El otoño pasó sin pena ni gloria por Georgia. Beth y Daryl continuaron viéndose con la misma frecuencia que solían tener antes. Para ser específicos, no pasaba un día sin que se vieran. Daryl había renunciado al trabajo y se había vuelto a ver con una mano delante y la otra detrás, pero para su sorpresa, Beth tenía la solución.
—El tío de una amiga trabaja en un taller de motocicletas. A ti se te dan bien, ¿verdad? —Daryl gruñó—. Venga, no seas así. Se te dan bien. Lo sé. Seguro que puedo pedírselo como un favor.
—No me hace falta tu caridad, Beth —dijo él, en un tono más brusco del que pretendía. Pero Beth no se ofendió.
—No es caridad. Somos amigos, ¿no? Los amigos se ayudan cuando hay problemas —dijo ella, y el asunto pareció quedar zanjado.
Una vez conseguido el trabajo, Daryl descubrió que tenía hora y media para comer, una hora y cuarto más que en sus dos empleos anteriores. Tenía tiempo de sobra para ir hasta el instituto de Beth y recogerla. Por su parte, la chica estaba más y más estresada cada día.
—Me da pánico, Daryl, pánico —decía ella.
—Vas a pasar.
— ¿Y si no entro? ¿Qué voy a hacer?
—Puedes empezar Veterinaria.
—Sí, claro, como mi padre y mi hermana —bufaba ella, cruzándose de brazos—. Preferiría tirarme por un puente.
—No lo digas muy en alto, nunca se sabe.
—No, no. Mi padre y yo ya hemos tenido esta conversación. Él quiere que considere Medicina o Veterinaria si no entro en Música, pero ya le he dicho que me niego en rotundo. No puede seguir tratándome como a una niña eternamente —refunfuñó, hundiéndose aún más en el asiento. Al ver que Daryl no paraba de mirarla, frunció el ceño—. ¿Qué?
—Eres igual que tu maldita hermana —rio Daryl. Beth abrió los ojos desmesuradamente y soltó una risita.
— ¿Yo? ¿Igual que Maggie?
—Sí —afirmó—, las dos tenéis el mismo mal genio Greene. Igual que vuestro padre.
—Hazte un favor a ti mismo, y jamás le digas eso a Maggie. Te matará —dijo ella, retorciéndose de la risa. Al final, su risa se contagiaba a Daryl, y acababan los dos riendo sin motivo alguno de camino a la granja.
Un poco antes de Nochebuena, Daryl y Beth quedaron para ir a tomar algo en una cafetería del centro. A Beth le apetecía mucho ver las luces navideñas y a él no le importaba acompañarla a verla. De hecho, le divertía ver cómo se le iluminaban los ojos al contemplar aquél estallido de colores frente a ellos. Era como si volviera a tener cinco años. Le cogía de la mano y le arrastraba a todas partes mientras señalaba con expresión asombrada.
—Venga, Greene, es todos los años la misma —le chinchaba él. Beth ponía cara de indignada y levantaba la barbilla.
—No tienes espíritu navideño, Daryl Dixon.
Y entonces él alzaba las cejas, no queriendo alargar la conversación por si ella se molestaba de verdad por su falta de entusiasmo y le soltaba la mano.
Pero eso, por suerte, nunca sucedía, y ella seguía arrastrándole a todas partes, hasta que por fin llegaron a la cafetería y él la obligó a entrar para poder tomar algo que calentara aunque fuera sus extremidades congeladas. Él gruñó de nuevo acerca de lo absurdo que era ir a ver algo que ponían todos los años y ella hizo caso omiso, sabiendo que era el frío lo que le ponía de mal humor, antes de cogerle las manos como si no fuera nada y echar el cálido aliento para calentarlas. Daryl se quedó inmovilizado, tratando de no sonrojarse como un niño de doce años, y ella sonrió al ver que no lo consiguió, como si fuera algo normal. Porque para ella simplemente era Daryl, al que le incomodaba que lo tocaran.
