Conforme pasaron las semanas, aquello que tenían fue cobrando forma. Daryl ya casi se sentía capaz de tomarla de la mano por la calle y besarla sin preocuparse por si alguien les veía – aunque procuraba no hacerlo demasiado a menudo, pues las demostraciones públicas de afecto nunca habían sido plato de buen gusto para él – pero al menos ya no tenía ese peso sobre los hombros, esa culpabilidad de si Beth estaría sintiéndose utilizada. Podía ir a buscarla a su casa y dejarla en la puerta sin la tensión constante de tener que vigilar quién estaba por los alrededores, quién les vería. Era como un soplo de aire fresco para ambos.
Tres meses después, acudieron como una pareja formal a la boda de Shawn y Julie. La familia Greene al completo sabía de la existencia de Daryl, pero eso no evitó que fuera pasando de mano en mano como si fuera un muñeco de exposición, siendo objeto de comentarios, en su mayoría, bastante agradables, sobre el "nuevo novio de Bethy". Daryl aguantó el tipo y se dejó manosear, por lo que la valoración en general fue buena. Estaba en manos de la tía Irma y de sus amigas cuando Beth hizo acto de presencia, rodeándole por la espalda.
— ¿Puedo robároslo diez minutos? —sonrió ella.
— ¡Claro, hija! Muy guapo tu novio, muy, muy guapo —asintió la anciana, encantada de la vida. Beth se echó a reír al advertir el sonrojo de Daryl.
—Sí, es verdad —añadió Beth, antes de tomarle de la mano y alejarle de la multitud. Daryl se relajó automáticamente, pero volvió a tensarse en cuanto notó que tenía las manos apoyadas en su cintura y que ella tenía las manos entrelazadas en su cuello.
—Yo no…
—Venga, sólo un baile —pidió con voz suplicante, haciendo un falso pucherito—. ¿Qué ha pasado con la hospitalidad sureña?
—Me parece que los Greene no tenéis muy claro el concepto de hospitalidad sureña— murmuró Daryl, pero finalmente cedió. Era incómodo y torpe, tener que dar pasos en un compás que no comprendía, pero ella se limitaba a guiarle con suavidad, riendo y tratando de lograr que se relajara, aunque no lo consiguió hasta que el baile no terminó. Sin embargo, Beth pareció satisfecha con aquella breve participación, porque le acercó aún más a ella y le dijo que no quería seguir más tiempo allí.
Salieron discretamente y atravesaron el parking con rapidez. No tardaron en llegar a lo que parecía ser la arboleda que rodeaba el enorme salón de celebraciones.
—Recuerdo este sitio de cuando era pequeña. Otis y Patricia se casaron aquí —comentó ella—. Me escabullí con los demás niños en cuanto pudimos y acabamos junto al lago.
— ¿Qué la-? —Daryl calló al ver el lago frente a ellos. Beth le soltó la mano y se sentó en la hierba, dando golpecitos en la tierra para instarle a que se sentara a su lado. El titubeó antes de hacerlo.
Beth llevaba un vestido muy parecido al que le había visto años atrás, del mismo tono azul cielo, aunque era de un corte más elegante y adecuado para una boda en lugar de para una misa. Tenía el pelo suelto, cuidadosamente peinado hacia un lado, y se había maquillado muy poco, lo justo para resaltar sus facciones y sus ojos. A Daryl le sorprendía pensar que aquella chica era su chica. Como si no fuera real que alguien como ella quisiera estar con él.
Pero era real. El roce de sus labios contra los suyos así lo confirmaba. La apretó más contra él, hasta que estuvieron prácticamente tumbados sobre la hierba, él encima de ella, besándola con tal pasión que creyó que se quedaría sin aliento si continuaba así mucho rato. Beth, por su parte, no parecía dispuesta a dejarle marchar tan fácilmente: le rodeó con los brazos tan pronto como él se apartó para permitirle respirar.
—Beth… —logró decir entre besos—, Beth —repitió. Le costaba ordenar sus pensamientos con claridad, ahora que ella tenía sus manos vagando por su espalda, ahora que sus propias manos recorrían casi con devoción cada centímetro de su suave piel al descubierto. En aquella oscuridad, el tacto era su única guía. Se paralizó al darse cuenta de que sus dedos habían alcanzado el final de su falda, de que estaba rozando cuidadosamente el interior de su muslo derecho. Beth gimió con suavidad ante el contacto, pero Daryl se apartó.
— ¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja, como si al levantar la voz pudiera romper el entorno que habían creado. Daryl negó con la cabeza.
—Esto… no está bien —dijo, quitándose de encima y dejándose caer a su lado, en la hierba. Beth se apoyó sobre un codo y se giró hacia él, mirándole con expresión confundida.
—Claro que sí —respondió ella, acariciándole la barbilla suavemente. Dejó reposar la mano en su mejilla y se acercó para darle un ligero beso, pero eso no hizo que Daryl se destensara—. Daryl, tranquilo. Sólo soy yo.
—Ése es el problema —dijo él, tratando de apartarse con la máxima delicadeza posible. Fue casi como si la hubiera empujado, a juzgar por la mirada dolida que le lanzó, pero decidió no presionarle. Se dejó caer de nuevo en la hierba, y ambos permanecieron en silencio, con la vista clavada en el cielo nocturno.
—Daryl —murmuró ella tras unos minutos—, ¿qué estamos haciendo?
Él no contestó. En su lugar, prefirió contemplar las estrellas un poco más, preguntándose cuánto tardaría ella en abandonar este estado de tolerancia silenciosa tan inusual en ella.
Esta fase no tardó en finalizar. La sintió moverse a su lado, volver a inclinarse hacia él. Incluso en la oscuridad, podía ver sus ojos brillando con cierta inseguridad.
—Soy muy mayor para ti—dijo finalmente él, sin atreverse aún a mirarla.
—No eres tan mayor, Daryl. Sabes que te lo digo para enfadarte —trató de razonar ella, pero él negó con la cabeza.
—Beth, podría ser tu padre. Tú tienes dieciocho años, toda la vida por delante. Irás a la universidad y conocerás a más tíos de tu edad con los que puedas hacer todo esto —respondió él, haciendo especial énfasis en la última palabra—. Yo no puedo quitártelo.
Las palabras se escaparon de su boca antes de que pudiera siquiera pensarlas un segundo. Era casi como si todo lo que llevaba meses guardándose acabara de salir de pronto entre todos aquellos besos.
Beth le miró como si le estuviera gastando una broma de mal gusto.
—Mi familia te adora. Me da igual la edad que tengas, y… no quiero conocer a otros mil chicos de mi edad. Quiero estar contigo —dijo ella, pero él no reaccionó. Tragó aire, casi temblando—. Te quiero.
Daryl giró la cabeza y la miró. El pelo le caía sobre los hombros, con las puntas rozando el suelo, y los ojos le brillaban por las lágrimas. Deseó no haber abierto la boca. Deseó haber seguido besándola y llegar hasta donde fuera que aquello tuviera que llegar. De veras que deseó poder ir atrás en el tiempo, pero no podía. Había abierto la caja de Pandora y tendría que pagar las consecuencias.
Los segundos pasaron mientras ella aguardaba su respuesta. Vio cómo el suave brillo de esperanza en sus ojos se iba apagando lentamente, al tiempo que su cuerpo se apartaba más y más del suyo. Daryl sintió que la temperatura bajaba varios grados de golpe, y fue como si la humedad de la hierba acabara de calarle hasta los huesos.
Beth se puso en pie de golpe y comenzó a limpiarse la parte de atrás del vestido frenéticamente, evitando a toda costa que sus ojos se encontraran.
—Beth —la llamó él, pero ella negó con la cabeza.
—Soy una estúpida —murmuró ella. Dejó caer los brazos laxos a ambos lados de su cuerpo, con la barbilla golpeando en su pecho, y exhaló profundamente, tratando de aguantar las lágrimas, supuso Daryl. Alzó la mano para alcanzar la de ella, pero se libró de su toque y retrocedió, mientras terminaba de arreglarse la falda—. Perdona. Necesito respirar.
Y antes de que pudiera hacer o decir nada para pararla, ella ya se había marchado de allí a toda velocidad. Daryl se levantó y comenzó a correr.
La encontró llegando al límite del parking, a punto de adentrarse en los servicios. La cogió por el antebrazo para obligarla a girarse y encararle, pero se le cayó el alma a los pies al comprobar que estaba llorando a lágrima viva.
