no sé qué hacer… —se le quebró la voz—. ¿Te importaría venir a recogerme?

—No te muevas de ahí, Beth, y no hables con nadie —ordenó, antes de colgar el teléfono con brusquedad. Cogió la chaqueta y se la puso mientras buscaba frenéticamente las llaves de la moto. Quiso golpearse cuando se dio cuenta de que las tenía en la mano todo el tiempo.

Cálmate, se dijo a sí mismo.

Se montó en la moto y condujo a una velocidad mucho mayor de la permitida hasta allí. A una velocidad normal hubiera llegado en veinte minutos escasos, pero no podía dejarla tanto tiempo allí sola. No tardó en encontrarla: destacaba entre la marabunta de moteros que no paraban de mirarla con ojos lascivos. Ella estaba allí parada cerca de la carretera, mirando a ver si le encontraba. Trataba de resguardarse del frío rodeándose con los brazos, pero se notaba que estaba helada. No le extrañaba: él venía en la moto con la chaqueta y sentía escalofríos. Ella tenía que estar cerca de la hipotermia, con aquella blusa de manga corta y ninguna chaqueta.

Estaba a punto de aparcar en la puerta cuando vio que uno de los hombres se acercaba a ella. Era un tipo robusto, que seguramente pesaría y mediría el doble que Daryl, y se colocó a escasos centímetros de Beth, invadiendo incómodamente su espacio personal, riendo desagradablemente. Le dijo algo y ella negó con la cabeza, y entonces él se aproximó más a ella, echándole el brazo por encima.

Llegó hasta allí a tiempo para ver cómo Beth le apartaba de un empujón y decía algo.

— ¡Maldita zorra…! —exclamó el hombre, alzando el puño. Beth levantó la rodilla y, ni corta ni perezosa, le propinó una patada con todas sus fuerzas en su punto más débil: la entrepierna. Cayó de rodillas, sujetándose aquella parte tan delicada con ambas manos, mientras boqueaba en un intento de aspirar algo de aire. Daryl no pudo evitar sentir una punzada de orgullo al ver que ella no necesitaba que nadie le protegiera.

Por desgracia, esa punzada se desvaneció cuando el resto de los amigos se dirigieron a ella con cara de cabreo.

— ¡Beth! —exclamó—. ¡Vamos, sube!

Beth se giró y no tardó en echar a correr, subiéndose al mismo tiempo que Daryl arrancaba, que fue justo cuando uno de ellos alzaba ambos brazos para engancharla, logrando rozar la punta de un mechón de su pelo antes de que se desvanecieran en la noche.

Pararon en una gasolinera, no muy lejos de casa de Beth. Ésta bajó de la moto mientras Daryl se acercaba a la caja para pagar el combustible. Se paró a mitad de camino, observándola: Dios, aquella blusa era demasiado fina para protegerla del viento. Haciendo caso omiso del espectáculo de vello erizado por el frío que se produjo en su cuerpo, se quitó la chaqueta y se la tendió. Ella negó con la cabeza.

—Estoy bien —mintió.

—Cógela —insistió él, en un tono que no admitía réplica. Ella dudó unos instantes antes de aceptarla, pero finalmente alzó la mano y la tomó, poniéndosela rápidamente, acurrucándose dentro de la prenda. Daryl la miró un momento antes de volver hacia la caja. Pagó y echó la gasolina, negándose a dirigirle la palabra. Estaba demasiado cabreado y no quería explotar.

—Daryl… —comenzó ella, pero él levantó la mano para que se detuviera—, lo siento.

—No —la cortó él rudamente—. No quiero oírlo.

—Jake es un idiota, ya lo sé…

— ¡La que se ha portado como una idiota eres tú! —estalló, sin poder contenerse más. Beth retrocedió un par de pasos, impactada por el súbito cambio de Daryl—. ¿Qué creías que iba a pasar si salías con un tío como ese, Beth? ¡Te dije que tuvieras cuidado! ¿Quieres que te dejen de tratar como a una niña, eh? ¡Pues deja de comportarte como si lo fueras! —gritó, desahogándose por completo. Pero Beth no iba a quedarse así parada como si nada, por supuesto que no. ¿Acaso Daryl había olvidado que trataba con una de las chicas Greene? Adelantándose hasta quedar a su altura – o bueno, a la altura de su hombro – se inclinó y frunció el ceño.