— ¡Hola! —apareció una chica de la nada, con el pelo color rosa chicle, que les tendió un folleto a cada uno con la foto de un spa en ellos—. Tenemos tratamientos de todos los tipos, y podéis regalar un día a otra persona. A las parejas les hacemos un dos por uno, así que si os apetece pasaros…
—Oh, nosotros no… —rio Beth, siendo ella la que se sonrojaba aquella vez. La chica miró extrañada a Beth, que aún sostenía las manos de Daryl entre las suyas—. Sólo somos amigos.
—Ah, perdonad. De todas formas, también podéis comprar tarjetas para regalar—sonrió y siguió repartiendo folletos. Beth y Daryl se miraron con incomodidad unos segundos antes de que ella le soltara las manos, cogiendo la taza de café humeante en su lugar.
—Entonces… —Daryl se aclaró la garganta—, Maggie viene con Glenn estas navidades, ¿no?
—Sí —respondió ella, sonriendo—. Este es el novio que más le ha durado. ¿Crees que se casarán?
—No lo creo —contestó él de inmediato. No se imaginaba a la mayor de las hermanas con el típico vestido blanco en la típica boda por la iglesia donde todo era perfecto. Si conocía de algo a Maggie, era por su inconfundible carácter. Y ella no era del tipo de chica que soñaba con el día de su boda.
—Bueno, quizás no con una boda por todo lo alto —reflexionó ella, como si pudiera leerle el pensamiento—, pero en el fondo es una romántica. A todas nos gusta que nos digan que estamos guapas, que nos cojan la mano, tener momentos bonitos con un chico. Por mucho que digan que no —soltó como si nada, antes de llevarse la taza a los labios. Daryl la miró, extrañado. Si aquello no era una indirecta que bajara Dios y lo viera.
—De todas formas Maggie aún tiene que terminar la carrera —trató de cambiar de tema—. Para cuando se gradúe a lo mejor ya ni están juntos.
—Ya, supongo que no —suspiró Beth, apoyando la cabeza en la cristalera de la cafetería—. Aunque será una pena: Glenn es de los pocos hombres que quedan que tienen el valor para pedirle algo así a una mujer.
Daryl estaba completamente seguro de que no estaba malinterpretando lo que era, a las claras, una indirecta muy directa. La miró, tratando de descifrar su expresión, pero estaba serena y normal, como de costumbre. Ella le devolvió la mirada, como instándole a algo.
—Yo ya he terminado. ¿Salimos de aquí? —saltó de pronto.
Daryl asintió y se dejó llevar por aquella turbulencia llamada Beth Greene. Pasearon un rato más hasta que anocheció, y entonces él la llevó a casa.
Aquella vez notó que había algo distinto en Beth. Tardó más de lo costumbre en desabrocharse el cinturón, coger el bolso, ponerse en pie, entretenerse en sacar el móvil para ver qué hora era – dos veces – y preguntar cosas absurdas. Daryl no era idiota: sabía que ella le estaba pidiendo que no la dejara irse así sin más. Y en cuanto desvió la atención de su móvil para mirarle, lo tuvo claro.
—En fin… buenas noches, Daryl —dijo ella, apartando la mirada.
—Buenas noches —musitó él. Beth abrió la puerta y volvió la vista una vez más, pero dado que el cazador tenía los ojos clavados en el volante, hizo un asentimiento y salió del coche. Daryl se tomó su tiempo para reunir valor, pero finalmente, cuando ella estaba buscando la llave correcta para la puerta, salió del coche y cerró, con más fuerza de la que pretendía, provocando que Beth se girara, sorprendida, mientras él rodeaba el coche hasta llegar al primer peldaño del porche.
— ¿Mañana tienes algo que hacer?
Beth pareció confundida un momento, hasta que negó con la cabeza.
— ¿Vamos a cenar?
Fue como si la Navidad se celebrara en la cara de Beth: primero se iluminaron sus ojos, como dos pequeñas bolitas de adorno, luego sus mejillas, como las boas que enredaban con sus extremidades al árbol, y después su sonrisa, que para Daryl era como la estrella que terminaba de decorar aquella hermosa cara.