— ¿Qué? —preguntó ella, con un tono más rudo del que pretendía, porque se encogió en sí misma al instante siguiente. Daryl no se amedrentó, pero se sintió como una mierda.
—Lo siento.
— ¿Lo sientes? —Se libró de su agarre con brusquedad y se limpió las lágrimas—. Yo también lo siento, Daryl. Siento haber pasado meses saliendo con alguien que se acobarda a la primera de cambio.
—No es fácil.
—Ah, ¿y para mí sí? —restalló ella, dejando que las lágrimas volvieran a salir libremente—. Yo también estoy asustada. Nunca he estado así con alguien. Nunca me he sentido así por nadie, así de insegura de que te canses y te marches, o de que no me quieras como yo te quiero a ti. Y parece que tenía razón, porque yo…
Se le quebró la voz al instante y enterró la cara en las manos, sollozando silenciosamente, con los hombros temblorosos como única prueba delatora.
—Daryl, ¿qué le has hecho? —oyó que gritaba Maggie desde el otro lado de la acera. La vio acercarse a toda velocidad y sujetar a Beth con suavidad—. ¿Qué ha pasado?
—Yo… —trató de explicarse él, pero la mirada de Maggie le dejó mudo. Jamás la había visto así de enfadada.
—Déjalo estar, Maggie —saltó Beth, apartándose lentamente de su hermana. Maggie la miró, confundida—. No es culpa suya. Es una tontería.
— ¿Una tontería? —repitió incrédula ella. Beth asintió y trató de sonreír para calmarla.
—Sí, de veras. Sólo necesito un poco de agua —dijo, instándola a marcharse con una más que significativa mirada. Maggie volvió a taladrarle con la suya antes de asentir y darse media vuelta hacia el salón de celebraciones.
Daryl permaneció en silencio mientras ella trataba de limpiarse sin éxito la cara. Daryl rebuscó en su bolsillo y le entregó su pañuelo de tela.
— ¿Qué? —no pudo evitar preguntar, cuando Beth comenzó a reír levemente. Había intentado comprender a las chicas Greene por todos los medios, pero no había manera. Y si no, que viniera alguien y le explicara por qué la chica a la que acababa de hacer llorar estaba riéndose ahora porque le entregara un pañuelo. Mentiría si dijera que no estaba un poco molesto por no enterarse de qué iba la cosa.
—Siempre me lo das cuando nos enfadamos —murmuró ella, casi como si se lo dijera al pañuelo. Entonces lo comprendió: era el mismo que había hecho hacía ya casi un año en su pelea de la gasolinera. Parecía haber pasado una vida desde entonces. Se lo quedó mirando unos instantes antes de doblarlo y levantar la cabeza. Daryl supo que tenía que decir algo ya o la perdería definitivamente.
—No sé muy bien… —comenzó, antes de cortarse en seco. Tenía que ser sincero, pero no tanto. La miró de reojo, esperando que ella le pusiera alguna facilidad, pero seguía inmutable, observándole, con los ojos empañados por las lágrimas—. No es que no quiera estar contigo, Beth. Es que no puedo.
—Sí que puedes —replicó ella inmediatamente.
—No, no puedo —insistió él, pero Beth negó con la cabeza—. No soy tan tonto como para no darme cuenta de que no soy lo mejor a lo que puedes aspirar. O que un día te despiertes y veas que estás conmigo, con el paleto amigo de tu hermana que te dobla la edad y que no tiene nada. Dime, ¿por qué coño te quedarías conmigo?
Beth le miró con los ojos muy abiertos unos segundos, casi como si no creyera lo que estaba oyendo. Tragó saliva y clavó la vista en el suelo. Daryl creyó que acabaría hundido en el mismo asfalto que ahora ella observaba. Estaba claro que había entrado en razón e iba a mandarle al infierno. Mejor ahora que cuando ya estuviera demasiado metido en aquello, se dijo, aunque en realidad sabía que ya lo estaba.
—No vuelvas a decir eso jamás —dijo con los dientes apretados—. Nunca más. No vuelvas a decir que no vales nada, que no tienes nada. Eres el mejor hombre que conozco. Eres bueno, y valiente, y divertido, inteligente, generoso, siempre proteges a la gente que te importa, y te preocupas de verdad. Y sí, tienes defectos, eres cabezota, orgulloso, retraído, y si te esfuerzas puedes ser un verdadero capullo, pero me gustas así. No quiero a otra persona. Te quiero a ti.