— ¿Con qué derecho te preocupas ahora por mí, Daryl? ¡Después de que me dejaras ahí tirada! Mi madre murió y tuve que "superarlo". Mis hermanos me dieron la espalda y mi padre prefirió dedicarse al trabajo antes que pasar tiempo conmigo. ¡Estaba sola! ¡Estoy sola, Daryl! ¡Y de pronto llegaste tú, y por fin tenía una razón para levantarme de la cama por las mañanas, porque sabía que luego vendrías y ya no estaría sola!

— ¿Así que es eso? —Daryl se sintió repentinamente cabreado —. ¡Estabas sola así que te aferraste a un clavo ardiendo porque era el único que estaba ahí!

Beth se quedó momentáneamente trastocada.

— ¿Eso es lo que piensas?

—Es lo que sé.

Y la confusión se trocó de nuevo al enfado inicial.

— ¡No lo sabes! ¿Crees que si no hubiera querido estar sola no hubiera ido con mis amigos a todas partes para evitarlo? Si pasaba el tiempo contigo era porque quería pasarlo contigo. Las cosas se han puesto raras entre nosotros y es una mierda, porque ahora parece que te da miedo estar a solas conmigo —añadió, bajando la voz conforme iba terminando la frase. Le miró, con tal expresión de vulnerabilidad que Daryl quiso adelantarse y abrazarla, pero se contuvo—. Toda mi familia me ha dado la espalda… todas las personas que me importan… ¡todas, incluido tú!

Y le dio un pequeño empujón, que se quedó en un intento, porque era como si la fuerza se hubiera desvanecido de su cuerpo. Permaneció allí, pegada a él, con la frente apoyada en su pecho, llorando en silencio aferrada a su camisa. Y él la dejó, sin estar muy seguro de qué debía hacer entonces. Decidió que sujetarla levemente era suficiente para que supiera que estaba ahí.

—No lo hagas… —murmuró, cuando su llanto se hubo calmado.

— ¿No hagas qué? — preguntó Daryl.

—No me dejes. No dejes de ser mi amigo, Daryl. Por favor… —rogó, alzando la vista. Una parte de él, la sensata, la racional, estaba prácticamente vociferando que le dijera que no, que limitara su relación a lo que era al principio: una serie de saludos incómodos al cruzarse por la casa y, quizás, unos comentarios corteses cuando se encontraran. Pero la otra, la loca, la irracional, sugería con una voz muy tentadora que la dejara allí siempre. Que apartarla sería un error, que le haría daño…

Supo que le diría que sí antes incluso de que su guerra interior se hubiese disuelto. Lo supo porque, cuando ella volvió a mirarle con aquellos ojos llenos de pureza, buscándole a él, fue plenamente consciente de que no podría volver a negarle nada que ella le pidiera. Joder, se tiraría por un barranco si ella se lo pidiera.

Lentamente, dejó que sus brazos la rodearan aún más, hasta que la tuvo fuertemente sujeta a él. Ella dobló la cabeza y apoyó una mejilla en su pecho.

Permanecieron así, en silencio, mientras los coches iban y venían en aquella gasolinera en mitad de la nada.

—Daryl… —dijo ella al fin—, mi padre me mataría si se enterara. Maggie me mataría por él si se enterara.

—No soy tan tonto como para contárselo —respondió él. Notó cómo se relajaba en su abrazo, hasta que se fue separando poco a poco, hasta quedar frente a él, con las manos apoyadas a cada lado de su cuerpo. Sonrió dulcemente, y Daryl le devolvió la sonrisa.

—Gracias —murmuró ella.

—Ni las des, Greene —le tendió un pañuelo del bolsillo trasero—. Anda, límpiate la cara. Pareces un mapache.

Ella le dio un suave golpe en el hombro, pero se rio suavemente. Entonces se dio cuenta de que estaba emborronándose aún más el maquillaje con aquél pañuelo y, al mirarse, se echaron a reír aún más fuerte antes de volver a lanzarse a su pecho.

Los trabajadores de aquella gasolinera tuvieron tema de conversación para el resto del turno.

—Están locos —decía uno de ellos negando con la cabeza.

—El uno por el otro —replicó su compañera, sonriendo, antes de que él resoplara ante la cursilería de su colega.


¡Oh, dios, dios, inyectadme insulina! Lo sé, soy la chica más cursi del planeta, pero es que me lo pedía el cuerpo. Además, intentemos pensar que en esta parte Daryl ya lleva cerca de año y medio prácticamente conviviendo con los Greene, acostumbrado a sus muestras de afecto, a hablar... es como si la "terapia" de Merle y de su tóxica familia le hubiera llegado en forma de cinco personitas muy especiales.

¡Gracias por leer! ¡Si os ha gustado, dejad un review!

¡Un abrazo!