—Claro — dijo en voz baja, con las mejillas tan sonrosadas que Daryl pensó que se habría quedado sin sangre en el resto del cuerpo. Respiró hondo antes de decir lo siguiente:
—Es una cita — añadió, antes de darse la vuelta y dirigirse de nuevo al coche. Sonrió para sus adentros al pensar en la expresión de Beth. Se obligó a no girarse hasta que no llegara a puerta. Una vez allí, volvió la cabeza: Beth seguía parada en la puerta, con las llaves en una mano y la otra aferrada a su bufanda. La sonrisa despampanante seguía allí.
Daryl se metió en el coche y salió a toda velocidad, cuidando de no chocarse con ningún árbol mientras lo hacía.
Beth se quedó plantada en el porche mientras veía cómo Daryl se marchaba. Se giró sobre sus talones y se mordió el labio, con tanta fuerza que podría haberse hecho sangre. Y luego rio. Una pequeña risita que se convirtió en una carcajada casi histérica. Por un momento creyó que podría explotar de felicidad, saltar como los corchos de las botellas de champán.
No fue hasta que llegó a casa que se dio cuenta de que no le había dicho una hora para ir a buscarla. Pensó en llamarla para decírselo, pero le entró la paranoia adolescente: ¿y si pensaba que estaba desesperado? Acababa de verla, la llamaría al día siguiente.
Pasó de largo para no mirar a la mesita del teléfono y contenerse.
El día siguiente paso con una lentitud exasperante para el pequeño de los Dixon. Se levantó como de costumbre para ir a trabajar hasta que Duck, su nuevo jefe, le mandó directo a casa.
—Mañana es Nochebuena, Dixon, ¿crees que voy a hacerte trabajar? —y nunca en su vida Daryl había echado tanto de menos al cabrón explotador de su exjefe.
De modo que se pasó el resto de la mañana deambulando de un lado para otro. Hizo la compra –no pudo evitar imaginarse las risas de Merle al verle elegir detergente para la lavadora– lavó la camioneta, con lo cual recuperó parte de su masculinidad perdida, fue a comer, y justo después se dirigió a casa para llamar a Beth y acordar la hora.
Se sintió como un quinceañero cuando se le aceleró el corazón al oír que se descolgaba el teléfono.
— ¿Diga? —se le cayó el alma a los pies al escuchar una voz masculina, terriblemente familiar y suave. Por un momento había creído que Hershel mantendría la clínica abierta en época navideña. A punto estuvo de colgar—. ¿Diga?
—Eh, sí —tartamudeó—, soy yo.
— ¡Ah, hola Daryl! —Le saludó alegremente el anciano—. ¿Qué tal todo?
—Bien, todo bien.
— ¿Vendrás mañana, verdad? Shawn traerá a Julie y Maggie a Glenn. Beth dice que preparará algo especial.
—Claro, claro que iré —Daryl se sentía como si acabara de conocer al patriarca de los Greene, tímido e inseguro de qué decir.
—Bueno, ¿y a qué se debe tu llamada?
Se le atragantaron las palabras. No sabía qué decir. La opción "he quedado con tu hija pequeña porque le he pedido una cita" no le parecía la más válida.
— ¿Está Beth por ahí? —dijo solamente, esperando que no hiciera más preguntas. Se hizo el silencio unos segundos.
—Sí, sí, está aquí mismo, espera —respondió al fin Hershel—. Ahora lo coge. Me alegro de oír de ti, Daryl. Hasta mañana.
—Hasta mañana —contestó rápidamente, sintiendo cómo sus hombros se relajaban de puro alivio. Unos instantes más tarde, la conocida voz de Beth le tomó por sorpresa.
—Hola —le saludó ella con tono suave.
—Hola —respondió él. Ninguno de los dos dijo nada durante medio minuto aproximadamente. Si no se estaba comportando como un crío de catorce años, entonces estaba siendo simplemente un gilipollas—. Ayer se me olvidó decirte a qué hora iba a buscarte. Iría por ti a las… ¿ocho?
— ¿Ocho? Sí, claro — afirmó ella.
—Bien —dijo Daryl.
—Bien —alargó la conversación Beth. Ninguno de los dos quería colgar, pero era como si de pronto ya no tuvieran nada que decirse, lo cual era casi imposible tratándose de Beth—. Hasta esta noche, entonces.
—Hasta esta noche.
—Y Daryl —saltó ella rápidamente.
— ¿Sí?