Daryl no se había dado cuenta de que se había acercado. Simplemente se encontró pegándola a su pecho, hasta que su barbilla chocó contra él, rodeándola fuertemente con los brazos. Beth se mantuvo así, sin tocarle activamente, hasta que le oyó respirar entrecortadamente. Lo cierto es que estaba tratando de tener las lágrimas a raya. Mantuvo la compostura, sin embargo, y la apretó aún más contra su pecho. Entonces ella dejó que sus pequeños brazos vagaran por su espalda hasta asentarse en sus hombros y aferrarse como si fuera el único apoyo en el mundo.
—Eres tonto—susurró ella. Se apartó un poco para mirarle, con ceño fruncido—. Después de todo lo que hemos pasado juntos… ¿cómo se te ocurre?
Daryl fue a responder, pero entonces ella sonrió. La miró, tratando de grabar a fuego cada pequeño detalle de su rostro, antes de atraerla hacia él y besarla con dulzura. Ella le devolvió el beso, todo candor y alegría, y le echó los brazos al cuello. Apoyó su frente contra la de ella cuando se separaron.
—Deberíamos volver —murmuró él.
—Sí, deberíamos —respondió ella—, pero no a la fiesta.
Daryl abrió los ojos y la miró con curiosidad, mientras ella continuaba con aquella deslumbrante sonrisa invadiendo todo su rostro.
Beth le tomó de la mano y le condujo de nuevo al coche, mientras él se dejaba llevar, sintiendo un nudo en el estómago aún mayor.
Fueron los rayos de sol dándole en plena cara lo que le despertó. Bueno, eso, y una voz suave que le susurraba al oído:
—Casi es mediodía.
Daryl abrió los ojos y se la encontró tumbada a cuatro patas en la cama, con los labios pegados a su oído, curvados en una pequeña sonrisa. Un par de mechones se caían hacia delante y le cosquilleaban la cara. Sonrió levemente antes girar la cabeza. Beth le recibió con un suave beso en los labios, antes de dejarse caer a su lado en el colchón.
Daryl la observó unos instantes: tenía las mejillas encendidas, los ojos le brillaban, cegando el rastro oscuro del maquillaje, y su pelo parecía haber sobrevivido a un huracán. Preciosa.
Sin dejar pasar un instante más, la rodeó con los brazos y la puso encima de él, besándola con menos ternura de la que ella había empleado. Sonrió cuando la escuchó suspirar. Siempre lo hacía cuando la besaba así, y jamás podría cansarse de oírla.
—Buenos días a ti también —logró articular ella cuando se separaron, antes de deshacerse en risas. Apoyó la cabeza en su cuello y le miró de reojo, como si la timidez hubiera reaparecido de golpe—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien —aseguró él, con tanto énfasis que ella se echó a reír. Sonrió y le apartó un mechón de la cara—. ¿Y tú?
Ella suspiró antes de asentir, sin borrar la sonrisa de los labios.
—Nunca había dormido mejor.
Daryl sintió que enrojecía. Se aclaró la garganta.
— ¿Y estás…? —Carraspeó una vez más—. ¿Estás bien?
—Muy bien —dijo Beth, como acababa de responder él.
— ¿No te duele?
Se encogió de hombros.
—Un poco, pero… es un dolor bueno.
Si no estaba seguro antes de estar rojo, ya estaba plenamente convencido. Pero, ¿por qué era él el que se sonrojaba? Era ella la que acababa de soltar aquello como si nada.
—No fue nada. Quiero decir, para ti —se apresuró en añadir Daryl.
—Claro que sí. Me encantó.
—Ni siquiera te…
—Daryl —le cortó ella, ahora ya seria—, me encantó.
Le observó unos segundos antes de inclinarse para besarle.
—Además —continuó cuando se apartó, colocándose completamente encima de él—, tenemos tiempo para practicar.
Daryl sólo tuvo un segundo para asimilar lo que había dicho antes de que Beth volviera a besarle y todos sus pensamientos se evaporaran como el humo.
Me moría de ganas de subir esto. No he entrado en detalles porque esta parte me gusta demasiado como para arriesgarme a estropearla, pero calma: habrá detalles.
Subo esto YA porque esta tarde todo estudiar. Gracias por todo, vosotras sí que sois increíbles.
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