—Tengo muchas ganas —dijo, antes de colgar abruptamente. Daryl colgó, algo sorprendido, antes de soltar un bufido. Aquella chica no era normal.
A las ocho menos tres minutos Daryl aparcó la camioneta frente a la granja de los Greene, como había hecho tantas veces antes. Esta vez, sin embargo, era completamente distinto. Abrió la puerta con torpeza, como si no estuviera más que acostumbrado a aquellas bisagras semi destrozadas, mientras forcejeaba para cerrarla de nuevo. Tragó en grueso y se dirigió hacia la puerta. Se preguntó qué debía decir si le abría la puerta Hershel. O si lo hacía Maggie. No sabía exactamente a qué hora del día llegaría su amiga a la granja. ¿Y si era Shawn? Daryl nunca se había considerado un tipo débil, y si era necesario era capaz de defenderse y repartir como el que más, pero no le apetecía que el hermano mayor de Beth le partiera la cara.
Sólo sois amigos, se recordó de pronto. Y era cierto. ¿Por qué alguien iba a ver raro que saliera a cenar con una amiga? ¿No había salido mil veces antes a cenar con Maggie y nadie había insinuado nada, más allá de las típicas sonrisas esperanzadas de Annette y Hershel? Con ese pensamiento, se tranquilizó lo suficiente para alzar la mano y pulsar el botón del timbre. El zumbido vibró a través de las paredes de la casa, llegando hasta sus propios oídos. Poco después, el sonido de pasitos apresurados le indicó que no era Hershel el que abriría la puerta. Para Daryl, no hubo palabras para describir el inmenso alivio que sentía.
La puerta se abrió con un chasquido, y al momento apareció la pequeña figura de Beth bajo el marco, sonriendo como si fueran a Disneylandia.
— ¡Hola! —le saludó ella alegremente—. Qué puntual.
Daryl asintió, la incomodidad haciendo mella en él.
—Bueno, ¿nos vamos? —su sonrisa se ensanchó cuando él volvió a asentir—. Vale.
Beth se apartó un segundo para coger el bolso del mueble de la entrada, y cuando salió, Daryl sintió que se había quedado un segundo sin respiración. No intercambiaron ni una palabra mientras entraban en el coche y arrancaba. Salieron del terreno de la granja en el mismo estado, hasta que llegó un momento en el que Beth se giró, con ambas cejas alzadas:
—Daryl.
— ¿Mm?
—Puedes respirar —dijo, y se rio. Y Daryl no pudo hacer más que sonrojarse de pura vergüenza, obligándose a sí mismo a relajarse al mismo tiempo—. ¿Qué tal el día?
El resto de la cita fue casi como los días que habían estado saliendo juntos como amigos, pero de una forma totalmente distinta. Era como tener deja vu y al mismo tiempo no recordar nada como aquello.
Beth entrelazó sus manos en un momento determinado de la noche sin razón alguna, y Daryl se envalentonó lo suficiente como para cubrir la suya por una vez y acariciar con cuidado sus nudillos con el pulgar. Beth sonrió ante el contacto, sorprendida y a la vez feliz porque se atreviera a hacer algo más que limitarse a dejar que sus manos se tocaran.
Aquella noche, cuando el reloj marcó las once y media, Daryl volvió a aparcar la camioneta frente a la granja de los Greene y la acompañó hasta el porche. Fue como vivir la adolescencia que nunca había tenido quince años después. Ella le miró, jugueteando con las llaves, como si no quisiera irse, hasta que finalmente él se acercó y le robó – si es que se le puede llamar robo a algo que la otra persona está deseando que se le quite – un casto beso en los labios que duró apenas un segundo, pero lo suficiente para que Beth se sonrojara, como si ella no le hubiera besado con mucha más intensidad no hace mucho justo después de haberle abofeteado. Era algo que a veces le confundía: en un momento pasaba de ser la Beth pajarito, la Beth que él había conocido hacía dos años, tímida, dulce y alegre, a convertirse en un fénix en llamas que parecía arder con todo. Susurró un buenas noches y entró, dejando a Daryl sin más compañía que el viento silbante y el ulular de un búho solitario.
Su segunda cita fue un día después de Navidad, cuando nadie tenía ganas de hacer preguntas de a dónde iba Beth, y no hicieron más que ir a un bar, uno no muy recomendable, pero uno en el que el camarero miraba hacia otro lado por una pequeña propina. Fue la primera vez que Beth probaba la cerveza – en realidad, la primera vez que tomaba alcohol de cualquier tipo – y el sólo acercarse la hizo estornudar de una forma que Daryl encontró adorable. Ella le miró, frunciendo el ceño como si estuviera ofendida:
— ¿De qué te ríes? —dijo, y tomó un buen sorbo de golpe, intentando disimular la mueca de desagrado ante el sabor, mientras que Daryl trataba de esconder la sonrisa que estaba a punto de convertirse en carcajada. Beth se limpió los labios con el dorso de la mano y tomó otro sorbo, esta vez más pequeño—. No está tan mal.
Y aquella noche, cuando Daryl apagó el motor frente a su puerta, como había hecho dos noches antes, no salió inmediatamente. Le tendió el pequeño paquete envuelto en papel de regalo turquesa y evitó su mirada mientras ella lo desenvolvía con cariño. Le miró con los ojos de par en par, la boca haciendo una "o" perfecta, antes de trocarse en sonrisa.
—Es precioso, Daryl —dijo, sosteniendo en alto la pulsera plateada para que le diera la luz de la luna. Le giró sobre su dedo mientras veía los dijes que había en ella: una clave de sol, una corchea y una doble corchea que iban en el mismo orden a lo largo de toda la pulsera.
—No es nada —gruñó él, sin atreverse a mirarla.
—Sí que lo es. Me encanta —sonrió aún más ella. Finalmente, Daryl alzó la vista. Ella le observaba, con esa leve sonrisa pendiendo de sus labios, alargando la mano para acariciarle la mejilla con cuidado. Fue el contacto más íntimo que habían tenido hasta el momento, mucho más íntimo que los tímidos besos que le había dado de vez en cuando. Él colocó la suya encima, y antes de que pudiera evitarlo, sus labios sellaban los de ella con suavidad. Esta vez no se limitó a un ligero beso. Ella abrió la boca y en el instante en que la punta de su lengua rozó sus labios, el corazón pudo habérsele salido sin problemas. Era como si tuviera quince años otra vez. Daryl sentía que estaba casi levitando: se incorporó en el asiento para acercarla más a él, hasta que la tuvo prácticamente sentada en su regazo. Ella entrelazó las manos en su nuca mientras profundizaba el beso, mientras él dejaba que sus manos vagaran por su espalda con suavidad. La oyó suspirar cuando finalmente se separaron. Sus ojos estaban radiantes de felicidad.
—El mejor regalo de navidad de la historia —susurró, antes de echarse a reír. Daryl sonrió y la apretó más contra él, tratando de separarla del incómodo volante. Permanecieron así unos minutos, con la cabeza de ella apoyada sobre su hombro mientras él dejaba su mejilla reposar contra su coronilla.
Fue entonces cuando Daryl levantó los párpados lo justo para ver la débil luz del reloj: la una menos veinte.
—Joder, Beth, es tardísimo —susurró, como si estuvieran dentro de la casa. Beth murmuró algo, pero no se movió—. Deberías entrar.
—Me gusta estar aquí —refunfuñó, apartándose de su hombro para mirarle a los ojos—. No quiero irme aún.
—Tu hermana te va a matar.
—Está por ahí con Glenn.
—Entonces tu padre —replicó él débilmente, sin querer que se marchara.
Beth le miró unos segundos antes de suspirar, resignada, y levantarse del regazo de Daryl. Aún tenía la cajita con la pulsera en ella cuando se reacomodó en el asiento.
—Buenas noches —dijo ella, antes de acercarse a por un último beso de despedida. Fue igual de casto que los anteriores, y fue entonces cuando Daryl se dio cuenta de otra cosa: no sería capaz de volver a contentarse con esos inocentes roces de labios.
Uy, uy... el primer beso beso. La verdad es que siempre me he imaginado a Daryl como un hombre "torpe" y que no tiene mucha iniciativa romántica, y a Beth como a una chica tímida pero para nada tonta. Así que no me imaginaba que en la primera cita se besarían apasionadamente ni nada así...
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